“El que
no sabe repetir es un esteta. El
que repite sin entusiasmo es un filisteo.
Sólo el que sabe repetir, con entusiasmo
renovado constantemente, es un hombre.”
Soren
Kierkegaard
1001. Lástima que esta fotografía suya de lo que
somos como especie, maestro Vicent, no hubiera ampliado sus miras para que abarcara
los otros horrores del presente que perpetran criminales de guerra de la
estatura y protervia de los carniceros sionistas, a los que usted aquí alude:
“En una de mis visitas al campo de concentración de Mauthausen coincidí con la
excursión de unos colegiales adolescentes. Llegaron empujándose unos a otros y
entraron en tropel bromeando en la cámara de gas. Ni siquiera allí dentro
cesaron sus risas. Durante las explicaciones del guía, algunos incluso
bostezaban. Fuera de la cámara de gas, ante una pared cubierta de fotografías
de aquel exterminio, un anciano solitario lloraba de rodillas. Luego descubrí
que en uno de los hornos crematorios lleno de telarañas alguien había arrojado
una botella de Coca-Cola, tamaño familiar. Esa indiferencia también se da
frente a la matanza de Gaza. La muerte es una costumbre. Pero los misiles
israelíes que caen sobre las mujeres y niños caen también sobre nuestra conciencia,
y si no lloras como lloraba aquel hombre solitario de Mauthausen ante las
imágenes de esta masacre es que estás muerto”.
Me da
por pensar a veces en lo que sienten, entre otros: un sudanés, un yemení, una
afgana, una rohinyá bien informados del olvido cuasi total a que los somete el
mundo mediático que es el mundo, hoy embelesado con lo que sucede en Gaza y en
muy menor medida con lo que sucede en Ucrania, y la verdad es que no me alcanzo
a imaginar la magnitud de su desamparo y su tristeza ante algo peor que la
indiferencia, para lo que deberíamos hallar un nombre. Inverosímil que entre los
vapuleados de una misma época histórica los haya de más, o menos, pedigrí o sin
ninguno en absoluto.
1002. Se equivoca, admirado y respetado Martín, en
la taxativa aseveración de inexistencia por partida doble de estas palabras
suyas pues yo, y a buen seguro muchos más, pero sin que quepan dudas
infinitamente menos que los que no, sí que me lo figuro a fuerza de darle
vueltas y más vueltas al asunto, impelido en principio por la mala suerte de un
buen amigo que no me conoce y de cuya existencia acaso usted haya tenido
noticias: ¿le suena el nombre, para mí tan caro, Luis Fernando Montoya?:
“…En
cualquier caso eso no es lo central: ser dependiente es algo mucho más intenso.
Nadie puede imaginarse, cuando no lo es, cómo será serlo. Nadie puede pensar,
cuando ponerse los zapatos o lavarse los dientes o levantar un tenedor son
gestos tan naturales que ni los piensa, cómo sería su vida si algún día ya no
puede hacerlos, depende de otros, se vuelve dependiente.
Nos pasa
a muchos viejos, a algunos enfermos, y es uno de los cambios más brutales que
una persona puede conocer. Antes que nada está, supongo, la famosa herida:
aceptar que ya no puedes todo eso que no puedes, admitir que ya no eres, ni de
lejos, suficiente: que tu cuerpo no alcanza, que tú mismo no alcanzas. Y
entonces la putada de aprender la paciencia: resignarte a que los tiempos de lo
que haces, de lo que quieres hacer, ya no dependen de tu voluntad. Y entonces
encontrar la forma de coordinar con otro acciones que siempre fueron
perfectamente íntimas, y comprender que lo que hagas, lo que te hagan, resultará
de humores y deberes ajenos: que -por hablar claro- ya no puedes decidir ahora
voy a cagar. Y aprender a pedir con humildad, y asumir que no siempre lo
consigues, y repetir tantas veces la palabra gracias.
Y así
montar con ciertas -pocas- personas una relación donde el interés se vuelve más
y más visible: las necesitas. Sabes que quien lo hace -como se hace casi todo
en nuestros días- lo hace por dinero o amor. Y que penosamente no es lo mismo:
que por dinero se puede exigir más. Una variación de aquello de que a caballo
regalado no se le miran los dientes -pero si compras un buen potro lo quieres
fuerte y dedicado.
Y quizá
lo más duro sea que al fin y al cabo es un proceso: cada día, cada semana
descubres que hay algo nuevo que no podrás hacer, algo perdido, algo que
aumentará tu dependencia. Y serás más y más dependiente, más y más dependiente,
hasta la independencia final: esa que logra que, por la ineludible mezquindad
de demorarla, aceptes ser tan dependiente.”
Le
cuento hermano que lo que en cambio no me cabe en la cabeza es toda esa
insensibilidad revuelta con imprevisión de los que se burlan, o rechazan, o
ningunean, o hacen oídos sordos al pedido de auxilio por parte de un
discapacitado que acaso constituya la prefiguración de un destino que los
acecha a ellos mismos, a un hijo o a otro ser querido. Y es que en mi calidad
de ciego de nacimiento y lector devenido tampoco comprendo cómo puede haber
gente, y lectores, a la que ninguna reflexión le suscita alguien que se
desplaza como mejor puede en su silla de ruedas por entre el caos indecible de
una ciudad como Bogotá, o que leen La piedad peligrosa de Zweig y no parangonan,
con gratitud y temor a un tiempo, el dolor de la protagonista adolescente con
la felicidad que por esos días colma a su hija ante la inminencia de la fiesta
de quince años que se le prepara con todo detalle, o a su hijo que lo dispone
todo para el viaje de despedida de la secundaria. Le aseguro que si la frialdad
gélida no fuera la norma, ninguna falta harían los discursos de inclusión por
lo común oportunistas del buenismo biempensante, que a la hora de discriminar
no le va a la zaga a la bazofia más ultra de derechas. Cuando nos conozcamos le
cuento tres o cuatro perlas de esas joyitas duplicadoras y triplicadoras del
género.
1003. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen español por colombiano, euro por peso y listo: “No es del todo
cierto que seamos buenos ciudadanos que nunca tuvieron buenos gobernantes: a
esos gobernantes los elegimos nosotros, crecen y medran con nuestra indolencia,
nuestra complicidad, nuestro aplauso, nuestros votos. Y gracias a esos
sinvergüenzas para quienes la política no es servicio sino negocio, fuimos y
somos regidos por nuestra propia ignorancia, envidia, corrupción, egoísmo e
incompetencia. Somos borregos esquilados por quienes compran nuestro voto con
el dinero que nos roban mediante un infame chantaje fiscal, mientras una y otra
vez demostramos al mundo que cada uno de nosotros lleva dentro una guerra
civil, y que nadie se suicida históricamente como un español con un arma en la
mano, un euro del que presumir en la billetera o una opinión en la boca”. Lo
bueno de que también da cuenta don Arturo en su columna, y que por supuesto los
colombianos también lo tenemos -a tanto llegan nuestras semejanzas-, preferí no
citarlo pesimista como estoy de nuestro presente en manos de la cleptocracia
maquiavélica del petrismo, que no escatima oportunidad para soliviantar y caldear
los ánimos de esta sociedad signada por la violencia.
Adenda:
doy mi palabra de honor de que si esta pesadilla de cuatro años interminables
concluye al fin en agosto del año entrante -ojalá antes- y lo que comienza no
es la prolongación de la que ya padecimos entre 2002 y 2010, amplío con creces
este desahogo con lo muy generoso de que también y tan bien sabemos hacer gala
los colombianos en horas de infortunios colectivos.
1004. ¿Que en inglés se acaba de acuñar la frase Trump
derangement syndrome para nominar el explicable odio
visceral que millones o hasta millardos profesan por el sujeto en cuestión?
Afortunados los que únicamente lo odian a él si se los compara con los que,
amén de odiar a Trump, odiamos a Putin y a Netanyahu, a Cabello y Maduro, a
Murillo y Ortega, a Petro y su banda de rufianes de los dos sexos…: ya sé que
odiar es nocivo para la salud e incluso una estupidez que a nada conduce, pero
negar la limpidez de mis odios de baja intensidad me desvirtuaría como ser
humano y, de paso, el propósito de este ejercicio literario.
1005. Dicho con sutileza y consideración, una mancha
indeleble en la memoria y el legado político de quien habría podido ser una
decepción menos grande que la que ya es:
“…El
desfile del viernes dio otra imagen. Quizá se la creyeron los casi 30 eminentes
dirigentes extranjeros que lo presenciaron. Bueno, el líder chino, Xi Jinping,
seguro que no. Él observa el mundo con calculadora frialdad y, llegado el
momento en el que la alianza sino-rusa deje de servir a sus intereses, no
dudará en abandonar a su amigo Vladímir. Los otros, ¿quién sabe?
Ahí
estaban, por elegir media docena de joyitas, los presidentes de Bielorrusia,
Cuba, Venezuela, Egipto, Zimbabue y Birmania. Menuda coalición de tiranos.
Quizá el único invitado a la fiesta al que no podemos llamar tirano es Luiz
Inácio Lula da Silva, el presidente de Brasil.
Lula,
¿qué caralho hacías ahí? ¿Se trata de un caso más de aquella izquierda
troglodita que sigue pensando que Rusia no es el país más fascista del mundo,
sino el gran defensor del proletariado? ¿Cree Lula, como algunos de sus
correligionarios, unidos en criterio (oh, magnífica perversidad) con el
presidente de Estados Unidos, que Ucrania instigó la guerra con Rusia y que el
líder ucraniano es un dictador?
¿Qué le
pasaba por la cabeza a Lula al oír el discurso del dictador ruso? ¿No se quedó
atónito cuando dijo aquello de que ‘la verdad y la justicia’ estaban de su
lado, y que ‘Rusia luchará contra las atrocidades de los seguidores del
nazismo’, es decir, los que votaron por Volodímir Zelenski?
¿Se
creyó lo de ‘la justicia’, cuando Putin es un descarado asesino de sus rivales
políticos, cuando hay más de 20.000 rusos en la cárcel por declararse en contra
de la invasión de Ucrania? ¿O lo de la verdad, cuando es irrefutable, cierto
como una catedral, que nadie en el mundo miente como Putin? Y en cuanto a lo
del nazismo, ¿Lula y compañía no saben que Zelenski es judío, que perdió
familiares en el Holocausto, que su abuelo luchó junto a las tropas cuyo
sacrificio Putin justo estaba conmemorando el viernes con su glorioso desfile
militar?
Una de
dos, o se trata del colmo del colmo del cinismo, o esta gente está loca y vive,
como Putin, en un mundo paralelo, ajeno a la realidad. Con la excepción de Xi
Jinping, yo me inclino por la segunda explicación.”
Y yo, si
bien no en todos los casos mas sí en el de Lula el tartufo, por la primera. ¿De
verdad se cree usted, un tipo con su sagacidad y perspicacia políticas, que el
muy granuja se sumó a la infamia mediática aquella producto de un factible
desconocimiento de los hechos? ¿O que lo hizo dizque movido por su interés de
mediar entre el tirano y el presidente de Ucrania en procura de una paz que
depende, única y exclusivamente, de su anfitrión y compadre? Podría jurar que
es la primera vez que lo oigo desbarrar, Johncito hermano, y todavía no me lo
creo. Pero hasta bueno porque eso de creer infalibles a los carnales no resulta
del todo recomendable.
1006. Llámenme montañero si quieren, o como se nos
llame a los montañeros en cada país y región en que se hable español, pero a mí
no hay quien me convenza de pagar cantidades ingentes para probarle sus
platillos al chef de moda y todo para quedar con hambre y tener que rematar la
velada en un sitio donde sí sirvan con generosidad y por la quinta o aun la
décima parte que se le pagó al ilusionista: “Ahora existe toda una mitología
culterana de exquisiteces rebuscadas, apoyada en un lenguaje tan enigmático
como lo es el de la física nuclear para un neófito. Hay quien se aprende esa
jerga con deleite, sobre todo al ver la cara de asombro de quien la escucha. En
el fondo, no disfrutan de la comida, sino de la explicación pretenciosa para
iniciados de la comida. Sin el cuento de hadas (brujas, más bien) que rodea
cada plato no podrían saborearlo. En fin, con su pan se lo coman…”.
Cuánto
me habría gustado, maestro Savater, haber ido a escucharlo en la reciente FILBo
para traérmelo a comer en casa algo preparado por mi madre: unos fríjoles o un
sudado como Dios manda. Pero ya le he contado de mi aversión a esas fiestas
multitudinarias de la literatura y… cada vez más arandelas que le cuelgan a la
pobre. De todas formas, la invitación sigue en pie si llegara a volver a
Colombia, o al restaurante bueno pero sin ínfulas que usted escoja caso de que
yo sea el que viaje a España, que no creo. Muy seguramente sí si llegare a
haber una nueva pandemia pronto.
1007. ¿De modo don Fernando que es esto lo que me
salvó del destino infame de haber sido correligionario y votante de Petro y su
piara mamerta, para sólo hablar de la pobre Colombia en semejantes manos? ¡Pues
créame que lo celebro!: “Ningún pesimista auténtico puede ser revolucionario,
la revolución es siempre un daño colateral del optimismo. Los grandes
pesimistas, como Schopenhauer, Leopardi, De Maistre o Cioran pueden ser a ratos
reformistas, pero nunca revolucionarios: siempre prefieren la injusticia al
desorden”. Al invisible que soy lo diferencia de los conspicuos de la cita la
esperanza recóndita e irrealizable de que los tibios del centro del espectro
político, cansados de que en nuestra republiqueta la agenda la decidan los
extremos, por una vez se sacudan fatalismo y decencia y den un golpe de Estado
quirúrgico e incruento para que a continuación se corrijan, dentro de lo que
cabe, los efectos más nocivos de los Uribe y los Petro en el poder, cada cual
con su cacocartel de facinerosos.
1008. “Por encima de dudas y descalificaciones, la
democracia afirma que es mejor el gobierno de los más letrados que el de los
más ambiciosos, o los más alborotadores o los que más sueños prometen. No es
verdad que considere iguales a todos los seres humanos pero al menos cree que
son parecidos. A ella se deben las renovaciones políticas, la posibilidad de
subir en la escala social y la educación basada en la ciencia y el pensamiento,
entre otros logros. El sistema, sin embargo, acusa ranuras y puntos débiles.
Aprovechando sus flaquezas ha surgido con fuerza un nuevo enemigo que corre los
cimientos de la democracia ilustrada: la burricia. Se trata de un movimiento
integrado por individuos que no pudieron superar la exigencia de los estudios y
para mantener un remedo de igualdad se esmeran en rebajar el nivel de las
mejores instituciones. Es como si los peores alumnos de un colegio dieran un
golpe y se tomaran la rectoría. O como si un émulo estéril de Herodes
decidiera, para vengar su esterilidad, dar muerte en su comarca a todos los
menores de dos años. Donald Trump es la más evidente encarnación de la
burricia…” afirma usted, admirado y estimado Daniel, y no puedo estar más en
desacuerdo en esta ocasión. Y no porque no lo sea, sino porque más burros que
el burro de marras son los más de setenta millones de asnos que votaron por su
congénere en 2024. Pero si de quien hablamos es de Colombia y de su presidente
mitad burro mitad cafre, a quien usted y más de once millones de burros o de
cafres ungieron en 2022, igual conclusión se extrae: la afrenta de que detente
el cargo que detenta no se debe a él sino a ustedes, que en su calidad de
electores son los directos responsables de cada ilegalidad y desatino en que el
chusmero incurre. ¿Que el tristemente célebre Ernesto Samper Pizano, el
Rodríguez Zapatero colombiano, resultó petrista?: predecible. ¿Pero su hermano,
el gran Daniel?: inadmisible. El otro Daniel, sobrino de la oveja negra e hijo
del desorientado, azote insobornable de las venalidades de unos y de las de los
otros, me reconcilia con su familia ilustre pese al tío.
1009. Desconozco lo que hayan dicho las feminastys
-un saludo para las feministas respetables de todas partes- vernáculas y
occidentales de dos escenas a cuál más reveladora: “Desde el 29 de mayo los
colombianos hemos podido ver, a través de un video, un acto infame: cómo en el
resguardo Gito Dobaku, tres hombres fornidos que, según se supo, son personas
del mismo entorno familiar, sometieron a una niña de trece años a una horrenda
paliza con varas. La niña fue colgada con sogas de una viga, lo cual ya implica
una tortura atroz. Con cada fuetazo -y conté setenta y cinco- la víctima se balancea
en medio de gritos desgarradores. En un momento dado, pierde el conocimiento, y
la manta que le ha amarrado la madre antes del feroz castigo, para atenuar los
golpes, se desliza dejando sus piernas al aire. Ni aun así los hombres se
detienen ni muestran piedad. Cuando la paliza termina la desatan, la niña cae
al suelo, y la madre la arrastra hasta un lugar donde ya no la vemos, pero
desde donde podemos seguir oyendo sus lamentos. El hecho fue grabado por algún
indígena, quién sabe con qué intención, y divulgado en redes. Dicen algunas
noticias imprecisas que la niña intentó quitarse la vida, que terminó en el
hospital…” “La escena del golpe de Brigitte Macron a su marido, que lleva
dándole la vuelta al mundo desde que ocurrió hace dos días, se ve mucho mejor
en cámara lenta, que es como la transmiten los medios y portales más perversos
y noveleros, los mejores, los que recrean con sevicia y fruición eso que vimos
todos y desde entonces no hemos podido parar de verlo: la puerta del avión
presidencial de Francia que se abre y ella, con gran vehemencia, le lanza la
mano. No es una cachetada, no, porque en ese caso sería un movimiento
horizontal y seco, de un lado para el otro. En cambio lo que uno ve, cuadro por
cuadro, es al piloto que abre la puerta mientras dos funcionarios
aeroportuarios esperan en la parte de arriba de la escalera para empezar el
recibimiento del presidente de la República Francesa. Él no se da cuenta porque
está hablando muy serio con ella, que le tira la mano y le empuja la cara. Es
cuando el pobre Macron queda de frente a la puerta abierta de par en par; trata
de fingir tranquilidad y una sonrisa juvenil y festiva, como diciendo ‘aquí no
ha pasado nada’, y saluda con la mano mientras se coge de uno de los asientos
del avión para no perder la compostura, pero es evidente que se siente perdido
y humillado, en una situación quizás indigna de su cargo y de su imagen de
hombre poderoso…”.
Lo que
en cambio sé con total certeza es lo que habrían dicho y gritado, desgarradas,
histriónicas, estridentes, istéricas, si la primera escena hubiera tenido
distintos protagonistas y la segunda un intercambio de roles: una terna de
hombres blancos o blancuzcos, por supuesto que no del Pacto Histórico sino del
Centro Democrático, y haciendo las veces de la desnaturalizada del video no una
Laura Sarabia o una Clara López, sino una Paloma Valencia o una María Fernanda
Cabal; Macron pegándole y humillando en público a la abuelita que tiene por
esposa y quien, si hubiera algo de imparcialidad en los reclamos de nuestras
amigas las destempladas, debería estar en la cárcel no sólo por manilarga sino
por corrupción de menores. Les parecerá a las fulanas del todo romántico que
una profesora cuasi cuarentona y un “niño de quince añitos” se enamoren pero
una depravación imperdonable que un Humbert Humbert sucumba a los encantos de
su Lolita, cuando lo único reprensible e inexplicable en ambos casos es que
Macron sea tan generoso y humanitario, o sea tan güevón, como para, por
lealtad, convertirse en el hazmerreír incluso de quienes lo admiramos y
respetamos.
Adenda(s):
si en Colombia y dondequiera que haya “pueblos originarios” se quisiera de
veras combatir la “violencia de género” y los abusos sexuales más oprobiosos,
buena idea sería empezar por indagar lo que sucede en los resguardos indígenas,
que gozan de impunidad por cuenta de unas izquierdas que, a cambio de sus votos
y su apoyo en los desmanes que hacen pasar por protestas, les dan carta blanca
a los trogloditas para que vivan al margen de las leyes con que se juzga al
resto… de ciudadanos del montón. Señores del Bienestar Familiar: a ver si
interponen las querellas de rigor para que manden a la cárcel a los cuatro
hijueputas estos y, ya entrados en gastos, se toman el trabajo de preguntarle a
la niña cuántos de los golpeadores y de los mirones la han violado; si con la
aquiescencia o no de la desnaturalizada o de otras mujeres del resguardo… que
no resguarda.
