Me mamé de oír que los niños y los adolescentes de esta
época son más despiertos e inteligentes que todos los que los precedieron
simplemente porque juegan con sus ‘smartphones’ y pantallas desde que dejan de
gatear y comienzan a caminar. Sería como decir que los de la mía lo éramos
porque sabíamos desenredarle la cinta a un caset que se nos trabó dentro de la
grabadora o el equipo de sonido, o porque jugábamos marcianitos o maquinitas
como tahúres de casino. Francamente, qué concepto tan pobre el que se tiene de
la inteligencia.
Me mamé de tantos clichés que se repiten sin la menor
reflexión en todas partes, como ese de que “no hay como el amor de la madre”.
¿De cuál madre, me pregunto? Porque si es de la mía (tan prodigiosa como muchas
más que conozco) de la que se habla, tienen razón. Pero otra cosa muy distinta dirían
los niños maltratados por sus madres o los adultos que lo fueron por las suyas
tal vez a diario, y de las peores formas: indiferencia, parcialidad, insultos;
humillaciones delante de familiares o amigos o de quien sea; golpes propinados
con la mano, con el cable de la plancha o con cualquier objeto contundente que
se atraviese, simplemente porque así son los desarreglos hormonales o porque el
marido no llegó a dormir anoche a la casa. Pero como las mujeres siempre son
víctimas y jamás victimarias, esto tan grave o no se tiene en cuenta en
absoluto, o se desdeña como algo menor. Bueno sería abrir los micrófonos y encender
las cámaras y permitir que todos los que tengan algo que denunciar en este
sentido lo puedan hacer, desde luego que también en los foros de opinión de los
periódicos. Ah, y en los parvularios, las escuelas, los colegios, las
universidades, las iglesias, las oficinas, los parques, la calle y las redes
sociales, para ver si el asunto importantísimo de la violencia doméstica por fin
se aborda siquiera con algo de objetividad. (Tengo una idea: y si mientras
aquello ocurre, ¿qué tal si leen ‘Silencio’ de la insuperable Lucia Berlin, intentan
hablar con Zoilamérica Ortega sobre Rosario -alias Jezabel- Murillo y averiguan
la historia familiar de Stephen Sondheim?).
Me mamé de oír repetir a los universitarios, que no leen
periódicos ni se informan a través de la radio o la televisión, ocupados como
están en la rumba y los videojuegos y las redes sociales, lo que oyen de sus
profesores en clase -cuando los oyen-, una perogrullada: que los medios de
comunicación tienen intereses políticos y económicos y por tanto no son dignos
de total confianza. Como quien dice, yo no leo prensa ni oigo las noticias en
la radio o veo los noticieros no por pereza y desinterés (las verdaderas
razones por que no lo hacen) sino para evitar que me manipulen. Como si
quedarse con lo que equis o ye profesor o mi mamá o mi papá o mi tío opinan,
también con sesgo, fuera la solución para la tontería esa de las ‘fake news’,
que tienen hoy por hoy al mundo entero en vilo y escandalizado. Un mundo que
simplemente no entiende que ni eso ni nada -avieso, mediocre o loable- que
provenga del caletre humano es nuevo. Nada.
Simplemente, me mamé de los leedores pretenciosos que creen
que lo que ellos han leído o están leyendo es lo que hay que leer porque, de lo
contrario, el receptor de su cháchara es un pobre ignorante. Ignorantes ellos
que no alcanzan a mensurar las dimensiones oceánicas de la buena literatura,
que ni en las siete supuestas vidas del gato conseguiría abarcar el más capaz y
disciplinado de los bibliófilos.
