domingo, 15 de mayo de 2011

Lo que separa al maestro de la psicóloga: dos formas de entender lo mismo, dos resultados en las antípodas

Hablando con mi abuela materna, con mi madre y con mi padre -así como con otros adultos con los que a menudo se tocaba el tema- sobre el tipo de educación que recibieron cuando fueron niños y fueron a la escuela, pude sacar en limpio algo que todavía hoy creo y defiendo: el buen servicio que una disciplina bien entendida le presta al proceso formativo de aquel a quien se busca criar y educar debidamente. Pero el problema surge, sin que siquiera se debata, con la mera mención de la palabra “disciplina”, tan condenada y bastardizada desde hace algunos años, por lo menos veinte según mis cuentas. (Mis estudiantes -entre quince y diez años menores que yo- se muestran sorprendidos si les cuento que, a principios de los noventa, cuando yo cursaba el bachillerato, todavía nos parábamos para saludar no bien algún profesor -tal vez solo fuera la profesora de biología- entraba en el salón, o que el rector de un colegio optó por expulsarme debido a mi suma indisciplina sin que mediaran otras instancias, o que un maestro de álgebra, actuando según su conciencia y su ética plausibles, no se dejó conmover de mis ruegos para que me ayudara con la nota de final de curso, o que en el colegio en que hice la primaria existían y eran “legítimos” unos castigos físicos que me imagino semejantes a los de los reformatorios pero que, sin embargo, no me traumatizaron.)

De ese tiempo a esta época, que son los que yo conozco, la involución educativa promovida, entre otros, por psicólogos y psicopedagogos, ha rendido sus frutos: lograr que el estudiante no se pare para saludar, mas sí para insultar o para amenazar a sus profesores; que ya no sean los rectores los que expulsen estudiantes indisciplinados, sino aprendices de delincuentes o delincuentes consumados los que, por medios lícitos -la tutela- o ilícitos, determinen qué docente debe irse del plantel so pena de morir apuñalado por la espalda (exactamente así murió Jaime Rojas, el rector de un colegio distrital de la localidad de Ciudad Bolívar en Bogotá, en abril de 2007); que los profesores, aterrorizados por el en casos adiposo prontuario delictivo de algunos de sus estudiantes, ya no esperen los ruegos de un muchacho que se dedicó a la recocha y a la mamadera de gallo -eso ya no existe y, si existe, se llama promiscuidad o alcoholismo o drogadicción, cuando no pandillismo- sino que teman sus intimidaciones y su grosería; que los golpes con la férula y demás abusos contra los estudiantes, erradicados de la escuela en buena hora, ahora semejen obsolescencias de un poder -el del maestro- caído en desuso y en desgracia frente al madrazo, el escupitajo o el “puntazo” que propinan los que tan bien han aprendido las lecciones de los profesionales de la psiquis.

Decía que una disciplina bien entendida -la de la profesora de biología, la del rector, la de mi maestro de álgebra-, lejos de perjudicar al niño o al joven, como irreflexiva e irresponsablemente sostienen muchos psicólogos y psicopedagogos, los beneficia. Al saber -el que se forma- que en su padre y en su madre, amorosos pero exigentes, encuentra el afecto que lo hace sentirse seguro y querido y la disciplina que lo enseña a saber que en el mundo -en su mundo- existen los derechos pero también los deberes, ese niño que después será un joven no tendrá mayores problemas para aceptar y agradecer la disciplina de sus maestros, que sabrá interpretar como afecto, porque solo quien bien nos quiere nos corrige. Está muy bien que psicólogos y psicopedagogos hayan querido que los muchachos -e incluso los niños- conocieran y defendieran sus derechos, pero dejaron la tarea a medias haciéndoles creer a padres de familia y profesores incautos que la exigencia traumatiza, que la disciplina atenta contra la felicidad y que la imposición de responsabilidades riñe con el bienestar que se debe garantizar durante la niñez y la adolescencia. Pues esos niños y esos adolescentes, que de incautos no tienen un pelo, sí han sabido sacar provecho de semejante torpeza y tamaño exabrupto, manipulando, en la casa y en la escuela, cada situación para lo que ellos juzgan, ahí sí con bastante bisoñez, su conveniencia: el derecho a no hacer nada que los fastidie o a hacer eso que les fastidia -pero que sí les conviene- con mediocridad y desgana.

Quiero que sepan esos profesionales a los que tanto respeto pero a los que tanto tengo que reprochar que ni mi abuela materna -“víctima” de la disciplina en la casa y la escuela-, ni mi madre -“víctima” de la disciplina en la casa y la escuela-, ni mi padre -“víctima” de la disciplina en la casa y la escuela- sufren o sufrieron traumas como consecuencia de ese fenómeno que, bien entendido, repito, genera más beneficios que daños a largo plazo. Por lo menos ellos, que experimentaron los rigores de la ahora tan deshonrada “mano dura”, respetan o respetaron casi hasta la devoción a esos padres y a esos profesores que, por corregirlos, no merecieron los insultos y los golpes que hoy por hoy sí reciben paradójicamente muchos padres y profesores que, obsecuentes, decidieron renunciar a su deber de criar y de educar con afectuosa estrictez.

Para los que se pregunten el porqué de la introducción -con sabor más bien a epílogo-, aquí les espeto la razón: una entrevista publicada por el periódico El Tiempo el 17 de marzo pasado y una columna de opinión publicada por la revista Semana apenas unos días después: el martes 29. La entrevista con un maestro -así lo llamo en vista de que todo apunta a que en verdad lo es- y la columna de opinión de una psicóloga con un nombre de personaje de radionovela que, como el del entrevistado, he resuelto mantener en el anonimato inútil de la era revolucionaria de la Internet.

Mientras que para el maestro la educación de niños y adolescentes enfrenta el desinterés de los padres y el Estado como primeros responsables del proceso de aprendizaje de sus hijos y futuros ciudadanos -“las familias y los gobiernos le transfirieron a la escuela la formación de los jóvenes”-, para la psicóloga tal abandono no existe; es más, se trata del efecto contrario: “Los padres se preocupan y actúan con sus hijos desde el amor, con el propósito de contribuir a su formación, a que estén felices y tranquilos, a que tengan amigos y un buen rendimiento escolar…”. Si para el maestro “no hay duda de que el mayor problema de la escuela, por encima de la violencia interinstitucional, es la familia”, la psicóloga opina que estas luchan para que esos mismos muchachos -¿acaso unos de otra especie, de otro planeta?- “sean personas competentes, autónomas, independientes para enfrentar un mundo cada vez más competitivo…”. En tanto el maestro reconoce en la disciplina bien encauzada un principio innegociable para una buena educación -“lo primero en lo que hay que centrarse es en exigir con afecto”-, la psicóloga aboga por una comprensión sin límites de los padres para con sus hijos, a los que atribuye unas facultades que, de ser la regla y no la excepción, harían por completo innecesaria la exigencia: “Ellos (los hijos) son los expertos de su propia vida, pues son quienes mejor conocen el mundo al que se enfrentan diariamente…”.

Para procurar entender dos concepciones tan disímiles sobre un mismo tema -la educación-, se necesita una ponderación sesuda (que aquí solo se acomete en parte) de las diferencias que subyacen tras las experiencias profesionales de estos dos opinantes. Dos experiencias que también difieren en tamaño: la escuela -un espacio inabarcable- frente al consultorio: concreto y delimitado como un confesionario.

Desde la escuela, este maestro -artífice de una epopeya educativa sin precedentes hasta hoy en Colombia- intenta plantear de qué va la crisis de la educación en países como el nuestro, mientras que la psicóloga, abrigada por la seguridad de su reducto profesional, pontifica sobre una educación de la que excluye a la escuela: no existe en su reflexión ni una sola mención a la labor que el educador está llamado a cumplir en la formación de los niños y los jóvenes. El Estado es para el maestro, junto con la ausencia de la familia, uno de los artífices del precarísimo desempeño escolar que la psicóloga endilga a la intransigencia de padres estrictos -que ojalá fueran mayoría- e incomprensivos. Errar es para el maestro la materia prima del proceso formativo -“a eso va el joven al colegio: a aprender de sus errores”-, en tanto que para la psicóloga los yerros, exclusivos de los padres, son las rémoras que lastran el desarrollo educativo de los muchachos. Y la evaluación, que para el maestro cobra sentido e importancia capitales en su calidad de premio para el esfuerzo y sanción para la abulia, para la psicóloga, que abomina de la exigencia, simplemente no existe porque a los muchachos, “expertos de su propia vida”, está de más evaluarlos.

