lunes, 15 de junio de 2026

Desahogos polifónicos tomo 2 (III)

1101. Se lo dedico a Marcela, a Lina María y a Lina María, a Orlando, a Fabio, a Mariana, a César Hernando, a Juliana y a Juliana, a Jaime Alberto, a las hermanas Zamora, a Rolf Ismael, a Andrea, a Alina, a Angélica, a César Arenas, a Paula Andrea y a las muchas personas que motu proprio o por circunstancias de la vida resolvieron de mí apartarse o resultaron de mí apartadas, apartamiento que ni por un solo momento ha conseguido hacer siquiera titubear el afecto, el cariño inmenso y en algunos casos el amor infinito que les guardo y que les voy a tener hasta que mi cerebro o mi corazón se apaguen: “…En alguno de mis primeros libros, hace mucho tiempo, ya sostuve eso de que mantenemos una rutina equivocada y que, en vez de vivir con los amantes y salir con los amigos, deberíamos vivir con los amigos y salir con los amantes. Bueno, vale, es una broma…, aunque quizá no tanto. Hay algo en la amistad, en esa lenta, tenaz, atenta construcción de la relación con el otro, que me parece que, por lo general, es más básico y auténtico que esas relaciones llenas de expectativas, espejismos y fantasmas que solemos establecer cuando hay un ingrediente pasional por medio. […] Hay que invertir mucho tiempo, y tiempo de calidad, en el desarrollo de una amistad. Esta es otra rutina equivocada en la que muchas personas caen: dedican todos sus esfuerzos al trabajo, a ser reconocidos profesionalmente, a ganar dinero o poder, y descuidan esa otra faceta, modesta y en apariencia inútil, que consiste en ir trenzando tus emociones con las de otros, en ir descubriendo la íntima terra incognita de unos extraños que terminan siendo tu patria y tu vida. Desde lo alto de mi edad me voy a permitir la ridiculez o la soberbia de dar un consejo a la gente más joven: que los afanes y los alborotos de la existencia no te hagan perder las prioridades. No desdeñes el valor de la amistad, no la pospongas por trabajo, por miedo, por pereza. Porque llegará un momento en el que te arrepentirás. […] Un amigo es una persona que te hace ser mejor. En medio de tanto horror como hay en el mundo, consuela recordar que existe esto”: 302 10 40 717.

 

1102. “Hay libros que nos dicen de dónde venimos, aunque no los abramos desde hace siglos. Entre ellos están”, y que me perdonen los muchos que seguramente voy a dejar por fuera: La piedad peligrosa y Carta de una desconocida y El mundo de ayer; El retrato de Dorian Gray y De profundis; El país de los ciegos y La puerta en el muro; La ciudad y los perros y Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor y Travesuras de la niña mala; El río del tiempo y Peroratas; Las aventuras de Tom Sawyer; Fractal (Salón de pasos perdidos); La conjura de los necios; El elogio de la sombra; Sostiene Pereira; Los viajes de Gulliver; La paloma y El perfume; El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y El diablo de la botella; Tristram Shandy; Antígona; Azabache; Frankenstein; La escritura o la vida; El lector; Iluminaciones en la sombra; La guaracha del Macho Camacho; El guardián entre el centeno; La pregunta de sus ojos y Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol; El túnel y Sobre héroes y tumbas; Pedro Páramo y El llano en llamas; El animal moribundo; La plaza del Diamante; Qué me quieres, amor y Las llamadas perdidas y Ella, maldita alma; Prosas apátridas completas; El beso de la mujer araña; Plata quemada y Respiración artificial; Las aventuras del capitán Alatriste; Marianela; Mal de escuela y Como una novela; El oficio de vivir; Lope de Aguirre; Rebelión en la granja y 1984; El astillero; Una cuestión personal; Capitán de mar y guerra y Capitán de navío y…; Lolita; Después del terremoto y Sauce ciego, mujer dormida; El marino que perdió la gracia del mar; El mundo y Articuentos completos; La melancolía de los feos y Satanás; La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios; Bartleby, el escribiente; Las cenizas de Ángela y El profesor; Solo en el mundo; Arráncame la vida; El vuelo de la reina; Últimas tardes con Teresa; Matar a un ruiseñor; El amante de Lady Chatterley; Millennium; Mi lucha (Knausgard); El cielo es azul, la tierra blanca; La casa de las bellas durmientes; La metamorfosis y Carta al padre; Casa de muñecas; El joven Arquímedes; Los días; Los miserables y Nuestra Señora de París; El lobo estepario; La letra escarlata; Hambre y Pan y Bendición de la tierra y Victoria; Vivir para contarla y El coronel no tiene quien le escriba y El amor en tiempos del cólera y Doce cuentos peregrinos y Cien años de soledad; El día del Chacal; Madame Bovary; El nombre de la rosa; Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo; Crimen y castigo; Manhattan Transfer; Coronación y El obsceno pájaro de la noche; Albanito, amigo mío, y otros relatos; Oliver Twist y David Copperfield; El gatopardo; Cartas de un sexagenario voluptuoso y El hereje; La Celestina; Don Quijote de la Mancha y Coloquio de los perros; La piel de zapa y Papá Goriot; La roja insignia del valor; La línea de sombra y Juventud y El corazón de las tinieblas; Viaje al fin de la noche; La familia de Pascual Duarte; Fiebre y demás cuentos de Carver; El extranjero y La peste; La Habana para un infante difunto; Un mundo para Julius; Cumbres borrascosas; Lo que no tiene nombre; Los detectives salvajes y 2666; Manual para mujeres de la limpieza y Una noche en el paraíso; La cabaña del tío Tom; Molloy; La elegancia del erizo; El Mar e Imposturas; Tombuctú y El libro de las ilusiones; Un vasto y desierto paisaje y Cuentos reunidos; Los ríos profundos; Las mil y una noches; Lazarillo de Tormes; Los sueños de un buen cristiano y demás cuentos de Aguilera Garramuño; Salvo mi corazón, todo está bien y La Oculta y Fragmentos de amor furtivo y El olvido que seremos y Basura y Angosta… El sentido de la existencia humana y El mundo y sus demonios y La vida contada por un sapiens a un neandertal y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y El dardo en la palabra y De animales a dioses y Castalión contra Calvino y Arte y filosofía y Errata. El examen de una vida y El sentido olvidado y Utopía y desencanto y… y… y…

 

Adenda: no sobra aclarar que en esta lista, como en cualquier otra, pueda que haya títulos que tras una revisión más exhaustiva acaben cediéndole su lugar a otros de veras determinantes que en ella no figuran. A ver si algún día me animo.

 

1103. A propósito del desahogo 211:

 

“La pregunta clásica sobre la obediencia al poder la formuló Etienne de la Boétie en su discurso Sobre la servidumbre voluntaria, rescatado del olvido por su leal amigo Montaigne. Según ese texto clarividente, el tirano puede mandar pese a ser solo uno frente a muchos porque los demás quieren obedecerle. Nada sería más fácil que negarse a cumplir sus mandatos y rechazar su autoridad, pero sin embargo muy pocos o ninguno se atreven a semejante rebeldía. El tirano es odiado por sus súbditos, que conocen muy bien lo injusto o dañino de sus órdenes: sin embargo, las acatan. No hay que buscar ningún misterio eficaz en el corazón del poder, sino en el corazón de quienes lo aceptan como una fatalidad intratable. La servidumbre es una cárcel de la que cada recluso tiene la llave liberadora y ninguno la emplea…

Es el enigma que siempre ha desconcertado a los ácratas de este mundo. Uno de ellos, más irónico que la media, Jorge Luis Borges, resumió su utopía diciendo: ‘Un día los hombres merecerán no tener gobiernos’. En una de sus ficciones imagina una deserción humana generalizada. Continúa habiendo políticos, pero ya nadie les hace caso. Ellos dictan decretos, reclaman impuestos, establecen normas, declaran guerras… pero no se les obedece ni se les respeta: caen en el desuso. La mayoría buscan otros empleos, se convierten en cómicos o volatineros, procuran ganarse la vida conduciendo vehículos de servicio público, hacen nuevos amigos. De vez en cuando se les escapa una orden y alguien se les queda mirando con tierna ironía. De la Boétie ha obtenido el más contundente de los triunfos póstumos…

Por supuesto, no ignoro que el relato de Borges es una ficción y además del género fantástico, como otros de los más inolvidables de este autor, lo cual le hace doblemente ficticio. Y, sin embargo, no puedo evitar a veces un vivo deseo de verlo cumplido en la realidad. Ya sé que todo ciudadano prudente debe obediencia a las autoridades legítimamente establecidas, aunque discrepe de sus medidas de gobierno. Pero… ¿Hasta qué punto debe llevarse esa aceptación de la cadena de mando? ¿No habrá un momento en que la autoridad establecida, por legítimo que sea su origen, se ilegitime a sí misma con sus injusticias y contradicciones de tal modo que un ciudadano dotado de sentido crítico racional vea imposible o altamente indeseable seguir obedeciendo como si nada? […]

¿Hasta cuándo creeremos estar obligados a obedecer?”

 

Por lo menos hasta el día en que, concertados y del todo sincronizados, ante el pasmo del mundo que los observa: los chinos, los norcoreanos, los afganos y demás oprimidos por sátrapas árabes; los iraníes, los rusos, los bielorrusos, los chechenos, los cubanos, los nicaragüenses y los venezolanos del presente que sea se saquen de encima la bota que los asfixia. Claro que primero sobreviene la parusía.

 

1104. “Todas las partículas del árbol de la vida se sacudían como anémonas preciosas” cuando fui niño y sin tregua descubría el mundo por medio del tacto, y del oído, y del olfato y el gusto, y de la vista exigüísima que, pese a serlo, pesaba lo suyo en toda esa felicidad sobrecargada de una como ansiedad malsana que me privaba de serenidad y paciencia; cuando fui adolescente y me inicié en los deleites y desazones de la carne y en las promesas y rigores de la fiesta, de mi fiesta tan atípica como la de cualquier ciego; cuando fui veinteañero y estudié con pasión y disciplina y trabajé con pasión y disciplina y aprendí cuanto pude y quise y me enamoré y me enredé con no pocas de mis estudiantes y gasté plata y me emborraché y tertulié y transgredí y…; cuando fui treintañero y seguí haciendo lo que durante mis veinte, sólo que con mayores conciencia y éxito aunque con igual desenfreno; y a mis cuarenta, cuando me declaré económicamente holgado y la plata que llegaba lo hacía junto con mis últimos raptos de buena suerte venérea, que le dieron paso a una sequía como de fenómeno del niño. Con el advenimiento de los cincuenta, el árbol se mantiene, por de pronto, tan quieto e insobornable como la esperanza en el adecentamiento de la política en Colombia y en el perro mundo.

 

1105. ¿Que de cuáles forma parte el ciego que soy, me pregunta una voz cuyo dueño no acierto a identificar?:

 

“Todo progreso material y tecnológico entraña, en la historia, una tensión entre sus beneficios y sus efectos nocivos, sus virtudes y sus estragos. La humanidad se esfuerza con tenacidad y abnegación por avanzar -en eso consiste-, y mientras lo va haciendo no deja de mirar hacia atrás con nostalgia por lo que ha perdido, muchas veces incluso aquello que motivó esa necesidad de ir hacia adelante y cambiarlo todo.