1010. La militancia como discapacidad intelectual… o
ética:
“’Autoridad
carismática’ llamaba el sociólogo alemán Max Weber a una de las tres formas
puras de dominación o de legitimación del poder, más bien. […]
Pero la
autoridad carismática es sin duda la más interesante de todas: la que más recae
sobre el encanto y los atributos de un líder, su carisma, obvio, y la historia
está llena de ejemplos así: conductores que se erigen en los salvadores de sus
pueblos, o que al menos encarnan esa promesa y la usan como una especie de
mantra y acuerdo solemne, el pacto que une de forma sobrenatural a la masa y su
caudillo que avanzan juntos como un solo haz de voluntades.
En
muchos casos, la mayoría de ellos, se diría, esa mediación está mediada por
unos valores y unos principios: unas ideas en las que el pueblo cree a pies
juntillas como un acto de fe, porque es lo que es, y que su caudillo encarna y
representa en todas partes, las promueve y las cultiva, incluso ha sido capaz
de formularlas mejor que nadie o hasta las ha prohijado o es su verdadero
artífice y garante, su inequívoco vocero.
Muchas
veces esa simbiosis entre el caudillo y su cauda acaba en el infierno, por
supuesto, cuando no lo es ya desde el primer momento, una marcha decidida y
metódica hacia el fondo del abismo. No tiene nada que ver con esto, o sí, tal
vez sí, pero me acabo de acordar de esa frase con la que Alejandro Vallejo
solía definir a Colombia en los años treinta del siglo pasado: ‘Una
organización para la catástrofe’. Imposible más lucidez y patriotismo.
Pero en
fin: que haya esa compenetración entre un líder y sus seguidores cuando el
motor es el carisma me parece no solo normal sino también conmovedor y
admirable, uno de los espectáculos políticos más llamativos que pueda haber.
Sobre todo cuando hay sinceridad en los principios y la gente que lo adora
reconoce en su adalid […] una adhesión verdadera a las ideas que los unen, su
compromiso con ellas.
Ese
espectáculo que es tan noble y tan bello, así nazca del error o la
equivocación, pero esa es otra discusión, se vuelve triste y monstruoso,
incluso trágico, cuando la premisa de la ecuación no se cumple y el caudillo no
cree de verdad en lo que dice ni en nada y su único interés está en saciar su
apetito de poder y de grandeza, para lo cual puede deshonrar sin el menor pudor
su propio discurso, sus ideales, sus banderas, las razones por las que está
allí.
Así es
el poder, se dirá, y es cierto; así es el caudillismo casi siempre, por eso el
carisma puede ser una forma de brujería para hipnotizar a las masas, tal como
lo definió Grete de Francesco en ese libro revelador que es El poder del
charlatán. Está bien, sí. Y uno entiende a los cínicos y a los pragmáticos, a
los utilitarios, a los que saben que todo al final es una farsa o un fraude
pero siguen ahí por interés, estrategia, desvergüenza.
Pero los
que siguen creyendo de buena fe y con fanatismo, los que viven en estado de
negación, los que no aceptan los datos más elementales de la realidad, los que
minimizan que su caudillo no tenga principios y degrade y mancille todo aquello
que dice defender, ¿no se dan cuenta? Es una pregunta difícil porque muchos
allí se consuelan y se resignan con el valor simbólico de su causa, con eso les
basta.
Otros
saben que reconocer el error es una tragedia personal, se les va la vida. Si
sus enemigos estuvieran en su lugar serían implacables con ellos; pero no es
así, por eso no lo pueden aceptar.”
¿En
dónde ubicaría usted, maestro Constaín, a sus indignos colegas Julio César
Londoño, Santiago Gamboa y Laura Restrepo? ¿En el de los cínicos, pragmáticos y
utilitarios a secas, o en el de los idiotas útiles que si lo son lo son con
dolo? Yo, sin pensármelo un solo segundo, en el de los Benedetti, los
Montealegre y los Barreras que, comparados con el chusmero, personifican
epítomes de las más acendradas coherencia y autoridad moral.
1011. Leí ayer, 13 de junio de 2025 en El Tiempo,
una columna de Moisés Wasserman titulada ‘Pensamiento grupal vs. Pensamiento
crítico’ que me hizo reflexionar, por enésima vez, sobre el papel que juega el
silencio de los aquiescentes frente a un crimen imperdonable tipo el que hogaño
comete el Estado de Israel en Gaza. Leo hoy, 14 de junio de 2025, lo que aquí
transcribo y me sorprendo de que la literatura, oráculo de oráculos, nos
revele, para desvirtuarlos o afianzarlos, pensamientos ajenos en los que
andamos o anduvimos enzarzados no mucho ha: “El hombre bueno es el hombre
justo. El hombre justo es el que ante la injusticia no calla. El hombre malo,
el hombre corrompido, es el que administra su silencio a su conveniencia,
amparándose en la palabra oportunidad. Una forma de injusticia, o sea, de
desorden, es siempre la estupidez o la inmoralidad. Incluso la amoralidad suele
presentarse como una suerte de injusticia. Restablecer el orden es allanar el
camino entre la injusticia y el orden o, si se prefiere, entre el desorden y la
justicia. Por eso el hombre bueno ha de ser siempre un poco malvado, es decir,
intempestivo, inoportuno. Un hombre bueno no calla jamás, no otorga, no
transige. El hombre bueno desgraciadamente es siempre intransigente. El único
que transige, el que hace la vista gorda, el que se reserva, es el hombre malo”:
el que desee entenderme, que revise los artículos que el científico ha
publicado desde el 7 de octubre de 2023, fecha en la que los bárbaros entre
otros del grupo Hamas perpetraron en suelo israelí el mayor y más despiadado
ataque terrorista en contra de civiles inermes de todas las edades y grados de
indefensión que conozca la historia de ese país.
Adenda:
si los intelectuales y los escritores a los que alguna vez se les propone que oficien
de columnistas en un periódico o en una revista se pararan a pensar lo lesiva
que puede resultarles a su reputación y prestigio una labor que a diario somete
a prueba la honestidad y coherencia de quienes la ejercen, por descontado que
no pocos se apartarían a tiempo de la tentación.
1012. Tremenda papa caliente y arma de doble filo y
exoneración envenenada lo que acá usted plantea, maestro:
“…Cuentan
que un catedrático español estaba dictando una conferencia a uno de sus
discípulos cuando hizo una pausa y preguntó si se entendía lo que estaba
diciendo; el discípulo se apresuró a responder que sí. Tras un instante de
reflexión, el catedrático añadió: ‘Pues oscurescámoslo un poco’. La anécdota,
es inevitable, recuerda aquel pasaje celebérrimo de Juan de Mairena donde
Machado se ríe de quienes piensan que escribir bien consiste en escribir ‘Los
eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa’ y no, simplemente, ‘Lo que
pasa en la calle’. Pero el problema no es solo español: el prestigio de la
oscuridad es universal, casi imbatible; Levi, sin embargo, se bate
valerosamente contra él. ‘El lector de buena voluntad debe estar tranquilo: si
no entiende un texto, la culpa es del autor, no suya’, advierte. ‘Es tarea del
escritor hacerse comprender por quien desea comprenderlo’. Amén. […] Sea como
sea, no hay duda: quien no es capaz de expresar con claridad lo que piensa, por
arduo que sea, no sabe pensar, o intenta ocultar tras la reputación inmerecida
de la oscuridad la indigencia de su pensamiento. Vera ars velat artem (el arte
verdadero oculta el artificio), reza un aforismo que Google me atribuye; si es
verdad que fui yo quien lo acuñó, por una vez -y sin que sirva de precedente-
estoy de acuerdo conmigo mismo: tal como yo lo entiendo, el oficio de escritor
consiste en trabajar a brazo partido para que no se note todo lo que uno ha
trabajado (razón por la cual no me gusta esa clase de plumífero que en cada
frase parece querer cobrarle al lector el esfuerzo que le ha costado
escribirla); quien no sabe convertir en transparente lo complejo y en fácil lo
difícil es que no ha entendido de verdad lo difícil y no tiene nada complejo
que contar. Esto vale para cualquier rama del saber, empezando por la ciencia…”
A ver:
yo, que no he podido coronar las veinte primeras páginas del Ulises o de En
busca del tiempo perdido y que tal vez me muera sin lograrlo, agradezco tanto
pero tanto tanto estas palabras suyas cuanto las deploro si en quienes pienso
es en los analfabetos funcionales que por carretilladas gradúan “hoy” -tal vez
desde siempre- las universidades de prestigio y no se diga las sin ninguno.
Gran sinsabor el de poder guarecerme bajo el paraguas de su generosa comprensión
literaria, si bien en tan ingrata compañía.
1013. Si algún sueño me queda, aparte del de conocer
todo tipo de felinos y fieras mediante el tacto y el olfato, el de conocerla a
ella para pedirle un autógrafo -el único que a nadie más le pediría nunca- y un
abrazo y un beso y a ser posible su amistad, ya que no su amor de veinteañera -el
único motivo por el que pactaría ahora mismo con Satanás para quitarme treinta
años de encima-:
“Si
alguien quiere entender las primeras décadas del siglo XXI, tendrá que
investigar el odio de la extrema derecha y una parte de los liberales hacia Greta
Thunberg. A partir del odio a la joven activista sueca se puede tirar de todos
los hilos del complejo momento en que se acelera el colapso climático y los
déspotas responden con guerras coloniales. Este mes de junio, la hoguera de
odio hacia Greta ha vuelto a alcanzar enormes proporciones a causa de la
Flotilla de la Libertad, que pretendía llamar la atención del mundo sobre el
genocidio de Israel contra los palestinos de Gaza.
Llamar
la atención sobre el horror que el mundo se niega a ver o, si lo ve, no hace
nada por detenerlo, es una de las razones de ser del activismo. Thunberg y la
Flotilla de la Libertad han cumplido su objetivo de llamar la atención sobre el
genocidio que Israel comete en Gaza. Al hacerlo, han expuesto la inacción
criminal de gobiernos e individuos que conviven con la sangre de inocentes que
se derrama día tras día y, ahora, con el hambre de inocentes.
Si el
mundo hubiera aprendido algo de los horrores del siglo XX, detendría a
Netanyahu y habría miles de Gretas en el Mediterráneo intentando romper el
bloqueo impuesto por Israel, o protestando en las calles de todo el mundo para
obligar a sus gobiernos a hacer lo único que es humanitario. Como ha demostrado
la historia, no hay ninguna garantía de que las atrocidades cometidas no se
repitan. Por eso hay leyes. Vergonzosamente, una vez más, las leyes se están
infringiendo brutalmente. Y vergonzosamente, una vez más, el mundo se inhibe
ante lo innombrable que la historia denominará tardíamente.
Ninguna
otra persona ha conseguido poner el colapso climático en el centro del debate
como Greta Thunberg. Ella y el movimiento que inspiró en 2018 han llevado el
calentamiento global y la mejor ciencia a las calles como nadie. Cuando la
principal activista climática del mundo intenta romper el bloqueo de Israel a
Gaza, está estableciendo una conexión necesaria y justa: luchar por el clima es
luchar por la humanidad, y luchar por la humanidad es, en este momento, también
detener a Israel.
Los que
luchan contra la extinción, como los activistas climáticos, luchan contra la
extinción de todos. No hay lucha contra el calentamiento global que no sea una
lucha contra el genocidio que está produciendo Israel en estos momentos. No hay
lucha por el fin de los combustibles fósiles que no sea también una lucha
contra el exterminio de los palestinos de Gaza.
Greta no
es antisemita. Benjamín Netanyahu es antihumanidad. Al igual que Donald Trump y
Vladímir Putin. Este es el objetivo que Greta Thunberg alcanza cuando embarca
en la Flotilla de la Libertad. Y -también- por eso la odian tanto.”
Yo,
Greta adorable, me comprometo a dejarte, como prueba de mi admiración y amor
infinitos por ti y por tu causa, un veinte por ciento de mi peculio, que dista
mucho de ser siquiera una mínima porción del de cualquier corrupto
tercermundista de la política. Recíbelo confiada en que hasta el último peso
que te corresponda procede de mi trabajo de poco más de dos décadas en la
academia, al igual que de mi aprendizaje en los rigores de la pobreza, hoy por
hoy felizmente superada. Tan pronto registre el documento -fideicomiso
testamentario lo llaman los abogados- ante el notario, te hago llegar una
copia. Y por favor, mujer valiente donde las haya: que jamás te arredren las
acometidas infames de los malditos antiplanetarios -Trump, Bolsonaro, Miley,
Putin- ni los urras de los Wasserman y los Savater que les hacen de caja de
resonancia.
Adenda:
a diferencia del total acierto de sus palabras en relación con la descomunal
Greta Thunberg, sus planteamientos en ‘El patriarcado contra la Amazonia’ son,
a más de miopes, racistas y andróginos pues dejan la sensación de que en la
lucha contra el empeoramiento incontenible de los excesos climáticos sólo
intervienen mujeres. Piense no más en los escuderos varones de la sueca o en los
de Marina Silva y hágase cargo del baldado de agua fría que el contenido de ese
artículo suyo supondría para su activismo, igual de valiente y comprometido que
el de ellas si bien menos protagónico y por tanto aplaudido. Pero la
desproporción y la injusticia de su columna no paran ahí: ¿cuántas mujeres por
completo anónimas, le pregunto, se benefician directamente del saqueo y la
destrucción de la selva y otros biomas que sus maridos, padres, hermanos o lo
que sea perpetran sin tregua y sin que ellas se inmuten ni mucho menos rehúsen
participar de las riquezas que reportan los ecocidios? Para no ir muy lejos,
estimada y admirada Eliane Brum, le cuento que en mi familia de blancos y
blancuzcos a ninguna mujer la desvelan el calentamiento global ni la codicia de
los insaciables, por quienes votan con similar entusiasmo al que muestran mi
tío y mi hermano cristianos ante los guerreristas de derechas.
1014. Qué duda cabe: también los sabios se equivocan
o, para decirlo con sutileza, desatinan -tercera acepción del DRAE-:
“Pienso
que ser un político corrupto es mucho más incómodo, laborioso y complicado que
ser un político honrado. En el fondo, la honradez es mucho más agradable y más
sencilla de llevar. Se trata de cumplir con tu deber y de vivir cada día de
forma que te permita dormir a pierna suelta con la conciencia tranquila; en
cambio, el político corrupto, antes que nada, es atacado por el virus de la
codicia que le mantiene nervioso e insomne dando vueltas en la cama hasta que
llega el día en que se siente impune dentro de la burbuja del poder y pensando
que es muy fácil y que nadie le va a pillar, porque se cree muy listo, alarga
el brazo más que la manga hacia ese dinero sucio que pasa por delante. En
seguida empiezan los problemas. Una vez trincado, descubre que el dinero le
quema en las manos. Tiene que imaginar dónde lo esconde, si emparedado entre
dos tabiques, o bajo un ladrillo en el sótano, o enterrado en el jardín. Sabe
que existen perros especialistas en detectar con el olfato los billetes de
banco; que el móvil que lleva en el bolsillo lo sabe todo de su vida y ha
seguido sus pasos como el sabueso y que a través de un satélite hoy la Policía
es capaz de contar los pelos dentro de su nariz. No puede gastar ese dinero
alegremente porque su nuevo tren de vida levantaría sospechas y lo delataría.
La paranoia de haberse enriquecido ilícitamente empieza por erosionarlo por
dentro. El político corrupto se ve forzado a predicar contra la corrupción de
forma obsesiva para disimular que está de mierda hasta el cuello, de modo que
cada palabra daña su pensamiento y con ella traiciona a su jefe, destruye a su
partido, humilla a sus militantes y el hecho de llevar una doble vida hace que
no pueda resistir su propia mirada a la hora de afeitarse ante el espejo…”
Yo qué
le digo, gran Manolo; que, para empezar, sus palabras no describen las
realidades políticas ni de España ni de Colombia y, hoy por hoy, tampoco la de
los Estados Unidos, convertido por Trump según el mandato de más de setenta
millones de hijueputin o de votontos, y en tiempo récor, en una república
bananera por el estilo de esta desde donde escribo. Seguramente sí las de Dinamarca,
Finlandia, Nueva Zelanda, Noruega, Singapur y Suecia, países donde la justicia
sí opera y donde la venalidad de los sinvergüenzas no puede por tanto ser la
norma.
Pero
ahondemos un poco en el contenido de su reflexión: la leo y como por ensalmo me
sitúo ante Raskólnikov y los de su condición, en las antípodas de la del
político medio; ese que no tiene tiempo para incomodarse y que si padece
insomnio lo sufre más por su ambición de poder que por ningún escrúpulo de
conciencia a lo Crimen y castigo; y con respecto a la plata que le defrauda y
esquilma al erario, ni le quema ni la esconde: como mucho, la desliza en manos
mercenarias para luego recobrarla. La lectura que yo hago del político medio
es, en cambio y para no extenderme, muy distinta de la suya: mi oído infalible
de ciego de toda una vida me tiene convencido de que a este noble oficio se
dedica un número nada despreciable de psicópatas natos o devenidos, y con
coraza a prueba de atriciones y enmiendas.
1015. La fórmula es muy sencilla: no es sino que reemplacen
española por colombiana y listo: “La política española es una picadora
envilecida y envilecedora de escándalos verdaderos y escándalos artificiales y
bien escenificados que lo convierte todo en una pulpa tóxica donde la realidad
deja de existir, y donde cada nuevo abuso desaloja del presente y condena a la
indiferencia y el olvido los abusos anteriores”. De esta infamia de la
desmemoria son los periodistas y los medios que pasan por serios los primeros
responsables, por su alergia a hacerles seguimiento al escándalo de ayer y al
de anteayer en beneficio del de mañana y el de pasado mañana, que ipso facto
harán olvidar al de hoy, convertido en fruslería por el erotismo insaciable de
la primicia. Que también padecen y fomentan, con su cortoplacismo, la minoría
de ciudadanos que oyen noticieros o leen periódicos.
1016. “Ensuciar y contaminar el debate, hacerlo cada
vez más repugnante y sórdido, rastrero […], es la verdadera esencia no solo de
los regímenes fascistas sino de las sociedades fascistas, que es mucho peor:
cuando en ellas caben apenas la bajeza y la aniquilación, la perversidad como
la única ideología que hay. […] Cuando se normaliza la infamia, cuando ese es
el único recurso que queda, la alcantarilla del poder totalitario deja escapar
sus peores demonios”: ahí tenemos los colombianos a los Cabello-Maduro,
Díaz-Canel (pobre hombre gris) y Murillo-Ortega como advertencia de adónde nos
dirigimos si en agosto de 2026 no despabilamos y defenestramos del poder
mediante el voto o, si llegare a ser preciso mediante lo que “prescribe” la
primera acepción del DRAE, al dipsomanodrogadicto en jefe y hasta el último de
los funcionarios de su cleptocracia. Pero ojo: no para volver a ungir a los
bandidos que entre 2002 y 2010 hicieron lo que hoy sus homólogos de la extrema
izquierda: bellaquear, delinquir y enriquecerse.
1017. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen española por colombiana y estadounidense, España por Colombia y
Estados Unidos y listo: “La política española se ha acelerado de tal modo que
no sabe uno adónde mirar. Recuerda a esa bañera a la que se le ha quitado el
tapón. Durante un buen rato el nivel balsático del agua va descendiendo de
forma gradual, casi imperceptible. Únicamente cuando se forma un pequeño
remolino en la boca del sumidero, y el agua gira y gira cada vez más deprisa
entre borborigmos, se tiene la impresión de que no sólo la bañera quedará
vacía, sino que succionará, como en un tornado, el jabón, las toallas, el
cuarto de baño, la casa, la ciudad… Algo así como si se le diera la vuelta a un
guante. Y esto parece estar sucediendo: que España puede acabar yéndose por un
agujero negro, y volviéndose enteramente del revés. Un día es una cosa y al
otro otra aún más inesperada y churresca, y la gente de un lado para otro
incrédula, con las manos pegadas a la cabeza…”: si lo mío no fuera el hedonismo
y la falta de método del que lee y escribe sin ansias de reconocimiento, les
juro que hace rato estaría entregado en cuerpo y alma a la elaboración
pormenorizada de un parangón entre los gobiernos mefíticos de Petro y Sánchez,
tan izquierdosos y sin embargo tan sumamente parecidos en las formas y en el
fondo al fascistoide del norte de quien, como todos los mamertos del mundo se
sienten, los muy cínicos, su némesis. Ojalá que alguien con amor y capacidad
para lo sistemático y detallado esté ya trabajándole a aquel asunto en el que
también podrían caber y deberían estar Lula y su gran amigo Putin, a ver si por
fin desenmascaramos a esta izquierda tartufa que explota comercial y
electoralmente el legado de Mujica, el cual deshonra de todas las maneras
imaginables.