Lo que separa, dicho todo lo anterior, al maestro de la psicóloga es un abismo inconmensurable que, tristemente y sin embargo, no es siempre -no es casi nunca- la misma distancia que media entre maestros y psicólogos. Todo lo contrario: aquellos, imbuidos del discurso inculpatorio de estos, ex profeso o de forma inconsciente, los secundan en sus propósitos de indulgencia y facilismo a todo trance. Porque el profesor que no cumpla con estas dos “cualidades” -los defectos de ser indulgente y facilista-, se hace también acreedor a esta escueta acusación con que la psicóloga -ella sí miembro de un gremio compacto y “coherente”- carga a quienes cabe parte -solo parte- de la responsabilidad de la debacle educativa: “los problemas de los niños siempre son los papás”. Una acusación temeraria y apresurada que contrasta con la mesura y la sensatez de las siguientes palabras del maestro que, por acertadas, adopto como conclusión de este pergeño de ejercicio reflexivo: “…Claro, y sin importar que la exigencia formativa se torne por momentos algo ácida. Con seguridad, el joven o la joven agradecerá mañana esa sanción que un acto errado ameritó. Nosotros en el Liceo tenemos una especie de pirámide para la sanción: debe ser oportuna, constructiva y afectiva. Que sancionar a un niño también nos duela, así haya que hacerlo. Si no, mañana podemos arrepentirnos. A muchos no les gusta la palabra disciplina, no les parece ‘pedagógica’. Pues busquemos un sinónimo, puede ser orden o marco de convivencia. Pero sobreproteger a los hijos no significa amarlos. Alcahuetearles a los alumnos no es educarlos. […] Ahora, una escuela de calidad no es aquella donde todos pasan el año con buenas calificaciones, sino donde los alumnos se forman de manera integral”.

sábado, 9 de abril de 2011

Diálogo-entrevista por momentos divergente con un escritor que admiro

Primero fueron las carcajadas que me arrancaban los informes de Pantaleón Pantoja a sus superiores; luego, el pasmo ante la ductilidad del relato -cómo se cuenta la historia que se cuenta- en La ciudad y los perros; después vinieron la sensualidad de doña Lucrecia y don Rigoberto y el demonismo de Fonchito; luego, el asqueamiento hacia Rafael Leónidas Trujillo Molina y lo que él representa, así como una solidaridad impotente para con la tragedia de Urania; después vino la disolución de Pedro Camacho como escribidor: uno de los más bellos fracasos humanos que la literatura haya inmortalizado; luego, las historias de Flora Tristán y Paul Gauguin escritas en clave de contrapunto; y recientemente fue la inscripción de la huachafería más peruana en los asuntos aptos para la ficción, huachafería que encarnan la polisémica niña mala y su relación con Ricardo Somocurcio. Ocho novelas que me convirtieron, a medida que las leía y releía algunas, en un convencido de que si a Mario Vargas Llosa no le concedían el premio Nobel no era, faltaría más, por escasez de méritos literarios, sino por razones muy diferentes que podían tener su explicación en la pasión con que el escritor vive la política o en sus “fijaciones” políticas, que terminan siendo una misma cosa. De manera que cuando me enteré de la noticia, que de tan postergada había adquirido una pátina de imposibilidad, no supe si alegrarme por la tardía pero justicia a fin de cuentas, o aceptarla como algo inevitable a largo plazo. Y para celebrar, decidí emprender la lectura de sus memorias -las cuales seguramente habrán de completarse pronto- que, dicho de forma harto superficial, giran en torno a dos ejes temáticos: la experiencia vital del ser humano y el escritor en ciernes y la experiencia política del candidato a la presidencia del Perú.

 Propongo entonces, le propongo a usted, maestro Vargas Llosa, un diálogo-entrevista en el que su voz la integren algunas de las ideas que, de diversos géneros, extracté de mi lectura de El pez en el agua, mientras que la mía, mi voz, quiero decir, serán las preguntas y consideraciones sobre sus ideas. ¿Le parece? Muy bien. Entonces, comencemos.


¿Qué repercusiones ha tenido el mestizaje en el Perú en particular, como origen y consecuencia a un mismo tiempo de la cultura que conformamos los latinos en general?

“En la variopinta sociedad peruana, y acaso en las que tienen muchas razas y astronómicas desigualdades, blanco y cholo son términos que quieren decir más cosas que raza o etnia: ellos sitúan a la persona social y económicamente, y estos factores son muchas veces los determinantes de la clasificación. Esta es flexible y cambiante, supeditada a las circunstancias y a los vaivenes de los destinos particulares. Siempre se es blanco o cholo de alguien, porque siempre se está mejor o peor situado que otros, o se es más o menos pobre o importante, o de rasgos más o menos occidentales o mestizos o indios o africanos o asiáticos que otros, y toda esta selvática nomenclatura que decide buena parte de los destinos individuales se mantiene gracias a una efervescente construcción de prejuicios y sentimientos -desdén, desprecio, envidia, rencor, admiración, emulación- que es, muchas veces, por debajo de las ideologías, valores y desvalores, la explicación profunda de los conflictos y frustraciones de la vida peruana. Es un grave error, cuando se habla de prejuicio racial y de prejuicio social, creer que estos se ejercen sólo desde arriba hacia abajo. Paralelo al desprecio que manifiesta el blanco al cholo, al indio y al negro, existe el rencor del cholo al blanco y al indio y al negro, y de cada uno de estos tres últimos a todos los otros, sentimientos, pulsiones o pasiones, que se emboscan detrás de las rivalidades políticas, ideológicas, profesionales, culturales y personales, según un proceso al que ni siquiera se puede llamar hipócrita, ya que rara vez es lúcido y desembozado. La mayoría de las veces es inconsciente, nace de un yo recóndito y ciego a la razón, se mama con la leche materna y empieza a formalizarse desde los primeros vagidos y balbuceos del peruano”.

Y del colombiano, el ecuatoriano, el boliviano, agregaría yo, que también he sido testigo de ese encono y esa ojeriza que engendra en el ánimo del “blanco” la piel del negro, y en el de este una piel más clara. Pero pienso que esa “caldera de odios”, como en algún momento de sus memorias usted define lo que para mí son los incomprensibles efectos del mestizaje en el Perú -término que se puede extrapolar a la realidad de casi toda nuestra América Latina-, también bulle, salvo que con diferencias de muchas índoles, en tantas otras latitudes donde ese odio interracial se denomina xenofobia o, de forma más general, discriminación. Creo que la fobia y el recelo exacerbado por el que no se me parece no es, ni con mucho, un lastre de nuestro subdesarrollo aún sin resolver, sino, más bien, una tara genética de los hombres que ni siquiera el “progreso” de la inteligencia humana ha podido combatir, tal vez por no tratarse de nada diferente que de un instinto que se resiste a la persuasión de los buenos argumentos.

 

Dando por sentado que los dos coincidimos en el hecho de que el desprecio interracial fluye en todas direcciones, ¿podría, no obstante, hablarse de una suerte de origen o “culpa” de esa mutua discriminación?

“Cuando se habla de prejuicio racial, se piensa de inmediato en el que alienta aquel que tiene una posición de privilegio hacia el que se halla discriminado y explotado, es decir, en el caso del Perú, el del blanco hacia el indio, el negro y las distintas variantes del mestizo (el cholo, el mulato, el zambo, el chinocholo, etcétera), pues, simplicando -y, en lo que concierne a las últimas décadas, simplicando mucho-, es verdad que el poder económico suele concentrarse en la pequeña minoría de ancestros europeos y la pobreza y miseria -esto sin excepción- en los peruanos indígenas y de origen africano. Esa minúscula minoría blanca o emblanquecida por el dinero y el ascenso social no ha ocultado jamás su desprecio hacia los peruanos de otro color y otra cultura, al extremo de que expresiones como “indio”, “cholo”, “negro”, “zambo”, “chino” tienen en su boca una connotación peyorativa. Aunque no escrita, ni amparada por alguna legislación, siempre ha habido en esa pequeña cúpula blanca una tácita actitud discriminatoria hacia los otros peruanos”.

