domingo, 9 de agosto de 2026

Desahogos polifónicos tomo 2 (IV)

1151. La fórmula es muy sencilla: no es sino que reemplacen Sánchez por Petro, Moncloa por Casa de Nariño y listo: “…En fin, ganas de perder el tiempo y de crear cortinas de humo tóxico para que los ciudadanos se distraigan y no se fijen más de lo debido (o sea, nada) en los casos flagrantes de corrupción que rodean al Gobierno. El presidente Sánchez odia muchas cosas […]: odia la sinceridad contrastada, odia la responsabilidad, odia a los jueces independientes (de él), odia a los medios de comunicación que no tiene domesticados a base de subvenciones y regalías, odia todo lo que puede acortar su estancia en la Moncloa…”.

 

Adenda: leo ‘Lucidez moral’ en The Objective; oigo a María Corina Machado denigrar a la dichosa cumbre de autodenominados progresistas de abril de 2026 en Barcelona celebrada dizque en defensa de la democracia y en contra de los embates de la extrema derecha, con la que tan a gusto se sienten el filósofo español y la política venezolana -léanlo y escúchenla para que comprendan-, y siente uno ganas de ponerse a llorar o de en su defecto pegarse un tiro. ¿La democracia en manos de -entre otras joyitas- Pedro Sánchez y Gustavo Petro, cada uno con su cúmulo de escándalos de corrupción e impresentables prácticas politiqueras? ¿La democracia en pluma y en boca de dos que sin reparos señalan y condenan los pecados y excesos de la izquierda al tiempo que atenúa -él- y elogia -ella- los de la derecha, ambas en feroz competencia por el primer puesto en la destrucción del Estado de derecho y de lo muy plausible que de él se deriva? Me enjugo los ojos con mi pañuelo blanco y dejo en su funda, de momento, la pistola para no mancillarla con un motivo a fin de cuentas tan deleznable.

 

1152. Yo no: yo no me pliego, maestro Ricardo Cayuela:

 

“…Hoy la identidad es una trinchera, un cómodo parámetro desde donde juzgar y protegerse. La humanidad dividida en tribus. Vivimos una época en donde todo el mundo parece obligado a declararse parte de un grupo, inamovible en el tiempo, un compartimento estanco al que se debe fidelidad y obediencia. Para la izquierda, los grupos se conforman desde el victimismo. Para la derecha extrema, desde el miedo. Toda una inmensa ficción que parte de creer que la identidad es algo coherente y sólido, cuando se trata de un artificio, una sedimentación de capas, influencias y contradicciones que no puede salvarnos del misterio de estar vivos, que es individual. Con una agravante: no se pide obediencia a una etérea abstracción sino a sus concretos (y aprovechados) vigilantes. […]

No somos lo que decimos ser. No somos lo que defendemos. No somos siquiera lo que creemos ser. Somos, más bien, el resultado siempre inacabado de fuerzas que nos atraviesan: historia, cultura, voluntad, azar, fortuna. Bajo esos ropajes impuestos, todos somos iguales. Convertir la identidad en destino es una forma de renunciar a la vida…”

 

Ciego y discapacitado claro que sí, pero prácticamente al margen -y no por mi voluntad- de dichas “comunidades”; ateo convencido, si bien panteísta, pero sin cófrades en una cosa ni en la otra; ninfulómano literario y por rebeldía, y defensor a ultranza de las trabazones venéreas entre cualesquiera dos o tres o más que resuelvan gozarse mutuamente; odiador solitario de los malditos de la política y la religión y de toda bazofia humana que no merezca misericordia ni contemplaciones de ninguna índole; militante apartidista de todo lo que abarca el centro del espectro político y votante sempiternamente frustrado de quienes lo representan; despreciador sin cortapisas de la tabarra de las feminastys y admirador y enamorado del tesón y la entereza de prácticamente todas las demás mujeres, que en tantas ocasiones tan sumamente mal parados nos dejan a los varones; propugnador de una más que convicción personal según la cual los derechos de los animales, tan superiores a nosotros en tantos sentidos, deberían prevalecer frente a los nuestros en razón de su fragilidad y desvalimiento… Y yo, ¿qué más le digo? Por de pronto, que celebro conocerlo.

 

1153. Me habla Granés -qué dicha volvérmelo a topar, maestro-, en ‘Preferiría no hacerlo’, de los Bartleby contemporáneos y a mí me asalta cuando menos una duda. ¿Creen Daniel Gascón y usted que bajo esa denominación caben todos los que, de una o de muchas formas, “renuncian” a las imposiciones del presente? ¿No les parece que media una gran diferencia entre el perezoso y desidioso a secas y el que, conscientemente, se resiste a emprender -léase crear empresa-, o a viajar por placer -displacer para los lugareños del paraje asolado-, o a consumir y acumular, o a infestarlo todo con su presencia innecesaria, o a dar likes por doquier y a “seguir” en las redes al bobazo de moda, o a aspirar y mucho menos intentar convertirse en un Forbes, o a escribir y publicar, componer y estrenar, pintar o esculpir y exponer? Mi pregunta es retórica puesto que del original e inmortal desconocemos por completo las razones de su apatía o de su rebeldía, de su apatía rebelde o de su rebeldía apática. Dios sabe que si las conociéramos no estaríamos ante un clásico sino, quizás, ante un libro más o, por qué no, ante un bodrio.

 

1154. Si, como explica Granés en otro de sus lúcidos artículos ‘Gobernar es distraer’, el primer grado de la culpa no es achacable al Petro o el Trump, al Netanyahu o el Putin, a la Rodríguez o a la Sheinbaum, a la Murillo o a la Mugabe que lo ponen en marcha sino a la prensa que, ingenua o servil, se presta para que los populistas y los sanguinarios se salgan con la suya; a la academia, que tendría que llamar al orden a la prensa y poner sobre aviso a la ciudadanía; y, antes que nada y primero que todo, a los ciudadanos. Que deberían fiscalizar el poder en su conjunto: el de la academia, para que se mantenga independiente y crítica y no se amanguale con nadie; el de la prensa, para que investigue y denuncie y no les sirva de caja de resonancia o de escondrijo a los sinvergüenzas que “gobiernan”; y al ejecutivo y el legislativo y el judicial, a fin de que honren las funciones que la Constitución les delega y se preserven así los pesos y los contrapesos sobre que se erige la democracia.

 

Adenda: desde luego que cuando escribo esto no pienso en republiquetas del desdichado sur global por el estilo de esta donde todavía vivo, y por descontado que tampoco en la suicida que preside un tal Trump; sí en algunas nórdicas, que hasta la fecha no abdican de la sensatez de no flirtear con las extremas del modo en que tristemente lo viene haciendo Suecia desde 2022.

 

1155. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“Hay una guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. […]

La televisión fue el primer ensayo de regresión cómoda. Podía enseñar, divulgar, abrir ventanas; pero también introdujo una tendencia tóxica: el reemplazo del esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era imprescindible leer una página, subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La televisión se llenó de espectáculo, sentimentalismo fácil, información troceada y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de aprender el mundo y empezamos a consumirlo.

Aquella televisión, al menos, tenía horarios. Había un momento en que se apagaba. Pero llegaron las redes sociales y el teléfono móvil, y ahí se estableció el mecanismo perfecto. No porque la tecnología sea perversa, sino porque puso en manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su propia regresión, e incluso destrucción. Nunca hubo tanto acceso al conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo tres mil años de pensamiento, arte, ciencia, filosofía, historia, literatura, jurisprudencia, música y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir descargas de placer instantáneo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener una idea más de ocho segundos seguidos.

El teléfono móvil se ha convertido en símbolo de nuestra contradicción, por el contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilización reducida a máquina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta de medios, sino de ganas. El móvil no es causa de la estupidez; sólo desvela hasta qué punto la preferimos cuando viene cómoda y socialmente digerible. Aquí es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la Ilustración no es sólo el fanático religioso, ni el dictador, ni el populista, ni el comisario político; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras acepta que lo sodomicen -metafóricamente o no- con la mansedumbre de un cerdo en el matadero. El que se queja de los políticos, los medios, el sistema, la manipulación y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a premiar exactamente todo eso. Ahí está la podredumbre principal: no en los tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fanáticos que hacen su trabajo de fanáticos, ni en los charlatanes que jamás fingieron ser otra cosa. El problema está en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre corriente.

Y claro que hay manipulación; siempre la hubo: en los púlpitos, en las cancillerías, en los periódicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en la liturgia patriótica o antipatriótica. El problema no es ése, sino la demanda masiva de manipulación consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien empaquetada, coincide con lo que creíamos antes y nos ahorra el trabajo de pensar. El ciudadano no es víctima inocente, sino consumidor voraz de relatos narcóticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los enemigos de la razón; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu proporciona consuelo y gratificación inmediata. Basta con aprender el catecismo, repetir fórmulas, señalar al enemigo común y disfrutar la cálida necesidad de pertenencia…” (Arturo Pérez-Reverte).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

1156. A mí qué me importa que para nadie en los círculos literarios el nombre Alejandro Sawa Martínez signifique nada si su yo rugiente es, desde que lo oí atronar con el poder de una revelación, uno de mis referentes autobiográficos más alucinantes a la par que un carnal de papel -los únicos que me van quedando-. Aquí lo tengo, frente a mí sentado y listo para leerme en voz alta apenas cinco de las muchas verdades de ese ideario suyo que, entre atónito y jubiloso, fui juntando a medida que me adentraba en sus Iluminaciones en la sombra. Que tanto me dijeron de tantos aspectos de la perra vida mas nada -¿o sí?- de mi yo presente y sus circunstancias tan atípicas: “Yo quisiera pensar siempre, siempre, en temas que fueran motivo de regocijo. Demócrito se me antoja superior a Heráclito, e insistentemente he creído siempre que la risa debería ser más propia del hombre que el llanto. Pero Dios no lo quiere, los hombres no lo consienten, y allá vamos peregrinos de lo desconocido durante todo el tiempo que empleamos en reconocer la carretera De la vida, huérfanos de la ilusión, al salir de los rosados limbos de la adolescencia, viudos de todos los amores apenas llegados a la sazón de amar; allá vamos acariciados o azotados por brisas o ciclones hacia el tremendo misterio de la muerte, con la inconsciencia y la desaprensión con que los átomos se desprenden, se ayuntan, se combinan y se disgregan en las alquimias vertiginosas de la Naturaleza. Por eso, quizás, en la última página de los libros eternos, hay una lágrima perenemente viva, bien visible para los que saben leer, y el legado de los siglos puede expresarse con algunos bostezos, muchas imprecaciones e innumerables sollozos. La vida es el dolor, y toda emoción estética no es bella sino porque ahoga momentáneamente un quejido de la carne.” “Y así sigue, interminable y medrosa, la lúgubre teoría de noticias desoladas en los periódicos: ‘Los suicidios de ayer’. ‘Accidentes del trabajo’, ‘los dramas del amor’, ‘el hambre en la India’, ‘choque de trenes’, ‘herido a martillazos’, ‘la guerra en Marruecos’, ‘obreros sin trabajo’… Y eso es así, y eso viene siendo así, desde el momento inicial de las edades. Nacer es triste; vivir es cosa amarga; espantoso, morir. ¿De qué lóbulo cerebral de más o menos están armados esos hombres que sólo aciertan a ver el lado cómico de las cosas y que oponen al duelo la carcajada y la pirueta al desastre? ¿Serán ellos los únicos seres cuerdos de la existencia, sin otra contrariedad que la de verse obligados a convivir con nosotros en el vasto manicomio de la vida?” “Pido a Dios, si lo hay, tres cosas; y si no quisiera concederme sino una, le pediría fe. Fe, aunque me obligaran a vivir en un estercolero; fe, aunque los gusanos destruyeran mi cuerpo en vida; fe, aunque los hombres me escupieran en la cara al encontrarme por la calle; fe, aunque mi cuerpo fuera patria de la enfermedad y mi alma corte de la idiotez; fe, fe, fe. Fe en Dios; fe en su justicia infinita; fe en la Tierra y en el cielo.” “Murió de hambre. Un hermano nuestro ha muerto de hambre, en Madrid, en pleno día, sobre el empedrado de la calle. Esta noticia es de ayer, pero lo mismo podría ser de la víspera, o de la antevíspera, o de hace un mes, o ciento. La fiera tiene su cubil y su ración de carne palpitante; pero hay en estas sociedades que se llaman a sí propias civilizadas hombres que carecen de un boquete bajo techado en que cobijarse y que, faltos de todo, se acuestan donde los perros vagabundos repugnarían hacerlo, y viven -mueren, ¿no sería mejor?- de lo que sería un detritus hasta para gusanos que surgen y se regodean en los cuerpos muertos. ¡Pobres transeúntes de la vida, consagrados reyes de la creación por decreto de la historia natural que enseñan en los colegios, y destituidos de cuantos derechos alcanzan a los micos!” “Aquí, en nuestro miserable mundo ideológico, no nos ocupamos de nada que no sea la infecciosa política, en lo que tiene de más infecto, en su aspecto personal. Los grandes hombres reconocidos y aclamados por la opinión no son, en la mayoría de los casos, los inventores ni los artistas, sino los matones del Parlamento, los barateros de la vida pública, los picados de verborragia, y no ayudados de verdadera inspiración, tienen bastante resistencia en los pulmones y suficiente caquexia en los órganos reflexivos para hablar cuatro horas seguidas de lo divino y de lo humano, sin solución de continuidad alguna. […] Es que aquí, preciso es decirlo, la política es un negocio, la religión una estafa, la interpretación de las leyes una industria. Es que aquí, y como aquí en todas partes […], ser ministro, ser personaje oficial, voluntad directiva, es habitar en palacio, tener muchas queridas, tragarse una vaca para almorzar y toda la pesca del Cantábrico para comer, en colaboración con otros personajes oficiales; es pasear en coche, hurtar por merodeos o por asaltos, hurtar, como quiera que sea, fueros a la conciencia, derechos a la dignidad humana, si dignidad y conciencia se resisten a las rapiñas, a los espolios de las clases directoras. Es que aquí, esos hombres políticos, todos esos hombres políticos, los de la derecha y los de la izquierda y los del centro, en su grosera farsa de sistema representativo, han conferido al pueblo el papel de histrión, y se divierten tirándole a la cara palabras nuevas, neologismos que gotean lodo, y tratando de hacerle creer que esas palabras, esos neologismos son reformas verdaderas y enérgicas reformas […]. Pero vamos a cuentas, y hagamos el proceso. Aquí todos, todos los que os tituláis, ¡farsantes!, amigos del pueblo, ¿qué habéis hecho por él? […] Lo habéis abandonado. ¿Qué venís a pedirle ahora? ¿Nuevos sacrificios humanos? ¿Más sangre ante vuestras aras? ¿Una nueva revolución política? ¿Y para qué? ¿Para que seáis ministros, y gobernadores, y banqueros, y volver a emprender el trabajo de colocar nombres nuevos a las cosas y proseguir vuestra inicua comedia de gobernación?”

