sábado, 26 de marzo de 2011

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (V)

4. LA DISIPACIÓN DE LA CEGUERA

“The author is in the book, the author is the book, even when
the book does not succeed in being the whole author”.[1]
(Saramago, 2006)


La ceguera ha sembrado de confusión y perplejidad todo a su paso. La confusión de un mundo que, sin ojos, no logra orientarse, y la perplejidad de un destino que se adentra en un mundo en el que debe prescindir de ellos para lograr hacerlo. Cuando Ella se haya disipado, su indeleble influjo ya habrá calado lo bastante hondo para que, ni su disolución, obre cambio alguno en esas arcadias narrativas.

El terreno está debidamente abonado para que la fábula germine su moraleja. Pero hacen falta aún algunos detalles.

El médico y su esposa, escoltados por el perro de las lágrimas, entran en una iglesia. Ella ha sufrido un desvanecimiento que no dura mucho. Dueña de sí, la mujer se extasía en la contemplación de las imágenes y pinturas sagradas. Le refiere a su marido el prodigio: “No vas a creer lo que te digo, pero todas las imágenes de la iglesia tienen los ojos vendados”, a lo que el ciego oftalmólogo, sentencioso, replica que “ese cura tiene que haber sido el mayor sacrílego de todos los tiempos y de todas las religiones, el más justo, el más radicalmente humano, el que vino aquí para decir al fin que Dios no merece ver.” (Ensayo, 426, 427)

Y el propósito cristaliza. La iglesia, que a esa hora está minada del esperpento saramaguiano de mil cabezas y ningún cerebro, de mil ciegos y ningún Edipo, es el escenario del mismo y grotesco caos[2], repetido y manoseado sin vergüenza por el obtuso narrador, que la manida diatriba teotanática precipita en esta ocasión: “…es preciso estar dotado de muy buen corazón para no reírse a carcajadas ante esta grotesca maraña de cuerpos en busca de brazos para librarse y de pies para escapar.” (Ensayo, 429) Ciegos y lectores imposibilitados para huir: los primeros por incapacidad y los otros por irresolución.

Hecho el trabajo, la pareja de mercenarios al servicio del escritor iconoclasta regresa a su casa, donde en compañía de los amigos de desgracia se disponen a recibir la paga colectiva: “Veo, veo” (Ensayo, 433), grita el primer ciego y la chica de las gafas oscuras y el médico y un vecino y la ciudad toda, en un eco que ensordece la memoria del mal blanco y que acalla los ya lejanos rumores de las doloridas voces de aquella historia en que se dijo “estoy ciego”: “As soon as vision is restored, for the blind the memory of the terrible experience seems to vanish into the air.”[3] (Carreira, 2006)

El plural olvido de la singular ceguera blanca no enferma al oftalmólogo, que está obligado en virtud de su saber a recordarla y a rendir un parte médico, que persuada al estupefacto leedor: “creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven.” (Ensayo, 438)

“¿Más de un tercio de millar de páginas para espetarnos un sermón de solidaridad así, con ese desmaño?” (84), se pregunta Narváez y nos lo preguntamos muchos lectores que, no pudiendo sacudirnos el asombro, hasta aquí llegamos: poco menos que una proeza lectora.

Volvamos con Vidal, que nos aguarda, prisionero de los ciegos, en ese cuarto en que habrá de conocer el veredicto de sus enemigos.

La investigación tocaba a su fin. Toda una vida dedicada a los indicios, a los sutiles a la vez que sobrecogedores indicios que lo fueron internando en los movedizos terrenos de la Secta. De la sagrada Logia que todavía le tenía reservada una sorpresa: el viaje al origen cósmico; la travesía que lo lleva de regreso a la primigénesis del universo; la correría a las profundidades ventrales de la deidad[4].

Del todo enceguecido[5] (“recién entonces parecía tener plena conciencia de mi soledad y de las poderosas tinieblas que me rodeaban”), Vidal está preparado para asomarse al abismo de esa estremecedora verdad que él asedió desde que, siendo todavía un niño en Capitán Olmos, leyera la descarnada descripción que Homero (“¿no era Homero ciego?”) (Informe, 433, 434) hace de la castración ocular a que Ulises y sus compañeros someten al cíclope[6], así como el fin de Edipo, revelación que ese niño oye de boca del ciego Tiresias.

¡Cuatro cegueras[7] en dos tempranas lecturas! Razón de más para que esa existencia de atormentada inteligencia sufra un primer remezón.

Un primer y definitivo remezón, cuya última réplica saca a la superficie el sempiterno caos de la cópula universal. O como lo dice Luis Wainerman: “Al fin de su internación en el Mundo de los Ciegos se da la experiencia del Orgasmo Cósmico, de la Recapitulación y los Instintos.” (128)

La disipación del universo nocturno le da paso a la realidad de la conciencia diurna de Vidal que, sin saber cómo, despierta en su cuarto de Villa Devoto. En ese cuarto donde ya no hay ciegos ni ceguera que lo amenacen. Sabe que ellos no vendrán por él, sino que él debe acudir a su encuentro; ¿Al de quién? “Son las doce de la noche. Voy hacia allá. Sé que ella estará esperándome.” (Informe, 446)

El lector de Sábato cae rendido tras el esfuerzo, pues ha logrado llegar a la cima-sima de esta montaña-abismo. Que descanse y se sosiegue porque la faena ya está hecha.
Del mismo modo que la ceguera como metáfora de visión de mundo se haya escindida en las dos obras por concepciones diametralmente opuestas, la forma en que sus efluvios se evaporan difiere también en mucho. Mientras en el Ensayo la disipación de la ceguera trae euforia y olvido entre los más, en el Informe trae la simbiótica relación con la muerte. En el Ensayo la ceguera cobra la forma de un ingrato recuerdo (al menos para el médico y su mujer), en tanto que ni la muerte de Vidal en el Informe puede poner en riesgo la supervivencia de la Secta de los ciegos, pues su reinado en el mundo no depende de los hombres sino de los dioses.


[1] (El autor está en el libro, el autor es el libro, incluso si sus páginas no logran apresar su esencia.)
[2] Desde que el mar de leche todo lo inunda, la novela de Saramago puede resumirse en una sola palabra: tragedia. La ceguera ocasiona abigarramiento; ésta es la segunda tipología de Jernigan: “blindness as total tragedy” (la ceguera como caos irredimible)
[3] (Nada más recobrar la vista, aquellos que un día fueron ciegos parecen haber olvidado su tragedia)
[4] La inmersión de Vidal en el Ojo Fosforescente de la deidad lo interpreta Silvia Martínez así: “En la búsqueda angustiosa de Vidal hay dos deseos entrelazados: deseo de unión amorosa (complejo de Edipo) y el de volver al estado fetal (fantasía del renacimiento, que se deriva del mencionado complejo de Edipo, y que Freud consideró una abreviación de la fantasía de la unión incestuosa con la madre).” (39)
[5] Fernando, a fin de poder “ingresar” en la Secta, debe “arrancarse los ojos”; debe purificarse, pues nadie que no sea ciego puede siquiera acercarse a ella. Jernigan habla de “blindness as purification”  (la ceguera como depuración) para definir casos análogos.
[6] El cíclope simboliza, en opinión de Chevalier, una como ceguera intelectual que tiene su causa en la falta de un segundo ojo: “El ojo único, en medio de la frente, descubre una recesión de la inteligencia, o su comienzo, o la pérdida del sentido de ciertas dimensiones y ciertas relaciones.” (280)
[7] Vidal, quien abole la idea de que las coincidencias y los azares signen la vida de las personas, ve la suya signada por un fatal determinismo a edad muy temprana. Su obsesión por los ciegos acaso tenga su origen en la yuxtaposición de las cegueras de Homero, el cíclope, Edipo y Tiresias, que exacerbaron la curiosidad científica que hasta aquí lo ha conducido: “Los ciegos me obsesionaron desde chico y hasta donde mi memoria alcanza recuerdo  que siempre tuve el impreciso pero pertinaz propósito de penetrar algún día en el universo en que habitan” (Informe, 315)

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (VI)

5. TESTIGOS DE EXCEPCIÓN

“The authentic “omniscient narrator” acts, in my opinion,
as a god who is not satisfied only with what
has happened and is in the process of happening…”[1]
(Saramago, 2006)


Toda catástrofe, incluso las de mayores proporciones, deja vivir, para contarla, a jirones de su devastación. Pedazos de vida que encarnan doloridos personajes que dan testimonio de los horrores a que se vieron abocados, pero de los que pudieron escapar con vida gracias a un dios o a un escritor. Acerquémonos a los testigos que estos dos autores tuvieron a bien preservar y dispongámonos a escucharlos.