Yo no sabría decir ni mucho menos explicar de qué otro modo podría reaccionar el que siempre o casi siempre ha estado bajo el yugo del que domina: ¿con gratitud?, ¿con resignación?, ¿con lealtad?, por supuesto que no. La enseñanza impracticable de que, como respuesta a una bofetada en una mejilla, hay que poner la otra, raya, pienso, en el sinsentido y la indignidad. Quizá sea por eso por lo que no logro percibir la “discriminación” del negro hacia el blanco como tal, sino, a lo sumo, como una respuesta que las circunstancias tan desfavorables y el sentimiento de la propia valía imponen a aquellos que han sido tantos siglos sus víctimas.

 

Tengo entendido que el distanciamiento que siempre separó a su padre de la familia de su esposa -es decir de su madre- se originó en esos odios endémicos entre peruanos, que en esta ocasión no tuvieron que ver nada con el color de la piel, sino con la clase social, y que, entre otras razones, la lejanía que él le imponía a usted con respecto a esos parientes que tanto quería constituyó una gran parte del sufrimiento que experimentó cuando apenas era un niño. ¿Puede referirnos un par de esas escenas que tan crudamente revelan el carácter irascible de su padre y el consiguiente padecimiento de usted y su madre?

“Era de noche y veníamos de alguna parte… Mi mamá contaba algo y de pronto mencionó a una señora de Arequipa llamada Elsa. “¿Elsa?”, preguntó él. “¿Elsa tal cual?” Yo me eché a temblar. “Sí, ella”, balbuceó mi madre y trató de hablar de otra cosa. “La grandísima puta en persona”, silabeó él. Estuvo callado un buen rato y de repente sentí dar a mi madre un alarido. La había pellizcado en la pierna con tal furia que se le formó luego un gran hematoma morado. Me lo mostró después, diciendo que no podía más”. “Con el consentimiento de mi mamá, me fui a la iglesia. Al salir, en medio de la gente, vi el Ford azul, al pie de las gradas. Y a él, plantado en la calle, esperándome. Viéndole la cara, supe lo que iba a pasar. O, quizá, no, pues era muy al comienzo y aún no lo conocía. Imaginé que, como habían hecho alguna vez mis tíos, cuando ya no soportaban mis travesuras, me daría un coscorrón o un jalón de orejas y cinco minutos después todo habría pasado. Sin decir palabra, me pegó una cachetada que me derribó al suelo, me volvió a pegar y luego me metió al auto a empellones, donde empezó a decir esas terribles palabrotas que me hacían sufrir tanto como sus golpes. Y, en la casa, mientras me hacía pedirle perdón, me siguió pegando, a la vez que me advertía que me iba a enderezar, a hacer de mí un hombrecito, pues él no permitiría que su hijo fuera el maricueca que habían criado los Llosa. Entonces, junto con el terror, me inspiró odio”.

 

Aparte de aquella relación disfuncional entre su padre y los Llosa que usted endilga a aquel odio de clases sociales en el que un mestizaje mal entendido tiene, en gran medida, la culpa, ¿hay en su familia otra situación que nos sirva de ejemplo de lo nefasto que resulta el desprecio por el otro en razón de su color de piel o su procedencia?

“He contado que mis abuelos trajeron de Cochabamba al Perú a un muchacho de Saipina, Joaquín, y a un niño recién nacido que una cocinera abandonó en casa. Ambos habían continuado en la familia, en Piura, luego en el apartamento de Dos de Mayo, en Lima, y, finalmente, en uno más amplio, que tomaron los abuelos en una quinta de la calle Porta, en Miraflores. Mis tíos le encontraron un trabajo a Joaquín, que se fue a vivir solo. Orlando, que había vivido siempre entre los sirvientes de la casa y que en esa época debía de andar por los diez años, a medida que iba creciendo se parecía más al tercero de mis tíos; más, incluso, que los hijos legítimos de este. Aunque en la familia no se tocaba nunca el tema, estaba siempre ahí y nadie se atrevía a mencionarlo ni, lo que es peor, a hacer algo para enmendar de algún modo lo ocurrido, o atenuar sus consecuencias. No se hizo nada, o, más bien, se hizo algo que empeoró las cosas. Orlando pasó a ocupar un estamento intermedio, una especie de limbo, que ya no era el de la servidumbre pero todavía no el de la familia. La Mamaé, que había regresado a vivir con los abuelos en la calle Porta, le armaba un colchón en su cuarto, para que durmiera allí. Y comía en una mesita aparte, en el mismo comedor, pero sin sentarse con los abuelos, los tíos y nosotros. A mi abuelita la trataba de tú y la llamaba, como hacíamos yo y mis primas, “abuela”, y lo mismo a la “Mamaé”. Pero al abuelo lo trataba de usted y le decía “don Pedro”, y lo mismo a mi mamá y a mis tíos, incluido su padre, al que llamaba “señor Jorge”. Sólo a mí y a mis primas y primos nos tutearía. Lo que debió de ser esa niñez, vivida en la confusión, de sirviente o poco menos para tres cuartas partes de la familia, y de pariente para el resto, y lo que de amargura, humillación, resentimiento y dolor debió de empozarse en él en esos años, es difícil de imaginar. Vaya paradoja que gentes tan generosas y nobles como los abuelos contribuyeran, cegados por prejuicios o tabúes que eran los de su medio y habían pasado a formar parte de su naturaleza, a agravar con ese ambiguo status en que lo hicieron vivir, el drama de su nacimiento. Años después, yo fui uno de los primeros de la familia en tratar a Orlando como pariente, presentarlo como primo, y tener con él una relación amistosa. Pero él nunca se sintió cómodo conmigo ni con ninguno de la familia, salvo con la abuelita Carmen, de la que estuvo siempre cerca hasta el final”.

La suya es una declaración valiente, a excepción del final, que afecta un tono de indulgencia que a ese “pariente” suyo no debió haberle pasado desapercibido. Y eso, además de lo extemporáneo del reconocimiento, me imagino que le resultó tan intolerable como la existencia ambigua a que lo forzaron de niño. Pero basta ya de discriminaciones sociales y étnicas, como se dice ahora. Lo invito a que hablemos de esa izquierda de la que usted en un día ya lejano fuera ¿miembro?, ¿militante?

 

¿Cómo define Mario Vargas Llosa, el escritor y el político, lo respetable en esa materia -en política, quiero decir-?

“Hay muchas maneras de definir lo respetable. En lo que a mí se refiere, me merece respeto el intelectual o el político que dice lo que cree, hace lo que dice y no utiliza las ideas y las palabras como una coartada para el arribismo”.

 

¿Yerro si concluyo entonces, a partir de su definición, que eso que usted denomina “intelectual barato” no es otra cosa que un militante de una ideología política cuyas acciones y discurso no guardan coherencia? ¿Quiere hablarnos un poco del momento en que surge la nominalización de aquella subespecie humana y del individuo que la inspiró?

“Antes, me devanaba los sesos tratando de adivinar por qué entre nuestros intelectuales, y sobre todo los progresistas -la inmensa mayoría-, abundaban el bribonzuelo, el sinvergüenza, el impostor, el pícaro. Por qué podían, con tanta desfachatez, vivir en la esquizofrenia ética, desmintiendo a menudo con sus acciones privadas lo que promovían con tanta convicción en sus escritos y actuaciones públicas. Matasietes antiimperialistas en sus manifiestos, artículos, ensayos, clases, conferencias, leyéndolos cualquiera hubiera creído que habían hecho del odio a Estados Unidos un apostolado. Pero casi todos ellos habían solicitado, recibido y muchos literalmente vivido de becas, ayudas, bolsas de viaje, comisiones y encargos especiales de fundaciones estadounidenses, y pasado semestres y años académicos en las “entrañas del monstruo” (según la expresión de José Martí) alimentados por la Guggenheim Foundation, la Tinker Foundation, la Mellon Foundation, la Rockefeller Foundation, etcétera, etcétera. Y todos gestionaban frenéticamente y muchos conseguían, por cierto, ir a injertarse como profesores a esas universidades del país al que habían enseñado a sus alumnos, discípulos y lectores a execrar como responsable de todas las calamidades peruanas. ¿Cómo explicar ese masoquismo de la especie intelectual? ¿Por qué esa desalada carrera de tantos hacia el país cuyas vesanias vivían denunciando, denuncias gracias a las cuales habían construido, en buena parte, sus carreras académicas y su pequeño prestigio de sociólogos, críticos literarios, politólogos, etnólogos, antropólogos, economistas, arqueólogos o poetas, periodistas y novelistas?”.