 

Adenda: urge que los profesores dejen de perder el tiempo y se pongan a trabajar ahora sí con seriedad en la preparación de sus estudiantes para tiempos que anuncian guerras y sufrimientos peores que los que hoy conoce el mundo, y lo primero es su comprensión. Que pasa, no necesaria mas sí idealmente, por la literatura. Y no por cualquier tipo de literatura, sino por uno capaz de arrancar a los muchachos, ojalá de un tirón, del marasmo intelectual en que los tienen sumidos la tecnología y la indiferencia de los que tendrían que contrarrestar con crianza y educación los efectos más indeseables de la revolución tecnológica. De manera que a soltar el puto celular y ¡a leer -a Sawa, a Céline- que son dos días!

 

1157. Dígamelo a mí, maestro Levi, Primo hermano, que tengo un doctorado honoris causa en la materia; que la única época que recuerdo -precisamente porque no la recuerdo ¿en absoluto?- al margen de semejante parásito destructor es la anterior al lenguaje articulado; que, en fin, sé muy por experiencia propia de qué va el asunto:

 

“Todos conocemos la angustia desde la infancia y todos sabemos que muchas veces es incomprensible, indiferenciada, es raro que lleve una etiqueta escrita con claridad designando su causa; cuando la lleva, suele ser mentirosa, podemos creernos y declararnos angustiados por un motivo, y que sea por otro: creer que sufrimos por el futuro y, en lugar de ello, sufrir por nuestro pasado; creer que sufrimos por los demás, por compasión, por ‘simpatía’, y en lugar de ello sufrir por motivos propios, más o menos profundos, más o menos confesables o confesados; a veces tan profundos que sólo el especialista, el analista de las almas, puede desentrañarlos.”

 

Cuarenta y cinco años mal contados han pasado desde que empecé a convivir con una angustia que rara vez da respiro y lugar para unas horas de sosiego y serenidad que, si los vendieran, pagaría al precio que fuera. Y de entre todo lo muy malo y perjudicial de semejante tiranía silenciosa, la comprobación de que un noventa por ciento de las razones recurrentes por las que me he torturado jamás se materializaron o, si se materializaron, lo hicieron cuando los motivos del sufrimiento eran otros: la muerte de Orfi viene acaeciendo desde que, a mis tres o cuatro años, es decir antes de que empezara la escuela, ella cogía un resfriado o una gripa o se enfermaba de cualquier cosa y yo, para que no se me fuera a morir, me tumbaba a su lado hasta que se aliviaba; mi papá nunca le prendió fuego, en medio de una borrachera, a la casa o el apartamento minúsculo en que a la sazón viviéramos; no nos quedamos huérfanos los tres hijos y por ende jamás me separaron de mi Dianita, es decir de mi hermadre; hasta la fecha no me he quedado impotente ni se me han infartado los riñones ni un derrame me ha dejado postrado y sin lenguaje ni he contraído ninguna venérea ni me han diagnosticado un cáncer ni me he visto reducido a una silla de ruedas y mucho menos me he quedado cuadripléjico; ni mi Tita ni ninguno de mis gatos de Mariquita se me han perdido irremediablemente… En cambio, se me murieron mi hija y mi hermana y mi Sandrita tan a destiempo que jamás o muy poco me atormenté a priori; la escasez presente de amigos de seis letras y posibilidades venéreas poco contaban entre mis angustias futuras; temer que se me fuera a secar la suerte laboral y que por consiguiente me fuera a ver privado de la presencia de mojachas y muchachos, de estudiantes interesantes de todas las edades con los que alternar y ojalá intimar, parecía cosa superada; ninguna de las mujeres que he querido con encéfalo y entrañas me ha traicionado, que yo sepa, con un amigo suyo o mío o me ha abandonado sin justa causa; en los cuarenta años que llevo desafiando el salvajismo de las calles y los espacios públicos de Bogotá y Mariquita no he sufrido un accidente de los que dejan secuelas de por vida y, de los que he sufrido, he salido indemne… ¿Mi angustia actual? Con mucho, que la Colombia que se apresta a elegir presidente y gobierno opte por el suicidio de perpetuar en el poder a la extrema izquierda que con éxito comenzó a forjar, en 2022, su prospecto de dictadura-distopía que de facto la hermane con la venezolana, la nicaragüense y la cubana. Posibilidad más que factible de la que se deriva otra angustia aún mayor: la de tener que desarraigarme y exiliarme en un país -Costa Rica, Uruguay- en el que, injustamente pues si de algo yo nací curado es del espanto de la xenofobia, se me haga sentir extranjero e incluso invasor. Eso se lo merecen mi hermano y todos los que, como él, culpan acá a los venezolanos de desgracias y flagelos que siempre hemos padecido mas no los que nos reivindicamos, porque lo propugnamos, defensores del cosmopolitismo.

 

1158. ¿Comprenden ahora por qué estoy dispuesto a votar por Abelardo de la Espriella caso de que sea él y no Paloma Valencia quien se dispute en la segunda vuelta la presidencia con Iván Cepeda, valedor del terrorismo de izquierdas y soslayador de la corrupción sin precedentes del petrismo?: “…a veces, la virtud está en el matiz, en el distingo, en el justo medio. Pero no siempre. Dante confinó en el rincón más oscuro de su infierno a los ‘ignavi’, los tibios, aquellos que, en tiempos de crisis profunda, no toman partido, se ponen de perfil, se hacen los suecos; el problema consiste en definir qué es una crisis profunda, lo que a menudo no es fácil…”

 

Porque, si votara en blanco como casi siempre me toca hacer en las segundas vueltas, cabe la posibilidad de que gane el fanático sereno designado por Petro para que apuntale la dictadura con que él y sus correligionarios sueñan desde antiguo y lo que nos va quedando de sistema de salud desaparezca y las instituciones democráticas que todavía resisten los pescozones incompasivos del chusmero y sus alfiles se derrumben o sucumban, a cambio de corrupción, a los requiebros del castrochavismo vernáculo y la economía se anquilose y muera de resultas del resentimiento vengativo de una camarilla de inhábiles y venales como nunca se han visto y de las libertades individuales no quede sino el recuerdo y el sistema electoral actual le dé paso a una suerte de farsa democrática por el estilo de la rusa y, en fin, me toque desarraigarme y exiliarme en algún país al que hoy no iría ni en calidad de turista y en donde recibiría el tratamiento de advenedizo o de invasor que hoy se les prodiga a los venezolanos en particular y en general a todos los emigrantes de bien pero pobres. Aclaro que si me viera obligado a votar por la extrema derecha encarnada por de la Espriella, lo haría con la nariz tapada y muchísima pesadumbre en el corazón, si bien con la conciencia de que entre dos males la mar de perniciosos se debe, en ocasiones, atajar al peor. Y Cepeda sí que lo es.

 

1159. ¿Que “la izquierda que solo culpa al adversario está condenada a diluirse” asegura usted, decente y respetable Boric? Tal vez sea por eso por lo que hoy el castrismo, el orteguismo y el castrochavismo no son otra cosa que recuerdos-pesadilla que los cubanos, los nicaragüenses y los venezolanos de bien no están dispuestos a resucitar nuevamente y, si me apura, gozosos estarían de tributarle sus vidas a la defensa de las democracias ejemplares por las que en la actualidad se rigen.

 

Adenda: el total acierto de sus palabras me quita un peso tremendo de encima: el petrismo tiene, y para siempre, sus días contados en la Casa de Nariño.

 

1160. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…La compasión gozó en ocasiones de buena reputación, pero su aura se desvanece hoy ante nuestros ojos. […]

En una llamativa voltereta cultural, una nueva corriente intenta arrojar la empatía al sótano tenebroso de todos los males. […] Durante la última década, su descrédito ha avanzado en paralelo al auge del odio. Fogosos, los partidarios del puñetazo en la mesa nos explican cosas: los derechos humanos son decadentes; no dejes para mañana a quien puedas deportar hoy; la diversidad no es divertida; la paz es un delirio de biempensantes; la justicia social, coartada para envidiosos; las ayudas públicas, nidos de parásitos. […]

Hoy, el hombre más rico del planeta afirma que preocuparse por los demás se ha desbocado hasta el punto de rozar lo autodestructivo. Nuestro derroche de empatía -sostiene- está conduciendo al suicidio de la civilización. […]

Ciertos magnates prometen hoy un futuro resplandeciente en Marte, escoltados por robots y cohetes, cuando la Tierra quede desahuciada. Mientras tanto, rechazan encarnizadamente los avances cotidianos para las personas a su alrededor: insignificancias como mejores condiciones laborales o servicios públicos bien financiados. El dorado porvenir de la especie tiene más glamour que las necesidades de los habitantes de intemperies. El cometido de salvarnos a todos les despierta pasión, pero escasa compasión. Tal vez ahí encontremos la verdadera paradoja de la empatía: puede ser fácil amar a la humanidad, lo difícil es amar al prójimo” (Irene Vallejo).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

1161. ¿Que por qué nunca, nadie, nunca nadie decente de lo más mesurado y tibio del espectro político gana las elecciones presidenciales en este país? La culpa, que quede claro, no es de los que teatralizan para sacar réditos y encumbrarse al poder para intentar no soltarlo en lo sucesivo, sea en primera persona o a través de un testaferro, sino del grueso de los votantes y de los que se abstienen -no de quejarse sempiternamente-, pues son ellos los que suscriben la mojiganga y les dan a los bufones que la protagonizan carta blanca para que no dejen, bajo ningún concepto, por ningún motivo, de hacerlo puesto que eso de la seriedad y el rigor en el gobierno y en donde sea es demasiado tedioso para que se lo ensaye siquiera:

 

“…La violencia colombiana es incesante e incesantemente manipulable. Y es verdad que no hay nada nuevo en eso, por supuesto, pero también es verdad que hay vínculos secretos o poco evidentes entre la puesta en escena de las amenazas de violencia y la temperatura de nuestra conversación política, o eso que pasa por conversación política en este país de matones que admira a los violentos, aplaude a los que más gritan o vociferan y desprecia a los que ofrecen razón, serenidad y propuestas. No, la serenidad no vende: como estamos enfermos de violencia, vende la violencia de las palabras y los gestos, las reinas de belleza que juegan a pegarle un tiro al político que no les gusta, los candidatos que juegan a decir que van a dar balín o chumbimba o que van a destripar a la izquierda o que se hacen populares de un día para el otro sólo por salir armados a la calle. Todo es aterrador, claro, pero al mismo tiempo patético, porque todo es una performance. El miedo es real, el miedo tiene todo el derecho de existir, porque los violentos están allá afuera y siempre han matado y continuarán matando: por razones que no es fácil resumir -que van desde nuestra historia a nuestro temperamento- matar es fácil en Colombia. Pero que el miedo sea real no quiere decir que no esté fundamentalmente viciada nuestra relación política con él.

El exhibicionismo de la violencia es uno de los síntomas del envilecimiento general de esta sociedad que lleva tantos años envilecida: la han envilecido los diversos ejércitos de esta guerra eterna, que han dejado muertos en cada metro cuadrado del país a lo largo de los últimos 60 años, y la ha envilecido el negocio de la droga, que ya lleva tanto tiempo entre nosotros que ha logrado corromperlo todo: la política, desde luego, pero sobre todo la integridad, los intentos que hacen muchos por llevar una vida honesta, el carácter inviolable de la vida ajena, todo eso que antes llamábamos valores. […]

Lo que quiero decir es que la violencia o la posibilidad de la violencia es un espectáculo cotidiano: todos los días aparece, todos los días interviene en nuestra conversación y nuestra vida, y nos anestesia. En Colombia se amenaza de muerte con una facilidad pasmosa […] y las amenazas se cumplen con lamentable frecuencia. Nadie se escandaliza, realmente. Prosperan los negocios de seguridad, las camionetas blindadas, los guardaespaldas. Y algunos ven todo esto incluso como síntoma de estatus. Forma parte de nuestra escenografía: la obra de teatro de la violencia colombiana, que, lamentablemente, nada tiene de teatral.

Y ahí vamos nosotros, los que nos pasamos la vida mirando al pasado para tratar de entenderlo: tratamos también de entender si algún día dejaremos de matarnos o de desear o tolerar la muerte de otro. Y no hay respuesta…”

 

Sí que la hay, admirado y estimado Juan Gabriel, sí que la hay: el día en que el grueso de esos colombianos que por acción u omisión resuelven quién gobierna entiendan que con los Cepeda y los de la Espriella el país está condenado a más de lo mismo, al odio faccioso de los extremistas de derecha de las iglesias cristianas contra los extremistas de izquierda de tantas facultades de campus públicos y viceversa, las pistolas se van a silenciar y las minas quiebrapatas a desactivar y las declaraciones y discursos políticos a temperar. Claro que antes de asistir a semejante prodigio humano, los colombianos y el mundo entero habrán de hacer acopio de paciencia porque primero ganará un Mundial la Selección Colombia y un connacional recibirá el primer Nobel en ciencias y la humanidad que a la sazón asuele lo que quede del planeta verá por fin cómo sobreviene la parusía. Motivos hay para un optimismo moderado, aunque optimismo a fin de cuentas.