Resulta curioso que en una ciudad poblada de ciegos, todos ellos, excepto uno (el primer ciego), sean testigos de la ceguera de los demás. Pero este fenómeno tiene una razón de ser: el proceso de enceguecimiento es individual, no así la ceguera, que les es común a todos. De modo que cuando esta emerge de entre las sombras por primera vez, hay todavía millones de ojos que pueden contemplarla desprovistos aún de paranoia: “El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas...” (Ensayo, 10)

Y de la sorpresa que producen los primeros casos a los que el humano asombro necesita asomarse (como se agolpan millares de ojos ante un accidente de tránsito), se pasa al horror y la violencia: ya nadie quiere mirar la ceguera, hay que segarla si es preciso con las armas del Estado. Todo en vano, pues sólo Ella se mantiene incólume.

Para que el narrador del Ensayo no haga las veces de dios insatisfecho, como reza el epígrafe que encabeza este capítulo, el autor pensó en una posible aunque osada solución: engendrar un personaje y blindarlo, con el derecho que le confiere su dignidad de creador, contra la arremetida del mal blanco: “la de los ojos que ven”.

Después de la incertidumbre que le causa al lector su invulnerabilidad, este se habitúa a mirar con los impertinentes de la mujer, a ponerse tras sus pupilas para asistir al cataclismo. Su presencia se prolonga casi en toda la obra.

Desde que su marido pierde la vista en casa, y hasta que los seis ciegos a su cuidado la recuperan, es su mirada la que recorre el espanto, que tiene su verdadero origen en el antiguo manicomio. Allí, ella trata de atenuar el caos, ayudada por sus dos ojos -ínfimos ante tanta ceguera- y la sesudez de su marido ciego, que, tan desvalido como los demás, de poco sirve. A él le refiere todo cuanto ve. Y todo cuanto ve se le cuela al lector a través de las páginas del Ensayo: “...la mujer del médico susurró al oído del marido, Quizá haya sido también enfermo tuyo, es un hombre ya de edad, calvo, de pelo blanco, y lleva una venda negra en uno de los ojos...” (Ensayo, 163)

La mujer no sabe que ella no es la única testigo de la desgracia. Aunque no lo percibe, dos ojos más los observan. Una mirada con alguna “miopía”, pero sin duda más abarcadora que la suya: la del narrador, a quien debe estudiárselo con detenimiento, pues presenta variables que toca sopesar por separado.

De forma providencial, el proteico narrador del Ensayo hace presencia justo donde la ceguera aparece. Observa y da cuenta del incidente y de su preámbulo: “Se iluminó el disco amarillo...” (Ensayo, 9) Sigue al primer ciego a su casa, entra en ella y lo sabe “todo”. Sabe todo en relación con ese personaje, pero nada más. Solamente en la medida en que otros personajes vayan entrando en escena, su “poder” acrecerá. Es momento de hablar de su omnisciencia[2], pero no de su omnipresencia[3].

La omnisciencia (“la sensación de la presencia de un narrador que lo sabe todo”; Chatman, 233) es una constante en la novela. Sabe qué piensan los personajes que lo circundan, ciegos o no, cómo se sienten; conoce sus intenciones, sus deseos; advierte sus rabias y frustraciones. Sin embargo, a este narrador, un “semidiós”, se le coarta la libertad de movimiento y se lo confina, por ejemplo, junto con los primeros ciegos en el manicomio, de donde no habrá de salir hasta tanto la mujer de los ojos y sus compañeros lo hagan. Es más: dentro del reclusorio no goza de permiso para desplazarse a capricho. Está condenado a imaginar qué pasa en la sala contigua y supeditado a caminar tras la mujer: “La oscuridad era completa, no era posible saber quién había sido alcanzado por las balas, claro que se podría preguntar desde aquí, desde lejos, Quiénes sois...” (Ensayo, 277)

Ante la simultaneidad del contagio que hace nido -aún son los primeros casos- en el cerebro de otros personajes que se encuentran en distintos sitios de la ciudad, el autor le otorga patente de corso a su narrador para que los testimonie, y con este fin le insufla el don de la omnipresencia, que le retira una vez terminada la empresa:

“Pensó entonces que lo mejor sería salir un rato del coche, dar una vuelta, airear las ideas, A ver si me quito las telarañas de la cabeza, por el hecho de que el tipo aquel se quedara ciego no me va a pasar lo mismo a mí, esto no es una gripe que se pegue, doy una vuelta a la manzana y se me pasa. Salió, no valía la pena cerrar el coche, estaría de vuelta en un momento, y se alejó. Aún no había andado treinta pasos cuando se quedó ciego. En el consultorio...” (Ensayo, 32)

El narrador del Ensayo es extradiegético, si bien guarda una gran cercanía con la historia que cuenta. Mete baza en todo momento, lo cual lo asemeja más al autor implícito que a un narrador “convencional”. Sobre este particular, nos dice Chatman (245) que aquellos narradores que truecan sus funciones (describir, identificar y narrar), incurren en actos de habla propios de los personajes, a los que podemos llamar comentarios. Los hay implícitos y explícitos.

Los de este narrador -aunque lo pretenden- no son comentarios implícitos, es decir irónicos, sino explícitos. Abusan del juicio (“pues no es así como se trata a unos ciegos, que para desgracia ya tienen bastante” [Ensayo, 311]) y la generalización (“probablemente nadie hasta hoy habrá notado qué terribles son los gritos de los ciegos, parece que están gritando sin saber por qué...” [Ensayo, 276]).

Por ser como esos árbitros de fútbol que buscan figuración y que por granjeársela se olvidan de impartir justicia, dando al traste con el espectáculo, al narrador del Ensayo se le da demasiada locuacidad y protagonismo, pero no es culpa suya. ¿Quién debe responder del desmán entonces? Acaso Chatman tenga la respuesta: “el esfuerzo retórico del autor implícito, por otra parte, es hacer que todo el conjunto, historia y discurso, inclusive la actuación del narrador, sea interesante, aceptable, coherente en sí mismo e ingenioso” (245) Pero en el Ensayo -falto de todo ingenio como se ha visto- el esfuerzo retórico de su autor implicado parió un teratológico prodigio de aburrimiento e incoherencia, inaceptable en un escritor del renombre de Saramago.

Antes de que muera, el testigo-narrador-protagonista del Informe desea contarnos los últimos pormenores de su investigación. Oigámoslo, pues, que aquí se acerca.

A través de la historia ha habido testigos de excepción que, si estuvieran vivos, corroborarían y suscribirían la investigación que adelantó Fernando Vidal Olmos, y que le costó la vida, como a ellos. Testigos como “Maupassant (que lo pagó con la locura), como Rimbaud (que no obstante su fuga al África, terminó también con el delirio y la gangrena) y como tantos otros anónimos héroes que...” (Informe, 421) Tantos otros anónimos héroes que, si existen, no renuncian, igual que no lo hizo Vidal, a su anonimato, porque renunciar a él es renunciar a la vida o a la libertad. Pero mantenerse en él tampoco las garantiza.

Cabe también pensar en otro tipo de testigos: aquellos que, pese a habitar en las grutas más recónditas del subsuelo y a no orientarse como los otros, ejercen un dominio imperceptible para la mayoría pero aterradoramente real, como lo pudieron constatar estos héroes que ya no se encuentran entre nosotros. Por fortuna nos queda la espeluznante narración de Vidal.

En el Buenos Aires de Sábato, al contrario de lo que ocurre en la ignota ciudad de Saramago, los más de sus habitantes ven pero, del mismo modo que allí, paradójicamente sólo una persona es quien realmente ve la ceguera. Al igual que la mujer del médico, Vidal tiene la versión fidedigna de los hechos que, amén de protagonizar, narra. Nicasio Urbina (172) lo define como un narrador intradiegético a la vez que homodiegético, pues focaliza desde dentro de la historia y es personaje: “Yo no podía estarme todo el tiempo a su lado. Así que busqué la forma de vigilarlo sin estar en su cercanía.” (Informe, 324)

En la narración de Sábato no hay -porque el tipo de narrador no lo permite- ni omnisciencia ni omnipresencia. Vidal es un narrador “más limitado”, pues sólo puede dar fe de lo que él conoce o le sucede. La narración se afinca donde él se encuentre, y la única y mayor concesión de movimiento son esas prolepsis y algunas analepsis que se suceden en sus evocaciones o en sus vaticinios: “Voy a contar ahora cómo entró en juego el tipógrafo Celestino Iglesias y...” (Informe, 305)

Fernando no puede saber más que lo que él piensa: los designios de la Secta están fuera de su conciencia. A fuerza de imaginación e inteligencia logra aventurar hipótesis, eso es todo. Pero el lector no pretende saber nada más: avanza con él hacia el misterio.

Vidal Olmos-escritor del Informe, Vidal Olmos-“héroe al revés” -como se describe- y Vidal Olmos-narrador, es un entramado narrativo que dista mucho de su aparente accesibilidad. Tres entidades que se mimetizan tras el unívoco rol de protagonista. Urbina lo describe así: “Los cambios de focalización entre Fernando-héroe y Fernando-narrador, explican la aparente complejidad de la estructura narrativa.” (175) Aparente sólo si se piensa en lo intrincadas que resultan las tres restantes partes de la novela.