Permítame, maestro, que agrande un poco el estropicio con una anécdota que algunos de los lectores de este diálogo-entrevista de pronto encuentren valiosa. Resulta que, hace ya algunos años, conocí por azar al que a la sazón presidía el Partido Comunista Colombiano, personaje al que los terroristas paramilitares hicieron exiliar en Cuba, donde ingenuamente creí que estaría feliz de recalar: ¿acaso no es el sueño de todo adicto al castrismo vivir donde se fragua, hace ya tanto, “la revolución”? Pues ocurrió todo lo contrario. A poco de marchar muy contra su voluntad -ahora lo entendía-, comenzó el trasiego epistolar esta vez con alguien muy cercano a mí. Desespero, tedio, rabia e impotencia era lo que revelaban sus cartas, en las que aceptaba sin sonrojo que le hacían falta el whisky y las opíparas comidas que, en torno a la defensa de la izquierda y sus ideas, se celebraban con tanta frecuencia en nuestro país. Todo un comunista para sus correligionarios colombianos, incapaz de resistir, con todo y que disfrutaba del favor del comandante, los rigores del sistema-régimen tantos años defendido. No bien vio la oportunidad de regresar, no dudó en hacerlo, para reintegrarse a la “socialbacanería”, un término acuñado por alguien del que tendremos ocasión de hablar en extenso más adelante, y que describe -con mucho acierto, me parece- a esa izquierda que saca réditos personales de la lucha por los desfavorecidos, en clubes y entre whisky y whisky. Un estilo de vida cínico, de hombres duplicados que vociferan lo que sus actos desmienten, lo que no sé si me causa más risa que indignación o más indignación que risa.

 

Me asalta esta duda, o más bien estas dos preguntas: ¿le acarreó a usted su disenso con los personajes de marras consecuencias de algún tipo? ¿A qué se debe que aquella práctica que sus palabras y mi ejemplo señalan haya cobrado tanta fuerza entre muchos académicos y políticos de izquierdas?

“Desde mi ruptura con Cuba, a fines de los sesenta, había pasado a ser objeto de los ataques de muchos de ellos, pero, aun así, tenía la sensación de que actuaban como lo hacían -defendiendo lo que defendían- guiados por una fe y por unas ideas. Después de haber visto esa abdicación moral generacional de los intelectuales peruanos, en los años de la dictadura velasquista, descubrí lo que aún hoy creo: que aquellas convicciones no son para la gran mayoría sino una estrategia que les permite sobrevivir, hacer carrera, progresar […] Entonces entendí una de las expresiones más dramáticas del subdesarrollo. Prácticamente no había manera de que un intelectual de un país como el Perú pudiera trabajar, ganarse la vida, publicar, en cierta forma vivir como intelectual, sin adoptar los gestos revolucionarios, rendir pleitesía a la ideología socialista y demostrar, en sus acciones públicas -sus escritos y su actuación cívica-, que formaba parte de la izquierda. Para llegar a dirigir una publicación, progresar en el escalafón universitario, obtener las becas, las bolsas de viajes, las invitaciones pagadas, le era preciso demostrar que estaba identificado con los mitos y símbolos del establecimiento revolucionario y socialista. Quien no seguía la invisible consigna se condenaba al páramo: la marginación y frustración profesional. Esa era la explicación. De ahí la inautenticidad, esa -según fórmula de Jean-Francois Revel- “hemiplejia moral” en que vivían, repitiendo por un lado, en público, toda una logomaquia defensiva -especie de contraseña para asegurar su puesto dentro del establishment-, que no respondía a ninguna convicción íntima, mera táctica de lo que el anglicismo llama “posicionamiento”. Pero, cuando se vive de este modo, la perversión del pensamiento y el lenguaje resulta inevitable”.

Como inevitable ha sido el alejamiento de las generaciones posteriores a los años sesenta de la política. Y no sé cuánto hayan incidido en ese fenómeno cada vez más palpable las contradicciones del progresismo, tan capaz de seducir entonces la rebeldía y el inconformismo de los jóvenes.

 

Muchos de sus contradictores lo acusan de usar un doble rasero para juzgar lo atinente a algunas medidas políticas y económicas que se han tomado en ciertos países de América Latina, las cuales, sostienen, no son diferentes de las que se han tomado en países del Primer Mundo como Francia y su nacionalización de los bancos en tiempos de Francois Mitterrand.

“Quienes razonan así no entienden que una de las características del subdesarrollo es la identidad total del gobierno y el Estado. En Francia, Suecia o Inglaterra una empresa pública conserva cierta autonomía del poder político; pertenece al Estado y su administración, su personal y su funcionamiento están más o menos a salvo de abusos gubernamentales. Pero en un país subdesarrollado, ni más ni menos que en un país totalitario, el gobierno es el Estado y quienes gobiernan administran este como su propiedad particular, o, más bien, su botín. La empresa pública sirve para colocar a los validos, alimentar a las clientelas políticas y para los negociados. Esas empresas se convierten en enjambres burocráticos paralizados por la corrupción y la ineficiencia que introduce en ellas la política. No hay riesgo de que quiebren; son, casi siempre, monopolios protegidos contra la competencia y tienen la vida garantizada gracias a los subsidios, es decir, el dinero de los contribuyentes”.

Nosotros los colombianos sensatos, por desgracia tan escasos en los tiempos que corren y acaso en todos los tiempos, reconocemos en los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez la convicción convertida en práctica de que, como usted lo compendia, “el gobierno es el Estado “, que administró, junto con sus adláteres, como “su propiedad particular, o, más bien, su botín”. Y no es que Colombia no supiera de corrupción antes de que Uribe Vélez llegara a la Casa de Nariño en 2002 (pues nuestro país, como el suyo, sufre sus efectos desde tiempos inmemoriales), sino que asistió a un fenómeno prácticamente -y digo prácticamente por el odioso precedente de Samper- desconocido hasta aquella fecha: la instauración de la trampa, el chanchullo y la ilegalidad a todos los niveles, que en adelante se perpetrarían sin pudor e, incluso, como quien de antemano sabe que su obra es legítima y necesaria. Si alguien quiere ejemplos de argucias discursivas tendentes a encubrir prácticas de corrupción nefandas, no tiene más que estudiar las réplicas del expresidente Uribe Vélez cada que un nuevo escándalo estallaba y estalla en los medios de comunicación. O las de sus paladines, tan dispuestos a desviar la mirada y a hacer pasar por transparente lo que, a los ojos de cualquier ciego como yo inclusive, desborda lo tenebroso.

 

¿Qué representa -no me atrevo a utilizar el pretérito de indicativo- Fujimori o el fujimorismo para el Perú?

“La desaparición de la legalidad y el retorno de la era de los ‘hombres fuertes’, de gobiernos cuya legitimidad reside en la fuerza militar y las encuestas de opinión”.

Se me antoja que no en vano a Uribe y el uribismo se los compara con Fujimori y el fujimorismo, de los que su amigo Plinio Apuleyo Mendoza y otros adictos al expresidente buscan siempre, sin embargo, diferenciarlos. Pero tiene usted razón, pues las encuestas de opinión, que hasta hoy le han sido favorables a quien gobernó a Colombia entre 2002 y 2010, le dan el aval para que, incluso ahora que se encuentra apeado del poder, siga opinando y torpedeando algunos proyectos de ley que muy mal le caen a su talante de “hombre fuerte” que usted, discúlpeme la franqueza, jamás censuró ni de lejos con la misma vehemencia con que ha censurado el de Chávez, pongamos por caso. Y claro que sé que, sometidas a comparación, las prácticas corruptas y politiqueras del venezolano, de tan desproporcionadas y torpes, hacen que las del colombiano les parezcan a algunos temas de escasa valía, actitud que puede denotar ignorancia o artería, como sucede con su amigo escritor y columnista, que de ignorante no tiene un pelo pero una cabellera de artero.

 

¿Qué les preguntaría usted a esos peruanos, colombianos y venezolanos que añoran y defienden a capa y espada a sus caudillos y los desmanes de estos, que se escudan tras el argumento de que no representan los intereses ni las ideas partidarias de viejo cuño?