Adenda:
y, como si el citado me hubiera estado espiando, me reprende: “Los
historiadores precisan de años y muchos esfuerzos para cuadrar los hechos o
encontrarles al menos, si no sentido o lógica, un hilo argumental. […] A veces
no basta una vida, ni siquiera la labor de una o dos generaciones, pues la
materia sobre la que operan, la realidad, es berroqueña y oscura. Y el tiempo
trabaja como los canteros, lentamente. Solo cuando a los hechos se les despoja
de los tasquiles sobrantes, nos resultan fáciles de entender”: comprenderá
usted, maestro, mi afán y el de Savater y el de Pérez-Reverte y presumo que
también el suyo de que los hipócritas contumaces del PSOE, del Pacto Histórico,
del PT y de todas partes queden en pelota ante el mundo, que más temprano que
tarde olvidará sus tropelías y volverá a votar por ellos con la misma furia
entusiasta con la que hoy vota por los fachos de la otra orilla. De modo que
cuando el estudio que ansío esté terminado y publicado, lo que divulgue y
denuncie carecerá de toda repercusión y sentido pues los malandros protagonistas
de los desaguisados y desafueros estarán sepultados bajo gigatoneladas de
anonimato.
1018. Mire, mi muy estimado y admirado Javier;
óigame esto: es tal la importancia que yo le doy a este asunto que, se lo
confieso sotto voce: si circunstancias de mi yo me forzaran un mal día a
escoger entre leer ficción, o artículos de prensa de buenos y de grandes
escritores, terminaría a la larga decantándome, claro que con mucho dolor, por
lo segundo: “Pero, aunque suene a apologia pro domo sua, no me parece malo que
los escritores escribamos en los periódicos. Insisto en lo elemental: la
palabra ‘política’ viene de ‘polis’, que en griego significa más o menos
‘ciudad’, y la ciudad es de todos, incluidos los escritores; la palabra
‘democracia’ significa en griego ‘poder del pueblo’, y el pueblo somos todos,
incluidos los escritores. Por eso está bien que participemos en el debate
público: porque, además de escritores, somos ciudadanos, y porque es bueno que
los ciudadanos intervengamos en el debate público; mejor dicho: no existe
democracia digna de tal nombre sin que lo hagamos. De la manera que sea:
escribiendo artículos, discrepando o mostrándonos de acuerdo con esos
artículos, opinando en las redes sociales, manifestándonos por la calle”.
Déjeme
decirle solamente que si aquí en Colombia no escribieran en la prensa un Juan
Esteban Constaín, una Melba Escobar, un Héctor Abad Faciolince e incluso
mamertos recalcitrantes por el estilo de un Santiago Gamboa, una Laura
Restrepo, un William Ospina o un Julio César Londoño, la calidad del periodismo
de opinión no sería la que es y no sólo gracias a la claridad de sus
planteamientos sino a la calidad de su escritura, que brilla por su ausencia en
las columnas de tantos otros que no tienen la literatura por quehacer y
vocación. Mejor dicho: yo nunca me habría abonado a El País si en él no
escribieran Usted, Irene Vallejo, Rosa Montero, Leila Guerriero, Elvira Lindo,
Juan Gabriel Vásquez, Juan José Millás, Manuel Vicent, Antonio Muñoz Molina,
para no hablar de los hoy ausentes Javier Marías, Fernando Aramburu, Manuel
Rivas y Fernando Savater, a quien por fortuna sigo leyendo en The Objective con
iguales interés y fruición con los que leo a John Carlin en La Vanguardia, a
Andrés Trapiello en Revista de Prensa y a Arturo Pérez-Reverte en Zenda. Benditos
todos.
1019. Raro sería que Savater no se tome el tiempo
-molestia, ni la más mínima- de responder, desde luego que para mofarse y
escarnecer a su colega, al bellísimo artículo que Rosa Montero tituló “El ‘ranking’
de la infamia”. Pero aun si no lo hiciera, poco importa porque ya lo hizo: ‘San
Fermín 2022: La máscara’. ¿Habrá todavía profesores de colegio desorientados
que pongan a leer a sus estudiantes, entre otros, ‘Ética para Amador’? Oprobioso
-pero no raro- sería que sí.
1020. Me cuesta trabajo dar con un mejor ejemplo de
lo que denomino -a otro le oí el concepto y me lo apropié-, a falta de la
humana y no se diga de la divina, justicia poética:
“El
plástico, al degradarse, se convierte en una suerte de polvo de harina que lo
inunda todo, de modo que respiramos plástico, comemos plástico y bebemos un
plástico que, de tan atomizado, es capaz de atravesar las barreras defensivas
de los órganos. El asunto viene preocupando desde hace un tiempo a la ciencia
porque tal ingestión implica que acumulamos plástico en el sistema digestivo,
en los pulmones, en la placenta, en la sangre y en el corazón, además de en el
cerebro.
En fin,
en fin, que, si expulsamos plástico al toser y al defecar y al orinar, no sería
raro que lo expeliéramos asimismo al pensar. Tal vez estamos construyendo una
realidad de plástico. Novelas de plástico, muñecas de plástico, discursos
políticos de plástico, monarquías de plástico, dioses de plástico, noticias de
plástico, vegetales de plástico, fantasías de plástico, delirios de plástico y
hasta bilis de plástico (también lo tenemos en el hígado). Se me ocurre esto en
el supermercado, donde acabo de meter en el carrito un par de paquetes de carne
envasada al vacío en sendos recipientes de plástico. Parece mentira que una
invención tan reciente (la baquelita apareció hacia 1907) haya desarrollado
esta capacidad invasora.
Entonces,
me cruzo en el pasillo de las legumbres con una mujer embarazada, a la que cedo
el paso, y pienso en su placenta, repoblada por microplásticos. ¿Alumbrará un
bebé del mismo material?”
Miento
cuando insinúo que la justicia poética reside en los hechos descritos y en los
conjeturados por Juanjo en su columna. Lo sería, poética y aun divina, si el
emponzoñamiento ambiental que los humanos ocasionamos dañara sólo a la especie
y a ninguna otra criatura. Bueno… tampoco a Greta Thunberg ni a los que con o
al igual que ella luchan contra la codicia de los codiciosos y la indiferencia
de los indiferentes. Y muchísimo menos a los biólogos y a los ecólogos con
alma.
1021. Si bien es cierto que en literatura prefiero,
salvo contadísimas excepciones, la concreción y el laconismo y la concisión y
la brevedad del que escribe corto y piensa largo, esto de definirme en una
única frase, como se me pidió en una tertulia de amigos, me resultó arduísimo.
Pero lo logré: “Heautontimorumenos congénito”, dije transcurrido no sé cuánto
tiempo.
Adenda:
propongo que, a partir de la fecha (2025), nadie que no sea un
heautontimorumenos diagnosticado pueda ejercer la política o fungir de
sacerdote, pastor, rabino, imán o mulá. Verán cómo, gracias a una resolución
tan sencilla y fácil de implementar, la corrupción y la crueldad en el mundo se
reducen manifiestamente.
1022. Nos tocó, gran Manolo, a usted y a mí y a
todos los españoles y los colombianos de bien, mirar para dónde pegamos a fin
de huir del clima enrarecido y los efluvios mefíticos de esta ralea -la de allá
y la de acá- privilegiada que cobra y esquilma por lo alto: “…Por eso es
inexplicable que una derecha que viene de una educación heredada, que sabe
manejar los cubiertos del pescado, se comporte en la política con un estilo
tabernario, sin argumentos, solo con unos insultos de baja calaña cargados de
odio cainita. ¿De dónde ha salido esta gentuza tan maleducada? ¿De dónde han
salido, por otra parte, esos miserables robagallinas que han destrozado los
ideales del socialismo con esa forma tan zarrapastrosa de meter la mano en la
caja que da vergüenza ajena?”.
Adenda:
vergüenza de su ignorancia es lo que debería sentir el muy decente Gabriel
Boric que convocó recientemente, dizque para luchar por la democracia y en
contra de los peligros que entrañan para el mundo hoy por hoy los gobernantes
de extrema derecha y los firmes aspirantes a serlo, al autoritario y populista
de extrema izquierda Gustavo Petro y al mejor amigo de Putin en este rincón del
mundo, el ultratartufo Lula da Silva. ¿Pero es que no lee usted periódicos o
mira noticieros, hermano? Recomponga y no la siga cagando, que usted es un
político valioso al que deben respaldar, no la chusma mamerta e incondicional
del Bicho del Kremlin, sino demócratas probados del centro, la centroderecha y
la centroizquierda. Si no conoce a los colombianos de esas latitudes del espectro
yo le procuro los nombres.
1023. Que sepa la posteridad que, como en todo
asunto que concierne a los sapiens, existe hoy una minoría que por anticipado
se duele de lo que a ustedes les tocó como herencia, y una minoría aún más
minoritaria que lucha a brazo partido para paliar los efectos más indeseables
de la cosmofagia, de la que prácticamente nadie puede o quiere escapar:
“…Los
veraneantes de toda la vida dicen que no recuerdan otro mes de julio de tanto
calor. A media mañana la arena quema como fuego y no es posible pisarla con los
pies descalzos. Entrar en el agua es sumergirse en un líquido caliente. El aire
quema, pero el agua está más caliente todavía que el aire. El sol quema la piel
como un granizo de agujas candentes. El cielo blanco como una lámina de metal
termina en una bruma sucia que borra el límite del horizonte del mar. A la
caída de la tarde, en la terraza del hotel, muy cerca de la orilla, la única
brisa que sopla es la de los ventiladores. La brisa inmemorial del mar se
extingue cuando no hay diferencia de temperatura entre el agua y la tierra. De
noche, en la habitación en la que no hay una corriente de aire que mueva las
cortinas, se repiten con una fatalidad invariable las imágenes de los incendios
y los mapas del tiempo llenos de manchas rojas que indican las temperaturas
excepcionales de cada día y cada noche. Arden los árboles como arden la arena,
el agua, la piel del bañista tendido al sol, la chapa de los coches, la goma de
los neumáticos, el asfalto reblandecido, la maleza seca que prenderá como yesca
en cuanto salte la chispa de un rayo o el cigarro encendido que un cretino tire
por la ventanilla, o la gasolina de un pirómano.
Y lo
mismo que arde el aire hierven los cerebros de los demagogos y los aprovechados
y los fanáticos, de modo que uno ya no sabe a qué noticias tenerles más miedo,
a las de los incendios y los desastres climáticos o a las de esa actualidad
política que no se ha detenido, y que tampoco en este retiro nos deja tregua, con
sus vertidos tóxicos de mentira y grosería. Cuanto más acuciantes son las
evidencias de un calentamiento planetario provocado por la quema de
combustibles fósiles y por una economía apocalíptica que se alienta de la
destrucción de los recursos esenciales para la vida, más poder van alcanzando
los negacionistas y los causantes y beneficiarios del desastre. […] Decía
Borges que los seres humanos poseen ‘la temible potestad de elegir el
infierno’. […] Ahora sabemos que todo lo ganado a lo largo de los años puede
perderse de un día para otro, y que la crecida del mar ya está borrando islas
del Pacífico. Ese Mediterráneo que parece ajeno a las mutaciones del tiempo puede
estar convirtiéndose ahora mismo en un mar muerto. Y también sabemos que los
seres humanos tienen otra temible potestad, que es la de elegir con su voto a
los emisarios del oscurantismo y la destrucción” que tendrán los nombres que
tengan cuando usted lea esto.
Y como
el ejemplo entra por casa, les cuento grosso modo lo que intento hacer y no
hacer para no ser un cero a la izquierda en semejante tesitura: no voto por los
que aquí en Colombia se hacen eco del negacionismo de los Trump y los Musk, ni
por la farsa petrista o lulista que gana elecciones a lomos de un discurso
verde que incumple y mancilla no bien se posesiona; seduzco y soborno a mi
nieto, mis estudiantes y a quien se me ponga a tiro para sumarlos a la causa de
los convencidos de que no hay mayor contribución para la salud del planeta que
no tener hijos que consuman y desechen y ensucien y destruyan y codicien y se
reproduzcan y…; exijo, casi siempre en vano, bolsas de papel en las panaderías
y llevo ‘bolsas ecológicas’ a los supermercados y otras tiendas en las que
todo, desde cinco naranjas hasta un par de tomates, viene ya envuelto en
plástico; prácticamente no viajo, pudiendo hacerlo, a ninguna parte en avión o
en barco, entre otras razones porque me horroriza el turismo de masas; compro
ropa sólo cuando la que tengo hace ya bastantes años se desgasta tanto que no
puede zurcirse. Sé que es poco, demasiado poco, pero es la forma en que puedo
contribuir a la lucha valerosa de los biólogos, los ecólogos y los
ambientalistas -pero de los con alma y sentido común- que ojalá, si llegaran a
leer esto, se resolvieran a reclutarme para su causa no obstante mi ceguera
total e irreversible: 302 10 40 717.
1024. Si los japoneses (recién bombardeados por los
criminales de guerra -qué pobre y cicatero resulta el lenguaje en ocasiones- que
a la sazón gobernaban los Estados Unidos) lloraron lágrimas de emoción oyendo
las palabras graves y sin ningún énfasis de su emperador, el setenta por ciento
de los colombianos las lloramos, pero de hilaridad revuelta con indignación y
desconsuelo y conmiseración cada que oímos al deletéreo hazmerreír al que, en
hora aciaga, once millones y unos cientos de miles de irreflexivos transformaron
en el presidente de esta corraleja. Nos lo tenemos merecido, igual que al
mequetrefe que lo precedió y al que muy posiblemente lo suceda en la mascarada.
1025. ¿Se piensan ustedes que Julio César Londoño,
Santiago Gamboa, Laura Restrepo o el William Ospina que juega sucio y se hace
el que opina en contra, para sin falta transigir una y otra vez con los
impresentables que lo representan, desconocen esto; desconocen que son, no
cultores de la honestidad intelectual orwelliana sino remedos del Laski que por
cobardía o vileza calló, para no ser obliterado de la foto de la infamia?:
“En
algún momento de Otelo, la obra de William Shakespeare, su protagonista dice:
‘¡Es la causa, es la causa, alma mía!’. Cambiando lo que haya que cambiar, que
es mucho porque son otras circunstancias y es otro el problema moral que
reverbera allí, es la misma frase que parecerían pronunciar muchos de los que
aceptan militar en movimientos políticos o religiosos -a veces es difícil
encontrar la frontera- que son más bien rebaños y turbas enceguecidas.
El
principio suele ser noble y conmovedor: hay una causa por la que vale la pena
luchar, hay unos valores que conviene defender, hay unos ideales morales y
éticos que justifican todo sacrificio y toda confrontación. Pero como la
política es el juego por excelencia del poder, en eso consiste, de eso se
trata, muy pronto se impone su lógica utilitaria y perversa, su cinismo, su
mezquindad, su desvergüenza, su hipocresía, su voracidad.
Entonces
empieza a ser evidente que hay un abismo desgarrador entre los ideales y la
realidad y que para llegar al poder y conservarlo hay que ir sacrificando, uno
por uno, todos los principios que hasta la víspera se tenían por sagrados e
irrenunciables, innegociables, inamovibles. De hecho, en su nombre, lo común
antes era censurar de forma severa e implacable a los enemigos, enrostrarles su
impureza, su venalidad, su escandalosa corrupción.
Pero
ahora que hay que claudicar y transarlo todo, ahora esa moral de ayer que
parecía absoluta y pétrea, una promesa solemne, ya no lo es tanto y se va
llenando de fisuras y de grietas, de impúdicos matices, de pretextos y
justificaciones vergonzosos, de razones que si estuvieran en boca del contrario
serían suficientes para las más feroces y brutales, y acaso válidas y
necesarias, lapidaciones.
Y sin
embargo no se puede decir nada, nadie de la iglesia puede señalar la obviedad
de sus contradicciones y su aviesa y retorcida manera de reproducir las formas
y los métodos de quienes hasta anoche nomás eran considerados el símbolo
inequívoco del mal y la opresión. Porque entonces viene el argumento
inapelable, la última razón del movimiento y sus dueños: ‘¡Es la causa, es la
causa, alma mía!’.
¿El fin
justifica los medios? Sin duda sí, pero también, en muchos casos, debería
determinarlos, condicionar su naturaleza a la del fin que se persigue con
ellos, porque quizás pervertido y degradado ese fin por la manera en que se
obtiene ya no valga nada ni sea el mismo…”
Hizo
usted bien, muy bien, maestro Mario Mendoza, al entonar un público mea culpa en
relación con su apoyo y fe en las caudas petristas. Entre otras cosas porque su
obra, a diferencia de las famélicas y perecederas de los cuatro de marras, sí
que está destinada a perdurar, y una mancha sectaria a lo Laski le haría mucho
pero mucho daño. Y por favor, por favor: nada de cejar producto del acoso sino
todo lo contrario: a hacer causa común con Constaín, Escobar, Faciolince,
Bonnett, Granés, Vásquez y hasta conmigo en contra de los utilitarios y
perversos y cínicos y mezquinos y desvergonzados y voraces hipócritas y
claudicantes e impúdicos y contradictorios retorcidos del Pacto Histórico, y no
se diga de los escribanos que los respaldan desde la prensa.
1026. Veo dubitar a Alemania frente al genocidio que
perpetra actualmente Israel en contra de los gazatíes; oigo callar al profesor
Moisés Wasserman ante el mismo horror y reflexiono en lo perjudicial y oneroso
que le resulta a la conciencia de una persona, de una sociedad, su mutismo -que
es otra forma de participar- y no se diga su concurso en una carnicería como ésta,
que ya se ha cobrado, mal contadas, sesenta mil vidas palestinas. Sopeso
aquello a la luz de estas palabras del científico y no sé qué pensar: “…Hemos
vivido paralelamente otra historia, una de progreso. No usamos ya
(afortunadamente) las normas del pasado, ni resulta correcto juzgar a los
antepasados con las modernas. Hemos adoptado un código universal de derechos,
se viene imponiendo el respeto a la igualdad, la libertad y la autonomía
individual. Esta historia enseña que todos somos ‘ancestrales y migrantes’.
Nuestras genealogías tienen el mismo tiempo dando vueltas, por distintas rutas;
algunos llegaron a un lugar un momentico antes que otros. Esos minutos (en
escala histórica) no tienen por qué generar ventajas exorbitantes. También nos
debería enseñar la historia que quienes llegan deben hacerlo a aportar, no a
imponer. Tal vez esa lección de humildad nos ayudaría, a unos y otros, a que
esas vueltas que damos por el planeta sean más benevolentes, placenteras y
respetuosas con los demás”; o bien que a quien oigo es a un cínico redomado, o
que quien me habla es un senil y un demente: una de dos. Lo segundo, a juzgar
por la calidad de su escritura y sus conocimientos, queda por completo
descartado. Lo primero, si se hubiera escrito antes de la degollina del
yihadismo palestino del 7 de octubre de 2023 en suelo israelí y de la
subsiguiente e indiscriminada venganza según los preceptos del Antiguo
Testamento, lo estaría al menos parcialmente. De verdad que se necesita tener
un altísimo grado de desvergüenza para incurrir en un colofón tan tierno cuando
se perpetra algo como lo que está ocurriendo en Oriente Próximo. Se dirá el
columnista lo que millones de judíos que hoy callan: que 60.000 inmolados son
una fruslería frente a los 6.001.200 de su pueblo.
1027. ¿Que demasiados videntes compadecen -y no sin
cierta razón- a los ciegos, congénitos o devenidos? Pues el que yo fui hasta
antes de la covid que me atacó en la Semana Santa de 2025 sentía por todos
ellos, salvo por los perfumistas y dichosos afines, una lástima que de lejos
supera la que se nos tributa a los descendientes de Tiresias:
“No se
entiende por qué razón las bellas artes han girado alrededor, principalmente,
de dos sentidos, el oído y la vista. La pintura, la música, la literatura, el
teatro o la danza se inician en el oído o en la vista. Solo la escultura
convoca de lejos al tacto. En cuanto al gusto, aunque su capacidad desencadenante
sea poderosa (como quedó probado en el famoso episodio de la magdalena
proustiana), parece haberse quedado para placeres sensuales efímeros, si bien
intensos. Del olfato, la cenicienta de los otros cuatro sentidos, podemos decir
que ha de conformarse con el lugar de los segundones. Y sin embargo,
difícilmente se le podría privar del privilegio de poseer, como ningún otro, la
llave del pasado. Acaso porque es un sentido ciego, mudo y sin tacto, todo ha
de fiarlo a su memoria. Si uno tuviera una oficina de patentes de ideas […],
trataría de patentar la conservación y difusión de algunos olores. Por ejemplo,
el de algunos guisos caseros que nos hicieron felices en nuestra infancia; el
del mar; el del humo de leña una mañana de invierno; el de un pinar, asociado a
la brisa marina. Y creo que sería un gran adelanto el que los cuadros pudieran
difundir sus perfumes: el campo de amapolas, la naturaleza muerta de unas
manzanas, los frutos del huerto, el vaso con jazmines”, ¡el de la “adolescente
morbosamente sentada con las piernas abiertas enseñando las bragas”, de Balthus!