También se puede entender el Informe como la autobiografía de Vidal, no sólo por la primera persona imperante en la narración, sino porque en ella sus “confesiones” discurren por entre muy distintos momentos de su vertiginosa existencia: “Este informe está destinado, después de mi muerte, que se aproxima, a un instituto que crea de interés proseguir las investigaciones sobre este mundo que hasta hoy ha permanecido inexplorado.” (Informe, 310)

Pese a ser el testigo unigénito de sus “memorias”; no obstante carecer de otros ojos que faciliten su investigación; a despecho de que se enfrenta a un enemigo ostensiblemente superior, hemos de reconocer que la indagación de Fernando Vidal Olmos sobre la Secta que rige al universo mundo es soberbia.

Rendidos los testimonios sólo nos queda por consignar lo siguiente:

Que, mientras que en representación de Ensayo sobre la ceguera comparecieron dos testigos que todo o casi todo vieron, sólo uno vino por parte del Informe sobre ciegos. La mujer del médico, quien dice haberlo presenciado todo miente, pues dejamos constancia de que el mal blanco se instala en su conciencia sólo cuando su marido, el oftalmólogo, le cuenta de la ceguera de su paciente y asiste al enceguecimiento de este. El narrador del Ensayo no falta a la verdad cuando dice que él estaba presente en el momento justo en que se produce la epifanía de la atípica ceguera, y en el instante mismo en que esta comenzó a disiparse. Fernando Vidal Olmos, único testigo del Informe, apremiado por el tiempo-pues al parecer debía cumplir una cita que calificó de impostergable- nos dejó más de cien cuartillas en las que refiere la investigación que adelantó sobre una “Secta de ciegos” -así la llama- y suplicó que ahondáramos en el asunto que, a decir verdad, no parece tener mucho asidero.


[1] (El verdadero narrador omnisciente actúa, según creo, como un dios que no se conforma sólo con lo que ha sucedido sino con lo que está por ocurrir)
[2] Según Seymour Chatman, la omnisciencia es la facultad que tiene el narrador de “Saberlo Todo” o, dicho de otro modo, de saber “el resultado de cada suceso y la naturaleza de cada existente” (228)
[3] Para Chatman, la omnipresencia es la “capacidad para saltar de un lugar A a otro lugar B sin la autorización de una inteligencia central en la escena” (228)

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (VII)

6. CONCLUSIÓN


Antes de intentar escribir un decoroso colofón que ojalá disipe las brumas de este ejercicio interpretativo, consideremos una lacónica reflexión que, no gratuitamente, me ha suscitado la literatura que encarna ciegos o recrea “cegueras”.

Encarnar ciegos resulta, sin lugar a dudas, más fácil y menos osado, porque el escritor no pretende, como sí sucede con Saramago y el Sábato del Informe, “explicar el mundo” a partir de la ceguera. Ese otro escritor ficcionaliza un “personaje real” o construye esa existencia que no representa en modo alguno una visión de mundo.

En El túnel Allende es apenas un personaje ciego, cuya ceguera, de nunca haberse publicado la tercera parte de Sobre héroes y tumbas, constituiría “sólo” un “accidente” de su fisonomía. Pero inserto en el Informe, Allende pasa a formar parte del universo de ciegos del novelista argentino. El ciego que castiga con rigor la picardía del Lazarillo de Tormes no simboliza la ceguera, como tampoco sucede con el personaje ciego de Marianela, la novela de Pérez Galdós, cuya caracterización es igual de verosímil que la del primero. La visión de los ciegos sobrecogía de repulsión y espanto a Baudelaire y Rimbaud, que hubieron de poetizar su fealdad. Sería impreciso decir entonces que estos dos poetas malditos hicieron de la ceguera uno de sus temas, y muy acertado decir en cambio que, como Vidal, ellos se vieron trastornados por la contemplación de esos inefables seres.

Recrear “cegueras” comporta una muy distinta manera de escribir y de leer. El escritor ficcionaliza un mundo que se enclava a las afueras de la luz y le insufla una vida que tiene por todo pábulo la intención de su concepción. Siempre hay una concepción que puede o no variar de acuerdo con la intención del artista. El lector, a su turno, debe estar en capacidad de, sin endilgarle al escritor intenciones poco claras, al menos hacer por allegarse a esa concepción e intentar explicarla. Tal es el objetivo de esta monografía: relacionar lo uno y lo diverso que subyacen tras dos distintos tratamientos de un mismo símbolo. Veamos algunos de los resultados.

La lectura cuidadosa de las dos obras me condujo a un hallazgo que me permitiría analizarlas de forma coherente y organizada. En las dos La Ceguera mutaba y, según lo hacía, se adentraba en cuatro momentos que bauticé teniendo en cuenta su naturaleza.

La epifanía, el primero de ellos, revela su aparición y pone de manifiesto las primeras diferencias en torno al símbolo: un ciego -el del Ensayo- que no se corresponde con la concepción de su autor (seres idénticamente incapaces); una ciega -la del Informe- que sí se corresponde con la del suyo (seres de fachada mefistofélica). La entronización -el segundo momento- apuntala el gobierno de la ceguera que, en cada obra, debe avanzar hacia el totalitarismo del tercer momento -la endemia-, en el que sus efluvios níveos o tenebrosos han de cubrirlo todo. Satisfechas de su labor, la escatológica ceguera del portugués y la sobrecogedora ceguera del argentino se disipan, cuarto y penúltimo momento y capítulo de la monografía. El último momento -testigos de excepción- hizo visibles a los que ven y dan testimonio de la ceguera: la encarnación femenina de la moraleja que aborta la deslucida fábula de Saramago -la filantrópica mujer del médico- y el untuoso y dicharachero narrador en el Ensayo, y, en el Informe, la plural mirada de Vidal Olmos, autor, narrador y protagonista a un mismo tiempo.

Gracias al esclarecedor estudio de Kenneth Jernigan, cuyo resultado fue una inteligente taxonomía de las mutaciones de la ceguera como metáfora literaria que muchos escritores han usado con fines muy distintos, podemos hablar ahora de “las cegueras” o de “los tipos de ceguera” presentes en las dos novelas de que esta monografía se ocupa. Miremos cómo se evidencia cada uno de los nueve tipos bien en las dos obras o bien por separado.

“Blindness as compensatory or miraculous power” (la ceguera como resarcimiento y poder milagroso): podríamos decir que así es como Sábato concibe la ceguera; los ciegos de la Secta poseen poderes que los videntes no tienen y desconocen. “Blindness as total tragedy” (la ceguera como caos irredimible): a esto se reduce la concepción de Saramago: carentes de imágenes visuales, sus personajes están condenados al cataclismo universal. “Blindness as foolishness and helplessness” (la ceguera como estulticia e indefensión): los ciegos de Saramago adolecen de estupidez y desamparo crónicos. “Blindness as unrelieved wickedness and evil” (la ceguera como acerba iniquidad): a los poderes supraterrenales que tienen los ciegos de Sábato, se le suma la crueldad demoníaca de los de su condición. “Blindness as perfect virtue” (la ceguera como virtud incuestionable): Saramago borra de un plumazo el pasado libidinoso de uno de sus personajes -la chica de las gafas oscuras- que, con la ceguera, deja de ser una pindonga y se transforma en la efigie del decoro. “Blindness as punishment for sin” (la ceguera como consecuencia del pecado): Fernando sufre en carne propia la venganza de sus víctimas aladas, que consiste en enceguecerlo con la misma sevicia y frialdad que él les dispensó en su niñez. “Blindness as abnormality and dehumanization” (la ceguera como desfiguración de la condición humana): los ciegos del Ensayo pierden su dignidad de seres humanos y son confinados en la animalidad de su ceguera; Celestino Iglesias, como todos los advenedizos, trueca sus facciones humanas en rasgos de ciego. “Blindness as purification” (la ceguera como depuración): en tanto la ceguera en el Ensayo depura a una meretriz, en el Informe purifica al héroe al revés que, ungido del mal propio de la Secta, ya puede llegarse a ella. “Blindness as symbol or parable” (la ceguera como símbolo o parábola): nada más leer los dos títulos, el lector hace cábalas sobre las probables metáforas que de la ceguera construye cada autor, y una vez leídas, lo sabe a ciencia cierta: la ceguera como imposibilidad del sujeto -Ensayo- y la ceguera como instancia superior del conocimiento y epicentro del mal -Informe-.

Digamos ya para concluir y a modo de colofón, que si bien José Saramago y Ernesto Sábato construyeron sus novelas sobre la base de un mismo símbolo, ellas distan de parecerse, pues, en tanto el Ensayo sobre la ceguera recrea la confusión de un mundo que sin ojos no acierta a orientarse, el Informe sobre ciegos simboliza la perplejidad de un destino que se adentra en un mundo en el que debe prescindir de ellos para lograr hacerlo.

