1051. Si la maldad de los Truman y los Tibbets viaja
en cohete espacial, la bondad de los Tanimoto y los Kleinsorge lo hace a pie y
con cojera. Entre los unos y los otros, bellaca o encogida,verdean la
indiferencia y la cobardía de los hombres, tan diferentes entre sí aunque al
cabo tan parecidas. Por algo sirven a quien sirven.
1052. Siempre que alguien imaginario me pregunta si
me hubiera gustado ser vidente, o rico, yo me río para mis adentros y sonrío
para mis afueras mientras respondo que ni una cosa ni la otra, salvo en
situaciones muy puntuales, y aclaro que lo que me hubiera gustado ser es
filósofo, pero no de los profesionales con diploma sino de los vocacionales. Y
no cualquier filósofo, sino un filósofo japonés, por aquello del temperamento y
las formas. Los míos, para mi gran descontento y cierto ocasional contento,
habitan las antípodas.
1053. Y pensar que muchos videntes nos dan, y a
bulto, a los descendientes de Tiresias trato de ‘intestinum caecum’. Lo que soy
yo, en ellos me cago.
1054. Oigo a mi tío Germán, o a mi madre, contar
cualquier anécdota con tantos paréntesis y vericuetos que se me antoja estar
oyendo al bueno de Trim contándole a Toby Shandy, su señor y mi carnal, la
‘Historia del rey de Bohemia y sus siete castillos’, la cual se torna
interminable entre otras cosas porque éste lo interrumpe cada dos palabras para
darle una nueva indicación, indicaciones que el escudero recoge con gran
contento pese a que lo obligan a volver al punto de partida una y otra vez. A
diferencia del tío de Tristram, yo me empleo a fondo para que Orfi comprenda
-su hermano es un caso perdido- que la atención y la paciencia de nuestros
interlocutores y oyentes no son infinitas.
1055. Por fin -¡al fin!- una buena razón que justifica
momentáneamente la simpleza según la cual todo tiempo pasado fue mejor:
“Leo día
tras día las noticias de las tragedias del mundo. Hace un par de siglos uno
sabía rápido, si mucho, lo que ocurría en su propia aldea. Los horrores de
Corea, de Ucrania, de Palestina o Sudán, llegaban, si llegaban, en barcos de
vela y a lomos de mula, con años de retraso, como la luz de las estrellas
lejanas. Las noticias de una masacre en Armenia o en Egipto, de una batalla en
Waterloo, eran casi capítulos de una novela histórica ocurrida en otro siglo.
Meses después, y a duras penas, la gente sabía lo que había pasado en las
batallas de Junín o de Ayacucho. Lo del Pantano de Vargas se sabía en Antioquia
una semana más tarde, como mínimo. Ahora nos caen encima avalanchas de sangre y
lodo, día tras día, y vemos los niños que se mueren de hambre en Gaza, de
misiles en Kyiv, de masacres en Alaska o en Amalfi. […]
Dan
ganas, de verdad, de construirse un refugio subterráneo, llenarlo de enlatados
y granos duraderos para sobrellevar diez años de invierno nuclear, después de
un ataque respondido por error según la doctrina de la mutua destrucción
asegurada. ¿Así quién anima a sus hijos a tener hijos?” (Los mismos insensatos
que -y me perdona, estimado y admirado Hetícor-, en lugar de matarse como mejor
les parezca, opten por construirse un búnker para dizque intentar escurrirles
el bulto durante una década a los efectos de la tercera y la cuarta bombas
atómicas, que ojalá no dejen en esta ocasión traza humana sobre la Tierra).
Maravilloso
habría sido pasar por el mundo sin siquiera haberles oído la voz a Putin, a
Netanyahu y a Trump; sin haber tenido que asistir al circo político de Petro y
Miley, de Maduro y Bukele, de López Obrador y Bolsonaro; sin haber sabido que
la Tercera Guerra Mundial se cocía a fuego vivo mientras el noventa y nueve por
ciento de la humanidad chateaba y veía videos y se tomaba selfis y libraba
peleas ridículas en las redes sociales. ¿Y cómo no haber envidiado a los
asimismo atormentados por las razones que fueran que se murieron sin encender el
radio, el televisor y el esmarfon, a los que no pude renunciar por mi adicción
a la mierda de que a diario me emparamaban? Y que agradezca la posteridad que
no le hable de la bachata y el reguetón, esa basura ajena y global con que
incompasivamente mis vecinos y circunstantes me amargaron la vida hasta la
locura y me atronaron los oídos hasta la sordera.
1056. ¿Que “a Seinfeld no le importa Palestina”, se
duele -qué desvergüenza- la columnista de El País de España Elvira Lindo? A mí
que me muestren uno solo de sus artículos, publicados a partir del atroz 7 de
octubre de 2023 (hoy es 22 de octubre de 2025), siquiera uno, en el que haya
arremetido en contra de la vesania del yihadismo y se haya solidarizado con las
madres y los padres y los hijos y los hermanos y los amigos israelíes a los que
Hamas y demás terroristas palestinos les violaron, descuartizaron, asesinaron o
secuestraron a sus hijos, sus padres, sus hermanos o sus amigos. Debe de ser
que don Antonio, quien a diferencia de su mujer sí que cultiva la ecuanimidad y
poco alarde hace de tuertas filantropías, no la lee y, si la lee, lo hace
dizque como quien oye llover. Y digo dizque porque yo, cuando llueve, me
concentro y me deleito más que cuando oigo a la Filarmónica o a la Sinfónica en
concierto. Benditas ambas.
Adenda:
piénseselo muy bien si usted está tentado o lo están tentando para que
incursione en el periodismo de opinión pues hacerlo supone dejar al desnudo y
exhibir con impudicia, a lo Luis García Montero, Laura Restrepo, Santiago
Gamboa, William Ospina, Julio César Londoño o Elvira Lindo, las fealdades de su
sectarismo y las ruindades de su lado oscuro del corazón.
1057. Ni por un segundo creo en la encarnación del
Cristo o fábulas afines. Sí, y a pies juntillas, en la de la imaginación de que
todos hablan y tan pocos comprenden: pálpenla y mírenla y óiganla y huélanla y
gústenla, incluso si usted forma parte de la minoría en cuestión, en cada
artículo-alumbramiento de Juan José Millás en El País de España.
1058. Yo, que rara vez o prácticamente nunca leo
crítica literaria por considerar la crítica literaria un subgénero respetable
aunque subgénero a fin de cuentas, saldría airoso gracias a esta perla ante un
estudiante de primer semestre que me preguntara en qué consiste el subgénero
llamado crítica literaria:
“…Sentado
en una terraza a la sombra de su busto que preside la explanada frente al
puerto de Denia he tratado de imaginar aquel instante de felicidad que
Cervantes sentiría en este mismo lugar recién desembarcado y he pensado que si
me dieran a elegir entre Don Quijote y Sancho, elegiría a Miguel de Cervantes,
como personaje de ficción, puesto que está construido con las dos almas, la
idealista y la pragmática, fabricadas a lo largo de su aperreada vida llena de
menosprecios, vejaciones y heroísmo. La ingente sabiduría de su espíritu la
acopió con solo el oficio de vivir hasta alcanzar la gloria con humor en el
fondo del propio desastre. En principio me echan un poco para atrás los que
proclaman grandes principios desde lo alto de un caballo, como Alonso Quijano.
Sus ideales envueltos en la locura suenan a flato de la voz; en cambio, a lomos
de un pollino todo lo que se diga parece muy consistente y verdadero. Hay
palabras ligeras que se lleva el viento y otras caen en el suelo y ya no hay
quien las mueva.