 

1162. “…Pues bien, nosotros vamos pasito a pasito hacia un futuro semejante. Hacia esa aberración sin paliativos. La derecha lleva años bombardeando la sanidad pública, destruyendo el sistema, potenciando una sanidad privada que puede coexistir perfectamente con la pública y hasta ser provechosa, pero no si se la hace crecer a costa de nuestro sistema de salud y además con trucos indecentes”: ay si supieras, estimada y admirada Rosita (y lo inadmisible es que quizá tú y demasiados más que se reclaman de izquierdas no se enteran porque no quieren enterarse), que aquí en Colombia marchamos, desde agosto de 2022, y no pasito a pasito sino a zancada viva, hacia un futuro que ya es el presente aterrador de ver cómo en escasos cuatro años la izquierda de la ira y el resentimiento se las arregló para bombardear y destruir un sistema de salud cuyos fallos se habrían podido convertir, con medidas la mar de sencillas y pragmáticas, en más de las bondades y la eficiencia de que jamás anduvo escaso. Pero resulta que la mara que nos gobierna, parapetada tras el infundio de que su propósito consistía en estatizar la salud para mejorar la atención y llevarla a los muchos lugares donde hoy no llega, le declaró una guerra sin cuartel al sector privado que participa en el negocio -porque lo es- y no para desmontarlo sino para quedarse con él y robarse, no ya parte de los recursos sino hasta el último peso destinado a la salud y no mediante, como dices que sucede en España, trucos indecentes sino con dolo y haciendo alarde de un cinismo y una desvergüenza trumpistas. Porque déjame decirte, hablando de todo un poco, que si un historiador de los objetivos -quiero decir al margen de sectarismos políticos- se propusiera mañana establecer un parangón pormenorizado de la debacle de toda índole que les han supuesto a Colombia y los Estados Unidos Petro y el petrismo y Trump y el trumpismo respectivamente, el estudioso y sus lectores se asombrarían ante la cantidad y la magnitud de las similitudes y, a la postre, de la ingenuidad estúpida de quienes por ellos votaron de buena fe: la bellaquería de sus conmilitones es otra cosa.

 

1163. ¿Que en Las mil y una noches llaman a la muerte “ladrona de dulzuras”? Acertado si a quien la parca se lleva es, entre otras y verbigracia, a una persona jóven y pletórica de ganas de vivir, enamorada por primera vez y con sus sueños intactos. ¿Pero -apenas por decir algo- a un prostático e impotente y feo y arruinado y viejo y amargado? ¿O a un comatoso o a otros postrados en mayor estado de desgracia, por aquello de la conciencia? En ésos y en casos iguales -o hasta más infamantes- yo a Ella la llamaría -y me quedo corto- ‘restituidora de dignidades’.

 

1164. ¿Qué se le agrega a la completitud?: “…Hay simplificaciones tan chirriantes que hieren los oídos, por el nivel de desconocimiento que encierran. Por desgracia el ser humano posee una vertiente depredadora y feroz. Todo poder tiende de forma natural a explotar y aplastar al más débil. El invento genial de la democracia consiste precisamente en esa comprensión pesimista del alma humana, en saber que el poder anhela ser eterno y absoluto, y que por eso hay que fragmentarlo y repartirlo lo más posible para contenerlo. O sea que sí, claro que sí, los aztecas y los mayas y los incas y los caribes han sojuzgado y abusado, pero también los españoles, los ingleses, los japoneses, los persas, los asirios, los cartagineses, los zulúes, los hunos, los cosacos, los otomanos, los tártaros, los almorávides, los aqueos y toda la absoluta infinidad de pueblos que han habitado este trágico planeta. Así que, en lo moral, ninguna superioridad de nadie, por desgracia. […] Cuánto mejor sería que empezáramos a pedirnos perdón unos a otros”: que, cuando los quintacolumnistas que zapan sin descanso las democracias de Occidente en que tan cómodos viven y medran estén muertos muy muertos, quienes padezcan las inclemencias del imperio rusochino o chino serán generaciones que nada o en cualquier caso muy poca participación habrán tenido en la miope traición de estos bellacos.

 

1165. Les aseguro que yo, que a diferencia de una mayoría de los estudiantes y los profesores de Comunicación Social y Periodismo sí tengo por costumbre leer periódicos e informarme convenientemente en muy distintos canales de televisión y estaciones de radio, poseo conocimientos mucho más solventes que los más de ellos en relación con lo que aprenden y enseñan, y no se diga tras esta clase magistral cuyo impartidor jamás me vio, paradójica e inexplicablemente, ante sí sentado:

 

“…La diferencia entre los géneros -expresada mediante epígrafes, estilo de titulación o códigos tipográficos- constituye una garantía para los lectores, que pueden así saber qué grado de presencia del yo hallarán en cada texto, y filtrar el tipo de subjetividad al que se van a enfrentar: desde el grado cero teórico de una noticia en la que se cuentan meros hechos y datos, hasta el grado diez de una tribuna. En esta escala gradual de menor a mayor influencia del yo se insertan el reportaje, la crónica, el análisis, la crítica… De ese modo, el público puede bajar la guardia ante una noticia, que excluye opiniones o interpretaciones, pero la sube ante una columna que representa el libérrimo criterio de su autor. […]

Los géneros periodísticos se dividen en tres grandes apartados: la información (noticias, documentación, entrevistas de declaraciones, reportajes informativos), la interpretación (la crónica, la entrevista-perfil, el perfil, el reportaje interpretativo, el análisis) y la opinión (críticas, columnas, tribunas, editoriales). En la información priman los hechos. En la interpretación prima el marco en el que suceden los hechos. En la opinión prima el juicio que nos merecen los hechos.

La noticia es información sin interpretación; la documentación aporta antecedentes; la entrevista de declaraciones resume fielmente una conversación; el reportaje informativo consiste en describir sin interpretar; la crónica, en interpretar sin juzgar; la entrevista-perfil ofrece un diálogo con interpretación; el perfil contiene interpretación y descripción (pero sin juicios de valor); el análisis, interpretación basada en información; la crítica es el elogio o censura de unas obras, pero no de su autor como persona; y el artículo, la columna, la tribuna y el editorial incluyen opinión y juicios…”

 

Ahora: que si las universidades vernáculas que “forman” periodistas piensan que desbarro y exagero, que me llamen que yo, gustoso, les elaboro, gratis, unos cuantos exámenes para que evalúen, antes que a los estudiantes próximos a graduarse, a sus profesores y de ese modo entiendan el porqué de la ínfima calidad no sólo de los comunicadores que gradúan sino, entrados en gastos, la del universitario medio de tantas partes y nacionalidades que merecería, todo lo más, el título de ‘obrero calificado’ en esto o en lo otro. El aún muy joven y estudioso y brillante Lucas Sampedro Vernaza constituye, junto con los de su condición, la luz al final del túnel (de)formativo.

 

Adenda: pero como sé -tan tonto no soy- que la excelencia y el rigor académicos ralean -y jamás van a dejar de hacerlo- aquí y allá, les envío un saludo afectuoso y gratitud infinita a los maestros y grandes profesores que, como Ramón Almela Pérez y Daniel Pérez Utzinger -con su formidable ‘Textos periodísticos en español y traducidos al latín’-, educan mediante el ejemplo de su vocación docente e incesantes estudio y aprendizaje.

 

1166. Déjeme le cuento, gran Juanjo: convencido como estoy (y no por capricho sino con el conocimiento de causa que me otorgan la ceguera congénita y la subsiguiente dependencia de la solidaridad ajena) de que el instinto materno se reparte por igual entre mujeres y hombres, me di a la tarea, hace aproximadamente un par de meses , de llevar una cuenta pormenorizada de las personas que, no contrariadas si no lo hacen sino de las gustosas de hacerlo, acuden a mis llamados de ayuda en la calle y en otros espacios o, mejor aún, a ellos se anticipan deseosas de poder servir. Los resultados parciales quizá lo sorprendan a usted y a todos los que, consciente o inconscientemente, ubican la compasión material -llamémosla- del lado de quien aquí la encarna -si bien de forma etérea- y de sus congéneres:

 

“En La conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido, alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo. ‘Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia’, se pregunta. A lo que el hombre responde que durante una huelga de prensa, en Nueva York, murieron de frío decenas de mendigos que solían cubrirse con periódicos. Pero lo dice como a efectos estadísticos.

A mí esa escena me rompe el alma, como si me obligara a elegir entre dos modos de estar en el mundo: el de la mujer, que rescata al mendigo del presente y lo devuelve a su pasado, donde alguien lo quiso, y el del hombre, que lo arranca de su biografía y lo introduce en una cifra. Yo oscilo entre ambas posiciones con una facilidad que me incomoda. Hay días en los que me descubro mirando a un desconocido con la piedad activa de la mujer. Intento imaginar su infancia, su nombre, la manera en que su madre lo llamaba para cenar. Y hay otros en los que, sin darme cuenta, lo reduzco a una categoría, a una palabra, a un recuento que cabría en una línea de periódico.

Lo malo es que el mundo, si se mira bien, está hecho de esas dos sustancias: la historia irrepetible y la cifra. El mismo cuerpo que alguien acunó es el que aparece después en un inventario de la morgue. El mismo nombre que fue pronunciado con ternura acaba diluido en un número manejable, tranquilizador. Cuando paso junto a alguien que duerme en la calle, no sé muy bien a quién veo, si al niño que fue o al dato en el que lo hemos convertido. Y en esa vacilación hay algo más que una duda moral: hay una forma de vértigo. Porque si el tránsito de una condición a otra es posible (si se puede pasar de ser historia a ser mera estadística), ninguno de nosotros está del todo a salvo.”

 

Imaginemos, usted el maestro y yo su lector y aprendiz, que la mujer y el hombre fílmicos pasan un día cualquiera por mi lado mientras espero a que alguien me ofrezca su ayuda para cruzar una carretera bastante transitada; que ambos reparan en mí y siguen de largo charlando animadamente pero no de lo que venían hablando sino de la congoja que ella siente cuando se topa a un ciego por la calle; de las mil veces que, cerrando los ojos, ha intentado sin éxito figurarse la ceguera física y del gran sufrimiento que debe embargar a mi madre y a quien me ame cada vez que salgo solo de casa; a lo que su amigo, bien dateado, le refiere cuántos ciegos somos en el perro mundo y cuántos nacen y mueren y se suicidan a diario. Compárelos ahora con una pareja de carne y hueso que hará unos treinta y cinco años me dio una lección de mezquindad o de pragmatismo -él- y de una generosidad inusitada -ella- en ese y en cualquier tiempo.

 

Era un domingo por la noche y yo, tras jugar fútbol con mis amigos ciegos, me dirigía, cagado del susto y de la angustia de que me pasara algo, a mi casa de entonces que quedaba a casi dos horas de distancia en bus. Dos tenía que coger y el segundo, en un sitio bastante reconocido por su inseguridad y soledad: no cesaba de preguntarme si iba a dar, a esas horas, con un alma solidaria que no me dejara abandonado a mi suerte. Y (como si el Dios con el que a la sazón andaba en conflicto hubiera querido enrostrarme mi ingratitud y falta de fe) en pleno paroxismo de los nervios, la voz de una mujer dulce e inolvidable me preguntó adónde iba y si quería que me ayudara. No dudó un solo segundo y le dijo al que debía de ser su marido que ella se bajaba conmigo y que si quería él siguiera para la casa, que ella no tardaba. De nada valieron los ruegos enfadados del man: mi ángel estaba resuelto y el pobre diablo no tuvo otro recurso que bajarse con ella. Pero volvamos al impasible y a la dolorida teórica de la escena del filme de Coppola para que la cotejemos con otra, también real.

 

Me había yo citado en un barrio bastante popular de Bogotá, creo que con la mamá de mi hija, y mientras la esperaba, tiritando de frío y de la ansiedad propia del que presiente que lo van a dejar plantado, oigo que unos metros más allá lloraba un niño y que de pronto un hombre de edad indeterminada rompió a hablarle y a consolarlo, y en los mismos términos amorosos que empleaba mi papá con sus tres hijos y muy en particular conmigo. Le preguntó si tenía hambre y presumo que ante el sí de la cabeza del gamín -del gamincito-, esta caridad hecha carne le compró un café con empanadas, al tiempo que de él se despedía con el alma partida y -me figuro- una caricia paternal de las que entonces no estaban proscritas por el buenismo malpensante.

 

Treinta y cuatro hombres y veintidós mujeres son, hasta la fecha (14 de mayo de 2026), los que con su ayuda invaluable me afianzan cada vez más en la certeza de que cuando se trata de proteger a otros más frágiles y vulnerables, el sexo nada en absoluto tiene que ver con la generosidad del solidario. Cosa harto distinta es si hablamos de quién, entre mujeres y hombres, resulta menos prejuicioso a la hora de aceptar que se prendó de un ciego u otro discapacitado y proceder en consecuencia, y allí ellas -desde luego que no todas- resultan imbatibles. Benditas las que me han tocado en suerte y que vengan más… ¡muchas más!

 

1167. Conversando el otro día con una ex estudiante la mar de inteligente y bella que sabe de mi defensa a ultranza del -llamémoslo- ‘aborto consciente’, me preguntó si algo alguna vez me había hecho titubear la certidumbre, y me quedé pensando. “¿Sabes que sí?”, le dije al cabo de un minuto o dos. “Definitivamente, barajar la posibilidad de que quien no va a nacer sea, pongamos, un Akira Miyawaki o… sí que me desarma. No sé si me entiendes”: el suyo fue un sí muy reflexivo, casi inaudible.

 

1168. Noelia Castillo Ramos y tú, mi amor.

 

1169. “El botón de un bombardero es para muchos una extensión lógica de la fe”: para que lo comprueben con sus propios oídos e in situ, díganle a mi hermano que los invite a Avivamiento, a mi tío Gildardo y a Fabiola su esposa y a mi prima Paula que los ponga ante su pastor en Pensacola o, solitos si tienen la dicha de no conocer a ningún cristiano furibundo, introdúzcanse como quien no quiere la cosa en una misa negra de la Misión Carismática Internacional, El Lugar de su Presencia o Manantial de vida eterna y, si las dos o tres horas de monserga no se les van a los pastores en mandar con saña el sable para que los diezmos y ofrendas y pactos les lleguen adiposos, alcen la mano y pregúntenles qué piensan de las guerras de Israel y los Estados Unidos en Irán, el Líbano y del genocidio de Gaza para que así entiendan el porqué de la cita. Aunque una recomendación sí que les hago: en ningún momento, bajo ningún concepto, por ningún motivo se les vaya a ocurrir contrapuntear con los ungidos por muy terribles que les parezcan sus respuestas, pues corren el mismo riesgo que si intentan debatir sobre Petro y otros autócratas -Xi- y tiranos -Putin- con la mamertosfera imberbe de una facultad de humanidades de un campus público de donde sea salvo, o eso quiero creer, de Manizales.