Cada conquista del ser humano es también una renuncia y un sacrificio, un pedazo del pasado que el futuro que se cumple ha suprimido y relegado. Entonces viene el entusiasmo por lo nuevo y, aunque parezca contradictorio, la añoranza de lo que ya no existe y que en su día pareció un lastre, un error que era preciso negar. Como en el poema de Jorge Manrique: ‘No se engañe nadie, no, / pensando que ha de durar / lo que espera / más que duró lo que vio…’. […]

Luego el mundo se divide en tres bandos: los adoradores de lo nuevo, sus cultores como si fuera una religión, una verdad revelada; los detractores del progreso, los reaccionarios, los voceros del pasado abolido; y al final los escépticos, los que aceptan todo como un hecho cumplido sin pensar demasiado en sus causas y sus efectos…”

 

Quizá de los tres y de ninguno a la vez; mire, quienquiera que usted sea (¿Constaín acaso?): si me retrotraigo a la infancia y la adolescencia, celebré como pocos la televisión a color, la irrupción tardía pero mirífica de los cajeros automáticos, los discos compactos y el walkman que nunca tuve; los locales con máquinas gigantes de marcianitos donde dejábamos, y no en pocas ocasiones, la plata de las onces y el tiempo que habríamos debido tributarles a las tareas del colegio; las busetas y los buses ejecutivos; los centros comerciales con sus tentaciones de consumo por fuerza postergadas. Luego llegaron la universidad y el primer trabajo, y con ellos o tras ellos -ya no me acuerdo- el primer celular y el primer computador con su lector de pantalla, que me libró de la dependencia en ocasiones humillante de la lectura y el estudio que no se podían adelantar sin la ayuda de una voluntaria o de una sobornada; el internet tan prodigioso y la biblioteca Tiflolibros, que me transformaron el infierno de la escasez de libros en un infierno de abundancia que ahora me sumía en la desesperación de querer pero no poder leerlo todo. Pasaron algunos años y mi quehacer de profesor estricto y ambicioso empezó a verse torpedeado por el WhatsApp, las redes sociales, los videojuegos y demás veleidades tecnológicas que eclosionaron para acaparar completamente, ahora sí, las por lo general famélicas raciones de atención de los muchachos, que ya no querían saber de nada que no procediera de dentro de sus pantallas-universo. Y me fui de allí para recluirme aquí en mi casa, con apenas cuarenta y cinco años y muchas ganas de haber persistido si bien con el convencimiento de que contra semejante leviatán de enajenación ninguna voluntad podía nada. Hoy, a mis casi cincuenta y dos y con más fuentes de información de las que nunca soñé a la distancia de un click, los aluviones diarios de noticias en relación con los avances tecnológicos que se producen mayoritariamente en los Estados Unidos de Trump y en la China de Xi han acabado por tornarme como de piedra, al punto de que ni la inteligencia artificial con sus promesas miríficas y sus advertencias ominosas consigue que me entusiasme o que me horrorice. Es decir, una apatía apenas un poco mayor que la que progresivamente me desvincula de la vida.

 

1106. Lástima mezclada con asco es lo único que puedo sentir por todo sectario bien informado de una o de la otra extrema que, como cualquier Laura Restrepo o Santiago Gamboa o Julio César Londoño o Luis García Montero -les quedo debiendo los de la extrema derecha-, nacieron imposibilitados para la objetividad en política:

 

“En realidad, después de esta introducción de teología experimental, de lo que quisiera hablar hoy, en vísperas de la Navidad del año 2025, es de la paz, y no de la paz total (que resultó ser un desorden completo), sino de la paz en el mundo de hoy. Según San Lucas (II, 13-14), cuando la virgen parió al niño Jesús, ‘apareció con el ángel una tropa numerosa de la milicia celestial, y decían paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’. Ojo, la paz no es una cosa ingenua con todo el mundo, sino solo con las personas de buena voluntad.

¿Paz con Putin, que lleva casi cuatro años de invasión a un país independiente y soberano, Ucrania? Pues no, un tirano así no se merece la paz, sino una resistencia heroica como la que ha tenido el pueblo ucraniano. ¿Paz con Trump, si resuelve invadir un país independiente y soberano como Venezuela? Tampoco. Sería fatal que ahora Putin y Trump se repartieran la tierra según ‘zonas de influencia’, y que al uno le toque Europa oriental y al otro todo eso que se llama el hemisferio occidental, incluyendo Canadá, Groenlandia, Panamá, Venezuela, Colombia y todo lo demás. ¿Paz con Maduro, que es un usurpador y, según el mismo Petro, un dictador? Tampoco. Si Maduro tiene voluntad de paz, debe entregar cuanto antes el poder a quienes de verdad ganaron las elecciones en Venezuela en 2024: el presidente putativo, Edmundo González, y la verdadera madre de la oposición, María Corina Machado, a quien el régimen bolivariano le impidió presentarse a los comicios y tuvo amenazada y obligada a esconderse durante más de un año para que no la metieran presa o la mataran.

Quienes aquí no quieren que María Corina pueda siquiera hablar en público, y exponer lo que piensa y los argumentos que tiene, están defendiendo implícitamente la tiranía abominable de Maduro y sus jerarcas, la alianza narco-militar entre el ELN (brazo paramilitar del chavismo en Venezuela y Colombia) y el régimen bolivariano. Presentan a Machado como la culpable de la intervención ilegal de Trump, y no como lo que ella es de verdad, una víctima de la represión de Maduro, el usurpador. Hay que rechazar enfáticamente la intervención de Trump en Venezuela y en toda América Latina. Pero es comprensible que, si no es posible cambiar por las vías democráticas y pacíficas (las elecciones que ganaron) al régimen chavista, se piense en otro tipo de presiones.

Según la célebre definición de Popper, un gobierno puede considerarse democrático cuando es posible deponerlo o sustituirlo por vías pacíficas. No parece que Maduro y sus secuaces quieran abandonar pacíficamente el poder que han usurpado. Chávez ganó las elecciones; Maduro no. Y como no es un hombre de buena voluntad, sino un usurpador, un aliado de Putin, un asesino y un tirano, no se merece la paz, sino la resistencia.

La independencia y soberanía de los países, algo que América Latina siempre ha defendido, no se puede limitar al repudio de la intervención gringa. También hay que repudiar la invasión de Israel en Palestina, la de Putin en Ucrania, y la usurpación del poder de Maduro en Venezuela, un dictador de estirpe corrupta y represiva, así se enmascare en las banderas de la izquierda mamerta que aquí seduce a tantos todavía.”

 

Ay, Hetícor querido: desconsuela saber que usted y yo y Carlos Granés y Piedad Bonnett y Andrés Hoyos y Juan Esteban Constaín y Moisés Wasserman y Juan Gabriel Vásquez y Mauricio García Villegas y Daniel Samper Ospina y Olga Lucía González y todos los que con nuestro voto moderado y racional querríamos dar al traste con este uribopetrismo que dura ya casi tres décadas, y que según marchan las cosas amenaza con prolongarse otras tantas, vayamos a tener que esperar hasta que San Juan agache el dedo y lo vuelva a levantar para volver a ver sentado en el solio de Bolívar a alguien siquiera aceptable tipo Belisario Betancur y Juan Manuel Santos y César Gaviria, o decente y meritorio por el estilo de un Virgilio Barco Vargas. ¿Fantasear, en pleno 2026 y atrapados entre lo más impresentable de la extrema izquierda y de la extrema derecha, con que en Colombia se elija a un Sergio Fajardo o al menos a una Claudia López? Del todo factible sólo cuando cada cuatro años despuntan las elecciones y el colombiano medio, sediento siempre de tropel y de sangre se declara, el muy tartufo, el muy hipócrita, el muy farsante, el muy artero, el muy taimado, el muy perjuro, el muy felón e hideputa, admirador y militante de lo más mesurado del centro del espectro político.

 

1107. Entre las muy pocas cosas que querría conocer de la posteridad: su juicio frente a nuestro presente tan ridículo y sin embargo tan pesadillesco, tan deleznable y a la par tan catastrófico, tan aparentemente insustancial y a un tiempo tan determinante para la viabilidad del planeta y el futuro de la generación que acaba de nacer o que está por hacerlo, para no hablar de las decenas y cientos y miles que la sucedan:

 

“…Somos, en apariencia, individuos con capacidad de elección. Pero, si lo examinamos con calma, esa capacidad es un espejismo semejante al que quizá tengan las gallinas en el interior del corral.

Los grandes grupos empresariales -la distribución, la banca, la salud pública externalizada, la vivienda convertida en mero producto de mercado, las residencias de mayores gobernadas por colosos del dinero- fingen seducirnos, pero en realidad nos seleccionan como piezas de su engranaje industrial. La libertad que creemos ejercer es la última fase de un proceso en el que nos inscriben antes de nacer. Piénsenlo: algoritmos que anticipan nuestros gustos, empresas que moldean nuestros hábitos, instituciones que fijan los entornos en los que nos movemos, partidos políticos que actúan como correas de transmisión de tales entramados.

Los supermercados nos segmentan, las plataformas de entretenimiento nos perfilan, las aseguradoras nos calculan, los fondos inmobiliarios nos eligen o descartan como inquilinos garantizados. Cada uno de estos actores casi monopolísticos nos va colocando un collar invisible. Aunque no sintamos su tacto en la piel, podemos percibir, si prestamos atención, los tirones de la correa. Son nuestros amos.”

 

Ojalá todo se tratara de un simple y sencillo problema semántico: el del que confunde, y por ende utiliza, un sustantivo incorrecto en el lugar del correcto. El asunto aquí es mucho más grave y podríamos decir que su índole es médica, o más exactamente otorrinoftalmológica: mayorías entusiastas hasta el paroxismo que, paradas ante una distopía mefistofélica, la toman por utopía liberadora. Millardos y millardos de ciegos intelectivos a la par que sordos voluntarios que cierran los ojos ante las señales de alerta que se encienden por doquier y que, para que no se los sustraiga del trigésimo partido de fútbol o videojuego del día, se tapian las orejas con cada vez más decibelios a fin de que no les lleguen los mensajes catastrofistas de los aguafiestas. A quienes yo sinceramente admiro pues, en su lugar, no movería ni tan sólo un dedo para salvar a los absortos desaprensivos del leviatán que los -nos- acecha, y menos aún me desgañitaría en vano por quien rehúsa -o simplemente no puede- pensar por sí mismo.

 

1108. Medioevo Científico y Tecnológico:

 

“…Platón tenía más razón que Skinner. Esto es bien curioso, ¿no te parece?

Pero mi favorito es Kant, naturalmente. Dijo que toda la filosofía cabe en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el ser humano? Y este parece un buen momento histórico para repasarlas. La primera se nos ha complicado de manera monstruosa y paradójica. Nunca hemos sabido tanto como ahora, nunca el conocimiento ha estado tan al alcance de tanta gente, nunca hemos tenido más medios para debatirlo, comprobarlo, profundizarlo y, sin embargo, hay miles de millones de seres humanos, seguramente la mayoría de la especie, que han elegido ignorarlo para caer en brazos de la mentira, la superstición y el veneno ideológico.

En estas condiciones es imposible responder con sensatez a la segunda pregunta, ¿qué debo hacer?, y a la tercera, ¿qué me cabe esperar? Incluso se puede argüir que más vale no responderlas, porque con tal empanada mental las consecuencias de cualquier acción y de cualquier esperanza serían probablemente calamitosas. Sí podemos responder a la cuarta: el ser humano es a la vez el más listo y el más tonto de los animales que pueblan la Tierra. Así que necesitamos más filósofos” (Javier Sampedro).