Imagino
a don Quijote con capa española convertido en un ciudadano de hoy. Si tuviera
cualquier cargo en la administración del Estado sería uno de esos que, ante
cualquier disputa, te dice ‘usted no sabe con quién está hablando’ y en un
restaurante arma un altercado por cualquier nimiedad del filete poco hecho,
esgrimiendo el tenedor a modo de lanza. Se podría creer que el hidalgo encarna
esa parte noble de cualquier mortal, aun del más descastado, que busca la
justicia y deshacer entuertos, pero a la hora de la verdad trata con desprecio
a los criados. Y si hablamos de política, no quiero ni pensar a qué partido
votaría este caballero andante. El hidalgo don Quijote, en realidad, trataba de
tener siempre la razón en todo frente a todo el mundo. Hoy ese papel lo
desempeñan los cuñados que no paran de hablar de todo hasta que les das la
razón por simple agotamiento. Por cierto, don Quijote nunca pagaba su
consumición en las ventas.
Por el
contrario, qué gran tipo sería hoy Sancho Panza si además del sentido común que
lo adorna estuviera delgado, midiera 1,85 y jugara al tenis o al baloncesto. Si
uno logra imaginar a este personaje adusto y con el vientre liso descubrirá
bajo su jubón al propio Cervantes herido de melancolía, lleno de ironía, de
humor, de pragmatismo, apegado a los placeres y con buen ánimo frente a todas
las desgracias. Ese es el personaje que amo. Cuando uno repara en esa ración de
locura que todo el mundo lleva dentro, pronto se descubre que ese quijotismo se
identifica muchas veces con el ego insaciable.”
Consiste
-improvisaría- en desentronizarle al lector convencido sus ídolos fictivos, o
cuando menos en hacérselos tartajear como tartajea el feligrés de una iglesia
monoteísta en medio de una gran calamidad personal o colectiva. Y me pondría de
ejemplo: A mí este artículo tan corto, muchacho, me tiene mortificado de pensar
que ¿malgasté? incontables horas invertidas en tres lecturas de la novela de
Cervantes, que me va a tocar leer una cuarta a la luz de los argumentos del maldito
iconoclasta este. Cuyo nombre bendigo.
1059. ¿Que por qué lucho a brazo partido para no
incurrir, ojalá nunca, en los palabros de moda que, como el mal ejemplo, cunden
entre los necios de cualquier época e incluso entre personas cultas y
semicultas, que terminan por desplazar términos con abolengo y prosapia?
Sencillo: porque “aprender un lenguaje, sobre todo sus frases hechas más
comunes, es sufrir un proceso de domesticación social subrepticio que nos marca
queramos o no”: narrativa, ecosistema, adulto mayor, persona en situación de
discapacidad, habitante de calle, histórico y hacer historia, duplicaciones y
triplicaciones del género… terminachos que, como los políticos, todo lo invaden
con su omnipresencia infame y que, como ellos, cuando caducan nada arreglan
porque su lugar ya lo ha ocupado otro igual de estúpido y malsonante. Entre los
misterios insolubles de la perra vida, pocos como el que la eufonía inteligente
de los bienhablados sea tanto o más escasa que la voluntad generosa de no hacer
daño e impedirlo a toda costa entre los soldados rusos que hoy invaden a
Ucrania.
1060. Nostálgico del mundo analógico -pero agradecido
siempre con el virtual-, me di a la tarea de releer ‘Bartleby, el escribiente’
con dos finalidades: recordar a qué sabía y olía el mutismo hoy cuasi imposible
de los impenetrables y, paradójicamente, intentar quebrantarlo o al menos
horadarlo un poco más allá de los meros rasguños de la primera lectura. Todo en
vano: ¿qué lo desasosegaba?; ¿qué ideas u obsesiones rumiaba?; ¿qué lo hacía
sufrir?; ¿cuánto entendía de lo que le pasaba?; ¿se dejó morir, digamos, de
inanición y desgana por cuenta propia o porque algo muy superior a su voluntad
lo forzó a hacerlo?; ¿qué tipo de persona fue cuando niño y cuando fue joven?; ¿fue
acaso víctima de algún trauma que lo tornó indiferente a prácticamente todo?;
¿dónde estaban sus dolientes, si los tenía?; ¿dejó hijos y esposa?; ¿hizo
alguna vez el amor con alguna mujer a la que quiso?; ¿quiso alguna vez a
alguien?; ¿a qué se dedicaba antes de recalar en la oficina del narrador buena
papa?... Un saludo afectuoso para los escasísimos Bartlebys que, insobornables,
se mantienen ajenos a los regalos envenenados de las redes sociales.
1061. Medioevo Científico y Tecnológico:
“Misiles
rusos contra Ucrania. Bombas israelíes sobre Gaza. Miles de muertos, decenas de
miles de refugiados. Niños, madres, abuelos… Desgarradoras escenas de
sufrimiento y destrucción que hace meses, todos los días, contemplamos
indignados e impotentes desde la comodidad de nuestros hogares.
¿Para
qué sirven las Naciones Unidas, que celebra su octogésimo período de sesiones?
¿Para qué los protocolos sobre la guerra? ¿Los acuerdos sobre derecho
internacional humanitario? ¿La mediación de las grandes potencias para
garantizar la convivencia pacífica entre los hombres? Mientras en el mundo
muera de hambre un niño no podrá haber paz, decía Jean Paul Sartre. Pero más
allá de las apocalípticas sentencias del precursor del existencialismo no es
posible aceptar que en 2025, en la tercera década del siglo XXI, en un mundo
que ha conquistado el espacio sideral y producido la inteligencia artificial,
persista tan primitiva violencia entre naciones.
¿Es algo
intrínseco a la naturaleza humana? ¿La guerra será siempre una expresión de la
política por otros medios? Solo sabemos que el ideal de una paz mundial estable
y duradera sigue siendo una utopía en una sociedad planetaria cada vez más
interconectada e informada. Pero donde nacionalismos, racismos y arrogancias de
poder siguen mandando la parada” (Enrique Santos Calderón).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial
propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la
imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin
solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades descritas en
la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda
Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación)
al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
1062. A El gatopardo acaso le sobre el último
capítulo pero sin duda que le quedó haciendo falta al menos uno, a fin de que a
los devotos del príncipe de Salina no se nos birlaran más de veinte años de su
vida tan cara.
1063. “Hay seres humanos que son un universo entero,
una civilización más allá del destino individual que los define y los resume;
su alma es el punto de encuentro de muchas otras que se dan cita solo allí y
así, a instancias de su poder magnético para propiciar las más inesperadas
conexiones y amistades, grandes ideas, afectos que de otra manera quizás ni existirían”:
una única entidad con nombres y apellidos que en absoluto desmerece de la
ambición de la cita me fue dado conocer, querer, respetar y echar en falta
desde el mismísimo día de su muerte extemporánea. La de mi maestro y amigo y
carnal y alcahuete Francisco Antonio Gómez Díaz Quico, cuya mera amistad se
basta para justificar mi paso por el perro mundo.
1064. ¿Qué se le agrega a la completitud?: “Colombia
es un desastre sin remedio. Máteme a todos los de las FARC, a los
paramilitares, los curas, los narcos y los políticos, y el mal sigue: quedan
los colombianos”. Qué tonto el que, por no serlo, respire aliviado sin reparar
en que la cosa no va de países ni de oficios ni de nacionalidades sino de
especies.