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (VIII)

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domingo, 6 de marzo de 2011

A propósito de una noticia y dos columnas de opinión

Me parece estar oyendo, cada cuatro años, a los políticos en contienda hablar del venturoso futuro que, en caso de ganar las elecciones presidenciales, le espera a la educación durante el próximo cuatrienio; me parece estar oyendo, en el salón de al lado, al profesor de lengua riñendo a sus alumnos por buscar en el diccionario el significado de una palabra que desconocen, al tiempo que les inocula el germen de la mediocridad y la desidia: “Entiendan el significado a partir del contexto -les dice-”, un ejercicio tan falible e insustancial como la recomendación; me parece estar oyendo al padre de familia que, airado, protesta contra el profesor que reprobó a su hijo por no llevar la tarea o por no haber dado buena cuenta de los temas vistos en clase en un examen; me parece estar oyendo al rector llamando al orden a ese profesor díscolo que pareciera no entender que los muchachos, antes que estudiantes, son clientes de ese colegio del sector privado que, más que institución educativa, es una empresa; me parece estar oyendo a ese estudiante -mejor sería llamarlo alumno- víctima de la exigencia de aquel profesor desconsiderado hablar de él o dirigirse a él en los términos más peyorativos que la obscenidad humana haya inventado; me parece estar oyendo al estudiante de universidad pública negándose en redondo a buscar la forma de adquirir un libro o cualquier material que su profesor le pide que consiga, arguyendo que por no tener plata es por lo que va a una universidad del Estado y que el profesor no tiene derecho a solicitar nada que cueste dinero (dinero que, en muchas ocasiones, está reservado para la rumba del viernes); me parece estar oyendo a los bárbaros de las estaciones radiales juveniles vociferar, con el micrófono a modo de metralleta, contra ese enemigo social en que se ha convertido el profesor, a quien invitan a hacer depositario de las burlas y matonismo de los muchachos; me parece estar oyendo a la sociedad en pleno quejarse de las “múltiples prebendas” de que gozan los profesores, que no deberían tener privilegios que otros trabajadores no tienen -¿acaso hay alguna diferencia entre el que custodia una puerta, recibe llamadas o atiende público en un banco y el que educa o hace como si lo hiciera, a cuarenta inadaptados a la vez?-; me parece estar leyendo, en fin, cientos de editoriales, columnas de opinión y notas periodísticas de todo tipo que buscan sumarse a un debate eterno y sin sustancia que el lector de periódicos -cada día más escaso- puede seguir en las páginas que lee. Pero de los cientos de reflexiones intrascendentes que a propósito de la educación se escriben en diarios y semanarios, algunas logran su cometido: hacer que un profesor con compromiso con su quehacer debata con sus estudiantes los alcances de la noticia, la columna de opinión o el editorial que sí contribuye a la discusión.

El pasado 27 de noviembre apareció en la revista Semana una noticia que me alegró e hizo que mi fe en las posibilidades de la educación despabilara. Con el título de El gigante de los colegios, se exaltó con toda justicia la hazaña pedagógica del Liceo Campo David, una institución educativa ubicada en el sur de Bogotá, cuya infraestructura y situación económica distan mucho de ser las de los colegios más reputados del país, donde se pagan mensualidades considerables y se cobran emolumentos que, al decir del Ministerio de Educación, no son legales aunque tampoco ilegítimos, lo que explica que no se decrete su prohibición.

El vertiginoso ascenso del Liceo Campo David, que comenzó como un preescolar hace solo 24 años y graduó su primera promoción de bachilleres en el año 2001, habiendo ocupado el puesto 521 en el escalafón del ICFES, se entiende gracias a una conjugación de factores que, en materia educativa, obra, si se mantiene en el tiempo, prodigios: afecto y exigencia en iguales proporciones. Pero si a ese híbrido se le suman, además, los métodos propios, el respeto entre los estudiantes y entre estos y sus maestros y el resto de la comunidad educativa, y, por si fuera poco, el trabajo fuera del aula, el resultado tiene que ser el que este modelo de colegio arroja: la excelencia académica, que se traduce en el ingreso de los más de sus estudiantes a las mejores universidades públicas y privadas del país, incluso becados en las más costosas. Faltaría, sin embargo, un elemento imprescindible para la consecución del éxito académico que en la actualidad ostenta el Campo David: la evaluación constante y rigurosa que, en el caso del mejor colegio de Colombia, “se aplica, mes a mes, en cada una de las asignaturas”, pues sus directivos y cuerpo docente entienden que un proceso examinador serio y permanente, “además de mostrar fortalezas y debilidades, hace que los estudiantes estén familiarizados con este tipo de evaluaciones”.

La hueca palabrería de muchas doctrinas pedagógicas y de otros tantos libros sobre el tema y de no menos artículos de prensa que creen constituir la panacea para los enormes problemas que enfrenta la educación en todos los niveles debería sonrojarse ante la contundencia de los logros de una comunidad educativa que ha conseguido sacudirse de encima el fardo de la mediocridad y el menor esfuerzo, que en términos muy generales caracteriza la mala educación que se imparte en las aulas de, por desgracia, demasiados colegios y universidades. Y debería sonrojarse porque los representantes del Liceo Campo David sí saben lo que dicen cuando declaran que “la educación es el único y más amplio sendero para transformar cualquier vida y cualquier sociedad, y eso es lo que somos”.

(Lamentablemente, y como nada parece ser perfecto en la vida, tengo que referir una anécdota que no sé si calificar de infortunada o de vergonzosa. Impresionado por la noticia, quise establecer contacto con los directivos del colegio por ver si era posible que se me diera el permiso para, en compañía de algunos buenos estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional, donde trabajo hace cerca de cinco años, visitar las instalaciones del Campo David y conocer de primera mano la proeza que encarna su institución. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando, como respuesta a mi cordial y elogioso correo electrónico, recibí uno lacónico e impersonal -en el que me comunicaban su negativa-, que, no obstante, habría estado dispuesto a pasar por alto si no hubiera adolecido de tan mala puntuación. Creo que hice mal al creer en las palabras del rector y fundador del colegio, Henry Romero, cuando declaró para el artículo de Semana: “De nada nos sirve tener los mejores resultados si no podemos compartir nuestra experiencia…”. No quiero pensar que, en tan poco tiempo, un triunfo que hay que refrendar para convertirlo en prestigio se les haya subido a la cabeza).

Cada vez que nuestros estudiantes son evaluados en el exterior, Colombia queda relegada, prácticamente sin excepción, a uno de los últimos lugares. Un buen ejemplo de este fracaso lo trae a cuento Semana.com en una columna de opinión del 9 de diciembre de 2010, firmada por Julián Cubillos, quien no pudo haber escogido un título más a propósito para abordar un problema endémico de nuestra educación: El profesor buena papa. Un espécimen que prolifera, disfrazado de genuina o fingida bondad, en parvularios, escuelas elementales, colegios de bachillerato, institutos de educación no formal, universidades de garaje y de prestigio, etcétera, etcétera. No el único pero sí el mayor responsable de la debacle académica que a continuación resume Cubillos: “Muchos estudiantes, padres y algunos directivos de instituciones parecieran no estar de acuerdo con la reprobación”. Una afirmación a la que yo, no obstante, le cambiaría algunas palabras para retratar con más exactitud la magnitud del desastre. No se trata de que “muchos estudiantes, padres y algunos directivos” parezcan estar en desacuerdo con la reprobación, sino que abominan de ella y la condenan sin complejos.

Para el muchacho, la obligación de repetir una asignatura representa, no la oportunidad de desandar lo mal andado, sino un posible conflicto familiar que puede echar por tierra la inminencia de unas vacaciones descansadas o un premio que el conductismo del padre o la madre o de ambos promete. Pese a saber -aunque no reconocer- que su profesor lleva razón en eso de que los objetivos del curso no se alcanzaron, el estudiante medio -huelga decir que hay valiosas excepciones- apela, en ocasiones, a “todas las formas de lucha” para salvar la materia: la súplica, el soborno, la amenaza e, incluso, las vías de hecho si llegare a ser preciso. Pero, eso sí, indefectiblemente al desprestigio de aquel a quien quiere ver y hacer ver -seguramente no faltarán los casos en que lo sea- como al peor de sus victimarios y enemigos.

Los padres del futuro repitente, por su parte, sienten que, al tener que cursar la materia nuevamente, su hijo se va quedando rezagado con respecto a sus compañeros. Culpan, de viva voz o para sus adentros, a ese profesor que no es capaz de entender el esfuerzo económico que supone mandar ese hijo a clase, y todo para que pierda. Muy rara vez ese padre de familia se detiene a pensar que una buena educación no consiste en graduarse cuanto antes de un colegio o una universidad, sino en hacerlo ojalá con honores o, al menos, con decoro.