 

Salta pues a la vista que vivimos tiempos de gran confusión y caos -los contradictores vocacionales dirán que todos lo han sido-, empeorados por el hecho de que en cada persona conectada desde sus dispositivos a la red hay un potencial propalador de infundios y desinformación, y de ahí el creciente bullicio y la imparable pugnacidad que nadie sabe cómo gestionar. Ese desconocimiento sin solución a la vista, así como -entre muchas otras- la realidad descrita en la cita, son lo que me lleva a afirmar aquí que discurrimos por una segunda Edad Media -con el perdón del prístino Medioevo, tan en paz (por comparación) al menos con el planeta- si bien científica y tecnológica, que anda por sus albores. Al rigor de los historiadores corresponde determinar sus orígenes y estudiar a fondo, transcurrido el tiempo que haya menester, sus implicaciones y pormenores. Que ya aterran.

 

 

1109. Da grima verlos, estimado y admirado Martín, da grima y a veces asco ver a los más solventes inclusive correr como chuchos detrás del hueso carnudo que les supone el escándalo diario, que se disputan a dentelladas y abandonan una vez roído para apostarse a esperar el de mañana, con el que harán lo mismo que con el de hoy y el de ayer y el de hace un mes o un año o diez: olvidarlo porque lo suyo no es lo que debería ser: periodismo de investigación, denuncia y seguimiento sino sólo de denuncia: “…En síntesis: contar lo que (se) dicen los políticos sobre las cuestiones no es hacer periodismo; periodismo sería seguir y analizar esas cuestiones. Porque así podremos entender mejor nuestras vidas, nuestras opciones, nuestras decisiones. Y si el periodismo no sirve para eso, no sirve para nada. Con perdón, más faltaba, y el debido respeto”.

 

No creo que usted conozca o siquiera haya oído hablar de un periodista colombiano la mar de prestigioso y temido por los corruptos de este país -una marabunta-, si bien no por todos con la misma intensidad. Sí por Uribe y los uribistas, a los que el columnista (co-lum-nis-ta) Daniel Coronell no les pierde pisada ni derrape ético; no, o en cualquier caso muchísimo menos, por los petristas hoy en el poder y en comparación bastante bien tratados y soslayados por esta institución del periodismo investigativo: un hecho de cuya generosidad y desbalance hablan los artículos por él firmados en la revista Cambio durante al menos los últimos cuatro años. Sin semejante escoramiento hacia la izquierda, créame hermano que Coronell constituiría un ejemplo a seguir entre los periodistas jóvenes y una inspiración profesional para los muchachos que en el presente estudian comunicación social. (Pero que no se desanime nadie porque les tengo otro nombre, este sí del todo meritorio: Ricardo Calderón se llama el personaje, y mira con ambos ojos y dispara con ambas manos las balas de sus imparciales, e incisivas, y puntuales, y documentadas investigaciones.)

 

1110. “Como uno de esos buitres que están metiendo el pico en la gacela, y cuando llega el león, se apartan uno o dos metros, pero cuando este se descuida, se acercan de nuevo con cautela con la intención de trincar un trozo de tripa, y se alejan con ella”: la imagen nos viene que ni pintada para lo que está por ocurrir hoy (3 de febrero de 2026), cuando dentro de un par de horas Trump -de momento el león- reciba en la Casa Blanca a Petro -buitre para siempre-, y para lo que viene ocurriendo desde principios de enero con Delcy Rodríguez y su cohorte de gallinazos que, sumisos y oportunistas, andan siguiendo al pie de la letra las órdenes que les dictan desde Washinton si bien pendientes del más mínimo parpadeo para alzarse con su ración de carroña. Ah, pero que no se crean los de la fachosfera que los de la mamertosfera son los únicos que humillan la cerviz y, forzados por las circunstancias, le lamben el culo al poderoso que odian. Échenles una miradita a los Miley y a los Bukele, tan envalentonados ellos, a ver si se atreven con la China capitalcomunista de Xi.

 

1111. “…figura maravillosa, pues tiene el hermano mayor lo mejor de un padre, y ninguno de sus inconvenientes”: me moriré sin experimentarlo en masculino mas no así en femenino, pues cualesquiera reconocimiento y elogios a mi hermana, mi hermadre, de lejos el mejor regalo con que me obsequió Fortuna, resultan mezquinos y cicateros.

 

1112. ¿”Un perfume maravilloso, refinado, de altísima sofisticación”?: en primerísimo lugar, cuatro o cinco odores di femina con nombres y apellidos y, de entre ellos, el más sutil y perfecto que me fue dado alojar en la memoria de lo insuperable. Por lo demás, dos marcas que casi me hicieron proponerles a mujeres que los despedían, perfectas desconocidas ellas o casi, matrimonio o en su defecto acuestes inmediatos, de tan feromónicos que se me antojaron. Y otro tan sumamente celestial y discreto que, por serlo, fue el que siempre les regalé a mi madre y a mi Olguita.

 

1113. La razón de que yo vote en blanco prácticamente siempre en la segunda vuelta de cada elección presidencial que se celebra en Colombia cada cuatro años, se resume en el hecho de que si votara por cualquiera de las dos opciones que se me ofrecen terminaría eligiendo, bien a Dimas, bien a Gestas: bien a Dimas Hernández, Bien a Gestas Petro; bien a Dimas Cepeda, bien a Gestas de la Espriella. Como ven, el amor del grueso de los electores colombianos por lo impresentable y violento no deja otra salida.

 

1114. Ya querría cada novelista y cuentista y dramaturgo y compositor clásico y escultor y pintor mediocre, pero conscientes de su mediocridad, que se les apareciera en el camino una Cecilia Jiménez Zueco que, con mano maestra, torne la insustancialidad de su novela o cuento u obra de teatro o sinfonía o escultura o cuadro en todo un Ecce Homo de Borja, capaz de concitar la admiración y el asombro de legos y avezados en torno a la indescriptibilidad del milagro.

 

1115. Y algunos de mis amigos y allegados dele que dele con que no entienden la razón de que, entre un facho de izquierdas y un mamerto de derechas, yo diga (y no porque lo diga: ¡es que se me nota!) que odio, y con diferencia, más a aquél que a éste; más a un Petro que a un Trump, más a una Clara López que a una María Fernanda Cabal, más a un Cabello que a un Bukele, más a una Laura Restrepo que a una Vicky Dávila:

 

“…Pero aquí hablo de gente que por lo general no es dada a los matices y la indulgencia, la tranquila reflexión, la duda, la libre observación de la realidad. No: hablo de gente que suele tenerlo todo clarísimo, todo, y que es la primera en salir a apoyar, con histeria y sobreactuación, cuanto levantamiento popular se dé en el mundo. Eso sí, solo si allí se alinean y se expresan sus prejuicios ideológicos, sus obsesiones sectarias, el sesgo maniqueo de su militancia.

Si no, toda expresión similar de rebeldía o dignidad popular es despreciada e infamada. ¿Ucrania? Son unos nazis, nada más. ¿Irán? Es la CIA con Israel, esa es la explicación. Ahí sí no importan el feminismo, la libertad, los derechos humanos, las minorías, la soberanía de las calles, nada: si se trata de jugar con cinismo y desvergüenza en el ajedrez de las ideologías y el poder, el pueblo ya no significa nada, que se joda.

Lo decía Elías Canetti: ahí lo que prima no son las ideas ni el pensamiento ni la solidaridad, un destino al fin y al cabo solitario e ingrato, sino el espíritu gregario y borreguil, la adhesión abyecta y enceguecida a la propaganda y las consignas de partido. Es la doble moral y la hipocresía que caracterizan a tantos redentores de la patria (o de la humanidad, todo es siempre peor) que condicionan la nobleza de las causas a la horma de su fanatismo.

Increíble: progresistas, o así se hacen llamar, que defienden al régimen iraní y justifican su violencia. Cuando la tiranía les conviene, ya no les hace falta la revolución.”

 

Ya me imagino los pelmazos petristas y lulistas y lopistas y chavistas y castristas y orteguistas con que le habrá tocado lidiar durante sus años de profesor universitario, aunque de una cosa estoy seguro: jamás con tantos como a mí a lo largo y ancho de treinta semestres de estudio y trabajo en la ultraizquierdista y por tanto decadente Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá, de las que supe desarraigarme a tiempo para venir a recalar en… En otra ocasión le revelo el nombre de este venero de silencio y civismo donde vivo y estudio, no vaya a ser que los zaparrastrosos de la capucha y la consigna trasnochadas caigan por aquí de propósito para pringármelo.

 

1116. ¿Que usted también, doctor Wasserman, hubo de votar en blanco en las segundas vueltas de las últimas presidenciales tras haber votado en las primeras por Sergio Fajardo, el sempiterno renuente a las alianzas? ¡Pues volvemos a estar de acuerdo, totalmente de acuerdo!:

 

“…En un platillo hay 25 años de un régimen dictatorial con miles de muertos, decenas de miles de presos políticos, que ha censurado los medios de expresión y sometido a legisladores y jueces. Ocho millones de venezolanos (el 25 % de la población) están en el exilio; más del 90 % de la población vive en pobreza. El ejército es parte del régimen, y se crearon unas fuerzas paramilitares que amenazan a quien se oponga. En las elecciones recientes el fraude fue tan descarado que es evidente que la situación seguiría así por decenios. […]

Las consecuencias de dejar todo quieto (inevitables sin intervención externa) son mucho más graves que el peligro de transgredir la norma internacional en estas circunstancias. […]

Es inevitable, en ciertos dilemas excepcionales, evaluar consecuencias e inclinarse por la solución que menos daño haga”: tal cual.

 

Esperemos a ver, estimado don Moisés, si el chandoso de Trump, logrado lo que pretende, derroca por fin a la dictadura en pleno y convoca a elecciones allá y a ver si acá el reticente y melindroso Fajardo establece una alianza que nos permita por fin a los tibios y cerebrales votar por alguien con nombre y apellido el 21 de junio de 2026. Aunque la verdad es que, pareciéndome inviables las dos situaciones, veo menos improbable que la magnatocracia gringa se la juegue por las libertades de los vecinos.

 

1117. Yo, en definitiva, me declaro incapaz de entender y por consiguiente explicar cómo es posible que de una misma mente brote lo más holístico y prodigioso del conocimiento humano y, alternativamente, lo más ruin y sectario de las sentinas de la política en cuyas aguas hervidas este man chapotea sin miramientos:

 

“La frase de Nietzsche, ‘Dios ha muerto’, puede leerse como una provocación herética, la fantasía de un ateo sarcástico o el titular más espectacular imaginable. En realidad, significa que los ‘absolutos’ de la filosofía clásica -el Bien, la Justicia, la Verdad, la Belleza, la Naturaleza, el Destino, la Humanidad, entendidos como conceptos claros, universales y eternos- carecían ya de sentido en el siglo XIX y que los filósofos andaban sin brújula moral, situación que Nietzsche resumió con su estupenda frase porque era, esencialmente, un magnífico escritor.

No contento con desatar semejante cisma en la metafísica, Nietzsche le propinó fuertes golpes al determinismo y al positivismo, y objetó incluso la profundidad de la física: ‘Conocemos con exactitud la fuerza con que se atraen la Tierra y la Luna pero lo ignoramos todo sobre la naturaleza de dicha fuerza’, escribió hace 136 años y hoy seguimos sin descubrir los resortes de la gravitación, el secreto de esa fuerza que mantiene en su sitio a la piedra y a la montaña, a los planetas en sus órbitas, a los soles en sus constelaciones y a las galaxias en las monstruosas ‘murallas’.