1065. “¿Cómo es posible golpear sin cólera a un
hombre?” se pregunta Primo Levi y yo voy más lejos: ¿cómo es posible que
verbigracia un soldado ruso viole, supuestamente sin ser cacorro y sin odios
mediante puesto que él es el invasor, a civiles ucranios inermes? ¿Cómo es
posible que haya imbéciles en Occidente que gradúan a los soldados de Putin de
víctimas, cual si se tratara de los de Zelenski, que luchan y quedan lisiados o
pierden la vida defendiendo a su país y a sus conciudadanos contra la vesania
imperialista del bicho del Kremlin? ¿Cómo es posible, en fin, que se equipare
lo inequiparable: la legitimidad del que mata para no morir a manos del que
mata con sevicia y por órdenes de un tirano? Que “hay los que no lo hacen” y
que “generalizar resulta inconveniente en cualquier caso”, me reprenderían al
unísono los siempre dispuestos a comprender y perdonar en tanto en cuanto los
muertos y los lisiados les sean del todo ajenos. Pues muy sencillo: que se
nieguen en redondo a participar en la barbarie de su presidente y paguen con
cárcel la osadía de su buena conciencia.
1066. Qué duda cabe de que Benjamín Netanyahu el
carnicero de Gaza, los nazisionistas que lo jalean y los soldados que
obedientes perpetran el genocidio han leído y hasta releído Si esto es un
hombre y, aleccionados por Levi, procedido según esta indicación suya: “El KaBe
es el Lager sin las incomodidades materiales. Por eso, al que todavía le queda
un germen de conciencia, allí la recupera; porque durante las larguísimas
jornadas ya vacías se habla de otra cosa que de hambre y de trabajo, y llegamos
a reflexionar en qué hemos sido convertidos, cuánto nos han quitado, qué es
esta vida. En este Ka-Be, paréntesis de relativa paz, hemos aprendido que
nuestra personalidad es frágil, que está mucho más en peligro que nuestra vida;
y que los sabios antiguos, en lugar de advertirnos ‘acordáos de que tenéis que
morir’ mejor habrían hecho en recordarnos este peligro mayor que nos amenaza.
Si desde el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los
hombres libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo
aquí”. ¿Qué tiene para decir usted (qué tienen para decir los correligionarios
y los compatriotas de los genocidas que guardan silencio), doctor Moisés
Wasserman?
1067. ¿Me van a decir que esto lo puede saber, ni
mucho menos concluir, uno que atruena o se atruena los oídos con reguetón o
bachata o vallenato llorón, con los decibelios infernales de sus malditas
motocicletas de alto cilindraje o los pitos revientatímpanos de sus camionetas
y buses, con los altoparlantes portátiles con que torturan a sus
circunstantes?: “He aquí los tres grandes cantos del universo: el ruiseñor al
amanecer, la rana en el crepúsculo, el grillo en las noches de estío. Los tres
ruidos más armónicos, en su asimetría, son: el surtidor de la fuente, la sirena
de un barco, el campanillo de una oveja”. Mi pobre Santi: te morirás sin conocer
-tú tan sensible-, de primera mano, lo que aquí describe Trapiello, y todo
porque te tocó vivir en la era horrísona de la peor de las estridencias.
Adenda:
otro día te cuento, hijo, el dolor que me embarga cada que voy a Mariquita y
por enésima vez compruebo, cuando ya todos en el barrio duermen, que los
grillos ya no se oyen y muchísimo menos las chicharras, que hace tanto pero
tanto tanto no oigo “gemir” hasta reventar según dicen. Tal vez si fuéramos
alguna mañana a uno de los ríos que todavía por allí corren…
1068. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen sanchista por petrista o uribista, Pedro Sánchez por Gustavo Petro o
Álvaro Uribe, antisanchista por antipetrista o antiuribista, Pedro Sánchez por
Gustavo Petro o Álvaro Uribe, España por Colombia, televisivos por radiofónicos
y listo: “Que yo sepa, solo hay algo peor que un sanchista histérico, de esos
que llevan al cuello un escapulario de Pedro Sánchez, y es un antisanchista
histérico, de esos que consideran a Pedro Sánchez la personificación del
Maligno. El problema es que el debate político en España parece monopolizado
por esos dos fantoches, y que todo conspira para desterrar cualquier discusión
racional o matizada; quien la intenta es demonizado con el peor insulto:
equidistante. Basta con ver esos debates televisivos donde los tertulianos de
izquierdas regurgitan el argumentario de la izquierda y los tertulianos de
derechas regurgitan el argumentario de la derecha…”. Un saludo para Fernando
Savater y Andrés Trapiello allá y acá para Julio César Londoño y Laura
Restrepo.
1069. “…Igualmente, en nuestro tiempo, sorprende el
retorno de los adalides de la madre hogareña, cuando pocas familias podrían
subsistir con un solo salario y la idea de un proveedor único parece una
quimera”: desconozco si esto que te voy a contar de forma muy resumida,
Irenita, sea también el caso en tu casa y tu familia, pero en las mías sí.
Cómo te
parece que en mi casa y mi familia no escasean los vagos y los buenos para nada
que si no se mueren de hambre es gracias a las mujeres que trabajan sin
descanso para sostener a sus maridos, hermanos, hijos, nietos, sobrinos y hasta
yernos que trajinan en el hogar -los que lo hacen- para compensar su
desvergüenza. No hay, en cambio, una sola floja que lleve mis apellidos
provincianos, y las que por de pronto lo pasan mal porque perdieron el empleo
de repente o fracasaron en un negocio o asunto por el estilo, jamás llaman para
que se las socorra con un préstamo y mucho menos a implorar contribuciones de
ninguna índole. ¿Que por qué -preguntan los desgüevados- mi admiración por
todas ustedes salvo, eso sí, por las ménades insoportables de la cuarta ola? No
te figuras lo que me gustaría saber cuánto desprecio o conmiseración sientes tú
por ellos y, ya puestos, también por ellas.
1070. “El bullying en la infancia y la adolescencia
es un infierno clamoroso y cercano, una tortura cotidiana de cuya existencia
todos somos conscientes, aunque, no entiendo por qué, parece que preferimos
ignorarla. Precisamente por eso perdura: porque lo permitimos. […] Cada año,
cuando comienza el curso, pienso en ellos. En la multitud de criaturas que van
a enfrentarse al sufrimiento. Maldito sea el sistema que permite esto, malditas
las instituciones, los colegios, los padres que no están lo suficientemente
atentos (no sólo a si su hijo está siendo torturado, sino a si su hijo es un
torturador), malditos todos nosotros. Es incomprensible e inadmisible que no
pueda combatirse este infierno en la Tierra”: un saludo para los mellizos
Ramírez y para Edilbrando Daza, mis verdugos en el instituto de niños ciegos
-ninguno de los tres lo era-, así como para los que los dejaban predelinquir a
sus anchas.
Adenda:
si las Elviras Lindo que ven en los niños a efigies de la bondad y las
feminastys que ven en las mujeres a efigies de la fragilidad leyeran el
artículo completo de Rosita, tal vez -lo dudo mucho-, tal vez se enterarían de
lo que ella sabe desde antiguo, acaso desde siempre: de que la pésima leche de
lo peor de la especie está repartida con la justicia y la equidad que en sus
campañas políticas promete la mamertosfera, sólo que en relación con los
caudales ajenos.
1071. “¿Qué grado de belleza se puede soportar sin
compartirla con un ser querido?”, pregunta Leila Guerriero y yo me respondo. La
belleza de una mujer -ojalá muchacha- desnuda cuya desnudez acabamos de
conquistar, con o sin demasiado esfuerzo.
1072. ‘Carne de olvido’ titula Millás uno de sus
artículos formidables y yo me pregunto cuántos, entre los nueve millardos de
seres humanos que dizque somos; cuántos Antonios Famoso e indigentes por
completo anónimos; cuántos nómadas que emigran a pie o en una patera; cuántos
apátridas en el sentido literal del sustantivo; cuántos pobres de solemnidad y
huérfanos y lisiados de cuerpo y desposeídos de afecto; cuántos suicidas
solitarios y solitarios enfermos que querrían tener el arrojo y el
desprendimiento del suicida; cuántos desgraciados de la forma que sea no serán
eso y sólo eso: la carne de olvido que jamás escasea.