Simplemente, me mamé de los ‘cortarse el cabello’ o ‘lavarse
el cabello’ o ‘peinarse el cabello’; de los ‘iniciar’, de los ‘finalizar’; de
los ‘enfocarse en’, de los ‘perder el foco’; de los ‘el presunto asesino’ o ‘la
presunta víctima’ o ‘la presunta madre que me parió’; de los ‘escuchar llover’
o ‘escuchar ruidos’ o ‘¿Aló? ¿No me escuchas?’; de los ‘al interior de’, de los
‘junto a (en el lugar de la sencilla y práctica preposición con)’; de los ‘hablan
desde la emoción’ o ‘lo digo desde la sinceridad’ o ‘lo escribimos desde el
afecto’; de los ‘hacer pedagogía’ y ‘hacer historia’; de los ‘problemática’, de
los ‘histórico’, de los ‘adicionalmente’; de los ‘crecer’ o ‘decrecer’ y demás
verbos intransitivos que incluso escritores solventes andan convirtiendo a la
brava en transitivos; de los ‘ente acusador’ o ‘ente investigador’; de los ‘lesionado
(en el lugar de quemado o herido)’; de los ‘queísmos’, de los ‘dequeísmos’; de
los ‘señores de las FARC’ o ‘señores del paramilitarismo’; de los ‘las cientos
de víctimas’, de los ‘las miles de denuncias’, de los ‘las millones de
historias’; de los ‘a todos y a todas’, de los ‘personas en situación de calle’
o ‘personas en situación de discapacidad’; de los ‘afrocolombiano’ o ‘afroamericano’
o ‘afrowhatever’; de los ‘doctor Iván’, de los ‘señora Clara’; de los ‘decirles
que…’ o ‘expresar que…’ o ‘darles la bienvenida a…’; de los ‘sensibilizar’, de
los ‘acompañamiento’, de los ‘socializar’; de los ‘Países Bajos / neerlandeses’
en el lugar de ‘Holanda / holandeses’; de los ‘tener sexo (en el lugar de los inmejorables
culiar o pichar)’; de los ‘en el treceavo piso’ o ‘en el veinteavo festival’ o
en el ‘cincuentaavo aniversario’; de los ‘comunidad LGBTI’ o ‘comunidad
discapacitada’ o ‘comunidad académica’; de los ‘nosotros como gobierno’ o ‘como
banco’ o ‘como iglesia pensamos que…’ y demás sandeces y melifluidades de
académicos, políticos, periodistas, abogados y ciudadanos de toda índole aunque
por fortuna no todavía -que yo sepa al menos- de abuelos y campesinos. O eso
quiero creer.
Me mamé de oír que dizque los ciegos vemos con los ojos del
alma: ¡pero por Dios! Si todavía desconocemos qué es el alma o si tal embeleco
existe, ¿con cuáles ojos de cuál alma vamos a ver los que no vemos? Una cosa sí
les aseguro: los ciegos de la secta sabatiana -una inmensísima minoría-, que me
honro de presidir no ya en América Latina simplemente sino en el universo
mundo, miran hondo muy hondo pero no gracias al alma; gracias a Su Majestad la Inteligencia.
Me mamé de que cristianos y testigos de Jehová se atrevan,
los muy cabrones, incluso a despertarme en el TransMilenio para preguntarme
siempre lo mismo y con las mismas palabras babosas: “¿Usted sí sabe que Dios le
puede devolver la vista?”. Y yo, entre las brumas del sueño: “¿Quién?, ¿qué?”.
Y ellos, subiendo el volumen, pues además de ciego me imaginan sordo: “Que Dios
le puede devolver la luz de las vistas”. Y yo, cada vez más puto: “Primero, no
se dice vistas sino ojos. Y segundo, a mí no me tienen que devolver nada porque
siempre he sido ciego”. Y ellos, porfiando: “¿O sea que usted nunca ha
mirado?”. Y yo, casi al borde de un ataque de nervios: “¿Mirado qué?”. Y ellos,
untuosos: “Las cosas, las personas. ¿Usted nunca a mirado a su mamita?”. Y yo,
ahora sí completamente despierto y…: “No tengo mamita ni creo en Dios ni quiero
ver. ¿Le queda claro?”. Y ellos, por fin sinceros: “Por eso es que está ciego”.
Y yo, cagado simplemente de la risa: “Bueno señor. Hasta mañana”. Y vuelvo a
clavar cacho porque todavía me faltan varias estaciones para bajarme.
Me mamé de que para los que se sacian en los animales no
haya prácticamente ningún castigo. ¿Qué tal si para disuadirlos reinstauramos
simplemente la sapientísima ley del Talión (un saludo para el maestro Fernando
Vallejo)? sííííí: esa del ojo por ojo y diente por diente que jamás debió
abolirse. Si algo así de bello ocurriera, sus defensores -los de los animales-
podríamos apagarles a los malditos sobre la piel los cigarrillos con que se
divierten quemando a perros y gatos, o les tiraríamos encima a las viejas
amargadas la misma agua hirviendo con que escaldan a los callejeros que se les
cagan en el frente de sus cochinas casas, o mataríamos de hambre y de
extenuación a los que explotan y maltratan caballos y demás animales de labor,
o les daríamos las mismas patadas y golpes a las escorias que a diario los
hacen gemir de dolor a todos ellos: los únicos de entre los seres animados por
completo a merced de la chusma erguida.
