1151. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen Sánchez por Petro, Moncloa por Casa de Nariño y listo: “…En fin,
ganas de perder el tiempo y de crear cortinas de humo tóxico para que los
ciudadanos se distraigan y no se fijen más de lo debido (o sea, nada) en los
casos flagrantes de corrupción que rodean al Gobierno. El presidente Sánchez
odia muchas cosas […]: odia la sinceridad contrastada, odia la responsabilidad,
odia a los jueces independientes (de él), odia a los medios de comunicación que
no tiene domesticados a base de subvenciones y regalías, odia todo lo que puede
acortar su estancia en la Moncloa…”.
Adenda:
leo ‘Lucidez moral’ en The Objective; oigo a María Corina Machado denigrar a la
dichosa cumbre de autodenominados progresistas de abril de 2026 en Barcelona
celebrada dizque en defensa de la democracia y en contra de los embates de la
extrema derecha, con la que tan a gusto se sienten el filósofo español y la
política venezolana -léanlo y escúchenla para que comprendan-, y siente uno
ganas de ponerse a llorar o de en su defecto pegarse un tiro. ¿La democracia en
manos de -entre otras joyitas- Pedro Sánchez y Gustavo Petro, cada uno con su
cúmulo de escándalos de corrupción e impresentables prácticas politiqueras? ¿La
democracia en pluma y en boca de dos que sin reparos señalan y condenan los
pecados y excesos de la izquierda al tiempo que atenúa -él- y elogia -ella- los
de la derecha, ambas en feroz competencia por el primer puesto en la
destrucción del Estado de derecho y de lo muy plausible que de él se deriva? Me
enjugo los ojos con mi pañuelo blanco y dejo en su funda, de momento, la
pistola para no mancillarla con un motivo a fin de cuentas tan deleznable.
1152. Yo no: yo no me pliego, maestro Ricardo
Cayuela:
“…Hoy la
identidad es una trinchera, un cómodo parámetro desde donde juzgar y
protegerse. La humanidad dividida en tribus. Vivimos una época en donde todo el
mundo parece obligado a declararse parte de un grupo, inamovible en el tiempo,
un compartimento estanco al que se debe fidelidad y obediencia. Para la izquierda,
los grupos se conforman desde el victimismo. Para la derecha extrema, desde el
miedo. Toda una inmensa ficción que parte de creer que la identidad es algo
coherente y sólido, cuando se trata de un artificio, una sedimentación de
capas, influencias y contradicciones que no puede salvarnos del misterio de
estar vivos, que es individual. Con una agravante: no se pide obediencia a una
etérea abstracción sino a sus concretos (y aprovechados) vigilantes. […]
No somos
lo que decimos ser. No somos lo que defendemos. No somos siquiera lo que
creemos ser. Somos, más bien, el resultado siempre inacabado de fuerzas que nos
atraviesan: historia, cultura, voluntad, azar, fortuna. Bajo esos ropajes
impuestos, todos somos iguales. Convertir la identidad en destino es una forma
de renunciar a la vida…”
Ciego y
discapacitado claro que sí, pero prácticamente al margen -y no por mi voluntad-
de dichas “comunidades”; ateo convencido, si bien panteísta, pero sin cófrades
en una cosa ni en la otra; ninfulómano literario y por rebeldía, y defensor a
ultranza de las trabazones venéreas entre cualesquiera dos o tres o más que
resuelvan gozarse mutuamente; odiador solitario de los malditos de la política
y la religión y de toda bazofia humana que no merezca misericordia ni contemplaciones
de ninguna índole; militante apartidista de todo lo que abarca el centro del
espectro político y votante sempiternamente frustrado de quienes lo
representan; despreciador sin cortapisas de la tabarra de las feminastys
y admirador y enamorado del tesón y la entereza de prácticamente todas las
demás mujeres, que en tantas ocasiones tan sumamente mal parados nos dejan a
los varones; propugnador de una más que convicción personal según la cual los
derechos de los animales, tan superiores a nosotros en tantos sentidos,
deberían prevalecer frente a los nuestros en razón de su fragilidad y
desvalimiento… Y yo, ¿qué más le digo? Por de pronto, que celebro conocerlo.
1153. Me habla Granés -qué dicha volvérmelo a topar,
maestro-, en ‘Preferiría no hacerlo’, de los Bartleby contemporáneos y a mí me
asalta cuando menos una duda. ¿Creen Daniel Gascón y usted que bajo esa
denominación caben todos los que, de una o de muchas formas, “renuncian” a las
imposiciones del presente? ¿No les parece que media una gran diferencia entre
el perezoso y desidioso a secas y el que, conscientemente, se resiste a
emprender -léase crear empresa-, o a viajar por placer -displacer para los
lugareños del paraje asolado-, o a consumir y acumular, o a infestarlo todo con
su presencia innecesaria, o a dar likes por doquier y a “seguir” en las redes
al bobazo de moda, o a aspirar y mucho menos intentar convertirse en un Forbes,
o a escribir y publicar, componer y estrenar, pintar o esculpir y exponer? Mi
pregunta es retórica puesto que del original e inmortal desconocemos por
completo las razones de su apatía o de su rebeldía, de su apatía rebelde o de
su rebeldía apática. Dios sabe que si las conociéramos no estaríamos ante un
clásico sino, quizás, ante un libro más o, por qué no, ante un bodrio.
1154. Si, como explica Granés en otro de sus lúcidos
artículos ‘Gobernar es distraer’, el primer grado de la culpa no es achacable
al Petro o el Trump, al Netanyahu o el Putin, a la Rodríguez o a la Sheinbaum,
a la Murillo o a la Mugabe que lo ponen en marcha sino a la prensa que, ingenua
o servil, se presta para que los populistas y los sanguinarios se salgan con la
suya; a la academia, que tendría que llamar al orden a la prensa y poner sobre
aviso a la ciudadanía; y, antes que nada y primero que todo, a los ciudadanos. Que
deberían fiscalizar el poder en su conjunto: el de la academia, para que se
mantenga independiente y crítica y no se amanguale con nadie; el de la prensa,
para que investigue y denuncie y no les sirva de caja de resonancia o de
escondrijo a los sinvergüenzas que “gobiernan”; y al ejecutivo y el legislativo
y el judicial, a fin de que honren las funciones que la Constitución les delega
y se preserven así los pesos y los contrapesos sobre que se erige la
democracia.
Adenda:
desde luego que cuando escribo esto no pienso en republiquetas del desdichado
sur global por el estilo de esta donde todavía vivo, y por descontado que
tampoco en la suicida que preside un tal Trump; sí en algunas nórdicas, que
hasta la fecha no abdican de la sensatez de no flirtear con las extremas del
modo en que tristemente lo viene haciendo Suecia desde 2022.
1155. Medioevo Científico y Tecnológico:
“Hay una
guerra que no ocupa titulares de prensa: el mundo actual está en guerra contra
la Ilustración y buena parte de lo que ella hizo posible. […]
La
televisión fue el primer ensayo de regresión cómoda. Podía enseñar, divulgar,
abrir ventanas; pero también introdujo una tendencia tóxica: el reemplazo del
esfuerzo por la recepción pasiva. Ya no era imprescindible leer una página,
subrayar, imaginar la escena o la idea. Bastaba con sentarse y mirar. La
televisión se llenó de espectáculo, sentimentalismo fácil, información troceada
y publicidad encubierta para espectadores perezosos o apresurados. Dejamos de
aprender el mundo y empezamos a consumirlo.
Aquella
televisión, al menos, tenía horarios. Había un momento en que se apagaba. Pero
llegaron las redes sociales y el teléfono móvil, y ahí se estableció el
mecanismo perfecto. No porque la tecnología sea perversa, sino porque puso en
manos de una especie intelectualmente indisciplinada la herramienta para su
propia regresión, e incluso destrucción. Nunca hubo tanto acceso al
conocimiento ilustrado, ni tan poca voluntad de usarlo. Llevamos en el bolsillo
tres mil años de pensamiento, arte, ciencia, filosofía, historia, literatura,
jurisprudencia, música y memoria: y sin embargo lo empleamos para insultar a
desconocidos, compartir mentiras, manifestar nuestra frivolidad y recibir
descargas de placer instantáneo mientras el cerebro se acostumbra a no sostener
una idea más de ocho segundos seguidos.
El
teléfono móvil se ha convertido en símbolo de nuestra contradicción, por el
contraste obsceno entre sus posibilidades y el uso que le damos: biblioteca
universal convertida en sonajero, memoria impresionante de una civilización
reducida a máquina de dopamina. Es la prueba de que el problema no era la falta
de medios, sino de ganas. El móvil no es causa de la estupidez; sólo desvela
hasta qué punto la preferimos cuando viene cómoda y socialmente digerible. Aquí
es donde apunta la amarga verdad, porque el peor enemigo actual de la
Ilustración no es sólo el fanático religioso, ni el dictador, ni el populista,
ni el comisario político; es el ciudadano que presume de saberlo todo mientras
engulle propaganda adecuada a sus prejuicios; el que vocea indignado mientras
acepta que lo sodomicen -metafóricamente o no- con la mansedumbre de un cerdo
en el matadero. El que se queja de los políticos, los medios, el sistema, la
manipulación y la decadencia cultural mientras dedica su tiempo y su voto a
premiar exactamente todo eso. Ahí está la podredumbre principal: no en los
tiranos que hacen su trabajo de tiranos, ni en los fanáticos que hacen su
trabajo de fanáticos, ni en los charlatanes que jamás fingieron ser otra cosa.
El problema está en la mansedumbre voluntaria, analfabeta, del hombre
corriente.
Y claro
que hay manipulación; siempre la hubo: en los púlpitos, en las cancillerías, en
los periódicos, en los manuales escolares, en las guerras, en la publicidad, en
la liturgia patriótica o antipatriótica. El problema no es ése, sino la demanda
masiva de manipulación consumible. Abrazamos la mentira cuando viene bien
empaquetada, coincide con lo que creíamos antes y nos ahorra el trabajo de
pensar. El ciudadano no es víctima inocente, sino consumidor voraz de relatos
narcóticos: prefiere los que le anestesian la duda. Por eso engordan los
enemigos de la razón; no porque sean inteligentes, sino porque han descubierto
que la complejidad aburre y la consigna alivia, que sumarse a una tribu
proporciona consuelo y gratificación inmediata. Basta con aprender el
catecismo, repetir fórmulas, señalar al enemigo común y disfrutar la cálida
necesidad de pertenencia…” (Arturo Pérez-Reverte).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio
y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento
sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades descritas
en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda
Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación)
al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
1156. A mí qué me importa que para nadie en los
círculos literarios el nombre Alejandro Sawa Martínez signifique nada si su yo
rugiente es, desde que lo oí atronar con el poder de una revelación, uno de mis
referentes autobiográficos más alucinantes a la par que un carnal de papel -los
únicos que me van quedando-. Aquí lo tengo, frente a mí sentado y listo para leerme
en voz alta apenas cinco de las muchas verdades de ese ideario suyo que, entre
atónito y jubiloso, fui juntando a medida que me adentraba en sus Iluminaciones
en la sombra. Que tanto me dijeron de tantos aspectos de la perra vida mas nada
-¿o sí?- de mi yo presente y sus circunstancias tan atípicas: “Yo quisiera
pensar siempre, siempre, en temas que fueran motivo de regocijo. Demócrito se
me antoja superior a Heráclito, e insistentemente he creído siempre que la risa
debería ser más propia del hombre que el llanto. Pero Dios no lo quiere, los
hombres no lo consienten, y allá vamos peregrinos de lo desconocido durante
todo el tiempo que empleamos en reconocer la carretera De la vida, huérfanos de
la ilusión, al salir de los rosados limbos de la adolescencia, viudos de todos
los amores apenas llegados a la sazón de amar; allá vamos acariciados o
azotados por brisas o ciclones hacia el tremendo misterio de la muerte, con la
inconsciencia y la desaprensión con que los átomos se desprenden, se ayuntan,
se combinan y se disgregan en las alquimias vertiginosas de la Naturaleza. Por
eso, quizás, en la última página de los libros eternos, hay una lágrima
perenemente viva, bien visible para los que saben leer, y el legado de los
siglos puede expresarse con algunos bostezos, muchas imprecaciones e
innumerables sollozos. La vida es el dolor, y toda emoción estética no es bella
sino porque ahoga momentáneamente un quejido de la carne.” “Y así sigue,
interminable y medrosa, la lúgubre teoría de noticias desoladas en los periódicos:
‘Los suicidios de ayer’. ‘Accidentes del trabajo’, ‘los dramas del amor’, ‘el
hambre en la India’, ‘choque de trenes’, ‘herido a martillazos’, ‘la guerra en
Marruecos’, ‘obreros sin trabajo’… Y eso es así, y eso viene siendo así, desde
el momento inicial de las edades. Nacer es triste; vivir es cosa amarga;
espantoso, morir. ¿De qué lóbulo cerebral de más o menos están armados esos
hombres que sólo aciertan a ver el lado cómico de las cosas y que oponen al
duelo la carcajada y la pirueta al desastre? ¿Serán ellos los únicos seres
cuerdos de la existencia, sin otra contrariedad que la de verse obligados a
convivir con nosotros en el vasto manicomio de la vida?” “Pido a Dios, si lo
hay, tres cosas; y si no quisiera concederme sino una, le pediría fe. Fe,
aunque me obligaran a vivir en un estercolero; fe, aunque los gusanos
destruyeran mi cuerpo en vida; fe, aunque los hombres me escupieran en la cara
al encontrarme por la calle; fe, aunque mi cuerpo fuera patria de la enfermedad
y mi alma corte de la idiotez; fe, fe, fe. Fe en Dios; fe en su justicia
infinita; fe en la Tierra y en el cielo.” “Murió de hambre. Un hermano nuestro
ha muerto de hambre, en Madrid, en pleno día, sobre el empedrado de la calle.
Esta noticia es de ayer, pero lo mismo podría ser de la víspera, o de la
antevíspera, o de hace un mes, o ciento. La fiera tiene su cubil y su ración de
carne palpitante; pero hay en estas sociedades que se llaman a sí propias
civilizadas hombres que carecen de un boquete bajo techado en que cobijarse y
que, faltos de todo, se acuestan donde los perros vagabundos repugnarían
hacerlo, y viven -mueren, ¿no sería mejor?- de lo que sería un detritus hasta
para gusanos que surgen y se regodean en los cuerpos muertos. ¡Pobres
transeúntes de la vida, consagrados reyes de la creación por decreto de la
historia natural que enseñan en los colegios, y destituidos de cuantos derechos
alcanzan a los micos!” “Aquí, en nuestro miserable mundo ideológico, no nos
ocupamos de nada que no sea la infecciosa política, en lo que tiene de más
infecto, en su aspecto personal. Los grandes hombres reconocidos y aclamados
por la opinión no son, en la mayoría de los casos, los inventores ni los
artistas, sino los matones del Parlamento, los barateros de la vida pública,
los picados de verborragia, y no ayudados de verdadera inspiración, tienen
bastante resistencia en los pulmones y suficiente caquexia en los órganos
reflexivos para hablar cuatro horas seguidas de lo divino y de lo humano, sin
solución de continuidad alguna. […] Es que aquí, preciso es decirlo, la
política es un negocio, la religión una estafa, la interpretación de las leyes
una industria. Es que aquí, y como aquí en todas partes […], ser ministro, ser
personaje oficial, voluntad directiva, es habitar en palacio, tener muchas
queridas, tragarse una vaca para almorzar y toda la pesca del Cantábrico para
comer, en colaboración con otros personajes oficiales; es pasear en coche,
hurtar por merodeos o por asaltos, hurtar, como quiera que sea, fueros a la
conciencia, derechos a la dignidad humana, si dignidad y conciencia se resisten
a las rapiñas, a los espolios de las clases directoras. Es que aquí, esos
hombres políticos, todos esos hombres políticos, los de la derecha y los de la
izquierda y los del centro, en su grosera farsa de sistema representativo, han
conferido al pueblo el papel de histrión, y se divierten tirándole a la cara
palabras nuevas, neologismos que gotean lodo, y tratando de hacerle creer que
esas palabras, esos neologismos son reformas verdaderas y enérgicas reformas
[…]. Pero vamos a cuentas, y hagamos el proceso. Aquí todos, todos los que os
tituláis, ¡farsantes!, amigos del pueblo, ¿qué habéis hecho por él? […] Lo
habéis abandonado. ¿Qué venís a pedirle ahora? ¿Nuevos sacrificios humanos?
¿Más sangre ante vuestras aras? ¿Una nueva revolución política? ¿Y para qué?
¿Para que seáis ministros, y gobernadores, y banqueros, y volver a emprender el
trabajo de colocar nombres nuevos a las cosas y proseguir vuestra inicua
comedia de gobernación?”
Adenda:
urge que los profesores dejen de perder el tiempo y se pongan a trabajar ahora
sí con seriedad en la preparación de sus estudiantes para tiempos que anuncian
guerras y sufrimientos peores que los que hoy conoce el mundo, y lo primero es
su comprensión. Que pasa, no necesaria mas sí idealmente, por la literatura. Y
no por cualquier tipo de literatura, sino por uno capaz de arrancar a los
muchachos, ojalá de un tirón, del marasmo intelectual en que los tienen sumidos
la tecnología y la indiferencia de los que tendrían que contrarrestar con
crianza y educación los efectos más indeseables de la revolución tecnológica.
De manera que a soltar el puto celular y ¡a leer -a Sawa, a Céline- que son dos
días!
1157. Dígamelo a mí, maestro Levi, Primo hermano,
que tengo un doctorado honoris causa en la materia; que la única época que
recuerdo -precisamente porque no la recuerdo ¿en absoluto?- al margen de
semejante parásito destructor es la anterior al lenguaje articulado; que, en
fin, sé muy por experiencia propia de qué va el asunto:
“Todos
conocemos la angustia desde la infancia y todos sabemos que muchas veces es
incomprensible, indiferenciada, es raro que lleve una etiqueta escrita con
claridad designando su causa; cuando la lleva, suele ser mentirosa, podemos
creernos y declararnos angustiados por un motivo, y que sea por otro: creer que
sufrimos por el futuro y, en lugar de ello, sufrir por nuestro pasado; creer
que sufrimos por los demás, por compasión, por ‘simpatía’, y en lugar de ello
sufrir por motivos propios, más o menos profundos, más o menos confesables o
confesados; a veces tan profundos que sólo el especialista, el analista de las
almas, puede desentrañarlos.”
Cuarenta
y cinco años mal contados han pasado desde que empecé a convivir con una
angustia que rara vez da respiro y lugar para unas horas de sosiego y serenidad
que, si los vendieran, pagaría al precio que fuera. Y de entre todo lo muy malo
y perjudicial de semejante tiranía silenciosa, la comprobación de que un
noventa por ciento de las razones recurrentes por las que me he torturado jamás
se materializaron o, si se materializaron, lo hicieron cuando los motivos del
sufrimiento eran otros: la muerte de Orfi viene acaeciendo desde que, a mis
tres o cuatro años, es decir antes de que empezara la escuela, ella cogía un
resfriado o una gripa o se enfermaba de cualquier cosa y yo, para que no se me
fuera a morir, me tumbaba a su lado hasta que se aliviaba; mi papá nunca le
prendió fuego, en medio de una borrachera, a la casa o el apartamento minúsculo
en que a la sazón viviéramos; no nos quedamos huérfanos los tres hijos y por
ende jamás me separaron de mi Dianita, es decir de mi hermadre; hasta la fecha
no me he quedado impotente ni se me han infartado los riñones ni un derrame me
ha dejado postrado y sin lenguaje ni he contraído ninguna venérea ni me han
diagnosticado un cáncer ni me he visto reducido a una silla de ruedas y mucho
menos me he quedado cuadripléjico; ni mi Tita ni ninguno de mis gatos de
Mariquita se me han perdido irremediablemente… En cambio, se me murieron mi
hija y mi hermana y mi Sandrita tan a destiempo que jamás o muy poco me
atormenté a priori; la escasez presente de amigos de seis letras y
posibilidades venéreas poco contaban entre mis angustias futuras; temer que se
me fuera a secar la suerte laboral y que por consiguiente me fuera a ver
privado de la presencia de mojachas y muchachos, de estudiantes interesantes de
todas las edades con los que alternar y ojalá intimar, parecía cosa superada;
ninguna de las mujeres que he querido con encéfalo y entrañas me ha
traicionado, que yo sepa, con un amigo suyo o mío o me ha abandonado sin justa
causa; en los cuarenta años que llevo desafiando el salvajismo de las calles y
los espacios públicos de Bogotá y Mariquita no he sufrido un accidente de los
que dejan secuelas de por vida y, de los que he sufrido, he salido indemne… ¿Mi
angustia actual? Con mucho, que la Colombia que se apresta a elegir presidente
y gobierno opte por el suicidio de perpetuar en el poder a la extrema izquierda
que con éxito comenzó a forjar, en 2022, su prospecto de dictadura-distopía que
de facto la hermane con la venezolana, la nicaragüense y la cubana. Posibilidad
más que factible de la que se deriva otra angustia aún mayor: la de tener que
desarraigarme y exiliarme en un país -Costa Rica, Uruguay- en el que,
injustamente pues si de algo yo nací curado es del espanto de la xenofobia, se
me haga sentir extranjero e incluso invasor. Eso se lo merecen mi hermano y
todos los que, como él, culpan acá a los venezolanos de desgracias y flagelos
que siempre hemos padecido mas no los que nos reivindicamos, porque lo
propugnamos, defensores del cosmopolitismo.
1158. ¿Comprenden ahora por qué estoy dispuesto a
votar por Abelardo de la Espriella caso de que sea él y no Paloma Valencia quien
se dispute en la segunda vuelta la presidencia con Iván Cepeda, valedor del
terrorismo de izquierdas y soslayador de la corrupción sin precedentes del
petrismo?: “…a veces, la virtud está en el matiz, en el distingo, en el justo
medio. Pero no siempre. Dante confinó en el rincón más oscuro de su infierno a
los ‘ignavi’, los tibios, aquellos que, en tiempos de crisis profunda, no toman
partido, se ponen de perfil, se hacen los suecos; el problema consiste en
definir qué es una crisis profunda, lo que a menudo no es fácil…”
Porque,
si votara en blanco como casi siempre me toca hacer en las segundas vueltas,
cabe la posibilidad de que gane el fanático sereno designado por Petro para que
apuntale la dictadura con que él y sus correligionarios sueñan desde antiguo y
lo que nos va quedando de sistema de salud desaparezca y las instituciones
democráticas que todavía resisten los pescozones incompasivos del chusmero y
sus alfiles se derrumben o sucumban, a cambio de corrupción, a los requiebros
del castrochavismo vernáculo y la economía se anquilose y muera de resultas del
resentimiento vengativo de una camarilla de inhábiles y venales como nunca se
han visto y de las libertades individuales no quede sino el recuerdo y el
sistema electoral actual le dé paso a una suerte de farsa democrática por el
estilo de la rusa y, en fin, me toque desarraigarme y exiliarme en algún país
al que hoy no iría ni en calidad de turista y en donde recibiría el tratamiento
de advenedizo o de invasor que hoy se les prodiga a los venezolanos en
particular y en general a todos los emigrantes de bien pero pobres. Aclaro que
si me viera obligado a votar por la extrema derecha encarnada por de la
Espriella, lo haría con la nariz tapada y muchísima pesadumbre en el corazón,
si bien con la conciencia de que entre dos males la mar de perniciosos se debe,
en ocasiones, atajar al peor. Y Cepeda sí que lo es.
1159. ¿Que “la izquierda que solo culpa al
adversario está condenada a diluirse” asegura usted, decente y respetable
Boric? Tal vez sea por eso por lo que hoy el castrismo, el orteguismo y el
castrochavismo no son otra cosa que recuerdos-pesadilla que los cubanos, los
nicaragüenses y los venezolanos de bien no están dispuestos a resucitar
nuevamente y, si me apura, gozosos estarían de tributarle sus vidas a la
defensa de las democracias ejemplares por las que en la actualidad se rigen.
Adenda:
el total acierto de sus palabras me quita un peso tremendo de encima: el
petrismo tiene, y para siempre, sus días contados en la Casa de Nariño.
1160. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…La
compasión gozó en ocasiones de buena reputación, pero su aura se desvanece hoy
ante nuestros ojos. […]
En una
llamativa voltereta cultural, una nueva corriente intenta arrojar la empatía al
sótano tenebroso de todos los males. […] Durante la última década, su
descrédito ha avanzado en paralelo al auge del odio. Fogosos, los partidarios
del puñetazo en la mesa nos explican cosas: los derechos humanos son
decadentes; no dejes para mañana a quien puedas deportar hoy; la diversidad no
es divertida; la paz es un delirio de biempensantes; la justicia social,
coartada para envidiosos; las ayudas públicas, nidos de parásitos. […]
Hoy, el
hombre más rico del planeta afirma que preocuparse por los demás se ha
desbocado hasta el punto de rozar lo autodestructivo. Nuestro derroche de
empatía -sostiene- está conduciendo al suicidio de la civilización. […]
Ciertos
magnates prometen hoy un futuro resplandeciente en Marte, escoltados por robots
y cohetes, cuando la Tierra quede desahuciada. Mientras tanto, rechazan
encarnizadamente los avances cotidianos para las personas a su alrededor:
insignificancias como mejores condiciones laborales o servicios públicos bien
financiados. El dorado porvenir de la especie tiene más glamour que las
necesidades de los habitantes de intemperies. El cometido de salvarnos a todos
les despierta pasión, pero escasa compasión. Tal vez ahí encontremos la
verdadera paradoja de la empatía: puede ser fácil amar a la humanidad, lo
difícil es amar al prójimo” (Irene Vallejo).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la
realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1161. ¿Que por qué nunca, nadie, nunca nadie decente
de lo más mesurado y tibio del espectro político gana las elecciones
presidenciales en este país? La culpa, que quede claro, no es de los que
teatralizan para sacar réditos y encumbrarse al poder para intentar no soltarlo
en lo sucesivo, sea en primera persona o a través de un testaferro, sino del
grueso de los votantes y de los que se abstienen -no de quejarse
sempiternamente-, pues son ellos los que suscriben la mojiganga y les dan a los
bufones que la protagonizan carta blanca para que no dejen, bajo ningún
concepto, por ningún motivo, de hacerlo puesto que eso de la seriedad y el
rigor en el gobierno y en donde sea es demasiado tedioso para que se lo ensaye
siquiera:
“…La
violencia colombiana es incesante e incesantemente manipulable. Y es verdad que
no hay nada nuevo en eso, por supuesto, pero también es verdad que hay vínculos
secretos o poco evidentes entre la puesta en escena de las amenazas de
violencia y la temperatura de nuestra conversación política, o eso que pasa por
conversación política en este país de matones que admira a los violentos,
aplaude a los que más gritan o vociferan y desprecia a los que ofrecen razón,
serenidad y propuestas. No, la serenidad no vende: como estamos enfermos de
violencia, vende la violencia de las palabras y los gestos, las reinas de
belleza que juegan a pegarle un tiro al político que no les gusta, los
candidatos que juegan a decir que van a dar balín o chumbimba o que van a
destripar a la izquierda o que se hacen populares de un día para el otro sólo
por salir armados a la calle. Todo es aterrador, claro, pero al mismo tiempo
patético, porque todo es una performance. El miedo es real, el miedo tiene todo
el derecho de existir, porque los violentos están allá afuera y siempre han
matado y continuarán matando: por razones que no es fácil resumir -que van
desde nuestra historia a nuestro temperamento- matar es fácil en Colombia. Pero
que el miedo sea real no quiere decir que no esté fundamentalmente viciada nuestra
relación política con él.
El
exhibicionismo de la violencia es uno de los síntomas del envilecimiento
general de esta sociedad que lleva tantos años envilecida: la han envilecido
los diversos ejércitos de esta guerra eterna, que han dejado muertos en cada
metro cuadrado del país a lo largo de los últimos 60 años, y la ha envilecido
el negocio de la droga, que ya lleva tanto tiempo entre nosotros que ha logrado
corromperlo todo: la política, desde luego, pero sobre todo la integridad, los
intentos que hacen muchos por llevar una vida honesta, el carácter inviolable
de la vida ajena, todo eso que antes llamábamos valores. […]
Lo que
quiero decir es que la violencia o la posibilidad de la violencia es un
espectáculo cotidiano: todos los días aparece, todos los días interviene en
nuestra conversación y nuestra vida, y nos anestesia. En Colombia se amenaza de
muerte con una facilidad pasmosa […] y las amenazas se cumplen con lamentable
frecuencia. Nadie se escandaliza, realmente. Prosperan los negocios de seguridad,
las camionetas blindadas, los guardaespaldas. Y algunos ven todo esto incluso
como síntoma de estatus. Forma parte de nuestra escenografía: la obra de teatro
de la violencia colombiana, que, lamentablemente, nada tiene de teatral.
Y ahí
vamos nosotros, los que nos pasamos la vida mirando al pasado para tratar de
entenderlo: tratamos también de entender si algún día dejaremos de matarnos o
de desear o tolerar la muerte de otro. Y no hay respuesta…”
Sí que
la hay, admirado y estimado Juan Gabriel, sí que la hay: el día en que el
grueso de esos colombianos que por acción u omisión resuelven quién gobierna
entiendan que con los Cepeda y los de la Espriella el país está condenado a más
de lo mismo, al odio faccioso de los extremistas de derecha de las iglesias
cristianas contra los extremistas de izquierda de tantas facultades de campus
públicos y viceversa, las pistolas se van a silenciar y las minas quiebrapatas
a desactivar y las declaraciones y discursos políticos a temperar. Claro que
antes de asistir a semejante prodigio humano, los colombianos y el mundo entero
habrán de hacer acopio de paciencia porque primero ganará un Mundial la
Selección Colombia y un connacional recibirá el primer Nobel en ciencias y la
humanidad que a la sazón asuele lo que quede del planeta verá por fin cómo
sobreviene la parusía. Motivos hay para un optimismo moderado, aunque optimismo
a fin de cuentas.
1162. “…Pues bien, nosotros vamos pasito a pasito
hacia un futuro semejante. Hacia esa aberración sin paliativos. La derecha
lleva años bombardeando la sanidad pública, destruyendo el sistema, potenciando
una sanidad privada que puede coexistir perfectamente con la pública y hasta
ser provechosa, pero no si se la hace crecer a costa de nuestro sistema de salud
y además con trucos indecentes”: ay si supieras, estimada y admirada Rosita (y
lo inadmisible es que quizá tú y demasiados más que se reclaman de izquierdas
no se enteran porque no quieren enterarse), que aquí en Colombia marchamos,
desde agosto de 2022, y no pasito a pasito sino a zancada viva, hacia un futuro
que ya es el presente aterrador de ver cómo en escasos cuatro años la izquierda
de la ira y el resentimiento se las arregló para bombardear y destruir un
sistema de salud cuyos fallos se habrían podido convertir, con medidas la mar
de sencillas y pragmáticas, en más de las bondades y la eficiencia de que jamás
anduvo escaso. Pero resulta que la mara que nos gobierna, parapetada tras el
infundio de que su propósito consistía en estatizar la salud para mejorar la
atención y llevarla a los muchos lugares donde hoy no llega, le declaró una
guerra sin cuartel al sector privado que participa en el negocio -porque lo es-
y no para desmontarlo sino para quedarse con él y robarse, no ya parte de los
recursos sino hasta el último peso destinado a la salud y no mediante, como
dices que sucede en España, trucos indecentes sino con dolo y haciendo alarde
de un cinismo y una desvergüenza trumpistas. Porque déjame decirte, hablando de
todo un poco, que si un historiador de los objetivos -quiero decir al margen de
sectarismos políticos- se propusiera mañana establecer un parangón
pormenorizado de la debacle de toda índole que les han supuesto a Colombia y
los Estados Unidos Petro y el petrismo y Trump y el trumpismo respectivamente,
el estudioso y sus lectores se asombrarían ante la cantidad y la magnitud de
las similitudes y, a la postre, de la ingenuidad estúpida de quienes por ellos
votaron de buena fe: la bellaquería de sus conmilitones es otra cosa.
1163. ¿Que en Las mil y una noches llaman a la
muerte “ladrona de dulzuras”? Acertado si a quien la parca se lleva es, entre
otras y verbigracia, a una persona jóven y pletórica de ganas de vivir,
enamorada por primera vez y con sus sueños intactos. ¿Pero -apenas por decir
algo- a un prostático e impotente y feo y arruinado y viejo y amargado? ¿O a un
comatoso o a otros postrados en mayor estado de desgracia, por aquello de la
conciencia? En ésos y en casos iguales -o hasta más infamantes- yo a Ella la
llamaría -y me quedo corto- ‘restituidora de dignidades’.
1164. ¿Qué se le agrega a la completitud?: “…Hay
simplificaciones tan chirriantes que hieren los oídos, por el nivel de
desconocimiento que encierran. Por desgracia el ser humano posee una vertiente
depredadora y feroz. Todo poder tiende de forma natural a explotar y aplastar
al más débil. El invento genial de la democracia consiste precisamente en esa
comprensión pesimista del alma humana, en saber que el poder anhela ser eterno
y absoluto, y que por eso hay que fragmentarlo y repartirlo lo más posible para
contenerlo. O sea que sí, claro que sí, los aztecas y los mayas y los incas y
los caribes han sojuzgado y abusado, pero también los españoles, los ingleses,
los japoneses, los persas, los asirios, los cartagineses, los zulúes, los
hunos, los cosacos, los otomanos, los tártaros, los almorávides, los aqueos y
toda la absoluta infinidad de pueblos que han habitado este trágico planeta.
Así que, en lo moral, ninguna superioridad de nadie, por desgracia. […] Cuánto mejor
sería que empezáramos a pedirnos perdón unos a otros”: que, cuando los
quintacolumnistas que zapan sin descanso las democracias de Occidente en que
tan cómodos viven y medran estén muertos muy muertos, quienes padezcan las
inclemencias del imperio rusochino o chino serán generaciones que nada o en
cualquier caso muy poca participación habrán tenido en la miope traición de
estos bellacos.
1165. Les aseguro que yo, que a diferencia de una
mayoría de los estudiantes y los profesores de Comunicación Social y Periodismo
sí tengo por costumbre leer periódicos e informarme convenientemente en muy
distintos canales de televisión y estaciones de radio, poseo conocimientos
mucho más solventes que los más de ellos en relación con lo que aprenden y
enseñan, y no se diga tras esta clase magistral cuyo impartidor jamás me vio,
paradójica e inexplicablemente, ante sí sentado:
“…La
diferencia entre los géneros -expresada mediante epígrafes, estilo de
titulación o códigos tipográficos- constituye una garantía para los lectores,
que pueden así saber qué grado de presencia del yo hallarán en cada texto, y
filtrar el tipo de subjetividad al que se van a enfrentar: desde el grado cero
teórico de una noticia en la que se cuentan meros hechos y datos, hasta el
grado diez de una tribuna. En esta escala gradual de menor a mayor influencia
del yo se insertan el reportaje, la crónica, el análisis, la crítica… De ese
modo, el público puede bajar la guardia ante una noticia, que excluye opiniones
o interpretaciones, pero la sube ante una columna que representa el libérrimo
criterio de su autor. […]
Los
géneros periodísticos se dividen en tres grandes apartados: la información
(noticias, documentación, entrevistas de declaraciones, reportajes
informativos), la interpretación (la crónica, la entrevista-perfil, el perfil,
el reportaje interpretativo, el análisis) y la opinión (críticas, columnas,
tribunas, editoriales). En la información priman los hechos. En la
interpretación prima el marco en el que suceden los hechos. En la opinión prima
el juicio que nos merecen los hechos.
La
noticia es información sin interpretación; la documentación aporta
antecedentes; la entrevista de declaraciones resume fielmente una conversación;
el reportaje informativo consiste en describir sin interpretar; la crónica, en
interpretar sin juzgar; la entrevista-perfil ofrece un diálogo con
interpretación; el perfil contiene interpretación y descripción (pero sin
juicios de valor); el análisis, interpretación basada en información; la
crítica es el elogio o censura de unas obras, pero no de su autor como persona;
y el artículo, la columna, la tribuna y el editorial incluyen opinión y
juicios…”
Ahora:
que si las universidades vernáculas que “forman” periodistas piensan que
desbarro y exagero, que me llamen que yo, gustoso, les elaboro, gratis, unos
cuantos exámenes para que evalúen, antes que a los estudiantes próximos a
graduarse, a sus profesores y de ese modo entiendan el porqué de la ínfima
calidad no sólo de los comunicadores que gradúan sino, entrados en gastos, la
del universitario medio de tantas partes y nacionalidades que merecería, todo
lo más, el título de ‘obrero calificado’ en esto o en lo otro. El aún muy joven
y estudioso y brillante Lucas Sampedro Vernaza constituye, junto con los de su
condición, la luz al final del túnel (de)formativo.
Adenda:
pero como sé -tan tonto no soy- que la excelencia y el rigor académicos ralean
-y jamás van a dejar de hacerlo- aquí y allá, les envío un saludo afectuoso y
gratitud infinita a los maestros y grandes profesores que, como Ramón Almela
Pérez y Daniel Pérez Utzinger -con su formidable ‘Textos periodísticos en
español y traducidos al latín’-, educan mediante el ejemplo de su vocación
docente e incesantes estudio y aprendizaje.
1166. Déjeme le cuento, gran Juanjo: convencido como
estoy (y no por capricho sino con el conocimiento de causa que me otorgan la
ceguera congénita y la subsiguiente dependencia de la solidaridad ajena) de que
el instinto materno se reparte por igual entre mujeres y hombres, me di a la
tarea, hace aproximadamente un par de meses , de llevar una cuenta
pormenorizada de las personas que, no contrariadas si no lo hacen sino de las
gustosas de hacerlo, acuden a mis llamados de ayuda en la calle y en otros
espacios o, mejor aún, a ellos se anticipan deseosas de poder servir. Los
resultados parciales quizá lo sorprendan a usted y a todos los que, consciente
o inconscientemente, ubican la compasión material -llamémosla- del lado de
quien aquí la encarna -si bien de forma etérea- y de sus congéneres:
“En La
conversación, esa extraordinaria película de Coppola, una pareja pasea por un
parque cuando ella se detiene frente a un mendigo tirado en un banco y dice que
cada vez que ve a alguien así no puede evitar pensar que fue un niño querido,
alguien al que sus padres abrazaron, alguien que tuvo un lugar en el mundo.
‘Dónde están ahora sus padres, dónde está su familia’, se pregunta. A lo que el
hombre responde que durante una huelga de prensa, en Nueva York, murieron de
frío decenas de mendigos que solían cubrirse con periódicos. Pero lo dice como
a efectos estadísticos.
A mí esa
escena me rompe el alma, como si me obligara a elegir entre dos modos de estar
en el mundo: el de la mujer, que rescata al mendigo del presente y lo devuelve
a su pasado, donde alguien lo quiso, y el del hombre, que lo arranca de su
biografía y lo introduce en una cifra. Yo oscilo entre ambas posiciones con una
facilidad que me incomoda. Hay días en los que me descubro mirando a un
desconocido con la piedad activa de la mujer. Intento imaginar su infancia, su
nombre, la manera en que su madre lo llamaba para cenar. Y hay otros en los
que, sin darme cuenta, lo reduzco a una categoría, a una palabra, a un recuento
que cabría en una línea de periódico.
Lo malo
es que el mundo, si se mira bien, está hecho de esas dos sustancias: la
historia irrepetible y la cifra. El mismo cuerpo que alguien acunó es el que
aparece después en un inventario de la morgue. El mismo nombre que fue
pronunciado con ternura acaba diluido en un número manejable, tranquilizador.
Cuando paso junto a alguien que duerme en la calle, no sé muy bien a quién veo,
si al niño que fue o al dato en el que lo hemos convertido. Y en esa vacilación
hay algo más que una duda moral: hay una forma de vértigo. Porque si el
tránsito de una condición a otra es posible (si se puede pasar de ser historia
a ser mera estadística), ninguno de nosotros está del todo a salvo.”
Imaginemos,
usted el maestro y yo su lector y aprendiz, que la mujer y el hombre fílmicos
pasan un día cualquiera por mi lado mientras espero a que alguien me ofrezca su
ayuda para cruzar una carretera bastante transitada; que ambos reparan en mí y
siguen de largo charlando animadamente pero no de lo que venían hablando sino
de la congoja que ella siente cuando se topa a un ciego por la calle; de las
mil veces que, cerrando los ojos, ha intentado sin éxito figurarse la ceguera
física y del gran sufrimiento que debe embargar a mi madre y a quien me ame
cada vez que salgo solo de casa; a lo que su amigo, bien dateado, le refiere
cuántos ciegos somos en el perro mundo y cuántos nacen y mueren y se suicidan a
diario. Compárelos ahora con una pareja de carne y hueso que hará unos treinta
y cinco años me dio una lección de mezquindad o de pragmatismo -él- y de una
generosidad inusitada -ella- en ese y en cualquier tiempo.
Era un
domingo por la noche y yo, tras jugar fútbol con mis amigos ciegos, me dirigía,
cagado del susto y de la angustia de que me pasara algo, a mi casa de entonces
que quedaba a casi dos horas de distancia en bus. Dos tenía que coger y el
segundo, en un sitio bastante reconocido por su inseguridad y soledad: no
cesaba de preguntarme si iba a dar, a esas horas, con un alma solidaria que no
me dejara abandonado a mi suerte. Y (como si el Dios con el que a la sazón
andaba en conflicto hubiera querido enrostrarme mi ingratitud y falta de fe) en
pleno paroxismo de los nervios, la voz de una mujer dulce e inolvidable me
preguntó adónde iba y si quería que me ayudara. No dudó un solo segundo y le
dijo al que debía de ser su marido que ella se bajaba conmigo y que si quería
él siguiera para la casa, que ella no tardaba. De nada valieron los ruegos
enfadados del man: mi ángel estaba resuelto y el pobre diablo no tuvo otro
recurso que bajarse con ella. Pero volvamos al impasible y a la dolorida
teórica de la escena del filme de Coppola para que la cotejemos con otra,
también real.
Me había
yo citado en un barrio bastante popular de Bogotá, creo que con la mamá de mi
hija, y mientras la esperaba, tiritando de frío y de la ansiedad propia del que
presiente que lo van a dejar plantado, oigo que unos metros más allá lloraba un
niño y que de pronto un hombre de edad indeterminada rompió a hablarle y a
consolarlo, y en los mismos términos amorosos que empleaba mi papá con sus tres
hijos y muy en particular conmigo. Le preguntó si tenía hambre y presumo que ante
el sí de la cabeza del gamín -del gamincito-, esta caridad hecha carne le
compró un café con empanadas, al tiempo que de él se despedía con el alma
partida y -me figuro- una caricia paternal de las que entonces no estaban
proscritas por el buenismo malpensante.
Treinta
y cuatro hombres y veintidós mujeres son, hasta la fecha (14 de mayo de 2026),
los que con su ayuda invaluable me afianzan cada vez más en la certeza de que
cuando se trata de proteger a otros más frágiles y vulnerables, el sexo nada en
absoluto tiene que ver con la generosidad del solidario. Cosa harto distinta es
si hablamos de quién, entre mujeres y hombres, resulta menos prejuicioso a la
hora de aceptar que se prendó de un ciego u otro discapacitado y proceder en
consecuencia, y allí ellas -desde luego que no todas- resultan imbatibles.
Benditas las que me han tocado en suerte y que vengan más… ¡muchas más!
1167. Conversando el otro día con una ex estudiante
la mar de inteligente y bella que sabe de mi defensa a ultranza del
-llamémoslo- ‘aborto consciente’, me preguntó si algo alguna vez me había hecho
titubear la certidumbre, y me quedé pensando. “¿Sabes que sí?”, le dije al cabo
de un minuto o dos. “Definitivamente, barajar la posibilidad de que quien no va
a nacer sea, pongamos, un Akira Miyawaki o… sí que me desarma. No sé si me
entiendes”: el suyo fue un sí muy reflexivo, casi inaudible.
1168. Noelia Castillo Ramos y tú, mi amor.
1169. “El botón de un bombardero es para muchos una
extensión lógica de la fe”: para que lo comprueben con sus propios oídos e in
situ, díganle a mi hermano que los invite a Avivamiento, a mi tío Gildardo y a
Fabiola su esposa y a mi prima Paula que los ponga ante su pastor en Pensacola
o, solitos si tienen la dicha de no conocer a ningún cristiano furibundo,
introdúzcanse como quien no quiere la cosa en una misa negra de la Misión
Carismática Internacional, El Lugar de su Presencia o Manantial de vida eterna y,
si las dos o tres horas de monserga no se les van a los pastores en mandar con
saña el sable para que los diezmos y ofrendas y pactos les lleguen adiposos,
alcen la mano y pregúntenles qué piensan de las guerras de Israel y los Estados
Unidos en Irán, el Líbano y del genocidio de Gaza para que así entiendan el
porqué de la cita. Aunque una recomendación sí que les hago: en ningún momento,
bajo ningún concepto, por ningún motivo se les vaya a ocurrir contrapuntear con
los ungidos por muy terribles que les parezcan sus respuestas, pues corren el
mismo riesgo que si intentan debatir sobre Petro y otros autócratas -Xi- y
tiranos -Putin- con la mamertosfera imberbe de una facultad de humanidades de
un campus público de donde sea salvo, o eso quiero creer, de Manizales.
1170. “Que los políticos se enfrenten con mayor o
menor dureza es algo que ha ocurrido siempre. Cuando hablamos de polarización
como un fenómeno peligroso para la convivencia nos referimos, sobre todo, a un
clima social. Hablamos más de cómo actúan los electorados que de cómo actúan
los líderes…”: aquí, en la Colombia de 2026 que se apresta a votar tan
enardecida y rubicunda de ira como lo están en apariencia los candidatos,
aquellos por los que van a optar millones de quienes abrumadoramente se definen
-en toda encuesta en que se les pregunte- dizque de centro son los dos sujetos
que se ubican en los extremos del cuadrilátero político. Uno al que llaman
‘abogado de la mafia’, que entre otras ternezas promete destripar al oponente,
y el otro, valedor y amigo de los narcoterroristas pseudoguerrilleros que desde
antiguo secuestran y extorsionan y ponen bombas y reclutan menores y
desarraigan de sus hogares a los pobres por los que dizque luchan. Reñida desde
siempre y para siempre con la decencia, el conocimiento riguroso del arte de
gobernar y las propuestas de reconciliación de los Peñalosa y los Fajardo, a la
Colombia de hoy -como a la de ayer y a la de mañana- ningún futuro promisorio
le espera salvo el anquilosamiento actual, cuando no la consolidación de una
deriva autoritaria a lo Bukele o, del todo peor, a lo Venezuela, con quiebra
incluida. Y los culpables primarios no serían los protagonistas de una u otra
debacle sino los que con su voto o su abstención les dieron patente de corso
para que en su nombre procedieran.
1171. Primo Levi: Lo que me preocupa es una
evolución de Israel en el sentido militarista, una actitud fascistoide que
subyace de manera larvada… Siento a Israel como mi segunda patria y lo querría
diferente a todos los demás países. Precisamente por esto siento angustia y
vergüenza por…:
“Sin un
motivo concreto el reportero palestino Sami al-Sai fue detenido por un grupo de
soldados israelíes y llevado a una prisión. En uno de esos corredores
subterráneos con suelo de cemento y puertas metálicas a los lados que son una
especialidad universal de la arquitectura carcelaria, a Sami al-Sai, que tenía
los ojos vendados, lo arrojaron al suelo y empezaron a darle golpes y patadas.
Caído boca abajo, le bajaron los pantalones y los calzoncillos, y al-Sai
escuchó una carcajada colectiva cuyo motivo iba a comprender muy pronto. Uno de
los soldados, con gran jolgorio de todos, intentaba penetrarlo analmente con la
porra. No estaba siendo fácil, aunque los demás lo animaban, y alguno de ellos
se ofrecía a sustituirlo. Al-Sai lo oyó pedir una zanahoria. En ese momento
otra voz dijo: ‘No hagáis fotos’. La zanahoria fue mucho más efectiva. Una mano
que sin duda era de mujer le retorció los testículos hasta hacerle gritar. La
mujer dijo: ‘Esa parte es para mí’. Al cabo de un rato, cansados de diversión,
o porque tenían otra tarea que cumplir, los soldados lo dejaron tirado en una
celda. Sami al-Sai se palpó el cuerpo y vio que estaba cubierto de sangre y de
vómitos que no eran suyos, y que tenía dientes rotos incrustados en la piel. A
otros les habían aplicado el mismo tratamiento en el mismo lugar que a él. Los
soldados habían intentado que trabajara para ellos como confidente. Para al-Sai
eso era una injuria a su oficio de periodista. […]
Cuando
los presos palestinos salen libres -en la libertad tan limitada de Gaza y los
territorios ocupados- su tormento no acaba. Sus torturadores les avisan de que
si cuentan lo que han vivido los perseguirán y se vengarán de ellos y de sus
familias. […] En la sociedad en la que viven esos hombres, confesar que han
sufrido una violación será una afrenta a su honor masculino, y hasta puede
perjudicar las oportunidades de matrimonio de sus hermanas o sus hijas. La
vejación llega al extremo de usar perros adiestrados para que se ocupen de
montar a los presos. […]
Una
heroica organización pacifista israelí, B’Tselem, mantiene una página web que
no puede visitarse sin escándalo y náusea. Welcome to Hell, se titula el
informe de B’Tselem para 2026. Pero no hay infierno de la literatura que se
aproxime ni de lejos a lo que relatan esos testimonios. Cuenta Tamer Katmut, de
41 años, residente en Gaza, preso ahora en una cárcel de fama siniestra en el
desierto del Neguev: ‘Uno de los soldados me introdujo un palo en el ano, lo dejó
dentro un minuto, y luego lo sacó. Lo introdujo de nuevo con más violencia, y
yo grité hasta el límite de mis pulmones. Después de otro minuto, lo sacó de
nuevo y me dijo que abriera la boca. Me lo metió en la boca y me ordenó que lo
lamiera’. Yuli Novak, director ejecutivo de B’Tselem, cuenta en The Guardian la
furia con que ha sido recibido en Israel el informe de Nicholas Kristof, y
explica esa deriva inhumana de gente que parecía normal hasta que se le ofreció
la oportunidad de degradar sin peligro ni límite a sus semejantes inermes.
Ninguna denuncia de abusos ha prosperado en el sistema judicial de Israel, que
hasta hace no mucho parecía un modelo de independencia. Nueve soldados fueron
castigados en 2024 cuando se hizo público el vídeo tomado por ellos mismos de
la violación colectiva que habían cometido. Una multitud ciudadana, acompañada
y alentada por dirigentes políticos, rodeó la prisión y la tomó por asalto. Los
soldados fueron liberados. Netanyahu los calificó públicamente de héroes. Poco
después los restituyeron en sus puestos con todos los honores. El único que
sufrió un castigo sin indulto fue el médico militar que había filtrado el vídeo
de la violación. No es una forma de tortura que practiquen solo los militares:
en los territorios ocupados de Cisjordania, la violencia sexual sobre hombres,
mujeres y niños la practican metódicamente los colonos ultraortodoxos, sin duda
inspirados por el trato hacia los enemigos del pueblo de Israel que exige
Jehová en varios libros del Antiguo Testamento, en versículos que recitan de
memoria los miembros más extremistas del Gobierno israelí. El Deuteronomio da
instrucciones precisas: ‘Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu
Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida/ sino que los destruirás
completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo, al fereceo, al hebeo y al
jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado’.
Alta
tecnología y teocracia. Carceleros violando a presos con un palo y expertos en
inteligencia artificial diseñando bombardeos de exterminio y sistemas de
reconocimiento facial para que no se escape nunca ningún sospechoso…”
Como
puede ver, maestro, aprendices bastante eficientes de los perpetradores del
Holocausto nazi a la par que celosos en el cumplimiento de las veleidades de su
deidad: ahí van, de a poco pero con firmeza, en el afianzamiento y el
refinamiento de su ‘Schadenfreude, el goce en el mal del prójimo’, su ‘gusto
por hacer sufrir deliberadamente’, su ‘deliberada creación de dolor que’ es ‘un
fin en sí misma’, sus ‘heridas profundas en la dignidad humana’, sus ‘atentados
obscenos y llenos de malos presagios’, su ‘perversidad deliberada y gratuita’,
sus declaraciones mediante la crueldad de que sus enemigos ‘no son Menschen,
seres humanos, sino animales, cerdos’, su ‘régimen inhumano’, su ‘crueldad
innecesaria del pudor violado’, su ‘deliberada intención de humillar’ y sus
‘finalidades terroristas’. Es decir, justo lo que anhelaban y necesitaban los
antisemitas de viejo cuño para ahora sí justificar las desmesuras sin nombre
con que aspiran a superar las cometidas durante la Segunda Guerra Mundial.
Adenda:
me duelo por anticipado de la suerte que pueda correr la minoría valiente de
israelíes y judíos que, al igual que Levi, se angustian y se avergüenzan del
terrorismo de Estado en que hoy anda incurso su país, y contra aquél se
manifiestan.
1172. “…’Cada documento de civilización es también
un documento de barbarie’, escribió Walter Benjamin, sabiendo de qué hablaba.
Pero para hacer justicia a las víctimas no hace falta dotarlas de una inocencia
adánica tan irresponsable como el heroísmo que desde el otro lado se atribuye a
los verdugos”: que por favor, por favorcito, alguien con autoridad -anímese
usted, maestro Muñoz Molina- haga lo que Juan Carlos I con Chávez aquel día
para mí inolvidable, pero ahora con Andrés Manuel, Claudia e Isabel, los tres
risibles. Ah, y si pulmones le quedan al acallador, que también silencie a sus
caudas de ignaros y ovacionadores.
1173. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Durante
décadas, los teóricos del esnobismo posmoderno se dedicaron persuasivamente a
negar no ya la posibilidad del conocimiento verdadero, sino la realidad misma.
Todo serían discursos más o menos equivalentes, ninguno de ellos comprobable,
‘relatos’, ‘narrativas’ al servicio de intereses de poder, de género, de raza.
Todas estas ideas prepararon el terreno, con extraordinaria eficiencia, para la
edad de las fantasmagorías políticas y tecnológicas en la que vivimos ahora,
sometidos -gozosamente, en muchos casos- a la industria de adoctrinamiento y
mentira más poderosa que haya existido nunca. Las imágenes de guerra generadas
por la inteligencia artificial parecen más verdaderas que las obtenidas gracias
al coraje de los cámaras y los fotógrafos que se juegan la vida en los
mataderos del mundo. Entre los videojuegos bélicos y los bombardeos de verdad
la única diferencia son los muertos, a los que no se ve nunca…” (Antonio Muñoz
Molina).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la
realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1174. Yo les aporto -sugieran ustedes los suyos-
cuatro nombres de plumíferos que encarnan la antítesis de lo que viene, y sin
la más mínima posibilidad de redención en razón de su senectud y sectarismo
militante:
“…Ernest
Hemingway decía que un escritor necesita un built-in bullshit detector, un
detector incorporado de tontería o palabrería, que salta automáticamente cuando
encuentra una muletilla verbal inaceptable de tan manoseada, o una evidente
falsedad o exageración disfrazada de sinceridad, de emoción profunda, de
valerosa vehemencia. Inspirado por el detector de Hemingway, yo especulé con la
invención de otro, digital y mucho más avanzado, que determinara el porcentaje
de bullshit, de puro fraude y de impostura, en diversas tareas y profesiones,
como esos contadores Jeiger que medían el nivel de radiación atómica. Hay
extremos a mi juicio indiscutibles: en la cirugía cerebral, por ejemplo, el
margen de error, y por lo tanto de bullshit, es cero; en la publicidad, la
astrología, las elucubraciones sobre literatura y arte, la oratoria electoral,
por citar unos casos, el porcentaje calculo que oscilará entre 90 y 100. A la
gente de letras, las ciencias duras nos inspiran una especie de reverencia
envidiosa, pero según leo por ahí hay carreras científicas sostenidas sobre
papers falsos y experimentos chapuceros que luego nadie logra replicar.
La
tradición ilustrada nos dice que el ejercicio de la ciudadanía se basa en la
capacidad de emitir juicios y tomar decisiones basándonos en un conocimiento
sólido y suficiente de la realidad, del cual nace el espíritu crítico, gracias
al que podemos distinguir lo cierto de lo falso, lo útil de lo dañino, lo justo
de lo injusto, lo factible de lo desatinado; en resumen, la verdad de la
mentira.”
Desconozco
cómo se puedan sentir de puertas para dentro -de sus casas, de sus yoes- la
Laura Restrepo, el Santiago Gamboa, el Julio César Londoño y el Luis García
Montero que cuando gobernaban los que les causan urticaria ideológica se
mostraban tan inflexibles con las venalidades y los desatinos de conducta y
académicos del uribismo, de Santos, de Duque y del PP que hoy, de lejos
superados y refinados por el petrismo y el sanchismo, no oyen ni ven ni huelen
pese a su ruido y fealdad y hedor nauseabundos. Presumo que tal y como se van a
sentir los votantes de de la Espriella y de Abascal si, conquistado el poder,
sus elegidos se dieran al saqueo y desangre de las arcas públicas, amén de a
otras iniquidades por el estilo de las perpetradas por sus antecesores:
reivindicados.
1175. ¿Que “el que ha pasado hambre mantendrá
siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos”, asegura usted, maestro Muñoz
Molina? Ay si hubiera conocido -para sólo referirle un caso de varios que
conozco de primera mano- a la esposa de un tío, iguales de derrochadores ambos,
que delante de nosotros -los tres hijos- y la pobre Orfi tiraba a la basura
olladas de comida en perfecto estado y a sabiendas de que en nuestra casa había
a duras penas qué comer. Y no se vaya a creer usted que la insensata, la
insensible, había nadado siempre en la abundancia: todo lo contrario. Conocía
mejor que nosotros los rigores de la escasez y, si me apura, los mordiscos del
hambre, que en los niños que a la sazón éramos mis dos hermanos y yo jamás
pudieron cebarse del todo gracias, en principio, a nuestra buena y recursiva
madre y, en muy menor medida aunque también, a la generosidad de nuestro padre
por desgracia tan irresponsable.
De una
cosa estoy seguro, admirado y estimado don Antonio: de que entre quienes
padecieron las hambrunas provocadas por los cochinos nazis y sobrevivieron para
contarlo, o a solas rumiarlo, hubo los que, con una soberbia y desmemoria
semejantes a las de esa cuasi familiar mía, despreciaron e incluso arrojaron a
la basura cantidades ingentes de alimentos que no les apetecían o que por
descuido y negligencia permitieron que se echaran a perder. También de que debe
de haber no pocos ricos y privilegiados congénitos que jamás se atreverían a
fruncir el ceño y arrugar la nariz ante la comida que se les pone delante, y
muchísimo menos a ordenarle a quien la sirve que la tire o a tirarla ellos
mismos: su conciencia del sufrimiento individual o colectivo de tantos -cientos
de miles, millones- se lo impediría. Ya verá cómo, al cabo de algunos años y
“superado” el trauma de la hambruna y el genocidio, entre algunas de las
familias gazatíes a las que les sonría la vida no escasearán las que pretendan
vengarse de esa experiencia atroz a fuerza de derroche y consumismo desbocados.
1176. ¿Se imagina admirado y estimado don Antonio si,
en lugar de andar armando jaleos mediáticos e innecesarios, las misándricas
destempladas de la cuarta ola le refirieran hasta a la última de las niñas y
las adolescentes de las democracias que aún resisten los embates populistas de
los autoritarios y los autócratas y los tiranos hoy al alza, las proezas de
ésta y de otras heroínas salvo que anónimas, en países de verdad esclavizados
por misóginos auténticos?:
“Ha
estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le
ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: ‘Leer un libro sola en su
habitación es un acto de resistencia para una niña afgana’. Malala sabe de lo
que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para
asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las
escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los
12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua
nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de
los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto
su nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina
de adquirir una educación.
En los
países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente
a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen
junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar
delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le
atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda.
Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una
determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser
doctora, sino activista por la educación de las niñas. […]
Pero
algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de
aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla.
Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se
doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que
al octogenario Donald Trump tanta rabia le da no haber conseguido. Malala,
ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la
educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el
entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a
la escuela. Quién puede imaginar lo que pasaría si esa formidable multitud
pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia.”
Tremenda
paradoja descorazonadora la de este presente desdeñoso de la educación que
merece el nombre en el mundo que llamamos civilizado no obstante el desprecio
en cuestión: que mientras que miles, cientos de miles, millones de niñas,
muchachas y mujeres esclavizadas por malditos antediluvianos del integrismo
religioso más feroz de que se tenga noticia arden en deseos de aprender para
sacudirse de encima la ignorancia a que se las fuerza, demasiadas de quienes tienen
garantizado entre un mínimo de derecho al conocimiento y todo el que deseen
anden empeñadas, al igual que demasiados varones, y no en pocos casos alentadas
por padres de familia y pseudoeducadores, en la ley del menor esfuerzo, cuando
no en la veleidad de convertirse, y de la noche a la mañana, en influéncers y
en famosas millonarias cuyo éxito nada en absoluto le deba a la academia.
Tremenda empresa desmesurada esta que aguarda a las feministas respetables y a
los educadores vocacionales si lo que se pretende es corregir los dos
problemas: para ayudar a las afganas y demás esclavas de lo peor del integrismo
islámico a que se liberen de sus opresores, se precisaría, en primerísimo
lugar, hacer conscientes de su suerte a las de momento afortunadas para que
recompongan y con el estudio se comprometan, a la par que intentar convertirlas
en activistas de la causa de los millones y millones de Malalas por las que,
aparte de Yousafzai, muy pocos más abogan.
1177. ¿O por qué cree usted, gran Martín, que yo los
llamo ‘pobres diablos de la codicia’?:
“…Ahora,
cuando eso parece -en el mejor de los casos- una ingenuidad, sólo gana el que
gana para sí. Y ganar, está muy claro, es poseer: poseer más dinero, más fama,
más ¿belleza?, más influencia, más poder de seducción, más poder de poder.
Esta es,
en ese sentido, una sociedad fofamente satisfecha: sabe dónde está -para ella-
el bien, dónde está el mal, dónde el triunfo y la derrota. Por eso se nos hace
más fácil clasificar, decir un resultado. Por un lado están los pocos ganadores
[…]; por el otro los demás, nosotros, la inmensa legión de ‘perdedores’. Y no
hay palabra en nuestras sociedades más descalificadora que esa: loser, lúser,
perdedor.
Por
suerte, perder en términos contables, perder esa carrera tonta por los bienes y
las apariencias, no es la única forma de perder. Si lo fuera, la palabra perder
sólo sería la prueba de nuestra incapacidad de construir una sociedad que
valiera la pena. Pero también se pueden perder los papeles, perder la
vergüenza, perder la paciencia, perder los estribos, perder la cabeza, perder
la cara, perder la calma, perder el alma, perder el habla, perder la fe, perder
las ilusiones, perder la perspectiva, perder la compostura, perder la
virginidad, perder el rumbo, perder la razón, perder la honra, perder la
inocencia, perder la oportunidad, perder el sentido, perder un hijo, perder un
padre o madre, perder el respeto, perder el miedo, perder una carrera, perder
la mano, perder un pie, perder peso, perder comba, perder aire, perder facultades,
perder sangre, perder la vida, perderlo todo, perderse -y más y más y más y
cada una de esas pérdidas es una gran historia. […]
En
cualquier caso, nos pasamos la vida perdiendo…”
Yo, de
entre todo lo que usted nombró, lo que ya irremediablemente: la fe teológica,
prácticamente todas las ilusiones salvo una… o muy pocas, la virginidad, la
inocencia, una hermadre y una hija y un padre; lo que mil y una veces: los
papeles, la paciencia, la cabeza, los estribos, la calma, el alma, la
perspectiva, el habla, la compostura, el rumbo, oportunidades, el sentido, el
respeto, el miedo, facultades; lo que todavía no pero quizá pronto: la vergüenza
(cuando, en saliendo del mercado sexual, me toque pagar a cambio del amor que
se vende con asco) y con ello la honra y, por fin, la vida: instante con el que
vengo flirteando desde no se imagina cuándo. En cualquier caso, desde antes de
topármelo para que ipso facto se convirtiera en mi padrenuestro: “Cambio mi
vida, juego mi vida, de todos modos la llevo perdida…”
1180. ¿Que usted quiere inculcarle a su hijo, y
desde la más tierna infancia, amor y apego a lo más exigente del pensamiento
científico? Pues lea, y sin dilaciones para que las ponga en práctica, las
lecciones formidables del capítulo VI de Las aventuras de Tom Sawyer. En cuyo octavo
capítulo se va a topar, asimismo, con la sorpresa de que entre su vástago y
zombi del esmarfon y los videojuegos, y el libérrimo muchachito de la San
Petersburgo minúscula donde nació y se cría, media apenas un abismo llamado
imaginación.
1181. “El infierno en la tierra de las afganas: de
la prohibición de estudiar a la violación legal de niñas”: y las feminastys
occidentales de la cuarta ola indignadas y preocupadas y comprometidas con la
persecución a todo muchacho y hombre -salvo que sean de izquierdas y poderosos-
que eche una mirada cariñosa o lasciva, un piropo zafio o ingenioso, proponga
una amistad con derechos venéreos, un noviazgo o un matrimonio civil o
religioso, publique un comentario admirativo o enamorado en las redes sociales,
le confiese a una amiga o familiar de la deseada su deseo, roce con el hombro a
una congénere en un bus o metro abarrotado, dedique poemas o canciones de las
bellas -necesariamente de las compuestas en el siglo XX Cambalache-, tenga una
cortesía con cualquiera de ellas por el estilo de cederles el paso mientras se
les sostiene una puerta o de ofrecerles la silla en el transporte público… Pero
vaya usted y pregúnteles a las autodesignadas voceras de este movimiento
reaccionario por antonomasia dónde quedan Afganistán, Irán y demás satrapías
islámicas y misóginas a ver si dan pie con bola. O en qué consiste su lucha
para que los ‘pueblos originarios’ que tienen la ablación por práctica
sistemática y ancestral lo dejen de hacer y paguen con cárcel semejante crimen.
O si conocen de casos de corruptoras de menores -profesoras, cuidadoras- que
hayan ido a dar con sus huesos a la cárcel por haberse atrevido a desvirgar a
un púber o a un adolescente del modo en que lo hizo la mujer de Macron con
Macron. Que quién es Macron, preguntan las muy pelmazas.
Adenda:
en mi calidad de varón occidental y todavía ciudadano de una democracia
imperfecta pero democracia a fin de cuentas, les pido perdón a todas las
Zubaidas Akbar y Leilas Bassim, a todas las esclavas sexuales de Afganistán y
de todas las demás dictaduras misóginas islámicas e indígenas que permiten los
matrimonios de violadores con criaturas en edad de asistir al kínder o a la
escuela primaria y las mutilaciones genitales infantiles en los resguardos que
no resguardan: delitos nefandos en los que participan, obligadas o fanatizadas,
la madre o la abuela y otras familiares de la víctima. Perdón por no hacer lo
suficiente -prácticamente nada- para combatir a los malditos de los dos sexos
que a ustedes las desgracian, y por compartir hemisferio y hasta nacionalidad
con supuestas activistas de una causa que tendría que estar de lleno volcada en
una guerra a muerte contra los infiernos en que a ustedes las tiranizan y en la
defensa sin cuartel de los derechos que a ustedes les conculcan.
1182. Pero Hetícor, ¿de verdad alberga usted, un
hombre para mí tan sabio, la más mínima esperanza de que algo así de mirífico
-por impracticable para el género humano- pueda materializarse algún día? ¿En
serio lo ve factible, hermano de desdichas -entre otras- políticas?:
“…En el
ADN de los más blancuzcos (en México o en Colombia) está la clave del pasado y
de la historia de casi todos nosotros: los hombres solos que vinieron aquí,
casados o solteros que fueran, por seducción o por la fuerza, queriendo o sin
querer ellas, se arrejuntaron y formaron lo que somos. Los descendientes más
directos de la Conquista no son los españoles, sino nosotros mismos, los
criollos y mestizos. Aquí no hay puros. Y ni los conquistadores eran monjes
pacíficos ni los indígenas mansas palomas inofensivas, ingenuas e inermes. Si
no fuera por la falta de inmunidad contra enfermedades comunes en Asia, en
África y en Europa, mucho menor habría sido el exterminio y el genocidio, que
lo hubo.
Tenemos
que cargar con ese destino ambiguo (desesperado y desesperante para algunos) de
ser al mismo tiempo víctimas y verdugos. Y de este duro destino, que nos define
como lo que somos, solo nos podemos recuperar dejando de tener complejo de
hijueputas (o de malparidos, hijos de la Malinche o de la Chingada), es decir,
dejando también de ser racistas y resentidos (contra los blancos, contra los
negros o contra los indios). Viviremos siempre jodidos y enfermos de rabia si
no nos reconciliamos con nosotros mismos. Tenemos que perdonar y perdonarnos en
vez de exigir perdón, porque no hay inocentes entre los españoles que vinieron
y se fueron, ni entre nosotros que nos mezclamos y nos quedamos.”
¡Pero si
es que es más fácil que yo, ciego de nacimiento y hasta el día en que me muera,
empiece a ver de pronto como consecuencia de una imposición de manos del
farsante y milagrero pastor Equis o de la cirugía de un inescrupuloso y
vendehumo de la clínica oftalmológica Ye, que también los hay! ¿Me va usted a
decir, maestro y amigo, que en su familia, presumo que conformada mayoritariamente
por blancuzcos y trigueñitos, la discriminación racial, abierta o soterrada y
vergonzante, no es una realidad más que palpable y arraigada? Y se lo pregunto
retóricamente porque en la mía, como en las más que conozco bien o con las que
de alguna manera me he relacionado, el odio o a lo sumo el desprecio racial es
pétreo e inexpugnable. ¿Convencer a mi madre y a mi mujer y a mi hermano y a mi
nieto, a mis primos y a mis tíos (salvo a mi tía Beatriz Montoya, que de
racista no tiene ni esto), o haber podido convencer a mi hija y a mi padre y a
mis abuelos y demás familiares muertos, no ya de que depusieran y depongan
-como si se tratara de magia- su racismo, sino de que reconocieran y reconozcan
-a manera de mea culpa al menos- que lo fueron o lo son? ¡De todo punto
imposible! Sería como esperar que de la noche a la mañana todos los que aún no
son discapacitados visibles y manifiestos nos tomen a los que sí por lo que en
público dicen tomarnos los buenistas biempensantes de la izquierda de la ira y la
más acendrada hipocresía: por sus iguales (a mí que Dios y el diablo, al alimón,
me libren). De modo que mejor dejémoslo así… dejémoslo ahí.
1183. Salvo por la primera parte de la primera
oración del primer párrafo de esto que de usted cito, me declaro de acuerdo con
sus apreciaciones como casi siempre (lo cual, por otra parte, sólo me ocurre
con usted, con Constaín, con Carlin, con Granés y con Pérez Reverte -y téngase
en cuenta que semanalmente leo a entre cuarenta y cinco y cincuenta
columnistas-):
“Así
como no entiendo que en el español de España la palabra envidiable sea un
elogio (‘tu coche es envidiable, tío’, como si fuera algo bueno sentir envidia),
de la misma manera me resulta molesto, es más, insoportable, que en el inglés
de los gringos la palabra loser (perdedor) sea un insulto. ¿Cómo así que si uno
pierde es un imbécil o un pánfilo? Más aún, ¿si yo no me acomodo a tus ideas de
lo que es ganar y tener éxito, si yo no me dedico a humillar y a ganar plata,
soy un fracasado? No joda, es esa manía del triunfo a cualquier precio, pasando
por encima de lo que sea, despreciando o matando a quien a mí -el ganador
perpetuo- se me antoje, lo que nos tiene en manos de tipos como Putin o como
Trump. En manos de gente que gana siempre, y al ganar siempre demuestran que
hacen trampa. […]
Perder
no es insultante; perder no significa que no nos esforzamos; perder es lo
normal, o debería serlo, y ganar, una cosa excepcional que muchas veces se debe
más a la suerte que al verdadero mérito. […]
Perder
es cuestión de método, reza el hermoso título de una dura novela colombiana. Y
los buenos poetas (que suelen ser, afortunadamente, losers o perdedores) lo han
sabido desde hace muchos años. Esto nos dice Agustín García Calvo, otro
olvidado: ‘Enorgullécete de tu fracaso/ que sugiere lo limpio de la empresa’. O
Jaime Gil de Biedma, bellamente: ‘Si este mar de proyectos / y tentativas
naufragadas, / este torpe tapiz a cada instante / tejido y destejido, / esta
guerra perdida, / nuestra vida, / da de sí alguna vez / un sentimiento digno /
un acto verdadero…’. Si esto llega a pasar será, repito, por algo de esfuerzo y
otro poco de suerte o de casualidad. […]
Quizá
por eso una de las sentencias que más me digo y repito sea esta de Stevenson:
‘Nuestra misión en la vida no es triunfar, sino seguir fracasando con
entusiasmo y alegría’.”
A ver,
estimado y admirado Hetícor: ¿cómo no va a ser envidiable la veinteañera novia de
su veinteañero novio cuyo pelo abundante y lacio y largo y perfumado, cuya voz
suave o un poco ronca y acariciadora, cuyas manos tersas y pequeñas, cuya
estatura y cuerpo y facciones entre púberes y adolescentes mi ceguera congénita
recuerda y ambiciona más que nada? ¿Cómo no le va a resultar envidiable a una
afgana, a una iraní o a otra cualquier esclava del -ese sí- peor de los
heteropatriarcados de que se tengan noticias asistir a la libertad con que
viven en Occidente y en otras latitudes privilegiadas del mundo, si no todas,
sí una mayoría de sus congéneres -y no se diga las feminastys-? ¿O al postrado
en cama de resultas de un accidente o de una enfermedad, la facilidad por lo
común inconsciente con la que los hasta hoy dueños de nuestro cuerpo nos movemos
y vamos y venimos según nos plazca? A mí me perdonan usted y Piedad Bonnett y
todos los que opinan que eso que se da en llamar ‘envidia de la buena’ no
existe porque sí y sí y punto. Óigame esto: un verdedenvidia congénito al que
le parece hermoso el carro de su amigo jamás se lo va a confesar, ocupado como
está en desear que se estrelle y lo vuelva mierda o que se lo roben. Y se lo
digo porque yo, que querría haber visto tigres y leones y guepardos y leopardos
y panteras y jaguares -y prácticamente todos los animales que en el mundo son y
han sido-, para por mi cuenta establecer similitudes y diferencias entre esas
fieras, lejos estoy de desear que hasta el último vidente sobre la tierra se
quede ciego, y no porque en mí alumbre una bondad absoluta: también conozco,
huelga aclararlo, la envidia malsana que todo ser humano sin excepción habrá
experimentado al menos una vez en la vida. De modo que…
Pero
vayamos a la literatura y confiéseme usted, un exitoso dentro de lo que cabe:
¿a qué escritores admira con total transparencia y a cuáles con un poco o más
mala sangre de lo que quisiera, ya porque le caen gordos o como una patada, ya
por la razón que sea? A mí, por ejemplo su Basura, y El vuelo de la reina de
Tomás Eloy Martínez, y la Coronación de José Donoso, y El astillero de Onetti
me resultan del todo envidiables -entrañables- porque tratan precisamente el
tema del fracaso, que me apasiona, con una hondura y una belleza encomiables.
En cambio -pero por favor no se lo diga a nadie-, la admiración que profeso por
Davanzati, Camargo, Ábalos y Larsen se trueca en franco desdén y en deseos de
que fracasen literariamente y con estruendo si en quienes pienso es en los
ultramamertos Laura Restrepo, Santiago Gamboa y Julio César Londoño -de quien soy
profundo admirador en otros asuntos-: nada de qué declararse orgulloso pero
bueno… ¿Qué le vamos a hacer si eso es lo que siento?
1184. Me parece, maestro William Ospina, que esta
fotografía del país y de la sociedad que somos no tiene reparo, aparte de
cierta apreciación que usted y prácticamente todo el mundo -en Colombia, en
tantos países más a propósito de los ciudadanos de esos países- hacen del
diagnóstico del crónico anquilosamiento que nos -los- paraliza:
“La
estrategia de los gobiernos colombianos logró convertir los movimientos
campesinos en movimientos guerrilleros. Y ya no fue difícil que los movimientos
guerrilleros se convirtieran en bandas criminales. El problema no es la mano
blanda ni la mano dura, porque no es que los seres humanos sean malvados y
necesiten un Estado implacable. El problema es que una sociedad que no tiene
una economía legal en grande empuja a sus ciudadanos a la ilegalidad.
No hubo
soluciones para los campesinos: surgieron las guerrillas. No hubo una industria
en grande en las ciudades ni horizontes propicios al emprendimiento: apareció
el narcotráfico. No hubo protección del Estado para los propietarios rurales y
para los medianos productores: surgieron las autodefensas. No vino el Estado a
combatirlas sino a reforzarlas: arreció el paramilitarismo.
No hubo
empleo en grande en ciudades y campos: surgió y proliferó la delincuencia. No
hubo alternativas para los jóvenes vulnerables que no tienen educación ni
trabajo: se multiplicaron el microtráfico, el sicariato, la violencia como modo
de vida.
¿Es tan
difícil advertir en todo eso una escandalosa ausencia del Estado; una falla en
todo lo que significa proteger a la población, darle empleo, educarla,
brindarle ejemplo, crear soluciones, proteger la familia, garantizar el
trabajo, enriquecer el tiempo libre? ¿Es tan difícil advertir que la labor de
nuestros políticos ha sido crecientemente dañina y estéril? ¿Es tan difícil
descubrir que no ven en la política un escenario para servir a la comunidad
sino un asunto de éxito personal y de ascenso social, un medio corrupto abierto
a la ambición, a la rivalidad y al delito? […]
Los
políticos se descargan eternamente la culpa unos a otros: para eso les sirven
los adversarios. Y han tenido la astuta precaución de mantener a la comunidad
en las condiciones más rudimentarias, para que cada cuatro años tenga éxito su
discurso rabioso y vengativo, que en vez de proponer soluciones descarga
responsabilidades, y convierte a los rivales en los odiosos culpables de todo.
Pero
todos los males de la nación se deben a que no hay una industria en grande, una
agroindustria adecuada a un país de 50 millones de habitantes; a que el Estado
venal y corrupto está lleno de trabas para el emprendimiento; a que no tenemos
infraestructura, sino las mismas carreteras de hace 50 años, los mismos
puentes, los mismos puertos, ya ni siquiera la red de ferrocarriles, y las
calles de la fatiga de la Colonia; y la misma mentalidad del siglo XIX, cuando
los partidos nos convocaban a sus incesantes guerras civiles, y el mismo instinto
provinciano que nos hace ver todo como fruto de la malignidad de nuestros
semejantes.
Por eso
los políticos de derecha vuelven con el grito, más viejo que Mariano y que
Laureano, de que lo que se necesita es mano dura: imperio de la ley, defensa
con saludo militar de la sagrada fuerza pública, y fulminar rebeldes. Y por
supuesto cárceles enormes administradas por virtuosos empresarios. ¡No corregir
nunca las causas sino fumigar las consecuencias! Y ese discurso vuelve a tener
éxito ante una ciudadanía desesperada por la inseguridad y la extorsión.
Y por
eso los políticos de izquierda vuelven con el clamor de que aquí la causa de
todo es la desigualdad, y que eso se corrige quitándoles a los ricos egoístas
para darles a los pobres despojados. Que los poderes criminales que se ciernen
sobre el país entero y lo desangran son fruto apenas de la injusticia y la
malignidad de una casta. […]
Mano
dura es lo que ofrecen de nuevo unos candidatos; y ahondar las reformas
sociales, ofrecen los otros, o sea: seguir repartiendo lo que hay sin modificar
al Estado ladrón. Ese mismo Estado que sigue sus fiestas y carnavales del
derroche, y que a esta hora tiene apostados sus eternos salteadores de caminos
en todas las curvas de unas carreteras en pésimo estado para cobrarles a los
ciudadanos pequeñas transgresiones, mientras arriba se roba a raudales.
Y el
país físicamente en el siglo XIX, salvo por la precaria modernidad ahogada en
sangre que nos trajo la mafia. Y el país mentalmente en la Edad Media”, de la que
apuesto a que no va a salir en tanto dure el antropoceno, que ojalá poco.
Mire,
admirado William: a mí -a Pérez-Reverte y a Fernando Vallejo entre muy pocos
más- no me cabe en la cabeza que seres supuestamente pensantes a los que se
esquilma y defrauda una y otra y otra y otra y una enésima vez con las mismas
promesas deshonradas una y otra y otra y otra y una enésima vez opten,
pendularmente, por quienes les mienten sistemáticamente como a párvulos y les
ofrecen las mismas soluciones que desde antiguo se sabe -los que lo saben- que
lo único que consiguen es prolongar el círculo vicioso y condenar a la
esperanza sin asidero a sus hijos y a sus nietos, que llegado el momento se
obstinarán con furia y odio en lo mismo. ¿Cómo es posible -me pregunto, le pregunto-
que esta sociedad, que se declara dizque harta de la violencia y las disputas
que escenifican tantos de sus políticos, vote cada cuatro años precisamente por
los de verbo más violento y beligerante, a más de inculto y zafio? ¿Y no
quedamos en que lo que busca es la paz que posibilite el mayor grado de
prosperidad para sus hijos y sus nietos? Me dirá usted que el fenómeno lo
explica, justamente, la ignorancia de demasiados votantes que no caen en el
engaño de que son víctimas periódicamente, de lo que yo discrepo sin fisuras.
Porque ¿cómo se explica entonces que enterados de la talla de un Santiago
Gamboa, de una Laura Restrepo y de un Julio César Londoño, para sólo mencionar
a tres de sus colegas, oficien de caja de resonancia y militen en la más impresentable
y ruin de las izquierdas, llámese petrismo, chavismo, orteguismo, castrismo o
kirchnerismo? Pero si en quien pienso es en los politicastros que nos
gobiernan, el pasmo y la incredulidad no me abandonan: ¿Que a la izquierda le
llevó más de doscientos años conquistar la presidencia de Colombia, y cuando lo
logra protagoniza una mojiganga entre ridícula y risible trufada de venalidad,
malas artes, pésimas maneras, delitos de muy distintas naturalezas, escándalos
diarios, maniqueísmos incendiarios, desconocimiento y desafíos groseros a la
institucionalidad, ataques sin cuartel a nuestra pese a todo estoica
democracia, autoritarismos con ambiciones tiránicas, perpetuación de los
desmanes políticos que juraron combatir y corregir? Ya verá cómo, si quien gana
en la segunda vuelta de las presidenciales del próximo 21 de junio de 2026 -y
Petro y sus esbirros se avienen a entregar el poder- es la extrema derecha de
de la Espriella; ya verá cómo él y sus esbirros vuelven a incurrir en
exactamente los mismos errores y pecados en que aquí siempre ha incurrido la
derecha, para de ese modo allanarle nuevamente en 2030 a la extrema izquierda
el camino hacia la Casa de Nariño, que a saber si desocupan por las buenas si
llegaran a salir derrotados por el otro cáncer. ¿Y el centro tibio por decente
y sobre el papel reformista? Que se siente a esperar al menos hasta que
sobrevenga la parusía, tras lo cual de pronto se materialice el milagro que
muchos de sus votantes tozudamente resucitan cada cuatro años.
Adenda:
¿Que va a votar por Fajardo, anuncia usted? Sabia decisión, maestro: ni
Rodolfos ni muchísimo menos Petros. Bienvenido al siempre perdedor centro del
espectro político colombiano, salvo que se trate de elecciones a concejos,
alcaldías, gobernaciones y congreso.
1185. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Es lo
que le da su sabor singular a esta época: que un solo hecho puede implicar y
paralizar al planeta entero.
En esa
jornada todo era alarmante y grotesco: ver a un jerarca incomprensible
amenazando con el arrasamiento de una nación y con aplastar ‘a toda una
civilización’; temer que Israel, fiel al espíritu de su héroe mitológico
Sansón, pudiera llegar al extremo de desplomar el cielo sobre sus enemigos y
sobre sí mismo, utilizando contra Irán sus armas nucleares; temer que Irán
llevara su furia de misiles más allá de los 2.000 kilómetros que han sido hasta
ahora su límite; comprobar que las otras grandes potencias orientales y
occidentales parecían estar solo a la espera, sin propuestas, sin opiniones,
todo era desalentador.
Pero lo
más grotesco es que hayamos llegado al punto de que en manos de un hombre
enfermo de prepotencia y peligrosamente impulsivo parezca estar el destino de
millones de seres humanos y tal vez el rumbo de la historia entera. Mucho se ha
dicho que a este hombre hay que juzgarlo por sus actos y no por sus palabras,
pero es que hay palabras que son actos. Ni Hitler, que se las daba de ser
culto, se habría resignado a proclamar con tanta estolidez que está en sus
manos destruir a una civilización para que no vuelva jamás” (William Ospina).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores
vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en
cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial
propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la
imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin
solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en la
cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad
Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al
menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
1186. Invisibles como somos (y ojo que lo mío nada
tiene que ver con reivindicaciones y reclamos de inclusión woke, sino
con la más cruda y tangible realidad), me aventuro a asegurar a pies juntillas
aquí y en cualquier parte que nada trascendente existe en relación con cómo
concibe este asunto un ciego devenido, para no hablar de uno total y de
nacimiento:
“…Tendemos
a pensar que las personas bellas son inteligentes y honradas. Lo feo nos causa
repelús, dispara nuestras alarmas. […]
Vitrubio,
el romano, dijo que el diseño de las casas, los muebles y los utensilios debía
ser bello, firme y funcional. Hoy añadimos tres condiciones: el utensilio debe
ser delgado, minimalista y muy caro.
La
belleza aludía a la forma, claro, pero llevaba implícita la exigencia de que su
contenido fuera noble y verdadero. Se daba por sentado que la mentira era ruin
y fea. […]
¿Se
puede definir la belleza? Kant lo respondió dos veces. En la primera dijo: ‘La
belleza es una cosa que desespera’. En la segunda sugirió que la belleza era un
milagro que sucedía en la mirada del espectador, como vimos arriba…”; como
quien dice: al no haber mirada, el ciego se queda sin milagro aunque, por
consiguiente y en recompensa, al margen de cualquier tipo de desesperación
erótica o…
Pero hablemos
en serio: yo, que nací ciego y he vivido ciego y ciego me moriré tengo, entre
mis certezas más acendradas, la de cómo concibo la belleza femenina, que a la
postre es la que más me importa. Pelo ojalá lacio aunque ondulado no está nada
mal, abundante y necesariamente perfumado, rubio o castaño o negro o…;
facciones tan finas y acariciadoras como la voz y las manos, que deberán
semejar las de una adolescente así esté lejos de serlo; el cuerpo entre delgado
y rollizo a lo sumo, y de entre un metro cincuenta centímetros todo lo menos y
un metro setenta centímetros todo lo más. De lo íntimo y recóndito mejor no les
hablo porque, o los provoco y produzco una satiriasis, o las escandalizo al
punto de un rapto de indignación colectiva. Por lo demás, es decir por lo que
hace a otras facetas de mi concepto de la belleza también olfativa y gustativa,
auditiva y táctil considero innecesario ahondar aquí en virtud de que en los
más de mil cien desahogos precedentes hay suficientes, o hasta abundantes, apuntes
que lo explican o aspiran a hacerlo.
1187. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…A
propósito de teología […], Trump puso en su red social una imagen, creada con
inteligencia artificial, en la que aparece como el mismo Jesucristo sanando a
un enfermo. La indignación de sus propios seguidores fue tal que Trump la
retiró, no sin antes ‘aclarar’, impávido, que en esa imagen él representaba a
un médico de la Cruz Roja, no a Jesucristo, y que si la gente había visto otra
cosa era por causa de las fake-news.
Pues sí,
a esos niveles de absurdo estamos llegando en esta torre de Babel política en
la que ya no se sostienen ideas, sino que se ensartan disparates […]. Pero no
solo en los Estados Unidos está ocurriendo eso. Dado que ganar elecciones tiene
su técnica, más aún, depende de una tecnología comunicativa que inventaron los
gringos, muchos políticos alrededor del mundo vienen copiando lo que ellos
hacen. En los tiempos del brexit, Boris Johnson dijo que el Reino Unido enviaba
350 millones de libras semanales a la Unión Europea, lo cual era evidentemente
falso; Jair Bolsonaro sostuvo que el Covid-19 era una simple gripecita (a
propósito, por esos tiempos Trump propuso inyectar con desinfectante a los
pacientes de COVID para curarlos y Bolsonaro sostuvo que las vacunas podían
convertir a los pacientes en caimanes); Petro dijo que en su gobierno se ha
incautado más cocaína que en toda la historia mundial; Nicolás Maduro aseguró
que hablaba con un pajarito que encarnaba a Hugo Chávez y Manuel López Obrador
mostró, en sus ‘mañaneras’, amuletos religiosos que lo protegían del Covid-19.
No importa el color ideológico, solo vale llamar la atención y despertar los
odios que llevan a la gente a las urnas.
Muchos,
claro está, ven esas afirmaciones como lo que son, una pifia o una payasada,
pero eso no tranquiliza porque los dislates calan hondamente en la mente de los
crédulos. […] El fracaso de la verdad se ha vuelto funcional y eso hace que la
política se haya convertido en un ejercicio de comunicación entre gobernantes
díscolos y ciudadanos crédulos, no en una conversación entre gente razonable…”
(Mauricio García Villegas).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde
determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya
menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1188. “La experiencia de la conexión permanente con
el mundo nos ha acercado a los que tenemos lejos pero, tristemente, nos ha
alejado de los que tenemos cerca”. Cómo le parece, mi muy estimado Daniel, que
tengo una pareja de amigos, marido y mujer, que han asistido al nacimiento, el
crecimiento y pronto muy pronto a la graduación de la secundaria y el primer
noviazgo de su único nieto a través de sus pantallas, las cuales tan
satisfechos los tienen que no consideran en absoluto necesario viajar a Suiza
para conocerlo de cuerpo presente, darle un abrazo y un beso o tan siquiera
estrecharle la mano. Tampoco el hijo que allá lo concibió porque allá vive, y
que en cambio se la pasa viajando de allá para otros muchos allás donde se
celebren festivales de rock y no sé qué más estridencias, tiene la más mínima
intención de traer a Colombia el muchachito para que los abuelos-pantalla lo
conozcan, y de paso para que pise los andurriales tercermundistas de que
proceden parte de sus genes. Del otro alejamiento sí que puedo dar fe y en
todos los ámbitos: las aulas, el transporte público, las re¿uniones? Familiares
y de amigos y de colegas, el hogar y no se diga el lecho nupcial en que yacen
el par de gnomófobos.
1189. De la ‘paz total’ a la ‘patria milagro’: dos
distopías de truculencia y odio en las que, mal contados, veinticinco millones
de entre canallas e idiotas útiles colombianos aseguran cuando menos otros ocho
años de anquilosamiento y ruido, de verdades a medias y mentiras completas, de
calumnias e infamias, de irresponsabilidades y autoexculpaciones, de malas
maneras y malas artes, de preponderancias de lo superfluo y desatenciones de lo
urgente, de mojigangas y payasadas, de emulaciones a los peores del oficio y
mofas o ninguneos a los respetables y prestigiosos, de, en fin, pésimos
ejemplos y ramplonerías asqueantes que con creces superan a los de ayer nomás
pero que palidecerán frente a los de mañana y pasado mañana.
1190. Que conste: esta fotografía, barnizada no poco
por el autor, se tomó menos de dos meses antes de que Gustavo Petro abandone
-si lo abandona- el cargo que nunca debió haber ocupado:
“Petro
sufrió dos ‘rajadas’ internacionales esta semana. The Economist de Londres bajó
a Colombia once puestos en su rankin de democracia y Amnistía Internacional
volvió a ubicar al país como el más peligroso para defensores de derechos
humanos, calificando como ‘inaceptable’ el asesinato de 165 líderes sociales en
2025.
Una
violencia que viene de atrás y no es producto de este gobierno, pero que hoy en
día sigue cobrando la vida de tres líderes populares por semana y reflejando
con crudeza los pobres resultados de la ‘paz total’ que le había anunciado al
país y al mundo el primer presidente de izquierda de Colombia, que pronto
culmina su mandato.
Para
regocijo de muchos que sueñan con que un nuevo gobierno traería la paz, cuando
lo cierto es que estamos ante una realidad dolorosa y tristemente reiterativa,
con elementos que tienden a perpetuarla, como el acceso de los grupos armados
ilegales a cada vez más rentables fuentes de financiación, desde la coca y la
minería de oro a la comercialización de estaño.
Han
consolidado una bollante economía ilícita asociada a minerales estratégicos,
cuya explotación puede resultarles más rentable y menos visible y violenta que
el tráfico de droga. Sin que esto signifique que lo hayan abandonado o
renunciado a viejos métodos de financiación como la extorsión y el secuestro.
El más nuevo ha sido la explotación ilegal del coltán, un mineral muy utilizado
en tecnología, conocido como el ‘oro azul’, cuyo comercio ilícito financia
armas y control territorial de estos grupos en regiones como la Orinoquía. El
año pasado fueron incautadas nada menos que 70 toneladas del codiciado
producto. […]
Las
riquezas naturales de una nación, y las nuestras son grandes, no pueden
convertirse en una maldición. Si llegamos a ese extremo, jamás saldremos de la
olla…”: de la olla en que nos deja, y más raspada que nunca, el chusmero y
pirómano en jefe, y en la que seguramente nos va a acabar de hundir su sucesor
en el poder, llámese Cepeda o de la Espriella quien, a diferencia de Iván el
comunistoide, me genera más asco que miedo.
Adenda:
si gana de la Espriella, una maldición equivalente a una victoria de Cepeda, se
verá cómo, desde el mismísimo 7 de agosto de 2026, Petro y sus huestes no
pararán de hablar de minería y líderes sociales asesinados, asuntos que en
absoluto figuraron entre sus preocupaciones, tan divisivas y venales ellas.
1191. La fórmula es muy sencilla: no es sino que
reemplacen Gustavo Freisen por Abelardo de la Espriella y listo: “Gustavo
Freisen se encargaba de rechazar a punta de palazos las embestidas de la madre,
aquella gata callejera que había tenido la desgracia de parir en el desván de
la casa; seguramente lo había hecho ya otras veces obteniendo la protección del
antiguo propietario; así pues, no comprendía lo que pasaba: sus hijos, sus
ojitos recién abiertos, intentaban aterrados escapar a aquellos certeros golpes
que les iban fracturando los huesos uno a uno: maullaban en un tono tan agudo
que se volvía gemido, desesperanza ciega, y ella, la gata ensangrentada por los
porrazos recibidos, un ojo desprendido, el hocico destrozado, volvía a la carga
como si toda la energía del mundo se hubiese concentrado en su maltratado
cuerpo”: ahí tienen ustedes, estimados demócratas auténticos del mundo entero,
de perfil y de frente, al flamante presidente de este país-corraleja al que casi
trece millones de colombianos (mi nieto y mi madre, mi hermano y mis tíos
cristianos tan pacíficos y ejemplares) acaban de ungir con su voto en la
esperanza de que se cobre con muertos las falsas maricaditas woke de los
derrotados, y ojalá con la mano dura de que ha hecho gala el a todas luces
bíblico trumbukelismo.
Adenda:
¡muerte a Mikolka y a todos los Abelardos Freisen y Gustavos de la Espriella
que en el mundo son y han sido…! ¡Pero antes muélanlos a palos!
1192. Pero y entonces, estimada y admirada Olga
Lucía, ¿cómo definimos certeramente este sustantivo, odioso e inexacto donde
los haya?:
“El populismo
tiene mucha relación con la demagogia (en regla general, el arte de adular al
pueblo para obtener sus favores es una calidad oral; no existe el populista de
mero discurso escrito o malo en la tribuna), y con una palabra seductora y
constante. El populista le habla al pueblo directamente, le confía sus asuntos,
lo enamora mientras le vende humo. El misterio del populismo es encajar en
muchos moldes, llegar a muchos oídos prometiendo cosas. Es como un donjuán
desvergonzado, y sin embargo perdonado con cada nueva ocurrencia o mentira. El
pensamiento político de los populistas es por definición difícil de encasillar
-abarca un espectro amplio, producto de sus inmensas contradicciones y su
necesidad de confundir-. La fuerza de los populistas es encajar en un anhelo
vago, a la vez que lograr poner a marchar, cotidianamente, la dialéctica
amigo/enemigo. […]
Lo
cierto es que ‘el pueblo’ es quien se identifica con el líder, y en esta
identificación hay un proceso en el que no tienen cabida o posibilidad el
análisis, la racionalidad o el contraste con la realidad. El enemigo que mi
líder designe es mi enemigo. […]
El tema
es precisamente que, para este público y para estos electores, lo más
importante es identificar al enemigo principal, y que estos políticos logran
ese objetivo, simplificar la vida pública y todos los debates en una lógica de
identificación amigo/enemigo. La pregunta es si esto es inevitable, si es algo
duradero, si es algo beneficioso o no para el debate público y para la sociedad.
En
realidad, no es algo inevitable, aunque sí es muy difícil desenmascarar o
destronar al populista, pues éste acude a una de las necesidades más humanas:
la de creer en historias, creer en palabras y en promesas, así sean falsas. Ese
lado del populista -mantener viva una esperanza, aun mintiendo- se acompaña
siempre del otro, del ataque al enemigo y de la promesa de vencerlo juntos. El
populista constantemente necesita susurrarle al pueblo su verdad y recordarle
su común adversario. […]
Pero, de
nuevo: ¿es inevitable el populista? No lo es. Hay países -o momentos de la
historia- donde no ‘pegan’, donde estas formas de hacer política no toman
fuerza. A veces, los pueblos aprenden a identificar a los populistas y no les
paran bolas; otras veces, los pueblos aprenden a identificar sus reales
necesidades y no caen en la trampa de votar por quienes los han perjudicado.
[…]
Las
lógicas de este voto paradójico ameritan ser profundizadas […]. Una forma de
superar los tiros en el pie y el debate de sordos es descifrar sus mecanismos y
mejorar la cultura política.”
Le
propongo, maestra, que vayamos de atrás adelante. Habla usted de voto
paradójico y a mí se me viene a las mientes su anuncio reciente de que en la
segunda vuelta pensaba votar por Cepeda para, mediante ese voto útil, ayudar a tapiarle
el camino a de la Espriella hacia la presidencia pues lo considera usted una
opción más peligrosa y violenta, pero yo le pregunto: ¿qué más violento puede
haber que la inminencia de que miles de personas mueran por falta de atención
médica y medicamentos, y no de resultas de la falta de recursos para garantizar
ese derecho, sino de la pésima leche ideológica de unos extremistas de sus
convicciones políticas de las que a todas luces participa el que podría
erigirse en sucesor de Petro? ¿Que mueran, entonces, de sus enfermedades y
dolencias los millones que no tienen cómo procurarse atención médica particular
ni medicamentos costosos, pero no a causa de la violencia que se avizora en un
gobierno de Abelardo y que, por otra parte, con Petro no hizo más que
propagarse y arreciar? ¿Se puede mejorar, acaso, la cultura política volviendo
a elegir a quienes vienen promoviendo desde el gobierno que se instauró en 2022
no un diálogo de sordos, sino una guerra sectaria que tiene al país ad portas
de una confrontación civil que empezó en las redes y amenaza con trasladarse a
las calles?
Ahora:
nada más inevitable que los coqueteos cíclicos del grueso de los electores con
lo peor y más impresentable de la política, que emergió ayer allá -Italia o
Alemania-, hoy acá -Estados Unidos o Hungría-, mañana ya se verá dónde, y en
todos los casos con la fuerza suficiente para que se contagien hoy de populismo
democracias como la nuestra, a merced de dos riesgos a cuál más grande y
deletéreo. (Lo que en cambio sí resulta evitable es no hacerse partícipe de
ninguna de estas dos mojigangas mediante el voto en blanco, el voto-castigo que
es el que a mi juicio se debe promover.)
Pero
vayamos al sustantivo a que aludía a comienzos de este desahogo: ¿qué es el
pueblo y quiénes exactamente lo integran si, descontados los políticos
profesionales que le venden el alma al diablo Cepeda o al diablo de la
Espriella, por un lado tenemos a cultos muy cultos, a semicultos y medianías
empingorotadas de la academia, a profesionales de todos los campos y saberes, a
trabajadores esforzados y personas del común, a pobres decentes y morralla vil,
enzarzados todos en una pelea de borrachos que no deja títere con cabeza ni
familia -exagero, exagero- sin ridículos -por innecesarios- rifirrafes
ideológicos? ¿En dónde nos ubicamos entonces los de veras tibios que,
asqueados, no transigimos ni con uno ni con otro populismo y que, por
consiguiente, votamos en blanco a sabiendas de que aquello por desgracia no
resuelve nada? ¿En el antipueblo acaso? ¿O, se me ocurre, en una categoría que
propongo denominar ‘apátridas de la política’, por aquello de la resistencia y
el desprecio que nuestra tibieza racional despierta entre los hostiles y
pugnaces que sí compran demagogia y humo y ocurrencias y mentiras y promesas
falsas y enemigos gratuitos?
Adenda:
para fantasmagorías y alucinaciones y entusiasmos vitales tengo, de vicio y de
sobra, con el amor venéreo.
1193. ¿Que el arte en general y la literatura en
particular forjan hombres sabios?:
“Ningún
escritor celebró el imperio británico como Rudyard Kipling, tan patriota él que
se empeñó en que su hijo luchase, a los 16 años, en la Primera Guerra Mundial.
Inicialmente, las autoridades militares no permitieron que John Kipling fuera
al frente. No solo era demasiado joven, sino además extremadamente miope.
Pero el
padre, que tenía sus contactos, movió cielo y tierra y logró su objetivo.
Kipling
hijo murió en su primer combate, en 1915. Kipling sénior quedó traumatizado de
por vida. Arrepentido de todo, escribió en 1919 un poema de dos líneas, el
epitafio para los caídos en lo que había sido una de las guerras más
sangrientas y más inexplicables de la historia.
‘If any question why we
died, / Tell them, because our fathers lied’. ‘Si preguntan por qué morimos, /decidles: porque nuestros padres
mintieron’.
Pocas
veces tan pocas palabras pueden haber comprimido de manera tan certera tanta
amargura, decepción y desconsuelo. Resumen la terrible verdad detrás de tantas
guerras…”
Estaba
aquí pensando en que si hoy por la noche, 21 de junio de 2026, día de la
segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, al extremista que
resulte perdedor se le ocurre no aceptar los resultados de las urnas y manda a
sus idiotas útiles a que se maten en la calle con los ganadores a sabiendas de
que ningún fraude hubo, los Londoño, las Restrepo y los Gamboa se harían eco
del bulo propio y apoyarían la trifulca que de tamaña irresponsabilidad se
derive, salvo que no precisamente con sus sobrinos, primos, hermanos, nietos o
hijos a lo Rudyard Kipling sino con los Brian y los Kevin que nada o en
cualquier caso muy poco les significan. Tiene cierto mérito el que un
ideologizado culto muy culto como los de marras o aun semiculto como este
servidor, tribute parte de su descendencia a la causa que dice propugnar;
aunque lo correcto y valiente y loable sería no que delegue la defensa de sus
ideales en terceros sino que, y sin que importen su edad y estado de salud, por
ellos empuñe la espada de Bolívar o el fusil de asalto y pase de las arengas
cobardes a los hechos concretos.
1194. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Parece
que en forma creciente reemplazamos el razonamiento por identificación con un
grupo. Las creencias no son opiniones que se puedan discutir, o a veces
cambiar, escuchando argumentos: vienen en ‘combo’ y son parte de la identidad.
Jamás se renuncia a un mal argumento si es uno de los argumentos del grupo.
Resulta preferible renunciar a los estándares que alguna vez tuvimos para
juzgar las evidencias. No importa si las conclusiones son ciertas o falsas,
sino cómo logramos defenderlas de una reputación ‘hostil’.
La
sociedad se parece cada vez más a un estadio de fútbol. Hay en el centro una
cancha con pocos jugadores y directores técnicos. Allá hay ideas, estrategias y
algo de juego. El resto, las multitudes, estamos en las graderías y somos
hinchas: azules, rojos, verdes o amarillos. Las graderías enfrentadas ven dos
realidades diferentes, lo que para una es una falta, para la otra es una
genialidad. Si le cobran una penalidad a nuestro equipo, la culpa es de los
árbitros, que están parcializados, o del VAR, que usa algoritmos obsoletos.
Lo peor
que puede pasar es que de pronto uno de la gradería disienta del juicio
general. Es terrible, porque si bien los de la otra gradería son herejes a los
que no se escucha y se odia intensamente, el propio que disiente es un
apóstata, y no puede haber nada peor. […]
Las
personas tienden entonces a ‘interpretar’ la información de manera que refuerce
su identidad, ya sea de género, clase, raza, religión, nacionalidad, ideología,
o cualquier otra entre los miles de identidades y subidentidades en las que se
ha fragmentado la sociedad humana en tiempos recientes. En mi juventud, no hace
tanto, el ideal era la igualdad sin distinción de identidades, hoy es defender
la propia en medio de una fragmentación infinita. […]
La
evidencia científica, el conocimiento y la experticia son desestimados porque
solo vale la lealtad.
Las
personas en esta dinámica de defensa de su identidad perciben a los otros como
enemigos; esto fomenta la mentalidad de ‘hinchas’ y conduce a conflictos de
difícil solución, somos nosotros contra ellos. Las redes sociales amplifican la
dinámica: cada uno sigue y escucha a los suyos, y cuando interactúa con ‘los
otros’ es para atacarlos, nunca para escuchar.
En lugar
de buscar un consenso basado en evidencias, las personas se polarizan,
rompiendo toda comunicación y cualquier posible entendimiento entre grupos…”
(Moisés Wasserman).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento
sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades descritas
en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda
Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación)
al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
Adenda:
¿cómo hago para conciliar los hechos más que palpables de este artículo suyo
con el aserto-titular del que usted publicó justo una semana después, también
en El Tiempo? ¿Que ‘La gente quiere estudiar’, asegura usted, simple y
sencillamente porque una mayoría abrumadora eso le aseguró a una encuesta
internacional que usted califica de seria? Lo podrá ser la encuesta pero no a
bulto la gente, que a la hora de ubicarse en una latitud del espectro político
escoge mayoritariamente el centro más tibio y moderado, por el que jamás vota o
votaría. ¿Que la gente quiere estudiar? Harto sencillo: que deje de perder el
tiempo en fruslerías nocivas por el estilo de las redes sociales y se aplique a
aprender con y gracias a las posibilidades infinitas que nos brinda el internet.
Dicho en otros términos, que pase del dicho al hecho.
1195. Pregunta el abogado Alfonso Gómez Méndez y
responden hoy Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella; los dos -y dos y dos y
dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos y dos- que, caso de que en 2030 y
sucesivos nuestra demasiado falible democracia subsista pese a los embates de
una extrema y de la otra, se disputen, hasta el fin del antropoceno, a patadas
y mordiscos la presidencia de la República: “¿Mantendrían en sus puestos a
ministros y altos dignatarios del Estado a pesar de las investigaciones
judiciales, con el argumento de que todavía no tienen sentencia condenatoria
ejecutoriada? ¿Asumirían responsabilidades políticas por graves fallas en la
escogencia? ¿Desvincularían del Gobierno a funcionarios corruptos aun cuando
sean depositarios de incómodos secretos? ¿Continuarían con la práctica de
obtener apoyos parlamentarios al detal a cambio de puestos y contratos?
¿Sostendrían en sus cargos a funcionarios que en público se hacen recíprocas y
graves acusaciones de corrupción?”. Cepeda: sí, no, no, sí y sí. De la
Espriella: sí, no, no, sí y sí. Todos los por venir: sí, no, no, sí y sí. ¿Para
qué, entonces, más acuerdos sobre lo fundamental y forjas de posibles consensos
que nos permitan sacar el país adelante?
Adenda:
nada más fácil que concretar la esencia de la historia de Colombia en una única
frase: déja vus sin intervalos.
1196. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Supuestamente
somos más ilustrados y tenemos más información que nunca, por lo cual
deberíamos contar con una mejor capacidad de discernir entre lo que nos
conviene colectivamente y lo que no. Pero cuando uno mira el estado de cosas en
este planeta, salta a la vista que estamos caminando en la dirección
equivocada. Tanto que el espectro de una tercera guerra mundial ha vuelto a
aparecer y se expresa, entre otras, en un aumento del arsenal de armas
nucleares.
Mientras
eso sucede, la democracia liberal, con su sistema de pesos y contrapesos, se
encuentra bajo asedio. Y quienes la atacan son los mandatarios que ha
engendrado, quienes desde el poder intentan deslegitimar la justicia o los
congresos de turno si estos no se pliegan a su voluntad. Como una especie de
pandemia, el contagio avanza.
El
modelo es sencillo, está probado, es cosa de llenarnos a todos de miedos
desquiciados y luego ofrecer la tabla de salvación justo antes del hundimiento.
Seguimos cayendo una y otra vez…” (Melba Escobar).
Salta pues
a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores
vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en
cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial
propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la
imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin
solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en la
cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad
Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al
menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar
a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.
1197. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…un
mundo en el que se ha impuesto, como nunca antes en la historia, la tiranía
individual, la dictadura de cada quien y sus caprichos y obsesiones, hasta
llegar al punto de que la humanidad entera se despierta hoy a asomarse en sus
redes sociales a ver si el universo la complace y le da la razón, si la
satisface en su profunda arrogancia.
En eso
han contribuido de manera ya irreversible los políticos -esa especie de
farándula del horror- que en su afán demagógico por fingir cercanía con sus
masas y votantes ahora se pliegan al más obsceno chaqueteo y compadrismo con
cuanto orate los interpele en el mundo digital, igual que antes cargaban niños
o besaban ancianos desdentados, o viceversa, para proyectar la imagen falsa de
su sencillez y su amabilidad.
Pero lo
peor es cuando desde afuera alguien pretende instruir, con tenebrosa soberbia,
a quien debería saber más que nadie de eso de lo que está hablando, incluso
cuando se trata de su propia vida […].
No es de
extrañarse que el mundo esté como está, basta ver quienes creen tener siempre
la razón” (Juan Esteban Constaín).
Salta
pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los
contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el
hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un
potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente
bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese
desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- las
realidades descritas en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que
discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo,
tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y
tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores
corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo
que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.
1198. ¿Qué se le agrega a la completitud… de los
sepulcros blanqueados de la religión y la política?:
“Hay que
tenerles pavor, lo enseña la historia con sangre, a quienes conciben el mundo
apenas como una abstracción ideológica y geométrica: un pretexto para sus
delirios mesiánicos, sus desvaríos, sus obsesiones, su megalomanía que suele
saciarse en ese plano fantástico –‘quimérico, fingido, que no tiene realidad y
consiste solo en la imaginación’, define la RAE ese adjetivo- en el que lo más
fácil es prescindir de las personas en concreto.
Denis
Diderot, uno de los más grandes filósofos de la Francia del siglo XVIII, decía
que en su tiempo había dos tipos de pensadores: los que hablaban del ‘hombre
abstracto’ y los que hablaban del ‘hombre concreto’. Los primeros eran
idealistas, por supuesto, unos teóricos de la humanidad, esa palabra que además
escribían muy ufanos con mayúsculas, ‘la Humanidad’; los otros eran más
modestos y sensibles, defensores de la gente, no de su arquetipo ideal. […]
Ese es
el signo de las utopías totalitarias: su vocación teórica, la forma en que en
ellas se impone un ideal de lo humano que lo justifica todo, incluso la
opresión y la barbarie, la indolencia, la ingratitud, la crueldad, la
inhumanidad, quién lo diría, siempre y cuando se invoquen los principios
sacrosantos que guían la acción de esos aparatos de la enajenación y el
fanatismo que se vuelven un fin en sí mismos: la única razón de ser de todo lo
que ocurre.
Pero ese
es también el signo de los utopistas totalitarios, a los que se les llena la
boca de agua, se les hincha el pecho, cuando hablan y piensan solo con
abstracciones y al mismo tiempo son capaces de las peores bajezas con la gente
a la que tienen al lado. Pienso por ejemplo en el poeta Pablo Neruda, un
grandísimo poeta, sin duda, que en sus versos veneraba y defendía a los
proletarios mientras fue capaz de abandonar a su hija que padecía hidrocefalia.
[…]
Pero lo
grave no es la radicalización sino el envilecimiento: la supresión absoluta de
todo vestigio de humanidad en medio de un combate sin cuartel. Es otra vez lo
que decía Diderot: hay quienes piensan en el ser humano solo como una
abstracción, una ficha prescindible y mudable, una invocación ideológica y
aritmética que lo permite todo, aun la infamia y la maldad. Cortejadores de la
Humanidad, escrita así, que se venden con arrogancia y con orgullo como sus
salvadores y tutores pero son implacables con el dolor ajeno, con el
sufrimiento concreto de seres humanos concretos.
Quizás
llegue el día, no tan lejano, en el que la compasión sea la única idea política
que tenga sentido de verdad.”
En mi
calidad de ciego de nacimiento y por tanto de persona que precisa más que casi
todos los demás de la solidaridad y la buena disposición ajenas; de familiar y
allegado de cristianos fundamentalistas y de otros fanáticos religiosos; de
profesor y colega de fachos ultraizquierdistas de campus público y de odiador
de sus representantes políticos en todas partes doy fe, palabra por palabra, de
lo que con tanto acierto señala aquí mi maestro y carnal Juan Esteban Constaín,
a quien en secreto invito para que juntos adelantemos un par de experimentos sociales
cuyos resultados conozco de antemano. La idea es, hermano, que a hurtadillas
nos metamos en un culto de la Misión Carismática Internacional, de El Lugar de
su Presencia, de Manantial de Vida Eterna (de Avivamiento no porque mi hermano
y su mujer se las pillan y nos abortan el plan) o de cualquier otra
transnacional de la fe y, justo cuando el pastor esté hablando, lacrimoso, del
amor de Cristo y de no sé qué más vainas, nosotros levantamos la mano y le
pedimos la palabra para preguntarle, a quemarropa, qué cree que opina Jesús del
genocidio que Israel perpetra en Gaza y del infierno en que tiene convertidos al
Líbano, Cisjordania y no se diga a la Franja. Salidos de allí -caso de que
consigamos salir vivos e indemnes-, averiguamos en qué campus público hay a
esas horas alguna conferencia sobre derechos humanos o al menos impartida por
un defensor o defensora de los derechos humanos y, cuando el individuo o la
sujeta esté en lo álgido de su diatriba contra Trump y Netanyahu, los dos
volvemos a levantar la mano para preguntarle por qué no ha dicho esta boca es
mía en relación con las dictaduras venezolana, nicaragüense, cubana, china,
iraní, afgana y ni qué decir tiene que tampoco con el invasor de Ucrania,
dictador de Rusia y criminal de guerra Vladímir Vladimírovich Putin. Piénseselo
bien, Juanito, porque el terrorismo de esos antros no son las maricaditas woke
de los mamertos del Rosario, que de seguro los tiene. Me cuenta si se anima.
1199. Olvidos voluntarios que lo dicen todo sobre un
opinante: “Hablando académicamente, pues, Trump tiene un lugar ganado en la
lista de gobernantes que han practicado la crueldad como política, al lado de
Calígula, Gengis Kahn, Atila, Vlad el Empalador, el rey belga Leopoldo II,
Adolfo Hitler, José Stalin, Mao Xedong y Pol Pot. Sus credenciales comprenden
-algunas compartidas con Benjamin Netanyahu- a 73.000 gazatíes muertos, decenas
de lancheros abaleados sin juicio ni sentencia en el Caribe y el Pacífico, cerca
de 150 escolares iraníes bombardeadas y miles de emigrantes pobres que padecen
en Estados Unidos persecución, cárcel injusta y tormentos”.
Comprendo
perfectamente que en razón del reducido espacio de un artículo de prensa, al
columnista y humorista Daniel Samper Pizano se le hayan librado las crueldades
sin nombre de las dictaduras china, norcoreana, afgana, iraní, saudí,
nicaragüense, cubana y venezolana, para no hablar de las del yihadismo
palestino en suelo israelí que desataron el genocidio en Gaza y demás
barbaridades del terrorismo de Estado sionista en la región. ¿Pero dejar
incólume y a la sombra, para que se mantenga fresco y plácido, al invasor y
criminal de guerra y determinador de cientos de miles de muertes de entre
civiles ucranios y soldados ucranios y rusos, de millones de huérfanos y viudas
y exiliados y lisiados que, sumados, con mucho y de lejos y con diferencia
rebasan las cifras ya de por sí espantosas de la carnicería en Gaza y el
Líbano? Nada de lo que sorprenderse si se repara en la infame frase de otro
artículo reciente en la que este otro valedor del Bicho del Kremlin equipara a
los que invaden y atacan con los invadidos que se defienden: ¿Que Ucrania y
Rusia intercambian ‘dronazos’ y ‘misilazos’ afirma usted, Daniel, y sin arrebolarse
siquiera? ¿Pero cómo se atreve a soslayar la asimetría armamentística de los
ofendidos que arremeten, con toda legitimidad, prácticamente sólo con drones mientras
que sobre Ucrania llueven del cielo, allá sí, misiles y drones a diario y por
decenas? Déjeme decirle que a usted, como a Petro con su Antonella tan sensata
lo salva, de su en ocasiones militancia manifiesta, su hijo y tocayo. A quien
le envío un abrazo constrictor junto con todo el respeto que me suscita su
ecuanimidad.
Adenda(ss):
pero media hora después, y como para que no quede la menor duda del volitivo
soslayamiento, me topo con esta otra perla en otro artículo suyo: “Es
abominable que un solo personaje tenga el poder de decidir y deteriorar la vida
de millones de personas inocentes -recuerden a Gaza-…”, escribe Samper Pizano
hablando de… averígüenlo ustedes mismos. Y si por azar dan con Ucrania y los
ucranios entre los millones de personas inocentes cuyas vidas arruinó un
maldito de apellido Putin, les pido el favor de que me suministren las
coordenadas. Aunque tengo el pálpito de que van a perder el tiempo. Y sí que lo
van a perder si, como yo, remontan el río de sus publicaciones en Cambio y
descubren que en otra de sus columnas, mientras llama por su nombre al
Carnicero de Gaza -de ‘homicida en serie’ lo califica-, al Bicho del Kremlin lo
honra con un título como de fábula de Esopo –‘raposa mendaz’- cual si sus
crímenes no fueran, hechas las sumas y las restas, más siniestros en número y
especies que los de su compadre en el horror. Y gracias infinitas, estimado y
admirado Daniel, maestro Samper Pizano, infinitas gracias por su español tan
bello y por su escritura a un tiempo desenfadada y culta, sencilla y exigente:
luminosa siempre.
1200. Medioevo Científico y Tecnológico:
“…Desde
la Segunda Guerra Mundial no habíamos padecido una crisis tan honda en materia de
economía y de actividad bélica. Miles de inocentes han muerto en bombardeos,
muchos de ellos, niños; el pánico financiero empobrece a millones y beneficia a
unos pocos; la ruina de la naturaleza no se detiene y, por el contrario, avanza
con mayor voracidad; la tensión de guerra flota en buena parte del orbe; la
inseguridad frena los avances tecnológicos; las violaciones del derecho de
gentes amenaza con convertir en papel mojado veintitrés siglos de códigos
dedicados a forjar civilización; la glotonería plutocrática ha reemplazado el
instinto humanitario y el sentido de la justicia.
La
arrogancia de los ignorantes no conoce fronteras…” (Daniel Samper Pizano).
Salta pues
a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores
vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en
cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial
propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la
imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin
solución a la vista, así como -entre muchas otras- las realidades enunciadas en
la cita, son lo que me lleva a a afirmar aquí que discurrimos por una segunda
Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación)
al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus
albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y
estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y
pormenores. Que ya aterran.