Los griegos fueron ‘absolutos’, y luego lo fue el cristianismo por la vía de los neoplatónicos, y también Kant, como lo demuestran sus imperativos categóricos: ‘un hombre debe vivir de manera que su biografía pueda servir de código moral para sus semejantes’. […]

Uno de los primeros que ironizó sobre la subjetividad de la moral fue Voltaire.

La miró como un río antiguo lleno de meandros caprichosos: no negó su cauce, pero desconfió siempre de las orillas que cada época y cada geografía levantan como si fueran eternas. Los valores morales no caen del cielo ni brotan por revelación: se forman y se reforman en el comercio incesante entre las costumbres, el poder y la superstición. De ahí la persistente ironía volteriana: lo que en París es virtud, en Constantinopla será vicio; lo que un siglo honra como sagrado, en otro siglo arderá en la plaza pública.

A la hora de hablar de ‘los valores’, eligió el más prosaico: el económico. Voltaire entendió muy pronto que la moral y la economía comparten una misma fragilidad: ambas dependen de acuerdos humanos que el tiempo y la geografía rompen fácilmente. […]

Emil Cioran es el pensador más destacado del ‘antiabsolutismo’. Dijo que ‘los absolutos morales parecen suelo firme pero en realidad son tablas de patíbulo… Toda idea clara termina en sangre… Cuando una idea se vuelve absoluta, corta cabezas… Cuando decimos “en nombre de…”, la crueldad adquiere patente de corso… La certeza es insania; la duda es la higiene del espíritu’.

Muerto Dios y en ruinas los absolutos, ¿sobre qué pilares fundamos una ética laica y universal? […]

La propuesta de Borges es apenas personal, pero es linda: ruega a tus ángeles que tu alma rechace siempre la crueldad y que no ceda jamás al soborno del Cielo ni a los chantajes del Infierno.

Quizá la ironía sea la última moral posible. Es una moral cínica, en el linaje de Diógenes, una moral que no predica ni promete redención: revela la mazmorra que esconde la fachada del Paraíso. La ironía no dice ‘esto es el Bien’; dice ‘cuidado con quien afirma saberlo’. Su función no es fundar, sino corroer. No construye credos, dinamita templos. Funciona como un anticuerpo moral: la ironía detecta el exceso de certeza y lo neutraliza con una sonrisa ladeada.”

 

Antiético y antitético mas no -¡nunca!- antiestético: ¿lo sabrán sus talleristas o él, farsante y taimado como buen pseudodemócrata, se empleará a fondo para revestir de ecuanimidad lo que es, simple y sencillamente, acre resentimiento mamerto? Pienso en el menoscabo que el fanatismo ideológico de este hombre le ocasiona a toda esa brillantez suya que muy a menudo me corta el aliento, y no puedo por menos de lamentarlo cual si del desdoro intelectual de alguien muy cercano se tratara. Malditos todos los sectarismos.

 

1118. “Ha dado la vuelta al mundo el video de una atractiva joven iraní que enciende su cigarrillo con el trozo de una foto en llamas de Alí Jamenei, el jefe religioso del tinglado. Esa foto podría costarle la vida”: ¿sexo débil? El de los malditos que las subyugan y torturan y mutilan y las matan. Y el de los varones que, impávidos o cagados del miedo, los dejan proceder a ellos y las abandonan a ellas a su suerte.

 

1119. ¿Que si la lucidez puede ir acompañada de imprevisión y de tontería, me pregunta la más aventajada y bella de la clase? Lean -le respondo intentando ocultar mi enamoramiento-, de Savater, un artículo titulado ‘Elijan a su ogro’ para que lo concluyan por sí mismos:

 

“Estamos ya casi resignados a recibir declaraciones insignificantes de políticos que también lo son. […] Los políticos más escuchados no son los que hacen análisis más inteligentes de la situación que vivimos, sino los que sueltan chorradas más llamativas o son peor hablados: nadie se fía de quienes parecen saber de lo que hablan. Al contrario, pronto un chiste pone a la opinión pública contra ellos. Los idiotas se ganan a la gente por razón de parentesco con ella, ‘qué tipo -o tipa- más salao, ¡tiene una mala leche!’, parecen decir. Repasen la nómina de influencers en los medios audiovisuales, los que más seguidores tienen: parece que todos acaban de sacar las oposiciones a necios, como los de la famosa conjura…”

 

De verdad que no sé quién resulta más lastimero: un Julio César Londoño que nace y crece y se corrompe y muere en la iglesia en que se bautizó, o un Savater que apostata de la primigenia por extremista, y todo para terminar militando en la de enfrente e igual de impresentable. Ahora: ¿llamar usted, un desorientado ideológico, “bobo” y “fatuo” a Javier Cercas, cuyas sindéresis y claridad política ya se querrían tantos? Tan cínico y desmesurado como creerse con la capacidad y el derecho de hacer entrar en razón electoral a un hombre de la estatura de don Felipe González.

 

1120. ¿Que “todos los asesinatos son viles”, defiende usted, estimado y admirado maestro Savater? Pero y ¿qué puede tener de vil matar a un Putin o a un Netanyahu -entre otra mucha escoria humana- salvo que, matándolos, se les ahorran los sufrimientos indecibles que yo invoco para ellos y para todos los malditos de la política, de cualquier oficio? ¿Se va a poner usted, usted que no se anda con maricaditas woke, delicado y garantista teórico tipo tantos duplicadores y triplicadores del género del petrismo y del lulismo, del chavismo y del orteguismo, del lopismo y del sanchismo? ¿Que entre Netanyahu y sus compadres de Hamas, Putin y sus valedores Xi y Trump, matan y torturan y mutilan y secuestran y destechan impunemente a millones y millones, pero que para ellos haya debido proceso y garantías constitucionales a la hora de juzgarlos? ¡Eso no, eso nunca!: la caridad y la justicia sólo para quien las merece.

 

1121. Uno de los propósitos de estos desahogos, que únicamente a mí desahogan, es dejar constancia de ojalá todas las razones por las que este presente nuestro figurará, sin falta, entre las más ridículas y baladíes épocas de que se tenga memoria; también entre las más abyectas:

 

“…La más dañina de las armas contemporáneas es solo para uso doméstico: no sirve para repeler a los invasores ni conquistar a los vecinos, sino que funciona pudriendo los vínculos que nos ligan a quienes nos acompañan en el parque de la vida. No muerde en la carne ni derrama sangre, sino que destruye cosas aún más vitales, como la confianza en la palabra o el respeto a la integridad ajena, salvo pruebas en su contra.

Me refiero a ese mundo de delaciones y acusaciones que funcionan destructivamente antes de comprobación alguna y que se vienen englobando bajo la rúbrica hollywoodense de Me too. Su carácter venenoso no depende de los hechos denunciados, que de ser ciertos pudieran ser delictivos, ni de las pruebas de culpabilidad que existen contra los acusados, sino de que nada más formulada la denuncia ya es públicamente aceptada como verdadera por personas influyentes que descalifican a quienes muestran dudas sobre el caso, mientras que los medios de comunicación escandalófilos -o sea la mayoría- agitan el asunto a más y mejor.

Se acepta como regla general incuestionable, algo así como una ley natural de la sociedad, si tal cosa pudiera existir, que los varones pretenden imponerse siempre a las mujeres, sea por las buenas o por las malas, es decir por la rutina tradicional o por la fuerza bruta. De modo que las denuncias por malos tratos o violencia de género no son sino confirmaciones particulares de la pauta previamente asumida como norma genérica. Quien cuestiona la culpabilidad de un varón incriminado está en realidad dudando de la norma universal que ha emancipado a las mujeres del patriarcado secular. Y si ese varón al que quiere absolverse es además una persona de relevancia social por cualquier motivo, al reforzamiento del patriarcado se le une además la complicidad con el poder, arrogante y abusivo por naturaleza.

Finalmente, los que no suscriben la condena del acusado -de cualquier acusado- acaban siendo peor considerados que aquellos a quienes se pone en la picota. Hay un último ingrediente, de importancia no desdeñable: el interés económico. Si el denunciado es un pez gordo, se le puede sacar pasta, a cambio de dejar de armar jaleo a su costa. Primero se ve denunciado, luego chantajeado para que cese el acoso y finalmente pierde el dinero y el prestigio. Y en ocasiones, sin que haya existido siquiera una denuncia formal ante la instancia debida.

Todo parte de un malentendido de base: al denunciar un abuso, uno o una se convierte en denunciante, no en víctima. Y eso no cambia porque cierto número de personas proclame estruendosamente: ‘¡Yo sí te creo!’. Bueno, ¿y qué? ¿Quién le ha llamado a usted para meter el cazo en este guiso? ¿Qué autoridad tiene usted para respaldar o rechazar la denuncia de otro? ¿Qué quiere usted pescar en ese río revuelto? […]

Mientras, las mujeres en Irán sufriendo de verdad, y las paticortas de por aquí diciendo implícitamente: ‘Hermana, yo ni te creo ni te dejo de creer, es que lo tuyo me da igual’”; pero dígame usted, don Fernando: ¿cómo puede uno evitarse el engorro de oficiar de misógino a tiempo parcial, es decir, detestando a las ménades de la cuarta ola y a sus valedores oportunistas del wokebuenismo biempensante por la mañana, mientras durante el resto del día se piensa con amor y gratitud en las mujeres que tanto bien nos hacen con sus cuidados y sus miramientos, su sindéresis y su sensatez: los de mi madre, mi novia, no pocas amigas y alumnas e incluso maestras de papel, entre las que cabe destacar a Rosita Montero, Leila Guerriero,Piedad Bonnett y Melba Escobar?

 

Adenda: de verdad que yo sí que hago votos por que a cada imbécil y bellaco del ‘¡yo sí te creo!’ a bulto, le llegue el día en que una falsa acusación de violador o de acosador le llueva del cielo o le ascienda del infierno para que pruebe de qué va que las jaurías lapidadoras, antes que nada de la mamertosfera, lo condenen a uno a priori y sin atenuantes.

 

1122. Reputaciones de fachada, pujos de intelectual estreñido, voces de engolamiento cutre, prestigios sin contrastar y, entre muchas otras miserias, inteligencias de relumbrón son por lo común lo que aguarda al pobre muchacho que, anheloso y expectante, se matricula en un departamento de literatura o de literatura y…:

 

“…Hay gente que trata de convencernos de que sus primeros entusiasmos adolescentes como lectores se los deben a Marcel Proust o a Thomas Mann y lo peor de todo es que a lo mejor es verdad. Alguien que se aficionó a leer frecuentando a Petrarca o a William Faulkner nunca me convencerá de que le gusta leer más que presumir, lo mismo que sucede con alguien que se les da de comilón pero solo se ceba con caviar Beluga y con jabugo Cinco Jotas. En cambio, sé que a mi madre sí le gustaba mucho leer (y me contagió) porque cada dos años, cuando Agatha Christie publicaba su nueva novela, desaparecía de su puente de mando doméstico hasta que la terminaba y yo me apoderaba de ella. […] La calidad literaria, el calibre del estilo, la profundidad psicológica y demás embelecos están muy bien, pero no pueden sustituir al encanto. Hay escritores que tienen de todo y con altura de premio Nobel, pero carecen de encanto, un don que en cambio les sobra a algunos autores que solo figuran en los quioscos de estaciones y aeropuertos. Con los primeros iremos a las más altas cátedras, pero los otros son los únicos que nos llevarán al cielo…”

 

Pero seamos justos: por cada pesado teórico del enrevesamiento literario que me daba clase había su correspondiente sabelotodo aprendiz que de todo opinaba y sin ruborizarse, cual si se hubiera pasado un día tras otro de su vida imberbe leyendo a Proust y a Mann y a Faulkner y a Petrarca, al tiempo que torcía el gesto si un maestro de los de siete letras o un compañero de clase mencionaba entre sus querencias fictivas a cualquiera de los felizmente desterrados a quiosco de estación o de aeropuerto. Con particular grima recuerdo hoy a un tal Rafa de la Pedagógica, a una Tal Mar de la Javeriana y a dos o tres pobres diablos más de allá y de acá que deben de andar descrestando calentanos, no ya como alumnetes, sino como chamanes de verdades reveladas y autoefigies de la injusticia y la incomprensión artísticas.