Me mamé, simplemente, del complejo de inferioridad
idiomático de cientos de millones de hablantes de lo poco que va quedando de la
lengua de Cervantes (un saludo para el maestro Fernando Vallejo), y de su
incapacidad para darse cuenta de lo ridículos que se oyen nombrando cada cosa
con un término ajeno que no comprenden pero que creen que les confiere estatura
social. Un fenómeno del que participan por igual los desclasados, que bautizan
a sus hijos dizque Darwin, Michael, Shirley o Whitney pero los llaman el
Dargüin, el Máicol, la Chirli y la Güidni; los emergentes, que matriculan a sus
hijos en el Colombo Americano o en cualquier “chuzo” donde se enseñe inglés
porque “el que no hable inglés hoy en día está condenado al fracaso”, pamplina
que repiten bobaliconamente y sin caer en que solo el dos por ciento por
ejemplo de los colombianos lo habla entre muy bien y con cierto decoro pero no
por eso se puede decir que solo ese dos por ciento sea el que sale adelante; y
los privilegiados, cuyas empresas bautizan y acompañan de eslóganes plagados de
anglicismos para “sonar” internacionales porque qué tal llamarnos HELADOS LA
DELICIA o BAR LA GRESCA o RESTAURANTE DE LA MONTAÑA. Imposible: para descrestar
calentanos y cobrarles duro, nos tenemos que llamar Exquisite Ice Crream o The
Fight Bar o The Mountain Restaurant. Paradójicamente, cuanto más grande es la
frustración del que en vano se sueña hablando inglés, más grande es su
idolatría por esa lengua que se le resiste y, resentido, ya que no logra lo que
anhela, envenena lo que sí le pertenece pero desprecia.
Me mamé de oír, cada que hay pedreas y terrorismo en los
alrededores de las universidades públicas de Bogotá y supongo que de todo el
país, a los rectores o a quien tenga a cargo la declaración de después de los
destrozos decir que “los actos vandálicos fueron perpetrados por personas
ajenas a la institución” a sabiendas de que mienten descaradamente. Y mienten
simplemente porque, en esos desmanes propios de bandidos aunque disfrazados de
protesta y de inconformismo juvenil, quienes actúan de hecho son terroristas
matriculados en la universidad -la Pedagógica por ejemplo- o venidos de las
vecinas -la Nacional y la Distrital-, cuando no profesores o profesionales
egresados de una o de las otras y vinculados al terrorismo universitario desde
antiguo. Propongo que en adelante, amén de militarizar el campus en que se cometan
los desmanes, cada que una declaración así de insensata e irresponsable se
produzca, se empapele, en calidad de cohonestador, también al declarante.
Me mamé de la legión de ciudadanos y periodistas a todas
luces afectos a la izquierda que, soslayando intencionadamente los abusos de
poder y los casos de corrupción que se perpetraron durante su alcaldía, gradúan
de completamente honrado a Gustavo Petro, cuya reputación de gobernante que no
roba se mantiene en pie gracias simplemente a ese respaldo irrestricto y
cómplice. Porque es que si al menos un veinte por ciento del tiempo y la
energía que dichos ciudadanos y periodistas (estoy pensando, entre muchos
otros, en los columnistas María Jimena Duzán, Daniel Coronell y Cecilia Orozco
Tascón) emplean en denigrar la ya de por sí tenebrosa historia de los delitos
de Uribe y el uribismo en el país se hubiera empleado en objetividad e
investigaciones a la precarísima gestión de Petro y el petrismo al frente de
Bogotá -para no hablar de las maniobras más que condenables del candidato de la
¿Colombia Humana? en la campaña electoral de 2022 a la presidencia-, otro gallo
muy distinto cantaría y otra muy distinta sería la imagen de este otro aspirante
-ojalá para siempre postergado- a tirano criollo.