1073. Es no, amigo Daniel, es no: de-be-rí-a-ser:
“La política es el intento de equilibrar los riesgos del futuro con las
premuras del presente, los intereses de las generaciones venideras con” los de
“las actuales […], las amenazas posibles con los apuros reales, el fin del
mundo con el fin de mes. El problema es que ese futuro al que nos encaminamos
es un desastre, pero seguimos aferrados a un presente que no estamos dispuestos
a sacrificar para hacer viable un futuro incierto e incalculable”.
¿Sabe
usted qué egoísmo me horroriza? No el mío ni el de los que al igual que yo se
esterilizan, o toman las precauciones del caso, o abortan para no contribuir a
la sobrepoblación que, junto con la codicia de los insaciables, nos conduce a
la extinción. El egoísmo que me horroriza es el de las mayorías consumista o
cuasi desprovista que, desaprensivas juegan, cada una según sus posibilidades,
el juego que los Forbes y los que aspiran a destronarlos quieren que jueguen:
el del progreso que sólo los “beneficia” a ellos y a muy pocos más.
1074. ¿Que “Xi Jinping y Vladímir Putin” estuvieron
“hablando de la inmortalidad en su reciente encuentro en Pekín”? ¡Pobres
diablos desdichados!: me los figuro, a solas consigo mismos, y frente a su
bufet de científicos, maldicientes y desesperados, o en apariencia gélidos pero
taxativos, conminándolos para que en el término de la distancia den con una
pócima; con la técnica que sea que les permita seguir viviendo y gobernando con
mano de hierro a sus países y pronto muy pronto al mundo entero. Y yo
implorándole, al diablo porque a quién más, justicia poética para estos y otros
indeseables de la política y la codicia empresarial, que rige la política.
1075. ¿Sabe usted, maestro Muñoz Molina, de quién
siento pesar cuando pienso en todas esas medianías empingorotadas que, desde la
atalaya de su complejo de Dios, sientan cátedra en los departamentos de arte y
de literatura de las universidades estadounidenses, y en los de demasiadas
occidentales supuestamente antiyanquis y antiimperialistas que todo les copian?
Pues de una mayoría de muchachos incautos que dan por bueno lo que oyen de los
charlatanes que los adoctrinan:
“…A mí
lo que me parece misterioso es que los expertos en arte contemporáneo sigan
creyendo tan devotamente en la capacidad de provocar de los ocurrentes y los
provocadores oficiales, que tienen siempre a su disposición instituciones
públicas que les financian y amparan sus provocaciones, y con suerte a
coleccionistas que se permiten gastar una calderilla de millones para
concederse el lujo de un esnobismo de apariencia heterodoxa.
La parte
más visible del arte contemporáneo se mueve en el cruce imposible entre la
omnipotencia del dinero y los recetarios ideológicos copiados de la beatería
universitaria americana, en los que la obra de un artista importa menos que las
etiquetas identitarias a la moda que puedan adornar su figura. Lo que no se
mueva y quien no se mueva entre esos dos ámbitos tiene grandes posibilidades de
quedar invisible. Hay unas cuantas razones que explican la irrelevancia y la
esterilidad de una parte del arte contemporáneo: su indiferencia al mundo
natural; su desprecio por los saberes materiales del oficio; su ignorancia
arrogante de las tradiciones, incluidas las populares; su incapacidad de
hacerse inteligible para quienes no pertenezcan al círculo estrecho de los
iniciados y dominen su jerga. […] Las salas más interesantes de algunos museos
están ahora en los sótanos. Los legisladores de la moda decidieron hace algún
tiempo que el dibujo es irrelevante en la formación de un artista, y que la
pintura ha muerto, igual que otros tan envanecidos como ellos decretan de vez
en cuando que la novela ha muerto, o que el teatro o el libro impreso han
muerto. La pintura lleva existiendo al menos 40.000 años, así que no es muy
probable que vaya a desaparecer de un día para otro, igual que no desaparecen
los poemas y las historias que la gente se cuenta, o las músicas que comparte…”
Si por
desgracia yo fuera uno de ésos, estimado y admirado don Antonio, no estaría
leyendo a Primo Levi y a Stephen Crane sino a Carlos Franz y a Rodrigo Fresán;
no estaría leyendo sus siempre instructivas y lúcidas columnas de opinión y las
de Martín Caparrós, Juan José Millás, Manuel Vicent, Juan Gabriel Vásquez,
Javier Cercas, Irene Vallejo, Leila Guerriero, Daniel Samper Pizano, Olga Lucía
González, Carlos Granés, Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnett, Juan Esteban
Constaín, Melba Escobar, Arturo Pérez-Reverte, John Carlin, Andrés Trapiello y
Fernando Savater sino las pésimamente escritas y sectarias de los militantes de
la izquierda de la ira que publican en periódicos y revistas respetables y en
pasquines. Y jamás habría caído en que toda esa farsa universitaria (excepción
hecha de los meritorios que felizmente nunca faltan en ninguna parte ni ámbito)
cabe, junto con su mala leche, en ‘Obras completas’, el cuento magistral de
Monterroso.
1076. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen Madrid por Bogotá -por cualquier ciudad de cualquier país- y listo:
“Para los ancianos, los enfermos, los discapacitados, los niños, las mujeres
embarazadas, los pobres, los sintecho, las personas de alma frágil, una ciudad
como Madrid es cada día más inhabitable. Hasta los pájaros y los perros huyen
despavoridos del escándalo de los coches y las motos trucadas para irritar más
los oídos. Los repartidores de paquetes o de comidas van de un lado a otro sin
sosiego en la confusión del tráfico, en la prisa despiadada de las aceras. […] Quien
se siente amenazado por la ciudad privatizada e inhóspita, el viejo, el
discapacitado, la embarazada, el que ha de moverse en silla de ruedas y no para
de encontrar obstáculos, tienen el reflejo de salir huyendo, de esconderse en
el lugar seguro, en el sagrado de su casa…”. El ciego congénito y total que soy
da fe de que su artículo, estimado y admirado maestro don Antonio Muñoz Molina,
acierta en todo menos en una cosa.
Desbarra
usted -y me disculpo por la rudeza del verbo- en incluir a los pobres en este
grupo de ‘personas de alma frágil’ pues, hasta donde se me alcanza, no son los
ricos ni los millonarios quienes, en motocicletas revientatímpanos e
infractoras de todas las normas del tránsito y la convivencia social, reparten
paquetes y comidas en medio de una competencia feroz por la subsistencia y por
el respeto de los de su condición, y sin que mucho les inquiete que, producto
de toda esa irresponsabilidad suya, caigan heridos o muertos quienes sí
adolecemos de fragilidad. Ya querría yo, maestro, invitarlo a darse un paseo en
TransMilenio para que, en cuestión de una hora o media pierda, de resultas de
los decibelios infernales de los parlantes con que tantos pobres piden limosna
o cantan sus despechos, la audición que todavía conserve junto con la serenidad
que sus reflexiones me hacen atribuirle. También podría llevarlo a las
barriadas en que se hacinan y reproducen sin tasa, pero hasta allá no llego
porque de allá no salgo con usted, indemnes ambos.
Adenda:
le ruego que por favor no se vaya a confundir creyendo que cuando hablo de
pobres estoy hablando de indigentes -“sintecho” los llama usted- pues, al menos
en Bogotá, una inmensa mayoría de los nómadas urbanos que la recorren y la
habitan hacen gala de un civismo silente que pocos -prácticamente nadie-
consiguen ver.