 

1170. “Que los políticos se enfrenten con mayor o menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización como un fenómeno peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan los líderes…”: aquí, en la Colombia de 2026 que se apresta a votar tan enardecida y rubicunda de ira como lo están en apariencia los candidatos, aquellos por los que van a optar millones de quienes abrumadoramente se definen -en toda encuesta en que se les pregunte- dizque de centro son los dos sujetos que se ubican en los extremos del cuadrilátero político. Uno al que llaman ‘abogado de la mafia’, que entre otras ternezas promete destripar al oponente, y el otro, valedor y amigo de los narcoterroristas pseudoguerrilleros que desde antiguo secuestran y extorsionan y ponen bombas y reclutan menores y desarraigan de sus hogares a los pobres por los que dizque luchan. Reñida desde siempre y para siempre con la decencia, el conocimiento riguroso del arte de gobernar y las propuestas de reconciliación de los Peñalosa y los Fajardo, a la Colombia de hoy -como a la de ayer y a la de mañana- ningún futuro promisorio le espera salvo el anquilosamiento actual, cuando no la consolidación de una deriva autoritaria a lo Bukele o, del todo peor, a lo Venezuela, con quiebra incluida. Y los culpables primarios no serían los protagonistas de una u otra debacle sino los que con su voto o su abstención les dieron patente de corso para que en su nombre procedieran.

 

1171. Primo Levi: Lo que me preocupa es una evolución de Israel en el sentido militarista, una actitud fascistoide que subyace de manera larvada… Siento a Israel como mi segunda patria y lo querría diferente a todos los demás países. Precisamente por esto siento angustia y vergüenza por…:

 

“Sin un motivo concreto el reportero palestino Sami al-Sai fue detenido por un grupo de soldados israelíes y llevado a una prisión. En uno de esos corredores subterráneos con suelo de cemento y puertas metálicas a los lados que son una especialidad universal de la arquitectura carcelaria, a Sami al-Sai, que tenía los ojos vendados, lo arrojaron al suelo y empezaron a darle golpes y patadas. Caído boca abajo, le bajaron los pantalones y los calzoncillos, y al-Sai escuchó una carcajada colectiva cuyo motivo iba a comprender muy pronto. Uno de los soldados, con gran jolgorio de todos, intentaba penetrarlo analmente con la porra. No estaba siendo fácil, aunque los demás lo animaban, y alguno de ellos se ofrecía a sustituirlo. Al-Sai lo oyó pedir una zanahoria. En ese momento otra voz dijo: ‘No hagáis fotos’. La zanahoria fue mucho más efectiva. Una mano que sin duda era de mujer le retorció los testículos hasta hacerle gritar. La mujer dijo: ‘Esa parte es para mí’. Al cabo de un rato, cansados de diversión, o porque tenían otra tarea que cumplir, los soldados lo dejaron tirado en una celda. Sami al-Sai se palpó el cuerpo y vio que estaba cubierto de sangre y de vómitos que no eran suyos, y que tenía dientes rotos incrustados en la piel. A otros les habían aplicado el mismo tratamiento en el mismo lugar que a él. Los soldados habían intentado que trabajara para ellos como confidente. Para al-Sai eso era una injuria a su oficio de periodista. […]

Cuando los presos palestinos salen libres -en la libertad tan limitada de Gaza y los territorios ocupados- su tormento no acaba. Sus torturadores les avisan de que si cuentan lo que han vivido los perseguirán y se vengarán de ellos y de sus familias. […] En la sociedad en la que viven esos hombres, confesar que han sufrido una violación será una afrenta a su honor masculino, y hasta puede perjudicar las oportunidades de matrimonio de sus hermanas o sus hijas. La vejación llega al extremo de usar perros adiestrados para que se ocupen de montar a los presos. […]

Una heroica organización pacifista israelí, B’Tselem, mantiene una página web que no puede visitarse sin escándalo y náusea. Welcome to Hell, se titula el informe de B’Tselem para 2026. Pero no hay infierno de la literatura que se aproxime ni de lejos a lo que relatan esos testimonios. Cuenta Tamer Katmut, de 41 años, residente en Gaza, preso ahora en una cárcel de fama siniestra en el desierto del Neguev: ‘Uno de los soldados me introdujo un palo en el ano, lo dejó dentro un minuto, y luego lo sacó. Lo introdujo de nuevo con más violencia, y yo grité hasta el límite de mis pulmones. Después de otro minuto, lo sacó de nuevo y me dijo que abriera la boca. Me lo metió en la boca y me ordenó que lo lamiera’. Yuli Novak, director ejecutivo de B’Tselem, cuenta en The Guardian la furia con que ha sido recibido en Israel el informe de Nicholas Kristof, y explica esa deriva inhumana de gente que parecía normal hasta que se le ofreció la oportunidad de degradar sin peligro ni límite a sus semejantes inermes. Ninguna denuncia de abusos ha prosperado en el sistema judicial de Israel, que hasta hace no mucho parecía un modelo de independencia. Nueve soldados fueron castigados en 2024 cuando se hizo público el vídeo tomado por ellos mismos de la violación colectiva que habían cometido. Una multitud ciudadana, acompañada y alentada por dirigentes políticos, rodeó la prisión y la tomó por asalto. Los soldados fueron liberados. Netanyahu los calificó públicamente de héroes. Poco después los restituyeron en sus puestos con todos los honores. El único que sufrió un castigo sin indulto fue el médico militar que había filtrado el vídeo de la violación. No es una forma de tortura que practiquen solo los militares: en los territorios ocupados de Cisjordania, la violencia sexual sobre hombres, mujeres y niños la practican metódicamente los colonos ultraortodoxos, sin duda inspirados por el trato hacia los enemigos del pueblo de Israel que exige Jehová en varios libros del Antiguo Testamento, en versículos que recitan de memoria los miembros más extremistas del Gobierno israelí. El Deuteronomio da instrucciones precisas: ‘Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida/ sino que los destruirás completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo, al fereceo, al hebeo y al jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado’.

Alta tecnología y teocracia. Carceleros violando a presos con un palo y expertos en inteligencia artificial diseñando bombardeos de exterminio y sistemas de reconocimiento facial para que no se escape nunca ningún sospechoso…”

 

Como puede ver, maestro, aprendices bastante eficientes de los perpetradores del Holocausto nazi a la par que celosos en el cumplimiento de las veleidades de su deidad: ahí van, de a poco pero con firmeza, en el afianzamiento y el refinamiento de su ‘Schadenfreude, el goce en el mal del prójimo’, su ‘gusto por hacer sufrir deliberadamente’, su ‘deliberada creación de dolor que’ es ‘un fin en sí misma’, sus ‘heridas profundas en la dignidad humana’, sus ‘atentados obscenos y llenos de malos presagios’, su ‘perversidad deliberada y gratuita’, sus declaraciones mediante la crueldad de que sus enemigos ‘no son Menschen, seres humanos, sino animales, cerdos’, su ‘régimen inhumano’, su ‘crueldad innecesaria del pudor violado’, su ‘deliberada intención de humillar’ y sus ‘finalidades terroristas’. Es decir, justo lo que anhelaban y necesitaban los antisemitas de viejo cuño para ahora sí justificar las desmesuras sin nombre con que aspiran a superar las cometidas durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Adenda: me duelo por anticipado de la suerte que pueda correr la minoría valiente de israelíes y judíos que, al igual que Levi, se angustian y se avergüenzan del terrorismo de Estado en que hoy anda incurso su país, y contra aquél se manifiestan.

 

1172. “…’Cada documento de civilización es también un documento de barbarie’, escribió Walter Benjamin, sabiendo de qué hablaba. Pero para hacer justicia a las víctimas no hace falta dotarlas de una inocencia adánica tan irresponsable como el heroísmo que desde el otro lado se atribuye a los verdugos”: que por favor, por favorcito, alguien con autoridad -anímese usted, maestro Muñoz Molina- haga lo que Juan Carlos I con Chávez aquel día para mí inolvidable, pero ahora con Andrés Manuel, Claudia e Isabel, los tres risibles. Ah, y si pulmones le quedan al acallador, que también silencie a sus caudas de ignaros y ovacionadores.

 

1173. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…Durante décadas, los teóricos del esnobismo posmoderno se dedicaron persuasivamente a negar no ya la posibilidad del conocimiento verdadero, sino la realidad misma. Todo serían discursos más o menos equivalentes, ninguno de ellos comprobable, ‘relatos’, ‘narrativas’ al servicio de intereses de poder, de género, de raza. Todas estas ideas prepararon el terreno, con extraordinaria eficiencia, para la edad de las fantasmagorías políticas y tecnológicas en la que vivimos ahora, sometidos -gozosamente, en muchos casos- a la industria de adoctrinamiento y mentira más poderosa que haya existido nunca. Las imágenes de guerra generadas por la inteligencia artificial parecen más verdaderas que las obtenidas gracias al coraje de los cámaras y los fotógrafos que se juegan la vida en los mataderos del mundo. Entre los videojuegos bélicos y los bombardeos de verdad la única diferencia son los muertos, a los que no se ve nunca…” (Antonio Muñoz Molina).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

1174. Yo les aporto -sugieran ustedes los suyos- cuatro nombres de plumíferos que encarnan la antítesis de lo que viene, y sin la más mínima posibilidad de redención en razón de su senectud y sectarismo militante:

 

“…Ernest Hemingway decía que un escritor necesita un built-in bullshit detector, un detector incorporado de tontería o palabrería, que salta automáticamente cuando encuentra una muletilla verbal inaceptable de tan manoseada, o una evidente falsedad o exageración disfrazada de sinceridad, de emoción profunda, de valerosa vehemencia. Inspirado por el detector de Hemingway, yo especulé con la invención de otro, digital y mucho más avanzado, que determinara el porcentaje de bullshit, de puro fraude y de impostura, en diversas tareas y profesiones, como esos contadores Jeiger que medían el nivel de radiación atómica. Hay extremos a mi juicio indiscutibles: en la cirugía cerebral, por ejemplo, el margen de error, y por lo tanto de bullshit, es cero; en la publicidad, la astrología, las elucubraciones sobre literatura y arte, la oratoria electoral, por citar unos casos, el porcentaje calculo que oscilará entre 90 y 100. A la gente de letras, las ciencias duras nos inspiran una especie de reverencia envidiosa, pero según leo por ahí hay carreras científicas sostenidas sobre papers falsos y experimentos chapuceros que luego nadie logra replicar.

La tradición ilustrada nos dice que el ejercicio de la ciudadanía se basa en la capacidad de emitir juicios y tomar decisiones basándonos en un conocimiento sólido y suficiente de la realidad, del cual nace el espíritu crítico, gracias al que podemos distinguir lo cierto de lo falso, lo útil de lo dañino, lo justo de lo injusto, lo factible de lo desatinado; en resumen, la verdad de la mentira.”

 

Desconozco cómo se puedan sentir de puertas para dentro -de sus casas, de sus yoes- la Laura Restrepo, el Santiago Gamboa, el Julio César Londoño y el Luis García Montero que cuando gobernaban los que les causan urticaria ideológica se mostraban tan inflexibles con las venalidades y los desatinos de conducta y académicos del uribismo, de Santos, de Duque y del PP que hoy, de lejos superados y refinados por el petrismo y el sanchismo, no oyen ni ven ni huelen pese a su ruido y fealdad y hedor nauseabundos. Presumo que tal y como se van a sentir los votantes de de la Espriella y de Abascal si, conquistado el poder, sus elegidos se dieran al saqueo y desangre de las arcas públicas, amén de a otras iniquidades por el estilo de las perpetradas por sus antecesores: reivindicados.

 

1175. ¿Que “el que ha pasado hambre mantendrá siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos”, asegura usted, maestro Muñoz Molina? Ay si hubiera conocido -para sólo referirle un caso de varios que conozco de primera mano- a la esposa de un tío, iguales de derrochadores ambos, que delante de nosotros -los tres hijos- y la pobre Orfi tiraba a la basura olladas de comida en perfecto estado y a sabiendas de que en nuestra casa había a duras penas qué comer. Y no se vaya a creer usted que la insensata, la insensible, había nadado siempre en la abundancia: todo lo contrario. Conocía mejor que nosotros los rigores de la escasez y, si me apura, los mordiscos del hambre, que en los niños que a la sazón éramos mis dos hermanos y yo jamás pudieron cebarse del todo gracias, en principio, a nuestra buena y recursiva madre y, en muy menor medida aunque también, a la generosidad de nuestro padre por desgracia tan irresponsable.

 

De una cosa estoy seguro, admirado y estimado don Antonio: de que entre quienes padecieron las hambrunas provocadas por los cochinos nazis y sobrevivieron para contarlo, o a solas rumiarlo, hubo los que, con una soberbia y desmemoria semejantes a las de esa cuasi familiar mía, despreciaron e incluso arrojaron a la basura cantidades ingentes de alimentos que no les apetecían o que por descuido y negligencia permitieron que se echaran a perder. También de que debe de haber no pocos ricos y privilegiados congénitos que jamás se atreverían a fruncir el ceño y arrugar la nariz ante la comida que se les pone delante, y muchísimo menos a ordenarle a quien la sirve que la tire o a tirarla ellos mismos: su conciencia del sufrimiento individual o colectivo de tantos -cientos de miles, millones- se lo impediría. Ya verá cómo, al cabo de algunos años y “superado” el trauma de la hambruna y el genocidio, entre algunas de las familias gazatíes a las que les sonría la vida no escasearán las que pretendan vengarse de esa experiencia atroz a fuerza de derroche y consumismo desbocados.

 

1176. ¿Se imagina admirado y estimado don Antonio si, en lugar de andar armando jaleos mediáticos e innecesarios, las misándricas destempladas de la cuarta ola le refirieran hasta a la última de las niñas y las adolescentes de las democracias que aún resisten los embates populistas de los autoritarios y los autócratas y los tiranos hoy al alza, las proezas de ésta y de otras heroínas salvo que anónimas, en países de verdad esclavizados por misóginos auténticos?:

 

“Ha estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: ‘Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana’. Malala sabe de lo que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los 12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto su nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina de adquirir una educación.

En los países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda. Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser doctora, sino activista por la educación de las niñas. […]

Pero algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla. Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que al octogenario Donald Trump tanta rabia le da no haber conseguido. Malala, ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a la escuela. Quién puede imaginar lo que pasaría si esa formidable multitud pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia.”

 

Tremenda paradoja descorazonadora la de este presente desdeñoso de la educación que merece el nombre en el mundo que llamamos civilizado no obstante el desprecio en cuestión: que mientras que miles, cientos de miles, millones de niñas, muchachas y mujeres esclavizadas por malditos antediluvianos del integrismo religioso más feroz de que se tenga noticia arden en deseos de aprender para sacudirse de encima la ignorancia a que se las fuerza, demasiadas de quienes tienen garantizado entre un mínimo de derecho al conocimiento y todo el que deseen anden empeñadas, al igual que demasiados varones, y no en pocos casos alentadas por padres de familia y pseudoeducadores, en la ley del menor esfuerzo, cuando no en la veleidad de convertirse, y de la noche a la mañana, en influéncers y en famosas millonarias cuyo éxito nada en absoluto le deba a la academia. Tremenda empresa desmesurada esta que aguarda a las feministas respetables y a los educadores vocacionales si lo que se pretende es corregir los dos problemas: para ayudar a las afganas y demás esclavas de lo peor del integrismo islámico a que se liberen de sus opresores, se precisaría, en primerísimo lugar, hacer conscientes de su suerte a las de momento afortunadas para que recompongan y con el estudio se comprometan, a la par que intentar convertirlas en activistas de la causa de los millones y millones de Malalas por las que, aparte de Yousafzai, muy pocos más abogan.

 

1177. ¿O por qué cree usted, gran Martín, que yo los llamo ‘pobres diablos de la codicia’?:

 

“…Ahora, cuando eso parece -en el mejor de los casos- una ingenuidad, sólo gana el que gana para sí. Y ganar, está muy claro, es poseer: poseer más dinero, más fama, más ¿belleza?, más influencia, más poder de seducción, más poder de poder.

Esta es, en ese sentido, una sociedad fofamente satisfecha: sabe dónde está -para ella- el bien, dónde está el mal, dónde el triunfo y la derrota. Por eso se nos hace más fácil clasificar, decir un resultado. Por un lado están los pocos ganadores […]; por el otro los demás, nosotros, la inmensa legión de ‘perdedores’. Y no hay palabra en nuestras sociedades más descalificadora que esa: loser, lúser, perdedor.

Por suerte, perder en términos contables, perder esa carrera tonta por los bienes y las apariencias, no es la única forma de perder. Si lo fuera, la palabra perder sólo sería la prueba de nuestra incapacidad de construir una sociedad que valiera la pena. Pero también se pueden perder los papeles, perder la vergüenza, perder la paciencia, perder los estribos, perder la cabeza, perder la cara, perder la calma, perder el alma, perder el habla, perder la fe, perder las ilusiones, perder la perspectiva, perder la compostura, perder la virginidad, perder el rumbo, perder la razón, perder la honra, perder la inocencia, perder la oportunidad, perder el sentido, perder un hijo, perder un padre o madre, perder el respeto, perder el miedo, perder una carrera, perder la mano, perder un pie, perder peso, perder comba, perder aire, perder facultades, perder sangre, perder la vida, perderlo todo, perderse -y más y más y más y cada una de esas pérdidas es una gran historia. […]

En cualquier caso, nos pasamos la vida perdiendo…”

 

Yo, de entre todo lo que usted nombró, lo que ya irremediablemente: la fe teológica, prácticamente todas las ilusiones salvo una… o muy pocas, la virginidad, la inocencia, una hermadre y una hija y un padre; lo que mil y una veces: los papeles, la paciencia, la cabeza, los estribos, la calma, el alma, la perspectiva, el habla, la compostura, el rumbo, oportunidades, el sentido, el respeto, el miedo, facultades; lo que todavía no pero quizá pronto: la vergüenza (cuando, en saliendo del mercado sexual, me toque pagar a cambio del amor que se vende con asco) y con ello la honra y, por fin, la vida: instante con el que vengo flirteando desde no se imagina cuándo. En cualquier caso, desde antes de topármelo para que ipso facto se convirtiera en mi padrenuestro: “Cambio mi vida, juego mi vida, de todos modos la llevo perdida…”

 

1180. ¿Que usted quiere inculcarle a su hijo, y desde la más tierna infancia, amor y apego a lo más exigente del pensamiento científico? Pues lea, y sin dilaciones para que las ponga en práctica, las lecciones formidables del capítulo VI de Las aventuras de Tom Sawyer. En cuyo octavo capítulo se va a topar, asimismo, con la sorpresa de que entre su vástago y zombi del esmarfon y los videojuegos, y el libérrimo muchachito de la San Petersburgo minúscula donde nació y se cría, media apenas un abismo llamado imaginación.

 

1181. “El infierno en la tierra de las afganas: de la prohibición de estudiar a la violación legal de niñas”: y las feminastys occidentales de la cuarta ola indignadas y preocupadas y comprometidas con la persecución a todo muchacho y hombre -salvo que sean de izquierdas y poderosos- que eche una mirada cariñosa o lasciva, un piropo zafio o ingenioso, proponga una amistad con derechos venéreos, un noviazgo o un matrimonio civil o religioso, publique un comentario admirativo o enamorado en las redes sociales, le confiese a una amiga o familiar de la deseada su deseo, roce con el hombro a una congénere en un bus o metro abarrotado, dedique poemas o canciones de las bellas -necesariamente de las compuestas en el siglo XX Cambalache-, tenga una cortesía con cualquiera de ellas por el estilo de cederles el paso mientras se les sostiene una puerta o de ofrecerles la silla en el transporte público… Pero vaya usted y pregúnteles a las autodesignadas voceras de este movimiento reaccionario por antonomasia dónde quedan Afganistán, Irán y demás satrapías islámicas y misóginas a ver si dan pie con bola. O en qué consiste su lucha para que los ‘pueblos originarios’ que tienen la ablación por práctica sistemática y ancestral lo dejen de hacer y paguen con cárcel semejante crimen. O si conocen de casos de corruptoras de menores -profesoras, cuidadoras- que hayan ido a dar con sus huesos a la cárcel por haberse atrevido a desvirgar a un púber o a un adolescente del modo en que lo hizo la mujer de Macron con Macron. Que quién es Macron, preguntan las muy pelmazas.

 

Adenda: en mi calidad de varón occidental y todavía ciudadano de una democracia imperfecta pero democracia a fin de cuentas, les pido perdón a todas las Zubaidas Akbar y Leilas Bassim, a todas las esclavas sexuales de Afganistán y de todas las demás dictaduras misóginas islámicas e indígenas que permiten los matrimonios de violadores con criaturas en edad de asistir al kínder o a la escuela primaria y las mutilaciones genitales infantiles en los resguardos que no resguardan: delitos nefandos en los que participan, obligadas o fanatizadas, la madre o la abuela y otras familiares de la víctima. Perdón por no hacer lo suficiente -prácticamente nada- para combatir a los malditos de los dos sexos que a ustedes las desgracian, y por compartir hemisferio y hasta nacionalidad con supuestas activistas de una causa que tendría que estar de lleno volcada en una guerra a muerte contra los infiernos en que a ustedes las tiranizan y en la defensa sin cuartel de los derechos que a ustedes les conculcan.

 

1182. Pero Hetícor, ¿de verdad alberga usted, un hombre para mí tan sabio, la más mínima esperanza de que algo así de mirífico -por impracticable para el género humano- pueda materializarse algún día? ¿En serio lo ve factible, hermano de desdichas -entre otras- políticas?:

 

“…En el ADN de los más blancuzcos (en México o en Colombia) está la clave del pasado y de la historia de casi todos nosotros: los hombres solos que vinieron aquí, casados o solteros que fueran, por seducción o por la fuerza, queriendo o sin querer ellas, se arrejuntaron y formaron lo que somos. Los descendientes más directos de la Conquista no son los españoles, sino nosotros mismos, los criollos y mestizos. Aquí no hay puros. Y ni los conquistadores eran monjes pacíficos ni los indígenas mansas palomas inofensivas, ingenuas e inermes. Si no fuera por la falta de inmunidad contra enfermedades comunes en Asia, en África y en Europa, mucho menor habría sido el exterminio y el genocidio, que lo hubo.

Tenemos que cargar con ese destino ambiguo (desesperado y desesperante para algunos) de ser al mismo tiempo víctimas y verdugos. Y de este duro destino, que nos define como lo que somos, solo nos podemos recuperar dejando de tener complejo de hijueputas (o de malparidos, hijos de la Malinche o de la Chingada), es decir, dejando también de ser racistas y resentidos (contra los blancos, contra los negros o contra los indios). Viviremos siempre jodidos y enfermos de rabia si no nos reconciliamos con nosotros mismos. Tenemos que perdonar y perdonarnos en vez de exigir perdón, porque no hay inocentes entre los españoles que vinieron y se fueron, ni entre nosotros que nos mezclamos y nos quedamos.”

 

¡Pero si es que es más fácil que yo, ciego de nacimiento y hasta el día en que me muera, empiece a ver de pronto como consecuencia de una imposición de manos del farsante y milagrero pastor Equis o de la cirugía de un inescrupuloso y vendehumo de la clínica oftalmológica Ye, que también los hay! ¿Me va usted a decir, maestro y amigo, que en su familia, presumo que conformada mayoritariamente por blancuzcos y trigueñitos, la discriminación racial, abierta o soterrada y vergonzante, no es una realidad más que palpable y arraigada? Y se lo pregunto retóricamente porque en la mía, como en las más que conozco bien o con las que de alguna manera me he relacionado, el odio o a lo sumo el desprecio racial es pétreo e inexpugnable. ¿Convencer a mi madre y a mi mujer y a mi hermano y a mi nieto, a mis primos y a mis tíos (salvo a mi tía Beatriz Montoya, que de racista no tiene ni esto), o haber podido convencer a mi hija y a mi padre y a mis abuelos y demás familiares muertos, no ya de que depusieran y depongan -como si se tratara de magia- su racismo, sino de que reconocieran y reconozcan -a manera de mea culpa al menos- que lo fueron o lo son? ¡De todo punto imposible! Sería como esperar que de la noche a la mañana todos los que aún no son discapacitados visibles y manifiestos nos tomen a los que sí por lo que en público dicen tomarnos los buenistas biempensantes de la izquierda de la ira y la más acendrada hipocresía: por sus iguales (a mí que Dios y el diablo, al alimón, me libren). De modo que mejor dejémoslo así… dejémoslo ahí.

 

1183. Salvo por la primera parte de la primera oración del primer párrafo de esto que de usted cito, me declaro de acuerdo con sus apreciaciones como casi siempre (lo cual, por otra parte, sólo me ocurre con usted, con Constaín, con Carlin, con Granés y con Pérez Reverte -y téngase en cuenta que semanalmente leo a entre cuarenta y cinco y cincuenta columnistas-):

 

“Así como no entiendo que en el español de España la palabra envidiable sea un elogio (‘tu coche es envidiable, tío’, como si fuera algo bueno sentir envidia), de la misma manera me resulta molesto, es más, insoportable, que en el inglés de los gringos la palabra loser (perdedor) sea un insulto. ¿Cómo así que si uno pierde es un imbécil o un pánfilo? Más aún, ¿si yo no me acomodo a tus ideas de lo que es ganar y tener éxito, si yo no me dedico a humillar y a ganar plata, soy un fracasado? No joda, es esa manía del triunfo a cualquier precio, pasando por encima de lo que sea, despreciando o matando a quien a mí -el ganador perpetuo- se me antoje, lo que nos tiene en manos de tipos como Putin o como Trump. En manos de gente que gana siempre, y al ganar siempre demuestran que hacen trampa. […]

Perder no es insultante; perder no significa que no nos esforzamos; perder es lo normal, o debería serlo, y ganar, una cosa excepcional que muchas veces se debe más a la suerte que al verdadero mérito. […]

Perder es cuestión de método, reza el hermoso título de una dura novela colombiana. Y los buenos poetas (que suelen ser, afortunadamente, losers o perdedores) lo han sabido desde hace muchos años. Esto nos dice Agustín García Calvo, otro olvidado: ‘Enorgullécete de tu fracaso/ que sugiere lo limpio de la empresa’. O Jaime Gil de Biedma, bellamente: ‘Si este mar de proyectos / y tentativas naufragadas, / este torpe tapiz a cada instante / tejido y destejido, / esta guerra perdida, / nuestra vida, / da de sí alguna vez / un sentimiento digno / un acto verdadero…’. Si esto llega a pasar será, repito, por algo de esfuerzo y otro poco de suerte o de casualidad. […]

Quizá por eso una de las sentencias que más me digo y repito sea esta de Stevenson: ‘Nuestra misión en la vida no es triunfar, sino seguir fracasando con entusiasmo y alegría’.”

 

A ver, estimado y admirado Hetícor: ¿cómo no va a ser envidiable la veinteañera novia de su veinteañero novio cuyo pelo abundante y lacio y largo y perfumado, cuya voz suave o un poco ronca y acariciadora, cuyas manos tersas y pequeñas, cuya estatura y cuerpo y facciones entre púberes y adolescentes mi ceguera congénita recuerda y ambiciona más que nada? ¿Cómo no le va a resultar envidiable a una afgana, a una iraní o a otra cualquier esclava del -ese sí- peor de los heteropatriarcados de que se tengan noticias asistir a la libertad con que viven en Occidente y en otras latitudes privilegiadas del mundo, si no todas, sí una mayoría de sus congéneres -y no se diga las feminastys-? ¿O al postrado en cama de resultas de un accidente o de una enfermedad, la facilidad por lo común inconsciente con la que los hasta hoy dueños de nuestro cuerpo nos movemos y vamos y venimos según nos plazca? A mí me perdonan usted y Piedad Bonnett y todos los que opinan que eso que se da en llamar ‘envidia de la buena’ no existe porque sí y sí y punto. Óigame esto: un verdedenvidia congénito al que le parece hermoso el carro de su amigo jamás se lo va a confesar, ocupado como está en desear que se estrelle y lo vuelva mierda o que se lo roben. Y se lo digo porque yo, que querría haber visto tigres y leones y guepardos y leopardos y panteras y jaguares -y prácticamente todos los animales que en el mundo son y han sido-, para por mi cuenta establecer similitudes y diferencias entre esas fieras, lejos estoy de desear que hasta el último vidente sobre la tierra se quede ciego, y no porque en mí alumbre una bondad absoluta: también conozco, huelga aclararlo, la envidia malsana que todo ser humano sin excepción habrá experimentado al menos una vez en la vida. De modo que…

 

Pero vayamos a la literatura y confiéseme usted, un exitoso dentro de lo que cabe: ¿a qué escritores admira con total transparencia y a cuáles con un poco o más mala sangre de lo que quisiera, ya porque le caen gordos o como una patada, ya por la razón que sea? A mí, por ejemplo su Basura, y El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez, y la Coronación de José Donoso, y El astillero de Onetti me resultan del todo envidiables -entrañables- porque tratan precisamente el tema del fracaso, que me apasiona, con una hondura y una belleza encomiables. En cambio -pero por favor no se lo diga a nadie-, la admiración que profeso por Davanzati, Camargo, Ábalos y Larsen se trueca en franco desdén y en deseos de que fracasen literariamente y con estruendo si en quienes pienso es en los ultramamertos Laura Restrepo, Santiago Gamboa y Julio César Londoño -de quien soy profundo admirador en otros asuntos-: nada de qué declararse orgulloso pero bueno… ¿Qué le vamos a hacer si eso es lo que siento?

 

1184. Me parece, maestro William Ospina, que esta fotografía del país y de la sociedad que somos no tiene reparo, aparte de cierta apreciación que usted y prácticamente todo el mundo -en Colombia, en tantos países más a propósito de los ciudadanos de esos países- hacen del diagnóstico del crónico anquilosamiento que nos -los- paraliza:

 

“La estrategia de los gobiernos colombianos logró convertir los movimientos campesinos en movimientos guerrilleros. Y ya no fue difícil que los movimientos guerrilleros se convirtieran en bandas criminales. El problema no es la mano blanda ni la mano dura, porque no es que los seres humanos sean malvados y necesiten un Estado implacable. El problema es que una sociedad que no tiene una economía legal en grande empuja a sus ciudadanos a la ilegalidad.

No hubo soluciones para los campesinos: surgieron las guerrillas. No hubo una industria en grande en las ciudades ni horizontes propicios al emprendimiento: apareció el narcotráfico. No hubo protección del Estado para los propietarios rurales y para los medianos productores: surgieron las autodefensas. No vino el Estado a combatirlas sino a reforzarlas: arreció el paramilitarismo.

No hubo empleo en grande en ciudades y campos: surgió y proliferó la delincuencia. No hubo alternativas para los jóvenes vulnerables que no tienen educación ni trabajo: se multiplicaron el microtráfico, el sicariato, la violencia como modo de vida.

¿Es tan difícil advertir en todo eso una escandalosa ausencia del Estado; una falla en todo lo que significa proteger a la población, darle empleo, educarla, brindarle ejemplo, crear soluciones, proteger la familia, garantizar el trabajo, enriquecer el tiempo libre? ¿Es tan difícil advertir que la labor de nuestros políticos ha sido crecientemente dañina y estéril? ¿Es tan difícil descubrir que no ven en la política un escenario para servir a la comunidad sino un asunto de éxito personal y de ascenso social, un medio corrupto abierto a la ambición, a la rivalidad y al delito? […]

Los políticos se descargan eternamente la culpa unos a otros: para eso les sirven los adversarios. Y han tenido la astuta precaución de mantener a la comunidad en las condiciones más rudimentarias, para que cada cuatro años tenga éxito su discurso rabioso y vengativo, que en vez de proponer soluciones descarga responsabilidades, y convierte a los rivales en los odiosos culpables de todo.

Pero todos los males de la nación se deben a que no hay una industria en grande, una agroindustria adecuada a un país de 50 millones de habitantes; a que el Estado venal y corrupto está lleno de trabas para el emprendimiento; a que no tenemos infraestructura, sino las mismas carreteras de hace 50 años, los mismos puentes, los mismos puertos, ya ni siquiera la red de ferrocarriles, y las calles de la fatiga de la Colonia; y la misma mentalidad del siglo XIX, cuando los partidos nos convocaban a sus incesantes guerras civiles, y el mismo instinto provinciano que nos hace ver todo como fruto de la malignidad de nuestros semejantes.

Por eso los políticos de derecha vuelven con el grito, más viejo que Mariano y que Laureano, de que lo que se necesita es mano dura: imperio de la ley, defensa con saludo militar de la sagrada fuerza pública, y fulminar rebeldes. Y por supuesto cárceles enormes administradas por virtuosos empresarios. ¡No corregir nunca las causas sino fumigar las consecuencias! Y ese discurso vuelve a tener éxito ante una ciudadanía desesperada por la inseguridad y la extorsión.

Y por eso los políticos de izquierda vuelven con el clamor de que aquí la causa de todo es la desigualdad, y que eso se corrige quitándoles a los ricos egoístas para darles a los pobres despojados. Que los poderes criminales que se ciernen sobre el país entero y lo desangran son fruto apenas de la injusticia y la malignidad de una casta. […]

Mano dura es lo que ofrecen de nuevo unos candidatos; y ahondar las reformas sociales, ofrecen los otros, o sea: seguir repartiendo lo que hay sin modificar al Estado ladrón. Ese mismo Estado que sigue sus fiestas y carnavales del derroche, y que a esta hora tiene apostados sus eternos salteadores de caminos en todas las curvas de unas carreteras en pésimo estado para cobrarles a los ciudadanos pequeñas transgresiones, mientras arriba se roba a raudales.

Y el país físicamente en el siglo XIX, salvo por la precaria modernidad ahogada en sangre que nos trajo la mafia. Y el país mentalmente en la Edad Media”, de la que apuesto a que no va a salir en tanto dure el antropoceno, que ojalá poco.

 

Mire, admirado William: a mí -a Pérez-Reverte y a Fernando Vallejo entre muy pocos más- no me cabe en la cabeza que seres supuestamente pensantes a los que se esquilma y defrauda una y otra y otra y otra y una enésima vez con las mismas promesas deshonradas una y otra y otra y otra y una enésima vez opten, pendularmente, por quienes les mienten sistemáticamente como a párvulos y les ofrecen las mismas soluciones que desde antiguo se sabe -los que lo saben- que lo único que consiguen es prolongar el círculo vicioso y condenar a la esperanza sin asidero a sus hijos y a sus nietos, que llegado el momento se obstinarán con furia y odio en lo mismo. ¿Cómo es posible -me pregunto, le pregunto- que esta sociedad, que se declara dizque harta de la violencia y las disputas que escenifican tantos de sus políticos, vote cada cuatro años precisamente por los de verbo más violento y beligerante, a más de inculto y zafio? ¿Y no quedamos en que lo que busca es la paz que posibilite el mayor grado de prosperidad para sus hijos y sus nietos? Me dirá usted que el fenómeno lo explica, justamente, la ignorancia de demasiados votantes que no caen en el engaño de que son víctimas periódicamente, de lo que yo discrepo sin fisuras. Porque ¿cómo se explica entonces que enterados de la talla de un Santiago Gamboa, de una Laura Restrepo y de un Julio César Londoño, para sólo mencionar a tres de sus colegas, oficien de caja de resonancia y militen en la más impresentable y ruin de las izquierdas, llámese petrismo, chavismo, orteguismo, castrismo o kirchnerismo? Pero si en quien pienso es en los politicastros que nos gobiernan, el pasmo y la incredulidad no me abandonan: ¿Que a la izquierda le llevó más de doscientos años conquistar la presidencia de Colombia, y cuando lo logra protagoniza una mojiganga entre ridícula y risible trufada de venalidad, malas artes, pésimas maneras, delitos de muy distintas naturalezas, escándalos diarios, maniqueísmos incendiarios, desconocimiento y desafíos groseros a la institucionalidad, ataques sin cuartel a nuestra pese a todo estoica democracia, autoritarismos con ambiciones tiránicas, perpetuación de los desmanes políticos que juraron combatir y corregir? Ya verá cómo, si quien gana en la segunda vuelta de las presidenciales del próximo 21 de junio de 2026 -y Petro y sus esbirros se avienen a entregar el poder- es la extrema derecha de de la Espriella; ya verá cómo él y sus esbirros vuelven a incurrir en exactamente los mismos errores y pecados en que aquí siempre ha incurrido la derecha, para de ese modo allanarle nuevamente en 2030 a la extrema izquierda el camino hacia la Casa de Nariño, que a saber si desocupan por las buenas si llegaran a salir derrotados por el otro cáncer. ¿Y el centro tibio por decente y sobre el papel reformista? Que se siente a esperar al menos hasta que sobrevenga la parusía, tras lo cual de pronto se materialice el milagro que muchos de sus votantes tozudamente resucitan cada cuatro años.

 

Adenda: ¿Que va a votar por Fajardo, anuncia usted? Sabia decisión, maestro: ni Rodolfos ni muchísimo menos Petros. Bienvenido al siempre perdedor centro del espectro político colombiano, salvo que se trate de elecciones a concejos, alcaldías, gobernaciones y congreso.

 

1185. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…Es lo que le da su sabor singular a esta época: que un solo hecho puede implicar y paralizar al planeta entero.

En esa jornada todo era alarmante y grotesco: ver a un jerarca incomprensible amenazando con el arrasamiento de una nación y con aplastar ‘a toda una civilización’; temer que Israel, fiel al espíritu de su héroe mitológico Sansón, pudiera llegar al extremo de desplomar el cielo sobre sus enemigos y sobre sí mismo, utilizando contra Irán sus armas nucleares; temer que Irán llevara su furia de misiles más allá de los 2.000 kilómetros que han sido hasta ahora su límite; comprobar que las otras grandes potencias orientales y occidentales parecían estar solo a la espera, sin propuestas, sin opiniones, todo era desalentador.

Pero lo más grotesco es que hayamos llegado al punto de que en manos de un hombre enfermo de prepotencia y peligrosamente impulsivo parezca estar el destino de millones de seres humanos y tal vez el rumbo de la historia entera. Mucho se ha dicho que a este hombre hay que juzgarlo por sus actos y no por sus palabras, pero es que hay palabras que son actos. Ni Hitler, que se las daba de ser culto, se habría resignado a proclamar con tanta estolidez que está en sus manos destruir a una civilización para que no vuelva jamás” (William Ospina).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

1186. Invisibles como somos (y ojo que lo mío nada tiene que ver con reivindicaciones y reclamos de inclusión woke, sino con la más cruda y tangible realidad), me aventuro a asegurar a pies juntillas aquí y en cualquier parte que nada trascendente existe en relación con cómo concibe este asunto un ciego devenido, para no hablar de uno total y de nacimiento:

 

“…Tendemos a pensar que las personas bellas son inteligentes y honradas. Lo feo nos causa repelús, dispara nuestras alarmas. […]

Vitrubio, el romano, dijo que el diseño de las casas, los muebles y los utensilios debía ser bello, firme y funcional. Hoy añadimos tres condiciones: el utensilio debe ser delgado, minimalista y muy caro.

La belleza aludía a la forma, claro, pero llevaba implícita la exigencia de que su contenido fuera noble y verdadero. Se daba por sentado que la mentira era ruin y fea. […]

¿Se puede definir la belleza? Kant lo respondió dos veces. En la primera dijo: ‘La belleza es una cosa que desespera’. En la segunda sugirió que la belleza era un milagro que sucedía en la mirada del espectador, como vimos arriba…”; como quien dice: al no haber mirada, el ciego se queda sin milagro aunque, por consiguiente y en recompensa, al margen de cualquier tipo de desesperación erótica o…

 

Pero hablemos en serio: yo, que nací ciego y he vivido ciego y ciego me moriré tengo, entre mis certezas más acendradas, la de cómo concibo la belleza femenina, que a la postre es la que más me importa. Pelo ojalá lacio aunque ondulado no está nada mal, abundante y necesariamente perfumado, rubio o castaño o negro o…; facciones tan finas y acariciadoras como la voz y las manos, que deberán semejar las de una adolescente así esté lejos de serlo; el cuerpo entre delgado y rollizo a lo sumo, y de entre un metro cincuenta centímetros todo lo menos y un metro setenta centímetros todo lo más. De lo íntimo y recóndito mejor no les hablo porque, o los provoco y produzco una satiriasis, o las escandalizo al punto de un rapto de indignación colectiva. Por lo demás, es decir por lo que hace a otras facetas de mi concepto de la belleza también olfativa y gustativa, auditiva y táctil considero innecesario ahondar aquí en virtud de que en los más de mil cien desahogos precedentes hay suficientes, o hasta abundantes, apuntes que lo explican o aspiran a hacerlo.

 

1187. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…A propósito de teología […], Trump puso en su red social una imagen, creada con inteligencia artificial, en la que aparece como el mismo Jesucristo sanando a un enfermo. La indignación de sus propios seguidores fue tal que Trump la retiró, no sin antes ‘aclarar’, impávido, que en esa imagen él representaba a un médico de la Cruz Roja, no a Jesucristo, y que si la gente había visto otra cosa era por causa de las fake-news.

Pues sí, a esos niveles de absurdo estamos llegando en esta torre de Babel política en la que ya no se sostienen ideas, sino que se ensartan disparates […]. Pero no solo en los Estados Unidos está ocurriendo eso. Dado que ganar elecciones tiene su técnica, más aún, depende de una tecnología comunicativa que inventaron los gringos, muchos políticos alrededor del mundo vienen copiando lo que ellos hacen. En los tiempos del brexit, Boris Johnson dijo que el Reino Unido enviaba 350 millones de libras semanales a la Unión Europea, lo cual era evidentemente falso; Jair Bolsonaro sostuvo que el Covid-19 era una simple gripecita (a propósito, por esos tiempos Trump propuso inyectar con desinfectante a los pacientes de COVID para curarlos y Bolsonaro sostuvo que las vacunas podían convertir a los pacientes en caimanes); Petro dijo que en su gobierno se ha incautado más cocaína que en toda la historia mundial; Nicolás Maduro aseguró que hablaba con un pajarito que encarnaba a Hugo Chávez y Manuel López Obrador mostró, en sus ‘mañaneras’, amuletos religiosos que lo protegían del Covid-19. No importa el color ideológico, solo vale llamar la atención y despertar los odios que llevan a la gente a las urnas.

Muchos, claro está, ven esas afirmaciones como lo que son, una pifia o una payasada, pero eso no tranquiliza porque los dislates calan hondamente en la mente de los crédulos. […] El fracaso de la verdad se ha vuelto funcional y eso hace que la política se haya convertido en un ejercicio de comunicación entre gobernantes díscolos y ciudadanos crédulos, no en una conversación entre gente razonable…” (Mauricio García Villegas).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

1188. “La experiencia de la conexión permanente con el mundo nos ha acercado a los que tenemos lejos pero, tristemente, nos ha alejado de los que tenemos cerca”. Cómo le parece, mi muy estimado Daniel, que tengo una pareja de amigos, marido y mujer, que han asistido al nacimiento, el crecimiento y pronto muy pronto a la graduación de la secundaria y el primer noviazgo de su único nieto a través de sus pantallas, las cuales tan satisfechos los tienen que no consideran en absoluto necesario viajar a Suiza para conocerlo de cuerpo presente, darle un abrazo y un beso o tan siquiera estrecharle la mano. Tampoco el hijo que allá lo concibió porque allá vive, y que en cambio se la pasa viajando de allá para otros muchos allás donde se celebren festivales de rock y no sé qué más estridencias, tiene la más mínima intención de traer a Colombia el muchachito para que los abuelos-pantalla lo conozcan, y de paso para que pise los andurriales tercermundistas de que proceden parte de sus genes. Del otro alejamiento sí que puedo dar fe y en todos los ámbitos: las aulas, el transporte público, las re¿uniones? Familiares y de amigos y de colegas, el hogar y no se diga el lecho nupcial en que yacen el par de gnomófobos.

 

1189. De la ‘paz total’ a la ‘patria milagro’: dos distopías de truculencia y odio en las que, mal contados, veinticinco millones de entre canallas e idiotas útiles colombianos aseguran cuando menos otros ocho años de anquilosamiento y ruido, de verdades a medias y mentiras completas, de calumnias e infamias, de irresponsabilidades y autoexculpaciones, de malas maneras y malas artes, de preponderancias de lo superfluo y desatenciones de lo urgente, de mojigangas y payasadas, de emulaciones a los peores del oficio y mofas o ninguneos a los respetables y prestigiosos, de, en fin, pésimos ejemplos y ramplonerías asqueantes que con creces superan a los de ayer nomás pero que palidecerán frente a los de mañana y pasado mañana.

 

1190. Que conste: esta fotografía, barnizada no poco por el autor, se tomó menos de dos meses antes de que Gustavo Petro abandone -si lo abandona- el cargo que nunca debió haber ocupado:

 

“Petro sufrió dos ‘rajadas’ internacionales esta semana. The Economist de Londres bajó a Colombia once puestos en su rankin de democracia y Amnistía Internacional volvió a ubicar al país como el más peligroso para defensores de derechos humanos, calificando como ‘inaceptable’ el asesinato de 165 líderes sociales en 2025.

Una violencia que viene de atrás y no es producto de este gobierno, pero que hoy en día sigue cobrando la vida de tres líderes populares por semana y reflejando con crudeza los pobres resultados de la ‘paz total’ que le había anunciado al país y al mundo el primer presidente de izquierda de Colombia, que pronto culmina su mandato.

Para regocijo de muchos que sueñan con que un nuevo gobierno traería la paz, cuando lo cierto es que estamos ante una realidad dolorosa y tristemente reiterativa, con elementos que tienden a perpetuarla, como el acceso de los grupos armados ilegales a cada vez más rentables fuentes de financiación, desde la coca y la minería de oro a la comercialización de estaño.

Han consolidado una bollante economía ilícita asociada a minerales estratégicos, cuya explotación puede resultarles más rentable y menos visible y violenta que el tráfico de droga. Sin que esto signifique que lo hayan abandonado o renunciado a viejos métodos de financiación como la extorsión y el secuestro. El más nuevo ha sido la explotación ilegal del coltán, un mineral muy utilizado en tecnología, conocido como el ‘oro azul’, cuyo comercio ilícito financia armas y control territorial de estos grupos en regiones como la Orinoquía. El año pasado fueron incautadas nada menos que 70 toneladas del codiciado producto. […]

Las riquezas naturales de una nación, y las nuestras son grandes, no pueden convertirse en una maldición. Si llegamos a ese extremo, jamás saldremos de la olla…”: de la olla en que nos deja, y más raspada que nunca, el chusmero y pirómano en jefe, y en la que seguramente nos va a acabar de hundir su sucesor en el poder, llámese Cepeda o de la Espriella quien, a diferencia de Iván el comunistoide, me genera más asco que miedo.

 

Adenda: si gana de la Espriella, una maldición equivalente a una victoria de Cepeda, se verá cómo, desde el mismísimo 7 de agosto de 2026, Petro y sus huestes no pararán de hablar de minería y líderes sociales asesinados, asuntos que en absoluto figuraron entre sus preocupaciones, tan divisivas y venales ellas.

 

1191. La fórmula es muy sencilla: no es sino que reemplacen Gustavo Freisen por Abelardo de la Espriella y listo: “Gustavo Freisen se encargaba de rechazar a punta de palazos las embestidas de la madre, aquella gata callejera que había tenido la desgracia de parir en el desván de la casa; seguramente lo había hecho ya otras veces obteniendo la protección del antiguo propietario; así pues, no comprendía lo que pasaba: sus hijos, sus ojitos recién abiertos, intentaban aterrados escapar a aquellos certeros golpes que les iban fracturando los huesos uno a uno: maullaban en un tono tan agudo que se volvía gemido, desesperanza ciega, y ella, la gata ensangrentada por los porrazos recibidos, un ojo desprendido, el hocico destrozado, volvía a la carga como si toda la energía del mundo se hubiese concentrado en su maltratado cuerpo”: ahí tienen ustedes, estimados demócratas auténticos del mundo entero, de perfil y de frente, al flamante presidente de este país-corraleja al que casi trece millones de colombianos (mi nieto y mi madre, mi hermano y mis tíos cristianos tan pacíficos y ejemplares) acaban de ungir con su voto en la esperanza de que se cobre con muertos las falsas maricaditas woke de los derrotados, y ojalá con la mano dura de que ha hecho gala el a todas luces bíblico trumbukelismo.

 

Adenda: ¡muerte a Mikolka y a todos los Abelardos Freisen y Gustavos de la Espriella que en el mundo son y han sido…! ¡Pero antes muélanlos a palos!

 

1192. Pero y entonces, estimada y admirada Olga Lucía, ¿cómo definimos certeramente este sustantivo, odioso e inexacto donde los haya?:

 

“El populismo tiene mucha relación con la demagogia (en regla general, el arte de adular al pueblo para obtener sus favores es una calidad oral; no existe el populista de mero discurso escrito o malo en la tribuna), y con una palabra seductora y constante. El populista le habla al pueblo directamente, le confía sus asuntos, lo enamora mientras le vende humo. El misterio del populismo es encajar en muchos moldes, llegar a muchos oídos prometiendo cosas. Es como un donjuán desvergonzado, y sin embargo perdonado con cada nueva ocurrencia o mentira. El pensamiento político de los populistas es por definición difícil de encasillar -abarca un espectro amplio, producto de sus inmensas contradicciones y su necesidad de confundir-. La fuerza de los populistas es encajar en un anhelo vago, a la vez que lograr poner a marchar, cotidianamente, la dialéctica amigo/enemigo. […]

Lo cierto es que ‘el pueblo’ es quien se identifica con el líder, y en esta identificación hay un proceso en el que no tienen cabida o posibilidad el análisis, la racionalidad o el contraste con la realidad. El enemigo que mi líder designe es mi enemigo. […]

El tema es precisamente que, para este público y para estos electores, lo más importante es identificar al enemigo principal, y que estos políticos logran ese objetivo, simplificar la vida pública y todos los debates en una lógica de identificación amigo/enemigo. La pregunta es si esto es inevitable, si es algo duradero, si es algo beneficioso o no para el debate público y para la sociedad.

En realidad, no es algo inevitable, aunque sí es muy difícil desenmascarar o destronar al populista, pues éste acude a una de las necesidades más humanas: la de creer en historias, creer en palabras y en promesas, así sean falsas. Ese lado del populista -mantener viva una esperanza, aun mintiendo- se acompaña siempre del otro, del ataque al enemigo y de la promesa de vencerlo juntos. El populista constantemente necesita susurrarle al pueblo su verdad y recordarle su común adversario. […]

Pero, de nuevo: ¿es inevitable el populista? No lo es. Hay países -o momentos de la historia- donde no ‘pegan’, donde estas formas de hacer política no toman fuerza. A veces, los pueblos aprenden a identificar a los populistas y no les paran bolas; otras veces, los pueblos aprenden a identificar sus reales necesidades y no caen en la trampa de votar por quienes los han perjudicado. […]

Las lógicas de este voto paradójico ameritan ser profundizadas […]. Una forma de superar los tiros en el pie y el debate de sordos es descifrar sus mecanismos y mejorar la cultura política.”

 

Le propongo, maestra, que vayamos de atrás adelante. Habla usted de voto paradójico y a mí se me viene a las mientes su anuncio reciente de que en la segunda vuelta pensaba votar por Cepeda para, mediante ese voto útil, ayudar a tapiarle el camino a de la Espriella hacia la presidencia pues lo considera usted una opción más peligrosa y violenta, pero yo le pregunto: ¿qué más violento puede haber que la inminencia de que miles de personas mueran por falta de atención médica y medicamentos, y no de resultas de la falta de recursos para garantizar ese derecho, sino de la pésima leche ideológica de unos extremistas de sus convicciones políticas de las que a todas luces participa el que podría erigirse en sucesor de Petro? ¿Que mueran, entonces, de sus enfermedades y dolencias los millones que no tienen cómo procurarse atención médica particular ni medicamentos costosos, pero no a causa de la violencia que se avizora en un gobierno de Abelardo y que, por otra parte, con Petro no hizo más que propagarse y arreciar? ¿Se puede mejorar, acaso, la cultura política volviendo a elegir a quienes vienen promoviendo desde el gobierno que se instauró en 2022 no un diálogo de sordos, sino una guerra sectaria que tiene al país ad portas de una confrontación civil que empezó en las redes y amenaza con trasladarse a las calles?

 

Ahora: nada más inevitable que los coqueteos cíclicos del grueso de los electores con lo peor y más impresentable de la política, que emergió ayer allá -Italia o Alemania-, hoy acá -Estados Unidos o Hungría-, mañana ya se verá dónde, y en todos los casos con la fuerza suficiente para que se contagien hoy de populismo democracias como la nuestra, a merced de dos riesgos a cuál más grande y deletéreo. (Lo que en cambio sí resulta evitable es no hacerse partícipe de ninguna de estas dos mojigangas mediante el voto en blanco, el voto-castigo que es el que a mi juicio se debe promover.)

 

Pero vayamos al sustantivo a que aludía a comienzos de este desahogo: ¿qué es el pueblo y quiénes exactamente lo integran si, descontados los políticos profesionales que le venden el alma al diablo Cepeda o al diablo de la Espriella, por un lado tenemos a cultos muy cultos, a semicultos y medianías empingorotadas de la academia, a profesionales de todos los campos y saberes, a trabajadores esforzados y personas del común, a pobres decentes y morralla vil, enzarzados todos en una pelea de borrachos que no deja títere con cabeza ni familia -exagero, exagero- sin ridículos -por innecesarios- rifirrafes ideológicos? ¿En dónde nos ubicamos entonces los de veras tibios que, asqueados, no transigimos ni con uno ni con otro populismo y que, por consiguiente, votamos en blanco a sabiendas de que aquello por desgracia no resuelve nada? ¿En el antipueblo acaso? ¿O, se me ocurre, en una categoría que propongo denominar ‘apátridas de la política’, por aquello de la resistencia y el desprecio que nuestra tibieza racional despierta entre los hostiles y pugnaces que sí compran demagogia y humo y ocurrencias y mentiras y promesas falsas y enemigos gratuitos?

 

Adenda: para fantasmagorías y alucinaciones y entusiasmos vitales tengo, de vicio y de sobra, con el amor venéreo.

 

1193. ¿Que el arte en general y la literatura en particular forjan hombres sabios?:

 

“Ningún escritor celebró el imperio británico como Rudyard Kipling, tan patriota él que se empeñó en que su hijo luchase, a los 16 años, en la Primera Guerra Mundial. Inicialmente, las autoridades militares no permitieron que John Kipling fuera al frente. No solo era demasiado joven, sino además extremadamente miope.

Pero el padre, que tenía sus contactos, movió cielo y tierra y logró su objetivo.

Kipling hijo murió en su primer combate, en 1915. Kipling sénior quedó traumatizado de por vida. Arrepentido de todo, escribió en 1919 un poema de dos líneas, el epitafio para los caídos en lo que había sido una de las guerras más sangrientas y más inexplicables de la historia.

‘If any question why we died, / Tell them, because our fathers lied’. ‘Si preguntan por qué morimos, /decidles: porque nuestros padres mintieron’.

Pocas veces tan pocas palabras pueden haber comprimido de manera tan certera tanta amargura, decepción y desconsuelo. Resumen la terrible verdad detrás de tantas guerras…”

 

Estaba aquí pensando en que si hoy por la noche, 21 de junio de 2026, día de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, al extremista que resulte perdedor se le ocurre no aceptar los resultados de las urnas y manda a sus idiotas útiles a que se maten en la calle con los ganadores a sabiendas de que ningún fraude hubo, los Londoño, las Restrepo y los Gamboa se harían eco del bulo propio y apoyarían la trifulca que de tamaña irresponsabilidad se derive, salvo que no precisamente con sus sobrinos, primos, hermanos, nietos o hijos a lo Rudyard Kipling sino con los Brian y los Kevin que nada o en cualquier caso muy poco les significan. Tiene cierto mérito el que un ideologizado culto muy culto como los de marras o aun semiculto como este servidor, tribute parte de su descendencia a la causa que dice propugnar; aunque lo correcto y valiente y loable sería no que delegue la defensa de sus ideales en terceros sino que, y sin que importen su edad y estado de salud, por ellos empuñe la espada de Bolívar o el fusil de asalto y pase de las arengas cobardes a los hechos concretos.

 

1194. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…Parece que en forma creciente reemplazamos el razonamiento por identificación con un grupo. Las creencias no son opiniones que se puedan discutir, o a veces cambiar, escuchando argumentos: vienen en ‘combo’ y son parte de la identidad. Jamás se renuncia a un mal argumento si es uno de los argumentos del grupo. Resulta preferible renunciar a los estándares que alguna vez tuvimos para juzgar las evidencias. No importa si las conclusiones son ciertas o falsas, sino cómo logramos defenderlas de una reputación ‘hostil’.

La sociedad se parece cada vez más a un estadio de fútbol. Hay en el centro una cancha con pocos jugadores y directores técnicos. Allá hay ideas, estrategias y algo de juego. El resto, las multitudes, estamos en las graderías y somos hinchas: azules, rojos, verdes o amarillos. Las graderías enfrentadas ven dos realidades diferentes, lo que para una es una falta, para la otra es una genialidad. Si le cobran una penalidad a nuestro equipo, la culpa es de los árbitros, que están parcializados, o del VAR, que usa algoritmos obsoletos.

Lo peor que puede pasar es que de pronto uno de la gradería disienta del juicio general. Es terrible, porque si bien los de la otra gradería son herejes a los que no se escucha y se odia intensamente, el propio que disiente es un apóstata, y no puede haber nada peor. […]

Las personas tienden entonces a ‘interpretar’ la información de manera que refuerce su identidad, ya sea de género, clase, raza, religión, nacionalidad, ideología, o cualquier otra entre los miles de identidades y subidentidades en las que se ha fragmentado la sociedad humana en tiempos recientes. En mi juventud, no hace tanto, el ideal era la igualdad sin distinción de identidades, hoy es defender la propia en medio de una fragmentación infinita. […]

La evidencia científica, el conocimiento y la experticia son desestimados porque solo vale la lealtad.

Las personas en esta dinámica de defensa de su identidad perciben a los otros como enemigos; esto fomenta la mentalidad de ‘hinchas’ y conduce a conflictos de difícil solución, somos nosotros contra ellos. Las redes sociales amplifican la dinámica: cada uno sigue y escucha a los suyos, y cuando interactúa con ‘los otros’ es para atacarlos, nunca para escuchar.

En lugar de buscar un consenso basado en evidencias, las personas se polarizan, rompiendo toda comunicación y cualquier posible entendimiento entre grupos…” (Moisés Wasserman).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

Adenda: ¿cómo hago para conciliar los hechos más que palpables de este artículo suyo con el aserto-titular del que usted publicó justo una semana después, también en El Tiempo? ¿Que ‘La gente quiere estudiar’, asegura usted, simple y sencillamente porque una mayoría abrumadora eso le aseguró a una encuesta internacional que usted califica de seria? Lo podrá ser la encuesta pero no a bulto la gente, que a la hora de ubicarse en una latitud del espectro político escoge mayoritariamente el centro más tibio y moderado, por el que jamás vota o votaría. ¿Que la gente quiere estudiar? Harto sencillo: que deje de perder el tiempo en fruslerías nocivas por el estilo de las redes sociales y se aplique a aprender con y gracias a las posibilidades infinitas que nos brinda el internet. Dicho en otros términos, que pase del dicho al hecho.

 

1195. Pregunta el abogado Alfonso Gómez Méndez y responden hoy Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella; los dos -y dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos- que, caso de que en 2030 y sucesivos nuestra demasiado falible democracia subsista pese a los embates de una extrema y de la otra, se disputen, hasta el fin del antropoceno, a patadas y mordiscos la presidencia de la República: “¿Mantendrían en sus puestos a ministros y altos dignatarios del Estado a pesar de las investigaciones judiciales, con el argumento de que todavía no tienen sentencia condenatoria ejecutoriada? ¿Asumirían responsabilidades políticas por graves fallas en la escogencia? ¿Desvincularían del Gobierno a funcionarios corruptos aun cuando sean depositarios de incómodos secretos? ¿Continuarían con la práctica de obtener apoyos parlamentarios al detal a cambio de puestos y contratos? ¿Sostendrían en sus cargos a funcionarios que en público se hacen recíprocas y graves acusaciones de corrupción?”. Cepeda: sí, no, no, sí y sí. De la Espriella: sí, no, no, sí y sí. Todos los por venir: sí, no, no, sí y sí. ¿Para qué, entonces, más acuerdos sobre lo fundamental y forjas de posibles consensos que nos permitan sacar el país adelante?

 

Adenda: nada más fácil que concretar la esencia de la historia de Colombia en una única frase: déja vus sin intervalos.

 

1196. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…Supuestamente somos más ilustrados y tenemos más información que nunca, por lo cual deberíamos contar con una mejor capacidad de discernir entre lo que nos conviene colectivamente y lo que no. Pero cuando uno mira el estado de cosas en este planeta, salta a la vista que estamos caminando en la dirección equivocada. Tanto que el espectro de una tercera guerra mundial ha vuelto a aparecer y se expresa, entre otras, en un aumento del arsenal de armas nucleares.

Mientras eso sucede, la democracia liberal, con su sistema de pesos y contrapesos, se encuentra bajo asedio. Y quienes la atacan son los mandatarios que ha engendrado, quienes desde el poder intentan deslegitimar la justicia o los congresos de turno si estos no se pliegan a su voluntad. Como una especie de pandemia, el contagio avanza.

El modelo es sencillo, está probado, es cosa de llenarnos a todos de miedos desquiciados y luego ofrecer la tabla de salvación justo antes del hundimiento. Seguimos cayendo una y otra vez…” (Melba Escobar).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

1197. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…un mundo en el que se ha impuesto, como nunca antes en la historia, la tiranía individual, la dictadura de cada quien y sus caprichos y obsesiones, hasta llegar al punto de que la humanidad entera se despierta hoy a asomarse en sus redes sociales a ver si el universo la complace y le da la razón, si la satisface en su profunda arrogancia.

En eso han contribuido de manera ya irreversible los políticos -esa especie de farándula del horror- que en su afán demagógico por fingir cercanía con sus masas y votantes ahora se pliegan al más obsceno chaqueteo y compadrismo con cuanto orate los interpele en el mundo digital, igual que antes cargaban niños o besaban ancianos desdentados, o viceversa, para proyectar la imagen falsa de su sencillez y su amabilidad.

Pero lo peor es cuando desde afuera alguien pretende instruir, con tenebrosa soberbia, a quien debería saber más que nadie de eso de lo que está hablando, incluso cuando se trata de su propia vida […].

No es de extrañarse que el mundo esté como está, basta ver quienes creen tener siempre la razón” (Juan Esteban Constaín).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

1198. ¿Qué se le agrega a la completitud… de los sepulcros blanqueados de la religión y la política?:

 

“Hay que tenerles pavor, lo enseña la historia con sangre, a quienes conciben el mundo apenas como una abstracción ideológica y geométrica: un pretexto para sus delirios mesiánicos, sus desvaríos, sus obsesiones, su megalomanía que suele saciarse en ese plano fantástico –‘quimérico, fingido, que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación’, define la RAE ese adjetivo- en el que lo más fácil es prescindir de las personas en concreto.

Denis Diderot, uno de los más grandes filósofos de la Francia del siglo XVIII, decía que en su tiempo había dos tipos de pensadores: los que hablaban del ‘hombre abstracto’ y los que hablaban del ‘hombre concreto’. Los primeros eran idealistas, por supuesto, unos teóricos de la humanidad, esa palabra que además escribían muy ufanos con mayúsculas, ‘la Humanidad’; los otros eran más modestos y sensibles, defensores de la gente, no de su arquetipo ideal. […]

Ese es el signo de las utopías totalitarias: su vocación teórica, la forma en que en ellas se impone un ideal de lo humano que lo justifica todo, incluso la opresión y la barbarie, la indolencia, la ingratitud, la crueldad, la inhumanidad, quién lo diría, siempre y cuando se invoquen los principios sacrosantos que guían la acción de esos aparatos de la enajenación y el fanatismo que se vuelven un fin en sí mismos: la única razón de ser de todo lo que ocurre.

Pero ese es también el signo de los utopistas totalitarios, a los que se les llena la boca de agua, se les hincha el pecho, cuando hablan y piensan solo con abstracciones y al mismo tiempo son capaces de las peores bajezas con la gente a la que tienen al lado. Pienso por ejemplo en el poeta Pablo Neruda, un grandísimo poeta, sin duda, que en sus versos veneraba y defendía a los proletarios mientras fue capaz de abandonar a su hija que padecía hidrocefalia. […]

Pero lo grave no es la radicalización sino el envilecimiento: la supresión absoluta de todo vestigio de humanidad en medio de un combate sin cuartel. Es otra vez lo que decía Diderot: hay quienes piensan en el ser humano solo como una abstracción, una ficha prescindible y mudable, una invocación ideológica y aritmética que lo permite todo, aun la infamia y la maldad. Cortejadores de la Humanidad, escrita así, que se venden con arrogancia y con orgullo como sus salvadores y tutores pero son implacables con el dolor ajeno, con el sufrimiento concreto de seres humanos concretos.

Quizás llegue el día, no tan lejano, en el que la compasión sea la única idea política que tenga sentido de verdad.”

 

En mi calidad de ciego de nacimiento y por tanto de persona que precisa más que casi todos los demás de la solidaridad y la buena disposición ajenas; de familiar y allegado de cristianos fundamentalistas y de otros fanáticos religiosos; de profesor y colega de fachos ultraizquierdistas de campus público y de odiador de sus representantes políticos en todas partes doy fe, palabra por palabra, de lo que con tanto acierto señala aquí mi maestro y carnal Juan Esteban Constaín, a quien en secreto invito para que juntos adelantemos un par de experimentos sociales cuyos resultados conozco de antemano. La idea es, hermano, que a hurtadillas nos metamos en un culto de la Misión Carismática Internacional, de El Lugar de su Presencia, de Manantial de Vida Eterna (de Avivamiento no porque mi hermano y su mujer se las pillan y nos abortan el plan) o de cualquier otra transnacional de la fe y, justo cuando el pastor esté hablando, lacrimoso, del amor de Cristo y de no sé qué más vainas, nosotros levantamos la mano y le pedimos la palabra para preguntarle, a quemarropa, qué cree que opina Jesús del genocidio que Israel perpetra en Gaza y del infierno en que tiene convertidos al Líbano, Cisjordania y no se diga a la Franja. Salidos de allí -caso de que consigamos salir vivos e indemnes-, averiguamos en qué campus público hay a esas horas alguna conferencia sobre derechos humanos o al menos impartida por un defensor o defensora de los derechos humanos y, cuando el individuo o la sujeta esté en lo álgido de su diatriba contra Trump y Netanyahu, los dos volvemos a levantar la mano para preguntarle por qué no ha dicho esta boca es mía en relación con las dictaduras venezolana, nicaragüense, cubana, china, iraní, afgana y ni qué decir tiene que tampoco con el invasor de Ucrania, dictador de Rusia y criminal de guerra Vladímir Vladimírovich Putin. Piénseselo bien, Juanito, porque el terrorismo de esos antros no son las maricaditas woke de los mamertos del Rosario, que de seguro los tiene. Me cuenta si se anima.

 

1199. Olvidos voluntarios que lo dicen todo sobre un opinante: “Hablando académicamente, pues, Trump tiene un lugar ganado en la lista de gobernantes que han practicado la crueldad como política, al lado de Calígula, Gengis Kahn, Atila, Vlad el Empalador, el rey belga Leopoldo II, Adolfo Hitler, José Stalin, Mao Xedong y Pol Pot. Sus credenciales comprenden -algunas compartidas con Benjamin Netanyahu- a 73.000 gazatíes muertos, decenas de lancheros abaleados sin juicio ni sentencia en el Caribe y el Pacífico, cerca de 150 escolares iraníes bombardeadas y miles de emigrantes pobres que padecen en Estados Unidos persecución, cárcel injusta y tormentos”.

 

Comprendo perfectamente que en razón del reducido espacio de un artículo de prensa, al columnista y humorista Daniel Samper Pizano se le hayan librado las crueldades sin nombre de las dictaduras china, norcoreana, afgana, iraní, saudí, nicaragüense, cubana y venezolana, para no hablar de las del yihadismo palestino en suelo israelí que desataron el genocidio en Gaza y demás barbaridades del terrorismo de Estado sionista en la región. ¿Pero dejar incólume y a la sombra, para que se mantenga fresco y plácido, al invasor y criminal de guerra y determinador de cientos de miles de muertes de entre civiles ucranios y soldados ucranios y rusos, de millones de huérfanos y viudas y exiliados y lisiados que, sumados, con mucho y de lejos y con diferencia rebasan las cifras ya de por sí espantosas de la carnicería en Gaza y el Líbano? Nada de lo que sorprenderse si se repara en la infame frase de otro artículo reciente en la que este otro valedor del Bicho del Kremlin equipara a los que invaden y atacan con los invadidos que se defienden: ¿Que Ucrania y Rusia intercambian ‘dronazos’ y ‘misilazos’ afirma usted, Daniel, y sin arrebolarse siquiera? ¿Pero cómo se atreve a soslayar la asimetría armamentística de los ofendidos que arremeten, con toda legitimidad, prácticamente sólo con drones mientras que sobre Ucrania llueven del cielo, allá sí, misiles y drones a diario y por decenas? Déjeme decirle que a usted, como a Petro con su Antonella tan sensata lo salva, de su en ocasiones militancia manifiesta, su hijo y tocayo. A quien le envío un abrazo constrictor junto con todo el respeto que me suscita su ecuanimidad.

 

Adenda(ss): pero media hora después, y como para que no quede la menor duda del volitivo soslayamiento, me topo con esta otra perla en otro artículo suyo: “Es abominable que un solo personaje tenga el poder de decidir y deteriorar la vida de millones de personas inocentes -recuerden a Gaza-…”, escribe Samper Pizano hablando de… averígüenlo ustedes mismos. Y si por azar dan con Ucrania y los ucranios entre los millones de personas inocentes cuyas vidas arruinó un maldito de apellido Putin, les pido el favor de que me suministren las coordenadas. Aunque tengo el pálpito de que van a perder el tiempo. Y sí que lo van a perder si, como yo, remontan el río de sus publicaciones en Cambio y descubren que en otra de sus columnas, mientras llama por su nombre al Carnicero de Gaza -de ‘homicida en serie’ lo califica-, al Bicho del Kremlin lo honra con un título como de fábula de Esopo –‘raposa mendaz’- cual si sus crímenes no fueran, hechas las sumas y las restas, más siniestros en número y especies que los de su compadre en el horror. Y gracias infinitas, estimado y admirado Daniel, maestro Samper Pizano, infinitas gracias por su español tan bello y por su escritura a un tiempo desenfadada y culta, sencilla y exigente: luminosa siempre.

 

1200. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…Desde la Segunda Guerra Mundial no habíamos padecido una crisis tan honda en materia de economía y de actividad bélica. Miles de inocentes han muerto en bombardeos, muchos de ellos, niños; el pánico financiero empobrece a millones y beneficia a unos pocos; la ruina de la naturaleza no se detiene y, por el contrario, avanza con mayor voracidad; la tensión de guerra flota en buena parte del orbe; la inseguridad frena los avances tecnológicos; las violaciones del derecho de gentes amenaza con convertir en papel mojado veintitrés siglos de códigos dedicados a forjar civilización; la glotonería plutocrática ha reemplazado el instinto humanitario y el sentido de la justicia.

La arrogancia de los ignorantes no conoce fronteras…” (Daniel Samper Pizano).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades enunciadas en la cita, son lo que me lleva a a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.