 

1123. “Quien con separatistas, comunistas y otros falseadores de la democracia se acuesta, se levanta cubierto de mierda hasta donde yo te diga…”: justo como estamos todos los colombianos -excepción hecha de los cientos de miles de enchufados a la teta de la burocracia-; aunque antes que nadie los que, como yo, venimos previniendo a los entusiastas de buena fe en contra del peligro y la amenaza que representan el chusmero de Casa de Nariño y sus lambeculos desde antes incluso de que lo eligieran alcalde de la pobre Bogotá, según lo pueden certificar decenas y cientos de mis ex alumnos. ¿Votar por Iván Cepeda, un comunistoide de lejos más comprometido con la zurda que su valedor desde el poder; por Abelardo de la Espriella, a ojos vistas otro falseador de la democracia y como Petro corrupto irredimible, y como Petro tramposo insuperable? ¡Eso no, eso nunca!

 

1124. Salvo por su estúpida inquina en contra de Greta Thunberg, quien si su hija fuera lo haría sentir tan orgulloso; por sus críticas extemporáneas a El País de España que me lo venden como un mal perdedor y un desagradecido; por su ironía acre en contra de las más que justificables preocupaciones de los científicos en relación con los ya palpables efectos del cambio climático, la cual lo tornará injustamente en un ignorante y en un insensato a los ojos de la posteridad, yo a este man lo quiero por las mismas razones por las que quiero, entre otros, al gran Fernando Vallejo:

 

“La comparación de nuestras vidas con ríos que desembocan en el mar de la muerte se ha reiterado muchas veces, desde la justamente célebre de Jorge Manrique. Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, compara la vejez con un amplio estuario en el que la vida se ensancha antes de acabar y dejamos atrás nuestras mezquinas preocupaciones personales para ocuparnos de los grandes problemas sociales y las incógnitas metafísicas. Ahora que ya soy viejo, me gustaría aportar mi testimonio en apoyo de esta opinión de Russell, de quien siempre me he considerado indigno discípulo, pero francamente no puedo. Más bien diría que todo lo contrario.

Ahora me río de los esfuerzos por enmendar el camino de la humanidad y remediar sus males seculares, y no digamos de la pretensión de despejar las incógnitas del destino humano. Me limito a intentar aliviar los dolores que aquejan a los que me rodean, a los que más quiero, entre los que me incluyo en lugar destacado. Siento no tener un alma tan generosa como la de lord Russell: la vejez me ha hecho más recelosamente egoísta, menos quijotesco y más sanchista (de Sancho Panza, claro, no de […]). […]

Pero con los años he aprendido que no es lo mismo ser muy humano que voluntariosamente muy ignorante, aunque exhibiendo ignorancia como humanidad se ganan muchos aplausos.

Al llegar al definitivo estuario de la vejez, no me siento inclinado a la serenidad de esos grandes interrogantes que uno se plantea con la tranquilidad de que nadie los responderá jamás, como parecía recomendar Russell (que tampoco ni joven ni viejo fue de temperamento plácido). Admito que los años no me han traído el sosiego de los sabios ni ese distanciamiento de las pasiones que permite vivir sin sobresaltos ni arrebatos.

Tengo ya muchas canas pero todavía bastantes ganas. Y en vez de mirar a las cosas y personas con irónica benevolencia, cada vez tiendo más a la intransigencia, sea a favor o en contra. Por eso me gustan tanto esos versos de Dylan Thomas […]:

‘No entres dócil en esa buena noche.

La vejez debería arder y delirar al final del día;

Rabia, rabia contra el ocaso de la luz’…”

 

Que vivan, a más de Savater y Vallejo, Bardamu y Sawa Martínez, Lucita Berlin y Knausgard, todos los espíritus libres: iconoclastas vacunados contra lo políticamente correcto e insoportable, azotes de las moralinas que en cambio hacen presa de prácticamente toda esta especie que con tanto celo y éxito cuida lo que de veras piensa y siente. O sea, lo mismo por lo que lapida y fustiga y mata a los que se franquean.

 

1125. “…Algo tan imposible como borrarle su estigma a un asesino, que lo será hasta el día de su muerte; por más que se le blanquee, la sangre que vertió podrá írsele de las manos, pero jamás de la memoria de las víctimas ni de la conciencia democrática”: que Gustavo Petro, ¿ex? Terrorista del M19, jamás empuñó un arma y por tanto jamás mató a nadie puesto que su función dentro de la mara era meramente ideológica, repiten sus correligionarios y no pocos de sus votontos. Que les pregunten a ver si lo mismo estarían dispuestos a afirmar de Álvaro Uribe y su hermano Santiago que, hasta donde se me alcanza, no fueron quienes apretaron el gatillo en los más de seis mil asesinatos que por aquí bautizaron con el eufemismo ‘falsos positivos’. O si a los papas los exonera de cualquier responsabilidad en los miles y miles de violaciones de niños y de adolescentes cometidas por curas y obispos y cardenales de tantas partes el que acaso ellos no hubieran participado del “festín”. Pregúntenles para que los oigan retorcer argumentos e improvisar razonamientos a cuál más cínico y desvergonzado. La verdad es que unos y los otros y también los ensotanados que no las portan “causan pavor. Y sin pistola siguen siendo siniestros. Por eso necesitan de quien haga creer que ni fueron asesinos ni los suyos fueron crímenes”: a mí, más asco que pavor.

 

1126. Y por acá millones y millones de insensatos, ellos sí ciegos y sordos no sensoriales sino intelectivos, tapiándose los oídos y cerrando los ojos para no oír los testimonios de ajenos desastres ni tener que mirarse en espejos que proyectan el horror:

 

“…Si en Venezuela, en Cuba y en Irán logran cuadrar sus respectivas amnistías lo será aún mayor: la revolución aseguró a los comunistas y a los clérigos el poder sin necesidad de una guerra civil.

En Cuba y Venezuela la gente que podría haber disputado por las armas el poder a los comunistas acabó yéndose del país, si pudo, en éxodos masivos: dos millones de cubanos (un 20%) y casi nueve millones de venezolanos (casi un 30%). En Irán, de donde exiliarse ha resultado más difícil, la Guardia Revolucionaria ha dado cuenta de la oposición encarcelándola o disparando sobre los manifestantes como sobre unas bandadas de estorninos.

Lo que más llamaba la atención en la Cuba de hace 30 años no era tanto la carestía, sino el envilecimiento de la gente común. El objetivo se resumía (y se resume) en tres principios básicos difíciles de realizar: desayuno, comida y cena. Degenerados por el hambre y por la ideología seguía habiendo millones de castristas. Aquello parecía un país devastado por una plaga de termitas (aunque tampoco tenían ya dónde hincarle el diente: nunca ha visto uno a tanta población, jóvenes y viejos, sin dientes o con los dientes podridos, ni a tantos niños con las rótulas marcadas). Se dedicaron entonces a pordiosear con los dólares que les giraban del exterior los que habían logrado escapar del paraíso, o a trapichear en el mercado negro.

Este sistema fanatizado fue el que la Venezuela de Chávez importó de los Castro” (exactamente el mismo que podría resultar reelegido acá en Colombia en agosto del 2026), “el que también domina en Irán, donde la gente ha de comprar a plazos el aceite con el que cocinan… a oscuras (y en absoluto sorprende que esos tres países, dos de ellos grandes productores de petróleo, vivan entre apagones: lo necesitan para pagar a los generales y policías que garantizan su mando dentro, y a las potencias siniestras, Rusia o China, que los tutelan fuera).

Si en Cuba, Venezuela e Irán se presenta el momento de la amnistía: ¿quién va a amnistiar a quién? En esos tres países no ha habido dos bandos, solo uno: el de los asesinos y torturadores y los millones de colaboradores necesarios (esos que codiciaban los negocios modestos de sus vecinos y los denunciaron para quedarse con ellos, tras empujarlos al exilio).

Los únicos con derecho a amnistiar son aquellos que no cometieron otro crimen que el de disentir y opinar libremente…”: o sea eso que todavía hoy (24 de febrero de 2026) los colombianos podemos hacer sin que se nos encarcele o mate (con balas oficiales o mediante drones teledirigidos) pero que, si se reelige a esta extrema o se la remplaza por la otra, estaría en serísimo riesgo.

 

Opinan muchos que saben y no se digan los que no, que la ‘paz total’ del chusmero en jefe fracasó estruendosamente, de lo que yo disiento: ¿de veras piensan quienes eso sacan en claro que el propósito de este gobierno era pactar la paz con los terroristas de todos los pelajes? ¿De cuánto tiempo van a precisar para concluir que aquella denominación no es otra cosa que una suerte de mal oxímoron a la par que una burla velada a los que les presumen la buena fe? Si algo aúna a los bandidos hoy en el poder y a los que ceba para que sigan delinquiendo a sus anchas es el propósito de no renunciar a él bajo ningún concepto y sin que importe lo que haya que hacer: incendiar el país con la excusa de un fraude o, por qué no, sacarse del sombrero un estado de conmoción interior para que simplemente las elecciones no se celebren. ¿Que voy demasiado lejos, me recriminarían algunos? La catadura y prontuario de los involucrados así lo exige: para verdades, el tiempo.

 

1127. Si yo fuera un historiador y un intelectual solvente y no el diletante que soy, de seguro que me aplicaría, inspirado en ‘Noventa años después’, un certero artículo de Arturo Pérez-Reverte, a mirar con detalle las miserias sin nombre de los protagonistas de todas las latitudes de nuestro espectro político, y todo para concluir al cabo que con reemplazar en el original los nombres propios y otros vocablos por los que atañan a nuestra realidad habría bastado.

 

1128. ¿Y quién sino él podría cuajar, y en apenas unas pocas pinceladas, el retrato por antonomasia de nuestro presente?:

 

“Durante mucho tiempo, en España como en el resto del mundo, se asumió que el gran enemigo de la democracia era la censura explícita: la prohibición legal, el cierre de medios, la persecución física del disidente. Hoy, sin embargo, el fenómeno adopta formas más sofisticadas y eficaces. No hace falta prohibir un acto cultural si se consigue desacreditarlo públicamente. ¿Para qué debatir si es más fácil y barato amedrentar? El resultado es idéntico. […]

Esta actitud parte de una idea profundamente antidemocrática: la sociedad no es capaz de enfrentarse a lo complejo sin extraviarse, el ciudadano necesita ser protegido de las ideas incómodas, el debate plural es un riesgo y no una riqueza. Bajo esta lógica paternalista, el pensamiento deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en una actividad sospechosa. Y lo paradójico es que esta condena del debate se produce en nombre de valores que, históricamente, se asociaron a la ampliación de libertades. Se apela a la memoria, a la justicia, a la dignidad; pero se emplean métodos que niegan el pluralismo, desconfían de la razón y sustituyen el argumento por la consigna. Cualquier opinión contraria venga de donde venga, incluso dentro de la propia izquierda, se califica de fascismo. Y el miedo a ser llamado fascista, la necesidad de gritar más fuerte que nadie para evitarlo, da lugar a episodios de cobardía y claudicación […].