Menos
mal que mis compadecidos no saben -ni tienen cómo enterarse- de la anosmia que
me duró dos o tres meses y que, una vez superada, le dio paso a una pesadilla
llamada parosmia -¿o cacosmia?- que hasta hoy dura y que raro no sería que dure
para siempre. La muy puta.
1028. Cierto… ¡certísimo!: “Si juntaran en una gran
cena a todos los premios Nobel del mundo, los cien o doscientos que seguramente
viven, es probable que uno no conociera más que a uno o dos, y esos por
pertenecer al gremio de los escritores. El de la notoriedad y la fama es, en un
mundo en el que por lo demás no resulta difícil alcanzarla, el más relativo y
caduco de los afanes humanos”. Necio el que, consciente de esta verdad hogaño
inapelable, se empeñe y mortifique y porfíe en cosechar aplausos, con o sin
talento. Que hagan como yo que, sabiéndome del montón entre los menos
mediocres, trabajo sin paga ni reconocimiento, en la esperanza de que un
consejo a propósito de la desesperación que me diera Burke un día pruebe al
cabo su eficacia.
1029. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Esta
es la única manera de explicar el cruel rumbo que ha tomado el siglo XXI. En
vez de ofrecer optimistas augurios de un mundo unido por la tecnología y la
paz, se empecina en atribularnos con males a menudo evitables: una pandemia
paralizadora, pueblos en ruinas cercados por el hambre, agresión constante
contra la naturaleza, mortal retroceso científico por falta de fondos, nuevo
armamentismo en permanente actividad, embates contra la educación de calidad
desde las cavernas de la ignorancia, expansión de la ideología insolidaria y
consolidación de dirigentes aplaudidos por redes sociales de acomodo que
empiezan siendo una farsa y terminan siendo una tragedia. […]
¿Qué
imágenes icónicas nos deja el cuarto de siglo que está por terminar? Ya no son
el ferrocarril trepidante a través de la pradera, el hombre en la luna ni la
doble hélice del ADN. Sino, primero, un desagradable sujeto color zanahoria de
cachucha y corbata que se pasea como rey del universo y mide en tarifas y
dinero hasta los valores sociales y espirituales. Segundo, los restos de
cemento y hierro de ciudades bombardeadas y miles de cadáveres inocentes y
niños esqueléticos a los que se niega el agua y el pan. Tercero, africanos sin
vida que flotan en el océano cuando intentaban alcanzar tierras más prósperas,
y miles de inmigrantes hacinados en cárceles y campos de concentración que
pagan el delito de golpear puertas para dar de comer a sus hijos.
Si las
cosas, los hábitos, los valores y los dirigentes no cambian, la etapa que
empieza en enero de 2026 y termina en 2050 podría sellar el futuro que resta a
los peligrosos seres que ocupamos la tierra. Malvenidos al segundo cuarto del
siglo, señoras y señores” (Daniel Samper Pizano).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1030. A que no adivinan lo que tienen en común uno
que insultó a un policía de tránsito llamándolo “negro hijueputa”, otra que
llamó “sirvienta” a una niñera, y un tercero que declaró: “Nadie que sea negro
me va a decir que no puedo nombrar a un actor porno”. ¿De verdad se rinden?
¿Sin aventurar una respuesta siquiera? Pues bien, se lo digo: su militancia de
años en el buenismo más incluyente y respetuoso de los las y les vulnerables que
conozca la historia.
1031. Con todo y lo gordo que usted me cae, estimado
William Ospina, le aseguro que para salvar a nuestro pobre país de la pesadilla
que amenaza con prolongarse si el 7 de agosto de 2026 vuelve a ganar las elecciones
la izquierda maniquea y facciosa presidida por el que sabemos, o si regresa al
poder la extrema derecha dispuesta ahora sí a no apearse de él nunca más y a
ajustarle las cuentas al medio país que eligió al Pacto Histórico, apoyo su
candidatura si resuelve lanzarse a la presidencia. Programa de gobierno ya no
necesita, pues su artículo titulado ‘Tareas para Colombia’ con creces lo
contiene. Lo malo del asunto es que para materializarlo, dado lo nefelibata e impracticable
que resulta, va a tener que seguir los pasos de Cabello, Bukele y Murillo, y
los de Trump y Petro si se lo permitimos.
Adenda:
y lo felicito por su único artículo que sin concesiones ni retoques fotografía
de cuerpo entero al cínico delirante por el que en 2022 votaron más de once
millones de colombianos: ‘El que solo vende futuro siempre tiene algo que
ofrecer’.
1032. Un ejercicio para desocupados con talento
crítico. Coger con pinzas un artículo que Julio César Londoño tituló ‘Fluidez y
poesía’ y analizar, a la luz de sus anotaciones y consejos, el éxito literario
de los escritores colombianos que hoy lo rebasan a él en ventas y premios -todos
los que yo conozco-. Preguntarse para por último concluir por qué, a pesar de
que el contenido de esa reflexión suya es en lo fundamental acertado y su
escritura de él fiel reflejo de sus convicciones, nada sino una gris figuración
vernácula le ha deparado este arte. Aventuro la mía: se equivoca el autor en su
pretensión de singularizar a un grupo heterogéneo entre los más como el de los
lectores, que si a algo aspiran es a que la literatura les ofrezca un sinnúmero
de estilos y de formas de expresar y comunicar. Para no ir muy lejos, el lector
que soy vibra con la misma fuerza si lo que lee es la prosa torrencial de Celia
se pudre, la límpida de Los ejércitos o cualquier obra desde luego buena a
caballo entre una cosa y la otra. Pongamos Fragmentos de amor furtivo o Basura,
del gran Faciolince. Y que Dios me libre de ambicionar la homogeneidad en nada,
y mucho menos en esto.
1033. A mí sí que me duele, don Arturo, no haber
sido criado en esta época y ser, por ende, generación Z o Alfa:
“…Me
asombra, aunque a mi edad cada vez se asombra uno menos de todo, el afán
protector que para lo obvio despliegan ahora gobiernos, ministerios e
instituciones varias. Esas ansias por advertir de lo que nadie ignora, mientras
los verdaderos desastres, las amenazas serias, suelen gestionarse tarde y mal
[…]. Así que o los ciudadanos nos hemos vuelto imbéciles, que no es
descartable, o las autoridades competentes, como resultado de su propia y
siempre reciente incompetencia, extreman el celo preventivo fácil para después
eludir el marrón gordo. No será porque no advertimos: caminen por las aceras,
crucen por los pasos de peatones, abran paraguas si llueve, protéjanse del
frío, no estén bajo los árboles si hay tormenta. Sentido común de toda la vida,
pero dicho con mucha gravedad y un toquecito apropiado de alarmismo: alerta
amarilla, verde, naranja, roja, azul. Inmersión, inmersión. Luego no digan que
no advertimos de que iba a llover. […]
Estos
días los telediarios ofrecen piezas maravillosas. Advertimos, dicen, que las
siguientes imágenes pueden herir sensibilidades. Y acto seguido sale un macario
sudoroso mientras levanta un botijo, o una maruja abanicándose. Y si pese a
todo conservas cierta lucidez y no han logrado volverte completamente
gilipollas, piensas que la sensibilidad hace tiempo te la hicieron bicarbonato.
No por el calor ni el frío, sino por la infantilización idiota del mundo en que
vives. Por ese paternalismo empeñado en recordarnos cómo debemos vivir y
respirar. Hasta hace nada, eras único responsable de tus actos: si corrías en
agosto bajo el sol y te daba un jamacuco, pues te jodías y tomabas nota. Lo
peor es que hoy descargamos en el boletín meteorológico, el ministerio y la
tele el resultado de nuestra imprevisión y estupidez, culpándolos de no
explicar lo suficiente que la lluvia moja y el sol hace sudar.
Y aquí
seguimos: frágiles de cuerpo y espíritu pero hiperconscientes, a diferencia de
nuestros abuelos -inquieta imaginar cómo pudieron sobrevivir sin alertas
naranjas-, del riesgo de tener calor o frío. Y al cabo nos preocupan menos los
incendios forestales, el paro juvenil o que los críos salgan del cole sin saber
quién era Quevedo ni dónde queda Teruel, que no llevar una botella de agua -con
tapón inseparable, naturalmente- cuando salimos a comprar el pan en el mes de
agosto.”
Y para
rascarme la inquina de haber nacido en un tiempo en el que mis padres me
dejaban salir a jugar a la calle hasta la medianoche con mis amigos videntes
siendo yo ciego, y, preocupados pero resueltos, me enseñaron a viajar en el
salvaje transporte público de la época para ir al colegio cuando contaba apenas
diez años, y no se opusieron a que trabajara cuando a los dieciséis años
embaracé a la vecina o a que viajara a la peligrosísima Medellín de entonces
para emborracharme con mis amigos, yo contribuyo a la sobreprotección de
nuestros niños, adolescentes y jóvenes de cristal anunciándole a mi nieto de
diecisiete años que a partir del mismo día en que cumpla los dieciocho se
deberá hacer cargo de su situación económica para que ojalá al día siguiente
comience a vivir aparte, y que si llega a cometer la osadía de embarazar a la
novia no puede contar conmigo en modo alguno, y a mis estudiantes
universitarios que si llegan a perder la materia con la nota que sea se ahorren
ruegos y lágrimas e insinuaciones porque van a perder el tiempo, y que se
cuiden muy mucho de fallar a clase porque el día que ajusten las fallas
contempladas en el reglamento la materia va a estar perdida irremediablemente y
no se diga de hacer copia en un examen porque entonces lo que va a estar en
peligro no es ya la materia sino su permanencia en la universidad.
A una
mayoría apabullante de los psicólogos y los psicopedagogos del mundo (o al
menos de Occidente) les debemos, maestro Pérez-Reverte, esta hiperpandemia de
necedad de buenistas y buenismos, de tuteos y prevenciones pormenorizadas, de safe
spaces universitarios y pet-friendly iglesias y hospitales, de
lenguajes incluyentes y triplicaciones del género, de impedimentos para que los
niños crezcan, los jóvenes maduren y los adultos afronten las consecuencias de
sus acciones y omisiones. Propongo que, a fin de empezar a enmendar la plana,
acallemos (después de abofetearlos convenientemente, eso sí) a los artífices
primigenios del desastre colectivo y, de ser preciso (lo va a ser), tornemos a
la disciplina punitiva que en mala hora se desarraigó de los hogares y la
escuela toda y, ya puestos, la entronicemos en hasta el último estamento de la
sociedad.
1034. Lo que es la fuerza de un argumento:
“…Ahora
leo que el jardín zoológico de Copenhague propone a los daneses que tengan
mascotas a las que ya no se sientan apegados que renuncien a ellas y las donen
para alimentar a los feroces carniceros del zoo. Si lo hacen pueden obtener
incluso beneficios fiscales, además de verse libres de una compañía indeseada.
Por supuesto, en otros países -incluido el nuestro- se han alzado voces
indignadas contra esta propuesta escandalosa. En nuestras instituciones los
animales, por feroces que sean, son alimentados según disponen los métodos
perfectamente humanitarios, de acuerdo con lo que exigen las costumbres más
anestésicas: sin un rugido de entusiasmo fuera de lugar…
Sería
monstruoso ofertar lo que un día fueron nuestros animales de compañía como
pasto de bestias cuyos gustos, por muy enjaulados que estén, siguen siendo salvajes.
Pues no sé, a mí no me parece la solución danesa tan mala forma de reutilizar
material sobrante. Incluso lo pienso como el más adecuado destino para mí
mismo. En lugar de los pasillos higiénicos, las batas blancas o verdes y las
agujas hipodérmicas que nos esperan dentro de no mucho, enfrentarnos a las
garras acolchadas y los hambrientos ojos amarillentos de un felino implacable.
En este mundo de hipocresía y falsos cariños, ¿quién puede desearnos con mayor
sinceridad y entrega menos engañosa que un tigre con buen apetito?”
Le
confieso que hasta hace media hora yo también me sentía, estimado y admirado
Savater, horrorizado por lo que juzgué un exabrupto y la ocurrencia macabra de
uno o varios bellacos. Pero nada más leer su artículo y releerlo para
asegurarme de que sí había entendido lo que creía que había entendido, no pude
por menos de asentir para mis adentros al tiempo que me decía que resultaba del
todo menos cruel “donar” una mascota de la que ya me hastié o que simple y
sencillamente no puedo seguir cuidando que abrirle la puerta del carro o de la
casa para que se pierda, o incluso regalársela a alguien que, por otra parte,
no sé si la va a querer y a cuidar con el esmero con que yo la quise y la
cuidé. Y es que en el caso que nos ocupa ocurre lo mismo -salvo las excepciones
que nunca faltan- que con los farisaicos “provida” que se desgañitan gritando
en contra de la legalización del aborto y la eutanasia: que su compromiso con
los animales callejeros y los maltratados concluye con la disolución del
plantón y el griterío.
Adenda:
ningún colofón más a propósito para una obra tan meritoria que una muerte como
la que se le acaba de ocurrir. ¡A ponerla por obra!
1035. ¿Que “todos los asesinatos son viles”, afirma
usted, don Fernando? ¿En serio todos? ¿También el que a mi juicio de Trump por
desgracia no fue? ¿Y qué tendría de vil, salvo que se morirían sin purgar sus
múltiples crímenes de lesa humanidad, el que ojalá un suicida ajusticie a Putin
y a Netanyahu, a Murillo y a Cabello? ¿Que se mueran de viejas entonces estas y
otras carroñas, protegidas por las garantías de un Estado de derecho? ¿Así, sin
más, sin sufrimiento ni dolor, con la barriga llena y el corazón contento?
¿Pero es que no lo avergüenza una generalización tan burda, y dentro del mismo
artículo que contiene esta perla que incluso yo, un antitaurino de mente y de
corazón, califico de hermosa: “…A ver quién puede ofrecer más en nuestra
actualidad de sectarios, corruptos y falsificadores de títulos. Los diplomas de
los toreros son los más auténticos que hay porque están firmados con su sangre:
en el ruedo nadie puede hacerse pasar por lo que no es, porque el toro es un
tribunal que no admite recomendados. De todas las grandes fieras quizá ninguna
impresiona más que el toro bravo porque guarda su seriedad hasta el final.
Leones y tigres muestran sus colmillos entre rugidos y el gran tiburón blanco
deforma sus fauces por afán de morder, pero el toro no se inmuta con gestos
fanfarrones: va a por el torero mortalmente serio, como quien va a misa. Que
luego resulte engañado una y otra vez no es más que otra metáfora vital, porque
en la tauromaquia todo es metáfora desde el riesgo hasta la muerte misma”? A
usted yo lo creía, por todo y por todo lo demás, uno de los míos.
1036. Se me antoja que, sobre esta cuestión tan
espinosa, la suya es la primera reflexión que comienza por la autocrítica:
“Mi
cerebro opera a menos revoluciones que en el siglo XX y no necesariamente tiene
que ver con la vejez. Durante aquella prehistoria predigital almacenaba mucha
más información. Mi memoria retenía veinte números de teléfono; ahora solo sé
el mío. Guardaba rutas en la cabeza de cómo llegar del punto A al punto B o
descifraba mapas de papel para llegar a lugares desconocidos. Ahora recurro a
Google Maps para salir a comprar el pan.
Y todo
así. Fechas históricas o de cumpleaños, direcciones, simples cálculos
matemáticos, citas de libros, la agenda de la semana. O, para mi trabajo, los
sinónimos. Antes rastreaba mi cabeza para buscarlos; ahora voy a ChatGPT.
Traducciones del español al inglés o viceversa, las hacía yo. Ya no es
necesario. Sigo leyendo libros, pero menos. Las series exigen menos esfuerzo
mental.
Soy, en
resumen, más idiota de lo que fui […]. El consuelo es que no estoy solo. Todos,
o casi todos, somos más idiotas de lo que fuimos. Los datos lo demuestran…”
Al menos
usted y yo, y los que hoy son como mínimo cuarentones, tenemos el consuelo de
decir que nos estamos volviendo cada vez más idiotas… pero ¿y mi nieto y sus
coetáneos los Alfa y los Z qué? ¿Mi nieto, que ayer no supo sacarle la quinta
parte a quince mil, o sea multiplicar tres por cinco, en décimo grado que está?
(Y mi madre y mi hermano dele que dele a la tabarra de que vuelva a la
universidad, que les duele verme aquí encerrado, sin enseñar y por tanto sin
relacionarme con nadie, pudriéndome de soledad y tristeza anticipadamente, en
lo que llevan razón).
Ay si
supieran, Johncito querido, que prefiero este maldito presente mío de hikikomori
a la frustración de enfrentarme a la desgana invencible de todos esos adictos
digitales cuyo único interés es que les entreguen, y sin que medien trámites, el
diploma de profesionales, de especialistas, de maestros o de doctorados en el
programa de tiza y tablero que sus papás les subvencionan. Si tan siquiera
tuviera la certeza de que me voy a poder acostar con una alumna por semestre,
le juro hermano que me lo pensaría muy en serio. Pero el tiempo ha pasado y me
siento prácticamente un extraterrestre frente a todos estos muchachos con su
lenguaje colonizado por imágenes y memes y gestos, indescifrables para mi
ceguera.
1037. ¿De modo que prácticamente cien años antes de
que Greta y sus muchachos se desgañitaran intentando prevenir al mundo contra
lo que dentro de cien se tendrá por la mayor estupidez colectiva de la especie,
había ya quienes lo intuían?:
“…-Es
asombroso -dijo Connie- lo diferente que se siente uno cuando hace un día
fresco y agradable. Normalmente parece que el aire está muerto. La gente está
matando hasta el aire.
-¿Crees
que es la gente? -preguntó él.
-Lo
creo. Los vapores de tanto aburrimiento, tanto descontento y tanta ira matan la
vitalidad del aire. Estoy segura.
-Quizás
sea que algo que haya en la atmósfera disminuya la vitalidad de la gente -dijo
él.
-No, es
el hombre el que envenena el universo -aseguró ella.
-Pudre
su propio nido -señaló Clifford.”
Y
mientras se les chamusca el culo en medio de los incendios forestales que alimentan
temperaturas infernales que hasta ayer no más Europa y los Estados Unidos
desconocían, sus respectivos descerebrados repiten al unísono con los
negacionistas de la extrema derecha por los que votan que el cambio climático
no es otra cosa que un invento de ambientalistas y ecologistas mamertos,
enemigos del progreso y del libre mercado. Y ahí seguirán sus hijos y nietos,
muertos de sed o con el agua al cuello y vitoreando a los ultramegamillonarios
de turno cuando abandonen el erial que para entonces será la Tierra con rumbo a
la Luna, a Marte o a donde diablos hayan instalado a la sazón a sus cochinas
proles.
Adenda: ¿supo
la maravillosa lady Chatterley del tío Vania y de su pertenencia a Fridays For
Future?: “El hombre está provisto de razón y de poder creador para incrementar
aquello que le ha sido dado, pero hasta el presente se ha limitado a destruir y
no a crear. Cada día hay menos bosques, los ríos se secan, los animales
salvajes están casi exterminados, el clima ha empeorado, y la tierra es cada
día más pobre y espantosa”. Tanto si sí como si no…
1038. “¿No hemos deseado a veces, de un modo
abstracto, la muerte de aquellos que han causado un daño irreparable y atroz?”:
lo de ‘a veces’ nada porque mi odio no conoce tregua, y lo de ‘abstracto’
tampoco porque mis pulsiones de venganza respecto de los malditos son de una
concreción rayana con lo sexual. Desearles la muerte a Netanyahu, a Putin, a
Trump entre otra escoria humana presente no es más que el colofón de
sufrimientos indecibles que clamo para ellos y para sus escuderos en las tinieblas
y en la penumbra. ¿Padecer escrúpulos de conciencia por albergar en la mente y
el corazón sentimientos que todos experimentamos pero sólo muy pocos
reconocemos? Los mismos que mortifican a esos y a otros cabrones a la hora de
desgraciarles la vida a miles, a cientos de miles, a millones de personas que no
cuentan en sus ambiciones y cálculos ni como cifras.