1077. Sí y no, mi muy estimado Martín, sí y no:
“…La
gran diferencia es la mirada. Durante demasiado tiempo los manuales y
profesores y maestros siruela de periodismo insistieron en la ‘objetividad’
como virtud básica de la profesión. La objetividad no existe: cuando alguien
-incluso una máquina- relata algo sólo puede hacerlo empleando su saber y sus
ideas del mundo -su subjetividad- para decidir qué mostrar. Nos enseñaron a
pensar que subjetividad es una mala palabra, un sinónimo de engaño. No lo es;
es la única forma en que un sujeto narrador puede narrar algo: poniendo el
énfasis en lo que le parece más significativo, más útil para contar su historia.
[…]
De ahí
la polarización actual del consumo mediático: los lectores buscan medios con
los que están de acuerdo -para recibir puntos de vista cercanos a los suyos. Y
así estamos: el problema no es la mentira sino la caída del mito de la verdad:
no hay verdad, hay verdades y relatos. El problema no es la mentira sino el
derrumbe del mito de la objetividad: no hay objetividad, hay personas o
máquinas que, cuando cuentan, eligen lo que cuentan; no existe otra manera.
Incluso
en las enciclopedias.”
Sí si en
quien pienso es en dos bienintencionados, a la par que bien informados, con
puntos de vista distintos respecto de un mismo tema; no si en quien pienso es
en un bienintencionado y en un malintencionado, a la par que bien informados,
con puntos de vista el uno e intereses el otro diametralmente opuestos. Sí si
en quien pienso es en dos bienintencionados, por desgracia mal informados, con
puntos de vista distintos respecto de un mismo tema; no si en quien pienso es
en dos malintencionados, amén de mal informados, con intereses diametralmente
opuestos respecto de un mismo tema.
Adenda:
y hablando de buenas y de malas intenciones: yo, si fuera profesor de
periodismo en los primeros semestres de un pregrado, por descontado que no
leería con los muchachos este artículo suyo, escrito sin la mala leche de los
que publican en función de sus intereses personales o ideológicos pero que, bien
mirado, sí que les hace el juego a los que hoy pregonan el relativismo de lo
que se ha dado en llamar ‘posverdad’.
1078. ‘Colombia sigue esperando’… y lo hará hasta el
fin del antropoceno, que ojalá no se tarde. Salvo por la esperanza que en
William Ospina no se apaga, este artículo suyo compendia y explica, como
ninguno de las decenas que le he leído, nuestra incorregible realidad política.
Ya se verá cómo, dentro de cien doscientos trescientos cuatrocientos quinientos
o mil años, las quejas serán las mismas, sólo que se entonarán en el idioma
global que a la sazón se garle.
1079. Julio César Londoño es la prueba -una de varias-
de que en medio de la inteligencia literaria y la inteligencia científica -las
dos adornan su caletre- puede germinar el más estúpido sectarismo político, que
ni lo inquieta.
1080. Habla Trapiello de un rey cualquiera del que
afirma que querría “ser el támpax de su amante” y, de inmediato, me doy a
pensar en la de quién querría yo ser tampón. No creo, concluyo para mis
adentros, que la producción mundial total de aquello se dé abasto para una
posible respuesta.
1081. ¿Que qué es la depresión, a más de esas
invencibles ganas de recuperarse o de morirse en su defecto? Es encontrar
hercúleo el mero hecho de levantarse de la cama, cepillarse los dientes y no se
diga bañarse, mentir asintiendo a quien nos pregunta si nos encontramos bien,
lidiar con los entusiasmos y la felicidad ajenos, comer para no morir de
inanición y arrastrar a otros en la caída, tragarse las lágrimas y las ganas de
mandarlo todo y a todos para la mierda, maldecir sotto voce en principio a los
que nos engendraron y nos parieron, soportar a los pesados que nos aconsejan
que le pidamos a Dios porque Él es el único que puede curarnos, perder el
tiempo con el mismo psiquiatra o con uno nuevo que tampoco da con el
medicamento o con la dosis salvífica, sentir que los que nos quieren sienten y
piensan “con razón” que lo que nos hace falta es determinación y amor propio,
no encontrar las palabras para explicar lo inexplicable, desear estar solos
íngrimos y al mismo tiempo estar seguros de que sin los que nos sustentan
pereceríamos, rumiar sin tregua la horrenda o bella -según de quién se trate-
idea del suicidio, pero sin falta y de antemano pesarosos por quienes van a
gemir por nuestro descanso.
1082. “En arte y literatura lo que progresa
realmente es la tradición”: ¿entienden ahora por qué una mayoría abrumadora de
los profesores universitarios y críticos y académicos de una cosa y de la otra
están condenados a la irrelevancia y a la provisionalidad con su amor por lo
‘surrealista’ y lo ‘posmoderno’ y lo ‘vanguardista’, cuanto más enrevesado e
ilegible e ininteligible y anodino y baladí y aparentemente impenetrable mejor?
1083. En el intercambio dialógico, detesto a los que
nada saben y nada opinan, a los que nada saben pero de todo opinan, a los que
saben y “opinan” cuidándose de nunca quedar mal con nadie, a los que saben y
opinan con buenos modales pero creyendo estar cargados de razón, y de lejos al
pobre diablo que cree que está en posesión de la verdad absoluta gracias a que
sabe de lo que habla pero opina cual si estuviera escribiendo un tratado y
jamás les reconoce a los interlocutores (es un decir) los aciertos en el debate
(es un decir), al tiempo que los ridiculiza y magnifica los que considera sus
desaciertos: si no dan con un ejemplar como el que aquí les pinto y les apetece
conocer a uno inmejorable (a uno “inempeorable”), compren o saquen prestado de
una biblioteca el Fractal de Trapiello, busquen en ese volumen el nombre propio
Chinchilla y lean a partir de ahí hasta donde concluye aquel desencuentro-pesadilla.
Adenda:
si tras leer, usted se dice para sí que usted es un X y se promete trabajar en
su complejo de Dios, evítese la fatiga y una desilusión anticipada pues
aquello, como la estupidez congénita o la vileza de los malditos, es inextirpable.
1084. Oigo a Walter Shandy desmadrarse en elogios en
relación con los veneros de bondad que recorren al bueno de Toby, su hermano y
mi carnal, y fantaseo con la idea maravillosa de que los malditos (la Weidel, Trump,
Putin, Xi, Netanyahu, Cabello, la Murillo…), con prensa o por completo
anónimos, vinieran al perro mundo estériles e imposibilitados para adoptar y
por tanto para criar y que la concepción, la adopción y la crianza fueran sólo
cosa de buenas personas por el estilo de Santi, Orfi, la Goga y por supuesto
que de ellos hacia arriba hasta llegar a la cúspide de la ética y la heroicidad
humanas: los médicos y las enfermeras que adelantan su apostolado en países y
ciudades en guerra, los José Andrés de cualquier latitud que intentan paliarles
el hambre a los desprovistos y, si les place, prosigan ustedes con los
animalistas, ecologistas y ambientalistas con alma y en absoluto estúpidos por
el estilo de los farsantes que bañan en salsa cuadros en un museo o que se
pegan al asfalto en las carreteras con desconozco qué pegamento… ¿Tener un hijo
con la Restrepo, con Laura Restrepo?: ¡eso no, eso nunca! ¿Tener un hijo con Montero,
con Rosita Montero?: uno no, ¡muchos!
1085. No contradiga ni dé la lata por el mero gusto
de darla. Confute.
1086. De un único milagro, comprobable y tangible,
suprarreligioso y planetario, se puede hablar con seriedad y firmeza: se llama
ciencia.