“¿De qué sirve la saludable reacción de la ciudadanía contra el apolillamiento de los partidos tradicionales, si ella conlleva la entronización de esa agresiva forma de incultura que es la ‘cultura chicha’, es decir, el desprecio de las ideas y de la moral y su reemplazo por la chabacanería, la ramplonería, la picardía, el cinismo y la jerga y la jerigonza?”.

Un caudillo ora de derechas -Uribe-, ora de izquierdas -Chávez- no se distingue del otro en lo esencial: los dos -Uribe y Chávez- desprecian toda idea que difiera de su monolítica visión del mundo; para ninguno de los dos -ni para Uribe ni para Chávez- existe más moral que la de su código personal; los dos -tanto Uribe como Chávez- son chabacanes, ramplones, pícaros y cínicos redomados que apelan en sus arengas panfletarias e incendiarias a la jerga y la jerigonza para captarse el favor de los que en ellos ponen sus esperanzas.

 

Yo no podría concluir este diálogo-entrevista con nuestro Nobel peruano sin hacerle una pregunta -la penúltima- cuya respuesta deseo más que nada en este momento conocer. ¿Cómo influyeron los años que le dedicó a la militancia política en su perspectiva sobre la ficción, si es que lo hicieron?

“Desde muy joven he vivido fascinado con la ficción, porque mi vocación me ha hecho muy sensible a ese fenómeno. Y hace tiempo que he ido advirtiendo cómo el reino de la ficción desborda largamente la literatura, el cine y las artes, géneros en que se la cree confinada. Tal vez porque es una necesidad irresistible que la especie humana trata de aplacar de cualquier modo y aun por conductos inimaginables, la ficción aparece por doquier, despunta en la religión y en la ciencia y en las actividades más aparentemente vacunadas contra ella. La política, sobre todo en países donde la ignorancia y las pasiones juegan un papel tan importante en ella como el Perú, es uno de esos campos abonados para que lo ficticio, lo imaginario, echen raíces”.

 

He de confesar a usted y a los lectores cuánto me sorprendió el enterarme, leyendo sus memorias, de que Mario Vargas Llosa es prácticamente un abstemio, pues se tiene la sensación -al menos yo la tengo, o ¿la tenía?- de que en cada escritor y en cada artista reside un “dipsómano”. (Apelo a este término ante el desprestigio en que ha caído la palabra bohemio y la bohemia misma.) Pero eso no es todo. También se piensa que en cada escritor y en cada artista reside un Casanova con sus 132 conquistas, una idea que sobre usted acrecienta la exuberancia erótica que despliega en esas dos novelas en las que la sensualidad de doña Lucrecia y don Rigoberto -y la incipiente pero incisiva de Fonchito- es, por encima de ellos, protagonista de primerísimo orden. ¿Participa usted de esa reputación donjuanesca que tan bien parece conocer?

“Nunca he sido bueno en el deporte común de meter cuernos, que he visto practicar a mi alrededor, a la mayor parte de mis amigos, con desenvoltura y naturalidad; yo me enamoraba y mis infidelidades me acarreaban, siempre, traumas éticos y sentimentales”.

Quiero agradecer al maestro Mario Vargas Llosa, en nombre de la Sagrada Secta de los Ciegos en América Latina y de su blog, los cuales me honro de presidir, por este diálogo-entrevista que nos concedió a través del oráculo de su voz presente en sus memorias, y por sus respuestas siempre inteligentes y respetuosas del también sagrado derecho a la discrepancia.

sábado, 26 de marzo de 2011

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (I)

INTRODUCCIÓN


Soy ciego de nacimiento y me horroriza pensar -como le ocurre a Fernando Vidal- que nada está echado a la suerte; que tal vez las coincidencias no existen, como él reiteradamente afirma. Lo digo porque, cursando el primer semestre de esta maestría, la profesora que me dictó una cátedra sobre Ernesto Sábato intentó persuadirme de escribir mi ensayo de final de curso acerca del Informe sobre ciegos, un tema manido en opinión del que entonces estudiaba, que optó por uno en modo alguno relacionado con ciegos o cegueras. Me olvidé del asunto, aunque sería mejor decir que lo dejé caer en los fosos de la memoria.

Urgido por la premura del tiempo -ya llevaba cinco años de estudios y asuetos-, comencé a discurrir por entre posibles temas para mi trabajo de grado, que cedían el paso a otros que se antojaban menos manoseados. La producción novelística de Héctor Abad Faciolince -inexplicablemente desatendida por la crítica- le hizo sitio a una escaramuza de literatura comparada, que buscaba relacionar dos novelas “mesiánicas”: la del escritor venezolano Miguel Otero Silva (La piedra que era Cristo) y la del portugués José Saramago (El evangelio según Jesucristo), que me descartaron por mis muy rudimentarios conocimientos de Las Escrituras.

Mientras recaudaba artículos y fotocopiaba libros en relación con ese escurridizo Jesús en la biblioteca Luis Ángel Arango, seguro del ineluctable fracaso, apareció ella, la experta en Sábato que años atrás me insinuara el camino de la Secta, que yo me resistí a transitar porque, lo entendí justo allí, sentado con mi lectora ante una mesa de la biblioteca, no valía la pena seguir abundando en la metáfora sabatiana, a menos que se la estudiara con una clara intención, y matizada con otra obra que nos procurara el contraste de lo análogo. Fue así como, ya en casa y con la amargura de una nueva deserción pero inquieto por la nueva promesa temática, di en recordar que esa novela, Ensayo sobre la ceguera, leída recientemente y denostada por el recuerdo podía contener (como lo probó su relectura) los elementos que me permitirían poner a dialogar las dos obras.

La intención estaba clara: mi tesina dejaría de soslayar la ceguera y la miraría a los ojos, no sólo como símbolo, sino como hecho literario y realidad novelesca. Asimismo, se ocuparía de ellos, de los ciegos, cuya simbiosis con su ceguera no los despoja del derecho que tienen a que se los estudie como personajes, pues eso y no otra cosa son. Para tal fin (me vienen como de molde), echo mano de las inteligentes reflexiones ensayísticas de Kenneth Jernigan, un ciego de mirar hondo, como miran los ciegos de Sábato, que no los de Saramago.

Jernigan, en su ensayo Blindness: Is Literature Against Us?, concluye que son nueve las proteicas formas que de la ceguera ha ido incubando la literatura en toda su historia, y que enumero enseguida en mi traducción al español: la ceguera como resarcimiento y poder milagroso (en compensación por su malhadado sino, los ciegos reciben dones que sólo a ellos -recuérdese a Tiresias- les son dados); la ceguera como caos irredimible (los ciegos, por hallarse huérfanos de la luz, están condenados a un perenne cataclismo); la ceguera como estulticia e indefensión (no ver supone la incapacidad de siquiera poder lucubrar, lo que reduce a los ciegos a unas ínfimas posibilidades de sobrevivir a su tragedia); la ceguera como acerba iniquidad (los ciegos, movidos por su resentimiento, prodigan crueldad con saña); la ceguera como virtud incuestionable (por no poder ver el mundo, los ciegos no participan de sus miserias y se yerguen como efigies de lo acendrado, que no es humano); la ceguera como consecuencia del pecado (privar de la luz al que transgrede no tiene parangón entre los castigos terrenales); la ceguera como desfiguración de la condición humana (su fisonomía, por serles esquiva como esquivos les son los espejos, a los ciegos no les importa y menos aun a quienes viendo parecen no darse por enterados de su presencia); la ceguera como depuración (a diferencia de la ceguera como consecuencia del pecado, la purificación consiste en querer expiar una culpa por mano propia -Edipo es el mejor ejemplo-); la ceguera como símbolo o parábola (esta es la forma de la metáfora de que indefectiblemente parte cualquier escritor que se sirva de Ella para proponer una visión de mundo). Resulta tan eficaz esta tipología, que nueve de las nueve “cegueras” se dejan fotografiar en este trabajo de grado.          

En virtud del reconocimiento de que gozan los dos novelistas, abunda la crítica literaria que se ha inspirado en la obra de José Saramago y de Ernesto Sábato. Y no es escasa la que se ha escrito acerca del Ensayo sobre la ceguera y el Informe sobre ciegos, sin desmedro de la novela del portugués pese a los 37 años que la separan de la publicación de Sobre héroes y tumbas, novela de la que procede el Informe. Reseñemos brevemente a continuación algunas de esas reflexiones, no sin antes advertir que en la bibliografía reposa todo el corpus consultado.