1039. Yo, Trapiellito, yo, leedor y escribidor a
duras penas, la de cosas que me he inventado para escoger, de entre la sobreabundancia
que me llegó con el computador y el internet y mi Tiflolibros del alma, los títulos
que alcance a leer en esta vida que aspiro a que no sea larga sino todo lo
contrario:
“Homero
no leyó a Virgilio, ni siquiera a Sófocles ni a Esquilo. Virgilio no leyó a
Dante ni a Petrarca. Petrarca no leyó a Garcilaso ni a John Donne. Cervantes y
Shakespeare ni siquiera se leyeron entre ellos, siendo contemporáneos y pese a
las suposiciones, y ninguno de los dos leyó a Tolstói o a Stendhal. A medida
que transcurren los siglos, el pasado es tan abrumador, que acaso tenga el
escritor que desandar el camino y olvidar parte del admirable legado que ha
llegado a sus manos, su patrimonio, y aprender a ser pobre por los caminos como
los vagabundos, como aquel poeta ciego que fue la suma de otros cien poetas vagabundos,
ciegos también. ‘Una vez más soy pobre’, decía Emily Dickinson. ¿Quién? Ya lo
he olvidado. Y ante la imposibilidad de ser ciego como ellos, uno cierra los
ojos.”
Yo,
hermano, que nací con ellos clausurados, no he leído -y tal vez no lo haga ya-
ni a Dickinson ni a Stendhal ni a Tolstói ni a John Donne ni a Garcilaso ni a
Petrarca ni a Dante ni a Virgilio y, sin embargo y para que se aterre, engalana
mi currículo un título de maestro en literatura, y con tesis meritoria. Les
resultará inexplicable a muchos que no haya leído a Dickinson pero sí a Bolaño,
no a Stendhal pero sí a Knausgard, no a Tolstói pero sí a Lucia Berlin, no a
John Donne pero sí a di Lampedusa, no a Garcilaso pero sí a Sterne, no a
Petrarca pero sí a Fernando Vallejo, no a Dante pero sí a Pérez-Reverte, no a
Virgilio pero sí a Askildsen, y todo por culpa de y gracias al bendito azar,
que es quien elige por mí. Le cuento que la última fórmula que me saqué del
sombrero consiste en tomar nota de los títulos que ensalzan usted y mis columnistas
de opinión de cabecera para así saber qué libro va a seguir a Fractal, cuál a
El Gatopardo, cuál a Tristram Shandy y cuál a ‘Hiroshima’, los cuatro en que
ando enzarzado. (Se la recomiendo a usted y a todo el que se sienta agobiado
por la infinitud más dichosa que quepa imaginar. Bueno: salvo la por completo
improbable de tener ante mí, desnudas y anhelosas, a mil o a cien o siquiera a
diez entre mujeres y mojachas que me corten el aliento.)
1040. Más de veinte años de docencia universitaria
me sirvieron para comprobar lo que ya sospechaba: que existe, desde que el
mundo es mundo -por decirlo de alguna manera-, una discapacidad abrumadoramente
mayoritaria que nunca se va a nominar y por ende a diagnosticar, pues hacerlo
sería poner a nuestra especie tan soberbia y megalómana ante una verdad de esas
que apenas si se pueden soportar:
“…Si aún
no están hartos de soplos para leer mejor, escuchen uno más, este de mi
cosecha: no hagan ni puñetero caso de todas estas listas de promesas de
felicidad. Hay libros que pueden y me atrevería a decir que deben salvarnos la
vida, pero es muy improbable que demos con ellos siguiendo las miguitas de pan
que otros han dejado caer por el camino. Salvo que conozcamos a alguien cuyo
espíritu sea gemelo al nuestro, dejarnos guiar por los gustos ajenos es un
conformismo de bobalicones. Y los bobalicones no se salvarán con libros ni con
ninguna otra cosa de este mundo, sólo mejorarán tras la autopsia.
Encontrar
las lecturas que más nos convienen es precisamente una de las mejores cosas que
aprendemos leyendo. Para lo más urgente e importante que sirven los libros es
para descubrirnos que existen otros libros aún más urgentes e importantes. La
lectura es parecida a una cesta de cerezas, tiramos de un ramo y salen
enredados otros muchos. ¡Y qué alegría, qué enorme placer comprobar que nuestro
olfato no ha fallado y que el timbre que sonó dentro de nuestro cacumen al
conocer un nuevo título o un autor desconocido en la página que estamos leyendo
se convierte luego en otro de esos misteriosos pero necesarios amigos que nos
llegan a través de la literatura!
Pocos
vínculos más lúcidos y provechosos, pocos afectos más tiernos o más excitantes
me han sucedido como los que me regaló mi instinto de sabueso a través de
páginas afortunadas. ¿Que a ustedes nunca les ha ocurrido algo semejante? Pues
nada, no se desanimen, sigan fieles a la lista de los más vendidos o de las
novedades del mes…”
Discapacidad
artística: dícese de una tara que -y peco de generoso- sufren ocho de cada diez
personas a las que, salvo el prurito de salir corriendo despavoridas, no les
dice nada en absoluto un mejor concierto del mundo -el para piano en la menor
de Schumann-, una mejor sinfonía del mundo -la ‘Titán’ de Mahler-, una mejor
pintura del mundo (“en uno de sus cuadros aparece una adolescente morbosamente
sentada con las piernas abiertas enseñando las bragas y a sus pies un gato…”
que “da lengüetazos a un plato de leche”), un mejor cuento del mundo -‘El
rastro de tu sangre en la nieve’- o una mejor novela del mundo -El Gatopardo-.
Un par de atenuantes: a una de las ocho personas en cuestión, pese a haber
nacido provista del gen que posibilita la apreciación y el disfrute estéticos,
uno o varios profesores ceporros se lo desactivaron si en el bachillerato la
torturaron con, verbigracia, Max Bruch, el Ulises o Dalí, o si por desgracia
nació y creció y vivió en condiciones en las que no se tiene noticia de nada
llamado arte.
1041. ¿Qué se le agrega a la completitud?:
“…Eso es
el coraje: gracia bajo presión, por decirlo como Hemingway, el don de hacer
reír cuando uno sabe que se está jugando la vida. No creo que los seres humanos
seamos capaces de nada mejor; tampoco lo creía Winston Churchill. Éste escribió
en una ocasión (…) que el coraje es la base, el fundamento, la condición de
posibilidad de todas las demás virtudes; cierto: pocas virtudes más altas que
la bondad, pero la persona más bondadosa del mundo puede convertirse en un
canalla si, dadas determinadas circunstancias adversas -un golpe de Estado, sin
ir más lejos-, carece del coraje suficiente para ejercer su propia bondad. […]
Y, como
se trata de la virtud máxima, esencial, es un misterio; hasta que llega la hora
de la verdad, nadie sabe quién lo posee y quién no: quien parecía más valiente
puede revelarse como un cobarde, y quien parecía más cobarde puede revelarse
como un valiente. Y por eso, cuando vienen mal dadas, las personas en principio
buenas son capaces de hacer cosas muy malas y las personas en principio malas
son capaces de hacer cosas muy buenas. Nadie sabe cómo va a reaccionar en la
hora de la verdad, así que lo mejor es evitar que llegue, para que no tengamos
que averiguarlo.
El
problema es que siempre acaba llegando. Borges escribió que ‘cualquier destino,
por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el
momento en que el hombre sabe para siempre quién es’. Siempre acabamos
sabiéndolo, el momento siempre llega…”
A falta
de ningún dios al que pedirle nada, ¿de qué maniobras me valgo yo, maestro,
para que mi fatum me depare decoro y dignidad, y no en escasa medida, llegado
el momento y ante la peor de las tesituras?: desahogo 910.
Adenda: una
sola historia conozco -dos a lo sumo, pero no más- de alguien que fue mi amigo
y que murió, no como un héroe de cartón piedra sino como uno de cinco letras
tras ser apuñalado en el corazón por defender a una muchacha a la que un par de
malparidos le quisieron robar la bicicleta. ¿Que “cualquier destino, por largo
y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que
el hombre sabe para siempre quién es”? Eso que lo digan hoy los gazatíes que
padecen un genocidio brutal y una hambruna feroz, desatados por Hamas y por
otros yihadistas enemigos de su pueblo, y perpetrados por Netanyahu y sus
carniceros. ¿Pero yo que, como usted y Borges y casi todos los demás, he
cometido unas cuantas villanías y en el mejor de los casos uno o un par de
actos en cierto modo valerosos? Le confieso que es la primera vez que oigo
desbarrar, salvo que con atenuantes de contexto, al sabio argentino.
1042. Yo, que resolví no volver a hablarle a mi
hermano el cristiano hasta que deje de hacerse el desentendido frente a las
obligaciones que consuetudinariamente incumple con Orfi -que todo se lo justifica-,
le dejo esto escrito a él que, por no pensar por sí mismo -si lo hiciera, no
veneraría al pastor que le sorbe el seso-, deshonra en lo fundamental los
preceptos de los evangelios:
“…¿Y
quién fue Jesucristo? Permítanme volver a lo más elemental, que es lo que con
más facilidad se olvida: Jesucristo fue un peligro público, un radical, un
revolucionario, un subversivo, un tipo tremendo que decía cosas tremendas: yo
no he venido a traer paz sino espada, por ejemplo; o antes entrará un camello
por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos; o todos los
seres humanos somos iguales y merecemos la misma consideración y el mismo
afecto […]. Ítem más, Jesucristo andaba por ahí rodeado de individuos poco
recomendables: de marginados, de pobres de solemnidad, de prostitutas…”
Es decir
de toda esa gente a la que en Avivamiento y otras empresas de la fe más
anticristiana en que se pueda pensar le asignan no los puestos VIP, reservados
para los que diezman y ofrendan con largueza, sino los invisibles, donde no
hiedan ni ofendan el fasto chabacano del pastor y su virtuosísima familia. A
ellos,a los carnales de Chucho, mi hermano los llama, y con un melindre y un
desdén que ofenden mi ateísmo manso, ‘gente maluca’ y otras lindezas. ¿O por
qué creen ustedes que vota, como cualquier ultrafanático del catolicismo más
rancio, por la derecha más radical que se lance a las elecciones de que se
trate y cuyos candidatos jamás le parecerán lo bastante resueltos y
convincentes?
1043. Pero y ¿cómo le hacemos, Irenita, para que mi
tío y su familia, cristianos sudacas y votantes del xenófobo Trump, y mi
hermano y su esposa cristianos, que de la inseguridad de la siempre violenta
Colombia culpan a los venezolanos arrastrados al exilio por la dictadura
cabellochavista, entiendan estas verdades de a puño que tú planteas en clave de
belleza clásica, que tan bien se te da?:
“Dicen
que la inmigración nos hunde en la mezcla y el desorden. A la vez, abrazamos
una homogeneidad sin precedentes y con marchamo occidental. Aquí y allá las
mismas marcas venden idénticos productos y fabrican en serie nuestra ropa. Los
escaparates son iguales en las millas de oro de las capitales, escuchamos
canciones con millones de descargas, imitamos a celebridades mundiales
estereotipadas y un cóctel explosivo de propaganda y algoritmos nos configura
según sus moldes. Se diría que el caos de la pluralidad no es nuestro problema
más alarmante.
Alimentamos
una falsa imagen de la pureza del pasado. Desde que partimos de nuestro primer
hogar en África, somos seres errantes, en su doble sentido, criaturas que
vagabundean y se equivocan. En la Roma imperial, tres cuartos de la población
eran descendientes de esa inmigración forzosa llamada esclavitud. […] El
campeón de los nostálgicos de la identidad perdida, Juvenal, hervía de
indignación viendo Italia ocupada por esas gentes insufribles cuya patria
habían invadido las legiones romanas: ‘No soporto una ciudad llena de griegos;
Siria desembocó en el Tíber y trajo consigo su lengua y sus costumbres’.
Menciona a moros, sármatas y tracios, se enfurece por la prosperidad de ciertos
extranjeros.
En la
que fue, posiblemente, la mayor oleada de emigración ilegal de la historia, los
colonos europeos de época moderna abandonaron su terruño para instalarse en
otros continentes sin la cortesía de pedir permiso a los habitantes autóctonos.
Por otro lado, cuando italianos, irlandeses, polacos y alemanes llegaron a la
tierra de las oportunidades, los estadounidenses catalogaron a aquellos judíos
y católicos como amenazas para la nación, imposibles de asimilar. […] Hoy, sus
descendientes -según decían, imposibles de integrar- ocupan cargos en
parlamentos, tribunales, universidades y grandes empresas, incluso la
presidencia del país. En realidad, cualquier tiempo pasado fue impuro y
desordenado. […]
Pero
nuestros antepasados fueron trashumantes y en cada hogar anida la memoria de
quien partió a lo desconocido, incluso sin papeles ni permisos: abuelos, tías,
hijos. Aún palpitan la piel y la angustia de nuestros familiares empujados a
otros horizontes: la lucha por subsistir, la lejanía de los seres más queridos,
las barreras del idioma, las leyes hostiles, el rechazo racista, la solitaria
indefensión y el fantasma del fracaso. […] En nuestra memoria cultural, también
la Biblia es rotunda. Dice el Éxodo: ‘No explotarás ni oprimirás al extranjero,
porque también vosotros fuisteis extranjeros en Egipto’. Insiste el Levítico:
‘Si un extranjero se establece entre vosotros, será como un compatriota más y lo
amarás como a ti mismo’. Jesús evoca en el Evangelio de Mateo: ‘Tuve hambre y
me disteis de comer, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me
vestisteis, en la cárcel y vinisteis a verme’. Son los discursos xenófobos los
que socavan esas tradiciones que decimos proteger…”
Imagínate:
si yo, que me di por vencido y abandoné la academia (donde mal que bien me
relacionaba con un número nada despreciable de muchachos sensatos) a causa de
la deriva dogmática y sectaria de algunos estudiantes y en razón de la
infestación tecnológica de las aulas y la universidad toda, ¿voy a poder, y a
querer, rescatar de su enajenación mental y afectiva a entre siete y diez
personas a las que estimo y quiero, pero a las que doy por perdidas de
antemano? ¿Qué podrían lograr mis palabras tibias frente a las candentes del
pastor que sea, a quien mis familiares escuchan y miran como a la mismísima
reencarnación del Cristo? Si se te ocurre algo, una de las brillanteces a las
que me tienes acostumbrado, te ruego que me lo hagas saber: 302 10 40 717.
1044. Medioevo Científico y Tecnológico:
“El aire
huele a maldad, a carne quemada y apocalipsis. Qué terribles podemos llegar a
ser los humanos. Alcanzaremos Marte y desarrollaremos tecnologías tan poderosas
como la IA, pero seguimos siendo incapaces de controlar nuestra violencia y
nuestras vidas. Emocional y éticamente, nos separa muy poco de los trogloditas.
El Homo
sapiens lleva 300.000 años sobre la Tierra, apenas un suspiro en el tiempo
cósmico. Y en los últimos 80 años, es decir, en una ínfima brizna de esa brizna
de tiempo, nos las hemos apañado para ponernos tres veces en riesgo de
extinción por nuestra mala gestión de la tecnología. Nuestra especie está en
riesgo por el armamento nuclear, por el calentamiento climático y por la
inteligencia artificial. En sólo 80 años. Si seguimos intentándolo lo vamos a
conseguir…”: ¡que así sea!
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la
realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1045. “No matarás”: sencillo y deseable si el mundo
estuviera poblado exclusivamente por faros éticos y morales llamados Mircea,
Jaime, Abel, Nacho y algunos otros cuyos nombres y apellidos figuran en este
blog y en estos desahogos. ¿Pero no ansiar hacerlo cuando del otro lado están
los Antonio Sánchez alias el Patilla, los Vladímir Putin alias el Bicho del Kremlin,
los Benjamín Netanyahu alias el Carnicero de Gaza, los Donald Trump alias el
Heliogábalo Anaranjado y demás escoria humana de que asimismo ellos se ocupan? “No
matarás… sin sevicia” es lo que debiera ordenar el quinto mandamiento de una fe
alterna que propugne no la impunidad y el perdón a los malditos sino el ojo por
ojo y diente por diente. Que jamás debió abolirse.
1046. “Mi profe -me dijo la muy pendeja-, ¿puedes
recomendarnos un libro edificante para nuestros niños, niñas y adolescentes?”
“Desde Luego que sí, estimadísima… ¡Ninguno tan edificante como El marino que
perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima!”
1047. ¿Que a ustedes, como a mí, les causa
curiosidad morbosa el papel que desempeña la mujer de un psicópata poderoso de
la política vernácula o transnacional en la carrera de su marido, y darían lo
que tienen por introducirse clandestina e imperceptiblemente en sus alcobas, en
sus casas y en sus vidas? Lean entonces Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta,
y donde diga Andrés Ascencio pongan el nombre del cabrón que sea, y donde diga
Cati Catita o Catalina pongan el nombre de su víctima-consorte, su celestina-consorte
y su consorte y a la postre némesis.
1048. Que todos los tiempos traen aparejado al menos
un tabú, lo prueba el escándalo más que ridículo en torno al romance que Cormac
McCarthy inauguró con Augusta Britt cuando ella contaba diecisiete años y él
cuarenta y tres. Es decir, cuando ella era ya prácticamente una adulta con
revólver al cinto y él, un hombre hecho y derecho aunque inerme que se vio de
repente abordado por esa adolescente otoñal que con fruición leía El guardián
del vergel. Treinta años hubieron de pasar desde la primera vez que conversaran
el novelista y su Augusta Britt para que yo, a mis 32, incurriera en una dicha
análoga con una adolescente de dieciséis a la que no hay día de mi perra vida
presente que no recuerde con el amor y la gratitud con que sólo se recuerdan
las horas más felices de la juventud. Me pregunto si en la eternidad que para
mí han supuesto las dos décadas que llevo sin saber de ti, la pérfida pacatería
del ultrafeminismo de la cuarta ola habrá hecho mella en tu inteligencia y
sentido común, que a la sazón parecían indestructibles. Si tu respuesta es un
no rotundo, llámame para que rememoremos viejos tiempos y hagamos causa común
en contra de las pacatas y a favor del sagrado derecho de decidir motu proprio cuándo
y con quién pichar: 302 10 40 717.
1049. ¿Que por quién voy a votar en 2026 -en 2030 ya
no pienso estar por aquí-? ¿Y acaso qué diferencia hace que lo haga por uno,
por otro o por el otro si a fin de cuentas, gane el que gane, no va a querer o
a poder gobernar ya sea porque la pesadilla actual se prolongue, ya porque se
reanude tras cuatro años de ayuno o ya porque, elegido un Oviedo, un Fajardo o
un Gaviria, los dos extremismos se comploten para sabotearlo? ¿Gobiernos del
cambio en Chibchombia, en Circombia, en este país-corraleja que Constaín define
como nadie?:
“…la
maldición muy colombiana del simulacro de la seriedad: el ritual vacío y
perverso de aparentarla y fingirla con sobreactuación, con exageración, con
cara de palo, para no reconocer ni aceptar su ausencia universal y devastadora,
el hecho sobrecogedor de que somos tanto menos serios y respetables cuanto más pretendemos
serlo.
Por eso
no hay nada peor en Colombia que un proceso de mejoramiento, de lo que sea, o
la implantación de un nuevo modelo de servicio y funcionamiento, de lo que sea
[…]. Porque aquí confundimos los medios con los fines y creemos que las formas,
sobre todo si son tortuosas y enrevesadas, bizantinas, absurdas, subsanan el
fondo.
Hay una
pasión en Colombia, por ejemplo, que consiste en cambiar porque sí las cosas,
en especial si están funcionando. Entonces aparece algún gurú iluminado, con su
máquina de humo a todo vapor, sus mangas de camisa remangadas, sus palabras en
inglés y si son siglas mucho mejor -las siglas son fundamentales-, a señalar
cómo la continuidad, de lo que sea, proyecta una imagen de quietud y
postración, de pasividad frente a lo nuevo.
De ahí
que nada que funcione bien aquí dure mucho, pues no es sino que alguien lo note
para empezar a urdir el plan macabro y urgente del cambio y el mejoramiento de
lo que hay, sobre todo si se trata de un procedimiento amable y sencillo, accesible,
tranquilo, eficiente. Eso no puede ser, eso no es serio ni lo parece, nuestra
obsesión mayor, porque estamos obligados a simular la seriedad con toda clase
de procedimientos opresivos e innecesarios…”
Yo no sé
si exista, admirado y estimado Juan Esteban, un acto más descorazonador que
votar presa de la desesperanza más absoluta y sólo porque se tiene conciencia
de que no hacerlo supone allanarles el camino a los peores que, total, terminan
siempre ganando y haciendo lo que, de haber perdido, harían los otros con
idéntica eficiencia: exactamente lo contrario de lo que prometieron durante la
campaña. Pero como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista,
siento un cierto alivio de saber o de creer, de querer y desear que la del año
entrante sea la última vez que incurra en la absurdidad de pretender darle un
vuelco democrático a lo que es cosa juzgada en nuestro país: las chambonadas y
las chapuzas más ramplonas de los que eligen y resultan elegidos.