1087. Algo irá -un abismo- de la lastimosa y
aborrecible -tremenda contradicción- Laura Restrepo, y de las escritorzuelas y
escritorzuelos -que vivan las duplicaciones que les son tan caras- de su rebaño
político al grande que esto dice, con su venia también a mi nombre: “Valiente
María Corina, enhorabuena por el alto y merecido premio que te han dado. Y a
tus críticos que les den… aunque no precisamente un premio”.
1088. Si el adefesio archimillonario ese de Juan
José Lafaurie Cabal, un multimillonario hijo de multimillonarios se hizo con un
préstamo de cuatrocientos millones y con un subsidio de noventa y cinco de los
destinados a pequeños y medianos productores agrícolas siendo Petro el
presidente, ¿se imaginan si quien en agosto de 2026 gana las elecciones es
Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia? De una cosa pueden estar ustedes
seguros: por muy raspada que el chusmero deje la olla fiscal del país, los rateros
sempiternos de la otra extrema van a encontrar, para seguirnos esquilmando e
impelidos por el síndrome de abstinencia que padecen hace ya cuatro años, plata
hasta debajo de las piedras. Y Sergio Fajardo, el nefelibata que enseña pero no
aprende, obstinado en volver a perder porque lo suyo no es, al contrario de lo
que afirma, la redención de Colombia por medio de “sanas” alianzas políticas
que le permitan gobernar desde la Casa de Nariño, sino los melindres del que
posa de impoluto y, para no afectar su imagen, con nadie pacta.
1089. Pienso en unos y en los otros indeseables y me
digo que al menos el grueso de los uribistas, de los mileístas, de los
bolsonaristas, de los trumpistas -y etcétera, etcétera, etcétera-, al contrario
que los petristas, que los chavistas, que los kirchneristas, que los lepenistas
-y etcétera, etcétera, etcétera-, se reivindican practicantes católicos o
protestantes cristianos, radicales de su fe, en tanto que sus homólogos de la
izquierda se reivindican, los muy feligreses y obsecuentes, ateos de toda una
vida:
“…Igual
no importa: cuando la gente está alienada por la ideología, valga la
redundancia, sus reacciones están presentes de antemano, su universo binario y
maniqueo se activa de inmediato para reivindicar lo propio y despreciar, a
cualquier costo, lo ajeno, lo contrario. Y hablo de la ideología no como la
concepción del mundo que tenemos todos, sin remedio, sino de una estructura
dogmática y oracular, una horma mental que nos enajena y aprisiona.
La
ideología política en el peor sentido de la palabra: una doctrina que se vuelve
una religión, una forma de pensar y de ser que se vuelve un acto de fe, cuanto
más obcecado y ciego, mejor. El fanatismo es eso, una iglesia en la que no
caben las razones ni la reflexión, así muchas veces parezca lo contrario. Lo
importante es alinearse con el recetario preestablecido y sacrosanto: plegarse
a las verdades reveladas que los miembros de la secta repiten de memoria. […]
Porque
no es raro ver cómo hay gente que modula y varía su indignación y su vehemencia
según el signo ideológico que los hechos revelan y contienen, sin que importen
de verdad su gravedad y su perversidad, por ejemplo, sino solo quién los
protagoniza y las ideas que encarna. […]
La
moral, que en la víspera parecía absoluta, se hace relativa. La tiranía deja de
serlo, ay, si es uno de los míos quien la ejerce.”
Ahí
están mi hermano cristiano y sus correligionarios tapiándose los ojos ante el
genocidio de Gaza a manos de Netanyahu y sus muchachos, y demasiados de mis ex
alumnos haciendo lo propio ante la carnicería yihadista del 7 de octubre de
2023 que desató la venganza sionista. Ahí están demasiados de mis estudiantes
de facultad de humanidades y amigos de izquierdas indignados por el asedio
militar de Trump en el Caribe en contra de la tiranía venezolana, pero
oportunistamente callados frente a la invasión de la tiranía rusa a Ucrania. Y
aquí estoy yo, paladín y propugnador de lo más mesurado y tibio del centro del
espectro político, luchando a brazo partido y sin cuartel en contra de mis
peores defectos personales que durante años me convirtieron en una suerte de
sátrapa hogareño… amoroso, aunque sátrapa a fin de cuentas.
1090. “…Los números se leen al revés, las culpas son
siempre ajenas, los fracasos son en realidad éxitos que los malvados del país y
del mundo se niegan a reconocer”: Petro y Trump, Cabello y Miley, Murillo y
Netanyahu, Sánchez y Bukele… Y, curiosamente, prodigio de prodigios, Putin y
todos los anteriores que, unos más, unos menos, lo temen y admiran al punto de
la reverencia, aunque nadie tanto como Donald Frankenstein, según lo bautizó en
reciente columna mi amigo y maestro de papel Daniel Samper Pizano.
1091. A veces, cuando me da por fantasear con doña
Segunda, pienso en que acaso la vida me depare una Ana Julia Quezada o una
Zulma Guzmán y entonces se me disipan las ganas de un revolcón furtivo. Que me
maten a mí las muy perras, que me harían un favor, pero no a la Goga, al Santi
ni a Orfi.
1092. ¿Conocen ustedes a una tal Laura Restrepo que,
melindrosa y sectaria como todo extremista que se respete, se negó a participar
en el Hay Festival de 2026 porque repudia a María Corina Machado quien,
valiente y temerariamente, le ha plantado cara a la tiranía venezolana, de
cuyos matones Restrepo es adlátere y firme partidaria?:
“…Nos
arde un sapo venenoso en la garganta y, a poco que nos rascan, lo escupimos.
El
problema no es tener opiniones distintas ni debatir sobre ellas; esa es la base
de la democracia, de hecho. El problema es la deriva hacia lo que se llama una
polarización afectiva, que no tiene que ver con las ideas ni con la razón, sino
con las emociones y yo diría que con un sentido de pertenencia animal, instintivo,
burdamente defensivo. El mundo da miedo, los problemas parecen inabarcables y
hay gente que combate esa zozobra replegándose con ciega adhesión a un grupo,
como el niño que se protege en un regazo. Una pena, porque hacerse forofo, esto
es, convertirse en un ultrasur de la política, no solo no mejora lo
amedrentante de nuestra situación, sino que lo empeora: aumenta la violencia
social y rompe la convivencia democrática. Y lo malo es que esta deriva nos
afecta a todos; cada vez aguantamos menos, cada vez escuchamos menos, cada vez
vivimos más cocidos en nuestras propias ideas. […]
Así que
nada, sigamos engordando nuestro cerrilismo, escuchemos solo a quienes piensan
como nosotros, consideremos cualquier disidencia como una traición y a quien no
opina igual como un descerebrado y un enemigo, que así nos estamos construyendo
un futuro buenísimo. […] Decía Einstein que para ser buen científico era
necesario pensar al menos 15 minutos al día lo contrario de lo que piensan tus
amigos, y yo añadiría: y para ser buena persona y buen ciudadano. Pero estamos
haciendo lo contrario.”
Imagínate
tú, Rosita entrañable, las repercusiones nefastas que aquel rapto de
intolerancia y odio de esta congénere y colega tuya, feminista declarada y
defensora de los derechos de los humanos que piensan y votan como ella, puede
tener en las mentes y en las acciones de tantos de sus lectores y en los
oyentes de sus pronunciamientos, muchos de ellos jóvenes universitarios también
de izquierdas y en busca permanente de opiniones que legitimen su radicalismo
incipiente aunque imparable. ¿No se dan cuenta acaso ella y los Londoño, los
Gamboa y los García Montero de allá y de acá, de todas partes, el daño que
ocasionan con su cerrazón mental y su discapacidad ideológica que los
imposibilita para la sindéresis y el discernimiento? ¿No te parece que estamos
en mora de dar con un término que nomine al intelectual y al artista militantes
y supuestamente partidarios de la libertad de expresión… de sus conmilitones
única y exclusivamente? Me cuentas si se te ocurre algo.
1093. Si Orfi y Abe hubieran tenido aguda la
intuición; quiero decir, despiertos los sentidos que permiten anticipar si este
o aquel hijo es de naturaleza apacible o muy por el contrario un
heautontimorumenos congénito, habrían retrasado mi bautismo al menos hasta
saber que el nombre que me convenía era Disyuntiva, Dilema o Irresolución:
“…En la
vida, ocurre lo mismo todo el rato. No somos conscientes de las energías que
dedicamos a elegir ni del tiempo que empleamos en arrepentirnos de la opción
adoptada. Hay gente que en el lecho de muerte se arrepiente de toda su
existencia. De toda, sin excepción, de toda, lo que equivale a haber vivido una
vida ajena, incluso sin saber cómo habría sido la propia.
Pero
todos, en mayor o menor medida, vivimos existencias ajenas, es decir,
existencias al dictado […]. Todos tenemos dos cabezas, aunque una de ellas
inmaterial, que se pasan las horas discutiendo acerca de lo que más nos
conviene a usted y a mí, que ignoramos en cuál de las dos debemos instalarnos.”
Claro
que, pensándolo bien, pensándolo mejor, el nombre que me hubiera caído que ni
pintado, pese a su absoluta falta de eufonía, habría sido Ciclotimia
Irresolutiva.
Adenda:
de lo único que sé que me podría arrepentir en el lecho de muerte es de no
haberme evitado esa instancia mediante un suicidio taxativo. Para todo lo demás
(los polvos que por miedo no me eché, los exabruptos y descomedimientos con
-entre otras- las personas que amo, las torpezas e imbecilidades propias de la
juventud…) he tenido tiempo y rumia de sobra para lamentarlo y, a veces,
enmendarlo.
1094. “¡Cuánto se parecen todas las madres!” exclama
Levi y, de inmediato, mi cerebro se aplica a recordar las malas por
descuidadas, las crueles por cabronas y las filicidas que he conocido y visto
proceder en persona o a través de los medios. Esta generalización en particular,
innecesaria como cualquier generalización, se habría evitado con el adjetivo
‘vocacionales’.
Adenda(s):
que se entere la peña de que filicidas -madres y padres- los puede haber
también por amor, tipo un tal Lope de Aguirre cuya historia le recomiendo al
que la desconozca. Y ya entrados en gastos, que lea, apurada la novela de Otero
Silva, La plaza del Diamante y, con Colometa y el ‘príncipe de la libertad’ por
referentes, matice semejante asunto espinoso. Del filicidio, ni aun en los
casos de las que lo tienen por método anticonceptivo, no forma parte el aborto,
y punto.
1095. Cualquiera de los demasiado esperanzados y
optimistas de lo que a los colombianos nos va quedando de democracia tras
tantos gobiernos malos o pésimos y tras el peor, que amenaza con prolongarse
hasta 2030 y más allá inclusive, sé que me espetaría que estas palabras del
Levi aún cautivo lejos están de describir fidedignamente nuestra situación
actual, a lo que yo asentiría con desgana, al tiempo que me reservo todo mi
escepticismo y todo mi fatalismo, de los que en cambio haría partícipes a los
que ven en el pseudoderrocamiento de la dictadura venezolana a manos de Trump
un augurio que bajo ningún concepto invita a al entusiasmo: “Mas en general la
experiencia nos había demostrado ya infinitas veces la vanidad de toda
previsión: ¿con qué objeto esforzarse en prever el porvenir cuando ninguno de
nuestros actos, ninguna de nuestras palabras lo habría podido influenciar en lo
más mínimo?”. Y por supuesto que voy a votar, sólo que con la apatía consciente
del que sabe que cumple con un deber que no lo entusiasma. Cuando los pueblos
resuelven suicidarse, no existe espejo vecino ni precedente historicosocial que
lo impida.
1096. ¿Que “el hambre, la opresión y el desengaño
son la ley inalterable de la vida”, remacha el Benjamín de Rebelión en la
granja? Lo comprende aquel burro escéptico y por ende sabio mas no los asnos
que votaron por Trump o se abstuvieron de cumplir con su deber, los que
hicieron lo propio con Miley en la Argentina, con Bukele en El Salvador y no se
diga en Colombia con Petro, cuya promesa de dictadura está a esto de ser
refrendada nuevamente por millones de insensatos. Que parecen no darse cuenta
del estado calamitoso de los servicios de salud, de las improvisaciones
populistas con que mina la economía y las finanzas del Estado, de su propósito
de malquistar a esta sociedad que no desconoce el odio, de sus venalidades y corruptelas
y de, entre tantas otras miserias, su sueño de embarcarnos en el via crucis que
padecen los cubanos, los nicaragüenses y los venezolanos desde hace décadas.
Malditas las sociedades que cierran los ojos ante el espejo y más malditas, si
cabe, las que los hacen añicos.
1097. ¿Qué se le agrega a la completitud?: “Por
suerte, aquel terremoto no abrió la tierra bajo tus pies, ni aquella inundación
anegó tu casa hasta la segunda planta, ni tomaste aquel avión que se estrelló,
ni subiste a aquel tren que descarriló, ni ibas en aquel autobús que se cayó a
un barranco, ni estabas en la lista de los muertos en carretera del fin de
semana. Si supieras las veces que la muerte te ha respetado caerías en la
cuenta de lo milagroso que es estar vivo. Cuando te llegó la noticia de la
tragedia diste gracias a la fortuna porque tú y los tuyos estabais a salvo. Con
esa sensación de tener una buena estrella comenzaste a absorber la desgracia de
otros y, si en ese momento lo estabas pasando muy mal, la tragedia te demostró
que había gente que lo estaba pasando aún peor, lo que en cierto modo tuvo un
efecto balsámico. He aquí por qué las catástrofes humanas abren en portada
durante muchos días todos los periódicos y los telediarios. A la buena suerte se
une además el hecho de que la tragedia posiblemente sacará de ti los mejores
sentimientos, la piedad por las víctimas, la conmiseración, la ayuda, la
solidaridad e incluso en muchos casos el heroísmo. Toda la humanidad está
trabada por el instinto de conservación, de modo que cualquiera, desde
Francisco de Asís a Jack el Destripador, le tenderá la mano con un reflejo
automático a quien está resbalando en una piel de plátano. Pero siempre hay
malvados que aprovechan la confusión de la tragedia para asaltar los
supermercados y sabandijas de las redes que se alimentan de sangre y algunos
políticos carroñeros que tratan de sacar partido de la adversidad contra los
del bando contrario. Miles de veces gira sobre tu cabeza la rueda de la
fortuna…”. Que, siendo yo ciego de nacimiento y aguerrido -más en otra época
que ahora- desafiador de los peligros múltiples que suponen las calles de un
país subdesarrollado como éste, no me explico cómo es posible que siga vivo y
prácticamente incólume a los cincuenta y un años. O que no haya muerto en el
accidente de tráfico que sufrí creo que en 2001. O que no me haya ahogado en
esa piscina de olas asesinas, de las que me rescató un salvavidas vigoroso y
oportuno. O que en apariencia no hubiera sufrido menoscabo físico ni mental
palpable a consecuencia de un primer intento de suicidio -en el segundo no
puedo fallar-. O que, en fin, no me hayan contagiado todavía una venérea de
resultas de mi desaprensión sexual ni asesinado por mis opiniones políticas
desembozadas en medio de campus públicos y salones de clases colmados de fanáticos
de la izquierda de la ira. Mi hermano y los como él -millardos de crédulos
contra toda evidencia- se lo atribuyen a una supuesta misión que Dios -Alá,
Cristo- me tiene reservada: que se siente a esperar el pobre, pues ningún afán
me asiste de siquiera averiguar de qué se trata.