Pero si los dos casos que acaban de describirse llegan a ser comprensibles de algún modo, no lo es, bajo ningún concepto, el de los directivos que combaten, solapada o desenbozadamente, la reprobación académica. Ellos, en su calidad de educadores, están en la obligación de saber lo lesiva que resulta la indulgencia en la evaluación o su abolición (opción por la que optan muchos de esos profesores “buenas papas” de que habla Julián Cubillos). Porque cuando un directivo aboga en favor de los estudiantes que merecen repetir una asignatura para que no lo hagan, aboga, en realidad, por el futuro de su negocio -los dueños de instituciones privadas- o por la estabilidad de su posición -los directivos de instituciones públicas-. El directivo, al contrario que el estudiante y el padre de familia, no puede escudarse tras una fingida ignorancia para propiciar impunemente la ley del mínimo esfuerzo y la abulia intelectual.

Ahora bien, intentar caracterizar eso que Cubillos llama “el profesor buena papa” puede resultar dispendioso, pero bien merece la pena. Los matices recorren todos los registros, desde aquel gran profesor universitario que, experto en su especialidad, está tan embebido en ella y pagado de ella que no tiene tiempo siquiera de pensar en los narratarios de su discurso, casi siempre receptores pasivos del conocimiento de alguien que no percibe en ellos interlocutores válidos con los que someter a debate ese conocimiento que debe asumirse como verdad incuestionable, hasta el profesor por accidente que, tal vez para escurrirle el bulto a un apremio económico, recala, sin querer, en la docencia. Ni para el primero ni para el segundo la evaluación cuenta en gran medida, bien sea porque cualquier respuesta se antoja insuficiente para tanta sabiduría, o porque hay conciencia de que, ante la precariedad de la enseñanza que se imparte, la evaluación debe ser, asimismo, poco ambiciosa. En medio de estos dos extremos de la escala, hay muchísimos otros comparsas de la enseñanza. Como aquel profesor que, habiendo cultivado la mediocridad y el atajo en sus años de estudiante universitario de pedagogía, sigue aferrado a esos salvavidas para ir tirando sin que le cueste mucho; o este otro que, temeroso del juicio desfavorable de sus estudiantes, hace de las calificaciones que otorga una feria del despilfarro en que la más mezquina es un 4.8 sobre 5; o ese de allá que, sin ruborizarse apenas y debido a que traspapeló las evaluaciones que sus estudiantes le presentaron en el desorden de su cotidianidad, opta, para satisfacción de casi todos, por un cinco en general para “un grupo que tan bien lo hizo”. Uno y otro, los unos y los otros, con independencia de cuánto sepan o ignoren, le hacen el mismo favor a la educación, con la que no están de veras comprometidos: un flaquísimo favor. Y todo flaco favor es, dejando a un lado los eufemismos, un perjuicio.

Suscribo, dicho todo lo anterior y sin cortapisas, la conclusión del artículo de Julián Cubillos -que sin embargo no funge como conclusión de la presente reflexión-, la cual no peca, como podrían sostener algunos, de alarmista o desmesurada: “En suma, el profesor buena papa es, por lo general, un pésimo profesor: un completo artífice del subdesarrollo”.

Pero justo es decirlo: en un mundo globalizado como el que nos tocó en suerte, donde prácticamente nada está exento de sufrir los efectos de la universalización, la educación no podía ser la salvedad. Y al no ser la excepción, es imperioso reconocer que esa categoría magistral bautizada por Julián Cubillos como “profesor buena papa” existe tanto en países que adolecen de subdesarrollo crónico o transitorio, como en el mismísimo Primer Mundo, de donde el flamante Nobel peruano de literatura Mario Vargas Llosa toma el ejemplo con que ilustró su columna de opinión del 26 de julio de 2009 en El País de España, que lleva por título Prohibido prohibir. En ella, el escritor, valiéndose de un interdiscurso disciplinar, como suele hacer en sus artículos quincenales del periódico más leído de habla hispana, aborda el gran problema que aqueja a la educación desde hace ya unas cuantas décadas, y que puede definirse como la pérdida de autoridad del maestro, sin la cual se ve reducido, como prueba la alusión histórica de la siguiente cita, a convertirse en un comparsa de la enseñanza: “Muchos maestros, de muy buena fe, se creyeron esta degradante satanización de sí mismos y contribuyeron, echando baldazos de aceite a la hoguera, a agravar el estropicio haciendo suyas algunas de las más disparatadas secuelas de la ideología de mayo del 68 en lo relativo a la educación, como considerar aberrante desaprobar a los malos alumnos, hacerlos repetir el curso, e, incluso, poner calificaciones y establecer un orden de prelación en el rendimiento académico de los estudiantes, pues, haciendo semejantes distingos, se propagaría la nefasta noción de jerarquías, el egoísmo, el individualismo, la negación de la igualdad y el racismo…”. (¿Acaso no es el típico profesor “buena papa” uno que, para evitarse el engorro de las necesarias jerarquizaciones -fundamentales cuando se trata de procesos de aprendizaje-, resuelve no poner calificaciones que verdaderamente reflejen -o intenten hacerlo- el esfuerzo y los resultados de cada estudiante, y, al no hacerlo, no reprobar a aquellos muchachos que merecen repetir el curso?)

Mayo del 68 no es, empero y de acuerdo con el análisis del autor de La ciudad y los perros (un hito literario de eso que dio en llamarse bildungsroman o novela de formación, de aprendizaje o de educación), el origen del desbarrancadero por el que se despeñó la autoridad docente -no solo esa-, sino la consecuencia de una buena intención y un sueño lícito aunque con nefastos resultados: la intención de algunos teóricos -sociólogos, filósofos, antropólogos e historiadores, entre otros- de propiciar la disolución de toda suerte de personificación de autoridad opresora para materializar el sueño de erigir, sobre las ruinas del anterior, un mundo académico -y ojalá real- desjerarquizado y en consecuencia igualitario, en el que algún día -once años más tarde- los muchachos pudieran espetarles a sus profesores eso que todavía hoy se entona con pasión adolescente: “We don’t need no education / we don’t need no thought control / no more sarcasm in the classroom / teacher leave them kids alone…”. Y pese a tanta rebeldía por demás justificable en un principio, el propósito de dicha efervescencia histórica y revolucionaria parió, en lugar de ese sueño libertario y creativo que le arrebataría el cetro al autoritarismo de la escuela-panóptico y el maestro-guardián, un leviatán que todo echó por tierra, como con elocuente laconismo lo resume nuestro Nobel peruano: “El eslogan de mayo del 68 extendió al concepto de autoridad su partida de defunción y legitimó la idea de que toda autoridad es sospechosa. No destruyó el Estado, pero sí la educación”. Una destrucción que, una vez echada a andar, ya no tiene reversa.

Para los que discrepen de una lectura que les puede parecer demasiado apocalíptica, tal vez el ejemplo con que Llosa ilustra su columna logre atenuar siquiera un poco su recelo: un liceo enclavado en las afueras de París en el que se hacinan los problemas sociales y sus víctimas, que, al mezclarse, precipitan su estallido: robos, violaciones, matonismo, golpizas a profesores…; desmanes que convierten ese colegio de secundaria, en particular, y todos los que como él funcionan, en general, “en pequeñas satrapías de matones y precoces delincuentes”, de las cuales muchos de nuestros colegios públicos y algunos privados son ejemplos irrebatibles. Lugares que, por no impartir la educación a que se deben, terminan por convertirse en correccionales donde priman la fuerza y la violencia, que deberían ser meras contingencias tratándose de instituciones educativas.

Es decir que la buena intención y el sueño de tantos sabios de la época -lo digo sin ningún tipo de malicia- no solo engendraron el leviatán que amenaza seriamente los intereses de una buena educación -ese sí un ideal plausible-, sino una paradoja que mejor explica la pluma del columnista y escritor: “El empobrecimiento y desorden que ha padecido la enseñanza pública, tanto en Francia como en el resto del mundo, ha dado a la enseñanza privada, a la que por razones económicas tiene acceso sólo un sector social minoritario de altos ingresos, y que ha sufrido menos los estragos de la supuesta revolución libertaria, un papel preponderante en la forja de los dirigentes políticos, profesionales y culturales de hoy y del futuro. Nunca tan cierto aquello de “nadie sabe para quién trabaja”. Creyendo hacerlo para construir un mundo de veras libre, sin represión, ni enajenación, ni autoritarismo, los filósofos libertarios como Michel Foucault y sus inconscientes discípulos obraron muy acertadamente para que, gracias a la gran revolución educativa que propiciaron, los pobres siguieran pobres, los ricos ricos, y los inveterados dueños del poder siempre con el látigo en las manos”.