1050. Medioevo Científico y Tecnológico:
“¿Es la
deshumanización un sinónimo de la barbarie? Tal vez sí: una de sus
consecuencias, por lo menos, uno de sus peores rasgos. Porque además hay épocas
más propicias a la deshumanización que otras, hay momentos en los que de verdad
es como si la humanidad se estuviera descomponiendo y muriendo por dentro.
Habrá quien diga que siempre es así, pero no: sí existe esa gráfica de periodos
más infames y degradados que otros.
Yo creo
que el nuestro tiene que estar allí y la explicación debe de ser, entre otras,
la locura colectiva que han engendrado las llamadas redes sociales, esta nueva
civilización que ha alimentado, más que ninguna otra en la historia, el
narcisismo y la indolencia, la maldad como norma. O quizás es que antes eso era
así y no se hacía notar, pero a eso me refiero: en el mundo de hoy la gente se
siente autorizada a las peores bajezas sin el menor pudor.
Primero
por el espíritu de turba, el estímulo y la irresponsabilidad que da sentirse
parte de una masa poderosa, con un elemento adicional que solo es de esta
época: hoy cada quien cree -y es cierto, eso es lo grave- tener su propio
público, su propia cauda a la que se debe. Por eso la primera pulsión es
pronunciarse, hacerse fuerte ante esos hinchas que están ahí aupando y que a su
vez son también caudillos de su propio delirio…” (Juan Esteban Constaín).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad
descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una
segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por
comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que
anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus
orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus
implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1051. Si la maldad de los Truman y los Tibbets viaja
en cohete espacial, la bondad de los Tanimoto y los Kleinsorge lo hace a pie y
con cojera. Entre los unos y los otros, bellaca o encogida,verdean la
indiferencia y la cobardía de los hombres, tan diferentes entre sí aunque al
cabo tan parecidas. Por algo sirven a quien sirven.
1052. Siempre que alguien imaginario me pregunta si
me hubiera gustado ser vidente, o rico, yo me río para mis adentros y sonrío
para mis afueras mientras respondo que ni una cosa ni la otra, salvo en
situaciones muy puntuales; y aclaro que lo que me hubiera gustado ser es
filósofo, pero no de los profesionales con diploma sino de los vocacionales. Y
no cualquier filósofo, sino un filósofo japonés, por aquello del temperamento y
las formas. Los míos, para mi gran descontento y cierto ocasional contento, habitan
las antípodas.
1053. Y pensar que muchos videntes nos dan a los
descendientes de Tiresias, y a bulto, trato de intestinum caecum.
Lo que soy yo, en ellos me cago.
1054. Oigo a mi tío Germán, o a mi madre, contar
cualquier anécdota con tantos paréntesis y vericuetos que se me antoja estar
oyendo al bueno de Trim contándole a Toby Shandy, su señor y mi carnal, la
‘Historia del rey de Bohemia y sus siete castillos’, la cual se torna
interminable entre otras cosas porque éste lo interrumpe cada dos palabras para
darle una nueva indicación, indicaciones que el escudero recoge con gran
contento pese a que lo obligan a volver al punto de partida una y otra vez. A
diferencia del tío de Tristram, yo me empleo a fondo para que Orfi comprenda
-su hermano es un caso perdido- que la atención y la paciencia de nuestros
interlocutores y oyentes no son infinitas. ¿Qué porcentaje del simio parlante
lo sabe y a ello se atiene?
1055. Por fin -¡al fin!- una buena razón que
justifica momentáneamente la simpleza según la cual todo tiempo pasado fue
mejor:
“Leo día
tras día las noticias de las tragedias del mundo. Hace un par de siglos uno
sabía rápido, si mucho, lo que ocurría en su propia aldea. Los horrores de
Corea, de Ucrania, de Palestina o Sudán, llegaban, si llegaban, en barcos de
vela y a lomos de mula, con años de retraso, como la luz de las estrellas
lejanas. Las noticias de una masacre en Armenia o en Egipto, de una batalla en
Waterloo, eran casi capítulos de una novela histórica ocurrida en otro siglo.
Meses después, y a duras penas, la gente sabía lo que había pasado en las
batallas de Junín o de Ayacucho. Lo del Pantano de Vargas se sabía en Antioquia
una semana más tarde, como mínimo. Ahora nos caen encima avalanchas de sangre y
lodo, día tras día, y vemos los niños que se mueren de hambre en Gaza, de
misiles en Kyiv, de masacres en Alaska o en Amalfi. […]
Dan
ganas, de verdad, de construirse un refugio subterráneo, llenarlo de enlatados
y granos duraderos para sobrellevar diez años de invierno nuclear, después de
un ataque respondido por error según la doctrina de la mutua destrucción
asegurada. ¿Así quién anima a sus hijos a tener hijos?” (Los mismos insensatos
que -y me perdona, estimado y admirado Hetícor-, en lugar de matarse como mejor
les parezca, opten por construirse un búnker para dizque intentar escurrirles
el bulto durante una década a los efectos de la tercera y la cuarta bombas
atómicas, que ojalá no dejen en esta ocasión traza humana sobre la Tierra).
Maravilloso
habría sido pasar por el mundo sin siquiera haberles oído la voz a Putin, a
Netanyahu y a Trump; sin haber tenido que asistir al circo político de Petro y
Miley, de Maduro y Bukele, de López Obrador y Bolsonaro; sin haber sabido que
la Tercera Guerra Mundial se cocía a fuego vivo mientras el noventa y nueve por
ciento de la humanidad chateaba y veía videos y se tomaba selfis y libraba
inanes peleas en las redes sociales. ¿Y cómo no haber envidiado a los asimismo
atormentados por las razones que fueran que se murieron sin encender el radio,
el televisor y el esmarfon, a los que no pude renunciar por mi adicción a la
mierda de que a diario me emparamaban? Y que agradezca la posteridad que no le
hable de la bachata y el reguetón, esa basura ajena y global con que
incompasivamente mis vecinos y circunstantes me amargaron la vida hasta la
locura y me atronaron los oídos hasta la sordera.
1056. ¿Que “a Seinfeld no le importa Palestina”, se
duele -qué desvergüenza- la columnista de El País de España Elvira Lindo? A mí
que me muestren uno solo de sus artículos, publicados a partir del atroz 7 de
octubre de 2023 (hoy es 22 de octubre de 2025), siquiera uno, en el que haya
arremetido en contra de la vesania del yihadismo y se haya solidarizado con las
madres y los padres y los hijos y los hermanos y los amigos israelíes a los que
Hamas y demás terroristas palestinos les violaron, descuartizaron, asesinaron o
secuestraron a sus hijos, sus padres, sus hermanos o sus amigos. Debe de ser
que don Antonio, quien a diferencia de su mujer sí que cultiva la ecuanimidad y
poco alarde hace de tuertas filantropías, no la lee y, si la lee, lo hace
dizque como quien oye llover. Y digo dizque porque yo, cuando llueve, me
concentro y me deleito más que cuando oigo a la Filarmónica o a la Sinfónica en
concierto. Benditas ambas.
Adenda:
piénseselo muy bien si usted está tentado o lo están tentando para que
incursione en el periodismo de opinión pues hacerlo supone dejar al desnudo y
exhibir con impudicia, a lo Luis García Montero, Laura Restrepo, Santiago
Gamboa, William Ospina, Julio César Londoño o Elvira Lindo, las fealdades de su
sectarismo y las ruindades de su lado oscuro del corazón.
1087. El
de María Corina Machado: Pocos
ejemplos tan elocuentes del que, tras proezas y sacrificios sin nombre para hacerse
un sitio en la memoria de los hombres y forjarse una reputación de héroe o
heroína, un legado que les sirva de norte y de inspiración a presentes y
futuras generaciones, los mina y pulveriza en cuestión de horas o a lo sumo
días y con mayor eficacia que la que habría empleado su más enconado enemigo.
Entre sus insensateces, ninguna como la de haber lisonjeado a su despreciador
Donald Trump y desairado, a más de a los que a rabiar celebramos el
acontecimiento, a quienes en mala hora se lo otorgaron.
1058. Yo, que rara vez o prácticamente nunca leo
crítica literaria por considerar la crítica literaria un subgénero respetable
aunque subgénero a fin de cuentas, saldría airoso gracias a esta perla ante un
estudiante de primer semestre que me preguntara en qué consiste el subgénero
llamado crítica literaria:
“…Sentado
en una terraza a la sombra de su busto que preside la explanada frente al
puerto de Denia he tratado de imaginar aquel instante de felicidad que
Cervantes sentiría en este mismo lugar recién desembarcado y he pensado que si
me dieran a elegir entre Don Quijote y Sancho, elegiría a Miguel de Cervantes,
como personaje de ficción, puesto que está construido con las dos almas, la
idealista y la pragmática, fabricadas a lo largo de su aperreada vida llena de
menosprecios, vejaciones y heroísmo. La ingente sabiduría de su espíritu la
acopió con solo el oficio de vivir hasta alcanzar la gloria con humor en el fondo
del propio desastre. En principio me echan un poco para atrás los que proclaman
grandes principios desde lo alto de un caballo, como Alonso Quijano. Sus
ideales envueltos en la locura suenan a flato de la voz; en cambio, a lomos de
un pollino todo lo que se diga parece muy consistente y verdadero. Hay palabras
ligeras que se lleva el viento y otras caen en el suelo y ya no hay quien las
mueva.
Imagino
a don Quijote con capa española convertido en un ciudadano de hoy. Si tuviera
cualquier cargo en la administración del Estado sería uno de esos que, ante
cualquier disputa, te dice ‘usted no sabe con quién está hablando’ y en un
restaurante arma un altercado por cualquier nimiedad del filete poco hecho,
esgrimiendo el tenedor a modo de lanza. Se podría creer que el hidalgo encarna
esa parte noble de cualquier mortal, aun del más descastado, que busca la
justicia y deshacer entuertos, pero a la hora de la verdad trata con desprecio
a los criados. Y si hablamos de política, no quiero ni pensar a qué partido votaría
este caballero andante. El hidalgo don Quijote, en realidad, trataba de tener
siempre la razón en todo frente a todo el mundo. Hoy ese papel lo desempeñan
los cuñados que no paran de hablar de todo hasta que les das la razón por
simple agotamiento. Por cierto, don Quijote nunca pagaba su consumición en las
ventas.
Por el
contrario, qué gran tipo sería hoy Sancho Panza si además del sentido común que
lo adorna estuviera delgado, midiera 1,85 y jugara al tenis o al baloncesto. Si
uno logra imaginar a este personaje adusto y con el vientre liso descubrirá
bajo su jubón al propio Cervantes herido de melancolía, lleno de ironía, de
humor, de pragmatismo, apegado a los placeres y con buen ánimo frente a todas
las desgracias. Ese es el personaje que amo. Cuando uno repara en esa ración de
locura que todo el mundo lleva dentro, pronto se descubre que ese quijotismo se
identifica muchas veces con el ego insaciable.”
Consiste
-improvisaría- en desentronizarle al lector convencido sus ídolos fictivos, o
cuando menos en hacérselos tartajear como tartajea el feligrés de una iglesia
monoteísta en medio de una gran calamidad personal o colectiva. Y me pondría de
ejemplo: A mí este artículo tan corto, muchacho, me tiene mortificado de pensar
que ¿malgasté? incontables horas invertidas en tres lecturas de la novela de
Cervantes, que me va a tocar leer una cuarta a la luz de los argumentos del
maldito iconoclasta este. Cuyo nombre bendigo.
1059. ¿Que por qué lucho a brazo partido para no
incurrir, ojalá nunca, en los palabros de moda que, como el mal ejemplo, cunden
entre los necios de cualquier época e incluso entre personas cultas y
semicultas, quienes terminan por desplazar términos con abolengo y prosapia?
Sencillo: porque “aprender un lenguaje, sobre todo sus frases hechas más
comunes, es sufrir un proceso de domesticación social subrepticio que nos marca
queramos o no”: narrativa, ecosistema, adulto mayor, persona en situación de
discapacidad, habitante de calle, histórico y hacer historia, duplicaciones y
triplicaciones del género… Terminachos que, como los políticos, todo lo invaden
con su omnipresencia infame y que, como ellos, cuando caducan nada arreglan
porque su lugar ya lo ha ocupado otro igual de estúpido y malsonante. Entre los
misterios insolubles de la perra vida, pocos como el que la eufonía inteligente
de los bienhablados sea tanto o más escasa que la voluntad generosa de no hacer
daño, e impedirlo a toda costa, entre los soldados rusos que hoy invaden a
Ucrania.
1060. Nostálgico del mundo analógico -pero
agradecido siempre con el virtual-, me di a la tarea de releer ‘Bartleby, el
escribiente’ con dos finalidades: recordar a qué sabía y olía el mutismo hoy
cuasi imposible de los impenetrables y, paradójicamente, intentar quebrantarlo
o al menos horadarlo un poco más allá de los meros rasguños de la primera
lectura. Todo en vano: ¿qué lo desasosegaba?; ¿qué ideas u obsesiones rumiaba?;
¿qué lo hacía sufrir?; ¿cuánto entendía de lo que le pasaba?; ¿se dejó morir,
digamos, de inanición y desgana por cuenta propia o porque algo muy superior a
su voluntad lo forzó a hacerlo?; ¿qué tipo de persona fue cuando niño y cuando
fue joven?; ¿fue acaso víctima de algún trauma que lo tornó indiferente a
prácticamente todo?; ¿dónde estaban sus dolientes, si los tenía?; ¿dejó hijos y
esposa?; ¿hizo alguna vez el amor con alguna mujer a la que quiso?; ¿quiso
alguna vez a alguien?; ¿a qué se dedicaba antes de recalar en la oficina del
narrador buena papa?... Un saludo afectuoso para los escasísimos Bartlebys que,
insobornables, se mantienen ajenos a los regalos envenenados de las redes
sociales.
1061. Medioevo Científico y Tecnológico:
“Misiles
rusos contra Ucrania. Bombas israelíes sobre Gaza. Miles de muertos, decenas de
miles de refugiados. Niños, madres, abuelos… Desgarradoras escenas de
sufrimiento y destrucción que hace meses, todos los días, contemplamos
indignados e impotentes desde la comodidad de nuestros hogares.
¿Para
qué sirven las Naciones Unidas, que celebra su octogésimo período de sesiones?
¿Para qué los protocolos sobre la guerra? ¿Los acuerdos sobre derecho
internacional humanitario? ¿La mediación de las grandes potencias para
garantizar la convivencia pacífica entre los hombres? Mientras en el mundo
muera de hambre un niño no podrá haber paz, decía Jean Paul Sartre. Pero más
allá de las apocalípticas sentencias del precursor del existencialismo no es
posible aceptar que en 2025, en la tercera década del siglo XXI, en un mundo
que ha conquistado el espacio sideral y producido la inteligencia artificial,
persista tan primitiva violencia entre naciones.
¿Es algo
intrínseco a la naturaleza humana? ¿La guerra será siempre una expresión de la
política por otros medios? Solo sabemos que el ideal de una paz mundial estable
y duradera sigue siendo una utopía en una sociedad planetaria cada vez más
interconectada e informada. Pero donde nacionalismos, racismos y arrogancias de
poder siguen mandando la parada” (Enrique Santos Calderón).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1062. A El gatopardo acaso le sobre el último
capítulo pero sin duda que le quedó haciendo falta al menos uno, a fin de que a
los devotos del príncipe de Salina no se nos birlaran más de veinte años de su
vida tan cara.
1063. “Hay seres humanos que son un universo entero,
una civilización más allá del destino individual que los define y los resume;
su alma es el punto de encuentro de muchas otras que se dan cita solo allí y
así, a instancias de su poder magnético para propiciar las más inesperadas
conexiones y amistades, grandes ideas, afectos que de otra manera quizás ni
existirían”: una única entidad con nombres y apellidos que en absoluto
desmerece de la ambición de la cita me fue dado conocer, querer, respetar y
echar en falta desde el mismísimo día de su muerte extemporánea. La de mi
maestro y amigo y carnal y alcahuete Francisco Antonio Gómez Díaz Quico, cuya
mera amistad se basta para justificar mi paso por el perro mundo.
1064. ¿Qué se le agrega a la completitud?: “Colombia
es un desastre sin remedio. Máteme a todos los de las FARC, a los
paramilitares, los curas, los narcos y los políticos, y el mal sigue: quedan
los colombianos”. Que tonto el que, por no serlo, respire aliviado sin reparar
en que la cosa no va de países ni de oficios ni de nacionalidades sino de
especies.
1065. “¿Cómo es posible golpear sin cólera a un
hombre?” se pregunta Primo Levi y yo voy más lejos: ¿cómo es posible que
verbigracia un soldado ruso viole, supuestamente sin ser cacorro y sin odios
mediante puesto que él es el invasor, a civiles ucranios inermes? ¿Cómo es
posible que haya imbéciles en Occidente que gradúan a los soldados de Putin de
víctimas, cual si se tratara de los de Zelenski, que luchan y quedan lisiados o
pierden la vida defendiendo a su país y a sus conciudadanos contra la vesania
imperialista del Bicho del Kremlin? ¿Cómo es posible, en fin, que se equipare
lo inequiparable: la legitimidad del que mata para no morir a manos del que
mata con sevicia y por órdenes de un tirano? Que “hay los que no lo hacen” y
que “generalizar resulta inconveniente en cualquier caso”, me reprenderían al
unísono los siempre dispuestos a comprender y perdonar en tanto en cuanto los
muertos y los lisiados les sean del todo ajenos. Pues muy sencillo: que se
nieguen en redondo a participar en la barbarie de su presidente y paguen con
cárcel la osadía de su buena conciencia.
1066. Qué duda cabe de que Benjamín Netanyahu el Carnicero
de Gaza, los nazisionistas que lo jalean y los soldados que obedientes
perpetran el genocidio han leído y hasta releído Si esto es un hombre y,
aleccionados por Levi, procedido según esta indicación suya: “El KaBe es el
Lager sin las incomodidades materiales. Por eso, al que todavía le queda un
germen de conciencia, allí la recupera; porque durante las larguísimas jornadas
ya vacías se habla de otra cosa que de hambre y de trabajo, y llegamos a
reflexionar en qué hemos sido convertidos, cuánto nos han quitado, qué es esta
vida. En este Ka-Be, paréntesis de relativa paz, hemos aprendido que nuestra
personalidad es frágil, que está mucho más en peligro que nuestra vida; y que
los sabios antiguos, en lugar de advertirnos ‘acordáos de que tenéis que morir’
mejor habrían hecho en recordarnos este peligro mayor que nos amenaza. Si desde
el interior del campo algún mensaje hubiese podido dirigirse a los hombres
libres, habría sido éste: no hagáis nunca lo que nos están haciendo aquí”. ¿Qué
tiene para decir usted (qué tienen para decir los correligionarios y los compatriotas
de los genocidas que guardan silencio), doctor Moisés Wasserman?
1067. ¿Me van a decir que esto lo puede saber, ni
mucho menos concluir, uno que atruena o se atruena los oídos con reguetón o
bachata o vallenato llorón, con los decibelios infernales de sus malditas
motocicletas de alto cilindraje o los pitos revientatímpanos de sus camionetas
y buses, con los altoparlantes portátiles con que torturan a sus
circunstantes?: “He aquí los tres grandes cantos del universo: el ruiseñor al
amanecer, la rana en el crepúsculo, el grillo en las noches de estío. Los tres
ruidos más armónicos, en su asimetría, son: el surtidor de la fuente, la sirena
de un barco, el campanillo de una oveja”. Mi pobre Santi: te morirás sin conocer
-tú tan sensible-, de primera mano, lo que aquí describe Trapiello, y todo
porque te tocó vivir en la era horrísona de la peor de las estridencias.
Adenda:
otro día te cuento, hijo, el dolor que me embarga cada que voy a Mariquita y
por enésima vez compruebo, cuando ya todos en el barrio duermen, que los
grillos ya no se oyen y muchísimo menos las chicharras, que hace tanto pero
tanto tanto no oigo cantar, hasta reventar según dicen. Tal vez si fuéramos
alguna mañana a uno de los ríos que todavía por allí corren…
1068. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen sanchista por petrista o uribista, Pedro Sánchez por Gustavo Petro o
Álvaro Uribe, antisanchista por antipetrista o antiuribista, Pedro Sánchez por
Gustavo Petro o Álvaro Uribe, España por Colombia, televisivos por radiofónicos
y listo: “Que yo sepa, solo hay algo peor que un sanchista histérico, de esos
que llevan al cuello un escapulario de Pedro Sánchez, y es un antisanchista
histérico, de esos que consideran a Pedro Sánchez la personificación del
Maligno. El problema es que el debate político en España parece monopolizado
por esos dos fantoches, y que todo conspira para desterrar cualquier discusión
racional o matizada; quien la intenta es demonizado con el peor insulto:
equidistante. Basta con ver esos debates televisivos donde los tertulianos de
izquierdas regurgitan el argumentario de la izquierda y los tertulianos de
derechas regurgitan el argumentario de la derecha…”. Un saludo para Fernando
Savater y Andrés Trapiello allá y acá para Julio César Londoño y Laura
Restrepo.