1098. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen española por colombiana, partido socialista por petrismo y listo:
“Recuerdo
un día ya lejano en que mientras estaba escribiendo dejé en el cenicero
rebosante de colillas la mitad de un cigarrillo encendido. De pronto me di
cuenta de que tenía otro cigarrillo, también encendido, humeando en los labios.
Me estaba fumando dos cigarrillos a la vez. Ese día decidí dejar de fumar al
comprobar que el tabaco dirigía mi inconsciente y mandaba mucho más que yo. Un
pestilente olor a humo frío se había apoderado de toda la casa, del interior
del coche, de la piel entera de mi cuerpo. Pensé que mis pulmones también
estarían abrasados puesto que los tenía sometidos a dos cajetillas diarias de
Marlboro. Esa sensación de estar totalmente intoxicado es parecida a la que
siento después de oír la degradación sistemática de la política española en las
noticias por la radio, de seguir las tertulias de varios canales de televisión
todas poseídas por los mismos gritos que porfían por ver quién acarrea más
basura de uno y otro bando a la superficie hasta lograr que la atmósfera sea
irrespirable. La derecha ataca al Gobierno por tierra, mar y aire, y el
Gobierno no cesa de dar motivos para perder ese combate. ¿De qué pozo ciego han
salido tantos progresistas rijosos, babosos, depredadores? ¿Queda todavía algún
político decente que no esté pringado? ¿Cesará de una vez ese sucio manantial
de escándalos del partido socialista? He tenido que cortar por lo sano como
hice con el tabaco para evitar que la depresión me cause un vuelco ideológico
irreversible. Hace tiempo que dejé de creer en la superioridad moral de la
izquierda después de descubrir que muchos la han usado como una coartada para
envolver sus latrocinios, su machismo, sus bellaquerías. No solo la extrema
derecha nos lleva al reinado del mono, también la izquierda, según se ve, está
sometida a unos instintos primarios. Hoy ya no sabes a quién das la mano, por
eso hace tiempos que juzgo a las personas una a una, no por lo que dice sino
por lo que hace. Se acabaron los sueños.”
Entre
los fenómenos que me interpelan, maestro, pocos como este de que entre dos
ilustres muy cultos dotados para la literatura y las complejidades del arte que
es pensar de veras haya el Julio César Londoño que, cuanto más adefésica y
pútrida resulta la gestión del gobierno por el que votó y que lo representa,
más se obstina en lavarle la mugre y en justificar sus miserias, mientras que,
instalada en las antípodas de la incoherencia ideológica, una Melba Escobar
reconoce el fiasco, entona su mea culpa de electora de buena fe timada por los
canallas para por último devenir en crítica implacable de todo lo que otrora
les censurara y afeara a anteriores corruptos y desvergonzados. ¿De qué se le
ocurre a usted, un coherente, que dependa una cosa -la infamia- y la otra -la
decencia- intelectuales?
1099. Medioevo Científico y Tecnológico:
“Cabe la
triste posibilidad de que la educación”, en lo que hasta no mucho ha se llamó
‘mundo civilizado’, “no le importe a nadie, salvo a algunos profesores no
vencidos por el desaliento ni aquejados en exceso por las oscuridades
depresivas, a algunos alumnos y alumnas misteriosamente poseídos por el deseo
de aprender, a algunos padres y madres de convicciones humanistas, y a unos
cuantos ilustrados sueltos que siguen sosteniendo la extraña convicción de que
el saber es un ingrediente de la libertad y también de la dicha. Son ilusos
convencidos de que el ser humano, para alcanzar la plenitud de sus facultades,
necesita un aprendizaje en ocasiones arduo que le ayude a comprender
racionalmente el mundo, a reconocerse en la humanidad de los otros, a situarse
en el espacio gracias a la geografía y en el tiempo gracias a la historia. Sin
tal aprendizaje no hay posibilidad alguna de distinguir entre las cosas ciertas
y los embustes, entre la astronomía y la astrología, entre la evidencia fiable
y la propaganda religiosa o política, entre la justicia y la injusticia, la
democracia y la tiranía. […]
¿Qué
competencias pueden enseñarse separándolas de ese conocimiento que tanto les
desagrada a todos? ¿Pueden la creatividad o el sentido crítico ejercerse sin una
formación verdadera? El conocimiento no se transmite mecánicamente, como la
información que uno copia de la inteligencia artificial. La principal arma de
supervivencia y progreso de los seres humanos fue la capacidad de preservar y
transmitir las experiencias adquiridas gracias primero a la palabra y luego
además a la escritura. Los buenos profesores sufren el descrédito, la
postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el
triunfo de la ignorancia y la barbarie, de la amnesia colectiva y el cinismo
insidioso para el que todo da igual, salvo la ansiosa satisfacción de cualquier
capricho instantáneo. Nos quieren ignorantes, groseros, sectarios, ansiosos,
apoltronados, narcisistas, aislados cada uno en su paraíso virtual, insolentes
y mansos en nuestro aborregamiento colectivo…” (Antonio Muñoz Molina).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la
realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
Adenda:
¿usted también, don Antonio, usted también piensa entregarse al desdoro
voluntario de su prosa tan certera y luminosa con la redundancia disfónica esta
de las duplicaciones del género, de las que absolutamente nadie puede salir
bien librado cuando en ellas incurre?: para la muestra, este artículo suyo.
Ahora: ¿cómo me explico que, para sólo citar un ejemplo, en ‘Patriotas, gente
de orden’, la columna que usted publicó justo una semana antes del artículo en
cuestión no haya ni tan siquiera una, para bien de ese texto y de su buen
nombre? Debe de ser por la misma razón por la que ningún concienciado de la
izquierda e incluyente teórico duplica el género cuando la cosa va de
indeseables: asesinos, corruptos, violentos, violadores, corruptores, rateros,
perjuros, invasores, tiranos… En pocas palabras, categorías en las que jamás
podrían recalar una Kristi Noem, una Delcy Rodríguez, una María Zajárova y
muchísimo menos mujeres por completo anónimas por el estilo de un par de
ternezas llamadas Zulma Guzmán y Ana Julia Quezada, que ya querría mis parejas.
1100. Si un buen día mi sueño de que a los
estudiantes de ciencias se les impartan al menos un par de cursos de literatura
y a los estudiantes de literatura un par de cursos de ciencias se
materializara, y me designaran para que le dicte a un grupo de primíparos
verbigracia de biología el introductorio, la primera lectura con que intentaría
seducirlos, y a fe mía que lo conseguiría, se titula ‘Un manifiesto por la
oscuridad’. Cuyo autor, a diferencia de los Savater que se congracian con lo
peorcito de los codiciosos resentidos que promueven la cosmofagia, y sólo para zurrar
a sus ex colegas de El País de España y verter en todo lo que le huela a
izquierda su más depurada ironía, tiene garantizada la posteridad no sólo
gracias a sus calidades literarias, sino al compromiso de su escritura con la
denuncia de los atropellos y desmesuras que se cometen contra la naturaleza y
el planeta entero.
Adenda:
antes de conocer a los muchachos en persona, les pediría que me respondan
electrónicamente la primera de muchas preguntas que irán surgiendo a lo largo
del semestre: ¿le parece a usted posible que la contaminación lumínica
atormente a un ciego total y congénito, o que la contaminación acústica
atormente a un sordo congénito y profundo? Explique con suficiencia por qué sí
o por qué no.