Andrés Barragán, en 2003, presentó su monografía meritoria en literatura -Palabras grabadas en la ceguera: Ensayo sobre la ceguera de José Saramago- que, contra lo esperado, alude a una ceguera que, si bien se nominaliza, no logra conceptualizarse, desvaída en razón del abrumador tumulto de bagatelas de todo tipo que infestan la novela del premio nobel. Por su parte, Tomás Granados no escatima palabras para granjearle a Saramago nuevos lectores (previniéndolos eso sí “contra” el mirífico riesgo de aceptar el lance narrativo) en su artículo El peligro de leer a Saramago, publicado en 1996 en la revista Quimera. Pero es Juan José de Narváez quien emerge de entre sus desazones en relación no sólo con el Ensayo sino con gran parte de la obra saramaguiana, para dialogar y discrepar de las apreciaciones de Barragán y Granados, así como para apuntalar muchas de las “subversivas” hipótesis de este trabajo.

A un lector aplicado le llevaría días o acaso meses leer la caterva de artículos y monografías que, desde el observatorio del psicoanálisis, se han escrito a propósito de la obra del argentino nonagenario. El “Informe sobre ciegos”: un viaje simbólico hacia las sombras de María Ema Llorente y El informe sobre ciegos en la novela de Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas de Silvia Martínez son apenas dos ejemplos de una mirada recurrente a la vez que miope sobre la ceguera: un símbolo que reclama mucho más que postulados teóricos. Felizmente, nuevos y más ambiciosos acercamientos han visto la luz, catapultando por fin a Sábato y a su obra al reino de las múltiples miradas, de las que, sin que quepan dudas, la más aguda e incisiva es la de Luis Wainerman, quien en su esclarecedor libro Sábato y el misterio de los ciegos acierta en gran medida con lo que, a mi juicio y de acuerdo con mi lectura, el novelista concibió a partir de su metáfora. Huelga decir que es a Wainerman a quien mis ojos buscarán con mayor insistencia cuando del Informe se trate para, “a cuatro manos”, desbrozar y allanar el tortuoso camino que conduce a la Secta de los ciegos sabatianos.

Esta propuesta comparativista (entendido el comparativismo como el quehacer que establece relaciones que entrañan otra forma de crítica, que junta cosas y separa otras, es decir, una nueva forma de conocimiento distinta de la mirada sobre textos en sí mismos que no privilegiaría, como sí sucede aquí, lo diverso en los autores que en nuestro caso se ocupan de la ceguera) tiene cinco momentos que son el fruto de mi percepción como lector: un hallazgo que le da coherencia al análisis de las dos obras. Cada uno de esos cinco momentos -explorados en igual número de capítulos- se ha nominalizado teniendo en cuenta su naturaleza: la epifanía convoca al lector a la súbita presencia de la ceguera que, no de idéntica manera, irrumpe y cobra vida en cada obra; la entronización allana el camino que habrá de recorrer la ceguera en su tránsito hacia el plural contagio; la endemia, la culminación de esa correría, trasciende la instancia de la triunfal marcha de la ceguera y espolea al lector que no ha de llegar tarde al enceguecimiento colectivo; la disipación “rescata” al lector y lo devuelve a los terrenos de la “certidumbre” ocular; los testigos de excepción son el o los personajes que tuvieron el privilegio o la desgracia de contar con ojos en un “mundo de ciegos”.

Metodológicamente, este ejercicio lector se funda en una hermenéutica textual (seguimiento de la trama, episodios clave, motivos recurrentes, focalizaciones, etc), guiada y enriquecida con categorías provenientes de la ceguera (las nueve de que habla Jernigan) como condición y como visión.

Las dos novelas paren fábulas inverosímiles pero con resultados harto disímiles. Ensayo sobre la ceguera narra el derrumbamiento a que se ve abocada toda una ciudad que, por carecer de quien la regente -pues todos se han quedado ciegos-, se convierte en un pandemónium: solo la capital del infierno puede competir con ella en caos. Lo que en un principio parecía ser un simple contratiempo de hora pico (un hombre al volante que no atina a poner en marcha el motor de su auto),  resulta ser el avistamiento de la desgracia y el horror (un hombre que se ha quedado ciego de repente). Sin embargo, ese horror no asperjará su agua maldita sobre la fauna humana hasta tanto el Ministerio de Salud se pronuncie sobre los alcances de la infección óptica. Cuando eso ocurra, la razón -si alguna vez existió- habrá desaparecido; ningún tipo de institución se mantendrá vigente; la vida se verá despeñada por la sima del primitivismo del miedo cerval.

Informe sobre ciegos, tercera de las cuatro partes que componen la novela de Sábato Sobre héroes y tumbas, narra las peripecias de Fernando Vidal -un “investigador del mal”- quien, después de padecer los rigores de su obsesión por los ciegos, decide hurgar en su misterio. Su indagación, valerosa y temeraria, lo lleva por tremedales que amenazan con devorarlo, como a la postre ocurre. Pero su audacia e inteligencia le confieren lo que para los más está vedado: el derecho de otear en lo sagrado y de campear por su secreto.

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (II)

1. LA EPIFANÍA DE LA CEGUERA

“...los hombres somos como ciegos que salen de cacería,
andamos a tientas para aprehender lo que está echado delante,
y sólo retenemos los hechos que somos capaces de explicar;
los otros, los que no se avienen al numen de nuestra vivencia
fundamental, los desechamos; somos incapaces de captarlos.”
(Wainerman, 34)


La palabra epifanía alude a una aparición o a una manifestación de alguien -una deidad-  o de algo revelador que causa gran júbilo u honda consternación, y el ungüento que resulta de su mezcla es el asombro que suscita la irrupción inusitada: la irrupción de la ceguera.

Ya no pudo ver el disco amarillo. Ni la señal roja. Ni la silueta del hombre verde en el indicador del paso de peatones. Acaso todo ello fuera ya parte de su recuerdo. Estaba ciego: “Estoy ciego, estoy ciego.” (Ensayo, 11) Y la desesperación con que es proferida aquella sentencia, “pierde eficacia, envuelta en dispendiosas minucias” (Narváez, 83), así como en la repetición incesante del malhadado vocablo, que termina por tornarse odioso.

El ciego (que más adelante será apenas un ciego) que llora, que implora, que rehúsa ir a un hospital, que sólo quiere que se lo acompañe hasta la puerta de su casa, que murmura y vuelve a llorar, que dice verlo todo blanco, que agradece, que reflexiona, que percibe la inercia del motor de su carro, que agita las manos ante la cara, que arrastra los pies y tropieza, que cree poder arreglárselas para llegar desde el portal de su casa hasta el tercer piso donde queda su apartamento, que vuelve a agradecer, que tantea las llaves por ver si encuentra la correcta, que recela y declina la ayuda que se le ofrece, es apenas una pobre alegoría de la impotencia. Pero de una impotencia propuesta y a la vez descuidada por el autor.

Aquel primer ciego, no obstante el estado de postración e indefensión en que se lo quiso mostrar en la primigénesis de su afección y al que será arrojado definitivamente en adelante, puede no sólo percibir sino discernir el “ruido” de un ascensor que baja, detras de la puerta cerrada de su apartamento: inverosímil y absurda pamema. No bien el lector consigue volver de su estupor, una pamplina semejante le salta a los ojos: tras tumbar un florero en su comienzo en aquel mundo níveo y acometer el reconocimiento del estropicio al tacto, logra, haciendo pinza con dos dedos de una mano, extraer un pedazo de cristal que se le había clavado en la otra. Dos “hazañas” que no escapan a las posibilidades de un ciego (no cualquiera) habituado a su ceguera, pero sí a las del mal blanco, que se amanceba con la incapacidad, de la que se olvida el autor impunemente en ocasiones como esta.