1069. “…Igualmente, en nuestro tiempo, sorprende el
retorno de los adalides de la madre hogareña, cuando pocas familias podrían
subsistir con un solo salario y la idea de un proveedor único parece una
quimera”: desconozco si esto que te voy a contar de forma muy resumida,
Irenita, sea también el caso en tu casa y tu familia, pero en las mías sí.
Cómo te
parece que en mi casa y mi familia no escasean los vagos y los buenos para nada
que si no se mueren de hambre es gracias a las mujeres que trabajan sin
descanso para sostener a sus maridos, hermanos, hijos, nietos, sobrinos y hasta
yernos que trajinan en el hogar -los que lo hacen- para compensar su
desvergüenza. No hay, en cambio, una sola floja que lleve mis apellidos
provincianos, y las que por de pronto lo pasan mal porque perdieron el empleo
de repente o fracasaron en un negocio o asunto por el estilo, jamás llaman para
que se las socorra con un préstamo y mucho menos a implorar contribuciones de
ninguna índole. ¿Que por qué -preguntan los desgüevados- mi admiración por
todas ustedes salvo, eso sí, por las ménades insoportables de la cuarta ola? No
te figuras lo que me gustaría saber cuánto desprecio o conmiseración sientes tú
por ellos y, ya puestos, también por ellas.
1070. “El bullying en la infancia y la adolescencia
es un infierno clamoroso y cercano, una tortura cotidiana de cuya existencia
todos somos conscientes, aunque, no entiendo por qué, parece que preferimos
ignorarla. Precisamente por eso perdura: porque lo permitimos. […] Cada año,
cuando comienza el curso, pienso en ellos. En la multitud de criaturas que van
a enfrentarse al sufrimiento. Maldito sea el sistema que permite esto, malditas
las instituciones, los colegios, los padres que no están lo suficientemente atentos
(no sólo a si su hijo está siendo torturado, sino a si su hijo es un
torturador), malditos todos nosotros. Es incomprensible e inadmisible que no
pueda combatirse este infierno en la Tierra”: un saludo para los mellizos
Ramírez y para Edilbrando Daza, mis verdugos en el instituto de niños ciegos
-ninguno de los tres lo era-, así como para los que los dejaban predelinquir a
sus anchas.
Adenda:
si las Elviras Lindo que ven en los niños a efigies de la bondad y las feminastys
que ven en las mujeres a efigies de la fragilidad leyeran el artículo completo
de Rosita, tal vez -lo dudo mucho-, tal vez se enterarían de lo que ella sabe
desde antiguo, acaso desde siempre: de que la pésima leche de lo peor de la
especie está repartida con la justicia y la equidad que en sus campañas
políticas promete la mamertosfera, sólo que en relación con los caudales
ajenos.
1071. “¿Qué grado de belleza se puede soportar sin
compartirla con un ser querido?”, pregunta Leila Guerriero y yo me respondo. La
belleza de una mujer -ojalá muchacha- desnuda cuya desnudez acabamos de
conquistar, con o sin demasiado esfuerzo.
1072. ‘Carne de olvido’ titula Millás uno de sus
artículos formidables y yo me pregunto cuántos, entre los nueve millardos de
seres humanos que dizque somos; cuántos Antonios Famoso e indigentes por
completo anónimos; cuántos nómadas que emigran a pie o en una patera; cuántos
apátridas en el sentido literal del sustantivo; cuántos pobres de solemnidad y
huérfanos y lisiados de cuerpo y desposeídos de afecto; cuántos suicidas
solitarios y solitarios enfermos que querrían tener el arrojo y el
desprendimiento del suicida; cuántos desgraciados de la forma que sea no serán
eso y sólo eso: la carne de olvido que jamás escasea.
1073. Es no, amigo Daniel, es no: de-be-rí-a-ser:
“La política es el intento de equilibrar los riesgos del futuro con las
premuras del presente, los intereses de las generaciones venideras con” los de
“las actuales […], las amenazas posibles con los apuros reales, el fin del
mundo con el fin de mes. El problema es que ese futuro al que nos encaminamos
es un desastre, pero seguimos aferrados a un presente que no estamos dispuestos
a sacrificar para hacer viable un futuro incierto e incalculable”.
¿Sabe
usted qué egoísmo me horroriza? No el mío ni el de los que al igual que yo se
esterilizan, o toman las precauciones del caso, o abortan para no contribuir a
la sobrepoblación que, junto con la codicia de los insaciables, nos conduce a
la extinción. El egoísmo que me horroriza es el de las mayorías consumista o
cuasi desprovista que, desaprensivas juegan, cada una según sus posibilidades,
el juego que los Forbes y los que aspiran a destronarlos quieren que jueguen:
el del progreso que sólo los “beneficia” a ellos y a muy pocos más.
1074. ¿Que “Xi Jinping y Vladímir Putin” estuvieron
“hablando de la inmortalidad en su reciente encuentro en Pekín”? ¡Pobres
diablos desdichados!: me los figuro, a solas consigo mismos y frente a su bufet
de científicos, maldicientes y desesperados, o en apariencia gélidos pero taxativos,
conminándolos para que en el término de la distancia den con una pócima; con la
técnica que sea que les permita seguir viviendo y gobernando con mano de hierro
a sus países y pronto muy pronto al mundo entero. Y yo implorándole, al diablo
porque a quién más, justicia poética para estos y otros indeseables de la
política y la codicia empresarial, que rige la política.
1075. ¿Sabe usted, maestro Muñoz Molina, de quién
siento pesar cuando pienso en todas esas medianías empingorotadas que, desde la
atalaya de su complejo de Dios, sientan cátedra en los departamentos de arte y
de literatura de las universidades estadounidenses, y en los de demasiadas
occidentales supuestamente antiyanquis y antiimperialistas, que todo les
copian? Pues de una mayoría de muchachos incautos que dan por bueno lo que oyen
de los charlatanes que los adoctrinan:
“…A mí
lo que me parece misterioso es que los expertos en arte contemporáneo sigan
creyendo tan devotamente en la capacidad de provocar de los ocurrentes y los
provocadores oficiales, que tienen siempre a su disposición instituciones
públicas que les financian y amparan sus provocaciones, y con suerte a
coleccionistas que se permiten gastar una calderilla de millones para
concederse el lujo de un esnobismo de apariencia heterodoxa.
La parte
más visible del arte contemporáneo se mueve en el cruce imposible entre la
omnipotencia del dinero y los recetarios ideológicos copiados de la beatería
universitaria americana, en los que la obra de un artista importa menos que las
etiquetas identitarias a la moda que puedan adornar su figura. Lo que no se
mueva y quien no se mueva entre esos dos ámbitos tiene grandes posibilidades de
quedar invisible. Hay unas cuantas razones que explican la irrelevancia y la
esterilidad de una parte del arte contemporáneo: su indiferencia al mundo
natural; su desprecio por los saberes materiales del oficio; su ignorancia arrogante
de las tradiciones, incluidas las populares; su incapacidad de hacerse
inteligible para quienes no pertenezcan al círculo estrecho de los iniciados y
dominen su jerga. […] Las salas más interesantes de algunos museos están ahora
en los sótanos. Los legisladores de la moda decidieron hace algún tiempo que el
dibujo es irrelevante en la formación de un artista, y que la pintura ha
muerto, igual que otros tan envanecidos como ellos decretan de vez en cuando
que la novela ha muerto, o que el teatro o el libro impreso han muerto. La
pintura lleva existiendo al menos 40.000 años, así que no es muy probable que
vaya a desaparecer de un día para otro, igual que no desaparecen los poemas y
las historias que la gente se cuenta, o las músicas que comparte…”
Si por
desgracia yo fuera uno de ésos, estimado y admirado don Antonio, no estaría
leyendo a Primo Levi y a Stephen Crane sino a Carlos Franz y a Rodrigo Fresán;
no estaría leyendo sus siempre instructivas y lúcidas columnas de opinión y las
de Martín Caparrós, Juan José Millás, Manuel Vicent, Juan Gabriel Vásquez,
Javier Cercas, Irene Vallejo, Leila Guerriero, Daniel Samper Pizano, Olga Lucía
González, Carlos Granés, Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnett, Juan Esteban
Constaín, Melba Escobar, Arturo Pérez-Reverte, John Carlin, Andrés Trapiello y
Fernando Savater sino las pésimamente escritas y sectarias de los militantes de
la izquierda de la ira que publican en periódicos y revistas respetables y en
pasquines. Y jamás habría caído en que toda esa farsa universitaria (excepción
hecha de los meritorios que felizmente nunca faltan en ninguna parte ni ámbito)
cabe, junto con su mala leche, en ‘Obras completas’, el cuento magistral de
Monterroso.
1076. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen Madrid por Bogotá -por cualquier ciudad de cualquier país- y listo:
“Para los ancianos, los enfermos, los discapacitados, los niños, las mujeres
embarazadas, los pobres, los sintecho, las personas de alma frágil, una ciudad
como Madrid es cada día más inhabitable. Hasta los pájaros y los perros huyen
despavoridos del escándalo de los coches y las motos trucadas para irritar más
los oídos. Los repartidores de paquetes o de comidas van de un lado a otro sin
sosiego en la confusión del tráfico, en la prisa despiadada de las aceras. […]
Quien se siente amenazado por la ciudad privatizada e inhóspita, el viejo, el
discapacitado, la embarazada, el que ha de moverse en silla de ruedas y no para
de encontrar obstáculos, tienen el reflejo de salir huyendo, de esconderse en el
lugar seguro, en el sagrado de su casa…”. El ciego congénito y total que soy da
fe de que su artículo, estimado y admirado maestro don Antonio Muñoz Molina,
acierta en todo menos en una cosa.
Desbarra
usted -y me disculpo por la rudeza del verbo- en incluir a los pobres en este
grupo de ‘personas de alma frágil’ pues, hasta donde se me alcanza, no son los
ricos ni los millonarios quienes, en motocicletas revientatímpanos e
infractoras de todas las normas del tránsito y la convivencia social, reparten
paquetes y comidas en medio de una competencia feroz por la subsistencia y por
el respeto de los de su condición, y sin que mucho les inquiete que, producto
de toda esa irresponsabilidad suya, caigan heridos o muertos quienes sí
adolecemos de fragilidad. Ya querría yo, maestro, invitarlo a darse un paseo en
TransMilenio para que, en cuestión de una hora o media pierda, de resultas de
los decibelios infernales de los parlantes con que tantos pobres piden limosna
o cantan sus despechos, la audición que todavía conserve junto con la serenidad
que sus reflexiones me hacen atribuirle. También podría llevarlo a las
barriadas en que se hacinan y reproducen sin tasa, pero hasta allá no llego
porque de allá no salgo con usted, indemnes ambos.
Adenda:
le ruego que por favor no se vaya a confundir creyendo que cuando hablo de
pobres estoy hablando de indigentes -“sintecho” los llama usted- pues, al menos
en Bogotá, una inmensa mayoría de los nómadas urbanos que la recorren y la
habitan hacen gala de un civismo silente que pocos -prácticamente nadie-
consiguen ver.
1077. Sí y no, mi muy estimado Martín, sí y no:
“…La
gran diferencia es la mirada. Durante demasiado tiempo los manuales y
profesores y maestros siruela de periodismo insistieron en la ‘objetividad’
como virtud básica de la profesión. La objetividad no existe: cuando alguien
-incluso una máquina- relata algo sólo puede hacerlo empleando su saber y sus
ideas del mundo -su subjetividad- para decidir qué mostrar. Nos enseñaron a
pensar que subjetividad es una mala palabra, un sinónimo de engaño. No lo es;
es la única forma en que un sujeto narrador puede narrar algo: poniendo el
énfasis en lo que le parece más significativo, más útil para contar su
historia. […]
De ahí
la polarización actual del consumo mediático: los lectores buscan medios con
los que están de acuerdo -para recibir puntos de vista cercanos a los suyos. Y
así estamos: el problema no es la mentira sino la caída del mito de la verdad:
no hay verdad, hay verdades y relatos. El problema no es la mentira sino el
derrumbe del mito de la objetividad: no hay objetividad, hay personas o
máquinas que, cuando cuentan, eligen lo que cuentan; no existe otra manera.
Incluso
en las enciclopedias.”
Sí si en
quien pienso es en dos bienintencionados, a la par que bien informados, con
puntos de vista distintos respecto de un mismo tema; no si en quien pienso es
en un bienintencionado y en un malintencionado, a la par que bien informados,
con puntos de vista el uno e intereses el otro diametralmente opuestos. Sí si
en quien pienso es en dos bienintencionados, por desgracia mal informados, con
puntos de vista distintos respecto de un mismo tema; no si en quien pienso es
en dos malintencionados, amén de mal informados, con intereses diametralmente
opuestos respecto de un mismo tema.
Adenda:
y hablando de buenas y de malas intenciones: yo, si fuera profesor de periodismo
en los primeros semestres de un pregrado, por descontado que no leería con los
muchachos este artículo suyo, escrito sin la mala leche de los que publican en
función de sus intereses personales o ideológicos pero que, bien mirado, sí que
les hace el juego a los que hoy pregonan el relativismo de lo que se ha dado en
llamar ‘posverdad’.
1078. ‘Colombia sigue esperando’… y lo hará hasta el
fin del antropoceno, que ojalá no se tarde. Salvo por la esperanza que en
William Ospina no se apaga, este artículo suyo compendia y explica, como
ninguno de las decenas que le he leído, nuestra incorregible realidad política.
Ya se verá cómo, dentro de cien doscientos trescientos cuatrocientos quinientos
o mil años, las quejas serán las mismas, sólo que se entonarán en el idioma
global que a la sazón se garle.
1079. Julio César Londoño es la prueba -una de
varias- de que en medio de la inteligencia literaria y la inteligencia
científica -las dos adornan su caletre- puede germinar el más estúpido
sectarismo político, que ni lo inquieta.
1080. Habla Trapiello de un rey cualquiera del que
afirma que querría “ser el támpax de su amante” y, de inmediato, me doy a
pensar en la de quién querría yo ser tampón. No creo, concluyo para mis
adentros, que la producción mundial total de aquello se dé abasto para una
posible respuesta.
1081. ¿Que qué es la depresión, a más de esas
invencibles ganas de recuperarse o de morirse en su defecto? Es encontrar
hercúleo el mero hecho de levantarse de la cama, cepillarse los dientes y no se
diga bañarse, mentir asintiendo a quien nos pregunta si nos encontramos bien,
lidiar con los entusiasmos y la felicidad ajenos, comer para no morir de
inanición y arrastrar a otros en la caída, tragarse las lágrimas y las ganas de
mandarlo todo y a todos para la mierda, maldecir sotto voce en principio a los
que nos engendraron y nos parieron, soportar a los pesados que nos aconsejan
que le pidamos a Dios porque Él es el único que puede curarnos, perder el
tiempo con el mismo psiquiatra o con uno nuevo que tampoco da con el
medicamento o con la dosis salvífica, sentir que los que nos quieren sienten y
piensan “con razón” que lo que nos hace falta es determinación y amor propio,
no encontrar las palabras para explicar lo inexplicable, desear estar solos íngrimos
y al mismo tiempo estar seguros de que sin los que nos sustentan pereceríamos,
rumiar sin tregua la horrenda o bella -según de quién se trate- idea del
suicidio, y para colmo prematuramente atormentados por quienes van a gemir por
nuestro descanso.
1082. “En arte y literatura lo que progresa
realmente es la tradición”: ¿entienden ahora por qué una mayoría abrumadora de
los profesores universitarios y críticos y académicos de una cosa y de la otra
están condenados a la irrelevancia y a la provisionalidad con su amor por lo
‘surrealista’ y lo ‘posmoderno’ y lo ‘vanguardista’, cuanto más enrevesado e
ilegible e ininteligible y anodino y baladí y aparentemente impenetrable mejor?
1083. En el intercambio dialógico, detesto a los que
nada saben y nada opinan, a los que nada saben pero de todo opinan, a los que
saben y “opinan” cuidándose de nunca quedar mal con nadie, a los que saben y
opinan con buenos modales pero creyendo estar cargados de razón, y de lejos al
pobre diablo que cree que está en posesión de la verdad absoluta gracias a que
sabe de lo que habla pero opina cual si estuviera escribiendo un tratado y
jamás les reconoce a los interlocutores (es un decir) los aciertos en el debate
(es un decir), que en cambio aprovecha para ridiculizar y magnificar los que
considera sus desaciertos: si no dan con un ejemplar como el que aquí les pinto
y les apetece conocer a uno inmejorable (a uno “inempeorable”), compren o
saquen prestado de una biblioteca el Fractal de Trapiello, busquen en ese
volumen el nombre propio Chinchilla y lean a partir de ahí hasta donde concluye
aquel desencuentro-pesadilla.
Adenda:
si tras leer, usted se dice para sí que usted es un X y se promete trabajar en
su complejo de Dios, evítese la fatiga y una desilusión anticipada pues aquello,
como la estupidez congénita o la vileza de los malditos, es inextirpable.
1084. Oigo a Walter Shandy desmadrarse en elogios en
relación con los veneros de bondad que recorren al bueno de Toby, su hermano y
mi carnal, y fantaseo con la idea maravillosa de que los malditos (la Weidel,
Trump, Putin, Xi, Netanyahu, Cabello, la Murillo…), con prensa o por completo
anónimos, vinieran al perro mundo estériles e imposibilitados para adoptar y
por tanto para criar y que la concepción, la adopción y la crianza fueran sólo
cosa de buenas personas por el estilo de Santi, Orfi, la Goga y por supuesto
que de ellos hacia arriba hasta llegar a la cúspide de la ética y la heroicidad
humanas: los médicos y las enfermeras que adelantan su apostolado en países y
ciudades en guerra, los José Andrés de cualquier latitud que intentan paliarles
el hambre a los desprovistos y, si les place, prosigan ustedes con los
animalistas, ecologistas y ambientalistas con alma y en absoluto estúpidos por
el estilo de los farsantes que bañan en salsa cuadros en un museo o que se
pegan al asfalto en las carreteras con desconozco qué pegamento… ¿Tener un hijo
con la Restrepo, con Laura Restrepo?: ¡eso no, eso nunca! ¿Tener un hijo con
Montero, con Rosita Montero?: uno no, ¡muchos!
1085. No contradiga ni dé la lata por el mero gusto
de darla. Confute.
1086. De un único milagro, comprobable y tangible,
suprarreligioso y planetario, se puede hablar con seriedad y firmeza: se llama
ciencia.
1057. Algo irá -un abismo- de la lastimosa y
aborrecible -tremenda contradicción- Laura Restrepo, y de las escritorzuelas y
escritorzuelos -que vivan las duplicaciones que les son tan caras- de su rebaño
político al grande que esto dice, con su venia también a mi nombre: “Valiente
María Corina, enhorabuena por el alto y merecido premio que te han dado. Y a
tus críticos que les den… aunque no precisamente un premio”.
1088. Si el adefesio archimillonario ese de Juan
José Lafaurie Cabal, un multimillonario hijo de multimillonarios se hizo con un
préstamo de cuatrocientos millones y con un subsidio de noventa y cinco de los
destinados a pequeños y medianos productores agrícolas siendo Petro el
presidente, ¿se imaginan si quien en agosto de 2026 gana las elecciones es
Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia? De una cosa pueden estar ustedes
seguros: por muy raspada que el chusmero deje la olla fiscal del país, los
rateros sempiternos de la otra extrema van a encontrar, para seguirnos
esquilmando e impelidos por el síndrome de abstinencia que padecen hace ya
cuatro años, plata hasta debajo de las piedras. Y Sergio Fajardo, el nefelibata
que enseña pero no aprende, obstinado en volver a perder porque lo suyo no es,
al contrario de lo que afirma, la redención de Colombia por medio de “sanas”
alianzas políticas que le permitan gobernar desde la Casa de Nariño, sino los
melindres del que posa de impoluto y, para no afectar su imagen, con nadie
pacta.
1089. Pienso en unos y en los otros indeseables y me
digo que al menos el grueso de los uribistas, de los mileístas, de los
bolsonaristas, de los trumpistas -y etcétera, etcétera, etcétera-, al contrario
que los petristas, que los chavistas, que los kirchneristas, que los franceses
insumisos -y etcétera, etcétera, etcétera-, se reivindican practicantes
católicos o protestantes cristianos, radicales de su fe, en tanto que sus
homólogos de la izquierda se reivindican, los muy feligreses y obsecuentes,
ateos de toda una vida:
“…Igual
no importa: cuando la gente está alienada por la ideología, valga la
redundancia, sus reacciones están presentes de antemano, su universo binario y
maniqueo se activa de inmediato para reivindicar lo propio y despreciar, a
cualquier costo, lo ajeno, lo contrario. Y hablo de la ideología no como la concepción
del mundo que tenemos todos, sin remedio, sino de una estructura dogmática y
oracular, una horma mental que nos enajena y aprisiona.