¿De dónde se deriva entonces el éxito educativo del Liceo Campo David -que sí sabe para qué y para quién trabaja-, un colegio que está a caballo entre lo público y lo privado? Que cada cual saque sus conclusiones, que aquí se hace lo propio: del hecho de que, a diferencia de los colegios del sector público, el colegio en cuestión no sufre los progresivos recortes presupuestales que cada nuevo año se le infligen a la educación que subvenciona el erario; del hecho de que sus profesores, imbuidos de que una educación de excelencia es antes que nada competitiva, no les insuflan a sus estudiantes el germen de la mediocridad y la desidia; del hecho de que los padres de familia de los muchachos que allí estudian, conscientes de que una educación de calidad supone que se puede aprobar o reprobar una materia e incluso el año escolar, no se enemistan con los maestros de sus hijos cuando los resultados no son los esperados; del hecho de que sus directivos no condicionan a los profesores para que ayuden, mediante la evaluación laxa y la falta de rigor, a que prevalezca el negocio de la educación sobre la enseñanza; del hecho de que los estudiantes que deben repetir una asignatura o el año escolar inclusive, dados los resultados insatisfactorios de sus procesos de aprendizaje, no lanzan improperios de los peores calibres contra esos profesores que los reprueban; del hecho de que los padres de familia, sabedores de que la excelencia académica que quieren para sus hijos comporta sacrificios económicos, no escatiman en gastos pese a no ser adinerados; del hecho de que sus estudiantes, de veras empeñados en aprehender, no le dedican todo su tiempo al malsano ocio de los programas radiales o la televisión que deseducan, y del hecho de que su comunidad educativa en pleno, agradecida con sus maestros por su invaluable labor y su apostolado, les restituye la dignidad perdida sin remedio en tantas otras instituciones y los recompensa en la medida de sus posibilidades, para que, incentivados de veras, sigan liderando la tarea de construir escuela y país.

sábado, 5 de febrero de 2011

Los hombres que no amaban a las mujeres: cuatro momentos álgidos y una conclusión alentadora

Como aquí no se trata de estudiar la primera parte de la trilogía con detalle sino, más bien, de precisar algunos aspectos que sirvan a los que no la han leído de acicate para hacerlo, he resuelto destacar cuatro momentos de la diégesis que para mí cobran gran importancia, ya que cada uno contiene algo de ese arco iris de sensaciones que suscita la lectura de la novela. Desconcierto, rabia, júbilo y desazón son apenas algunas de las emociones por las que se pasea el lector a medida que recorre esos cuatro jirones de la historia, que a nadie deja indiferente. A nadie.

 Si la primera escena que voy a referir se le presentara a alguien que no sabe de qué va la novela, solo cabría esperar una conclusión: Lisbeth Salander es una puta. Pero no. Como lo sabe el lector refinado (ese que es capaz de esculcar y hallar entre los pliegues del discurso), aquí no nos hallamos ante ninguna puta sino ante la personificación de la impotencia; ante la víctima de un sistema de cosas -políticas, económicas, sociales- que oprime a quien pretende salvar con sus resoluciones. Lisbeth Salander, no obstante tener 24 años y trabajar como cualquier adulto normal, no ha sido declarada todavía mayor de edad, en razón de su carácter díscolo y anárquico que, al no dejarse sojuzgar por las convenciones y las imposiciones del Estado, debe ser maniatado para que no transgreda. Pero las transgresiones proceden, no de su carácter libérrimo cuya única aspiración es que lo dejen ser quien es y como es, sino de los agentes que ese Estado se procura para salvaguardar y proteger los intereses de personas que, como la detective de Milton Security, “no pueden velar por sí mismas”. (¡Qué paradoja!: un detective que no puede velar por sí mismo).

 El nombre del victimario, del transgresor, del vejador es Nils Erik Bjurman. Su profesión, abogado. Su divertimento, al menos por lo que se refiere a Salander, sacar provecho sexual -el adjetivo se queda demasiado corto, como se verá- de la situación de dominio y preeminencia que el Estado le ha conferido. Su obligación, administrar las cuentas y el dinero de ciudadanos que, pese a pagar impuestos, no son reconocidos como tales. Su oficina, el lugar en que se perpetra su primera felonía en contra de la muchacha:

 “El abogado Bjurman bordeó la mesa de trabajo y le mostró el estado de su cuenta, de la que Lisbeth conocía hasta el último céntimo, aunque ya no podía disponer de ella libremente. Estaba detrás de ella. De repente le masajeó el cuello y le deslizó una mano sobre el hombro izquierdo para, acto seguido, alcanzar los senos. Le puso la mano sobre el pecho derecho y la mantuvo allí. Como ella no parecía protestar le apretó el pecho. Lisbeth Salander permaneció completamente inmóvil. Sentía su aliento en el cuello mientras contemplaba el abrecartas situado sobre la mesa; lo podría alcanzar fácilmente con la mano que tenía libre. Pero no hizo nada […] Al cruzarse sus miradas unos instantes después, Bjurman tenía la boca semiabierta y Lisbeth pudo leer el deseo en su cara. El rostro de Salander no reflejaba sentimiento alguno. Bjurman volvió al otro lado de la mesa y se sentó en su cómodo sillón de cuero […] Posiblemente la sonrisa del abogado Bjurman se habría esfumado si hubiera podido leer los pensamientos que Lisbeth Salander ocultaba tras sus inexpresivos ojos.
-Creo que tú y yo vamos a ser buenos amigos -dijo Bjurman-. Tenemos que confiar el uno en el otro.
Como ella no contestaba, puntualizó:
-Ya eres toda una mujer, Lisbeth.
Ella asintió con la cabeza.
-Ven aquí -dijo, tendiéndole la mano.
Durante unos segundos Lisbeth Salander fijó la mirada en el abrecartas antes de levantarse y acercarse a él. Consecuencias. Bjurman cogió su mano y la apretó contra su entrepierna. Ella pudo sentir su sexo a través de los oscuros pantalones de tergal.
-Si tú eres buena conmigo, yo seré bueno contigo -dijo.
Lisbeth estaba tiesa como un palo cuando el abogado le puso la otra mano alrededor de la nuca y la forzó a arrodillarse con la cara delante de su entrepierna.
-No es la primera vez que haces esto, ¿a que no? -dijo al abrir la bragueta. Olía como si acabara de lavarse con agua y jabón.
Lisbeth Salander apartó su cara e intentó levantarse pero él la tenía bien agarrada. En cuestión de fuerza no tenía nada que hacer; pesaba poco más de cuarenta kilos, y él noventa y cinco. Bjurman le agarró la cabeza con las dos manos y le levantó la cara; sus miradas se cruzaron.
-Si tú eres buena conmigo, yo seré bueno contigo -repitió-. Si te me pones brava, puedo meterte en un manicomio para el resto de tu vida ¿te gustaría eso? Ella no contestó.
-¿Te gustaría? -insistió. Lisbeth negó con la cabeza.
Esperó hasta que ella bajó la mirada, cosa que interpretó como sumisión.
Luego se aproximó más. Lisbeth Salander abrió los labios y se lo introdujo en la boca. Bjurman la mantuvo todo el tiempo cogida por la nuca apretándola violentamente contra él. Durante los diez minutos que estuvo moviéndose, entrando y saliendo, ella no paró de sufrir arcadas. Cuando por fin se corrió, la tenía tan fuertemente agarrada que apenas podía respirar.
Le dejó usar un pequeño lavabo que tenía en su despacho. A Lisbeth Salander le temblaba todo el cuerpo mientras se lavaba la cara e intentaba quitarse la mancha del jersey. Tragó un poco de pasta de dientes para intentar eliminar el mal sabor. Cuando volvió a salir a su despacho, él estaba sentado impasible tras su mesa hojeando sus papeles […] Una sonrisa de superioridad se dibujó en sus labios. Lisbeth Salander cogió el cheque y se marchó” (segunda parte, capítulo 11).
 
El desconcierto hace presa del lector que se pregunta por qué la muchacha, que contempla el abrecartas que tiene a mano con una idea fija que no se nomina pero se infiere, no se sirve de él para defenderse de su agresor. La respuesta salta a la vista y deslumbra de tan clara: si lo hiciera, Bjurman, su tutor, posiblemente pondría por obra su amenaza de encerrarla de por vida en un manicomio. ¿A tanto llega su poder sobre Salander?, cabe preguntarse. Y la respuesta es sí, porque como él previene a la muchacha para que no se vaya de la lengua, “-Sería tu palabra contra la mía. ¿Cuál crees tú que tendría más valor?”. Salander (esa es la razón de que se contenga y no actúe conforme le indica su temperamento) sabe que la palabra del abogado, que por algo la representa ante el Estado, prevalecería sobre la suya, que ni siquiera se tendría en cuenta. De modo que el lector, ávido de vindicación, tiene que confiarse a la inteligencia de la agraviada, que existe y no en pocas cantidades, para que la justicia poética, ante la ausencia de la divina, se encargue de poner las cosas en su sitio.
 
Tras una prolongada intervención de la voz narrativa -que por momentos deviene autor implícito- en la que no solo toma partido por Salander ( y arremete, con argumentos válidos y con vehemencia, contra las políticas arbitrarias de un Estado que no honra con aquellas actuaciones la democracia que dice propugnar), sino que pone al lector al corriente de aspectos de la vida de la protagonista desconocidos hasta entonces, este se apresta, fiado de un plan de Lisbeth que desconoce, a sacarse, junto con ella, la bronca de la primera agresión. Pero la rabia que caracteriza este segundo momento, lejos de remitir, irá en aumento según la narración progrese:
 
“El plan salió mal casi desde el primer momento. Al abrir la puerta de su piso, el abogado Nils Bjurman llevaba una bata. Ya estaba irritado por el retraso y le hizo señas para que entrara […] Abrió la puerta del dormitorio. No cabía duda del tipo de servicios que esperaba de Lisbeth Salander. Ella recorrió rápidamente el cuarto con la mirada […] dio unos tímidos pasos hacia la cama. Luego se paró, como si se lo estuviera pensando. Bjurman se acercó.
-Espera -dijo ella de nuevo, esta vez como intentando convencerlo y hacerle entrar en razón-. No quiero chupártela cada vez que necesite dinero. A Bjurman le cambió la cara. De pronto, le dio una bofetada con la palma de la mano. Salander abrió los ojos de par en par, pero antes de que le diera tiempo a reaccionar, la cogió del hombro y la echó de bruces sobre la cama. La repentina violencia la cogió desprevenida. Cuando intentó darse la vuelta, la aprisionó contra la cama y se sentó a horcajadas sobre ella. Igual que la vez anterior, físicamente hablando, ella era pan comido para él. Sus posibilidades de resistencia consistían en hacerle daño en los ojos con las uñas o con algún arma. Pero la trama que había planeado ya se había ido al traste totalmente. “Mierda”, pensó Lisbeth Salander cuando él le arrancó la camiseta. Con una aterradora clarividencia, se dio cuenta de que se había metido en camisa de once varas. Oyó cómo abría el cajón de la cómoda de al lado de la cama y percibió el chirrido de metal. Al principio no sabía qué estaba pasando; luego vio unas esposas cerrándose alrededor de su muñeca. Él le levantó los brazos, pasó las esposas por uno de los barrotes del cabecero de la cama y le esposó la otra mano. En un santiamén le quitó las botas y los vaqueros. Por último le quitó las bragas y las sostuvo en la mano.
-Tienes que aprender a confiar en mí, Lisbeth. Yo te voy a enseñar cómo se juega a este juego de adultos. Cuando te pongas borde conmigo, te castigaré. Pero si eres buena conmigo, seremos amigos. Volvió a sentarse a horcajadas sobre ella.
-Así que no te gusta el sexo anal, ¿eh?
Lisbeth Salander abrió la boca para gritar. La cogió del pelo y le metió las bragas en la boca. Luego le colocó algo en los tobillos, le separó las piernas y se las ató dejándola completamente indefensa. Le oyó moverse por el dormitorio pero era incapaz de verlo a causa de la camiseta que tapaba su cara. Pasaron varios minutos. Apenas podía respirar. Luego experimentó un terrible dolor cuando le introdujo, violentamente, un objeto en el ano”.
 
Tal vez por consideración con el lector, que experimenta el paroxismo de la impotencia, la omnipresencia de la voz narrativa emerge para darle un respiro en medio de tanta violencia, y retornar a la escena del crimen cuando ya todo se ha consumado:
 
“Hasta las cuatro de la madrugada del sábado, el abogado Bjurman no la dejó vestirse. Lisbeth cogió su chupa de cuero y la mochila, y se dirigió, cojeando, hacia la salida, donde él la estaba esperando recién duchado y pulcramente vestido. Le dio un cheque de dos mil quinientas coronas.
-Te llevaré a casa -dijo, y abrió la puerta.
Ella salió del piso y se volvió hacia él. Su cuerpo parecía frágil y su cara estaba hinchada a causa de las lágrimas. Al cruzar las miradas él casi dio un paso atrás; en su vida había percibido un odio tan ferviente y visceral. Lisbeth Salander daba la impresión de ser exactamente tan demente como insinuaba su historial.
-No -dijo en voz tan baja que apenas la oyó-. Puedo volver a casa sola.
Le puso una mano sobre el hombro.
-¿Seguro?
Ella asintió. Bjurman agarró su hombro con más fuerza.
-No te olvides de lo que hemos acordado: vuelve el sábado que viene.
Lisbeth volvió a asentir. Sumisa. Él la soltó.” (segunda parte, capítulo 13).
 
Ella no bromea cuando, con ese movimiento de cabeza, le asegura a su victimario que, justo el sábado siguiente, comparecerá ante él en ese mismo sitio que guarda las imágenes macabras de las humillaciones a que la acaba de someter pero que, en contrapartida, albergará también las de su venganza, que con toda meticulosidad prepara durante el intervalo.
 
El que haya leído El pabellón número 6 de Antón Chéjov y Sólo vine a hablar por teléfono de Gabriel García Márquez y se haya dejado invadir por la desesperación de Iván Dimítrich Grómov y María de la Luz Cervantes, sus protagonistas, sabrá apreciar el significado del júbilo que suponen venganzas como la del relato de José María Arguedas El sueño del pongo o la que se aproxima de Lisbeth Salander. Porque la buena literatura, que no está obligada a confeccionar quimeras por el simple capricho de congraciarse con los deseos del lector-televidente (ese que busca encontrar en los libros lo que los culebrones le dan), solo en ocasiones nos permite soñar con ese anhelo humano tan inasible como el mismísimo paraíso: la justicia. Un concepto que para la protagonista no está ligado a las instituciones del Estado, sino a sus posibilidades:
 
“El sábado por la noche, a la hora acordada, Lisbeth Salander volvió al piso de Nils Bjurman, en Odenplan. La dejó entrar con una educada y acogedora sonrisa […]. Lisbeth le obsequió con una sonrisa agria y al abogado le invadió una repentina sensación de inseguridad. ‘Esta tía está chiflada. Que no se me olvide.’ Se preguntaba si ella terminaría acostumbrándose y aceptando la situación.
-¿Vamos al dormitorio? -preguntó Lisbeth Salander.
‘Claro, que a lo mejor le va la marcha…’ La condujo a la habitación pasándole un brazo por encima del hombro, tal y como hizo la vez anterior. ‘Hoy la trataré con más cuidado. Así me ganaré su confianza.’ Ya había sacado las esposas; estaban sobre la cómoda. Hasta que llegaron a la cama el abogado Bjurman no advirtió que pasaba algo raro. Era ella la que lo llevaba a él a la cama, y no al revés. Se quedó parado, mirándola desconcertado, cuando Lisbeth sacó algo del bolsillo de su cazadora. Al principio le pareció un teléfono móvil. Luego vio sus ojos.
-Di buenas noches -dijo ella.
Subió la pistola eléctrica hasta su axila izquierda y le disparó 75.000 voltios. Cuando sus piernas empezaron a flaquear, ella apoyó el hombro contra su cuerpo y empleó todas sus fuerzas para tumbarle sobre la cama”.
 
Nuevamente la voz narrativa, que no es otra cosa que un narrador-cámara, deriva hacia otro escenario que aquí poco importa, para volver, al cabo de algunas líneas en las que el lector se consume de impaciencia y curiosidad, a retomar el recuento de los hechos que lo mantienen tan expectante:
 
“El abogado Nils Bjurman se retorcía de dolor. Sus músculos estaban inutilizados. Su cuerpo parecía paralizado. No estaba seguro de haber perdido la consciencia, pero se hallaba desorientado y no recordaba muy bien qué le había pasado. Cuando, poco a poco, fue recuperando el control de su cuerpo, se encontró desnudo, tumbado de espaldas sobre su cama, con las muñecas esposadas y dolorosamente despatarrado. Tenía quemaduras que le escocían en las zonas donde los electrodos habían entrado en contacto con su cuerpo.
Lisbeth Salander estaba tranquilamente sentada en una silla de rejilla que había acercado a la cama, donde, con las botas puestas, descansaba los pies mientras se fumaba un cigarrillo. Cuando Bjurman intentó hablar se dio cuenta de que su boca estaba tapada con cinta aislante. Giró la cabeza. Ella había sacado los cajones y vaciado su contenido.
-He encontrado tus juguetitos -dijo Salander.
Sostenía en la mano una fusta mientras rebuscaba en la colección de consoladores, bridas y máscaras de látex que había echado al suelo.
-¿Para qué sirve esto? -dijo ella, mostrándole un enorme tapón anal-. No, no intentes hablar; digas lo que digas no te voy a entender. ¿Es esto lo que usaste conmigo la semana pasada? Basta con que asientas con la cabeza. Se inclinó hacia él, expectante. Nils Bjurman sintió repentinamente cómo un terror frío le recorría el pecho y perdió el control. Tiró de las esposas. Ella había tomado las riendas. Imposible. No pudo hacer nada cuando Lisbeth Salander se inclinó sobre él y le colocó el tapón entre las nalgas.
-Así que te va el sado -le dijo-. Te gusta meterle cositas a la gente, ¿verdad? Ella lo clavó con la mirada; su cara era una inexpresiva máscara.
-Sin lubricante, ¿no?
Bjurman emitió un alarido a través de la cinta aislante cuando Lisbeth Salander, brutalmente, separó sus nalgas y le metió el tapón en su sitio…” (segunda parte, capítulo 14).
 
Pero el júbilo de la venganza está apenas a mitad de camino. Un camino que cada lector debe recorrer hasta el final. Es decir, hasta que la impasibilidad insultante y la sonrisa de superioridad con que Nils Bjurman despidió a Salander la primera vez que la violó (hablo de la felación a que la forzó en su oficina) se hayan trocado en amargura y mueca de dolor perenne.
 
Existe entre los lectores de calidad y entre los buenos críticos literarios -para no hablar de los criticastros- un temor invencible a arremeter contra los escritores de renombre, que puede deberse en gran medida al miedo de desbarrar o incurrir en exabruptos. Al mismo tiempo, muchos de esos buenos críticos literarios y lectores de calidad -para no hablar de los criticastros- se complacen en destruir, en ocasiones con malas artes y peor leche, la obra incipiente de un escritor en ciernes, que lo único que necesita es un poco de tiempo para probar de qué es capaz. Pero Stieg Larsson, que murió sin saber que se convertiría, apenas sin transición, en escritor de renombre sin haber llegado a ser un escritor en ciernes, no sobrevivió a la publicación de su trilogía que, salvo una que otra voz disonante, solo ha cosechado aplausos y vaticinios de inmortalidad. ¿Aplausos y vaticinios merecidos? Veamos.
 
El hecho de que yo, en mi papel de lector de calidad y crítico literario que no ejerce asegure que a Cien años de soledad le sobra el capítulo 18, que “envilece” -¿para bien?- la perfección que ostenta la novela, o que 2666, una buena novela de un mejor escritor, fue buena solo hasta un punto y que por culpa de una mano mercenaria que jamás debió haber empuñado la pluma termina casi convertida en bodrio, no significa, en modo alguno, que pretenda desvirtuar las bondades que las dos obras tienen. No en vano ellas figuran en casi toda lista de lo más granado de la novela latinoamericana, si es que algo así existe. Pero ocupémonos de Los hombres que no amaban a las mujeres.
 
Del mismo modo que las novelas aquí mencionadas de García Márquez y Roberto Bolaño se “desbarrancan” -la primera temporalmente y la segunda de forma definitiva- en un determinado punto de la narración, la primera parte de la trilogía de Larsson decae peligrosamente en ese cuarto momento álgido de que se habla en el título de este comentario literario. Porque si el primero genera desconcierto y el segundo ira y el tercero júbilo, ese cuarto momento produce desazón. Un desencanto que amenaza con hacernos perder el interés por la diégesis, lo que felizmente no ocurre.
 
Cuando (después de un arduo trabajo del encéfalo para elucidar el misterio de la desaparición de Harriet Vanger) por fin Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist logran dar con el asesino en serie que anda suelto por Hedeby y Hedestad y el lector se apresta a enfrentar con valentía la expectación que la novela ha sabido mantener en situaciones semejantes, la realidad, prosaica, se enseñorea para gritarnos la verdad en la cara: el lugar del misterio lo ocupa ahora la gesticulación estólida y la verborrea de la inverosimilitud:
 
“En cuanto entraron en la habitación, Martin Vanger apuntó con la pistola a Mikael y le ordenó que se tumbara boca abajo en el suelo. Mikael se negó.
-Vale -dijo Martin Vanger-. Entonces, te pegaré un tiro en la rodilla. Apuntó. Mikael cedió. No tenía elección […] Se tumbó en el suelo. Martin se aproximó por detrás y le dijo que pusiera las manos en la espalda. Se las esposó. Luego le pegó una patada en la entrepierna, seguida de una buena tunda de violentos puñetazos. Lo que ocurrió después parecía una pesadilla. Martin Vanger oscilaba entre la racionalidad y la enfermedad mental. Por momentos, en apariencia, estaba tranquilo. Acto seguido caminaba de un lado para otro del sótano como una fiera enjaulada. Pateó a Mikael repetidas veces. Mikael no pudo hacer otra cosa que intentar protegerse la cabeza y encajar los golpes en las partes blandas del cuerpo. Al cabo de unos minutos, el cuerpo de Mikael presentaba un buen número de dolorosas heridas…”.
 
Ni la violencia cala en el ánimo del lector, ni las palabras comunican de forma perlocutiva las sensaciones que cabría esperar de una escena así de extremosa, ni las acciones resultan naturales. Todo en este cuarto momento rezuma falsedad. El diálogo que sigue a la escena que acabamos de contemplar, en el que el asesino en serie -seguro de que su víctima ya no supone ningún peligro- le confiesa, ufano, todos sus crímenes a Mikael Blomkvist mientras le da a beber con generosidad de su botella de agua mineral, no llega siquiera a libreto de mala película gringa. Si de llamar a las cosas por su nombre se trata, este cuarto momento es la escena perfecta de uno de esos enlatados que no dejan otro recurso que apagar la televisión:
 
“Martin Vanger hablaba de los secuestros y asesinatos en un tono casi académico, como si defendiera una opinión divergente en alguna cuestión de teología esotérica.
-¿Realmente te interesa esto? Se inclinó y le acarició la mejilla. Su tacto fue delicado, casi tierno.
-Te das cuenta de que esto sólo puede terminar de una manera, ¿no? ¿Te molesta si fumo? Mikael negó con la cabeza.
-¿Me invitarías a uno? Martín Vanger accedió a su deseo. Encendió dos cigarrillos y, cuidadosamente, colocó uno entre los labios de Mikael. Le dejó dar una calada y se lo sostuvo.
-Gracias –dijo Mikael automáticamente. Martin Vanger volvió a reírse […] Abrió un armario, sacó una estrecha correa de cuero y se la puso a Mikael alrededor del cuello, a modo de soga, con un nudo corredizo. Soltó la cadena que mantenía a Mikael encadenado al suelo, lo levantó y lo empujó contra la pared. Introdujo la correa de cuero en una argolla del techo, sobre la cabeza de Mikael, y la tensó de tal modo que este se vio obligado a ponerse de puntillas” (tercera parte, capítulo 23).
 
Y así, de puntillas y casi ahorcado, Mikael Blomkvist habrá de asistir a las truculencias que aún restan y se avecinan: el beso en la boca que le da Martin, la aparición y el ingreso en escena de Lisbeth Salander, su arremetida contra el psicópata con ese bate de golf con que le rompe no sé cuántos huesos, la huida de este, malherido como se encuentra, del sótano de los horrores, el avistamiento de la salida de Lisbeth que corre tras el forajido y su ulterior regreso para rescatarlo.
 
Ante la imposibilidad de cotejar la traducción al español con el original en sueco de esta escena en particular a fin de reducir el margen de error de mis apreciaciones, me remití a la traducción en inglés, que probó ser tan “apócrifa” como la versión en español, con un agravante para esta última: la demasiada semejanza que en achaques de lengua guarda con respecto, precisamente, a la versión en inglés. No es ocioso preguntarse entonces cuál habría sido el resultado de haber sido otros los traductores, no ya de la escena en casa de Martin Vanger, sino de la novela toda, pero aquello hace parte de una reflexión futura.
 
¿Por qué leer Los hombres que no amaban a las mujeres? Porque, si bien la exacerbada omnisciencia de la voz narrativa en ocasiones parece agredir la inteligencia del “lector-crítico de la ilusión narrativa”, como lo llama Vargas Llosa, es gracias a ese narrador en tercera persona que hace las veces de cámara cinematográfica (la razón del triunfo de la omnipresencia en la novela) que la expectación que recorre casi de principio a fin la historia se mantiene vigente. Porque, a pesar de las reiteradas -innecesarias en muchos casos- alusiones a la inexpresividad del rostro de Salander por parte del narrador, la caracterización del personaje es de una consistencia pétrea y de una fuerza arrasadora. Porque, aunque la novela versa en gran medida sobre la crueldad de algunos personajes y sobre la corrupción de que se vale esa crueldad para triunfar, del otro lado de la balanza están la mística y la ética con que otros personajes combaten esas lacras, sin que por ello se conviertan en justicieros de ningún orden moralizante, sino en Quijotes que enfrentan, ayudados solo de sus fuerzas y sus recursos, la vileza que les es dable combatir. Porque, no obstante las desmesuras en que la narración incurre por momentos en relación con la crueldad, la corrupción y la vileza, la historia, repuesta de aquellos quebrantos, se levanta saludable, prometiendo longevidad. Porque, aun cuando alguien pudiera censurar el hecho de que en la novela predominen demasiadas inanidades propias del día a día de los personajes, son esas naderías las que justamente logran que la vida -la de Salander, la de Blomkvist- exulte en cada página. Y porque, no obstante las “imperfecciones narrativas” que la novela acusa, ella, inevitablemente, concluye el lector, cualquiera que sea, merece, como la vida, la pena.