Lo advirtió Hannah Arendt al analizar los mecanismos del pensamiento totalitario: el mayor peligro es la destrucción del espacio común donde las cosas pueden discutirse. En este ámbito, la paradoja resulta evidente: quienes se autoproclaman herederos y paladines de la verdadera democracia reproducen mecanismos profundamente autoritarios: no consienten la discrepancia, desconfían de la libertad intelectual y consideran legítimo silenciar al adversario. También en el extremo opuesto del paisaje político, donde soplan aires dictatoriales de otro signo, aspiran a lo mismo: unos apelan al orden y la tradición, otros a una intocable superioridad moral. Y la censura que ambos ejercen -todavía ejercida más ruidosamente por la izquierda, pero den ustedes tiempo al tiempo- es eficaz porque no necesita justificarse. No argumenta, sino que señala; no persuade, sino que estigmatiza. Y una vez estigmatizado el interlocutor, su palabra queda automáticamente deslegitimada. El debate muere antes de empezar.

La primera consecuencia es la autocensura: historiadores, escritores, periodistas y profesores aprenden qué asuntos evitar y qué enfoques son peligrosos. El silencio pasa a ser voluntario y llega el miedo a pensar en voz alta. Defender hoy el debate ecuánime no es cómodo: exige valor, porque implica resistir presiones, soportar insultos y aceptar riesgos. La segunda consecuencia, eliminado el debate racional, es el enfrentamiento emocional: sentimientos contra ideas. La tercera consecuencia es la degradación de la auténtica y objetiva memoria. Recordar y honrar no es reavivar rencores y odios, sino estudiar, comprender, explicar situaciones trágicas y aceptar hechos complejos. Cuando el pasado se utiliza para envenenar el presente, deja de ser memoria legítima y se convierte en turbia arma política.

Frente a esta deriva conviene recuperar una idea central del pensamiento liberal democrático europeo, desde Ortega y Gasset hasta los teóricos contemporáneos del pluralismo: la democracia no consiste en eliminar el conflicto, sino en civilizarlo. No es imponer una verdad única, sino crear las condiciones para que verdades parciales o incómodas puedan confrontarse sin miedo. […] Cuando una sociedad teme el debate, algo huele a podrido en ella. Lo grave no es que existan ideas que molesten a otros; lo grave es que deje de considerarse legítimo que molesten.

Uno de los espacios donde el daño se manifiesta hoy con mayor claridad es la universidad: concebida como un lugar para la discusión rigurosa y la exposición de ideas incómodas, empieza a ser un espacio de asfixiante protección emocional. […] La aparición de listas negras, vetos informales, campañas de presión estudiantil y exigencia de cancelación de actos prueban que la universidad ha dejado de ser un foro de confrontación argumental y es un entorno de validación moral. El ocaso de la inteligencia.

En las redes sociales, el fenómeno se ve agravado por el ruido, el anonimato, la ignorancia y la mala fe que polarizan cualquier asunto por mínimo que sea. En lugar de fomentar una relación adulta con el mundo y sus circunstancias, con el presente y el pasado, suele imponerse un repertorio de lealtades obligatorias que transforman la conversación pública en una sucesión de insultos y juicios sumarios. El razonamiento extenso recula ante la indignación breve; la duda es percibida como traición; la discrepancia, como delito. En este contexto el debate es imposible. La consecuencia es una opinión pública elemental e irreflexiva, donde una reputación se destruye en horas y la lógica carece de valor. Una frase sacada de contexto, una fotografía manipulada, una cita incompleta bastan para activar el linchamiento. Cercados por el fragor de la ignorancia y la mala fe -si juntas a un malvado con mil tontos obtienes mil y un malvados-, el historiador, el pensador, el escritor o el periodista libres dejan de ser referentes o interlocutores válidos y pasan a ser sospechosos. Ya no se les atiende ni responde: se los denuncia, se los cancela. […]

Todo este proceso tiene un hilo conductor: el miedo a la complejidad, a la discrepancia, a perder la hegemonía moral, a que el relato no resista el contraste. Ese miedo se disfraza de sensibilidad indignada, pero actúa como censura; se impone en nombre de las víctimas, pero termina utilizándolas como mercancía electoral. El resultado no es una sociedad más justa sino más frágil, incapaz de tolerar la fricción intelectual. Porque en una democracia sana, el desacuerdo se plantea sobre que el oponente puede estar equivocado, pero no por eso es un malvado. Cuando tal presunción se pierde, el asunto se envilece: si el otro es enemigo, no hay nada que discutir; sólo queda neutralizarlo, silenciarlo, exterminarlo figurada o físicamente. Esto explica por qué el debate ecuánime -la equidistancia cobarde es otra cosa- genera tanta hostilidad […]; porque presupone algo intolerable para los malvados y los idiotas: que el otro pueda hablar de buena fe, que pueda abordar un tema delicado sin intención de ofender, que disienta sin buscar daño. Esa posibilidad es inadmisible para todo sectarismo político que necesite enemigos para sostenerse, heridas abiertas para hacer negocio instalándose en ellas.

Otra consecuencia de esta deriva es la degradación del lenguaje. Blanquear, normalizar, legitimar, dar voz funcionan como armas retóricas. No explican: marcan y condenan. El lenguaje deja de ser herramienta para pensar y dialogar y se torna mecanismo de control. Quien domina las etiquetas domina el debate o la ausencia de él porque el veredicto ya está dictado. Esta simplicidad lingüística no es casual. Pensar y conversar exigen palabras precisas, categorías claras, conceptos a veces incómodos. La consigna fácil, en cambio, se conforma con términos vagos y emocionalmente intensos. Su eficacia no depende de la claridad razonada, sino de la adhesión colectiva. […]

La guerra que los estúpidos y los malvados libran hoy contra el sentido común no es sólo cultural ni ideológica: es contra la conversación misma, contra la posibilidad de escuchar, disentir, debatir y seguir conviviendo. […]

…la normalización, por parte de muchos, de la idea de que hay debates que no deben darse. De que hay asuntos que sólo pueden abordarse desde un marco moral autorizado por quienes lo controlan y administran. Aceptar eso es asumir una derrota devastadora, no de una u otra ideologías en concreto, sino del principio mismo de libertad intelectual. Una sociedad que renuncia a esa libertad se pone una pistola en la sien. La guerra contra el pensamiento libre es una guerra que no gana nadie, excepto los oportunistas y los canallas…”: los Trump y los Petro, los Abascal y los Iglesias, los Miley y las Murillo, los Noboa y los Cabello, los Bukele y los Díaz-Canel, los Putin y todos los anteriores que lo admiran y lo temen y lo referencian y lo emulan.

 

1129. ‘Aplauden como focas amaestradas’ igual los paniaguados y medradores de Delcy que los de Murillo que los de Miley que los de Sánchez que los de Trump que los de Petro quien, a propósito, hizo una jugada maestra de tahúr del populismo al decretar un aumento del salario mínimo del 23,7% seis meses antes de las elecciones presidenciales de 2026, asegurándole mediante ese golpe de mano el cargo a Iván Cepeda, un comunistoide más radical y peligroso que su valedor y camarada. ¿Que el sistema de salud se cae a pedazos y sus compadres los terroristas guerrilleros y paramilitares están de plácemes y al alza, con partes del país postradas gracias a la inacción del ejército ordenada desde la Casa de Nariño? ¿Que el castrochavismo vernáculo trabaja con denuedo para conseguir que la empresa privada que más empleos crea se aburra y se largue y, con ello, de los dos millones de pesos que hoy reciben los privilegiados que trabajan en la formalidad se pase muy pronto a los sueldos simbólicos y de hambre de una Cuba o una Venezuela? Ni al 60% que anuncia en las encuestas que piensa votar masivamente en la segunda vuelta por Cepeda y sin que importe con quién se mida, ni a los abstencionistas de siempre que prefieren quedarse en la casa tomando trago y viendo partidos de fútbol, les importa de momento un bledo que Colombia se desbarranque y se acabe de joder. Paradójico que mientras que a los venezolanos acaso la suerte se les enderece y los que están en el exilio puedan retornar, a los colombianos que odiamos la mamertosfera como a nada en este mundo nos toque pensar para dónde cogemos después del siete de agosto. Pero de una cosa pueden estar ustedes seguros: muchísimos de los que a rabiar celebren ese día aciago, o con indolencia vean a los otros celebrar, se nos sumarán a la postre en desbandada, sólo que cuando para ellos y sus familias sea ya demasiado tarde.

 

1130. ¿Y yo qué voy a hacer cuando Savater, Trapiello, Vásquez, Abad Faciolince, Cercas, Carlin, Granés y usted se me mueran; cuando, como Marías y Caballero, dejen del todo desguarnecida la atalaya de los que se comprometen y opinan, no lo que sus colegas esperan que opinen, sino lo que les sale de los huevos y en todo caso de sus convicciones más razonadas?:

 

“…Decir que la Real Academia Española ya no limpia, ni fija, ni da esplendor no es negar su utilidad, su hermosa y noble historia ni su necesario futuro, sino prevenir una crisis. La lengua española no necesita una policía autoritaria, pero sí una institución capaz de establecer criterios, defender la excelencia y asumir que toda norma implica incomodar a alguien. Sin limpieza no hay claridad; sin fijación no hay estabilidad; sin esplendor no hay belleza. Si la RAE no mantiene esa triple vocación, su lema será una reliquia retórica. La Real Academia Española no perderá autoridad porque la lengua evolucione y cambie; la perderá si continúa consagrando más el ruido que el pensamiento, más el error y la vulgaridad que la excelencia. Privilegiar a periódicos mal escritos y redes sociales sobre escritores solventes y tradiciones literarias contribuirá a la pérdida de calidad del español. Mientras no practique la valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la autoridad superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor escribieron y escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil pero traidora a sí misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho. Y una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por renunciar a su grandeza.”

 

Yo, estimado y admirado don Arturo, mucho me temo que el daño ya es irreversible y que por tanto no hay vuelta atrás en el imparable proceso de deterioro y desfiguración de nuestro idioma. Es más: casi que me atrevo a afirmar que el español en el que usted y cinco de los siete arriba citados escriben; el de Millás, y Vicent, y Muñoz Molina, y Grijelmo, y Constaín, y Samper Pizano, y Londoño, e Irenita y dos o tres más de mis columnistas de cabecera… es decir mi personal y secreta RAE, pronto muy pronto constituirá una suerte de español antiguo, ilegible e ininteligible para las mayorías que no cultiven la literatura, y créame que no exagero. Tampoco si le digo que hoy tengo por milagroso el que mi oído descubra y se deleite, y una vez por año todo lo más, con uno de esos hablantes que no bien abren la boca empiezan a prodigar eufonía en todo lo que dicen. De ese tamaño de agujero negro es el estropicio.

 

1131. “Cierto: nuestros políticos gobiernan pensando en los próximos comicios, y casi nunca las medidas necesarias pero impopulares permiten ganarlos; pero la cuestión no es solo esa: la cuestión es también que los grandes problemas -a menudo los menos visibles y los que menos afectan de momento a la vida cotidiana de la gente- tampoco pueden solucionarse en el corto plazo que depara victorias electorales”: lo sabemos de sobra los colombianos de buena fe y bien informados en relación con la derecha populista que siempre nos ha gobernado y en relación con la izquierda ultrapopulista que por desgracia aterrizó en el poder en agosto de 2022. Jamás lo sabremos en relación con el centro, sempiternamente condenado a perder una tras otra las elecciones presidenciales, tanto por la proclividad de una mayoría de los que votan a dejarse inocular de los candidatos su fanatismo auténtico o aparente, cuanto por la ignorancia supina del grueso de esas mayorías en materia política. Aunque, en primerísimo lugar, por la falta de ardentía de los tibios del espectro que confunden la decencia y las buenas maneras discursivas con una absoluta ausencia de persuasión.