La
ideología política en el peor sentido de la palabra: una doctrina que se vuelve
una religión, una forma de pensar y de ser que se vuelve un acto de fe, cuanto
más obcecado y ciego, mejor. El fanatismo es eso, una iglesia en la que no
caben las razones ni la reflexión, así muchas veces parezca lo contrario. Lo
importante es alinearse con el recetario preestablecido y sacrosanto: plegarse
a las verdades reveladas que los miembros de la secta repiten de memoria. […]
Porque
no es raro ver cómo hay gente que modula y varía su indignación y su vehemencia
según el signo ideológico que los hechos revelan y contienen, sin que importen
de verdad su gravedad y su perversidad, por ejemplo, sino solo quién los
protagoniza y las ideas que encarna. […]
La
moral, que en la víspera parecía absoluta, se hace relativa. La tiranía deja de
serlo, ay, si es uno de los míos quien la ejerce.”
Ahí
están mi hermano cristiano y sus correligionarios tapiándose los ojos ante el
genocidio de Gaza a manos de Netanyahu y sus muchachos, y demasiados de mis ex
alumnos haciendo lo propio ante la carnicería yihadista del 7 de octubre de
2023 que desató la venganza sionista. Ahí están demasiados de mis estudiantes
de facultad de humanidades y amigos de izquierdas indignados por el asedio
militar de Trump en el Caribe en contra de la tiranía venezolana, pero
oportunistamente callados frente a la invasión de la tiranía rusa a Ucrania. Y
aquí estoy yo, paladín y propugnador de lo más mesurado y tibio del centro del
espectro político, luchando a brazo partido y sin cuartel en contra de mis
peores defectos personales que durante años me convirtieron en una suerte de
sátrapa hogareño… amoroso, aunque sátrapa a fin de cuentas.
1090. “…Los números se leen al revés, las culpas son
siempre ajenas, los fracasos son en realidad éxitos que los malvados del país y
del mundo se niegan a reconocer”: Petro y Trump, Cabello y Miley, Murillo y
Netanyahu, Sánchez y Bukele… Y, curiosamente, prodigio de prodigios, Putin y
todos los anteriores que, unos más, unos menos, lo temen y admiran al punto de
la reverencia, aunque nadie tanto como Donald Frankenstein, según lo bautizó en
reciente columna mi amigo y maestro de papel Daniel Samper Pizano.
1091. A veces, cuando me da por fantasear con doña
Segunda, pienso en que acaso la vida me depare una Ana Julia Quezada o una
Zulma Guzmán y entonces se me disipan las ganas de un revolcón furtivo. Que me
maten a mí las muy perras, que me harían un favor, pero no a la Goga, al Santi
ni a Orfi.
1092. ¿Conocen ustedes a una tal Laura Restrepo que,
melindrosa y sectaria como todo extremista que se respete, se negó a participar
en el Hay Festival de 2026 porque repudia a María Corina Machado quien,
valiente y temerariamente, le ha plantado cara a la tiranía venezolana, de
cuyos matones Restrepo es adlátere y firme partidaria?:
“…Nos
arde un sapo venenoso en la garganta y, a poco que nos rascan, lo escupimos.
El
problema no es tener opiniones distintas ni debatir sobre ellas; esa es la base
de la democracia, de hecho. El problema es la deriva hacia lo que se llama una
polarización afectiva, que no tiene que ver con las ideas ni con la razón, sino
con las emociones y yo diría que con un sentido de pertenencia animal,
instintivo, burdamente defensivo. El mundo da miedo, los problemas parecen
inabarcables y hay gente que combate esa zozobra replegándose con ciega
adhesión a un grupo, como el niño que se protege en un regazo. Una pena, porque
hacerse forofo, esto es, convertirse en un ultrasur de la política, no solo no
mejora lo amedrentante de nuestra situación, sino que lo empeora: aumenta la
violencia social y rompe la convivencia democrática. Y lo malo es que esta
deriva nos afecta a todos; cada vez aguantamos menos, cada vez escuchamos
menos, cada vez vivimos más cocidos en nuestras propias ideas. […]
Así que
nada, sigamos engordando nuestro cerrilismo, escuchemos solo a quienes piensan
como nosotros, consideremos cualquier disidencia como una traición y a quien no
opina igual como un descerebrado y un enemigo, que así nos estamos construyendo
un futuro buenísimo. […] Decía Einstein que para ser buen científico era
necesario pensar al menos 15 minutos al día lo contrario de lo que piensan tus
amigos, y yo añadiría: y para ser buena persona y buen ciudadano. Pero estamos
haciendo lo contrario.”
Imagínate
tú, Rosita entrañable, las repercusiones nefastas que aquel rapto de
intolerancia y odio de esta congénere y colega tuya, feminista declarada y
defensora de los derechos de los humanos que piensan y votan como ella, puede
tener en las mentes y en las acciones de tantos de sus lectores y en los
oyentes de sus pronunciamientos, muchos de ellos jóvenes universitarios también
de izquierdas y en busca permanente de opiniones que legitimen su radicalismo
incipiente aunque imparable. ¿No se dan cuenta acaso ella y los Londoño, los
Gamboa y los García Montero de allá y de acá, de todas partes, el daño que ocasionan
con su cerrazón mental y su discapacidad ideológica que los imposibilita para
la sindéresis y el discernimiento? ¿No te parece que estamos en mora de dar con
un término que nomine al intelectual y al artista militantes y supuestamente
partidarios de la libertad de expresión… de sus conmilitones única y
exclusivamente? Me cuentas si se te ocurre algo.
1093. Si Orfi y Abe hubieran tenido aguda la
intuición; quiero decir, despiertos los sentidos que permiten anticipar si este
o aquel hijo es de naturaleza apacible o muy por el contrario un
heautontimorumenos congénito, habrían retrasado mi bautismo al menos hasta
saber que el nombre que me convenía era Disyuntiva, Dilema o Irresolución:
“…En la
vida, ocurre lo mismo todo el rato. No somos conscientes de las energías que
dedicamos a elegir ni del tiempo que empleamos en arrepentirnos de la opción
adoptada. Hay gente que en el lecho de muerte se arrepiente de toda su
existencia. De toda, sin excepción, de toda, lo que equivale a haber vivido una
vida ajena, incluso sin saber cómo habría sido la propia.
Pero
todos, en mayor o menor medida, vivimos existencias ajenas, es decir,
existencias al dictado […]. Todos tenemos dos cabezas, aunque una de ellas
inmaterial, que se pasan las horas discutiendo acerca de lo que más nos
conviene a usted y a mí, que ignoramos en cuál de las dos debemos instalarnos.”
Claro
que, pensándolo bien, pensándolo mejor, el nombre que me hubiera caído que ni
pintado, pese a su absoluta falta de eufonía, habría sido Ciclotimia
Irresolutiva.
Adenda:
de lo único que sé que me podría arrepentir en el lecho de muerte es de no
haberme evitado esa instancia mediante un suicidio taxativo. Para todo lo demás
(los polvos que por miedo no me eché, los exabruptos y descomedimientos con
-entre otras- las personas que amo, las torpezas e imbecilidades propias de la
juventud…) he tenido tiempo y rumia de sobra para lamentarlo y, a veces,
enmendarlo.
1094. “¡Cuánto se parecen todas las madres!” exclama
Levi y, de inmediato, mi cerebro se aplica a recordar las malas por
descuidadas, las crueles por cabronas y las filicidas que he conocido y visto
proceder en persona o a través de los medios. Esta generalización en
particular, innecesaria como cualquier generalización, se habría evitado con el
adjetivo ‘vocacionales’.
Adenda(s):
que se entere la peña de que filicidas -madres y padres- los puede haber
también por amor, tipo un tal Lope de Aguirre cuya historia le recomiendo al
que la desconozca. Y ya entrados en gastos, que lea, apurada la novela de Otero
Silva, La plaza del Diamante y, con Colometa y el ‘príncipe de la libertad’ por
referentes, matice semejante asunto espinoso. Del filicidio, ni aun en los
casos de las que lo tienen por método anticonceptivo, no forma parte el aborto.
Y punto.
1095. Cualquiera de los demasiado esperanzados y
optimistas de lo que a los colombianos nos va quedando de democracia tras
tantos gobiernos malos o pésimos y tras el peor, que amenaza con prolongarse
hasta 2030 y más allá inclusive, sé que me espetaría que estas palabras del
Levi aún cautivo lejos están de describir fidedignamente nuestra situación
actual, a lo que yo asentiría con desgana, al tiempo que me reservo todo mi
escepticismo y todo mi fatalismo, de los que en cambio haría partícipes a los
que ven en el pseudoderrocamiento de la dictadura venezolana a manos de Trump
un augurio que bajo ningún concepto invita a al entusiasmo: “Mas en general la
experiencia nos había demostrado ya infinitas veces la vanidad de toda
previsión: ¿con qué objeto esforzarse en prever el porvenir cuando ninguno de
nuestros actos, ninguna de nuestras palabras lo habría podido influenciar en lo
más mínimo?”. Y por supuesto que voy a votar, sólo que con la apatía consciente
del que sabe que cumple con un deber que no lo entusiasma. Cuando los pueblos
resuelven suicidarse, no existe espejo vecino ni precedente historicosocial que
lo impida.
1096. ¿Que “el hambre, la opresión y el desengaño
son la ley inalterable de la vida”, remacha el Benjamín de Rebelión en la
granja? Lo comprende aquel burro escéptico y por ende sabio mas no los asnos
que votaron por Trump o se abstuvieron de cumplir con su deber, los que
hicieron lo propio con Miley en la Argentina, con Bukele en El Salvador y no se
diga en Colombia con Petro, cuya promesa de dictadura está a esto de ser
refrendada nuevamente por millones de insensatos. Que parecen no darse cuenta
del estado calamitoso de los servicios de salud, de las improvisaciones
populistas con que mina la economía y las finanzas del Estado, de su propósito
de malquistar a esta sociedad que no desconoce el odio, de sus venalidades y
corruptelas y de, entre tantas otras miserias, su sueño de embarcarnos en el
via crucis que padecen los cubanos, los nicaragüenses y los venezolanos desde
hace décadas. Malditas las sociedades que cierran los ojos ante el espejo y más
malditas, si cabe, las que los hacen añicos.
1097. ¿Qué se le agrega a la completitud?: “Por
suerte, aquel terremoto no abrió la tierra bajo tus pies, ni aquella inundación
anegó tu casa hasta la segunda planta, ni tomaste aquel avión que se estrelló,
ni subiste a aquel tren que descarriló, ni ibas en aquel autobús que se cayó a
un barranco, ni estabas en la lista de los muertos en carretera del fin de
semana. Si supieras las veces que la muerte te ha respetado caerías en la
cuenta de lo milagroso que es estar vivo. Cuando te llegó la noticia de la
tragedia diste gracias a la fortuna porque tú y los tuyos estabais a salvo. Con
esa sensación de tener una buena estrella comenzaste a absorber la desgracia de
otros y, si en ese momento lo estabas pasando muy mal, la tragedia te demostró
que había gente que lo estaba pasando aún peor, lo que en cierto modo tuvo un
efecto balsámico. He aquí por qué las catástrofes humanas abren en portada
durante muchos días todos los periódicos y los telediarios. A la buena suerte
se une además el hecho de que la tragedia posiblemente sacará de ti los mejores
sentimientos, la piedad por las víctimas, la conmiseración, la ayuda, la
solidaridad e incluso en muchos casos el heroísmo. Toda la humanidad está
trabada por el instinto de conservación, de modo que cualquiera, desde
Francisco de Asís a Jack el Destripador, le tenderá la mano con un reflejo
automático a quien está resbalando en una piel de plátano. Pero siempre hay
malvados que aprovechan la confusión de la tragedia para asaltar los
supermercados y sabandijas de las redes que se alimentan de sangre y algunos
políticos carroñeros que tratan de sacar partido de la adversidad contra los
del bando contrario. Miles de veces gira sobre tu cabeza la rueda de la
fortuna…”. Que, siendo yo ciego de nacimiento y aguerrido -más en otra época
que ahora- desafiador de los peligros múltiples que suponen las calles de un
país subdesarrollado como éste, no me explico cómo es posible que siga vivo y
prácticamente incólume a los cincuenta y un años. O que no haya muerto en el
accidente de tráfico que sufrí creo que en 2001. O que no me haya ahogado en
esa piscina de olas asesinas, de las que me rescató un salvavidas vigoroso y
oportuno. O que en apariencia no hubiera sufrido menoscabo físico ni mental
palpable a consecuencia de un primer intento de suicidio -en el segundo no
puedo fallar-. O que, en fin, no me hayan contagiado todavía una venérea de
resultas de mi desaprensión sexual ni asesinado por mis opiniones políticas
desembozadas en medio de campus públicos y salones de clases colmados de
fanáticos de la izquierda de la ira. Mi hermano y los como él -millardos de
crédulos contra toda evidencia- se lo atribuyen a una supuesta misión que Dios
-Alá, Cristo- me tiene reservada: que se siente a esperar el pobre, pues ningún
afán me asiste de siquiera averiguar de qué se trata.
1098. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen española por colombiana, partido socialista por petrismo y listo:
“Recuerdo
un día ya lejano en que mientras estaba escribiendo dejé en el cenicero
rebosante de colillas la mitad de un cigarrillo encendido. De pronto me di
cuenta de que tenía otro cigarrillo, también encendido, humeando en los labios.
Me estaba fumando dos cigarrillos a la vez. Ese día decidí dejar de fumar al
comprobar que el tabaco dirigía mi inconsciente y mandaba mucho más que yo. Un
pestilente olor a humo frío se había apoderado de toda la casa, del interior
del coche, de la piel entera de mi cuerpo. Pensé que mis pulmones también
estarían abrasados puesto que los tenía sometidos a dos cajetillas diarias de
Marlboro. Esa sensación de estar totalmente intoxicado es parecida a la que
siento después de oír la degradación sistemática de la política española en las
noticias por la radio, de seguir las tertulias de varios canales de televisión
todas poseídas por los mismos gritos que porfían por ver quién acarrea más
basura de uno y otro bando a la superficie hasta lograr que la atmósfera sea
irrespirable. La derecha ataca al Gobierno por tierra, mar y aire, y el
Gobierno no cesa de dar motivos para perder ese combate. ¿De qué pozo ciego han
salido tantos progresistas rijosos, babosos, depredadores? ¿Queda todavía algún
político decente que no esté pringado? ¿Cesará de una vez ese sucio manantial
de escándalos del partido socialista? He tenido que cortar por lo sano como
hice con el tabaco para evitar que la depresión me cause un vuelco ideológico
irreversible. Hace tiempo que dejé de creer en la superioridad moral de la
izquierda después de descubrir que muchos la han usado como una coartada para
envolver sus latrocinios, su machismo, sus bellaquerías. No solo la extrema
derecha nos lleva al reinado del mono, también la izquierda, según se ve, está
sometida a unos instintos primarios. Hoy ya no sabes a quién das la mano, por
eso hace tiempos que juzgo a las personas una a una, no por lo que dice sino
por lo que hace. Se acabaron los sueños.”
Entre
los fenómenos que me interpelan, maestro, pocos como este de que entre dos
ilustres muy cultos dotados para la literatura y las complejidades del arte que
es pensar de veras haya el Julio César Londoño que, cuanto más adefésica y
pútrida resulta la gestión del gobierno por el que votó y que lo representa,
más se obstina en lavarle la mugre y en justificar sus miserias, mientras que,
instalada en las antípodas de la incoherencia ideológica, una Melba Escobar
reconoce el fiasco, entona su mea culpa de electora de buena fe timada por los
canallas para por último devenir en crítica implacable de todo lo que otrora
les censurara y afeara a anteriores corruptos y desvergonzados. ¿De qué se le
ocurre a usted, un coherente, que dependa una cosa -la infamia- y la otra -la
decencia- intelectuales?
1099. Medioevo Científico y Tecnológico:
“Cabe la
triste posibilidad de que la educación”, en lo que hasta no mucho ha se llamó
‘mundo civilizado’, “no le importe a nadie, salvo a algunos profesores no
vencidos por el desaliento ni aquejados en exceso por las oscuridades
depresivas, a algunos alumnos y alumnas misteriosamente poseídos por el deseo
de aprender, a algunos padres y madres de convicciones humanistas, y a unos
cuantos ilustrados sueltos que siguen sosteniendo la extraña convicción de que
el saber es un ingrediente de la libertad y también de la dicha. Son ilusos
convencidos de que el ser humano, para alcanzar la plenitud de sus facultades,
necesita un aprendizaje en ocasiones arduo que le ayude a comprender racionalmente
el mundo, a reconocerse en la humanidad de los otros, a situarse en el espacio
gracias a la geografía y en el tiempo gracias a la historia. Sin tal
aprendizaje no hay posibilidad alguna de distinguir entre las cosas ciertas y
los embustes, entre la astronomía y la astrología, entre la evidencia fiable y
la propaganda religiosa o política, entre la justicia y la injusticia, la
democracia y la tiranía. […]
¿Qué
competencias pueden enseñarse separándolas de ese conocimiento que tanto les
desagrada a todos? ¿Pueden la creatividad o el sentido crítico ejercerse sin
una formación verdadera? El conocimiento no se transmite mecánicamente, como la
información que uno copia de la inteligencia artificial. La principal arma de
supervivencia y progreso de los seres humanos fue la capacidad de preservar y
transmitir las experiencias adquiridas gracias primero a la palabra y luego
además a la escritura. Los buenos profesores sufren el descrédito, la
postergación y el asedio porque son una barrera, casi la última, contra el
triunfo de la ignorancia y la barbarie, de la amnesia colectiva y el cinismo
insidioso para el que todo da igual, salvo la ansiosa satisfacción de cualquier
capricho instantáneo. Nos quieren ignorantes, groseros, sectarios, ansiosos,
apoltronados, narcisistas, aislados cada uno en su paraíso virtual, insolentes
y mansos en nuestro aborregamiento colectivo…” (Antonio Muñoz Molina).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la
realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
Adenda:
¿usted también, don Antonio, usted también piensa entregarse al desdoro
voluntario de su prosa tan certera y luminosa con la redundancia disfónica esta
de las duplicaciones del género, de las que absolutamente nadie puede salir
bien librado cuando en ellas incurre?: para la muestra, este artículo suyo.
Ahora: ¿cómo me explico que, para sólo citar un ejemplo, en ‘Patriotas, gente
de orden’, la columna que usted publicó justo una semana antes del artículo en
cuestión no haya ni tan siquiera una, para bien de ese texto y de su buen
nombre? Debe de ser por la misma razón por la que ningún concienciado de la
izquierda e incluyente teórico duplica el género cuando la cosa va de
indeseables: asesinos, corruptos, violentos, violadores, corruptores, rateros,
perjuros, invasores, tiranos… En pocas palabras, categorías en las que jamás
podrían recalar una Kristi Noem, una Delcy Rodríguez, una María Zajárova y
muchísimo menos mujeres por completo anónimas por el estilo de un par de
ternezas llamadas Zulma Guzmán y Ana Julia Quezada, que ya querría mis Segundas.
1100. Si un buen día mi sueño de que a los
estudiantes de ciencias se les impartan al menos un par de cursos de literatura
y a los estudiantes de literatura un par de cursos de ciencias se
materializara, y me designaran para que le dicte a un grupo de primíparos
verbigracia de biología el introductorio, la primera lectura con que intentaría
seducirlos, y a fe mía que lo conseguiría, se titula ‘Un manifiesto por la
oscuridad’. Cuyo autor, a diferencia de los Savater que se congracian con lo
peorcito de los codiciosos resentidos que promueven la cosmofagia, y sólo para
zurrar a sus ex colegas de El País de España y verter en todo lo que le huela a
izquierda su más depurada ironía, tiene garantizada la posteridad no sólo
gracias a sus calidades literarias, sino al compromiso de su escritura con la
denuncia de los atropellos y desmesuras que se cometen contra la naturaleza y
el planeta entero.
Adenda: antes de conocer a los muchachos en persona, les pediría que me respondan electrónicamente la primera de muchas preguntas que irán surgiendo a lo largo del semestre: ¿le parece a usted posible que la contaminación lumínica atormente a un ciego total y congénito, o que la contaminación acústica atormente a un sordo congénito y profundo? Explique con suficiencia por qué sí o por qué no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario