1101. Se lo dedico a Marcela, a Lina María y a Lina
María, a Orlando, a Fabio, a Mariana, a César Hernando, a Juliana y a Juliana,
a Jaime Alberto, a las hermanas Zamora, a Rolf Ismael, a Andrea, a Alina, a
Angélica, a César Arenas, a Paula Andrea y a las muchas personas que motu
proprio o por circunstancias de la vida resolvieron de mí apartarse o
resultaron de mí apartadas, apartamiento que ni por un solo momento ha
conseguido hacer siquiera titubear el afecto, el cariño inmenso y en algunos
casos el amor infinito que les guardo y que les voy a tener hasta que mi
cerebro o mi corazón se apaguen: “…En alguno de mis primeros libros, hace mucho
tiempo, ya sostuve eso de que mantenemos una rutina equivocada y que, en vez de
vivir con los amantes y salir con los amigos, deberíamos vivir con los amigos y
salir con los amantes. Bueno, vale, es una broma…, aunque quizá no tanto. Hay
algo en la amistad, en esa lenta, tenaz, atenta construcción de la relación con
el otro, que me parece que, por lo general, es más básico y auténtico que esas
relaciones llenas de expectativas, espejismos y fantasmas que solemos
establecer cuando hay un ingrediente pasional por medio. […] Hay que invertir
mucho tiempo, y tiempo de calidad, en el desarrollo de una amistad. Esta es
otra rutina equivocada en la que muchas personas caen: dedican todos sus
esfuerzos al trabajo, a ser reconocidos profesionalmente, a ganar dinero o
poder, y descuidan esa otra faceta, modesta y en apariencia inútil, que
consiste en ir trenzando tus emociones con las de otros, en ir descubriendo la
íntima terra incognita de unos extraños que terminan siendo tu patria y tu
vida. Desde lo alto de mi edad me voy a permitir la ridiculez o la soberbia de
dar un consejo a la gente más joven: que los afanes y los alborotos de la
existencia no te hagan perder las prioridades. No desdeñes el valor de la
amistad, no la pospongas por trabajo, por miedo, por pereza. Porque llegará un
momento en el que te arrepentirás. […] Un amigo es una persona que te hace ser
mejor. En medio de tanto horror como hay en el mundo, consuela recordar que
existe esto”: 302 10 40 717.
1102. “Hay libros que nos dicen de dónde venimos,
aunque no los abramos desde hace siglos. Entre ellos están”, y que me perdonen
los muchos que seguramente voy a dejar por fuera: La piedad peligrosa y Carta
de una desconocida y El mundo de ayer; El retrato de Dorian Gray y De
profundis; El país de los ciegos y La puerta en el muro; La ciudad y los perros
y Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor y Travesuras de la
niña mala; El río del tiempo y Peroratas; Las aventuras de Tom Sawyer; Fractal
(Salón de pasos perdidos); La conjura de los necios; El elogio de la sombra;
Sostiene Pereira; Los viajes de Gulliver; La paloma y El perfume; El extraño
caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y El diablo de la botella; Tristram
Shandy; Antígona; Azabache; Frankenstein; La escritura o la vida; El lector;
Iluminaciones en la sombra; La guaracha del Macho Camacho; El guardián entre el
centeno; La pregunta de sus ojos y Esperándolo a Tito y otros cuentos de
fútbol; El túnel y Sobre héroes y tumbas; Pedro Páramo y El llano en llamas; El
animal moribundo; La plaza del Diamante; Qué me quieres, amor y Las llamadas
perdidas y Ella, maldita alma; Prosas apátridas completas; El beso de la mujer
araña; Plata quemada y Respiración artificial; Las aventuras del capitán
Alatriste; Marianela; Mal de escuela y Como una novela; El oficio de vivir;
Lope de Aguirre; Rebelión en la granja y 1984; El astillero; Una cuestión
personal; Capitán de mar y guerra y Capitán de navío y…; Lolita; Después del
terremoto y Sauce ciego, mujer dormida; El marino que perdió la gracia del mar;
El mundo y Articuentos completos; La melancolía de los feos y Satanás; La
verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios; Bartleby, el
escribiente; Las cenizas de Ángela y El profesor; Solo en el mundo; Arráncame
la vida; El vuelo de la reina; Últimas tardes con Teresa; Matar a un ruiseñor;
El amante de Lady Chatterley; Millennium; Mi lucha (Knausgard); El cielo es
azul, la tierra blanca; La casa de las bellas durmientes; La metamorfosis y
Carta al padre; Casa de muñecas; El joven Arquímedes; Los días; Los miserables
y Nuestra Señora de París; El lobo estepario; La letra escarlata; Hambre y Pan
y Bendición de la tierra y Victoria; Vivir para contarla y El coronel no tiene
quien le escriba y El amor en tiempos del cólera y Doce cuentos peregrinos y
Cien años de soledad; El día del Chacal; Madame Bovary; El nombre de la rosa;
Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo; Crimen y castigo; Manhattan
Transfer; Coronación y El obsceno pájaro de la noche; Albanito, amigo mío, y
otros relatos; Oliver Twist y David Copperfield; El gatopardo; Cartas de un
sexagenario voluptuoso y El hereje; La Celestina; Don Quijote de la Mancha y
Coloquio de los perros; La piel de zapa y Papá Goriot; La roja insignia del
valor; La línea de sombra y Juventud y El corazón de las tinieblas; Viaje al
fin de la noche; La familia de Pascual Duarte; Fiebre y demás cuentos de
Carver; El extranjero y La peste; La Habana para un infante difunto; Un mundo
para Julius; Cumbres borrascosas; Lo que no tiene nombre; Los detectives
salvajes y 2666; Manual para mujeres de la limpieza y Una noche en el paraíso;
La cabaña del tío Tom; Molloy; La elegancia del erizo; El Mar e Imposturas;
Tombuctú y El libro de las ilusiones; Un vasto y desierto paisaje y Cuentos
reunidos; Los ríos profundos; Las mil y una noches; Lazarillo de Tormes; Los
sueños de un buen cristiano y demás cuentos de Aguilera Garramuño; Salvo mi
corazón, todo está bien y La Oculta y Fragmentos de amor furtivo y El olvido
que seremos y Basura y Angosta… El sentido de la existencia humana y El mundo y
sus demonios y La vida contada por un sapiens a un neandertal y El hombre que
confundió a su mujer con un sombrero y El dardo en la palabra y De animales a
dioses y Castalión contra Calvino y Arte y filosofía y Errata. El examen de una
vida y El sentido olvidado y Utopía y desencanto y… y… y…
Adenda:
no sobra aclarar que en esta lista, como en cualquier otra, pueda que haya
títulos que tras una revisión más exhaustiva acaben cediéndole su lugar a otros
de veras determinantes que en ella no figuran. A ver si algún día me animo.
1103. A propósito del desahogo 211:
“La
pregunta clásica sobre la obediencia al poder la formuló Etienne de la Boétie
en su discurso Sobre la servidumbre voluntaria, rescatado del olvido por su
leal amigo Montaigne. Según ese texto clarividente, el tirano puede mandar pese
a ser solo uno frente a muchos porque los demás quieren obedecerle. Nada sería
más fácil que negarse a cumplir sus mandatos y rechazar su autoridad, pero sin
embargo muy pocos o ninguno se atreven a semejante rebeldía. El tirano es
odiado por sus súbditos, que conocen muy bien lo injusto o dañino de sus órdenes:
sin embargo, las acatan. No hay que buscar ningún misterio eficaz en el corazón
del poder, sino en el corazón de quienes lo aceptan como una fatalidad
intratable. La servidumbre es una cárcel de la que cada recluso tiene la llave
liberadora y ninguno la emplea…
Es el
enigma que siempre ha desconcertado a los ácratas de este mundo. Uno de ellos,
más irónico que la media, Jorge Luis Borges, resumió su utopía diciendo: ‘Un
día los hombres merecerán no tener gobiernos’. En una de sus ficciones imagina
una deserción humana generalizada. Continúa habiendo políticos, pero ya nadie
les hace caso. Ellos dictan decretos, reclaman impuestos, establecen normas,
declaran guerras… pero no se les obedece ni se les respeta: caen en el desuso.
La mayoría buscan otros empleos, se convierten en cómicos o volatineros,
procuran ganarse la vida conduciendo vehículos de servicio público, hacen
nuevos amigos. De vez en cuando se les escapa una orden y alguien se les queda
mirando con tierna ironía. De la Boétie ha obtenido el más contundente de los
triunfos póstumos…
Por
supuesto, no ignoro que el relato de Borges es una ficción y además del género
fantástico, como otros de los más inolvidables de este autor, lo cual le hace
doblemente ficticio. Y, sin embargo, no puedo evitar a veces un vivo deseo de
verlo cumplido en la realidad. Ya sé que todo ciudadano prudente debe
obediencia a las autoridades legítimamente establecidas, aunque discrepe de sus
medidas de gobierno. Pero… ¿Hasta qué punto debe llevarse esa aceptación de la
cadena de mando? ¿No habrá un momento en que la autoridad establecida, por
legítimo que sea su origen, se ilegitime a sí misma con sus injusticias y
contradicciones de tal modo que un ciudadano dotado de sentido crítico racional
vea imposible o altamente indeseable seguir obedeciendo como si nada? […]
¿Hasta
cuándo creeremos estar obligados a obedecer?”
Por lo
menos hasta el día en que, concertados y del todo sincronizados, ante el pasmo
del mundo que los observa: los iraníes, los afganos y demás oprimidos por
sátrapas musulmanes; los chinos, los norcoreanos, los rusos, los bielorrusos,
los chechenos, los cubanos, los nicaragüenses y los venezolanos del presente
que sea se saquen de encima la bota que los asfixia. Claro que primero
sobreviene la parusía.
1104. “Todas las partículas del árbol de la vida se
sacudían como anémonas preciosas” cuando fui niño y sin tregua descubría el
mundo por medio del tacto, y del oído, y del olfato y el gusto, y de la vista
exigüísima que, pese a serlo, pesaba lo suyo en toda esa felicidad sobrecargada
de una como ansiedad malsana que me privaba de serenidad y paciencia; cuando
fui adolescente y me inicié en los deleites y desazones de la carne y en las
promesas y rigores de la fiesta, de mi fiesta tan atípica como la de cualquier ciego;
cuando fui veinteañero y estudié con pasión y disciplina y trabajé con pasión y
disciplina y aprendí cuanto pude y quise y me enamoré y me enredé con no pocas
de mis estudiantes y gasté plata y me emborraché y tertulié y transgredí y…;
cuando fui treintañero y seguí haciendo lo que durante los veinte, sólo que con
mayores conciencia y éxito aunque con igual desenfreno; y a los cuarenta, cuando
me supe económicamente holgado y la plata que llegaba lo hacía junto con mis
últimos raptos de buena suerte venérea, que le dieron paso a una sequía como de
fenómeno de El Niño. Con el advenimiento de los cincuenta, el árbol se
mantiene, por de pronto, tan quieto e insobornable como la esperanza en el
adecentamiento de la política en Colombia y en el perro mundo.
1105. ¿Que de cuáles forma parte el ciego que soy,
me pregunta una voz cuyo dueño no acierto a identificar?:
“Todo
progreso material y tecnológico entraña, en la historia, una tensión entre sus
beneficios y sus efectos nocivos, sus virtudes y sus estragos. La humanidad se
esfuerza con tenacidad y abnegación por avanzar -en eso consiste-, y mientras
lo va haciendo no deja de mirar hacia atrás con nostalgia por lo que ha
perdido, muchas veces incluso aquello que motivó esa necesidad de ir hacia
adelante y cambiarlo todo.
Cada
conquista del ser humano es también una renuncia y un sacrificio, un pedazo del
pasado que el futuro que se cumple ha suprimido y relegado. Entonces viene el
entusiasmo por lo nuevo y, aunque parezca contradictorio, la añoranza de lo que
ya no existe y que en su día pareció un lastre, un error que era preciso negar.
Como en el poema de Jorge Manrique: ‘No se engañe nadie, no, / pensando que ha
de durar / lo que espera / más que duró lo que vio…’. […]
Luego el
mundo se divide en tres bandos: los adoradores de lo nuevo, sus cultores como
si fuera una religión, una verdad revelada; los detractores del progreso, los
reaccionarios, los voceros del pasado abolido; y al final los escépticos, los
que aceptan todo como un hecho cumplido sin pensar demasiado en sus causas y
sus efectos…”
Quizá de
los tres y de ninguno a la vez; mire, quienquiera que usted sea (¿Constaín
acaso?): si me retrotraigo a la infancia y la adolescencia, celebré como pocos
la televisión a color, la irrupción tardía pero mirífica de los cajeros
automáticos, los discos compactos y el walkman que nunca tuve; los locales con
máquinas gigantes de marcianitos donde dejábamos, y no en pocas ocasiones, la
plata de las onces y el tiempo que habríamos debido tributarles a las tareas
del colegio; las busetas y los buses ejecutivos; los centros comerciales con
sus tentaciones de consumo por fuerza postergadas. Luego llegaron la
universidad y el primer trabajo, y con ellos o tras ellos -ya no me acuerdo- el
primer celular y el primer computador con su lector de pantalla, que me libró
de la dependencia en ocasiones humillante de la lectura y el estudio que no se
podían adelantar sin la ayuda de una voluntaria o de una sobornada; el internet
tan prodigioso y la biblioteca Tiflolibros, que me transformaron el infierno de
la escasez de libros en un infierno de abundancia que ahora me sumía en la
desesperación de querer pero no poder leerlo todo. Pasaron algunos años y mi
quehacer de profesor estricto y ambicioso empezó a verse torpedeado por el
WhatsApp, las redes sociales, los videojuegos y demás veleidades tecnológicas
que eclosionaron para acaparar completamente, ahora sí, las por lo general
famélicas raciones de atención de los muchachos, que ya no querían saber de
nada que no procediera de dentro de sus pantallas-universo. Y me fui de allí
para recluirme aquí en mi casa, con apenas cuarenta y cinco años y muchas ganas
de haber persistido si bien con el convencimiento de que contra semejante
leviatán de enajenación ninguna voluntad podía nada. Hoy, a mis casi cincuenta
y dos y con más fuentes de información de las que nunca soñé a la distancia de
un click, los aluviones diarios de noticias en relación con los avances
tecnológicos que se producen mayoritariamente en los Estados Unidos de Trump y
en la China de Xi han acabado por tornarme como de piedra, al punto de que ni
la inteligencia artificial con sus promesas miríficas y sus advertencias
ominosas consigue que me entusiasme o que me horrorice. Es decir, una apatía
apenas un poco mayor que la que progresivamente me desvincula de la vida.
1106. Lástima mezclada con asco es lo único que
puedo sentir por todo sectario bien informado de una o de la otra extrema que,
como cualquier Laura Restrepo o Santiago Gamboa o Julio César Londoño o Luis García
Montero -les quedo debiendo los de la extrema derecha-, nacieron
imposibilitados para la objetividad en política:
“En
realidad, después de esta introducción de teología experimental, de lo que
quisiera hablar hoy, en vísperas de la Navidad del año 2025, es de la paz, y no
de la paz total (que resultó ser un desorden completo), sino de la paz en el
mundo de hoy. Según San Lucas (II, 13-14), cuando la virgen parió al niño
Jesús, ‘apareció con el ángel una tropa numerosa de la milicia celestial, y decían
paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’. Ojo, la paz no es una cosa
ingenua con todo el mundo, sino solo con las personas de buena voluntad.
¿Paz con
Putin, que lleva casi cuatro años de invasión a un país independiente y
soberano, Ucrania? Pues no, un tirano así no se merece la paz, sino una
resistencia heroica como la que ha tenido el pueblo ucraniano. ¿Paz con Trump,
si resuelve invadir un país independiente y soberano como Venezuela? Tampoco.
Sería fatal que ahora Putin y Trump se repartieran la tierra según ‘zonas de
influencia’, y que al uno le toque Europa oriental y al otro todo eso que se
llama el hemisferio occidental, incluyendo Canadá, Groenlandia, Panamá,
Venezuela, Colombia y todo lo demás. ¿Paz con Maduro, que es un usurpador y, según
el mismo Petro, un dictador? Tampoco. Si Maduro tiene voluntad de paz, debe
entregar cuanto antes el poder a quienes de verdad ganaron las elecciones en
Venezuela en 2024: el presidente putativo, Edmundo González, y la verdadera
madre de la oposición, María Corina Machado, a quien el régimen bolivariano le
impidió presentarse a los comicios y tuvo amenazada y obligada a esconderse
durante más de un año para que no la metieran presa o la mataran.
Quienes
aquí no quieren que María Corina pueda siquiera hablar en público, y exponer lo
que piensa y los argumentos que tiene, están defendiendo implícitamente la
tiranía abominable de Maduro y sus jerarcas, la alianza narco-militar entre el
ELN (brazo paramilitar del chavismo en Venezuela y Colombia) y el régimen
bolivariano. Presentan a Machado como la culpable de la intervención ilegal de
Trump, y no como lo que ella es de verdad, una víctima de la represión de
Maduro, el usurpador. Hay que rechazar enfáticamente la intervención de Trump
en Venezuela y en toda América Latina. Pero es comprensible que, si no es
posible cambiar por las vías democráticas y pacíficas (las elecciones que
ganaron) al régimen chavista, se piense en otro tipo de presiones.
Según la
célebre definición de Popper, un gobierno puede considerarse democrático cuando
es posible deponerlo o sustituirlo por vías pacíficas. No parece que Maduro y
sus secuaces quieran abandonar pacíficamente el poder que han usurpado. Chávez
ganó las elecciones; Maduro no. Y como no es un hombre de buena voluntad, sino
un usurpador, un aliado de Putin, un asesino y un tirano, no se merece la paz,
sino la resistencia.
La
independencia y soberanía de los países, algo que América Latina siempre ha
defendido, no se puede limitar al repudio de la intervención gringa. También
hay que repudiar la invasión de Israel en Palestina, la de Putin en Ucrania, y
la usurpación del poder de Maduro en Venezuela, un dictador de estirpe corrupta
y represiva, así se enmascare en las banderas de la izquierda mamerta que aquí
seduce a tantos todavía.”
Ay,
Hetícor querido: desconsuela saber que usted y yo y Carlos Granés y Piedad
Bonnett y Andrés Hoyos y Juan Esteban Constaín y Moisés Wasserman y Juan
Gabriel Vásquez y Mauricio García Villegas y Daniel Samper Ospina y Olga Lucía
González y todos los que con nuestro voto moderado y racional querríamos dar al
traste con este uribopetrismo que dura ya casi tres décadas, y que según
marchan las cosas amenaza con prolongarse otras tantas, vayamos a tener que
esperar hasta que San Juan agache el dedo y lo vuelva a levantar para volver a
ver sentado en el solio de Bolívar a alguien siquiera aceptable tipo Belisario
Betancur y Juan Manuel Santos y César Gaviria, o decente y meritorio por el
estilo de un Virgilio Barco Vargas. ¿Fantasear, en pleno 2026 y atrapados entre
lo más impresentable de la extrema izquierda y de la extrema derecha, con que
en Colombia se elija a un Sergio Fajardo o al menos a una Claudia López? Del
todo factible sólo cuando cada cuatro años despuntan las elecciones y el colombiano
medio, sediento siempre de tropel y de sangre se declara, el muy tartufo, el
muy hipócrita, el muy farsante, el muy artero, el muy taimado, el muy perjuro,
el muy felón e hideputa, admirador y militante de lo más mesurado del centro
del espectro político.
1107. Entre las muy pocas cosas que querría conocer
de la posteridad: su juicio frente a nuestro presente tan ridículo y sin
embargo tan pesadillesco, tan deleznable y a la par tan catastrófico, tan
aparentemente insustancial y a un tiempo tan determinante para la viabilidad
del planeta y el futuro de la generación que acaba de nacer o que está por
hacerlo, para no hablar de las decenas y cientos y miles que la sucedan:
“…Somos,
en apariencia, individuos con capacidad de elección. Pero, si lo examinamos con
calma, esa capacidad es un espejismo semejante al que quizá tengan las gallinas
en el interior del corral.
Los
grandes grupos empresariales -la distribución, la banca, la salud pública
externalizada, la vivienda convertida en mero producto de mercado, las
residencias de mayores gobernadas por colosos del dinero- fingen seducirnos,
pero en realidad nos seleccionan como piezas de su engranaje industrial. La
libertad que creemos ejercer es la última fase de un proceso en el que nos
inscriben antes de nacer. Piénsenlo: algoritmos que anticipan nuestros gustos,
empresas que moldean nuestros hábitos, instituciones que fijan los entornos en
los que nos movemos, partidos políticos que actúan como correas de transmisión
de tales entramados.
Los
supermercados nos segmentan, las plataformas de entretenimiento nos perfilan,
las aseguradoras nos calculan, los fondos inmobiliarios nos eligen o descartan
como inquilinos garantizados. Cada uno de estos actores casi monopolísticos nos
va colocando un collar invisible. Aunque no sintamos su tacto en la piel,
podemos percibir, si prestamos atención, los tirones de la correa. Son nuestros
amos.”
Ojalá
todo se tratara de un simple y sencillo problema semántico: el del que
confunde, y por ende utiliza, un sustantivo incorrecto en el lugar del
correcto. El asunto aquí es mucho más grave y podríamos decir que su índole es
médica, o más exactamente otorrinoftalmológica: mayorías entusiastas hasta el
paroxismo que, paradas ante una distopía mefistofélica, la toman por utopía
liberadora. Millardos y millardos de ciegos intelectivos a la par que sordos
voluntarios que cierran los ojos ante las señales de alerta que se encienden
por doquier y que, para que no se los sustraiga del trigésimo partido de fútbol
o videojuego del día, se tapian las orejas con cada vez más decibelios a fin de
que no les lleguen los mensajes catastrofistas de los aguafiestas. A quienes yo
sinceramente admiro pues, en su lugar, no movería ni tan sólo un dedo para
salvar a los absortos desaprensivos del leviatán que los -nos- acecha, y menos
aún me desgañitaría en vano por quien rehúsa -o simplemente no puede- pensar
por sí mismo.
1108. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Platón
tenía más razón que Skinner. Esto es bien curioso, ¿no te parece?
Pero mi
favorito es Kant, naturalmente. Dijo que toda la filosofía cabe en cuatro
preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el
ser humano? Y este parece un buen momento histórico para repasarlas. La primera
se nos ha complicado de manera monstruosa y paradójica. Nunca hemos sabido
tanto como ahora, nunca el conocimiento ha estado tan al alcance de tanta
gente, nunca hemos tenido más medios para debatirlo, comprobarlo, profundizarlo
y, sin embargo, hay miles de millones de seres humanos, seguramente la mayoría
de la especie, que han elegido ignorarlo para caer en brazos de la mentira, la
superstición y el veneno ideológico.
En estas
condiciones es imposible responder con sensatez a la segunda pregunta, ¿qué
debo hacer?, y a la tercera, ¿qué me cabe esperar? Incluso se puede argüir que
más vale no responderlas, porque con tal empanada mental las consecuencias de
cualquier acción y de cualquier esperanza serían probablemente calamitosas. Sí
podemos responder a la cuarta: el ser humano es a la vez el más listo y el más
tonto de los animales que pueblan la Tierra. Así que necesitamos más filósofos”
(Javier Sampedro).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento
sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en
la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda
Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación)
al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
1109. Da grima verlos, estimado y admirado Martín,
da grima y a veces asco ver a los más solventes inclusive correr como chuchos
detrás del hueso carnudo que les supone el escándalo diario, que se disputan a
dentelladas y abandonan una vez roído para apostarse a esperar el de mañana,
con el que harán lo mismo que con el de hoy y el de ayer y el de hace un mes o
un año o diez: olvidarlo porque lo suyo no es lo que debería ser: periodismo de
investigación, denuncia y seguimiento sino sólo de denuncia: “…En síntesis:
contar lo que (se) dicen los políticos sobre las cuestiones no es hacer
periodismo; periodismo sería seguir y analizar esas cuestiones. Porque así
podremos entender mejor nuestras vidas, nuestras opciones, nuestras decisiones.
Y si el periodismo no sirve para eso, no sirve para nada. Con perdón, más
faltaba, y el debido respeto”.
No creo
que usted conozca o siquiera haya oído hablar de un periodista colombiano la
mar de prestigioso y temido por los corruptos de este país -una marabunta-, si
bien no por todos con la misma intensidad. Sí por Uribe y los uribistas, a los
que el columnista (co-lum-nis-ta) Daniel Coronell no les pierde pisada ni
derrape ético; no, o en cualquier caso muchísimo menos, por los petristas hoy
en el poder y en comparación bastante bien tratados y soslayados por esta
institución del periodismo investigativo: un hecho de cuya generosidad y
desbalance hablan los artículos por él firmados en la revista Cambio durante al
menos los últimos cuatro años. Sin semejante escoramiento hacia la izquierda,
créame hermano que Coronell constituiría un ejemplo a seguir entre los
periodistas jóvenes y una inspiración profesional para los muchachos que en el
presente estudian comunicación social. (Pero que no se desanime nadie porque
les tengo otro nombre, este sí del todo meritorio: Ricardo Calderón se llama el
personaje, y mira con ambos ojos y dispara con ambas manos las balas de sus
imparciales, e incisivas, y puntuales, y documentadas investigaciones.)
1110. “Como uno de esos buitres que están metiendo
el pico en la gacela, y cuando llega el león, se apartan uno o dos metros, pero
cuando este se descuida, se acercan de nuevo con cautela con la intención de
trincar un trozo de tripa, y se alejan con ella”: la imagen nos viene que ni
pintada para lo que está por ocurrir hoy (3 de febrero de 2026), cuando dentro
de un par de horas Trump -de momento el león- reciba en la Casa Blanca a Petro
-buitre para siempre-, y para lo que viene ocurriendo desde principios de enero
con Delcy Rodríguez y su cohorte de gallinazos que, sumisos y oportunistas,
andan siguiendo al pie de la letra las órdenes que les dictan desde Washinton
si bien pendientes del más mínimo parpadeo para alzarse con su ración de
carroña. Ah, pero que no se crean los de la fachosfera que los de la
mamertosfera son los únicos que humillan la cerviz y, forzados por las
circunstancias, le lamben el culo al poderoso que odian. Échenles una miradita
a los Miley y a los Bukele, tan envalentonados ellos, a ver si se atreven con
la China capitalcomunista de Xi.
1111. “…figura maravillosa, pues tiene el hermano
mayor lo mejor de un padre, y ninguno de sus inconvenientes”: me moriré sin
experimentarlo en masculino mas no en femenino, pues cualesquiera
reconocimiento y elogios a mi hermana, mi hermadre, de lejos el mejor regalo
con que me obsequió Fortuna, resultan mezquinos y cicateros.
1112. ¿”Un perfume maravilloso, refinado, de
altísima sofisticación”?: en primerísimo lugar, cuatro o cinco odores di femina
con nombres y apellidos y, de entre ellos, el más sutil y perfecto que me fue
dado alojar en la memoria de lo insuperable. Por lo demás, dos marcas que casi
me hicieron proponerles a mujeres que los despedían, perfectas desconocidas
ellas o casi, matrimonio o en su defecto acuestes inmediatos, de tan
feromónicos que se me antojaron. Y otro tan sumamente celestial y discreto que,
por serlo, fue el que siempre les regalé a mi madre y a mi Olguita.
1113. La razón de que yo vote en blanco
prácticamente siempre en la segunda vuelta de cada elección presidencial que se
celebra en Colombia cada cuatro años, la resume el hecho de que si votara por
cualquiera de las dos opciones que se me ofrecen terminaría eligiendo, bien a
Dimas, bien a Gestas: bien a Dimas Hernández, Bien a Gestas Petro; bien a Dimas
Cepeda, bien a Gestas de la Espriella. Como ven, el amor del grueso de los
electores colombianos por lo impresentable y violento no deja otra salida.
1114. Ya querría cada novelista y cuentista y
dramaturgo y compositor clásico y escultor y pintor mediocre, pero conscientes
de su mediocridad, que se les apareciera en el camino una Cecilia Jiménez Zueco
que, con mano maestra, torne la insustancialidad de su novela o cuento u obra
de teatro o sinfonía o escultura o cuadro en todo un Ecce Homo de Borja capaz de
concitar la admiración y el asombro de legos y avezados en torno a la
indescriptibilidad del milagro.
1115. Y algunos de mis amigos y allegados dele que
dele con que no entienden la razón de que, entre un facho de izquierdas y un
mamerto de derechas, yo diga (y no porque lo diga: ¡es que se me nota!) que
odio, y con diferencia, más a aquél que a éste; más a un Petro que a un Trump,
más a una Clara López que a una María Fernanda Cabal, más a un Cabello que a un
Bukele, más a una Laura Restrepo que a una Vicky Dávila:
“…Pero
aquí hablo de gente que por lo general no es dada a los matices y la
indulgencia, la tranquila reflexión, la duda, la libre observación de la
realidad. No: hablo de gente que suele tenerlo todo clarísimo, todo, y que es
la primera en salir a apoyar, con histeria y sobreactuación, cuanto
levantamiento popular se dé en el mundo. Eso sí, solo si allí se alinean y se
expresan sus prejuicios ideológicos, sus obsesiones sectarias, el sesgo
maniqueo de su militancia.
Si no,
toda expresión similar de rebeldía o dignidad popular es despreciada e
infamada. ¿Ucrania? Son unos nazis, nada más. ¿Irán? Es la CIA con Israel, esa
es la explicación. Ahí sí no importan el feminismo, la libertad, los derechos
humanos, las minorías, la soberanía de las calles, nada: si se trata de jugar
con cinismo y desvergüenza en el ajedrez de las ideologías y el poder, el pueblo
ya no significa nada, que se joda.
Lo decía
Elías Canetti: ahí lo que prima no son las ideas ni el pensamiento ni la
solidaridad, un destino al fin y al cabo solitario e ingrato, sino el espíritu
gregario y borreguil, la adhesión abyecta y enceguecida a la propaganda y las
consignas de partido. Es la doble moral y la hipocresía que caracterizan a
tantos redentores de la patria (o de la humanidad, todo es siempre peor) que
condicionan la nobleza de las causas a la horma de su fanatismo.
Increíble:
progresistas, o así se hacen llamar, que defienden al régimen iraní y
justifican su violencia. Cuando la tiranía les conviene, ya no les hace falta
la revolución.”
Ya me
imagino los pelmazos petristas y lulistas y lopistas y chavistas y castristas y
orteguistas con que le habrá tocado lidiar durante sus años de profesor
universitario, aunque de una cosa estoy seguro: jamás con tantos como a mí a lo
largo y ancho de treinta semestres de estudio y trabajo en la ultraizquierdista
y por tanto decadente Universidad Pedagógica Nacional, de Bogotá, de las que
supe desarraigarme a tiempo para venir a recalar en… En otra ocasión le revelo
el nombre de este venero de silencio y civismo donde, desde abril de 2025, vivo
y estudio, no vaya a ser que los zaparrastrosos de la capucha y la consigna
trasnochadas caigan por aquí de propósito para pringármelo.
1116. ¿Que usted también, doctor Wasserman; que
usted también hubo de votar en blanco en las segundas vueltas de las últimas
presidenciales tras haber votado en las primeras por Sergio Fajardo, el
sempiterno renuente a las alianzas? ¡Pues volvemos a estar de acuerdo,
totalmente de acuerdo!:
“…En un
platillo hay 25 años de un régimen dictatorial con miles de muertos, decenas de
miles de presos políticos, que ha censurado los medios de expresión y sometido
a legisladores y jueces. Ocho millones de venezolanos (el 25 % de la población)
están en el exilio; más del 90 % de la población vive en pobreza. El ejército
es parte del régimen, y se crearon unas fuerzas paramilitares que amenazan a
quien se oponga. En las elecciones recientes el fraude fue tan descarado que es
evidente que la situación seguiría así por decenios. […]
Las
consecuencias de dejar todo quieto (inevitables sin intervención externa) son
mucho más graves que el peligro de transgredir la norma internacional en estas
circunstancias. […]
Es
inevitable, en ciertos dilemas excepcionales, evaluar consecuencias e
inclinarse por la solución que menos daño haga”: tal cual.
Esperemos
a ver, estimado don Moisés; esperemos a ver si el chandoso de Trump, logrado lo
que pretende, derroca por fin a la dictadura en pleno y convoca a elecciones
allá y si acá el reticente y melindroso Fajardo establece una alianza que nos
permita por fin a los tibios y cerebrales votar por alguien con nombre y
apellido el 21 de junio de 2026. Aunque la verdad es que, pareciéndome
inviables las dos situaciones, veo menos improbable que la magnatocracia gringa
se la juegue por las libertades de los vecinos.
1117. “Ha dado la vuelta al mundo el video de una
atractiva joven iraní que enciende su cigarrillo con el trozo de una foto en
llamas de Alí Jamenei, el jefe religioso del tinglado. Esa foto podría costarle
la vida”: ¿sexo débil? El de los malditos que las subyugan y torturan y mutilan
y las matan. Y el de los varones que, impávidos o cagados del miedo, los dejan
proceder a ellos y las abandonan a ellas a su suerte.
1118. ¿Que si la lucidez puede ir acompañada de
imprevisión y de tontería, me pregunta la más aventajada y bella de la clase?
Lean -le respondo intentando ocultar mi enamoramiento-, de Savater, un artículo
titulado ‘Elijan a su ogro’ para que lo concluyan por sí mismos:
“Estamos
ya casi resignados a recibir declaraciones insignificantes de políticos que
también lo son. […] Los políticos más escuchados no son los que hacen análisis
más inteligentes de la situación que vivimos, sino los que sueltan chorradas
más llamativas o son peor hablados: nadie se fía de quienes parecen saber de lo
que hablan. Al contrario, pronto un chiste pone a la opinión pública contra
ellos. Los idiotas se ganan a la gente por razón de parentesco con ella, ‘qué
tipo -o tipa- más salao, ¡tiene una mala leche!’, parecen decir. Repasen la
nómina de influencers en los medios audiovisuales, los que más seguidores
tienen: parece que todos acaban de sacar las oposiciones a necios, como los de
la famosa conjura…”
De
verdad que no sé quién resulta más lastimero: un Julio César Londoño que nace y
crece y se corrompe y muere en la iglesia en que se bautizó, o un Savater que
apostata de la primigenia por extremista, y todo para terminar militando en la
de enfrente e igual de impresentable. Ahora: ¿llamar usted, un desorientado
ideológico, “bobo” y “fatuo” a Javier Cercas, cuyas sindéresis y claridad
política ya se querrían tantos? Tan cínico y desmesurado como creerse con la
capacidad y el derecho de hacer entrar en razón electoral a un hombre de la
estatura de don Felipe González.
1119. ¿Que “todos los asesinatos son viles”,
defiende usted, estimado y admirado maestro Savater? Pero y ¿qué puede tener de
vil matar a un Putin o a un Netanyahu -entre otra mucha escoria humana- salvo
que, matándolos, se les ahorran los sufrimientos indecibles que yo invoco para
ellos y para todos los malditos de la política, de cualquier oficio? ¿Se va a
poner usted, usted que no se anda con maricaditas woke, delicado
y garantista teórico tipo tantos duplicadores y triplicadores del género del
petrismo y del lulismo, del chavismo y del orteguismo, del lopismo y del
sanchismo? ¿Que entre Netanyahu y sus compadres de Hamas, Putin y sus valedores
Xi y Trump, matan y torturan y mutilan y secuestran y destechan impunemente a
millones y millones, pero que para ellos haya debido proceso y garantías
constitucionales a la hora de juzgarlos? ¡Eso no, eso nunca!: la caridad y la
justicia sólo para quien las merece.
1120. Uno de los propósitos de estos desahogos, que
únicamente a mí desahogan, es dejar constancia de ojalá todas las razones por
las que este presente nuestro figurará, sin falta, entre las más ridículas y
baladíes épocas de que se tenga memoria; también entre las más abyectas:
“…La más
dañina de las armas contemporáneas es solo para uso doméstico: no sirve para
repeler a los invasores ni conquistar a los vecinos, sino que funciona
pudriendo los vínculos que nos ligan a quienes nos acompañan en el parque de la
vida. No muerde en la carne ni derrama sangre, sino que destruye cosas aún más
vitales, como la confianza en la palabra o el respeto a la integridad ajena,
salvo pruebas en su contra.
Me
refiero a ese mundo de delaciones y acusaciones que funcionan destructivamente
antes de comprobación alguna y que se vienen englobando bajo la rúbrica
hollywoodense de Me too. Su carácter venenoso no depende de los hechos
denunciados, que de ser ciertos pudieran ser delictivos, ni de las pruebas de
culpabilidad que existen contra los acusados, sino de que nada más formulada la
denuncia ya es públicamente aceptada como verdadera por personas influyentes
que descalifican a quienes muestran dudas sobre el caso, mientras que los
medios de comunicación escandalófilos -o sea la mayoría- agitan el asunto a más
y mejor.
Se
acepta como regla general incuestionable, algo así como una ley natural de la
sociedad, si tal cosa pudiera existir, que los varones pretenden imponerse
siempre a las mujeres, sea por las buenas o por las malas, es decir por la
rutina tradicional o por la fuerza bruta. De modo que las denuncias por malos
tratos o violencia de género no son sino confirmaciones particulares de la
pauta previamente asumida como norma genérica. Quien cuestiona la culpabilidad
de un varón incriminado está en realidad dudando de la norma universal que ha
emancipado a las mujeres del patriarcado secular. Y si ese varón al que quiere
absolverse es además una persona de relevancia social por cualquier motivo, al
reforzamiento del patriarcado se le une además la complicidad con el poder,
arrogante y abusivo por naturaleza.
Finalmente,
los que no suscriben la condena del acusado -de cualquier acusado- acaban
siendo peor considerados que aquellos a quienes se pone en la picota. Hay un
último ingrediente, de importancia no desdeñable: el interés económico. Si el
denunciado es un pez gordo, se le puede sacar pasta, a cambio de dejar de armar
jaleo a su costa. Primero se ve denunciado, luego chantajeado para que cese el
acoso y finalmente pierde el dinero y el prestigio. Y en ocasiones, sin que
haya existido siquiera una denuncia formal ante la instancia debida.
Todo
parte de un malentendido de base: al denunciar un abuso, uno o una se convierte
en denunciante, no en víctima. Y eso no cambia porque cierto número de personas
proclame estruendosamente: ‘¡Yo sí te creo!’. Bueno, ¿y qué? ¿Quién le ha
llamado a usted para meter el cazo en este guiso? ¿Qué autoridad tiene usted
para respaldar o rechazar la denuncia de otro? ¿Qué quiere usted pescar en ese
río revuelto? […]
Mientras,
las mujeres en Irán sufriendo de verdad, y las paticortas de por aquí diciendo
implícitamente: ‘Hermana, yo ni te creo ni te dejo de creer, es que lo tuyo me
da igual’”; pero dígame usted, don Fernando: ¿cómo puede uno evitarse el
engorro de oficiar de misógino a tiempo parcial, es decir, detestando a las
ménades de la cuarta ola y a sus valedores oportunistas del wokebuenismo
biempensante por la mañana, mientras durante el resto del día se piensa con
amor y gratitud en las mujeres que tanto bien nos hacen con sus cuidados y sus
miramientos, su sindéresis y su sensatez: los de mi madre, mi novia, no pocas
amigas y alumnas e incluso maestras de papel, entre las que cabe destacar a
Rosita Montero, Leila Guerriero,Piedad Bonnett y Melba Escobar?
Adenda(s):
de verdad que yo sí que hago votos por que a cada imbécil y bellaco del ‘¡yo sí
te creo!’ a bulto, le llegue el día en que una falsa acusación de violador o de
acosador le llueva del cielo o le ascienda del infierno para que pruebe de qué
va que las jaurías lapidadoras, antes que nada de la mamertosfera, lo condenen a
uno a priori y sin atenuantes. También por que no a pocas malintencionadas
misándricas de todo lo que les huela a falo apolítico, de centro,
centroderecha, derecha o ultraderecha, les toque la papa caliente de suscribir
sin pruebas la acusación de una histérica copartidaria, sólo que ahora en
contra de un man -hijo, nieto, hermano o papá- que las fulanas amen con
entrañas y… iba a decir encéfalo pero las pobres de aquello no tienen.
1121. Reputaciones de fachada, pujos de intelectual
estreñido, voces de engolamiento cutre, prestigios sin contrastar y, entre
muchas otras miserias, inteligencias de relumbrón son por lo común lo que
aguarda al pobre muchacho que, anheloso y expectante, se matricula en un
departamento de literatura o de literatura y…:
“…Hay
gente que trata de convencernos de que sus primeros entusiasmos adolescentes
como lectores se los deben a Marcel Proust o a Thomas Mann y lo peor de todo es
que a lo mejor es verdad. Alguien que se aficionó a leer frecuentando a
Petrarca o a William Faulkner nunca me convencerá de que le gusta leer más que
presumir, lo mismo que sucede con alguien que se les da de comilón pero solo se
ceba con caviar Beluga y con jabugo Cinco Jotas. En cambio, sé que a mi madre
sí le gustaba mucho leer (y me contagió) porque cada dos años, cuando Agatha
Christie publicaba su nueva novela, desaparecía de su puente de mando doméstico
hasta que la terminaba y yo me apoderaba de ella. […] La calidad literaria, el
calibre del estilo, la profundidad psicológica y demás embelecos están muy
bien, pero no pueden sustituir al encanto. Hay escritores que tienen de todo y
con altura de premio Nobel, pero carecen de encanto, un don que en cambio les
sobra a algunos autores que solo figuran en los quioscos de estaciones y
aeropuertos. Con los primeros iremos a las más altas cátedras, pero los otros
son los únicos que nos llevarán al cielo…”
Pero
seamos justos: por cada pesado teórico del enrevesamiento literario que me daba
clase había su correspondiente sabelotodo aprendiz que de todo opinaba y sin
ruborizarse, cual si se hubiera pasado un día tras otro de su vida imberbe
leyendo a Proust y a Mann y a Faulkner y a Petrarca, al tiempo que torcía el
gesto si un maestro de los de siete letras o un compañero de clase mencionaba
entre sus querencias fictivas a cualquiera de los felizmente desterrados a
quiosco de estación o de aeropuerto. Con particular grima recuerdo hoy a un tal
Rafa de la Pedagógica, a una Tal Mar de la Javeriana y a dos o tres pobres
diablos más de allá y de acá que deben de andar descrestando calentanos, no ya
como alumnetes, sino como chamanes de verdades reveladas y autoefigies de la
injusticia y la incomprensión artísticas.
1122. “Quien con separatistas, comunistas y otros
falseadores de la democracia se acuesta, se levanta cubierto de mierda hasta
donde yo te diga…”: justo como estamos todos los colombianos -excepción hecha
de los cientos de miles de enchufados a la teta de la burocracia-; aunque antes
que nadie los que, como yo, venimos previniendo a los entusiastas de buena fe
en contra del peligro y la amenaza que representan el chusmero de Casa de
Nariño y sus lambeculos desde antes incluso de que lo eligieran alcalde de la
pobre Bogotá, según lo pueden certificar decenas y cientos de mis ex alumnos.
¿Votar por Iván Cepeda, un comunistoide de lejos más comprometido con la
siniestra que su valedor desde el poder; por Abelardo de la Espriella, a ojos
vistas otro falseador de la democracia y como Petro corrupto irredimible, y
como Petro tramposo insuperable? ¡Eso no, eso nunca!
1123. Salvo por su estúpida inquina en contra de
Greta Thunberg, quien si su nieta fuera lo haría sentir tan orgulloso; por sus
críticas extemporáneas a El País de España que me lo venden como un mal
perdedor y un desagradecido; por su ironía acre en contra de las más que
justificables preocupaciones de los científicos en relación con los ya
palpables efectos del cambio climático, la cual lo tornará injustamente en un
ignorante y en un insensato a los ojos de la posteridad, yo a este man lo
quiero por las mismas razones por las que quiero, entre otros, al gran Fernando
Vallejo:
“La
comparación de nuestras vidas con ríos que desembocan en el mar de la muerte se
ha reiterado muchas veces, desde la justamente célebre de Jorge Manrique.
Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, compara la vejez con un
amplio estuario en el que la vida se ensancha antes de acabar y dejamos atrás
nuestras mezquinas preocupaciones personales para ocuparnos de los grandes
problemas sociales y las incógnitas metafísicas. Ahora que ya soy viejo, me
gustaría aportar mi testimonio en apoyo de esta opinión de Russell, de quien
siempre me he considerado indigno discípulo, pero francamente no puedo. Más bien
diría que todo lo contrario.
Ahora me
río de los esfuerzos por enmendar el camino de la humanidad y remediar sus
males seculares, y no digamos de la pretensión de despejar las incógnitas del
destino humano. Me limito a intentar aliviar los dolores que aquejan a los que
me rodean, a los que más quiero, entre los que me incluyo en lugar destacado.
Siento no tener un alma tan generosa como la de lord Russell: la vejez me ha
hecho más recelosamente egoísta, menos quijotesco y más sanchista (de Sancho
Panza, claro, no de […]). […]
Pero con
los años he aprendido que no es lo mismo ser muy humano que voluntariosamente
muy ignorante, aunque exhibiendo ignorancia como humanidad se ganan muchos
aplausos.
Al
llegar al definitivo estuario de la vejez, no me siento inclinado a la
serenidad de esos grandes interrogantes que uno se plantea con la tranquilidad
de que nadie los responderá jamás, como parecía recomendar Russell (que tampoco
ni joven ni viejo fue de temperamento plácido). Admito que los años no me han
traído el sosiego de los sabios ni ese distanciamiento de las pasiones que
permite vivir sin sobresaltos ni arrebatos.
Tengo ya
muchas canas pero todavía bastantes ganas. Y en vez de mirar a las cosas y
personas con irónica benevolencia, cada vez tiendo más a la intransigencia, sea
a favor o en contra. Por eso me gustan tanto esos versos de Dylan Thomas […]:
‘No
entres dócil en esa buena noche.
La vejez
debería arder y delirar al final del día;
Rabia,
rabia contra el ocaso de la luz’…”
Que
vivan, a más de Savater y Vallejo, Bardamu y Sawa Martínez, Lucita Berlin y
Knausgard, todos los espíritus libres: iconoclastas vacunados contra lo
políticamente correcto e insoportable, azotes de las moralinas que en cambio
hacen presa de prácticamente toda esta especie que con tanto celo y éxito cuida
lo que de veras piensa y siente. O sea, lo mismo por lo que lapida y fustiga y
mata a los que se franquean.
1124. “…Algo tan imposible como borrarle su estigma
a un asesino, que lo será hasta el día de su muerte; por más que se le
blanquee, la sangre que vertió podrá írsele de las manos, pero jamás de la
memoria de las víctimas ni de la conciencia democrática”: que Gustavo Petro,
¿ex? Terrorista del M19, jamás empuñó un arma y por tanto jamás mató a nadie
puesto que su función dentro de la mara era meramente ideológica, repiten sus
correligionarios y no pocos de sus votontos. Que les pregunten a ver si lo
mismo estarían dispuestos a afirmar de Álvaro Uribe y su hermano Santiago que,
hasta donde se me alcanza, no fueron quienes apretaron el gatillo en los más de
seis mil asesinatos que por aquí bautizaron con el eufemismo ‘falsos
positivos’. O si a los papas los exonera de cualquier responsabilidad en los
miles y miles de violaciones de niños y de adolescentes cometidas por curas y
obispos y cardenales de tantas partes el que acaso ellos no hubieran
participado del “festín”. Pregúntenles para que los oigan retorcer argumentos e
improvisar razonamientos a cuál más cínico y desvergonzado. La verdad es que
unos y los otros y también los ensotanados que no las portan “causan pavor. Y
sin pistola siguen siendo siniestros. Por eso necesitan de quien haga creer que
ni fueron asesinos ni los suyos fueron crímenes”: a mí, más asco que pavor.
1125. Y por acá millones y millones de insensatos,
ellos sí ciegos y sordos no sensoriales sino intelectivos, tapiándose los oídos
y cerrando los ojos para no oír los testimonios de ajenos desastres ni tener
que mirarse en espejos que proyectan el horror:
“…Si en
Venezuela, en Cuba y en Irán logran cuadrar sus respectivas amnistías lo será
aún mayor: la revolución aseguró a los comunistas y a los clérigos el poder sin
necesidad de una guerra civil.
En Cuba
y Venezuela la gente que podría haber disputado por las armas el poder a los
comunistas acabó yéndose del país, si pudo, en éxodos masivos: dos millones de
cubanos (un 20%) y casi nueve millones de venezolanos (casi un 30%). En Irán,
de donde exiliarse ha resultado más difícil, la Guardia Revolucionaria ha dado
cuenta de la oposición encarcelándola o disparando sobre los manifestantes como
sobre unas bandadas de estorninos.
Lo que
más llamaba la atención en la Cuba de hace 30 años no era tanto la carestía,
sino el envilecimiento de la gente común. El objetivo se resumía (y se resume)
en tres principios básicos difíciles de realizar: desayuno, comida y cena.
Degenerados por el hambre y por la ideología seguía habiendo millones de
castristas. Aquello parecía un país devastado por una plaga de termitas (aunque
tampoco tenían ya dónde hincarle el diente: nunca ha visto uno a tanta
población, jóvenes y viejos, sin dientes o con los dientes podridos, ni a
tantos niños con las rótulas marcadas). Se dedicaron entonces a pordiosear con
los dólares que les giraban del exterior los que habían logrado escapar del paraíso,
o a trapichear en el mercado negro.
Este
sistema fanatizado fue el que la Venezuela de Chávez importó de los Castro”
(exactamente el mismo que podría resultar reelegido acá en Colombia en agosto
del 2026), “el que también domina en Irán, donde la gente ha de comprar a
plazos el aceite con el que cocinan… a oscuras (y en absoluto sorprende que
esos tres países, dos de ellos grandes productores de petróleo, vivan entre
apagones: lo necesitan para pagar a los generales y policías que garantizan su
mando dentro, y a las potencias siniestras, Rusia o China, que los tutelan
fuera).
Si en
Cuba, Venezuela e Irán se presenta el momento de la amnistía: ¿quién va a
amnistiar a quién? En esos tres países no ha habido dos bandos, solo uno: el de
los asesinos y torturadores y los millones de colaboradores necesarios (esos
que codiciaban los negocios modestos de sus vecinos y los denunciaron para
quedarse con ellos, tras empujarlos al exilio).
Los
únicos con derecho a amnistiar son aquellos que no cometieron otro crimen que
el de disentir y opinar libremente…”: o sea eso que todavía hoy (24 de febrero
de 2026) los colombianos podemos hacer sin que se nos encarcele o mate (con
balas oficiales o mediante drones teledirigidos) pero que, si se reelige a esta
extrema o se la remplaza por la otra, estaría en serísimo riesgo.
Opinan
muchos que saben y no se diga los que no, que la ‘paz total’ del chusmero en
jefe fracasó estruendosamente, de lo que yo disiento: ¿de veras piensan quienes
eso sacan en claro que el propósito de este gobierno era pactar la paz con los
terroristas de todos los pelajes? ¿De cuánto tiempo van a precisar para
concluir que aquella denominación no es otra cosa que una suerte de mal
oxímoron a la par que una burla velada a los que les presumen la buena fe? Si
algo aúna a los bandidos hoy en el poder y a los que ceba para que sigan
delinquiendo a sus anchas es el propósito de no renunciar a él bajo ningún
concepto y sin que importe lo que haya que hacer: incendiar el país con la
excusa de un fraude o, por qué no, sacarse del sombrero un estado de conmoción
interior para que simplemente las elecciones no se celebren. ¿Que voy demasiado
lejos, me recriminarían algunos? La catadura y prontuario de los involucrados
así lo exige: para verdades, el tiempo.
1126. Si yo fuera un historiador y un intelectual
solvente y no el diletante que soy, de seguro que me aplicaría, inspirado en
‘Noventa años después’, un certero artículo de Arturo Pérez-Reverte, a mirar
con detalle las miserias sin nombre de los protagonistas de todas las latitudes
de nuestro espectro político, y todo para concluir al cabo que con reemplazar
en el original los nombres propios y otros vocablos por los que atañan a
nuestra realidad habría bastado.
1127. ¿Y quién sino él podría cuajar, y en apenas
unas pocas pinceladas, el retrato por antonomasia de nuestro presente?:
“Durante
mucho tiempo, en España como en el resto del mundo, se asumió que el gran
enemigo de la democracia era la censura explícita: la prohibición legal, el
cierre de medios, la persecución física del disidente. Hoy, sin embargo, el
fenómeno adopta formas más sofisticadas y eficaces. No hace falta prohibir un
acto cultural si se consigue desacreditarlo públicamente. ¿Para qué debatir si
es más fácil y barato amedrentar? El resultado es idéntico. […]
Esta
actitud parte de una idea profundamente antidemocrática: la sociedad no es
capaz de enfrentarse a lo complejo sin extraviarse, el ciudadano necesita ser
protegido de las ideas incómodas, el debate plural es un riesgo y no una riqueza.
Bajo esta lógica paternalista, el pensamiento deja de ser un ejercicio de
libertad para convertirse en una actividad sospechosa. Y lo paradójico es que
esta condena del debate se produce en nombre de valores que, históricamente, se
asociaron a la ampliación de libertades. Se apela a la memoria, a la justicia,
a la dignidad; pero se emplean métodos que niegan el pluralismo, desconfían de
la razón y sustituyen el argumento por la consigna. Cualquier opinión contraria
venga de donde venga, incluso dentro de la propia izquierda, se califica de
fascismo. Y el miedo a ser llamado fascista, la necesidad de gritar más fuerte
que nadie para evitarlo, da lugar a episodios de cobardía y claudicación […].
Lo
advirtió Hannah Arendt al analizar los mecanismos del pensamiento totalitario:
el mayor peligro es la destrucción del espacio común donde las cosas pueden
discutirse. En este ámbito, la paradoja resulta evidente: quienes se
autoproclaman herederos y paladines de la verdadera democracia reproducen
mecanismos profundamente autoritarios: no consienten la discrepancia,
desconfían de la libertad intelectual y consideran legítimo silenciar al
adversario. También en el extremo opuesto del paisaje político, donde soplan
aires dictatoriales de otro signo, aspiran a lo mismo: unos apelan al orden y
la tradición, otros a una intocable superioridad moral. Y la censura que ambos
ejercen -todavía ejercida más ruidosamente por la izquierda, pero den ustedes
tiempo al tiempo- es eficaz porque no necesita justificarse. No argumenta, sino
que señala; no persuade, sino que estigmatiza. Y una vez estigmatizado el
interlocutor, su palabra queda automáticamente deslegitimada. El debate muere
antes de empezar.
La
primera consecuencia es la autocensura: historiadores, escritores, periodistas
y profesores aprenden qué asuntos evitar y qué enfoques son peligrosos. El
silencio pasa a ser voluntario y llega el miedo a pensar en voz alta. Defender
hoy el debate ecuánime no es cómodo: exige valor, porque implica resistir
presiones, soportar insultos y aceptar riesgos. La segunda consecuencia,
eliminado el debate racional, es el enfrentamiento emocional: sentimientos
contra ideas. La tercera consecuencia es la degradación de la auténtica y
objetiva memoria. Recordar y honrar no es reavivar rencores y odios, sino
estudiar, comprender, explicar situaciones trágicas y aceptar hechos complejos.
Cuando el pasado se utiliza para envenenar el presente, deja de ser memoria
legítima y se convierte en turbia arma política.
Frente a
esta deriva conviene recuperar una idea central del pensamiento liberal
democrático europeo, desde Ortega y Gasset hasta los teóricos contemporáneos
del pluralismo: la democracia no consiste en eliminar el conflicto, sino en
civilizarlo. No es imponer una verdad única, sino crear las condiciones para
que verdades parciales o incómodas puedan confrontarse sin miedo. […] Cuando
una sociedad teme el debate, algo huele a podrido en ella. Lo grave no es que
existan ideas que molesten a otros; lo grave es que deje de considerarse
legítimo que molesten.
Uno de
los espacios donde el daño se manifiesta hoy con mayor claridad es la
universidad: concebida como un lugar para la discusión rigurosa y la exposición
de ideas incómodas, empieza a ser un espacio de asfixiante protección
emocional. […] La aparición de listas negras, vetos informales, campañas de
presión estudiantil y exigencia de cancelación de actos prueban que la
universidad ha dejado de ser un foro de confrontación argumental y es un
entorno de validación moral. El ocaso de la inteligencia.
En las
redes sociales, el fenómeno se ve agravado por el ruido, el anonimato, la
ignorancia y la mala fe que polarizan cualquier asunto por mínimo que sea. En
lugar de fomentar una relación adulta con el mundo y sus circunstancias, con el
presente y el pasado, suele imponerse un repertorio de lealtades obligatorias
que transforman la conversación pública en una sucesión de insultos y juicios
sumarios. El razonamiento extenso recula ante la indignación breve; la duda es
percibida como traición; la discrepancia, como delito. En este contexto el
debate es imposible. La consecuencia es una opinión pública elemental e
irreflexiva, donde una reputación se destruye en horas y la lógica carece de
valor. Una frase sacada de contexto, una fotografía manipulada, una cita
incompleta bastan para activar el linchamiento. Cercados por el fragor de la
ignorancia y la mala fe -si juntas a un malvado con mil tontos obtienes mil y
un malvados-, el historiador, el pensador, el escritor o el periodista libres
dejan de ser referentes o interlocutores válidos y pasan a ser sospechosos. Ya
no se les atiende ni responde: se los denuncia, se los cancela. […]
Todo
este proceso tiene un hilo conductor: el miedo a la complejidad, a la
discrepancia, a perder la hegemonía moral, a que el relato no resista el
contraste. Ese miedo se disfraza de sensibilidad indignada, pero actúa como
censura; se impone en nombre de las víctimas, pero termina utilizándolas como
mercancía electoral. El resultado no es una sociedad más justa sino más frágil,
incapaz de tolerar la fricción intelectual. Porque en una democracia sana, el
desacuerdo se plantea sobre que el oponente puede estar equivocado, pero no por
eso es un malvado. Cuando tal presunción se pierde, el asunto se envilece: si
el otro es enemigo, no hay nada que discutir; sólo queda neutralizarlo,
silenciarlo, exterminarlo figurada o físicamente. Esto explica por qué el
debate ecuánime -la equidistancia cobarde es otra cosa- genera tanta hostilidad
[…]; porque presupone algo intolerable para los malvados y los idiotas: que el
otro pueda hablar de buena fe, que pueda abordar un tema delicado sin intención
de ofender, que disienta sin buscar daño. Esa posibilidad es inadmisible para
todo sectarismo político que necesite enemigos para sostenerse, heridas
abiertas para hacer negocio instalándose en ellas.
Otra
consecuencia de esta deriva es la degradación del lenguaje. Blanquear,
normalizar, legitimar, dar voz funcionan como armas retóricas. No explican:
marcan y condenan. El lenguaje deja de ser herramienta para pensar y dialogar y
se torna mecanismo de control. Quien domina las etiquetas domina el debate o la
ausencia de él porque el veredicto ya está dictado. Esta simplicidad
lingüística no es casual. Pensar y conversar exigen palabras precisas,
categorías claras, conceptos a veces incómodos. La consigna fácil, en cambio,
se conforma con términos vagos y emocionalmente intensos. Su eficacia no
depende de la claridad razonada, sino de la adhesión colectiva. […]
La
guerra que los estúpidos y los malvados libran hoy contra el sentido común no
es sólo cultural ni ideológica: es contra la conversación misma, contra la
posibilidad de escuchar, disentir, debatir y seguir conviviendo. […]
…la
normalización, por parte de muchos, de la idea de que hay debates que no deben
darse. De que hay asuntos que sólo pueden abordarse desde un marco moral
autorizado por quienes lo controlan y administran. Aceptar eso es asumir una
derrota devastadora, no de una u otra ideologías en concreto, sino del
principio mismo de libertad intelectual. Una sociedad que renuncia a esa
libertad se pone una pistola en la sien. La guerra contra el pensamiento libre
es una guerra que no gana nadie, excepto los oportunistas y los canallas…”: los
Trump y los Petro, los Abascal y los Iglesias, los Miley y las Murillo, los
Noboa y los Cabello, los Bukele y los Díaz-Canel, los Putin y todos los
anteriores que lo admiran y lo temen y lo reverencian y lo emulan.
1128. ‘Aplauden como focas amaestradas’ igual los
paniaguados y medradores de Delcy que los de Murillo que los de Miley que los
de Sánchez que los de Trump que los de Petro quien, a propósito, hizo una
jugada maestra de tahúr del populismo al decretar un aumento del salario mínimo
del 23,7% seis meses antes de las elecciones presidenciales de 2026,
asegurándole mediante ese golpe de mano el cargo a Iván Cepeda, un comunistoide
más radical y peligroso que su valedor y camarada. ¿Que el sistema de salud se
cae a pedazos y sus compadres los terroristas guerrilleros y paramilitares están
de plácemes y al alza, con partes del país postradas por culpa de la inacción
del ejército ordenada desde la Casa de Nariño? ¿Que el castrochavismo vernáculo
trabaja con denuedo para conseguir que la empresa privada que más empleos crea
se aburra y se largue y, con ello, de los dos millones de pesos que hoy reciben
los privilegiados que trabajan en la formalidad se pase muy pronto a los
sueldos simbólicos y de hambre de una Cuba o una Venezuela? Ni al 60% que
anuncia en las encuestas que piensa votar masivamente en la segunda vuelta por
Cepeda y sin que importe con quién se mida, ni a los abstencionistas de siempre
que prefieren quedarse en la casa tomando trago y viendo partidos de fútbol,
les importa de momento un bledo que Colombia se desbarranque y se acabe de
joder. Paradójico que mientras que a los venezolanos acaso la suerte se les
enderece y los que están en el exilio puedan retornar, a los colombianos que
odiamos la mamertosfera como a nada en este mundo nos toque pensar para dónde
cogemos después del siete de agosto. Pero de una cosa pueden estar ustedes
seguros: muchísimos de los que a rabiar celebren ese día aciago, o con
indolencia vean a los otros celebrar, se nos sumarán a la postre en desbandada,
sólo que cuando para ellos y sus familias sea ya demasiado tarde.
1129. ¿Y yo qué voy a hacer cuando Savater,
Trapiello, Vásquez, Abad Faciolince, Cercas, Carlin, Granés y usted se me
mueran; cuando, como Marías y Caballero, dejen del todo desguarnecida la
atalaya de los que se comprometen y opinan, no lo que sus colegas esperan que
opinen, sino lo que les sale de los huevos y en todo caso de sus convicciones
más razonadas?:
“…Decir
que la Real Academia Española ya no limpia, ni fija, ni da esplendor no es
negar su utilidad, su hermosa y noble historia ni su necesario futuro, sino
prevenir una crisis. La lengua española no necesita una policía autoritaria,
pero sí una institución capaz de establecer criterios, defender la excelencia y
asumir que toda norma implica incomodar a alguien. Sin limpieza no hay
claridad; sin fijación no hay estabilidad; sin esplendor no hay belleza. Si la
RAE no mantiene esa triple vocación, su lema será una reliquia retórica. La
Real Academia Española no perderá autoridad porque la lengua evolucione y
cambie; la perderá si continúa consagrando más el ruido que el pensamiento, más
el error y la vulgaridad que la excelencia. Privilegiar a periódicos mal
escritos y redes sociales sobre escritores solventes y tradiciones literarias
contribuirá a la pérdida de calidad del español. Mientras no practique la
valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la autoridad
superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor escribieron y
escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil pero traidora a sí
misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho. Y una lengua que
renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por renunciar a su
grandeza.”
Yo,
estimado y admirado don Arturo, mucho me temo que el daño ya es irreversible y
que por tanto no hay vuelta atrás en el imparable proceso de deterioro y
desfiguración de nuestro idioma. Es más: casi que me atrevo a afirmar que el
español en el que usted y cinco de los siete arriba citados escriben; el de
Millás, y Vicent, y Muñoz Molina, y Grijelmo, y Constaín, y Samper Pizano, y
Londoño, e Irenita y dos o tres más de mis columnistas de cabecera… es decir mi
personal y secreta RAE, pronto muy pronto constituirá una suerte de español
antiguo, ilegible e ininteligible para las mayorías que no cultiven la
literatura, y créame que no exagero. Tampoco si le digo que hoy tengo por
milagroso el que mi oído descubra y se deleite, y una vez por año todo lo más,
con uno de esos hablantes que no bien abren la boca empiezan a prodigar eufonía
en todo lo que dicen. De ese tamaño de agujero negro es el estropicio.
1130. “Cierto: nuestros políticos gobiernan pensando
en los próximos comicios, y casi nunca las medidas necesarias pero impopulares
permiten ganarlos; pero la cuestión no es solo esa: la cuestión es también que
los grandes problemas -a menudo los menos visibles y los que menos afectan de
momento a la vida cotidiana de la gente- tampoco pueden solucionarse en el
corto plazo que depara victorias electorales”: lo sabemos de sobra los
colombianos de buena fe y bien informados en relación con la derecha populista
que siempre nos ha gobernado y en relación con la izquierda ultrapopulista que
por desgracia aterrizó en el poder en agosto de 2022. Jamás lo sabremos en
relación con el centro, sempiternamente condenado a perder una tras otra las
elecciones presidenciales, tanto por la proclividad de una mayoría de los que
votan a dejarse inocular de los candidatos su fanatismo auténtico o aparente,
cuanto por la ignorancia supina del grueso de esas mayorías en materia
política. Aunque, en primerísimo lugar, por la falta de ardentía de los dirigentes
tibios del espectro que confunden la decencia y las buenas maneras discursivas
con una absoluta ausencia de persuasión.
1131. “Las soluciones mágicas no son soluciones; son
problemas multiplicados y disfrazados de soluciones: pan para hoy y hambruna
para mañana”: verbigracia, el aumento desmesurado del salario mínimo que
decretó Petro en 2025 correspondiente a un 23,7%, junto con una rebaja en el
precio del galón de gasolina y la suspensión del cobro de algunos peajes, con
miras a lo que parece del todo previsible e inevitable: que el guerrillero
solapado y comunistoide declarado Iván Cepeda lo suceda en el cargo y nos
termine de joder a todos, salvo a los paniaguados que resuelva enchufar. Que se
tengan de atrás los imbéciles -los Londoño y las Restrepo y los Gamboa son otra
cosa- que por él voten de buena fe porque, en menos de lo que canta un gallo,
les va a tocar ver morir a sus familiares por falta de atención médica y
medicamentos, cuando no a manos de los bandidos de que sus elegidos se están
sirviendo para concentrar el poder… todo el poder si llegan a ganar.
1132. “Los pueblos, nos lo enseña la historia, a
veces enloquecen y se suicidan”: los colombianos que recelamos tanto de una
posible victoria de Abelardo de la Espriella como -salvo que más, muchísimo
más- de la de Iván Cepeda, que ya vocean algunas encuestadoras, lo sabremos
dentro de cinco meses y unos días. Y tras lamentar lo segundo -a lo primero
habría que concederle un margen de espera- y pasada la resaca, tocaría empezar
a sopesar alternativas de exilio. De momento y si me apuran, Costa Rica y
Uruguay figuran entre las más… tal vez las únicas para mí asequibles.
1133. “Lo diré aunque sea una evidencia: llegar a
buenos términos con el pasado, sobre todo cuando se trata de un pasado de dolor
y violencia, tiene que ser un empeño crucial en cualquier sociedad que se
quiera democrática. Nuestra relación con el recuerdo del dolor es uno de los
muchos rasgos que define la salud o la enfermedad de una democracia, porque no
sólo implica el reconocimiento de quienes lo han sufrido, sino la voluntad
testaruda de que no vuelvan a sufrirse cosas semejantes”. Aquí lo único
evidente, mi muy admirado y estimado maestro Vásquez, es que si de una
evidencia se tratara, no estaríamos, entre tantos más, los colombianos y los
españoles enzarzados en luchas intestinas por el predominio del relato de los
unos o el de los otros indeseables en relación con la historia de la violencia
política acá, y con la guerra civil y la posterior dictadura allá y, en medio,
la verdad ponderada y documentada que no logra hacerse oír, sofocada como se la
ve por el barullo de los estridentes y el de sus respectivas hinchadas.
1134. A mí en cambio me parece que la sabiduría
auténtica, de varón o de mujer que se enamoran o quieren y con su pareja
conviven, pueda que consista en no darle demasiada importancia a las
capacidades intelectual y dialógica del marido o la amante y mucha, muchísima,
muchisísima a sus cualidades y méritos personales y espirituales: “Hay parejas
que hablan todo el tiempo de lo que les pasa, de que sienten tal cosa o tal
otra. No sé cómo será eso. Yo vivo con un hombre sabio. Hablamos de política,
de cine, de cosas cotidianas, pero no de ‘la pareja’. […] A un hombre savio no
lo afligen las oscuridades, no retrocede ante el misterio, no exige
explicaciones, no reclama…”; lejos de mí la mera idea de convivir y ni siquiera
salir con una mujer muy culta, culta o aun semiculta que aspire a que cada
charla de recién levantados o de siesta los domingos sea un intercambio
académico en torno a Faulkner o a Proust, a Brahms o a Liszt, a que si
prefieres a Hopkins como Benedicto XVI o a Pryce como Francisco. ¡Qué fastidio
de intercambios, amén de antieróticos! De pronto sí, pero dosificados, los que
vayan de política, y de las miserias y las bondades del prójimo, de religiones
y enajenados por la religión, y de documentales o reportajes y noticieros en la
DW y France 24 y… Por lo demás, y sin tasa, de animales y de naderías no
insulsas sino picantes, de chismes de la familia y los amigos y los allegados,
de infidelidades e infieles, impotentes y frígidas… Claro que todo
necesariamente cercado por los silencios y las introspecciones que contribuyen
a la paz de los sentidos.
1135. Si hoy -como hace un siglo- la abuela de
alguien llamado felizmente Paul Auster matara de un tiro certero a su marido
infiel, la absolverían y declararían inimputable en virtud de un rapto de
locura; pero si el marido la matara a ella por similares razones, lo lincharían
primero en las redes sociales y, apenas días después, sin atenuantes en los
tribunales por misógino y uxoricida. Si un hombre de mi edad, más viejo o aun
veinteañero besara como me besaron a mí tres mujeres adultas cuando no llegaba
siquiera a los diez años a una menor de catorce, o intentara llevársela a la
cama no por la fuerza sino como quiso hacerlo conmigo una mujer en dieta cuando
mi mayor anhelo era que cualquier mujer -salvo que estuviera en dieta- me
desvirgara, ipso facto lo tildarían de pedófilo y violador y lo condenarían en
calidad de tal. A ver si los varones que experimentamos en la infancia
vejámenes por el estilo, me temo que muy a menudo deliciosos, nos sacudimos
toda esta inercia y confeccionamos nuestra propia lista Epstein para echarles
un empujoncito a las empoderadas de la cuarta ola en su cruzada contra la
inequidad que sufren en todos los ámbitos, aunque de lejos en el penal.
Adenda:
les doy la idea pero conmigo no cuenten, estimados cofrades y víctimas de
pederastas y corruptoras, porque para mí esos tres nombres son más que
sagrados. Lo único que les repruebo es que no se hubieran atrevido a pasar
adelante, como la cuarta, a quien de haber conocido antes de embarazarse y no
se diga embarazada…
1136. “Está bien agradecer a conciencia aquello en
lo que uno ha sido afortunado”: antes que nada y primero que todo, el amor que
verdaderamente importa: el infinito de mi madre y de mi padre y de mi hermadre
y de mi Goga y de mi nieto; las posibilidades académicas y laborales de que he
sido depositario; no poca suerte venérea; el poderme dedicar hoy, gracias a que
no tengo que pensar en mayores obligaciones económicas, a la lectura y la
escritura; las entretenciones tan sumamente productivas de que derivo parte de
mi bienestar; no haber contraído, todavía, ninguna ETS de resultas de mi cuasi
total falta de precaución en ese sentido; los animales que he amado con locura;
haber conocido a seres humanos maravillosos cuyo rastro, no obstante, perdí de
vista por muy diversas razones -en otros sinsabores e infortunios abundan los
testimonios de este blog-…
1137. A un columnista de opinión escorado hacia la
derecha o hacia la izquierda como el que a continuación cito le resulta, y sin
que importe cuánto se esfuerce para disimular el sesgo, muy difícil o casi
imposible conseguirlo:
“Hay
pocos cuentos más viejos y resistentes que el de la Edad de Oro; pocas personas
que no hayan vivido años y años lamentándose por vivir en esos años y no en
otros anteriores, superiores. Tantas creyeron que al principio había habido una
edad maravillosa que la maldad del hombre, el rencor de los dioses, la astucia
de la serpiente, la codicia de la mujer o cualquier otro cliché habían
arruinado hasta llegar a esta basura: nuestras vidas. Insisto: no hay relato
más insistente, persistente, inconsistente, estupefaciente que ese cuento para
amargados que se creen que su único error fue no haber nacido en el momento
justo -otro- y su única solución sería empeñarse en que alguna magia los
devolviera a aquella era ya perdida, siempre perdida, como el tiempo.
El
relato de la edad dorada ha servido para fundar reinos, religiones, filosofías
y hasta romances retrasados, pero nunca se pone tan necio como cuando se usa
para hacer política. Y es lo que está pasando en estos días.
Ahora,
en este mundo que no encuentra su futuro, cada vez más personas se dejan
arrullar por la vieja canción de la mitología de segunda: ‘Que todo tiempo
pasado fue mejor’. Eso, en política, tiene un nombre: se llama reaccionario.
[…] No, Trump, Meloni, Orbán, Putin, Miley y compañía felizmente limitada no
son conservadores; son reaccionarios…”
¿Y qué
son, amén de otros grandísimos hijos de la puta que en mala hora los parió:
Cabello, la Murillo, Díaz-Canel, Iglesias, Petro y compañía felizmente limitada
sino un puñado de reaccionarios que sin dudárselo un solo segundo harían hasta
lo imposible para replicar lo peor del comunismo soviético -prácticamente todo-
si se les brinda la oportunidad? Y con un tremendo agravante por lo que se
refiere a sus votontos: la suma proximidad de las catástrofes que gobernantes
de la siniestra han ocasionado en países del vecindario. ¿Equiparar la
imbecilidad de un elector de la extrema derecha, la cual promete un retorno a
un pasado a fin de cuentas lejano en el tiempo, con la de uno de la extrema
izquierda acá en Colombia, el cual tiene ante las narices los espejos
venezolano, nicaragüense, cubano y, por contera, la promesa más que
materializada del chusmero de arruinar un sistema de salud que funcionaba, con
mucho, mejor que el de los estadounidenses?
Adenda:
habla usted, hermano, de la tontería de los que se flagelan a sí mismos por no
haber nacido equis cantidad de años antes, y me hace reparar en el hecho de que
yo nunca he añorado algo por el estilo. No obstante, caigo en este preciso
momento en que si hubiera sido adolescente en los 60 y vivido como tal el a un
tiempo dichoso y anquilosador Mayo del 68, cargaría en la conciencia con la
mácula de haber sido alguna vez correligionario y votante de semejante bazofia.
De pocas cosas me siento orgulloso, aunque sin rebozo de dos: de haber sido,
desde mi más tierna pubertad, un ateo manso y un apartidista fervoroso de la
democracia.
1138. Lo que nos faltaba: que mientras que la nueva
voz de Chat GPT suena y se oye prácticamente humana -mejor dicho: humana-, las
de millones de humanos (párense a oír, si no lo han hecho, a cualquier niño y
adolescente digitales de cualquier país, de todos los países) sean cada día que
pasa más globales y robóticas y por tanto inauténticas, y de ahí que se me haya
casi curado la ninfulomanía que me hermanaba con Humbert Humbert y con millones
más. Sería como para llorar, arrancarse las barbas y mesarse los cabellos de no
ser por el alivio que se experimenta de ya no estar en la mira de las feminastys,
tan sedientas de víctimas propiciatorias de lo que dan en llamar
heteropatriarcado, categoría que como es apenas natural no cobija ni a los
machos y machistas maltratadores de la extrema izquierda occidental ni a los
talibanes y ayatolás tan tiernos del sur global.
1139. En mi calidad de ciego de nacimiento que sabe
de qué va la ayuda incondicional de los generosos de corazón (en aulas y
campus, en oficinas de todo tipo y auditorios, en buses y aviones, en los
hospitales y en la calle), calculo en un cinco por ciento los Lorenzos que,
como el Lorenzo de Si esto es un hombre que no permitió que Primo Levi perdiera
del todo la fe en la especie, cargan sobre sus hombros la ración de bondad que
indebidamente se nos atribuye a unas mayorías de entre cobardes e indiferentes
que, si bien no hacemos el mal abierta e impunemente, tampoco practicamos el
bien como es debido. Mejor dicho: les debemos a más o menos cuatrocientos
cincuenta millones de personas que el mundo tal y como lo conocemos no se vaya
del todo al garete, y apenas a una quinta parte de esa cifra la heroicidad que
nos redime.
1140. Imagínense ustedes: si tal cosa como la
desprevención le ocurrió a alguien tan sumamente capaz y agudo y bien
informado, y en tiempos muy anteriores a la gnomofobia, ¿qué no podrán decir
los ucranios y los palestinos y los libaneses y los iraníes, y los que sin
presentirlo siquiera aguardan turno en las arremetidas invasoras del
neoimperialismo, de momento rusoestadounidenseisraelí?:
“Este
año se ha pasado pronto. El año pasado a esta hora yo era un hombre libre:
fuera de la ley pero libre, tenía un nombre y una familia, tenía una mente
ávida e inquieta y un cuerpo ágil y sano. Pensaba en muchas cosas lejanísimas:
en mi trabajo, en el final de la guerra, en el bien y en el mal, en la
naturaleza de las cosas y en las leyes que gobiernan la conducta humana; y
además en las montañas, en cantar, en el amor, en la música, en la poesía.
Tenía una enorme, arraigada, estúpida fe en la benevolencia del destino, y
matar y morir me parecían cosas extrañas y literarias. Mis días eran alegres y tristes,
pero todos los añoraba, todos eran densos y positivos; el porvenir estaba
delante de mí como un gran tesoro. De mi vida de entonces no me queda hoy más
que lo necesario para sufrir el hambre y el frío; no estoy ya lo
suficientemente vivo para poder suprimirme…”
Irrumpen
los yihadistas palestinos en suelo israelí el 7 de octubre de 2023 para
secuestrar y matar y violar y descuartizar -¡vivos!- judíos e israelíes de
todas las edades, y miles de sus connacionales y correligionarios los aplauden
y vitoreann a su regreso, ¿inocentes? De la venganza que aquel pogromo iba a
desatar cuasi de inmediato; perpetra Israel el genocidio con que se cobró el
peor ataque de su historia reciente pero, no contento con ello, incendia la
región y pulveriza lo que se le pone delante y mata indiscriminadamente igual a
combatientes que a inermes a sabiendas de que con su vesania criminal iba a
despertar los peores demonios del antisemitismo, excesos que harán que arraigue
incluso en personas que lejos estaban de haber oído pronunciar el sustantivo;
confraternizan, creo que por primera vez en la historia, la extrema izquierda y
la extrema derecha de Occidente en torno a la admiración y el amor que ambas le
profesan al Bicho del Kremlin, al cual le creen a pies juntillas la mentira de
que Ucrania es su único blanco militar y geopolítico no sólo en la región sino
en el universo mundo; más de setenta millones de entre imbéciles y canallas
estadounidenses elevan por segunda vez a la presidencia al ser más ruin e
incapaz a la par que nocivo entre sus connacionales para que le dé la estocada
final al imperio que fue su país y, por contera, para que, en componenda con
los autoritarios y autócratas y tiranos con arsenales nucleares a su
disposición, entierren el orden internacional -por el que mal que bien se rigió
el mundo durante ochenta años- mediante invasiones y guerras y matanzas de
niños y mujeres y ancianos que el resto del mundo, es decir parte de la dichosa
y desdentada comunidad internacional, contempla horrorizado o indiferente. ¿Y
los nueve millardos de sapiens que dizque somos? Descontados los millones que
padecen -en Gaza y Cisjordania, Líbano, Irán, Ucrania- las guerras de los
malditos y los millones que desde antiguo sufren -en Sudán, Yemen, Afganistán,
Corea del Norte, Haití- el abandono más miserable por parte del género
degenerado, comidos por la ansiedad y la codicia tecnológicas y haciendo
malabares y hasta pactos con el diablo para hacerse, en un pispás, famosos y
millonarios digitales.
1141. Como el mundo jamás ha andado escaso de
imbéciles ni lo va a estar en tanto dure el antropoceno, me figuro que no
faltará el lector imbécil que juzgue y condene las transgresiones y latrocinios
ínfimos de Primo y de su amigo Alberto en el campo de exterminio. Ante la
pregunta recurrente de inventos que me gustaría ver materializados, uno con
doble servicio y otro que nada tiene que ver con él: un detector a priori e
infalible de la salud sexual de una mujer -de un hombre- que acabamos de
conocer o en cualquier caso que no conocemos bien y que está dispuesta
-dispuesto- a irse con nosotros a la cama sin dilaciones, y un transferidor de
dolores y sufrimientos propios y ajenos que nos permita traspasárselos a
malditos tipo Putin y Trump y Netanyahu, o a anónimos que nos quieren mal y nos
han hecho daño, y al menos parte a las mayorías de indiferentes que se encogen
de hombros y hacen como que no se enteran de las desdichas del prójimo. Este
prodigio irrealizable también nos serviría para destinar al lector imbécil y a
los criminales de guerra mencionados, así como por sorteo a no pocos
indiferentes, a, respectivamente, Auschwitz, Ucrania, Gaza, el Líbano e Irán, y
no en calidad de meros observadores sino de quienes más padecen los rigores de
sus guerras y peor lo pasan.
1142. ¿Que “la ley del Lager decía: ‘Come tu pan y,
si puedes, el de tu vecino’, y no dejaba lugar a la gratitud”? ¡Apenas natural!:
que no arrugue el ceño y mucho menos diga nada el lector imbécil, es decir
pseudomoralista, a quien de buena gana soltaría hoy desde un avión en medio del
frente en Ucrania, de la Gaza hambrienta y desesperada, del Líbano o el Irán
bombardeados por el Israel de Netanyahu y los Estados Unidos de Trump, no más
para ver si al cabo de un par de horas le subsisten los melindres. Le vendo el
alma al diablo a cambio del par de inventos de aquí arriba, así como del poder
suficiente que me permita transmutar mis odios de baja intensidad en venganzas
aleccionadoras o implacables, según se trate.
1143. “Es evidente que los grandes placeres son los
baratos”: un arroz con huevo frito y la yema blandita por la noche, con o sin
salsa de tomate; ir de caminata por el campo, con el olfato y el oído aguzados;
bañarse en un río correntoso mas no peligroso; conversar con otro u otros que
lo saben hacer, en torno a un café o una cerveza; acariciar animales que lo
desean, mientras duermen o parece que reflexionan; tumbarse a pensar o a no
pensar en nada, y la lluvia o mejor un aguacero de fondo, con los rayos tomando
fotos y los truenos con ganas de desfondar el mundo; respirar y cagar y orinar
y pensar y desplazarse y valerse por sí mismo sin mayores impedimentos; leer
los versos o la prosa límpidos de un gran poeta, cuentista, novelista o
ensayista; escuchar música clásica, ojalá en medio de un auditorio abarrotado
exclusivamente por absortos o ensimismados; hacer el amor, por amor genuino o
animal deseo…
1144. Si alguien ya viejo y enfermo, y por contera
pesaroso de no haber leído en su vida más que lo que le hizo leer algún
profesor de castellano en la escuela primaria, me pidiera una opinión sobre qué
leer durante los días o a lo sumo semanas que le quedan, sin dudarlo un solo
segundo le diría que el fragmento o el apartado o el capítulo de Tristram
Shandy que Laurence Sterne tituló ‘EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO’, en cuyas
páginas cabe, como en una única gota de mar, la inmensidad oceánica de la
literatura y de cada vida de hombre y de la historia de la humanidad toda, con
sus grandezas y miserias, sus claroscuros y sinuosidades, sus condenas y redenciones
y, de ñapa, el retrato en el que Dorian Gray -que en mayor o menor medida somos
todos- contempla horrorizado las fealdades de su yo más recóndito.
1145. Definición de Chaim Rumkowski: dícese de
cualquier Petro o Trum, Maduro o Miley, Ortega o Bukele que, ínfimos en talento
pero desmesurados en amor propio y delirios de grandezas, se edifican una
distopía por el estilo de la del homúnculo pronazi pero creyendo que con creces
superan la fictiva de Orwell.
1146. Pocos momentos más elocuentes que compendien
la desmesura de lo que somos como especie que este en que el hombre, a la par
que se adentra por enésima vez en el espacio para preparar un segundo alunizaje
y bate récords de lejanías y nos deja a todos boquiabiertos de asombro,
perpetra genocidios en Gaza y machaca a pueblos inermes en Cisjordania, el
Líbano, Irán y Ucrania con sus armamentos infames, de los que sus carniceros
hacen alarde. ¿Hacer votos por que la ciencia y los científicos con alma
contrarresten la vesania de los poderosos y la indiferencia absorta de
millardos a fin de que el antropoceno perdure, siquiera, más allá de los miles
de años que llevamos gerenciando la Tierra? Yo no suscribo.
1147. Leo ‘De profundis’, por completo absorto en su
belleza, y me pregunto qué habría sido de mí si, en lugar de mi resolución
frente a las tóxicas -tres máximo cuatro… de momento-, me hubiera ocurrido lo
que a Wilde con el sujeto infame que fue Alfred Douglas. ¿Descubrir tan
demasiado tarde las claves veladas en contra de la tragedia vital que supone
caer en las garras y entre las fauces de una -de un- desgraciador de
existencias ajenas por el estilo del que llevó al demiurgo de -¡óiganlo bien!-
un tal Dorian Gray a la cárcel y al desprestigio? Lo pienso y me invaden unas
ganas irrefrenables de hacerle leer este testimonio, este desahogo, a mi nieto
y a todos sus coetáneos, y no se diga a los primíparos de todos los pregrados
en psicología y especializaciones en psiquiatría; a todos los enfermos del mal
de amores y no se diga a las víctimas por lo común aisladas y vergonzantes de
un sociópata venéreo con falo o vagina que yo, gustoso, les…
1148. ¿Que “fue Jorge Luis Borges quien señaló que
los grupos humanos suelen preferir como representantes característicos a
quienes menos se les parecen”? Pues, y con el perdón del sabio, si tomamos a
los colombianos por un grupo humano, su máxima desatina por completo. Si
acertara y para no ir muy lejos, a Colombia la habrían presidido, entre otros
meritorios: Antanas Mockus, Humberto de la Calle Lombana, Enrique Peñalosa
Londoño, Sergio Fajardo Valderrama, Carlos Gaviria Díaz, Alejandro Gaviria
Uribe y Juan Camilo Restrepo Salazar. ¿Y ver coronarse de presidenta, en este
país-corraleja, a una meritoria por el estilo de Claudia López, Catherine
Juvinao, Jennifer Pedraza, Katherine Miranda o Nubia Carolina Córdoba, para no
hablar de tantas de sus predecesoras? Esperemos a ver si Paloma rompe el
hechizo machista y no nos decepciona a los que, como yo y pese a su mentor, nos
aprestamos a votar por ella en la primera y ojalá en una segunda vuelta que nos
libere de la infausta kakistocracia que aquí tarambaneó entre 2022 y 2026.
1149. Ojalá fuera no más este sustantivo el
proscrito por los tontainas de la psicología y la psicopedagogía, por padres de
familia y abuelos, por los políticos y los “educadores” mamertos y, por
contagio, prácticamente por todo estamento de la sociedad llamado a impartir
autoridad: “En este mundo tiquismiquis en que vivimos, en el cual se toleran
verdaderas atrocidades, pero no que se llame a las cosas por su nombre, la
palabra ‘castigo’ subleva a los hipócritas o a los besugos”. Igual suerte corren
exigencia, estrictez, rigor, disciplina, esfuerzo, seriedad, puntualidad,
evaluación, sustentación, corrección, reprobación, repetición, acatamiento,
respeto, concentración, excelencia, inteligencia, brillantez, merecimiento,
mérito, idoneidad, eficiencia, eficacia, profundidad, dificultad, hondura,
complejidad, escalafón y muchos más a los que, con estupidez u oportunismo, se
los tacha de injustos y discriminadores. Y así le va al mundo… de Trump y de
Petro, de Miley y de Ortega.
1150. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen Sánchez por Petro, Moncloa por Casa de Nariño y listo: “…En fin,
ganas de perder el tiempo y de crear cortinas de humo tóxico para que los
ciudadanos se distraigan y no se fijen más de lo debido (o sea, nada) en los
casos flagrantes de corrupción que rodean al Gobierno. El presidente Sánchez
odia muchas cosas […]: odia la sinceridad contrastada, odia la responsabilidad,
odia a los jueces independientes (de él), odia a los medios de comunicación que
no tiene domesticados a base de subvenciones y regalías, odia todo lo que puede
acortar su estancia en la Moncloa…”
Adenda:
leo ‘Lucidez moral’ en The Objective; oigo a María Corina Machado denigrar a la
dichosa cumbre de autodenominados progresistas de abril de 2026 en Barcelona
celebrada dizque en defensa de la democracia y en contra de los embates de la
extrema derecha, con la que tan a gusto se sienten el filósofo español y la
política venezolana -léanlo y escúchenla para que comprendan-, y siente uno
ganas de ponerse a llorar o de en su defecto pegarse un tiro. ¿La democracia en
manos de -entre otras joyitas- Pedro Sánchez y Gustavo Petro, cada uno con su
cúmulo de escándalos de corrupción e impresentables prácticas politiqueras? ¿La
democracia en pluma y en boca de dos que sin reparos señalan y condenan los
pecados y excesos de la izquierda al tiempo que atenúa -él- y elogia -ella- los
de la derecha, ambas en feroz competencia por el primer puesto en la
destrucción del Estado de derecho y de lo muy plausible que de él se deriva? Me
enjugo los ojos con mi pañuelo blanco y dejo en su funda, de momento, la
pistola para no mancillarla con un motivo a fin de cuentas tan deleznable.
1151. Yo no: yo no me pliego, maestro Ricardo
Cayuela:
“…Hoy la
identidad es una trinchera, un cómodo parámetro desde donde juzgar y
protegerse. La humanidad dividida en tribus. Vivimos una época en donde todo el
mundo parece obligado a declararse parte de un grupo, inamovible en el tiempo,
un compartimento estanco al que se debe fidelidad y obediencia. Para la
izquierda, los grupos se conforman desde el victimismo. Para la derecha
extrema, desde el miedo. Toda una inmensa ficción que parte de creer que la
identidad es algo coherente y sólido, cuando se trata de un artificio, una
sedimentación de capas, influencias y contradicciones que no puede salvarnos
del misterio de estar vivos, que es individual. Con una agravante: no se pide
obediencia a una etérea abstracción sino a sus concretos (y aprovechados)
vigilantes. […]
No somos
lo que decimos ser. No somos lo que defendemos. No somos siquiera lo que
creemos ser. Somos, más bien, el resultado siempre inacabado de fuerzas que nos
atraviesan: historia, cultura, voluntad, azar, fortuna. Bajo esos ropajes
impuestos, todos somos iguales. Convertir la identidad en destino es una forma
de renunciar a la vida…”.
Ciego y
discapacitado claro que sí, pero prácticamente al margen -y no por mi voluntad-
de dichas “comunidades”; ateo convencido, si bien panteísta, pero sin cófrades
en una cosa ni en la otra; ninfulómano literario y por rebeldía, y defensor a
ultranza de las trabazones venéreas entre cualesquiera dos o tres o más que
resuelvan gozarse mutuamente; odiador solitario de los malditos de la política
y la religión y de toda bazofia humana que no merezca misericordia ni
contemplaciones de ninguna índole; militante apartidista de todo lo que abarca
el centro del espectro político y votante sempiternamente frustrado de quienes
lo representan; despreciador sin cortapisas de la tabarra de las feminastys
y admirador y enamorado del tesón y la entereza de prácticamente todas las
demás mujeres, que en tantas ocasiones tan sumamente mal parados nos dejan a
los varones; propugnador de una más que convicción personal según la cual los
derechos de los animales, tan superiores a nosotros en tantos sentidos,
deberían prevalecer frente a los nuestros en razón de su fragilidad y
desvalimiento… Y yo, ¿qué más le digo? Por de pronto, que celebro conocerlo.
1152. Me habla Granés -qué dicha volvérmelo a topar,
maestro-, en ‘Preferiría no hacerlo’, de los Bartleby contemporáneos y a mí me
asalta cuando menos una duda. ¿Creen Daniel Gascón y usted que bajo esa
denominación caben todos los que, de una o de muchas formas, “renuncian” a las
imposiciones del presente? ¿No les parece que media una gran diferencia entre
el perezoso y desidioso a secas y el que, conscientemente, se resiste a
emprender -léase crear empresa-, o a viajar por placer -displacer para los
lugareños del paraje asolado-, o a consumir y acumular, o a infestarlo todo con
su presencia innecesaria, o a dar likes por doquier y a “seguir” en las redes
al bobazo de moda, o a aspirar y mucho menos intentar convertirse en un Forbes,
o a escribir y publicar, componer y estrenar, pintar o esculpir y exponer? Mi
pregunta es retórica puesto que del original e inmortal desconocemos por
completo las razones de su apatía o de su rebeldía, de su apatía rebelde o de
su rebeldía apática. Dios sabe que si las conociéramos no estaríamos ante un
clásico sino, quizás, ante un libro más o, por qué no, ante un bodrio.
1153. Si, como explica Granés en otro de sus lúcidos
artículos ‘Gobernar es distraer’, el primer grado de la culpa no es achacable
al Petro o el Trump, al Netanyahu o el Putin, a la Rodríguez o a la Sheinbaum,
a la Murillo o a la Mugabe que lo ponen en marcha sino a la prensa que, ingenua
o servil, se presta para que los populistas y los sanguinarios se salgan con la
suya; a la academia, que tendría que llamar al orden a la prensa y poner sobre
aviso a la ciudadanía; y, antes que nada y primero que todo, a los ciudadanos. Que
deberían fiscalizar el poder en su conjunto: el de la academia, para que se
mantenga independiente y crítica y no se amanguale con nadie; el de la prensa,
para que investigue y denuncie y no les sirva de caja de resonancia o de
escondrijo a los sinvergüenzas que “gobiernan”; y al ejecutivo y el legislativo
y el judicial, a fin de que honren las funciones que la Constitución les delega
y se preserven así los pesos y los contrapesos sobre que se erige la
democracia.
Adenda:
desde luego que cuando escribo esto no pienso en republiquetas del desdichado
sur global por el estilo de esta donde todavía vivo, y por descontado que
tampoco en la suicida que preside un tal Trump; sí en algunas nórdicas, que hasta
la fecha no abdican de la sensatez de no flirtear con las extremas del modo en
que tristemente lo viene haciendo Suecia desde 2022.
1154. Medioevo Científico y Tecnológico:
“Hay una
guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra
la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. […]
La
televisión fue el primer ensayo de regresión cómoda. Podía enseñar, divulgar,
abrir ventanas; pero también introdujo una tendencia tóxica: el reemplazo del
esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era imprescindible leer una página,
subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La
televisión se llenó de espectáculo, sentimentalismo fácil, información troceada
y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de
aprender el mundo y empezamos a consumirlo.
Aquella
televisión, al menos, tenía horarios. Había un momento en que se apagaba. Pero
llegaron las redes sociales y el teléfono móvil, y ahí se estableció el
mecanismo perfecto. No porque la tecnología sea perversa, sino porque puso en
manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su
propia regresión, e incluso destrucción. Nunca hubo tanto acceso al
conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo
tres mil años de pensamiento, arte, ciencia, filosofía, historia, literatura,
jurisprudencia, música y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a
desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir descargas
de placer instantáneo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener una idea
más de ocho segundos seguidos.
El
teléfono móvil se ha convertido en símbolo de nuestra contradicción, por el
contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca
universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilización
reducida a máquina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta
de medios, sino de ganas. El móvil no es causa de la estupidez; sólo desvela
hasta qué punto la preferimos cuando viene cómoda y socialmente digerible. Aquí
es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la
Ilustración no es sólo el fanático religioso, ni el dictador, ni el populista,
ni el comisario político; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras
engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras
acepta que lo sodomicen -metafóricamente o no- con la mansedumbre de un cerdo
en el matadero. El que se queja de los políticos, los medios, el sistema, la
manipulación y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a
premiar exactamente todo eso. Ahí está la podredumbre principal: no en los
tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fanáticos que hacen su
trabajo de fanáticos, ni en los charlatanes que jamás fingieron ser otra cosa.
El problema está en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre
corriente.
Y claro
que hay manipulación; siempre la hubo: en los púlpitos, en las cancillerías, en
los periódicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en
la liturgia patriótica o antipatriótica. El problema no es ése, sino la demanda
masiva de manipulación consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien
empaquetada, coincide con lo que creíamos antes y nos ahorra el trabajo de
pensar. El ciudadano no es víctima inocente, sino consumidor voraz de relatos
narcóticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los
enemigos de la razón; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto
que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu
proporciona consuelo y gratificación inmediata. Basta con aprender el
catecismo, repetir fórmulas, señalar al enemigo común y disfrutar la cálida
necesidad de pertenencia…” (Arturo Pérez-Reverte).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde
determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya
menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1155. Pobre diablo… tan bello y provisto de ángel:
“Acaso
porque, como todos los años, al llegar el verano captaba de una manera
particularmente aguda la vasta neurosis colectiva de felicidad y el áureo
prestigio del dinero que se esparce por las parcelas más privadas de esta costa
mediterránea como una miel dorada, que flota en medio del estallido del sol
como un germen de verdadera vida y que algunas noches especialmente cálidas y
sin fin se introduce en la sangre como un alcohol, lo que él buscaba realmente
en los brazos de Maruja era todo lo que ella traía consigo al lecho al bajar de
las terrazas iluminadas o de los grandes salones ya sumidos en el silencio
nocturno, una vez terminado su trabajo y cuando ya los invitados se habían ido
o dormían; algo recogía, en efecto, allí tendido en la cama, desnudo, algo
indecible que emanaba del cuerpo de la muchacha, lo mismo que se recoge algo de
la vastedad del espacio al acariciar las alas de un pájaro: juntamente con el
sabor a sal que hallaba en la piel, recogía devotamente restos de un día de
playa, invisibles presencias, dulces deseos que establece el ocio y fragmentos
de palabras vacías de contenido, un abandono corporal y una ternura
desapasionada que ya no expresaban -felices ellos, los ricos- ninguna pena por
todo aquello que nunca ha de alcanzarse en esta vida, por todo aquello que
nunca ha de realizarse.
A veces,
tumbado en la cama, sumido en la oscuridad, tenía que esperar a la criada
durante horas. Sobre su cabeza abandonada en la almohada flotaba siempre un
rumor de voces y risas que a él se le antojaba una fiesta; oía ladridos de
perros que había que imaginar hermosos, grandes, majestuosos. Otras veces oía
un griterío de niños. Nunca llegaría a verlos. Maruja le hablaba de aquellos
chiquillos endiablados que estaban a su cuidado: eran los hijos de la hermana
de la señora, todos los veranos pasaban quince días en la villa. ‘Me dan mucha
guerra -decía Maruja- y por la noche no hay quien les haga acostar, ¡pero son
tan monos, tan rubios! ¿No les oyes correr cuando se me escapan? Su habitación
queda justo encima de ésta.’ En efecto, Manolo oía a menudo los piececillos desnudos
correteando de acá para allá, los chillidos, su infatigable alegría, y cuando
se hacía el silencio (señal de que Maruja no tardaría en bajar, si aquel día no
había invitados) se ponía a pensar en los niños dormidos en grandes camas,
arropados por indecibles atenciones presentes y futuras. A veces se dormía al
mismo tiempo que ellos, como si a él también el alegre trajín de las vacaciones
le hubiese dejado rendido. Se despertaba horas después con un sobresalto,
malhumorado, descontento de sí mismo, preguntándose qué diablos hacía en el
cuarto de una criada…”: pobre diablo y sin embargo afortunado a su manera.
Es decir
como yo, que al contrario que él jamás he ambicionado izarme a las grandes
ligas del billete y la elegancia, pero que a diferencia de él he malgastado
horas que suman días, días que suman meses y meses que suman años anhelando que
incluso parias y descastados como él aunque sin su encanto se fijen en mí y me
inviten a sus charlas groseras y a sus compañías estériles porque yo, Manolo hermano,
cuando estoy solo en un bar o en otro cualquier lugar donde la gente no está
como yo desamparada, dispuesto estoy a rebajarme y a irrespetar si toca mis
muchos años de estudio y academia con tal de no sentirme tan frágil e inerme
como usted describe a nuestra Maruja: de modo que poco muy poco de lo que
sentirme orgulloso. De lo que sí, y lo celebro: de que me valga lo mismo
sentarme al lado de un millonario de los de su tiempo o de un Pijoaparte y, si
me apura, prefiero coincidir con usted para poder invitarlo a beber de mi
cuenta hasta donde se me antoje y usted resista. Ahí verá si se viene para
Cajicá y pasa unos días con Orfi y conmigo, con la Goga y el Santi. Podemos ir
a mi bar Delicias donde tengo unos carnales que sé que le van a caer del putas,
porque los Sierra son singularísimos. Y si nos alcanza el tiempo -por plata no
se preocupe que yo me encargo-, hasta viajamos a Lima para que conozca a Susan
y a Juan Lucas los papás de Julius: los ricos más agradables, elegantes y
divertidos que se pueda imaginar. A mí me los presentó el gran Bryce Echenique,
que a saber si fue carnal de su demiurgo.
1156. A mí qué me importa que para nadie en los
círculos literarios el nombre Alejandro Sawa Martínez signifique nada si su yo
rugiente es, desde que lo oí atronar con el poder de una revelación, uno de mis
referentes autobiográficos más alucinantes a la par que un carnal de papel -los
únicos que me van quedando-. Aquí lo tengo, frente a mí sentado y listo para
leerme en voz alta apenas cinco de las muchas verdades de ese ideario suyo que,
entre atónito y jubiloso, fui juntando a medida que me adentraba en sus Iluminaciones
en la sombra. Que tanto me dijeron de tantos aspectos de la perra vida mas nada
-¿o sí?- de mi yo presente y sus circunstancias tan atípicas: “Yo quisiera
pensar siempre, siempre, en temas que fueran motivo de regocijo. Demócrito se
me antoja superior a Heráclito, e insistentemente he creído siempre que la risa
debería ser más propia del hombre que el llanto. Pero Dios no lo quiere, los
hombres no lo consienten, y allá vamos peregrinos de lo desconocido durante
todo el tiempo que empleamos en reconocer la carretera De la vida, huérfanos de
la ilusión, al salir de los rosados limbos de la adolescencia, viudos de todos
los amores apenas llegados a la sazón de amar; allá vamos acariciados o
azotados por brisas o ciclones hacia el tremendo misterio de la muerte, con la
inconsciencia y la desaprensión con que los átomos se desprenden, se ayuntan,
se combinan y se disgregan en las alquimias vertiginosas de la Naturaleza. Por
eso, quizás, en la última página de los libros eternos, hay una lágrima perenemente
viva, bien visible para los que saben leer, y el legado de los siglos puede
expresarse con algunos bostezos, muchas imprecaciones e innumerables sollozos.
La vida es el dolor, y toda emoción estética no es bella sino porque ahoga
momentáneamente un quejido de la carne.” “Y así sigue, interminable y medrosa,
la lúgubre teoría de noticias desoladas en los periódicos: ‘Los suicidios de
ayer’. ‘Accidentes del trabajo’, ‘los dramas del amor’, ‘el hambre en la
India’, ‘choque de trenes’, ‘herido a martillazos’, ‘la guerra en Marruecos’,
‘obreros sin trabajo’… Y eso es así, y eso viene siendo así, desde el momento
inicial de las edades. Nacer es triste; vivir es cosa amarga; espantoso, morir.
¿De qué lóbulo cerebral de más o menos están armados esos hombres que sólo
aciertan a ver el lado cómico de las cosas y que oponen al duelo la carcajada y
la pirueta al desastre? ¿Serán ellos los únicos seres cuerdos de la existencia,
sin otra contrariedad que la de verse obligados a convivir con nosotros en el
vasto manicomio de la vida?” “Pido a Dios, si lo hay, tres cosas; y si no
quisiera concederme sino una, le pediría fe. Fe, aunque me obligaran a vivir en
un estercolero; fe, aunque los gusanos destruyeran mi cuerpo en vida; fe,
aunque los hombres me escupieran en la cara al encontrarme por la calle; fe,
aunque mi cuerpo fuera patria de la enfermedad y mi alma corte de la idiotez;
fe, fe, fe. Fe en Dios; fe en su justicia infinita; fe en la Tierra y en el
cielo.” “Murió de hambre. Un hermano nuestro ha muerto de hambre, en Madrid, en
pleno día, sobre el empedrado de la calle. Esta noticia es de ayer, pero lo
mismo podría ser de la víspera, o de la antevíspera, o de hace un mes, o
ciento. La fiera tiene su cubil y su ración de carne palpitante; pero hay en
estas sociedades que se llaman a sí propias civilizadas hombres que carecen de
un boquete bajo techado en que cobijarse y que, faltos de todo, se acuestan
donde los perros vagabundos repugnarían hacerlo, y viven -mueren, ¿no sería
mejor?- de lo que sería un detritus hasta para gusanos que surgen y se regodean
en los cuerpos muertos. ¡Pobres transeúntes de la vida, consagrados reyes de la
creación por decreto de la historia natural que enseñan en los colegios, y
destituidos de cuantos derechos alcanzan a los micos!” “Aquí, en nuestro
miserable mundo ideológico, no nos ocupamos de nada que no sea la infecciosa
política, en lo que tiene de más infecto, en su aspecto personal. Los grandes
hombres reconocidos y aclamados por la opinión no son, en la mayoría de los
casos, los inventores ni los artistas, sino los matones del Parlamento, los
barateros de la vida pública, los picados de verborragia, y no ayudados de
verdadera inspiración, tienen bastante resistencia en los pulmones y suficiente
caquexia en los órganos reflexivos para hablar cuatro horas seguidas de lo
divino y de lo humano, sin solución de continuidad alguna. […] Es que aquí,
preciso es decirlo, la política es un negocio, la religión una estafa, la
interpretación de las leyes una industria. Es que aquí, y como aquí en todas
partes […], ser ministro, ser personaje oficial, voluntad directiva, es habitar
en palacio, tener muchas queridas, tragarse una vaca para almorzar y toda la
pesca del Cantábrico para comer, en colaboración con otros personajes
oficiales; es pasear en coche, hurtar por merodeos o por asaltos, hurtar, como
quiera que sea, fueros a la conciencia, derechos a la dignidad humana, si
dignidad y conciencia se resisten a las rapiñas, a los espolios de las clases
directoras. Es que aquí, esos hombres políticos, todos esos hombres políticos,
los de la derecha y los de la izquierda y los del centro, en su grosera farsa
de sistema representativo, han conferido al pueblo el papel de histrión, y se
divierten tirándole a la cara palabras nuevas, neologismos que gotean lodo, y
tratando de hacerle creer que esas palabras, esos neologismos son reformas
verdaderas y enérgicas reformas […]. Pero vamos a cuentas, y hagamos el
proceso. Aquí todos, todos los que os tituláis, ¡farsantes!, amigos del pueblo,
¿qué habéis hecho por él? […] Lo habéis abandonado. ¿Qué venís a pedirle ahora?
¿Nuevos sacrificios humanos? ¿Más sangre ante vuestras aras? ¿Una nueva
revolución política? ¿Y para qué? ¿Para que seáis ministros, y gobernadores, y
banqueros, y volver a emprender el trabajo de colocar nombres nuevos a las
cosas y proseguir vuestra inicua comedia de gobernación?”.
Adenda:
urge que los profesores dejen de perder el tiempo y se pongan a trabajar ahora
sí con seriedad en la preparación de sus estudiantes para tiempos que anuncian
guerras y sufrimientos peores que los que hoy conoce el mundo, y lo primero es
su comprensión. Que pasa, no necesaria mas sí idealmente, por la literatura. Y
no por cualquier tipo de literatura, sino por uno capaz de arrancar a los
muchachos, ojalá de un tirón, del marasmo intelectual en que los tienen sumidos
la tecnología y la indiferencia de los que tendrían que contrarrestar con
crianza y educación los efectos más indeseables de la revolución tecnológica.
De manera que a soltar el puto celular y ¡a leer -a Sawa, a Céline- que son dos
días!
1157. Dígamelo a mí, maestro Levi, Primo hermano,
que tengo un doctorado honoris causa en la materia; a mí, que la única época
que recuerdo -precisamente porque no la recuerdo ¿en absoluto?- al margen de
semejante parásito destructor es la anterior al lenguaje articulado; a mí, que,
en fin, sé muy por experiencia propia de qué va el asunto: “Todos conocemos la
angustia desde la infancia y todos sabemos que muchas veces es incomprensible,
indiferenciada, es raro que lleve una etiqueta escrita con claridad designando
su causa; cuando la lleva, suele ser mentirosa, podemos creernos y declararnos
angustiados por un motivo, y que sea por otro: creer que sufrimos por el futuro
y, en lugar de ello, sufrir por nuestro pasado; creer que sufrimos por los
demás, por compasión, por ‘simpatía’, y en lugar de ello sufrir por motivos
propios, más o menos profundos, más o menos confesables o confesados; a veces
tan profundos que sólo el especialista, el analista de las almas, puede desentrañarlos”.
Cuarenta
y cinco años mal contados han pasado desde que empecé a convivir con una
angustia que rara vez da respiro y lugar para unas horas de sosiego y serenidad
que, si los vendieran, pagaría al precio que fuera. Y de entre todo lo muy malo
y perjudicial de semejante tiranía silenciosa, la comprobación de que un
noventa por ciento de las razones recurrentes por las que me he torturado jamás
se materializaron o, si se materializaron, lo hicieron cuando los motivos del
sufrimiento eran otros: la muerte de Orfi viene acaeciendo desde que, a mis
tres o cuatro años, es decir antes de que empezara la escuela, ella cogía un
resfriado o una gripa o se enfermaba de cualquier cosa y yo, para que no se me
fuera a morir, me tumbaba a su lado hasta que se aliviaba; mi papá nunca le
prendió fuego, en medio de una borrachera, a la casa o el apartamento minúsculo
en que a la sazón viviéramos; no nos quedamos huérfanos los tres hijos y por
ende jamás me separaron de mi Dianita, es decir de mi hermadre; hasta la fecha
no me he quedado impotente ni se me han infartado los riñones ni un derrame me
ha dejado postrado y sin lenguaje ni he contraído ninguna venérea ni me han
diagnosticado un cáncer ni me he visto reducido a una silla de ruedas y mucho
menos me he quedado cuadripléjico; ni mi Tita ni ninguno de mis gatos de
Mariquita se me han perdido irremediablemente. En cambio, se me murieron mi
hija y mi hermana y mi Sandrita tan a destiempo que jamás o muy poco me
atormenté a priori; la escasez presente de amigos de seis letras y
posibilidades venéreas poco contaban entre mis angustias futuras; temer que se
me fuera a secar la suerte laboral y que por consiguiente me fuera a ver
privado de la presencia de mojachas y muchachos, de estudiantes interesantes de
todas las edades con los que alternar y ojalá intimar parecía cosa superada;
vengo a descubrir al cabo que ninguna de las mujeres que he querido con
encéfalo y entrañas me ha traicionado, que yo sepa, con un amigo suyo o mío; y
me asalta de súbito el asombro agradecido de que en los cuarenta años que llevo
desafiando el salvajismo de las calles y los espacios públicos de Bogotá y
Mariquita no he sufrido un accidente de los que dejan secuelas de por vida y,
de los que he sufrido, he salido indemne.
¿Mi
angustia actual? Con mucho, que la Colombia que se apresta a elegir presidente
y gobierno opte por el suicidio de perpetuar en el poder a la extrema izquierda
que con éxito comenzó a forjar, en 2022, su prospecto de dictadura-distopía que
de facto la hermane con la venezolana, la nicaragüense y la cubana. Posibilidad
más que factible de la que se deriva otra angustia aún mayor: la de tener que
desarraigarme y exiliarme en un país -Costa Rica, Uruguay- en el que,
injustamente pues si de algo yo nací curado es del espanto de la xenofobia, se
me haga sentir extranjero e incluso invasor. Eso se lo merecen mi hermano y
todos los que, como él, culpan acá a los venezolanos de desgracias y flagelos
que siempre hemos padecido mas no los que nos reivindicamos, porque lo propugnamos,
defensores del cosmopolitismo.
1158. ¿Comprenden ahora por qué estoy dispuesto a
votar por Abelardo de la Espriella caso de que sea él y no Paloma Valencia
quien se dispute en la segunda vuelta la presidencia con Iván Cepeda, valedor
del terrorismo de izquierdas y soslayador de la corrupción sin precedentes del
petrismo: “…a veces, la virtud está en el matiz, en el distingo, en el justo
medio. Pero no siempre. Dante confinó en el rincón más oscuro de su infierno a
los ‘ignavi’, los tibios, aquellos que, en tiempos de crisis profunda, no toman
partido, se ponen de perfil, se hacen los suecos; el problema consiste en
definir qué es una crisis profunda, lo que a menudo no es fácil…”?
Porque,
si votara en blanco como casi siempre me toca hacer en las segundas vueltas,
cabe la posibilidad de que gane el fanático sereno designado por Petro para que
apuntale la dictadura con que él y sus correligionarios sueñan desde antiguo y
lo que nos va quedando de sistema de salud desaparezca y las instituciones
democráticas que todavía resisten los pescozones incompasivos del chusmero y
sus alfiles se derrumben o sucumban, a cambio de corrupción, a los requiebros
del castrochavismo vernáculo y la economía se anquilose y muera de resultas del
resentimiento vengativo de una camarilla de inhábiles y venales como nunca se
han visto y de las libertades individuales no quede sino el recuerdo y el
sistema electoral actual le dé paso a una suerte de farsa democrática por el
estilo de la rusa y, en fin, me toque desarraigarme y exiliarme en algún país
al que hoy no iría ni en calidad de turista y en donde recibiría el tratamiento
de advenedizo o de invasor que hoy se les prodiga a los venezolanos en
particular y en general a todos los emigrantes de bien pero pobres. Aclaro que
si me viera obligado a votar por la extrema derecha encarnada por de la
Espriella, lo haría con la nariz tapada y muchísima pesadumbre en el corazón,
si bien con la conciencia de que entre dos males la mar de perniciosos se debe,
en ocasiones, atajar al peor. Y Cepeda sí que lo es.
1159. ¿Que “la izquierda que solo culpa al
adversario está condenada a diluirse” asegura usted, decente y respetable
Boric? Tal vez sea por eso por lo que hoy el castrismo, el orteguismo y el
castrochavismo no son otra cosa que recuerdos-pesadilla que los cubanos, los
nicaragüenses y los venezolanos de bien no están dispuestos a resucitar
nuevamente y, si me apura, gozosos estarían de tributarle sus vidas a la defensa
de las democracias ejemplares por las que en la actualidad se rigen.
Adenda:
el total acierto de sus palabras me quita un peso tremendo de encima: el
petrismo tiene, y para siempre, los días contados no sólo en la Casa de Nariño
sino en Colombia.
1160. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…La
compasión gozó en ocasiones de buena reputación, pero su aura se desvanece hoy
ante nuestros ojos. […]
En una
llamativa voltereta cultural, una nueva corriente intenta arrojar la empatía al
sótano tenebroso de todos los males. […] Durante la última década, su
descrédito ha avanzado en paralelo al auge del odio. Fogosos, los partidarios
del puñetazo en la mesa nos explican cosas: los derechos humanos son
decadentes; no dejes para mañana a quien puedas deportar hoy; la diversidad no
es divertida; la paz es un delirio de biempensantes; la justicia social,
coartada para envidiosos; las ayudas públicas, nidos de parásitos. […]
Hoy, el
hombre más rico del planeta afirma que preocuparse por los demás se ha desbocado
hasta el punto de rozar lo autodestructivo. Nuestro derroche de empatía
-sostiene- está conduciendo al suicidio de la civilización. […]
Ciertos
magnates prometen hoy un futuro resplandeciente en Marte, escoltados por robots
y cohetes, cuando la Tierra quede desahuciada. Mientras tanto, rechazan
encarnizadamente los avances cotidianos para las personas a su alrededor:
insignificancias como mejores condiciones laborales o servicios públicos bien
financiados. El dorado porvenir de la especie tiene más glamour que las
necesidades de los habitantes de intemperies. El cometido de salvarnos a todos
les despierta pasión, pero escasa compasión. Tal vez ahí encontremos la
verdadera paradoja de la empatía: puede ser fácil amar a la humanidad, lo
difícil es amar al prójimo” (Irene Vallejo).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la
realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde
determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya
menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1161. ¿Que por qué nunca, nadie, nunca nadie decente
de lo más mesurado y tibio del espectro político gana las elecciones
presidenciales en este país? La culpa, que quede claro, no es de los que
teatralizan para sacar réditos y encumbrarse al poder para intentar no soltarlo
en lo sucesivo, sea en primera persona o a través de un testaferro, sino del
grueso de los votantes y de los que se abstienen -no de quejarse
sempiternamente-, pues son ellos los que suscriben la mojiganga y les dan a los
bufones que la protagonizan carta blanca para que no dejen, bajo ningún
concepto, por ningún motivo, de hacerlo puesto que eso de la seriedad y el
rigor en el gobierno y en donde sea es demasiado tedioso para que se lo ensaye
siquiera:
“…La
violencia colombiana es incesante e incesantemente manipulable. Y es verdad que
no hay nada nuevo en eso, por supuesto, pero también es verdad que hay vínculos
secretos o poco evidentes entre la puesta en escena de las amenazas de
violencia y la temperatura de nuestra conversación política, o eso que pasa por
conversación política en este país de matones que admira a los violentos,
aplaude a los que más gritan o vociferan y desprecia a los que ofrecen razón,
serenidad y propuestas. No, la serenidad no vende: como estamos enfermos de
violencia, vende la violencia de las palabras y los gestos, las reinas de
belleza que juegan a pegarle un tiro al político que no les gusta, los
candidatos que juegan a decir que van a dar balín o chumbimba o que van a
destripar a la izquierda o que se hacen populares de un día para el otro sólo
por salir armados a la calle. Todo es aterrador, claro, pero al mismo tiempo
patético, porque todo es una performance. El miedo es real, el miedo tiene todo
el derecho de existir, porque los violentos están allá afuera y siempre han
matado y continuarán matando: por razones que no es fácil resumir -que van
desde nuestra historia a nuestro temperamento- matar es fácil en Colombia. Pero
que el miedo sea real no quiere decir que no esté fundamentalmente viciada
nuestra relación política con él.
El
exhibicionismo de la violencia es uno de los síntomas del envilecimiento
general de esta sociedad que lleva tantos años envilecida: la han envilecido
los diversos ejércitos de esta guerra eterna, que han dejado muertos en cada
metro cuadrado del país a lo largo de los últimos 60 años, y la ha envilecido
el negocio de la droga, que ya lleva tanto tiempo entre nosotros que ha logrado
corromperlo todo: la política, desde luego, pero sobre todo la integridad, los
intentos que hacen muchos por llevar una vida honesta, el carácter inviolable
de la vida ajena, todo eso que antes llamábamos valores. […]
Lo que
quiero decir es que la violencia o la posibilidad de la violencia es un
espectáculo cotidiano: todos los días aparece, todos los días interviene en
nuestra conversación y nuestra vida, y nos anestesia. En Colombia se amenaza de
muerte con una facilidad pasmosa […] y las amenazas se cumplen con lamentable
frecuencia. Nadie se escandaliza, realmente. Prosperan los negocios de
seguridad, las camionetas blindadas, los guardaespaldas. Y algunos ven todo
esto incluso como síntoma de estatus. Forma parte de nuestra escenografía: la
obra de teatro de la violencia colombiana, que, lamentablemente, nada tiene de
teatral.
Y ahí
vamos nosotros, los que nos pasamos la vida mirando al pasado para tratar de
entenderlo: tratamos también de entender si algún día dejaremos de matarnos o
de desear o tolerar la muerte de otro. Y no hay respuesta…”
Sí que
la hay, admirado y estimado Juan Gabriel, sí que la hay: el día en que el
grueso de esos colombianos que por acción u omisión resuelven quién gobierna
entiendan que con los Cepeda y los de la Espriella el país está condenado a más
de lo mismo, al odio faccioso de los extremistas de derecha de las iglesias
cristianas contra los extremistas de izquierda de tantas facultades de campus
públicos y viceversa, las pistolas se van a silenciar y las minas quiebrapatas
a desactivar y las declaraciones y discursos políticos a temperar. Claro que
antes de asistir a semejante prodigio humano, los colombianos y el mundo entero
habrán de hacer acopio de paciencia porque primero ganará un Mundial la
Selección Colombia y un connacional recibirá el primer Nobel en ciencias y la
humanidad que a la sazón asuele lo que quede del planeta verá por fin cómo
sobreviene la parusía. Motivos hay para un optimismo moderado, aunque optimismo
a fin de cuentas.
1162. “…Pues bien, nosotros vamos pasito a pasito
hacia un futuro semejante. Hacia esa aberración sin paliativos. La derecha
lleva años bombardeando la sanidad pública, destruyendo el sistema, potenciando
una sanidad privada que puede coexistir perfectamente con la pública y hasta
ser provechosa, pero no si se la hace crecer a costa de nuestro sistema de
salud y además con trucos indecentes”: ay si supieras, estimada y admirada
Rosita (y lo inadmisible es que quizá tú y demasiados más que se reclaman de
izquierdas no se enteran porque no quieren enterarse), que aquí en Colombia
marchamos, desde agosto de 2022, y no pasito a pasito sino a zancada viva,
hacia un futuro que ya es el presente aterrador de ver cómo en escasos cuatro
años la izquierda de la ira y el resentimiento se las arregló para bombardear y
destruir un sistema de salud cuyos fallos se habrían podido convertir, con
medidas la mar de sencillas y pragmáticas, en más de las bondades y la
eficiencia de que jamás anduvo escaso. Pero resulta que la mara que nos
gobierna, parapetada tras el infundio de que su propósito consistía en
estatizar la salud para mejorar la atención y llevarla a los muchos lugares
donde hoy no llega, le declaró una guerra sin cuartel al sector privado que participa
en el negocio -porque lo es- y no para desmontarlo sino para quedarse con él y
robarse, no ya parte de los recursos sino hasta el último peso destinado a la
salud y no mediante, como dices que sucede en España, trucos indecentes sino
con dolo y haciendo alarde de un cinismo y una desvergüenza trumpistas. Porque
déjame decirte, hablando de todo un poco, que si un historiador de los
objetivos -quiero decir al margen de sectarismos políticos- se propusiera
mañana establecer un parangón pormenorizado de la debacle de toda índole que
les han supuesto a Colombia y los Estados Unidos Petro y el petrismo y Trump y
el trumpismo respectivamente, el estudioso y sus lectores se asombrarían ante
la cantidad y la magnitud de las similitudes y, a la postre, de la ingenuidad
estúpida de quienes por ellos votaron de buena fe: la bellaquería de sus
conmilitones es otra cosa.
1163. ¿Que en Las mil y una noches llaman a la
muerte “ladrona de dulzuras”? Acertado si a quien la parca se lleva es, entre
otras y verbigracia, a una persona jóven y pletórica de ganas de vivir,
enamorada por primera vez y con sus sueños intactos. ¿Pero -apenas por decir
algo- a un prostático e impotente y feo y arruinado y viejo y amargado? ¿O a un
comatoso o a otros postrados en mayor estado de desgracia, por aquello de la
conciencia? En ésos y en casos iguales -o hasta más infamantes- yo a Ella la
llamaría -y me quedo corto- ‘restituidora de dignidades’.
1164. ¿Qué se le agrega a la completitud?: “…Hay
simplificaciones tan chirriantes que hieren los oídos, por el nivel de
desconocimiento que encierran. Por desgracia el ser humano posee una vertiente
depredadora y feroz. Todo poder tiende de forma natural a explotar y aplastar
al más débil. El invento genial de la democracia consiste precisamente en esa
comprensión pesimista del alma humana, en saber que el poder anhela ser eterno
y absoluto, y que por eso hay que fragmentarlo y repartirlo lo más posible para
contenerlo. O sea que sí, claro que sí, los aztecas y los mayas y los incas y
los caribes han sojuzgado y abusado, pero también los españoles, los ingleses,
los japoneses, los persas, los asirios, los cartagineses, los zulúes, los
hunos, los cosacos, los otomanos, los tártaros, los almorávides, los aqueos y
toda la absoluta infinidad de pueblos que han habitado este trágico planeta.
Así que, en lo moral, ninguna superioridad de nadie, por desgracia. […] Cuánto
mejor sería que empezáramos a pedirnos perdón unos a otros”. Que, cuando los
quintacolumnistas que zapan sin descanso las democracias de Occidente en que
tan cómodos viven y medran estén muertos muy muertos, quienes padezcan las
inclemencias del imperio rusochino o chino serán generaciones que nada o en cualquier
caso muy poca participación habrán tenido en la miope traición de estos
bellacos.
1165. Les aseguro que yo, que a diferencia de una
mayoría de los estudiantes y los profesores de Comunicación Social y Periodismo
sí tengo por costumbre leer periódicos e informarme convenientemente en muy
distintos canales de televisión y estaciones de radio, poseo conocimientos
mucho más solventes que los más de ellos en relación con lo que aprenden y
enseñan, y no se diga tras esta clase magistral cuyo impartidor jamás me vio,
paradójica e inexplicablemente, ante sí sentado:
“…La
diferencia entre los géneros -expresada mediante epígrafes, estilo de
titulación o códigos tipográficos- constituye una garantía para los lectores,
que pueden así saber qué grado de presencia del yo hallarán en cada texto, y
filtrar el tipo de subjetividad al que se van a enfrentar: desde el grado cero
teórico de una noticia en la que se cuentan meros hechos y datos, hasta el
grado diez de una tribuna. En esta escala gradual de menor a mayor influencia
del yo se insertan el reportaje, la crónica, el análisis, la crítica… De ese
modo, el público puede bajar la guardia ante una noticia, que excluye opiniones
o interpretaciones, pero la sube ante una columna que representa el libérrimo
criterio de su autor. […]
Los
géneros periodísticos se dividen en tres grandes apartados: la información
(noticias, documentación, entrevistas de declaraciones, reportajes
informativos), la interpretación (la crónica, la entrevista-perfil, el perfil,
el reportaje interpretativo, el análisis) y la opinión (críticas, columnas,
tribunas, editoriales). En la información priman los hechos. En la
interpretación prima el marco en el que suceden los hechos. En la opinión prima
el juicio que nos merecen los hechos.
La noticia
es información sin interpretación; la documentación aporta antecedentes; la
entrevista de declaraciones resume fielmente una conversación; el reportaje
informativo consiste en describir sin interpretar; la crónica, en interpretar
sin juzgar; la entrevista-perfil ofrece un diálogo con interpretación; el
perfil contiene interpretación y descripción (pero sin juicios de valor); el
análisis, interpretación basada en información; la crítica es el elogio o
censura de unas obras, pero no de su autor como persona; y el artículo, la
columna, la tribuna y el editorial incluyen opinión y juicios…”
Ahora:
que si las universidades vernáculas que “forman” periodistas piensan que
desbarro y exagero, que me llamen que yo, gustoso, les elaboro, gratis, unos
cuantos exámenes para que evalúen, antes que a los estudiantes próximos a
graduarse, a sus profesores y de ese modo entiendan el porqué de la ínfima
calidad no sólo de los comunicadores que gradúan sino, entrados en gastos, la
del universitario medio de tantas partes y nacionalidades que merecería, todo
lo más, el título de ‘obrero calificado’ en esto o en lo otro. El aún muy joven
y estudioso y brillante Lucas Sampedro Vernaza constituye, junto con los de su
condición, la luz al final del túnel (de)formativo.
Adenda:
pero como sé -tan tonto no soy- que la excelencia y el rigor académicos ralean
-y jamás van a dejar de hacerlo- aquí y allá, les envío un saludo afectuoso y
gratitud infinita a los maestros y grandes profesores que, como Ramón Almela
Pérez y Daniel Pérez Utzinger -con su formidable ‘Textos periodísticos en
español y traducidos al latín’-, educan mediante el ejemplo de su vocación
docente e incesantes estudio y aprendizaje.
1166. Déjeme le cuento, gran Juanjo: convencido como
estoy (y no por capricho sino con el conocimiento de causa que me otorgan la
ceguera congénita y la subsiguiente dependencia de la solidaridad ajena) de que
el instinto materno se reparte por igual entre mujeres y hombres, me di a la
tarea, hace aproximadamente un par de meses , de llevar una cuenta
pormenorizada de las personas que, no contrariadas si no lo hacen sino de las
gustosas de hacerlo, acuden a mis llamados de ayuda en la calle y en otros
espacios o, mejor aún, a ellos se anticipan deseosas de poder servir. Los
resultados parciales quizá lo sorprendan a usted y a todos los que, consciente
o inconscientemente, ubican la compasión material -llamémosla- del lado de
quien aquí la encarna -si bien de forma tan sumamente etérea- y de sus
congéneres:
“En La
conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un
parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que
cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido,
alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo.
‘Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia’, se pregunta. A lo que el
hombre responde que durante una huelga de prensa, en Nueva York, murieron de
frío decenas de mendigos que solían cubrirse con periódicos. Pero lo dice como
a efectos estadísticos.
A mí esa
escena me rompe el alma, como si me obligara a elegir entre dos modos de estar
en el mundo: el de la mujer, que rescata al mendigo del presente y lo devuelve
a su pasado, donde alguien lo quiso, y el del hombre, que lo arranca de su
biografía y lo introduce en una cifra. Yo oscilo entre ambas posiciones con una
facilidad que me incomoda. Hay días en los que me descubro mirando a un
desconocido con la piedad activa de la mujer. Intento imaginar su infancia, su
nombre, la manera en que su madre lo llamaba para cenar. Y hay otros en los
que, sin darme cuenta, lo reduzco a una categoría, a una palabra, a un recuento
que cabría en una línea de periódico.
Lo malo
es que el mundo, si se mira bien, está hecho de esas dos sustancias: la
historia irrepetible y la cifra. El mismo cuerpo que alguien acunó es el que
aparece después en un inventario de la morgue. El mismo nombre que fue
pronunciado con ternura acaba diluido en un número manejable, tranquilizador.
Cuando paso junto a alguien que duerme en la calle, no sé muy bien a quién veo,
si al niño que fue o al dato en el que lo hemos convertido. Y en esa vacilación
hay algo más que una duda moral: hay una forma de vértigo. Porque si el
tránsito de una condición a otra es posible (si se puede pasar de ser historia
a ser mera estadística), ninguno de nosotros está del todo a salvo.”
Imaginemos,
usted el maestro y yo su lector y aprendiz, que la mujer y el hombre fílmicos
pasan un día cualquiera por mi lado mientras espero a que alguien me ofrezca su
ayuda para cruzar una carretera bastante transitada; que ambos reparan en mí y
siguen de largo charlando animadamente pero no de lo que venían hablando sino
de la congoja que ella siente cuando se topa a un ciego por la calle; de las
mil veces que, cerrando los ojos, ha intentado sin éxito figurarse la ceguera
física y del gran sufrimiento que debe embargar a mi madre y a quien me ame
cada vez que salgo solo de casa; a lo que su amigo, bien dateado, le refiere
cuántos ciegos somos en el perro mundo y cuántos nacen y mueren y se suicidan a
diario. Compárelos ahora con una pareja de carne y hueso que hará unos treinta
y cinco años me dio una lección de mezquindad o de pragmatismo -él- y de una
generosidad inusitada -ella- en ese y en cualquier tiempo.
Era un
domingo por la noche y yo, tras jugar fútbol con mis amigos ciegos, me dirigía,
cagado del susto y de la angustia de que me pasara algo, a mi casa de entonces
que quedaba a casi dos horas de distancia en bus. Dos tenía que coger y el
segundo, en un sitio bastante reconocido por su inseguridad y soledad: no
cesaba de preguntarme si iba a dar, a esas horas, con un alma solidaria que no
me dejara abandonado a mi suerte. Y (como si el Dios con el que a la sazón
andaba en conflicto hubiera querido enrostrarme mi ingratitud y falta de fe) en
pleno paroxismo de los nervios, la voz de una mujer dulce e inolvidable me
preguntó adónde iba y si quería que me ayudara. No dudó un solo segundo y le
dijo al que debía de ser su marido que ella se bajaba conmigo y que si quería
él siguiera para la casa, que ella no tardaba. De nada valieron los ruegos
enfadados del man: mi ángel estaba resuelto y el pobre diablo no tuvo otro
recurso que bajarse con ella. Pero volvamos al impasible y a la dolorida teórica
de la escena del filme de Coppola para que la cotejemos con otra, también real.
Me había
yo citado en un barrio bastante popular de Bogotá, creo que con la mamá de mi
hija, y mientras la esperaba, tiritando de frío y de la ansiedad propia del que
presiente que lo van a dejar plantado, empecé a oír que unos metros más allá
lloraba un niño y que de pronto un hombre de edad indeterminada rompió a
hablarle y a consolarlo, y en los mismos términos amorosos que empleaba mi papá
con sus tres hijos y muy en particular conmigo. Le preguntó si tenía hambre y
presumo que ante el sí de la cabeza del gamín -del gamincito-, esta caridad
hecha carne le compró un café con empanadas, al tiempo que de él se despedía
con el alma partida y -me figuro- una caricia paternal de las que entonces no
estaban proscritas por el buenismo malpensante.
Treinta
y cuatro hombres y veintidós mujeres son, hasta la fecha (14 de mayo de 2026),
los que con su ayuda invaluable me afianzan cada vez más en la certeza de que
cuando se trata de proteger a otros más frágiles y vulnerables, el sexo nada en
absoluto tiene que ver con la generosidad del solidario. Cosa harto distinta es
si hablamos de quién, entre mujeres y hombres, resulta menos prejuicioso a la
hora de aceptar que se prendó de un ciego u otro discapacitado y proceder en
consecuencia, y allí ellas -desde luego que no todas- resultan imbatibles.
Benditas las que me han tocado en suerte y que vengan más… ¡muchas más!
1167. Conversando el otro día con una ex estudiante
la mar de inteligente y bella que sabe de mi defensa a ultranza del
-llamémoslo- ‘aborto consciente’, me preguntó si algo alguna vez me había hecho
titubear la certidumbre, y me quedé pensando. “¿Sabes que sí?”, le dije al cabo
de un minuto o dos. “Definitivamente, barajar la posibilidad de que quien no va
a nacer sea, pongamos, un Akira Miyawaki o… sí que me desarma. No sé si me
entiendes”: el suyo fue un sí muy reflexivo, casi inaudible.
1168. Noelia Castillo Ramos y tú, mi amor.
1169. “El botón de un bombardero es para muchos una
extensión lógica de la fe”: para que lo comprueben con sus propios oídos e in
situ, díganle a mi hermano que los invite a Avivamiento, a mi tío Gildardo y a
Fabiola su esposa y a mi prima Paula que los pongan ante su pastor en Pensacola
o, solitos si tienen la dicha de no conocer a ningún cristiano furibundo,
introdúzcanse como quien no quiere la cosa en una misa negra de la Misión
Carismática Internacional, El Lugar de su Presencia o Manantial de vida eterna
y, si las dos o tres horas de monserga no se les van a los pastores en mandar
con saña el sable para que los diezmos y ofrendas y pactos les lleguen
adiposos, alcen la mano y pregúntenles qué piensan de las guerras de Israel y
los Estados Unidos en Irán, el Líbano y del genocidio de Gaza para que así
entiendan el porqué de la cita. Aunque una recomendación sí que les hago: en
ningún momento, bajo ningún concepto, por ningún motivo se les vaya a ocurrir
contrapuntear con los ungidos por muy terribles que les parezcan sus
respuestas, pues corren el mismo riesgo que si intentan debatir sobre Petro y
otros autócratas -Xi- y tiranos -Putin- con la mamertosfera imberbe de una
facultad de humanidades de un campus público de donde sea salvo, o eso quiero
creer, de Manizales.
1170. “Que los políticos se enfrenten con mayor o
menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización
como un fenómeno peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un
clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan
los líderes…”: aquí, en la Colombia de 2026 que se apresta a votar tan
enardecida y rubicunda de ira como lo están en apariencia los candidatos,
aquellos por los que van a optar millones de quienes abrumadoramente se definen
-en toda encuesta en que se les pregunte- dizque de centro son los dos sujetos
que se ubican en los extremos del cuadrilátero político. Uno al que llaman
‘abogado de la mafia’, que entre otras ternezas promete destripar al oponente,
y el otro, valedor y amigo de los narcoterroristas pseudoguerrilleros que desde
antiguo secuestran y extorsionan y ponen bombas y reclutan menores y
desarraigan de sus hogares a los pobres por los que dizque luchan. Reñida desde
siempre y para siempre con la decencia, el conocimiento riguroso del arte de
gobernar y las propuestas de reconciliación de los Peñalosa y los Fajardo, a la
Colombia de hoy -como a la de ayer y a la de mañana- ningún futuro promisorio
le espera salvo el anquilosamiento actual, cuando no la consolidación de una
deriva autoritaria a lo Bukele o, del todo peor, a lo Venezuela, con quiebra
incluida. Y los culpables primarios no serían los protagonistas de una u otra
debacle sino los que con su voto o su abstención les dieron patente de corso
para que en su nombre procedieran.
1171. Primo Levi: Lo que me preocupa es una
evolución de Israel en el sentido militarista, una actitud fascistoide que
subyace de manera larvada… Siento a Israel como mi segunda patria y lo querría
diferente a todos los demás países. Precisamente por esto siento angustia y
vergüenza por…:
“Sin un
motivo concreto el reportero palestino Sami al-Sai fue detenido por un grupo de
soldados israelíes y llevado a una prisión. En uno de esos corredores
subterráneos con suelo de cemento y puertas metálicas a los lados que son una
especialidad universal de la arquitectura carcelaria, a Sami al-Sai, que tenía
los ojos vendados, lo arrojaron al suelo y empezaron a darle golpes y patadas.
Caído boca abajo, le bajaron los pantalones y los calzoncillos, y al-Sai
escuchó una carcajada colectiva cuyo motivo iba a comprender muy pronto. Uno de
los soldados, con gran jolgorio de todos, intentaba penetrarlo analmente con la
porra. No estaba siendo fácil, aunque los demás lo animaban, y alguno de ellos
se ofrecía a sustituirlo. Al-Sai lo oyó pedir una zanahoria. En ese momento
otra voz dijo: ‘No hagáis fotos’. La zanahoria fue mucho más efectiva. Una mano
que sin duda era de mujer le retorció los testículos hasta hacerle gritar. La
mujer dijo: ‘Esa parte es para mí’. Al cabo de un rato, cansados de diversión,
o porque tenían otra tarea que cumplir, los soldados lo dejaron tirado en una
celda. Sami al-Sai se palpó el cuerpo y vio que estaba cubierto de sangre y de
vómitos que no eran suyos, y que tenía dientes rotos incrustados en la piel. A
otros les habían aplicado el mismo tratamiento en el mismo lugar que a él. Los
soldados habían intentado que trabajara para ellos como confidente. Para al-Sai
eso era una injuria a su oficio de periodista. […]
Cuando
los presos palestinos salen libres -en la libertad tan limitada de Gaza y los
territorios ocupados- su tormento no acaba. Sus torturadores les avisan de que
si cuentan lo que han vivido los perseguirán y se vengarán de ellos y de sus
familias. […] En la sociedad en la que viven esos hombres, confesar que han
sufrido una violación será una afrenta a su honor masculino, y hasta puede
perjudicar las oportunidades de matrimonio de sus hermanas o sus hijas. La
vejación llega al extremo de usar perros adiestrados para que se ocupen de
montar a los presos. […]
Una
heroica organización pacifista israelí, B’Tselem, mantiene una página web que
no puede visitarse sin escándalo y náusea. Welcome to Hell, se titula el
informe de B’Tselem para 2026. Pero no hay infierno de la literatura que se
aproxime ni de lejos a lo que relatan esos testimonios. Cuenta Tamer Katmut, de
41 años, residente en Gaza, preso ahora en una cárcel de fama siniestra en el
desierto del Neguev: ‘Uno de los soldados me introdujo un palo en el ano, lo
dejó dentro un minuto, y luego lo sacó. Lo introdujo de nuevo con más
violencia, y yo grité hasta el límite de mis pulmones. Después de otro minuto,
lo sacó de nuevo y me dijo que abriera la boca. Me lo metió en la boca y me
ordenó que lo lamiera’. Yuli Novak, director ejecutivo de B’Tselem, cuenta en
The Guardian la furia con que ha sido recibido en Israel el informe de Nicholas
Kristof, y explica esa deriva inhumana de gente que parecía normal hasta que se
le ofreció la oportunidad de degradar sin peligro ni límite a sus semejantes inermes.
Ninguna denuncia de abusos ha prosperado en el sistema judicial de Israel, que
hasta hace no mucho parecía un modelo de independencia. Nueve soldados fueron
castigados en 2024 cuando se hizo público el vídeo tomado por ellos mismos de
la violación colectiva que habían cometido. Una multitud ciudadana, acompañada
y alentada por dirigentes políticos, rodeó la prisión y la tomó por asalto. Los
soldados fueron liberados. Netanyahu los calificó públicamente de héroes. Poco
después los restituyeron en sus puestos con todos los honores. El único que
sufrió un castigo sin indulto fue el médico militar que había filtrado el vídeo
de la violación. No es una forma de tortura que practiquen solo los militares:
en los territorios ocupados de Cisjordania, la violencia sexual sobre hombres,
mujeres y niños la practican metódicamente los colonos ultraortodoxos, sin duda
inspirados por el trato hacia los enemigos del pueblo de Israel que exige
Jehová en varios libros del Antiguo Testamento, en versículos que recitan de memoria
los miembros más extremistas del Gobierno israelí. El Deuteronomio da
instrucciones precisas: ‘Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu
Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida/ sino que los
destruirás completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo, al fereceo, al
hebeo y al jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado’.
Alta
tecnología y teocracia. Carceleros violando a presos con un palo y expertos en
inteligencia artificial diseñando bombardeos de exterminio y sistemas de
reconocimiento facial para que no se escape nunca ningún sospechoso…”
Como
puede ver, maestro, aprendices bastante eficientes de los perpetradores del
Holocausto nazi a la par que celosos en el cumplimiento de las veleidades de su
deidad: ahí van, de a poco pero con firmeza, en el afianzamiento y el
refinamiento de su ‘Schadenfreude, el goce en el mal del prójimo’, su ‘gusto
por hacer sufrir deliberadamente’, su ‘deliberada creación de dolor que’ es ‘un
fin en sí misma’, sus ‘heridas profundas en la dignidad humana’, sus ‘atentados
obscenos y llenos de malos presagios’, su ‘perversidad deliberada y gratuita’,
sus declaraciones mediante la crueldad de que sus enemigos ‘no son Menschen,
seres humanos, sino animales, cerdos’, su ‘régimen inhumano’, su ‘crueldad
innecesaria del pudor violado’, su ‘deliberada intención de humillar’ y sus
‘finalidades terroristas’. Es decir, justo lo que anhelaban y necesitaban los
antisemitas de viejo cuño para ahora sí justificar las desmesuras sin nombre
con que aspiran a superar las cometidas durante la Segunda Guerra Mundial.
Adenda:
me duelo por anticipado de la suerte que pueda correr la minoría valiente de
israelíes y judíos que, al igual que Levi, se angustian y se avergüenzan del
terrorismo de Estado en que hoy anda incurso su país, y contra aquél se
manifiestan.
1172. “…’Cada documento de civilización es también
un documento de barbarie’, escribió Walter Benjamin, sabiendo de qué hablaba.
Pero para hacer justicia a las víctimas no hace falta dotarlas de una inocencia
adánica tan irresponsable como el heroísmo que desde el otro lado se atribuye a
los verdugos”: que por favor, por favorcito, alguien con autoridad -anímese
usted, maestro Muñoz Molina- haga lo que Juan Carlos I con Chávez aquel día
para mí inolvidable, pero ahora con Andrés Manuel, Claudia e Isabel, los tres
risibles. Ah, y si pulmones le quedan al acallador, que también silencie a sus
caudas de ignaros y ovacionadores.
1173. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Durante
décadas, los teóricos del esnobismo posmoderno se dedicaron persuasivamente a
negar no ya la posibilidad del conocimiento verdadero, sino la realidad misma.
Todo serían discursos más o menos equivalentes, ninguno de ellos comprobable,
‘relatos’, ‘narrativas’ al servicio de intereses de poder, de género, de raza.
Todas estas ideas prepararon el terreno, con extraordinaria eficiencia, para la
edad de las fantasmagorías políticas y tecnológicas en la que vivimos ahora,
sometidos -gozosamente, en muchos casos- a la industria de adoctrinamiento y mentira
más poderosa que haya existido nunca. Las imágenes de guerra generadas por la
inteligencia artificial parecen más verdaderas que las obtenidas gracias al
coraje de los cámaras y los fotógrafos que se juegan la vida en los mataderos
del mundo. Entre los videojuegos bélicos y los bombardeos de verdad la única
diferencia son los muertos, a los que no se ve nunca…” (Antonio Muñoz Molina).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento
sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en
la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda
Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación)
al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
1174. Yo les aporto -sugieran ustedes los suyos-
cuatro nombres de plumíferos que encarnan la antítesis de lo que viene, y sin
la más mínima posibilidad de redención en razón de su senectud y sectarismo
militante:
“…Ernest
Hemingway decía que un escritor necesita un built-in bullshit detector, un
detector incorporado de tontería o palabrería, que salta automáticamente cuando
encuentra una muletilla verbal inaceptable de tan manoseada, o una evidente
falsedad o exageración disfrazada de sinceridad, de emoción profunda, de
valerosa vehemencia. Inspirado por el detector de Hemingway, yo especulé con la
invención de otro, digital y mucho más avanzado, que determinara el porcentaje
de bullshit, de puro fraude y de impostura, en diversas tareas y profesiones,
como esos contadores Jeiger que medían el nivel de radiación atómica. Hay
extremos a mi juicio indiscutibles: en la cirugía cerebral, por ejemplo, el
margen de error, y por lo tanto de bullshit, es cero; en la publicidad, la
astrología, las elucubraciones sobre literatura y arte, la oratoria electoral,
por citar unos casos, el porcentaje calculo que oscilará entre 90 y 100. A la
gente de letras, las ciencias duras nos inspiran una especie de reverencia
envidiosa, pero según leo por ahí hay carreras científicas sostenidas sobre
papers falsos y experimentos chapuceros que luego nadie logra replicar.
La
tradición ilustrada nos dice que el ejercicio de la ciudadanía se basa en la
capacidad de emitir juicios y tomar decisiones basándonos en un conocimiento
sólido y suficiente de la realidad, del cual nace el espíritu crítico, gracias
al que podemos distinguir lo cierto de lo falso, lo útil de lo dañino, lo justo
de lo injusto, lo factible de lo desatinado; en resumen, la verdad de la
mentira.”
Desconozco
cómo se puedan sentir de puertas para dentro -de sus casas, de sus yoes- la
Laura Restrepo, el Santiago Gamboa, el Julio César Londoño y el Luis García
Montero que cuando gobernaban los que les causan urticaria ideológica se mostraban
tan inflexibles con las venalidades y los desatinos de conducta y académicos
del uribismo, de Santos, de Duque y del PP que hoy, de lejos superados y
refinados por el petrismo y el sanchismo, no oyen ni ven ni huelen pese a su
ruido y fealdad y hedor nauseabundos. Presumo que tal y como se van a sentir
los votantes de de la Espriella y de Abascal si, conquistado el poder, sus
elegidos se dieran al saqueo y desangre de las arcas públicas, amén de a otras
iniquidades por el estilo de las perpetradas por sus antecesores:
reivindicados.
1175. ¿Que “el que ha pasado hambre mantendrá
siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos”, asegura usted, maestro Muñoz
Molina? Ay si hubiera conocido -para sólo referirle un caso de varios que
conozco de primera mano- a la esposa de un tío, iguales de derrochadores ambos,
que delante de nosotros -los tres hijos- y la pobre Orfi tiraba a la basura
olladas de comida en perfecto estado y a sabiendas de que en nuestra casa había
a duras penas qué comer. Y no se vaya a creer usted que la insensata, la
insensible, había nadado siempre en la abundancia: todo lo contrario. Conocía
mejor que nosotros los rigores de la escasez y, si me apura, los mordiscos del
hambre, que en los niños que a la sazón éramos mis dos hermanos y yo jamás
pudieron cebarse del todo gracias, en principio, a nuestra buena y recursiva
madre y, en muy menor medida aunque también, a la generosidad de nuestro padre
por desgracia tan irresponsable.
De una
cosa estoy seguro, admirado y estimado don Antonio: de que entre quienes
padecieron las hambrunas provocadas por los cochinos nazis y sobrevivieron para
contarlo, o a solas rumiarlo, hubo los que, con una soberbia y desmemoria
semejantes a las de esa cuasi familiar mía, despreciaron e incluso arrojaron a
la basura cantidades ingentes de alimentos que no les apetecían o que por
descuido y negligencia permitieron que se echaran a perder. También de que debe
de haber no pocos ricos y privilegiados congénitos que jamás se atreverían a
fruncir el ceño y arrugar la nariz ante la comida que se les pone delante, y
muchísimo menos a ordenarle a quien la sirve que la tire o a tirarla ellos
mismos: su conciencia del sufrimiento individual o colectivo de tantos -cientos
de miles, millones- se lo impediría.
Adenda:
ya verá cómo, al cabo de algunos años y “superado” el trauma de la hambruna y
el genocidio, entre algunas de las familias gazatíes a las que les sonría la
vida no escasearán las que pretendan vengarse de esa experiencia atroz a fuerza
de derroche y consumismo desbocados.
1176. ¿Se imagina admirado y estimado don Antonio
si, en lugar de andar armando jaleos mediáticos e innecesarios, las misándricas
destempladas de la cuarta ola le refirieran hasta a la última de las niñas y
las adolescentes de las democracias que aún resisten los embates populistas de
los autoritarios y los autócratas, hoy al alza, las proezas de ésta y de otras
heroínas salvo que anónimas, en países de verdad esclavizados por misóginos
auténticos?:
“Ha
estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le
ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: ‘Leer un libro sola en su
habitación es un acto de resistencia para una niña afgana’. Malala sabe de lo
que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para
asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las
escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los
12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua
nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de
los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto
su nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina
de adquirir una educación.
En los
países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente
a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen
junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar
delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le
atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda.
Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una
determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser
doctora, sino activista por la educación de las niñas. […]
Pero
algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de
aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla.
Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se
doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que
al octogenario Donald Trump tanta rabia le da no haber conseguido. Malala,
ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la
educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el
entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a
la escuela. Quién puede imaginar lo que pasaría si esa formidable multitud pudiera
escapar al cautiverio de la ignorancia.”
Tremenda
paradoja descorazonadora la de este presente desdeñoso de la educación que
merece el nombre en el mundo que llamamos civilizado no obstante el desprecio
en cuestión: que mientras que miles, cientos de miles, millones de niñas,
muchachas y mujeres esclavizadas por malditos antediluvianos del integrismo
religioso más feroz de que se tenga noticia arden en deseos de aprender para
sacudirse de encima el analfabetismo a que se las fuerza, demasiadas de quienes
tienen garantizado entre un mínimo de derecho al conocimiento y todo el que
deseen anden empeñadas, al igual que demasiados varones, y no en pocos casos
alentadas por padres de familia y pseudoeducadores, en la ley del menor
esfuerzo cuando no en la veleidad de convertirse, y de la noche a la mañana, en
influéncers y en famosas millonarias cuyo éxito nada en absoluto le deba a la
academia. Tremenda empresa desmesurada esta que aguarda a las feministas
respetables y a los educadores vocacionales si lo que se pretende es corregir
los dos problemas: para ayudar a las afganas y demás esclavas de lo peor del fundamentalismo
islámico a que se liberen de sus opresores, se precisaría, en primerísimo
lugar, hacer conscientes de su suerte a las de momento afortunadas para que
recompongan y con el estudio se comprometan, a la par que intentar convertirlas
en activistas de la causa de los millones y millones de Malalas por las que,
aparte de Yousafzai, muy pocos más abogan.
1177. ¿O por qué cree usted, gran Martín, que yo los
llamo ‘pobres diablos de la codicia’?:
“…Ahora,
cuando eso parece -en el mejor de los casos- una ingenuidad, sólo gana el que
gana para sí. Y ganar, está muy claro, es poseer: poseer más dinero, más fama,
más ¿belleza?, más influencia, más poder de seducción, más poder de poder.
Esta es,
en ese sentido, una sociedad fofamente satisfecha: sabe dónde está -para ella-
el bien, dónde está el mal, dónde el triunfo y la derrota. Por eso se nos hace
más fácil clasificar, decir un resultado. Por un lado están los pocos ganadores
[…]; por el otro los demás, nosotros, la inmensa legión de ‘perdedores’. Y no
hay palabra en nuestras sociedades más descalificadora que esa: loser, lúser,
perdedor.
Por
suerte, perder en términos contables, perder esa carrera tonta por los bienes y
las apariencias, no es la única forma de perder. Si lo fuera, la palabra perder
sólo sería la prueba de nuestra incapacidad de construir una sociedad que
valiera la pena. Pero también se pueden perder los papeles, perder la vergüenza,
perder la paciencia, perder los estribos, perder la cabeza, perder la cara,
perder la calma, perder el alma, perder el habla, perder la fe, perder las
ilusiones, perder la perspectiva, perder la compostura, perder la virginidad,
perder el rumbo, perder la razón, perder la honra, perder la inocencia, perder
la oportunidad, perder el sentido, perder un hijo, perder un padre o madre,
perder el respeto, perder el miedo, perder una carrera, perder la mano, perder
un pie, perder peso, perder comba, perder aire, perder facultades, perder
sangre, perder la vida, perderlo todo, perderse -y más y más y más y cada una
de esas pérdidas es una gran historia. […]
En
cualquier caso, nos pasamos la vida perdiendo…”
Yo, de
entre todo lo que usted nombró, lo que ya irremediablemente: la fe teológica,
prácticamente todas las ilusiones salvo una… o muy pocas, la virginidad, la
inocencia, una hermadre y una hija y un padre y una amada y un mejor amigo del
mundo; lo que mil y una veces: los papeles, la paciencia, la cabeza, los
estribos, la calma, el alma, la perspectiva, el habla, la compostura, el rumbo,
oportunidades, el sentido, el respeto, el miedo, facultades; lo que todavía no
pero quizá pronto: la vergüenza (cuando, en saliendo del mercado sexual, me
toque pagar a cambio del amor que se vende con asco) y con ello la honra y, por
fin, la vida: instante con el que vengo flirteando desde no se imagina cuándo.
En cualquier caso, desde antes de topármelo para que ipso facto se convirtiera
en mi padrenuestro: “Cambio mi vida, juego mi vida, de todos modos la llevo
perdida…”
1180. ¿Que usted quiere inculcarle a su hijo, y
desde la más tierna infancia, amor y apego a lo más exigente del pensamiento
científico? Pues lea, y sin dilaciones para que las ponga en práctica, las
lecciones formidables del capítulo VI de Las aventuras de Tom Sawyer. En cuyo
octavo capítulo se va a topar, asimismo, con la sorpresa de que entre su
vástago y zombi del esmarfon y los videojuegos, y el libérrimo muchachito de la
San Petersburgo minúscula donde nació y se cría, media apenas un abismo llamado
imaginación.
1181. “El infierno en la tierra de las afganas: de
la prohibición de estudiar a la violación legal de niñas”: y las feminastys
occidentales de la cuarta ola indignadas y preocupadas y comprometidas con la
persecución a todo muchacho y hombre -salvo que sean de izquierdas y poderosos-
que eche una mirada cariñosa o lasciva, un piropo zafio o ingenioso, proponga
una amistad con derechos venéreos, un noviazgo o un matrimonio civil o
religioso, publique un comentario admirativo o enamorado en las redes sociales,
le confiese a una amiga o familiar de la deseada su deseo, roce con el hombro a
una congénere en un bus o metro abarrotado, dedique poemas o canciones de las
bellas -necesariamente de las compuestas en el siglo XX Cambalache-, tenga una
cortesía con cualquiera de ellas por el estilo de cederles el paso mientras se
les sostiene una puerta o de ofrecerles la silla en el transporte público… Pero
vaya usted y pregúnteles a las autodesignadas voceras de este movimiento
reaccionario por antonomasia dónde quedan Afganistán, Irán y demás satrapías
islámicas y misóginas a ver si dan pie con bola. O en qué consiste su lucha
para que los ‘pueblos originarios’ que tienen la ablación por práctica
sistemática y ancestral lo dejen de hacer y paguen con cárcel semejante crimen.
O si conocen de casos de corruptoras de menores -profesoras, cuidadoras- que
hayan ido a dar con sus huesos a la cárcel por haberse atrevido a desvirgar a
un púber o a un adolescente del modo en que lo hizo la mujer de Macron con
Macron. Que quién es Macron, preguntan las muy pelmazas.
Adenda:
en mi calidad de varón occidental y todavía ciudadano de una democracia imperfecta
pero democracia a fin de cuentas, les pido perdón a todas las Zubaidas Akbar y
Leilas Bassim, a todas las esclavas sexuales de Afganistán y de todas las demás
dictaduras misóginas islámicas e indígenas que permiten los matrimonios de
violadores con criaturas en edad de asistir al kínder o a la escuela primaria y
las mutilaciones genitales infantiles en los resguardos que no resguardan:
delitos nefandos en los que participan, obligadas o fanatizadas, la madre o la
abuela y otras familiares de la víctima. Perdón por no hacer lo suficiente
-prácticamente nada- para combatir a los malditos de los dos sexos que a
ustedes las desgracian, y por compartir hemisferio y hasta nacionalidad con
supuestas activistas de una causa que tendría que estar de lleno volcada en una
guerra a muerte contra los infiernos en que a ustedes las tiranizan y en la
defensa sin cuartel de los derechos que a ustedes les conculcan.
1182. Pero Hetícor, ¿de verdad alberga usted, un
hombre para mí tan sabio, la más mínima esperanza de que algo así de mirífico
-por impracticable para el género humano- pueda materializarse algún día? ¿En
serio lo ve factible, hermano de desdichas -entre otras- políticas?:
“…En el
ADN de los más blancuzcos (en México o en Colombia) está la clave del pasado y de
la historia de casi todos nosotros: los hombres solos que vinieron aquí,
casados o solteros que fueran, por seducción o por la fuerza, queriendo o sin
querer ellas, se arrejuntaron y formaron lo que somos. Los descendientes más
directos de la Conquista no son los españoles, sino nosotros mismos, los
criollos y mestizos. Aquí no hay puros. Y ni los conquistadores eran monjes
pacíficos ni los indígenas mansas palomas inofensivas, ingenuas e inermes. Si
no fuera por la falta de inmunidad contra enfermedades comunes en Asia, en
África y en Europa, mucho menor habría sido el exterminio y el genocidio, que
lo hubo.
Tenemos
que cargar con ese destino ambiguo (desesperado y desesperante para algunos) de
ser al mismo tiempo víctimas y verdugos. Y de este duro destino, que nos define
como lo que somos, solo nos podemos recuperar dejando de tener complejo de
hijueputas (o de malparidos, hijos de la Malinche o de la Chingada), es decir,
dejando también de ser racistas y resentidos (contra los blancos, contra los
negros o contra los indios). Viviremos siempre jodidos y enfermos de rabia si
no nos reconciliamos con nosotros mismos. Tenemos que perdonar y perdonarnos en
vez de exigir perdón, porque no hay inocentes entre los españoles que vinieron
y se fueron, ni entre nosotros que nos mezclamos y nos quedamos.”
¡Pero si
es que es más fácil que yo, ciego de nacimiento y hasta el día feliz en que me
muera, empiece a ver de pronto como consecuencia de una imposición de manos del
farsante y milagrero pastor Equis o de la cirugía de un inescrupuloso y
vendehumo de la clínica oftalmológica Ye, que también los hay! ¿Me va usted a
decir, maestro y amigo, que en su familia, presumo que conformada
mayoritariamente por blancuzcos y trigueñitos, la discriminación racial,
abierta o soterrada y vergonzante, no es una realidad más que palpable y
arraigada? Y se lo pregunto retóricamente porque en la mía, como en las más que
conozco bien o con las que de alguna manera me he relacionado, el odio o a lo
sumo el desprecio racial es pétreo e inexpugnable. ¿Convencer a mi madre y a mi
mujer y a mi hermano y a mi nieto, a mis primos y a mis tíos (salvo a mi tía
Beatriz Montoya, que de racista no tiene ni esto), o haber podido convencer a
mi hija y a mi padre y a mis abuelos y demás familiares muertos, no ya de que
depusieran y depongan -como si se tratara de magia- su racismo, sino de que
reconocieran y reconozcan -a manera de mea culpa al menos- que lo fueron o lo
son? ¡De todo punto imposible! Sería como esperar que de la noche a la mañana
todos los que aún no son discapacitados visibles y manifiestos nos tomen a los
que sí por lo que en público dicen tomarnos los buenistas biempensantes de la
izquierda de la ira y la más acendrada hipocresía: por sus iguales (a mí que
Dios y el diablo, al alimón, me libren). De modo que mejor dejémoslo así…
dejémoslo ahí.
1183. Salvo por la primera parte de la primera
oración del primer párrafo de esto que de usted cito, me declaro de acuerdo con
sus apreciaciones como casi siempre (lo cual, por otra parte, sólo me ocurre
con usted, con Constaín, con Carlin, con Granés y con Pérez Reverte -y téngase
en cuenta que semanalmente leo a entre cuarenta y cinco y cincuenta
columnistas-):
“Así
como no entiendo que en el español de España la palabra envidiable sea un elogio
(‘tu coche es envidiable, tío’, como si fuera algo bueno sentir envidia), de la
misma manera me resulta molesto, es más, insoportable, que en el inglés de los
gringos la palabra loser (perdedor) sea un insulto. ¿Cómo así que si uno pierde
es un imbécil o un pánfilo? Más aún, ¿si yo no me acomodo a tus ideas de lo que
es ganar y tener éxito, si yo no me dedico a humillar y a ganar plata, soy un
fracasado? No joda, es esa manía del triunfo a cualquier precio, pasando por
encima de lo que sea, despreciando o matando a quien a mí -el ganador perpetuo-
se me antoje, lo que nos tiene en manos de tipos como Putin o como Trump. En
manos de gente que gana siempre, y al ganar siempre demuestran que hacen
trampa. […]
Perder
no es insultante; perder no significa que no nos esforzamos; perder es lo
normal, o debería serlo, y ganar, una cosa excepcional que muchas veces se debe
más a la suerte que al verdadero mérito. […]
Perder
es cuestión de método, reza el hermoso título de una dura novela colombiana. Y
los buenos poetas (que suelen ser, afortunadamente, losers o perdedores) lo han
sabido desde hace muchos años. Esto nos dice Agustín García Calvo, otro
olvidado: ‘Enorgullécete de tu fracaso/ que sugiere lo limpio de la empresa’. O
Jaime Gil de Biedma, bellamente: ‘Si este mar de proyectos / y tentativas
naufragadas, / este torpe tapiz a cada instante / tejido y destejido, / esta
guerra perdida, / nuestra vida, / da de sí alguna vez / un sentimiento digno /
un acto verdadero…’. Si esto llega a pasar será, repito, por algo de esfuerzo y
otro poco de suerte o de casualidad. […]
Quizá
por eso una de las sentencias que más me digo y repito sea esta de Stevenson:
‘Nuestra misión en la vida no es triunfar, sino seguir fracasando con
entusiasmo y alegría’.”
A ver,
estimado y admirado Hetícor: ¿cómo no va a ser envidiable la veinteañera novia
de su veinteañero novio cuyo pelo abundante y lacio y largo y perfumado, cuya
voz suave o un poco ronca y acariciadora, cuyas manos tersas y pequeñas, cuya
estatura y cuerpo y facciones entre púberes y adolescentes mi ceguera congénita
recuerda y ambiciona más que nada? ¿Cómo no le va a resultar envidiable a una
afgana, a una iraní o a otra cualquier esclava del -ese sí- peor de los
heteropatriarcados de que se tengan noticias asistir a la libertad con que
viven en Occidente y en otras latitudes privilegiadas del mundo, si no todas,
sí una mayoría de sus congéneres -y no se diga las feminastys-? ¿O al postrado
en cama de resultas de un accidente o de una enfermedad, la facilidad por lo común
inconsciente con la que los hasta hoy dueños de nuestro cuerpo nos movemos y
vamos y venimos según nos plazca? A mí me perdonan usted y Piedad Bonnett y
todos los que opinan que eso que se da en llamar ‘envidia de la buena’ no
existe porque sí y sí y punto. Óigame esto: un verdedenvidia congénito al que
le parece hermoso el carro de su amigo jamás se lo va a confesar, ocupado como
está en desear que se estrelle y lo vuelva mierda o que se lo roben. Y se lo
digo porque yo, que querría haber visto tigres y leones y guepardos y leopardos
y panteras y jaguares -y prácticamente todos los animales que en el mundo son y
han sido-, para por mi cuenta establecer similitudes y diferencias entre esas
fieras, lejos estoy de desear que hasta el último vidente sobre la tierra se
quede ciego, y no porque en mí alumbre una bondad absoluta: también conozco,
huelga aclararlo, la envidia malsana que todo ser humano sin excepción habrá
experimentado al menos una vez en la vida. De modo que…
Pero
vayamos a la literatura y confiéseme usted, un exitoso dentro de lo que cabe:
¿a qué escritores admira con total transparencia y a cuáles con un poco o más
mala sangre de lo que quisiera, ya porque le caen gordos o como una patada, ya
por la razón que sea? A mí, por ejemplo su Basura, y El vuelo de la reina de
Tomás Eloy Martínez, y la Coronación de José Donoso, y El astillero de Onetti
me resultan del todo envidiables -entrañables- porque tratan precisamente el
tema del fracaso, que me apasiona, con una hondura y una belleza encomiables.
En cambio -pero por favor no se lo diga a nadie-, la admiración que profeso por
Davanzati, Camargo, Ábalos y Larsen se trueca en franco desdén y en deseos de
que fracasen literariamente y con estruendo si en quienes pienso es en los
ultramamertos Laura Restrepo, Santiago Gamboa y Julio César Londoño -de quien
soy profundo admirador en otros asuntos-: nada de qué declararse orgulloso pero
bueno… ¿Qué le vamos a hacer si eso es lo que siento?
1184. Me parece, maestro William Ospina, que esta
fotografía del país y de la sociedad que somos no tiene reparo, aparte de
cierta apreciación que usted y prácticamente todo el mundo -en Colombia, en
tantos países más a propósito de los ciudadanos de esos países- hacen del
diagnóstico del crónico anquilosamiento que nos -los- paraliza:
“La
estrategia de los gobiernos colombianos logró convertir los movimientos
campesinos en movimientos guerrilleros. Y ya no fue difícil que los movimientos
guerrilleros se convirtieran en bandas criminales. El problema no es la mano
blanda ni la mano dura, porque no es que los seres humanos sean malvados y
necesiten un Estado implacable. El problema es que una sociedad que no tiene
una economía legal en grande empuja a sus ciudadanos a la ilegalidad.
No hubo
soluciones para los campesinos: surgieron las guerrillas. No hubo una industria
en grande en las ciudades ni horizontes propicios al emprendimiento: apareció
el narcotráfico. No hubo protección del Estado para los propietarios rurales y
para los medianos productores: surgieron las autodefensas. No vino el Estado a
combatirlas sino a reforzarlas: arreció el paramilitarismo.
No hubo
empleo en grande en ciudades y campos: surgió y proliferó la delincuencia. No
hubo alternativas para los jóvenes vulnerables que no tienen educación ni trabajo:
se multiplicaron el microtráfico, el sicariato, la violencia como modo de vida.
¿Es tan
difícil advertir en todo eso una escandalosa ausencia del Estado; una falla en
todo lo que significa proteger a la población, darle empleo, educarla,
brindarle ejemplo, crear soluciones, proteger la familia, garantizar el
trabajo, enriquecer el tiempo libre? ¿Es tan difícil advertir que la labor de
nuestros políticos ha sido crecientemente dañina y estéril? ¿Es tan difícil
descubrir que no ven en la política un escenario para servir a la comunidad
sino un asunto de éxito personal y de ascenso social, un medio corrupto abierto
a la ambición, a la rivalidad y al delito? […]
Los
políticos se descargan eternamente la culpa unos a otros: para eso les sirven
los adversarios. Y han tenido la astuta precaución de mantener a la comunidad
en las condiciones más rudimentarias, para que cada cuatro años tenga éxito su
discurso rabioso y vengativo, que en vez de proponer soluciones descarga
responsabilidades, y convierte a los rivales en los odiosos culpables de todo.
Pero
todos los males de la nación se deben a que no hay una industria en grande, una
agroindustria adecuada a un país de 50 millones de habitantes; a que el Estado
venal y corrupto está lleno de trabas para el emprendimiento; a que no tenemos
infraestructura, sino las mismas carreteras de hace 50 años, los mismos
puentes, los mismos puertos, ya ni siquiera la red de ferrocarriles, y las
calles de la fatiga de la Colonia; y la misma mentalidad del siglo XIX, cuando los
partidos nos convocaban a sus incesantes guerras civiles, y el mismo instinto
provinciano que nos hace ver todo como fruto de la malignidad de nuestros
semejantes.
Por eso
los políticos de derecha vuelven con el grito, más viejo que Mariano y que
Laureano, de que lo que se necesita es mano dura: imperio de la ley, defensa
con saludo militar de la sagrada fuerza pública, y fulminar rebeldes. Y por
supuesto cárceles enormes administradas por virtuosos empresarios. ¡No corregir
nunca las causas sino fumigar las consecuencias! Y ese discurso vuelve a tener
éxito ante una ciudadanía desesperada por la inseguridad y la extorsión.
Y por
eso los políticos de izquierda vuelven con el clamor de que aquí la causa de
todo es la desigualdad, y que eso se corrige quitándoles a los ricos egoístas
para darles a los pobres despojados. Que los poderes criminales que se ciernen
sobre el país entero y lo desangran son fruto apenas de la injusticia y la
malignidad de una casta. […]
Mano
dura es lo que ofrecen de nuevo unos candidatos; y ahondar las reformas
sociales, ofrecen los otros, o sea: seguir repartiendo lo que hay sin modificar
al Estado ladrón. Ese mismo Estado que sigue sus fiestas y carnavales del
derroche, y que a esta hora tiene apostados sus eternos salteadores de caminos
en todas las curvas de unas carreteras en pésimo estado para cobrarles a los
ciudadanos pequeñas transgresiones, mientras arriba se roba a raudales.
Y el
país físicamente en el siglo XIX, salvo por la precaria modernidad ahogada en
sangre que nos trajo la mafia. Y el país mentalmente en la Edad Media”, de la
que apuesto a que no va a salir en tanto dure el antropoceno, que ojalá poco.
Mire,
admirado William: a mí -a Pérez Reverte y a Fernando Vallejo entre muy pocos
más- no me cabe en la cabeza que seres supuestamente pensantes a los que se
esquilma y defrauda una y otra y otra y otra y una enésima vez con las mismas
promesas deshonradas una y otra y otra y otra y una enésima vez opten,
pendularmente, por quienes les mienten sistemáticamente como a párvulos y les
ofrecen las mismas soluciones que desde antiguo se sabe -los que lo saben- que
lo único que consiguen es prolongar el círculo vicioso y condenar a la
esperanza sin asidero a sus hijos y a sus nietos, que llegado el momento se
obstinarán con furia y odio en lo mismo. ¿Cómo es posible -me pregunto, le
pregunto- que esta sociedad, que se declara dizque harta de la violencia y las
disputas que escenifican tantos de sus políticos, vote cada cuatro años
precisamente por los de verbo más violento y beligerante, a más de inculto y
zafio? ¿Y no quedamos en que lo que busca es la paz que posibilite el mayor
grado de prosperidad para sus hijos y sus nietos? Me dirá usted que el fenómeno
lo explica, justamente, la ignorancia de demasiados votantes que no caen en el
engaño de que son víctimas periódicamente, de lo que yo discrepo sin fisuras.
Porque ¿cómo se explica entonces que enterados de la talla de un Santiago
Gamboa, de una Laura Restrepo y de un Julio César Londoño, para sólo mencionar
a tres de sus colegas, oficien de caja de resonancia y militen en la más
impresentable y ruin de las izquierdas, llámese petrismo, chavismo, orteguismo,
castrismo o kirchnerismo? Pero si en quien pienso es en los politicastros que
nos gobiernan, el pasmo y la incredulidad no me abandonan: ¿Que a la izquierda
le llevó más de doscientos años conquistar la presidencia de Colombia, y cuando
lo logra protagoniza una mojiganga entre ridícula y risible trufada de
venalidad, malas artes, pésimas maneras, delitos de muy distintas naturalezas,
escándalos diarios, maniqueísmos incendiarios, desconocimiento y desafíos
groseros a la institucionalidad, ataques sin cuartel a nuestra pese a todo
estoica democracia, autoritarismos con ambiciones tiránicas, perpetuación de
los desmanes políticos que juraron combatir y corregir? Ya verá cómo, si quien
gana en la segunda vuelta de las presidenciales del próximo 21 de junio de 2026
-y Petro y sus esbirros se avienen a entregar el poder- es la extrema derecha
de de la Espriella; ya verá cómo él y sus esbirros vuelven a incurrir en
exactamente los mismos errores y pecados en que aquí siempre ha incurrido la
derecha, para de ese modo allanarle nuevamente en 2030 a la extrema izquierda
el camino hacia la Casa de Nariño, que a saber si la godarria laureanista
desocupa por las buenas si llegara a salir derrotada por el otro cáncer. ¿Y el
centro tibio por decente y sobre el papel reformista? Que se siente a esperar
al menos hasta que sobrevenga la parusía, tras lo cual de pronto se materialice
el milagro que muchos de sus votantes tozudamente resucitan cada cuatro años.
Adenda:
¿Que va a votar por Fajardo, anuncia usted? Sabia decisión, maestro: ni
Rodolfos ni muchísimo menos Petros. Bienvenido al siempre perdedor centro del
espectro político colombiano, salvo que se trate de elecciones a concejos,
alcaldías, gobernaciones y congreso.
1185. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Es lo
que le da su sabor singular a esta época: que un solo hecho puede implicar y
paralizar al planeta entero.
En esa
jornada todo era alarmante y grotesco: ver a un jerarca incomprensible
amenazando con el arrasamiento de una nación y con aplastar ‘a toda una
civilización’; temer que Israel, fiel al espíritu de su héroe mitológico
Sansón, pudiera llegar al extremo de desplomar el cielo sobre sus enemigos y
sobre sí mismo, utilizando contra Irán sus armas nucleares; temer que Irán
llevara su furia de misiles más allá de los 2.000 kilómetros que han sido hasta
ahora su límite; comprobar que las otras grandes potencias orientales y
occidentales parecían estar solo a la espera, sin propuestas, sin opiniones,
todo era desalentador.
Pero lo
más grotesco es que hayamos llegado al punto de que en manos de un hombre
enfermo de prepotencia y peligrosamente impulsivo parezca estar el destino de
millones de seres humanos y tal vez el rumbo de la historia entera. Mucho se ha
dicho que a este hombre hay que juzgarlo por sus actos y no por sus palabras,
pero es que hay palabras que son actos. Ni Hitler, que se las daba de ser
culto, se habría resignado a proclamar con tanta estolidez que está en sus
manos destruir a una civilización para que no vuelva jamás” (William Ospina).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento
sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en
la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda
Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación)
al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
1186. Invisibles como somos (y ojo que lo mío nada
tiene que ver con reivindicaciones y reclamos de inclusión woke, sino
con la más cruda y tangible realidad), me aventuro a asegurar a pies juntillas
aquí y en cualquier parte que nada trascendente existe en relación con cómo
concibe este asunto un ciego devenido, para no hablar de uno total y de
nacimiento:
“…Tendemos
a pensar que las personas bellas son inteligentes y honradas. Lo feo nos causa
repelús, dispara nuestras alarmas. […]
Vitrubio,
el romano, dijo que el diseño de las casas, los muebles y los utensilios debía
ser bello, firme y funcional. Hoy añadimos tres condiciones: el utensilio debe
ser delgado, minimalista y muy caro.
La
belleza aludía a la forma, claro, pero llevaba implícita la exigencia de que su
contenido fuera noble y verdadero. Se daba por sentado que la mentira era ruin
y fea. […]
¿Se
puede definir la belleza? Kant lo respondió dos veces. En la primera dijo: ‘La
belleza es una cosa que desespera’. En la segunda sugirió que la belleza era un
milagro que sucedía en la mirada del espectador, como vimos arriba…”; como
quien dice: al no haber mirada, el ciego se queda sin milagro aunque, por
consiguiente y en recompensa, al margen de cualquier tipo de desesperación
erótica o…
Pero
hablemos en serio: yo, que nací ciego y he vivido ciego y ciego me moriré
tengo, entre mis certezas más acendradas, la de cómo concibo la belleza
femenina, que a la postre es la que más me importa. Pelo ojalá lacio aunque
ondulado no está nada mal, abundante y necesariamente perfumado, rubio o
castaño o negro o…; facciones tan finas y acariciadoras como la voz y las
manos, que deberán semejar las de una adolescente así esté lejos de serlo; el
cuerpo entre delgado y rollizo a lo sumo, y de entre un metro cincuenta
centímetros todo lo menos y un metro setenta centímetros todo lo más. De lo
íntimo y recóndito mejor no les hablo porque, o los provoco y produzco una
satiriasis, o las escandalizo al punto de un rapto de indignación colectiva.
Por lo demás, es decir por lo que hace a otras facetas de mi concepto de la
belleza también olfativa y gustativa, auditiva y táctil considero innecesario
ahondar aquí en virtud de que en los más de mil cien desahogos precedentes hay
suficientes, o hasta abundantes, apuntes que lo explican o aspiran a hacerlo.
1187. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…A
propósito de teología […], Trump puso en su red social una imagen, creada con
inteligencia artificial, en la que aparece como el mismo Jesucristo sanando a
un enfermo. La indignación de sus propios seguidores fue tal que Trump la
retiró, no sin antes ‘aclarar’, impávido, que en esa imagen él representaba a
un médico de la Cruz Roja, no a Jesucristo, y que si la gente había visto otra
cosa era por causa de las fake-news.
Pues sí,
a esos niveles de absurdo estamos llegando en esta torre de Babel política en
la que ya no se sostienen ideas, sino que se ensartan disparates […]. Pero no
solo en los Estados Unidos está ocurriendo eso. Dado que ganar elecciones tiene
su técnica, más aún, depende de una tecnología comunicativa que inventaron los
gringos, muchos políticos alrededor del mundo vienen copiando lo que ellos
hacen. En los tiempos del brexit, Boris Johnson dijo que el Reino Unido enviaba
350 millones de libras semanales a la Unión Europea, lo cual era evidentemente
falso; Jair Bolsonaro sostuvo que el Covid-19 era una simple gripecita (a
propósito, por esos tiempos Trump propuso inyectar con desinfectante a los
pacientes de COVID para curarlos y Bolsonaro sostuvo que las vacunas podían
convertir a los pacientes en caimanes); Petro dijo que en su gobierno se ha
incautado más cocaína que en toda la historia mundial; Nicolás Maduro aseguró
que hablaba con un pajarito que encarnaba a Hugo Chávez y Manuel López Obrador
mostró, en sus ‘mañaneras’, amuletos religiosos que lo protegían del Covid-19.
No importa el color ideológico, solo vale llamar la atención y despertar los
odios que llevan a la gente a las urnas.
Muchos,
claro está, ven esas afirmaciones como lo que son, una pifia o una payasada,
pero eso no tranquiliza porque los dislates calan hondamente en la mente de los
crédulos. […] El fracaso de la verdad se ha vuelto funcional y eso hace que la
política se haya convertido en un ejercicio de comunicación entre gobernantes
díscolos y ciudadanos crédulos, no en una conversación entre gente razonable…”
(Mauricio García Villegas).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde
determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya
menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1188. “La experiencia de la conexión permanente con
el mundo nos ha acercado a los que tenemos lejos pero, tristemente, nos ha
alejado de los que tenemos cerca”: cómo le parece, mi muy estimado Daniel, que
tengo una pareja de amigos, marido y mujer, que han asistido al nacimiento, el
crecimiento y pronto muy pronto a la graduación de la secundaria y el primer
noviazgo de su único nieto a través de sus pantallas, las cuales tan
satisfechos los tienen que no consideran en absoluto necesario viajar a Suiza
para conocerlo de cuerpo presente, darle un abrazo y un beso o tan siquiera
estrecharle la mano. Tampoco el hijo que allá lo concibió porque allá vive, y
que en cambio se la pasa viajando de allá para otros muchos allás donde se
celebren festivales de rock y no sé qué más estridencias, tiene la más mínima
intención de traer a Colombia el muchachito para que los abuelos-pantalla lo
conozcan, y de paso para que pise los andurriales tercermundistas de que
proceden parte de sus genes. Del otro alejamiento sí que puedo dar fe y en
todos los ámbitos: las aulas, el transporte público, las re¿uniones? Familiares
y de amigos y de colegas, el hogar y no se diga el lecho nupcial en que yacen
el par de gnomófobos.
1189. De la ‘paz total’ a la ‘patria milagro’: dos
distopías de truculencia y odio en las que, mal contados, veinticinco millones
de entre canallas e idiotas útiles colombianos aseguran cuando menos otros ocho
años de anquilosamiento y ruido, de verdades a medias y mentiras completas, de
calumnias e infamias, de irresponsabilidades y autoexculpaciones, de malas
maneras y malas artes, de preponderancias de lo superfluo y desatenciones de lo
urgente, de mojigangas y payasadas, de emulaciones a los peores del oficio y
mofas o ninguneos a los respetables y prestigiosos, de, en fin, pésimos
ejemplos y ramplonerías asqueantes que con creces superan a los de ayer nomás
pero que palidecerán frente a los de mañana y pasado mañana.
1190. Que conste: esta fotografía, barnizada no poco
por el autor, se tomó menos de dos meses antes de que Gustavo Petro abandone
-si lo abandona- el cargo que nunca debió haber ocupado:
“Petro
sufrió dos ‘rajadas’ internacionales esta semana. The Economist de Londres bajó
a Colombia once puestos en su rankin de democracia y Amnistía Internacional
volvió a ubicar al país como el más peligroso para defensores de derechos
humanos, calificando como ‘inaceptable’ el asesinato de 165 líderes sociales en
2025.
Una
violencia que viene de atrás y no es producto de este gobierno, pero que hoy en
día sigue cobrando la vida de tres líderes populares por semana y reflejando
con crudeza los pobres resultados de la ‘paz total’ que le había anunciado al
país y al mundo el primer presidente de izquierda de Colombia, que pronto
culmina su mandato.
Para
regocijo de muchos que sueñan con que un nuevo gobierno traería la paz, cuando
lo cierto es que estamos ante una realidad dolorosa y tristemente reiterativa,
con elementos que tienden a perpetuarla, como el acceso de los grupos armados
ilegales a cada vez más rentables fuentes de financiación, desde la coca y la
minería de oro a la comercialización de estaño.
Han
consolidado una bollante economía ilícita asociada a minerales estratégicos,
cuya explotación puede resultarles más rentable y menos visible y violenta que
el tráfico de droga. Sin que esto signifique que lo hayan abandonado o
renunciado a viejos métodos de financiación como la extorsión y el secuestro.
El más nuevo ha sido la explotación ilegal del coltán, un mineral muy utilizado
en tecnología, conocido como el ‘oro azul’, cuyo comercio ilícito financia
armas y control territorial de estos grupos en regiones como la Orinoquía. El
año pasado fueron incautadas nada menos que 70 toneladas del codiciado
producto. […]
Las
riquezas naturales de una nación, y las nuestras son grandes, no pueden
convertirse en una maldición. Si llegamos a ese extremo, jamás saldremos de la
olla…”: de la olla en que nos deja, y más raspada que nunca, el chusmero y
pirómano en jefe, y en la que seguramente nos va a acabar de hundir su sucesor
en el poder, llámese Cepeda o de la Espriella quien, a diferencia de Iván el
comunistoide, me genera más asco que miedo.
Adenda:
si gana de la Espriella, una maldición equivalente a una victoria de Cepeda, se
verá cómo, desde el mismísimo 7 de agosto de 2026, Petro y sus caudas no
pararán de hablar de minería y líderes sociales asesinados, asuntos que en
absoluto figuraron entre sus preocupaciones, tan divisivas y venales ellas.
1191. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen Gustavo Freisen por Abelardo de la Espriella y listo: “Gustavo
Freisen se encargaba de rechazar a punta de palazos las embestidas de la madre,
aquella gata callejera que había tenido la desgracia de parir en el desván de
la casa; seguramente lo había hecho ya otras veces obteniendo la protección del
antiguo propietario; así pues, no comprendía lo que pasaba: sus hijos, sus
ojitos recién abiertos, intentaban aterrados escapar a aquellos certeros golpes
que les iban fracturando los huesos uno a uno: maullaban en un tono tan agudo
que se volvía gemido, desesperanza ciega, y ella, la gata ensangrentada por los
porrazos recibidos, un ojo desprendido, el hocico destrozado, volvía a la carga
como si toda la energía del mundo se hubiese concentrado en su maltratado
cuerpo”: ahí tienen ustedes, estimados demócratas auténticos del mundo entero,
de perfil y de frente, al flamante presidente de este país-corraleja al que
casi trece millones de colombianos (mi nieto y mi madre, mi hermano y mis tíos
cristianos tan pacíficos y ejemplares) acaban de ungir con su voto en la
esperanza de que se cobre con muertos las falsas maricaditas woke de los
derrotados, y ojalá con la mano dura de que ha hecho gala el a todas luces
bíblico trumbukelismo.
Adenda:
¡muerte a Mikolka y a todos los Abelardos Freisen y Gustavos de la Espriella
que en el mundo son y han sido…! ¡Pero antes muélanlos a palos!
1192. Pero y entonces, estimada y admirada Olga
Lucía, ¿cómo definimos certeramente este sustantivo, odioso e inexacto donde
los haya?:
“El
populismo tiene mucha relación con la demagogia (en regla general, el arte de
adular al pueblo para obtener sus favores es una calidad oral; no existe el
populista de mero discurso escrito o malo en la tribuna), y con una palabra
seductora y constante. El populista le habla al pueblo directamente, le confía
sus asuntos, lo enamora mientras le vende humo. El misterio del populismo es
encajar en muchos moldes, llegar a muchos oídos prometiendo cosas. Es como un
donjuán desvergonzado, y sin embargo perdonado con cada nueva ocurrencia o
mentira. El pensamiento político de los populistas es por definición difícil de
encasillar -abarca un espectro amplio, producto de sus inmensas contradicciones
y su necesidad de confundir-. La fuerza de los populistas es encajar en un
anhelo vago, a la vez que lograr poner a marchar, cotidianamente, la dialéctica
amigo/enemigo. […]
Lo
cierto es que ‘el pueblo’ es quien se identifica con el líder, y en esta
identificación hay un proceso en el que no tienen cabida o posibilidad el
análisis, la racionalidad o el contraste con la realidad. El enemigo que mi
líder designe es mi enemigo. […]
El tema
es precisamente que, para este público y para estos electores, lo más
importante es identificar al enemigo principal, y que estos políticos logran
ese objetivo, simplificar la vida pública y todos los debates en una lógica de
identificación amigo/enemigo. La pregunta es si esto es inevitable, si es algo
duradero, si es algo beneficioso o no para el debate público y para la
sociedad.
En
realidad, no es algo inevitable, aunque sí es muy difícil desenmascarar o
destronar al populista, pues éste acude a una de las necesidades más humanas:
la de creer en historias, creer en palabras y en promesas, así sean falsas. Ese
lado del populista -mantener viva una esperanza, aun mintiendo- se acompaña
siempre del otro, del ataque al enemigo y de la promesa de vencerlo juntos. El
populista constantemente necesita susurrarle al pueblo su verdad y recordarle
su común adversario. […]
Pero, de
nuevo: ¿es inevitable el populista? No lo es. Hay países -o momentos de la
historia- donde no ‘pegan’, donde estas formas de hacer política no toman
fuerza. A veces, los pueblos aprenden a identificar a los populistas y no les
paran bolas; otras veces, los pueblos aprenden a identificar sus reales
necesidades y no caen en la trampa de votar por quienes los han perjudicado.
[…]
Las
lógicas de este voto paradójico ameritan ser profundizadas […]. Una forma de
superar los tiros en el pie y el debate de sordos es descifrar sus mecanismos y
mejorar la cultura política.”
Le
propongo, maestra, que vayamos de atrás adelante. Habla usted de voto paradójico
y a mí se me viene a las mientes su anuncio reciente de que en la segunda
vuelta pensaba votar por Cepeda para, mediante ese voto útil, ayudar a tapiarle
el camino a de la Espriella hacia la presidencia pues lo considera usted una
opción más peligrosa y violenta, pero yo le pregunto: ¿qué más violento puede
haber que la inminencia de que miles de personas mueran por falta de atención
médica y medicamentos, y no de resultas de la falta de recursos para garantizar
ese derecho, sino de la pésima leche ideológica de unos extremistas de sus
convicciones políticas de las que a todas luces participa el que podría
erigirse en sucesor de Petro? ¿Que mueran, entonces, de sus enfermedades y
dolencias los millones que no tienen cómo procurarse atención médica particular
ni medicamentos costosos, pero no a causa de la violencia que se avizora en un
gobierno de Abelardo y que, por otra parte, con Petro no hizo más que
propagarse y arreciar? ¿Se puede mejorar, acaso, la cultura política volviendo
a elegir a quienes vienen promoviendo desde el gobierno que se instauró en 2022
no un diálogo de sordos, sino una guerra sectaria que tiene al país ad portas
de una confrontación civil que empezó en las redes y amenaza con trasladarse a
las calles?
Ahora:
nada más inevitable que los coqueteos cíclicos del grueso de los electores con
lo peor y más impresentable de la política, que emergió ayer allá -Italia o
Alemania-, hoy acá -Estados Unidos o Hungría-, mañana ya se verá dónde, y en
todos los casos con la fuerza suficiente para que se contagien hoy de populismo
democracias como la nuestra, a merced de dos riesgos a cuál más grande y
deletéreo. (Lo que en cambio sí resulta evitable es no hacerse partícipe de
ninguna de estas dos mojigangas mediante el voto en blanco, el voto-castigo que
es el que a mi juicio se debe promover.)
Pero
vayamos al sustantivo a que aludía a comienzos de este desahogo: ¿qué es el
pueblo y quiénes exactamente lo integran si, descontados los políticos
profesionales que le venden el alma al diablo Cepeda o al diablo de la
Espriella, por un lado tenemos a cultos muy cultos, a semicultos y medianías
empingorotadas de la academia, a profesionales de todos los campos y saberes, a
trabajadores esforzados y personas del común, a pobres decentes y morralla vil,
enzarzados todos en una pelea de borrachos que no deja títere con cabeza ni
familia -exagero, exagero- sin ridículos -por innecesarios- rifirrafes
ideológicos? ¿En dónde nos ubicamos entonces los de veras tibios que,
asqueados, no transigimos ni con uno ni con otro populismo y que, por
consiguiente, votamos en blanco a sabiendas de que aquello por desgracia no
resuelve nada? ¿En el antipueblo acaso? ¿O, se me ocurre, en una categoría que
propongo denominar ‘apátridas de la política’, por aquello de la resistencia y
el desprecio que nuestra tibieza racional despierta entre los hostiles y
pugnaces que sí compran demagogia y humo y ocurrencias y mentiras y promesas
falsas y enemigos gratuitos?
Adenda:
para fantasmagorías y alucinaciones y entusiasmos vitales tengo, de vicio y de
sobra, con el amor venéreo.
1193. ¿Que el arte en general y la literatura en
particular forjan hombres sabios?:
“Ningún
escritor celebró el imperio británico como Rudyard Kipling, tan patriota él que
se empeñó en que su hijo luchase, a los 16 años, en la Primera Guerra Mundial.
Inicialmente, las autoridades militares no permitieron que John Kipling fuera
al frente. No solo era demasiado joven, sino además extremadamente miope.
Pero el
padre, que tenía sus contactos, movió cielo y tierra y logró su objetivo.
Kipling
hijo murió en su primer combate, en 1915. Kipling sénior quedó traumatizado de
por vida. Arrepentido de todo, escribió en 1919 un poema de dos líneas, el
epitafio para los caídos en lo que había sido una de las guerras más sangrientas
y más inexplicables de la historia.
‘If any question why we
died, / Tell them, because our fathers lied’. ‘Si preguntan por qué morimos, /decidles: porque nuestros padres
mintieron’.
Pocas
veces tan pocas palabras pueden haber comprimido de manera tan certera tanta
amargura, decepción y desconsuelo. Resumen la terrible verdad detrás de tantas
guerras…”
Estaba
aquí pensando en que si hoy por la noche, 21 de junio de 2026, día de la
segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, al extremista que
resulte perdedor se le ocurre no aceptar los resultados de las urnas y manda a
sus idiotas útiles a que se maten en la calle con los ganadores a sabiendas de
que ningún fraude hubo, los Londoño, las Restrepo y los Gamboa se harían eco del
bulo propio y apoyarían la trifulca que de tamaña irresponsabilidad se derive,
salvo que no precisamente con sus sobrinos, primos, hermanos, nietos o hijos a
lo Rudyard Kipling sino con los Brian y los Kevin que nada o en cualquier caso
muy poco les significan. Tiene cierto mérito el que un ideologizado culto muy
culto como los de marras o aun semiculto como este servidor, tribute parte de
su descendencia a la causa que dice propugnar; aunque lo correcto y valiente y
loable sería no que delegue la defensa de sus ideales en terceros sino que, y
sin que importen su edad y estado de salud, por ellos empuñe la espada de
Bolívar o el fusil de asalto y pase de las arengas cobardes a los hechos
concretos.
1194. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Parece
que en forma creciente reemplazamos el razonamiento por identificación con un
grupo. Las creencias no son opiniones que se puedan discutir, o a veces
cambiar, escuchando argumentos: vienen en ‘combo’ y son parte de la identidad.
Jamás se renuncia a un mal argumento si es uno de los argumentos del grupo.
Resulta preferible renunciar a los estándares que alguna vez tuvimos para
juzgar las evidencias. No importa si las conclusiones son ciertas o falsas,
sino cómo logramos defenderlas de una reputación ‘hostil’.
La
sociedad se parece cada vez más a un estadio de fútbol. Hay en el centro una
cancha con pocos jugadores y directores técnicos. Allá hay ideas, estrategias y
algo de juego. El resto, las multitudes, estamos en las graderías y somos
hinchas: azules, rojos, verdes o amarillos. Las graderías enfrentadas ven dos
realidades diferentes, lo que para una es una falta, para la otra es una
genialidad. Si le cobran una penalidad a nuestro equipo, la culpa es de los
árbitros, que están parcializados, o del VAR, que usa algoritmos obsoletos.
Lo peor
que puede pasar es que de pronto uno de la gradería disienta del juicio
general. Es terrible, porque si bien los de la otra gradería son herejes a los
que no se escucha y se odia intensamente, el propio que disiente es un apóstata,
y no puede haber nada peor. […]
Las
personas tienden entonces a ‘interpretar’ la información de manera que refuerce
su identidad, ya sea de género, clase, raza, religión, nacionalidad, ideología,
o cualquier otra entre los miles de identidades y subidentidades en las que se
ha fragmentado la sociedad humana en tiempos recientes. En mi juventud, no hace
tanto, el ideal era la igualdad sin distinción de identidades, hoy es defender
la propia en medio de una fragmentación infinita. […]
La
evidencia científica, el conocimiento y la experticia son desestimados porque
solo vale la lealtad.
Las
personas en esta dinámica de defensa de su identidad perciben a los otros como
enemigos; esto fomenta la mentalidad de ‘hinchas’ y conduce a conflictos de
difícil solución, somos nosotros contra ellos. Las redes sociales amplifican la
dinámica: cada uno sigue y escucha a los suyos, y cuando interactúa con ‘los
otros’ es para atacarlos, nunca para escuchar.
En lugar
de buscar un consenso basado en evidencias, las personas se polarizan,
rompiendo toda comunicación y cualquier posible entendimiento entre grupos…”
(Moisés Wasserman).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
Adenda:
¿cómo hago para conciliar los hechos más que palpables de este artículo suyo
con el aserto-titular del que usted publicó justo una semana después, también
en El Tiempo? ¿Que ‘La gente quiere estudiar’, asegura usted, simple y
sencillamente porque una mayoría abrumadora eso le aseguró a una encuesta
internacional que usted califica de seria? Lo podrá ser la encuesta pero no a
bulto la gente, que a la hora de ubicarse en una latitud del espectro político
escoge mayoritariamente el centro más tibio y moderado, por el que jamás vota o
votaría. ¿Que la gente quiere estudiar? Harto sencillo: que deje de perder el
tiempo en fruslerías nocivas por el estilo de las redes sociales y se aplique a
aprender con y gracias a las posibilidades infinitas que nos brinda el
internet. Dicho en otros términos, que pase del dicho al hecho.
1195. Pregunta el abogado Alfonso Gómez Méndez y
responden hoy Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella; los dos -y dos y dos y
dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos- que, caso de que en 2030 y
sucesivos nuestra demasiado falible democracia subsista pese a los embates de
una extrema y de la otra, se disputen, hasta el fin del antropoceno, a patadas
y mordiscos la presidencia de la República: “¿Mantendrían en sus puestos a
ministros y altos dignatarios del Estado a pesar de las investigaciones
judiciales, con el argumento de que todavía no tienen sentencia condenatoria
ejecutoriada? ¿Asumirían responsabilidades políticas por graves fallas en la
escogencia? ¿Desvincularían del Gobierno a funcionarios corruptos aun cuando
sean depositarios de incómodos secretos? ¿Continuarían con la práctica de
obtener apoyos parlamentarios al detal a cambio de puestos y contratos?
¿Sostendrían en sus cargos a funcionarios que en público se hacen recíprocas y
graves acusaciones de corrupción?”. Cepeda: sí, no, no, sí y sí. De la
Espriella: sí, no, no, sí y sí. Todos los por venir: sí, no, no, sí y sí. ¿Para
qué, entonces, más acuerdos sobre lo fundamental y forjas de posibles consensos
que nos permitan sacar el país adelante?
Adenda:
nada más fácil que concretar la esencia de la historia de Colombia en una única
frase: déja vus sin intervalos.
1196. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Supuestamente
somos más ilustrados y tenemos más información que nunca, por lo cual deberíamos
contar con una mejor capacidad de discernir entre lo que nos conviene
colectivamente y lo que no. Pero cuando uno mira el estado de cosas en este
planeta, salta a la vista que estamos caminando en la dirección equivocada.
Tanto que el espectro de una tercera guerra mundial ha vuelto a aparecer y se
expresa, entre otras, en un aumento del arsenal de armas nucleares.
Mientras
eso sucede, la democracia liberal, con su sistema de pesos y contrapesos, se
encuentra bajo asedio. Y quienes la atacan son los mandatarios que ha
engendrado, quienes desde el poder intentan deslegitimar la justicia o los
congresos de turno si estos no se pliegan a su voluntad. Como una especie de
pandemia, el contagio avanza.
El
modelo es sencillo, está probado, es cosa de llenarnos a todos de miedos
desquiciados y luego ofrecer la tabla de salvación justo antes del hundimiento.
Seguimos cayendo una y otra vez…” (Melba Escobar).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la
realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1197. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…un
mundo en el que se ha impuesto, como nunca antes en la historia, la tiranía
individual, la dictadura de cada quien y sus caprichos y obsesiones, hasta
llegar al punto de que la humanidad entera se despierta hoy a asomarse en sus
redes sociales a ver si el universo la complace y le da la razón, si la
satisface en su profunda arrogancia.
En eso
han contribuido de manera ya irreversible los políticos -esa especie de
farándula del horror- que en su afán demagógico por fingir cercanía con sus
masas y votantes ahora se pliegan al más obsceno chaqueteo y compadrismo con
cuanto orate los interpele en el mundo digital, igual que antes cargaban niños
o besaban ancianos desdentados, o viceversa, para proyectar la imagen falsa de
su sencillez y su amabilidad.
Pero lo
peor es cuando desde afuera alguien pretende instruir, con tenebrosa soberbia,
a quien debería saber más que nadie de eso de lo que está hablando, incluso
cuando se trata de su propia vida […].
No es de
extrañarse que el mundo esté como está, basta ver quienes creen tener siempre
la razón” (Juan Esteban Constaín).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1198. ¿Qué se le agrega a la completitud… de los
sepulcros blanqueados de la religión y la política?:
“Hay que
tenerles pavor, lo enseña la historia con sangre, a quienes conciben el mundo
apenas como una abstracción ideológica y geométrica: un pretexto para sus
delirios mesiánicos, sus desvaríos, sus obsesiones, su megalomanía que suele
saciarse en ese plano fantástico –‘quimérico, fingido, que no tiene realidad y
consiste solo en la imaginación’, define la RAE ese adjetivo- en el que lo más
fácil es prescindir de las personas en concreto.
Denis
Diderot, uno de los más grandes filósofos de la Francia del siglo XVIII, decía
que en su tiempo había dos tipos de pensadores: los que hablaban del ‘hombre
abstracto’ y los que hablaban del ‘hombre concreto’. Los primeros eran
idealistas, por supuesto, unos teóricos de la humanidad, esa palabra que además
escribían muy ufanos con mayúsculas, ‘la Humanidad’; los otros eran más
modestos y sensibles, defensores de la gente, no de su arquetipo ideal. […]
Ese es
el signo de las utopías totalitarias: su vocación teórica, la forma en que en
ellas se impone un ideal de lo humano que lo justifica todo, incluso la
opresión y la barbarie, la indolencia, la ingratitud, la crueldad, la
inhumanidad, quién lo diría, siempre y cuando se invoquen los principios
sacrosantos que guían la acción de esos aparatos de la enajenación y el
fanatismo que se vuelven un fin en sí mismos: la única razón de ser de todo lo
que ocurre.
Pero ese
es también el signo de los utopistas totalitarios, a los que se les llena la
boca de agua, se les hincha el pecho, cuando hablan y piensan solo con
abstracciones y al mismo tiempo son capaces de las peores bajezas con la gente
a la que tienen al lado. Pienso por ejemplo en el poeta Pablo Neruda, un
grandísimo poeta, sin duda, que en sus versos veneraba y defendía a los
proletarios mientras fue capaz de abandonar a su hija que padecía hidrocefalia.
[…]
Pero lo
grave no es la radicalización sino el envilecimiento: la supresión absoluta de
todo vestigio de humanidad en medio de un combate sin cuartel. Es otra vez lo
que decía Diderot: hay quienes piensan en el ser humano solo como una
abstracción, una ficha prescindible y mudable, una invocación ideológica y
aritmética que lo permite todo, aun la infamia y la maldad. Cortejadores de la
Humanidad, escrita así, que se venden con arrogancia y con orgullo como sus
salvadores y tutores pero son implacables con el dolor ajeno, con el
sufrimiento concreto de seres humanos concretos.
Quizás
llegue el día, no tan lejano, en el que la compasión sea la única idea política
que tenga sentido de verdad.”
En mi
calidad de ciego de nacimiento y por tanto de persona que precisa más que casi
todos los demás de la solidaridad y la buena disposición ajenas; de familiar y
allegado de cristianos fundamentalistas y de otros fanáticos religiosos; de
profesor y colega de fachos ultraizquierdistas de campus público y de odiador
de sus representantes políticos en todas partes doy fe, palabra por palabra, de
lo que con tanto acierto señala aquí mi maestro y carnal Juan Esteban Constaín,
a quien en secreto invito para que juntos adelantemos un par de experimentos
sociales cuyos resultados conozco de antemano. La idea es, hermano, que a
hurtadillas nos metamos en un culto de la Misión Carismática Internacional, de
El Lugar de su Presencia, de Manantial de Vida Eterna (de Avivamiento no porque
mi hermano y su mujer se las pillan y nos abortan el plan) o de cualquier otra
transnacional de la fe y, justo cuando el pastor esté hablando, lacrimoso, del
amor de Cristo y de no sé qué más vainas, nosotros levantamos la mano y le
pedimos la palabra para preguntarle, a quemarropa, qué cree que opina Jesús del
genocidio que Israel perpetra en Gaza y del infierno en que tiene convertidos
al Líbano, Cisjordania y no se diga a la Franja. Salidos de allí -caso de que
consigamos salir vivos e indemnes-, averiguamos en qué campus público hay a
esas horas alguna conferencia sobre derechos humanos o al menos impartida por
un defensor o defensora de los derechos humanos y, cuando el individuo o la
sujeta esté en lo álgido de su diatriba contra Trump y Netanyahu, los dos
volvemos a levantar la mano para preguntarle por qué no ha dicho esta boca es
mía en relación con las dictaduras venezolana, nicaragüense, cubana, china,
iraní, afgana y ni qué decir tiene que tampoco con el invasor de Ucrania,
dictador de Rusia y criminal de guerra Vladímir Vladimírovich Putin. Piénseselo
bien, Juanito, porque el terrorismo de esos antros no son las maricaditas woke
de los mamertos del Rosario, que de seguro los tiene. Me cuenta si se anima.
1199. Olvidos voluntarios que lo dicen todo sobre un
opinante: “Hablando académicamente, pues, Trump tiene un lugar ganado en la
lista de gobernantes que han practicado la crueldad como política, al lado de
Calígula, Gengis Kahn, Atila, Vlad el Empalador, el rey belga Leopoldo II,
Adolfo Hitler, José Stalin, Mao Xedong y Pol Pot. Sus credenciales comprenden -algunas
compartidas con Benjamin Netanyahu- a 73.000 gazatíes muertos, decenas de
lancheros abaleados sin juicio ni sentencia en el Caribe y el Pacífico, cerca
de 150 escolares iraníes bombardeadas y miles de emigrantes pobres que padecen
en Estados Unidos persecución, cárcel injusta y tormentos”.
Comprendo
perfectamente que en razón del reducido espacio de un artículo de prensa, al
columnista y humorista Daniel Samper Pizano se le hayan librado las crueldades
sin nombre de las dictaduras china, norcoreana, afgana, iraní, saudí,
nicaragüense, cubana y venezolana, para no hablar de las del yihadismo
palestino en suelo israelí que desataron el genocidio en Gaza y demás
barbaridades del terrorismo de Estado sionista en la región. ¿Pero dejar
incólume y a la sombra, para que se mantenga fresco y plácido, al invasor y
criminal de guerra y determinador de cientos de miles de muertes de entre
civiles ucranios y soldados ucranios y rusos, de millones de huérfanos y viudas
y exiliados y lisiados que, sumados, con mucho y de lejos y con diferencia
rebasan las cifras ya de por sí espantosas de la carnicería en Gaza y el
Líbano? Nada de lo que sorprenderse si se repara en la infame frase de otro
artículo reciente en la que este otro valedor del Bicho del Kremlin equipara a
los que invaden y atacan con los invadidos que se defienden: ¿Que Ucrania y
Rusia intercambian ‘dronazos’ y ‘misilazos’ afirma usted, Daniel, y sin
arrebolarse siquiera? ¿Pero cómo se atreve a soslayar la asimetría
armamentística de los ofendidos que arremeten, con toda legitimidad,
prácticamente sólo con drones mientras que sobre Ucrania llueven del cielo,
allá sí, misiles y drones a diario y por decenas? Déjeme decirle que a usted,
como a Petro con su Antonella tan sensata lo salva, de su en ocasiones militancia
manifiesta, su hijo y tocayo. A quien le envío un abrazo constrictor junto con
todo el respeto que me suscita su ecuanimidad.
Adenda(ss):
pero media hora después, y como para que no quede la menor duda del volitivo
soslayamiento, me topo con esta otra perla en otro artículo suyo: “Es
abominable que un solo personaje tenga el poder de decidir y deteriorar la vida
de millones de personas inocentes -recuerden a Gaza-…”, escribe Samper Pizano
hablando de… averígüenlo ustedes mismos. Y si por azar dan con Ucrania y los
ucranios entre los millones de personas inocentes cuyas vidas arruinó un
maldito de apellido Putin, les pido el favor de que me suministren las
coordenadas. Aunque tengo el pálpito de que van a perder el tiempo. Y sí que lo
van a perder si, como yo, remontan el río de sus publicaciones en Cambio y
descubren que en otra de sus columnas, mientras llama por su nombre al
Carnicero de Gaza -de ‘homicida en serie’ lo califica-, al Bicho del Kremlin lo
honra con un título como de fábula de Esopo –‘raposa mendaz’- cual si sus
crímenes no fueran, hechas las sumas y las restas, más siniestros en número y
especies que los de su compadre en el horror. Y gracias infinitas, estimado y
admirado Daniel, maestro Samper Pizano, infinitas gracias por su español tan
bello y por su escritura a un tiempo desenfadada y culta, sencilla y exigente:
luminosa siempre.
1200. ¿Entretenido o apetecible el amor o siquiera el sexo entre un par de intelectuales?: búsquense el fiasco-desencuentro entre la tal Teresa y el tal Luis para que asistan a la peor aproximación genital imaginable entre dos criaturas literarias, y luego instálense con Manolo y Maruja la primera noche en que él irrumpió en el cuarto de ella para que se hagan cargo del porqué de mi desprecio hacia lo primero y fascinación por lo segundo. ¿Casarme yo con una Teresa Serrat, con una Leila Guerriero? ¡Eso no, eso nunca! Mil y una veces con una Maruja pijoapartesca o aun con una Aldonza Lorenzo mas no, nunca, con una versada en esto y en lo otro salvo en lo de veras fundamental: en la sencillez liviana o en la liviandad sencilla que tornan la vida íntima -el aula y los paraninfos son otro asunto- en eso… en vida hogareña.