Me mamé de que los fanáticos de la fidelidad a todo trance y
la exclusividad sexual -sinceros unos, hipócritas otros- me impongan su versión
manida y machacona del amor venéreo. Y es que al igual que frente a los
creyentes, ante quienes ateos y escépticos resolvemos callar en vista de su
número e intransigencia, los que pensamos y sentimos diferente en relación con
este asunto que a todos nos atañe o nos tapamos la boca y nos reservamos
nuestras propias convicciones, o adoptamos las ajenas a sabiendas de que vamos
simplemente a perecer en el intento.
Me mamé, simplemente, de que las universidades y sus
carreras presuman de la mentirosa “alta calidad” a que cada cierto tiempo unas
y otras deben optar so pena de quedar por fuera de un selecto grupo de alma máter
que no obstante comparten con las de escasa o ninguna calidad el estudiante
medio de hoy -y de ayer, y de antier, y tal vez de siempre-: ese que no lee
porque no le gusta y si lee no comprende; ese que no escribe porque no le gusta
y si escribe lo hace horrorosamente; ese que no opina porque no sabe y si opina
es para especular (entiéndase “divagar”); ese que tantos y tantos colegas
gradúan pese a no ser más que un analfabeto funcional, por supuesto bastante
inculto. ¿Tan analfabeto y tan inculto como los que lo “educaron”? Infortunadamente
sí, en demasiados casos.
Simplemente, me mamé de que las Vivianes Morales, los
Alejandros Ordóñez y demás hipócritas moralistas se amangualen en contra del
derecho que los niños abandonados tienen a que seres necesitados de hijos o
generosos por naturaleza les ofrezcan el hogar que estos fariseos les niegan
pero no les brindan. Y a los muy tartufos se les llena la boca diciendo que son
“provida”, cuando está claro que lo único que hacen es vociferar sus taras y
dogmas religiosos e impedir con su mezquindad que la esperanza se materialice
en familias nuevas y heterogéneas, tolerantes y a veces hasta ejemplares. Los
sensatos tendríamos que exigir a esta legión de oscurantistas que, ya que se
oponen a que quienes sí pueden y quieren lo hagan, adopten ellos y cada uno de
sus correligionarios al menos a un niño expósito. Les garantizo que con ello
concluiría su hasta hoy férrea oposición.
Me mamé de la palabrería de feministas y demás grupos
minoritarios que pretenden, mediante la censura y la imposición, acabar
definitivamente con las injusticias de que siempre hemos sido objeto las
mujeres y los negros, los no heterosexuales, los discapacitados y en términos
generales los diferentes. Maravilloso sería que los voceros de esas
“comunidades” comprendieran que los cambios que se necesitan poco tienen que
ver con el lenguaje y mucho con las realidades de exclusión y falta de
oportunidades, que muy seguramente van a seguir siendo el pan de cada día mientras
todos los esfuerzos se sigan concentrando en que hoy (ya se verá qué se le
impone mañana) la sociedad nos llame personas en situación de discapacidad a
los que simplemente somos ciegos o sordos, personas de condición sexual diversa
a los homosexuales o transexuales y deje de llamar sexo débil a las mujeres.
Tarde o temprano, se van a arrepentir del tiempo malgastado.
Me mamé de que quienes estamos de acuerdo con la eutanasia y
el aborto le imploremos al Estado permiso para dejar de sufrir o lograr que un
ser querido lo haga, o para interrumpir un embarazo indeseado o temido. ¿No
existen acaso las pistolas y los barbitúricos para un caso, y la mifepristona y
el misoprostol para el otro? Simplemente, en tanto sea la caverna lo que
impere, manos a la obra.
Me mamé de todos los victimismos -el de las feministas
recalcitrantes y sus incondicionales, a los que no les importa la violencia que
tantas mujeres perpetran contra sus hijos pequeños y maridos cabrones; el de la
izquierda resentida, que no habla sino de crímenes de Estado y de desaparecidos
cuando los que gobiernan no son los suyos-, pero sobre todo del victimismo de
los judíos sionistas, que simplemente siguen chantajeando al mundo con el
horror del Holocausto, atrocidad que rememoran cada que alguien los fustiga con
razón por los crímenes de Estado que tan a menudo comete Israel a la vista de
todos y sin inmutarse siquiera. Y después se quejan de que en el mundo el
antisemitismo no haga sino aumentar.
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