 

1132. “Las soluciones mágicas no son soluciones; son problemas multiplicados y disfrazados de soluciones: pan para hoy y hambruna para mañana”: verbigracia, el aumento desmesurado del salario mínimo que decretó Petro en 2025 correspondiente a un 23,7%, junto con una rebaja en el precio del galón de gasolina y la suspensión del cobro de algunos peajes, con miras a lo que parece del todo previsible e inevitable: que el guerrillero solapado y comunistoide declarado Iván Cepeda lo suceda en el cargo y nos termine de joder a todos, salvo a los paniaguados que resuelva enchufar. Que se tengan de atrás los imbéciles -los Londoño y las Restrepo y los Gamboa son otra cosa- que por él voten de buena fe porque, en menos de lo que canta un gallo, les va a tocar ver morir a sus familiares por falta de atención médica y medicamentos, cuando no a manos de los bandidos de que sus elegidos se están sirviendo para concentrar el poder… todo el poder si llegan a ganar.

 

1133. “Los pueblos, nos lo enseña la historia, a veces enloquecen y se suicidan”: los colombianos que recelamos tanto de una posible victoria de Abelardo de la Espriella como -salvo que más, muchísimo más- de la de Iván Cepeda, que ya vocean algunas encuestadoras, lo sabremos dentro de cinco meses y unos días. Y tras lamentar lo segundo -a lo primero habría que concederle un margen de espera- y pasada la resaca, tocaría empezar a sopesar alternativas de exilio. De momento y si me apuran, Costa Rica y Uruguay figuran entre las más… Tal vez las únicas para mí asequibles.

 

1134. “Lo diré aunque sea una evidencia: llegar a buenos términos con el pasado, sobre todo cuando se trata de un pasado de dolor y violencia, tiene que ser un empeño crucial en cualquier sociedad que se quiera democrática. Nuestra relación con el recuerdo del dolor es uno de los muchos rasgos que define la salud o la enfermedad de una democracia, porque no sólo implica el reconocimiento de quienes lo han sufrido, sino la voluntad testaruda de que no vuelvan a sufrirse cosas semejantes”. Aquí lo único evidente, mi muy admirado y estimado maestro Vásquez, es que si de una evidencia se tratara, no estaríamos, entre tantos más, los colombianos y los españoles enzarzados en luchas intestinas por el predominio del relato de los unos o el de los otros indeseables en relación con la historia de la violencia política acá, y con la guerra civil y la posterior dictadura allá y, en medio, la verdad ponderada y documentada que no logra hacerse oír, sofocada como se la ve por el barullo de los estridentes y el de sus respectivas hinchadas.

 

1135. A mí en cambio me parece que la sabiduría auténtica, de varón o de mujer que se enamoran o quieren y con su pareja conviven, pueda que consista en no darle demasiada importancia a las capacidades intelectual y dialógica del marido o la amante y mucha, muchísima, muchisísima a sus cualidades y méritos personales y espirituales: “Hay parejas que hablan todo el tiempo de lo que les pasa, de que sienten tal cosa o tal otra. No sé cómo será eso. Yo vivo con un hombre sabio. Hablamos de política, de cine, de cosas cotidianas, pero no de ‘la pareja’. […] A un hombre savio no lo afligen las oscuridades, no retrocede ante el misterio, no exige explicaciones, no reclama…”; lejos de mí la mera idea de convivir y ni siquiera salir con una mujer muy culta, culta o aun semiculta que aspire a que cada charla de recién levantados o de siesta los domingos sea un intercambio académico en torno a Faulkner o a Proust, a Brahms o a Liszt, a que si prefieres a Hopkins como Benedicto XVI o a Pryce como Francisco. ¡Qué fastidio de intercambios, amén de antieróticos! De pronto sí, pero dosificados, los que vayan de política, y de las miserias y las bondades del prójimo, de religiones y enajenados por la religión, y de documentales o reportajes y noticieros en la DW y France 24 y… Por lo demás, y sin tasa, de animales y de naderías no insulsas sino picantes, de chismes de la familia y los amigos y los allegados, de infidelidades e infieles, impotentes y frígidas… Claro que todo necesariamente cercado por los silencios y las introspecciones que contribuyen a la paz de los sentidos.

 

1136. Si hoy -como hace un siglo- la abuela de alguien llamado felizmente Paul Auster matara de un tiro certero a su marido infiel, la absolverían y declararían inimputable en virtud de un rapto de locura; pero si el marido la matara a ella por similares razones, lo lincharían primero en las redes sociales y, apenas días después, sin atenuantes en los tribunales por misógino y uxoricida. Si un hombre de mi edad, más viejo o aun veinteañero besara como me besaron a mí tres mujeres adultas cuando no llegaba siquiera a los diez años a una menor de catorce, o intentara llevársela a la cama no por la fuerza sino como quiso hacerlo conmigo una mujer en dieta cuando mi mayor anhelo era que cualquier mujer -salvo que estuviera en dieta- me desvirgara, ipso facto lo tildarían de pedófilo y violador y lo condenarían en calidad de tal. A ver si los varones que experimentamos en la infancia vejámenes por el estilo, me temo que muy a menudo deliciosos, nos sacudimos toda esta inercia y confeccionamos nuestra propia lista Epstein para echarles un empujoncito a las empoderadas de la cuarta ola en su cruzada contra la inequidad que sufren en todos los ámbitos, aunque de lejos en el penal.

 

Adenda: les doy la idea pero conmigo no cuenten, estimados cofrades y víctimas de pederastas y corruptoras, porque para mí esos tres nombres son más que sagrados. Lo único que les repruebo es que no se hubieran atrevido a pasar adelante, como la cuarta, a quien de haber conocido antes de embarazarse y no se diga embarazada…

 

1137. “Está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado”: antes que nada y primero que todo, el amor que verdaderamente importa: el infinito de mi madre y de mi padre y de mi hermadre y de mi Goga y de mi nieto; las posibilidades académicas y laborales de que he sido depositario; no poca suerte venérea; el poderme dedicar hoy, gracias a que no tengo que pensar en mayores obligaciones económicas, a la lectura y la escritura; las entretenciones tan sumamente productivas de que derivo parte de mi bienestar; no haber contraído, todavía, ninguna ETS de resultas de mi cuasi total falta de precaución en ese sentido; los animales que he amado con locura; haber conocido a seres humanos maravillosos cuyo rastro, no obstante, perdí de vista por muy diversas razones -en otros sinsabores e infortunios abundan los testimonios de este blog-…

 

1138. A un columnista de opinión escorado hacia la derecha o hacia la izquierda como el que a continuación cito le resulta, y sin que importe cuánto se esfuerce para disimular el sesgo, muy difícil o casi imposible conseguirlo:

 

“Hay pocos cuentos más viejos y resistentes que el de la Edad de Oro; pocas personas que no hayan vivido años y años lamentándose por vivir en esos años y no en otros anteriores, superiores. Tantas creyeron que al principio había habido una edad maravillosa que la maldad del hombre, el rencor de los dioses, la astucia de la serpiente, la codicia de la mujer o cualquier otro cliché habían arruinado hasta llegar a esta basura: nuestras vidas. Insisto: no hay relato más insistente, persistente, inconsistente, estupefaciente que ese cuento para amargados que se creen que su único error fue no haber nacido en el momento justo -otro- y su única solución sería empeñarse en que alguna magia los devolviera a aquella era ya perdida, siempre perdida, como el tiempo.

El relato de la edad dorada ha servido para fundar reinos, religiones, filosofías y hasta romances retrasados, pero nunca se pone tan necio como cuando se usa para hacer política. Y es lo que está pasando en estos días.

Ahora, en este mundo que no encuentra su futuro, cada vez más personas se dejan arrullar por la vieja canción de la mitología de segunda: ‘Que todo tiempo pasado fue mejor’. Eso, en política, tiene un nombre: se llama reaccionario. […] No, Trump, Meloni, Orbán, Putin, Miley y compañía felizmente limitada no son conservadores; son reaccionarios…”

 

¿Y qué son, amén de otros grandísimos hijos de la puta que en mala hora los parió: Cabello, la Murillo, Díaz-Canel, Iglesias, Petro y compañía felizmente limitada sino un puñado de reaccionarios que sin dudárselo un solo segundo harían hasta lo imposible para replicar lo peor del comunismo soviético -prácticamente todo- si se les brinda la oportunidad? Y con un tremendo agravante por lo que se refiere a sus votontos: la suma proximidad de las catástrofes que gobernantes de la siniestra han ocasionado en países del vecindario. ¿Equiparar la imbecilidad de un elector de la extrema derecha, la cual promete un retorno a un pasado a fin de cuentas lejano en el tiempo, con la de uno de la extrema izquierda acá en Colombia, el cual tiene ante las narices los espejos venezolano, nicaragüense, cubano y, por contera, la promesa más que materializada del chusmero de arruinar un sistema de salud que funcionaba, con mucho, mejor que el de los estadounidenses?

 

Adenda: habla usted, hermano, de la tontería de los que se flagelan a sí mismos por no haber nacido equis cantidad de años antes, y me hace reparar en el hecho de que yo nunca he añorado algo por el estilo. No obstante, caigo en este preciso momento en que si hubiera sido adolescente en los 60 y vivido como tal el a un tiempo dichoso y anquilosador Mayo del 68, cargaría en la conciencia con la mácula de haber sido alguna vez correligionario y votante de semejante bazofia. De pocas cosas me siento orgulloso, aunque sin rebozo de dos: de haber sido, desde mi más tierna pubertad, un ateo manso y un apartidista fervoroso de la democracia.

 

1139. Lo que nos faltaba: que mientras que la nueva voz de Chat GPT suena y se oye prácticamente humana -mejor dicho: humana-, las de millones de humanos (párense a oír, si no lo han hecho, a cualquier niño y adolescente digitales de cualquier país, de todos los países) sean cada día que pasa más globales y robóticas y por tanto inauténticas, y de ahí que se me haya casi curado la ninfulomanía que me hermanaba con Humbert Humbert y con millones más. Sería como para llorar, arrancarse las barbas y mesarse los cabellos de no ser por el alivio que se experimenta de ya no estar en la mira de las feminastys, tan sedientas de víctimas propiciatorias de lo que dan en llamar heteropatriarcado, categoría que como es apenas natural no cobija ni a los machos y machistas maltratadores de la extrema izquierda occidental ni a los talibanes y ayatolás tan tiernos del sur global.

 

1140. En mi calidad de ciego de nacimiento que sabe de qué va la ayuda incondicional de los generosos de corazón (en aulas y campus, en oficinas de todo tipo y auditorios, en buses y aviones, en los hospitales y en la calle), calculo en un cinco por ciento los Lorenzos que, como el Lorenzo de Si esto es un hombre que no permitió que Primo Levi perdiera del todo la fe en la especie, cargan sobre sus hombros la ración de bondad que indebidamente se nos atribuye a unas mayorías de entre cobardes e indiferentes que, si bien no hacemos el mal abierta e impunemente, tampoco practicamos el bien como es debido. Mejor dicho: les debemos a más o menos cuatrocientos cincuenta millones de personas que el mundo tal y como lo conocemos no se vaya del todo al garete, y apenas a una quinta parte de esa cifra la heroicidad que nos redime.

 

1141. Imagínense ustedes: si tal cosa como la desprevención le ocurrió a alguien tan sumamente capaz y agudo y bien informado, y en tiempos muy anteriores a la gnomofobia, ¿qué no podrán decir los ucranios y los palestinos y los libaneses y los iraníes, y los que sin presentirlo siquiera aguardan turno en las arremetidas invasoras del neoimperialismo, de momento rusoestadounidenseisraelí?:

 

“Este año se ha pasado pronto. El año pasado a esta hora yo era un hombre libre: fuera de la ley pero libre, tenía un nombre y una familia, tenía una mente ávida e inquieta y un cuerpo ágil y sano. Pensaba en muchas cosas lejanísimas: en mi trabajo, en el final de la guerra, en el bien y en el mal, en la naturaleza de las cosas y en las leyes que gobiernan la conducta humana; y además en las montañas, en cantar, en el amor, en la música, en la poesía. Tenía una enorme, arraigada, estúpida fe en la benevolencia del destino, y matar y morir me parecían cosas extrañas y literarias. Mis días eran alegres y tristes, pero todos los añoraba, todos eran densos y positivos; el porvenir estaba delante de mí como un gran tesoro. De mi vida de entonces no me queda hoy más que lo necesario para sufrir el hambre y el frío; no estoy ya lo suficientemente vivo para poder suprimirme…”

 

Irrumpen los yihadistas palestinos en suelo israelí el 7 de octubre de 2023 para secuestrar y matar y violar y descuartizar -¡vivos!- judíos e israelíes de todas las edades, y miles de sus connacionales y correligionarios los aplauden y vitoreann a su regreso, ¿inocentes? De la venganza que aquel pogromo iba a desatar cuasi de inmediato; perpetra Israel el genocidio con que se cobró el peor ataque de su historia reciente pero, no contento con ello, incendia la región y pulveriza lo que se le pone delante y mata indiscriminadamente igual a combatientes que a inermes a sabiendas de que con su vesania criminal iba a despertar los peores demonios del antisemitismo, excesos que harán que arraigue incluso en personas que lejos estaban de haber oído pronunciar el sustantivo; confraternizan, creo que por primera vez en la historia, la extrema izquierda y la extrema derecha de Occidente en torno a la admiración y el amor que ambas le profesan al bicho del Kremlin, al cual le creen a pies juntillas la mentira de que Ucrania es su único blanco militar y geopolítico no sólo en la región sino en el universo mundo; más de setenta millones de entre imbéciles y canallas estadounidenses elevan por segunda vez a la presidencia al ser más ruin e incapaz a la par que nocivo entre sus connacionales para que le dé la estocada final al imperio que fue su país y, por contera, para que, en componenda con los autoritarios y autócratas y tiranos con arsenales nucleares a su disposición, entierren el orden internacional -por el que mal que bien se rigió el mundo durante ochenta años- mediante invasiones y guerras y matanzas de niños y mujeres y ancianos que el resto del mundo, es decir parte de la dichosa y desdentada comunidad internacional, contempla horrorizado o indiferente. ¿Y los nueve millardos de sapiens que dizque somos? Descontados los millones que padecen -en Gaza y Cisjordania, Líbano, Irán, Ucrania- las guerras de los malditos y los millones que desde antiguo sufren -en Sudán, Yemen, Afganistán, Corea del Norte, Haití- el abandono más miserable por parte del género degenerado, comidos por la ansiedad y la codicia tecnológicas y haciendo malabares y hasta pactos con el diablo para hacerse, en un pispás, famosos y millonarios digitales.

 

1142. Como el mundo jamás ha andado escaso de imbéciles ni lo va a estar en tanto dure el antropoceno, me figuro que no faltará el lector imbécil que juzgue y condene las transgresiones y latrocinios ínfimos de Primo y de su amigo Alberto en el campo de exterminio. Ante la pregunta recurrente de inventos que me gustaría ver materializados, dos que se relacionan y uno que no: un detector a priori e infalible de la salud sexual de una mujer -de un hombre- que acabamos de conocer o en cualquier caso que no conocemos bien y que está dispuesta -dispuesto- a irse con nosotros a la cama sin dilaciones, y un transferidor de dolores y sufrimientos propios y ajenos que nos permita traspasárselos a malditos tipo Putin y Trump y Netanyahu, o a anónimos que nos quieren mal y nos han hecho daño, y al menos parte a las mayorías de indiferentes que se encogen de hombros y hacen como que no se enteran de las desdichas del prójimo. Este prodigio irrealizable también nos serviría para destinar al lector imbécil y a los criminales de guerra mencionados, así como por sorteo a no pocos indiferentes, a, respectivamente, Auschwitz, Ucrania, Gaza, el Líbano e Irán, y no en calidad de meros observadores sino de quienes más padecen los rigores de sus guerras y peor lo pasan.

 

1143. ¿Que “la ley del Lager decía: ‘Come tu pan y, si puedes, el de tu vecino’, y no dejaba lugar a la gratitud”?: ¡apenas natural! Que no arrugue el ceño y mucho menos diga nada el lector imbécil, es decir pseudomoralista, a quien de buena gana soltaría hoy desde un avión en medio del frente en Ucrania, de la Gaza hambrienta y desesperada, del Líbano o el Irán bombardeados por el Israel de Netanyahu y los Estados Unidos de Trump, no más para ver si al cabo de un par de horas le subsisten los melindres. Le vendo el alma al diablo a cambio del par de inventos de aquí arriba, así como del poder suficiente que me permita transmutar mis odios de baja intensidad en venganzas aleccionadoras o implacables según se trate.

 

1144. “Es evidente que los grandes placeres son los baratos”: un arroz con huevo frito y la yema blandita por la noche, con o sin salsa de tomate; ir de caminata por el campo, con el olfato y el oído aguzados; bañarse en un río correntoso mas no peligroso; conversar con otro u otros que lo saben hacer, en torno a un café o una cerveza; acariciar animales que lo desean, mientras duermen o parece que reflexionan; tumbarse a pensar o a no pensar en nada, y la lluvia o mejor un aguacero de fondo, con los rayos tomando fotos y los truenos con ganas de desfondar el mundo; respirar y cagar y orinar y pensar y desplazarse y valerse por sí mismo sin mayores impedimentos; leer los versos o la prosa límpidos de un gran poeta, cuentista, novelista o ensayista; escuchar música clásica, ojalá en medio de un auditorio abarrotado exclusivamente por absortos o ensimismados; hacer el amor, por amor genuino o animal deseo…

 

1145. Si alguien ya viejo y enfermo, y por contera pesaroso de no haber leído en su vida más que lo que le hizo leer algún profesor de castellano en la escuela primaria, me pidiera una opinión sobre qué leer durante los días o a lo sumo semanas que le quedan, sin dudarlo un solo segundo le diría que el fragmento o el apartado o el capítulo de Tristram Shandy que Laurence Sterne tituló ‘EL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO’, en cuyas páginas cabe, como en una única gota de mar, la inmensidad oceánica de la literatura y de cada vida de hombre y de la historia de la humanidad toda, con sus grandezas y miserias, sus claroscuros y sinuosidades, sus condenas y redenciones y, de ñapa, el retrato en el que Dorian Gray -que en mayor o menor medida somos todos- contempla horrorizado las fealdades de su yo más recóndito.

 

1146. Definición de Chaim Rumkowski: dícese de cualquier Petro o Trum, Maduro o Miley, Ortega o Bukele que, ínfimos en talento pero desmesurados en amor propio y delirios de grandezas, se edifican una distopía por el estilo de la del homúnculo pronazi pero creyendo que con creces superan la fictiva de Orwell.

 

1147. Pocos momentos más elocuentes que compendien la desmesura de lo que somos como especie que este en que el hombre, a la par que se adentra por enésima vez en el espacio para preparar un segundo alunizaje y bate récords de lejanías y nos deja a todos boquiabiertos de asombro, perpetra genocidios en Gaza y machaca a pueblos inermes en Cisjordania, el Líbano, Irán y Ucrania con sus armamentos infames, de los que sus carniceros hacen alarde. ¿Hacer votos por que la ciencia y los científicos con alma contrarresten la vesania de los poderosos y la indiferencia absorta de millardos a fin de que el antropoceno perdure, siquiera, más allá de los miles de años que llevamos gerenciando la Tierra? Yo no suscribo.

 

1148. Leo ‘De profundis’, por completo absorto en su belleza, y me pregunto qué habría sido de mí si, en lugar de mi resolución frente a las tóxicas -tres máximo cuatro… de momento-, me hubiera ocurrido lo que a Wilde con el sujeto infame que fue Alfred Douglas. ¿Descubrir tan demasiado tarde las claves veladas en contra de la tragedia vital que supone caer en las garras y entre las fauces de una -de un- desgraciador de existencias ajenas por el estilo del que llevó al demiurgo de -¡óiganlo bien!- un tal Dorian Gray a la cárcel y al desprestigio? Lo pienso y me invaden unas ganas irrefrenables de hacerle leer este testimonio, este desahogo, a mi nieto y a todos sus coetáneos, y no se diga a los primíparos de todos los pregrados en psicología y especializaciones en psiquiatría; a todos los enfermos del mal de amores y no se diga a las víctimas por lo común aisladas y vergonzantes de un sociópata venéreo con falo o vagina que yo, gustoso, les…

 

1149. ¿Que “fue Jorge Luis Borges quien señaló que los grupos humanos suelen preferir como representantes característicos a quienes menos se les parecen”? Pues, y con el perdón del sabio, si tomamos a los colombianos por un grupo humano, su máxima desatina por completo. Si acertara y para no ir muy lejos, a Colombia la habrían presidido, entre otros meritorios: Antanas Mockus, Humberto de la Calle Lombana, Enrique Peñalosa Londoño, Sergio Fajardo Valderrama, Carlos Gaviria Díaz, Alejandro Gaviria Uribe y Juan Camilo Restrepo Salazar. ¿Y ver coronarse de presidenta, en este país-corraleja, a una meritoria por el estilo de Claudia López, Catherine Juvinao, Jennifer Pedraza, Katherine Miranda o Nubia Carolina Córdoba, para no hablar de tantas de sus predecesoras? Esperemos a ver si Paloma rompe el hechizo machista y no nos decepciona a los que, como yo y pese a su mentor, nos aprestamos a votar por ella en la primera y ojalá en una segunda vuelta que nos libere de la infausta kakistocracia que aquí tarambaneó entre 2022 y 2026.

 

1150. Ojalá fuera no más este sustantivo el proscrito por los tontainas de la psicología y la psicopedagogía, por padres de familia y abuelos, por los políticos y los “educadores” mamertos y, por contagio, prácticamente por todo estamento de la sociedad llamado a impartir autoridad: “En este mundo tiquismiquis en que vivimos, en el cual se toleran verdaderas atrocidades, pero no que se llame a las cosas por su nombre, la palabra ‘castigo’ subleva a los hipócritas o a los besugos”. Igual suerte corren exigencia, estrictez, rigor, disciplina, esfuerzo, seriedad, puntualidad, evaluación, sustentación, corrección, reprobación, repetición, acatamiento, respeto, concentración, excelencia, inteligencia, brillantez, merecimiento, mérito, idoneidad, eficiencia, eficacia, profundidad, dificultad, hondura, complejidad, escalafón y muchos más a los que, con estupidez u oportunismo, se los tacha de injustos y discriminadores. Y así le va al mundo… de Trump y de Petro, de Miley y de Ortega.


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