No bien pasados 30 minutos de su desgracia, el primer ciego, ese mismo, cual si llevara sumido meses en su océano de leche, da en reflexionar que “... la oscuridad en que los ciegos vivían, no era, en definitiva, más que la simple ausencia de luz, que lo que llamamos ceguera es algo que se limita a cubrir la apariencia de los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un velo negro.” (Ensayo, 16), que contrasta con las líneas precedentes en que, rememorando un juego de adolescencia, llega a la conclusión de que la ceguera es “sin duda una terrible desgracia” (Ensayo, 15)

Estas fisuras en el discurso de la novela sin duda se parecen a las del discurso de su autor, que es capaz de opiniones tan contradictorias como las siguientes:

“In my opinion, each word in itself is a story. The words we utter between the moment we get out of bed in the morning and the moment we go back there at night, as well as the words of dreams or those that try to describe dreams, all constitute a story that is concurrently rational and crazy, coherent or fragmentary, and as such can at any moment be structured and articulated into a story, whether written or not.”[1] (Saramago, 2006)

“...las palabras no son más que las palabras y, a propósito, a veces digo que ninguna palabra es poética en sí misma y que lo que la hace poética es la palabra que está al lado, interactuando, es como si una palabra regala y da algo a la que la sigue o la precede.” (Jitrik, 2006)

El texto, por alimentarse de palabras, como sus conceptos -los del autor-, vacila, trastabilla. Cualquier incauto “leedor”, ofuscado por la Apocalipsis de la trama, podría espetarle a quien tantea entre estas líneas que lo que aquí se revela como fisuras no son sino contrasentidos puestos allí a capricho por el escritor. Siento discrepar: según se avanza, de entre los pliegues del discurso afloran boquetes por entre los que se cuelan infinitas flaquezas literarias.

Demasiado rápido agotará Saramago su muy escaso saber sobre los ciegos (“ignorance is truly the greatest of all tragedies”[2]; Jernigan, 2006), luego se verá obligado a someter “...a los personajes a unas experiencias y condiciones de vida tan brutales, que éstos deben dejar de lado las consideraciones filosóficas, políticas e, incluso, religiosas, para dedicarse a sobrevivir.” (Barragán, 4)

Es cierto que las experiencias son brutales: a los personajes se los intenta desantropomorfizar, y por tal razón (me veo forzado a disentir nuevamente), no es que dejen de lado las reflexiones. Se trata simplemente de que, vaciados de casi toda condición humana, son incapaces siquiera de lucubrar. Y así, dando dubitativos pasos de ciego “advenedizo”, se presenta el mal blanco ante el sobrecogido “adventure lover” y el desconcertado lector.

No dubitemos nosotros en pasar adelante y ver de qué va la epifanía en el Informe:

Fernando Vidal, instalado en aquel presente de 1947, frente a Plaza Mayo, la vio: “Delante de mí, enigmática y dura, observándome con toda su cara, vi a la ciega que allí vende baratijas.” (Informe, 289) Ella es quien intuye su cercanía y lo sabe presente; lo desabstrae y lo convoca a su presencia; lo fuerza a detenerse y a mirarla: su pétreo rostro y su inefable expresión. Fascinante y sobrecogedora se le antoja a Vidal la ciega que le observa “con toda su cara” (Informe, 290)

Cierta de que allí está, pues lo ve, hace que el tiempo no transcurra ni destranscurra, sino que se paralice, sí, como Vidal, porque aquí, en la novela de Sábato, ellos no sólo ven o parecen hacerlo, sino que vigilan, ubicuos, a los hombres. Disipada la fascinación, no le queda otro recurso que huir, aterrado, hacia la muerte.

Indagar en la ceguera es indagar en lo desconocido, en lo pavoroso. Y para hacerlo, Vidal debe vigilarlos. No ignora su jerarquía; los reconoce como Organización, como Logia. Sabe que debe andarse con tiento: no desconoce que sus enemigos espían, e incluso que pueden decidir sobre su destino, sobre su vida, como a la postre lo hacen. No ignora que la Secta de los ciegos levita, invisible, tras defensas exteriores que, por razones de incauta compasión o de soterrado poder, la protegen, la escoltan.

Para acceder al “mundo de los ciegos” es preciso violar el Gran Secreto, pero debe hacerse si de veras se pretende llegar hasta “... esos tenebrosos suburbios donde los lugares comunes empiezan a ralear más y más, y en los que empieza a sospecharse la verdad.” (Informe, 290, 291)

¿De qué verdad se nos habla aquí? ¿Será acaso la de que “al decir de los místicos, el que nombra la Divinidad y la utiliza en su provecho lo paga con la condena eterna o la locura” (Wainerman, 13), que él bien conoce? De cualquier modo, hacerse con la verdad trae consigo la muerte. Sabedor de aquel destino, marcha en pos de ella: se interna, como Dante, en “las regiones prohibidas” donde empieza a reinar la oscuridad metafísica, y donde se agita una multitud de seres abominables, de los cuales “... los ciegos comunes son apenas su manifestación menos impresionante.” (Informe, 292)

El lector de Sábato sabe que, junto con Vidal, corre el riesgo de perecer, pero poco le interesa. Cegado por tanta luz, avanza, temerario, hacia el abismo.

Acabamos de concurrir a la epifanía de dos “cegueras” diferentes, que son la manifestación de dos disímiles formas de concebir la metáfora. Saramago construye un personaje (el primer ciego) que al pronto metamorfosea sin apenas percatarse, lo cual acusa improvisación y ligereza: el tacto que le permite reconocer llaves y orientarse -sin aprendizaje previo- en el desconcierto y la fatalidad de lo desconocido -la incipiente ceguera-, lo mismo que el poderoso oído de ciego de nacimiento que como por ensalmo escucha ascensores que descienden a la distancia y tras puertas cerradas, le son retirados de golpe y porrazo, para dejarlo caer (junto con los demás ciegos que hasta este punto nos han hurtado su monolítico rostro) en la desesperanza de su postración. Sábato, a su turno, se apuntala en una caracterización que desde el primer encuentro a bocajarro de Vidal con la ciega en Plaza Mayo tendrá la misma catadura: ciegos que paralizan con su mera presencia; ciegos dotados de los mismos poderes que rozan lo supraterrenal, pero individualizados por jerarquías, a las que se hará referencia en su debido momento.


[1] (A mi juicio, cada palabra es una historia: Así las que proferimos cuando comienza el día o éste termina, como las de los sueños o las que intentan describirlos. Todas y cada una de ellas constituyen una historia que es a un mismo tiempo racional o trastornada; coherente o inconexa, cuyas posibilidades van de lo escrito a lo oral.) Todas las traducciones del inglés al español son mías.
[2] (La ignorancia es sin lugar a dudas el peor de todos los infortunios)

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (III)

2. LA ENTRONIZACIÓN DE LA CEGUERA

“Míralos, alma mía; ¡son en verdad horribles!
Parecen maniquíes; vagamente ridículos;
terribles, singulares, igual que los sonámbulos;
lanzando no sé a dónde sus globos tenebrosos…”
(Baudelaire)


La ceguera no necesita el beneplácito de los dioses de turno para reinar sin oposiciones: está por encima de cualquier autoridad humana o divina. Tras manifestarse de improviso y con gran estruendo, se aposenta en el trono que dos de sus áulicos le han erigido para que ponga su designio por obra: desentronizar la luz y las imágenes oculares, para lo cual sólo precisa de este capítulo.

La peste blanca, inopinadamente, comienza a tomar posesión de la ciudad. Después de su aparición en la persona del conductor que espera ante el semáforo, la ceguera hace metástasis, imposibilitando la tarea de reseñar todos los contagios. Tan sólo los primeros tendrán algún cariz de individualidad. Unos pocos ejemplos bastan.

Como si se tratara de un vulgar crimen y un escarnecedor castigo, aquel que dieron en llamar “buen samaritano”, que se pagó con creces el favor de llevar al primer ciego a su domicilio, corre la misma suerte, salvo que en circunstancias literarias menos auspiciosas: presentir que la desgracia acecha, parar el carro para dar una caminata y quedarse ciego nada más dar unos cuantos pasos.

Mientras baraja posibles explicaciones de la ceguera repentina del paciente que viera por la tarde en su consultorio, entre sus libros de medicina que parecen arrojar poca luz, el oftalmólogo pierde la vista, en una escena que no logra ni mover a risa ni conmover de espanto. No sé si hablar quizá de desasosiego para acertar a definir la indefinición del lector que, esperanzado aún, persiste en la empresa de leer a Saramago.

Se suma al espectro de ideas brillantes -sobra aclarar que el brillo no nos importa, pues nos ocupa la ceguera- la de privar de la luz a un personaje en los estertores del amor. No se trata, claro está, de cualquier personaje: una como puta a domicilio que, amén de pingües ganancias, recaba orgasmos de trabajo. Y, a renglón seguido, le corresponde el turno de la “risible” desgracia al niño estrábico que, no viendo su mal curado, sí lo ve agrandado.

Cuatro cegueras simultáneas (la del ladrón, la del médico, la de la puta y la del niño) contempladas por los ojos omnipresentes de un narrador que, recluido con los ciegos en cuarentena, sufrirá una merma visual. Pero a él se lo estudiará en el quinto y último capítulo de esta monografía.

Ellos cuatro, además del primer ciego y la mujer del médico, inexplicablemente indemne del mal blanco, serán los primeros apestados recluidos en el otrora manicomio[1] dispuesto por el gobierno para intentar sofocar la crisis y detener el contagio. Vano esfuerzo, pues al cabo de pocas horas el sanatorio no dará abasto para albergar tanto infectado.

No obstante ser en un principio apenas cinco ciegos y de haber entre ellos el atenuante de dos ojos salvados por el autor, el médico fracasa en su intento por detener el avance del caos primitivo en que parece va a caer aquella incipiente sociedad; una sociedad que cobra las amorfas formas de la Horda. Y, para que no haya lugar a dudas, la única regla que allí debe existir, para envidia de la tal democracia que acaba de arrojarlos de su seno, es la igualdad: “Basta, gritó el médico, impaciente, Mire, doctorcillo, rezongó el ladrón, aquí todos somos iguales, a mí no me da usted órdenes.” (Ensayo, 72)

Cuando la vida allí comienza a discurrir con su inexorable ritmo, los seres que la padecen deben arrostrarla: saber dónde queda el baño, entender que las pulsiones no cesan sino que pueden incluso arreciar, buscar y acertar la presencia de otro ciego, comenzar a leer el mundo por debajo de los ojos: “Las manos son los ojos de los ciegos” (Ensayo, 427), reflexiona el autor en una de sus “agudas cavilaciones”, como las llama Tomás Granados (57). Pero esta, que no es otra cosa que una más de las modestas quimeras populares de que habla Juan José de Narváez (86), que abundan en la novela, infima las posibilidades del símbolo y las del lector desavisado.

Digamos entonces que el aprendizaje al tacto comporta, en primer término, el amancebamiento del ciego saramaguiano con el barullo, con el abigarramiento, porque el mundo de Ensayo sobre la ceguera va al garete, como sus personajes:

“... tan lejos estamos del mundo que pronto empezaremos a no saber quiénes somos, ni siquiera se nos ha ocurrido preguntarnos nuestros nombres, y para qué, ningún perro reconoce a otro perro por el nombre que le pusieron, identifica por el olor y por él se da a identificar, nosotros aquí somos como otra raza de perros, nos conocemos por la manera de ladrar, por la manera de hablar, lo demás, rasgos de la cara, color de los ojos, de la piel, del pelo, no cuenta, es como si nada de eso existiera…” (Ensayo, 84)

El intento de desantropomorfizar a sus personajes (perros que ladran) cae, como podría caer un ciego falto de pericia en la “materia”, en el vacío (perros que hablan). Pero soslayemos estas minucias y pasemos de largo.

Despojados de las imágenes, estos ciegos se hallan  privados de casi toda caracterización humana: los nombres que sólo hace unos pocos días los identificaran ya no importan; la dignidad que les confiriera el título de ciudadanos les fue retirada. Relegados al ostracismo y el confinamiento por el miedo de sus congéneres, estos menesterosos remedos de Tiresias ven reducidas sus posibilidades al instinto que degrada, no al que humaniza.[2]

Los perros con que aquí se compara a los ciegos les llevan una ventaja: ellos sí ven. No van, como aquellos, estrellándose contra un mundo que ignoran, pese a haberlo habitado no hace mucho tiempo. Un mundo que deben descubrir y leer para no sucumbir aplastados por su peso. Pero acaso nunca lo logren. Y no lo logran, porque los han rezagado a épocas inmemoriales en que ni el instinto ni la razón se disputaban la primera magistratura.

La jauría de canes ciegos sobrevive en medio del horror y la indefensión. A diferencia del rey que resolvió sacarse los ojos para expiar una culpa incestuosa, pero que a partir del hecho es cuando lo invade la lucidez, a la jauría sólo parece quedarle una salida a la desesperación; una catástrofe mayor: “El menor accidente, en estas condiciones, puede convertirse en una tragedia, probablemente eso es lo que ellos están esperando, que acabemos aquí uno tras otro, muerto el perro, se acabó la rabia.” (Ensayo, 84)

Se equivoca la mujer del médico en su vaticinio y en su observación: ni muere el perro ni se acaba el mal. A la rabia están condenados más que a la propia ceguera. Y tanto más cuantos más ciegos vayan llegando. A ella se le suman los hedores del hacinamiento: flatulencias, orines, vómitos.[3] Pero tal vez hago mal en hablar en momento tan prematuro de rabia: se presiente, se vislumbra pero no ha estallado todavía. Bulle en esos pechos dominados por la impotencia y la frustración, su pábulo predilecto. Todo es cuestión de tiempo.

¿Cómo miden el paso del tiempo los ciegos? Los de Saramago, apremiados por las desfavorables circunstancias, dejan de darles cuerda a sus relojes. Siguen, sin embargo, sujetos a su dictadura, presos de su indolencia sin tregua. A él se deben y será él quien resuelva.

Circunloquios, muchos ambages, demasiados rodeos emplea el autor (esquilmando el tiempo del pobre lector) en hacer inocuas descripciones, que son casi todas. La esposa del médico, por ejemplo, luchando por fingirse ciega ante los militares que desde afuera la observan mientras busca la pala con que han de enterrar al primer muerto dentro del manicomio, fuerza el siguiente diálogo:

“Dónde está, preguntó, Baja la escalera, ya te iré guiando, respondió el sargento, muy bien, sigue ahora andando en esa misma dirección, así, así, alto ahora, vuélvete un poco hacia la derecha, no, a la izquierda, menos, menos, ahora adelante, si no te desvías te darás de narices con ella, caliente, que te quemas, mierda, ya te dije que no te desviases, frío, frío, vas calentándote otra vez, caliente, cada vez más caliente, ya está, da ahora media vuelta y vuelvo a guiarte, no quiero que te quedes ahí como una burra en la noria, dando vueltas, y acabes junto al portón, No te preocupes, pensó ella, iré desde aquí a la puerta en línea recta, a fin de cuentas, es igual, aunque sospechase que no soy ciega, a mí qué me importa, no va a venir a buscarme.” (Ensayo, 114)

Tiempo y palabras, malgastados: se abunda en lo fútil; se yerra en lo verdaderamente significativo; se intenta impregnar de comicidad lo que se resiste, todo en detrimento del símbolo. Lo que sucede es que el autor, como lo señala Narváez (88), “no elude las generalizaciones burdas, los cepos conceptuales, los malentendidos que el desconocimiento o una vivencia indirecta de la ceguera fomentan”. A buen seguro, no se trata rigurosamente de uno de los dos casos (desconocimiento o vivencia indirecta) sino de su letal mezcla, pues salta a la vista que para el autor la ceguera es, como para el grueso de los mortales, un misterio inaccesible con el que se ha relacionado apenas.

Inscrito en lo baladí, instalada ya la ceguera casi en toda la ciudad, afincada la peste, el caos tiene el camino expedito, franco. Un caos que no sacude pese (o quizá por cuenta de) al exacerbado dramatismo de las masacres, el horror y el hambre.

Franqueémosle el paso a la ceguera del Informe, que se apresta a empuñar el cetro.

Entronizada la obsesión de la ceguera en la deleznable vida de Vidal, este arrostra el riesgo de observar a los que observan: un perseguido que vigila al detective. Otea desde detrás de su celosía esas cámaras oscuras que a su vez lo registran a él. No lo ignora. Antes bien, lo propicia.

Durante su indagación, Vidal ahondó no sólo en el conocimiento de la Secta, sino en las facultades de sus miembros, deseoso de no cometer muchos errores: “Tuve que extremar mis precauciones, pues en la noche invernal y solitaria no había más transeúntes que el ciego y yo, o casi. De modo que lo seguí a prudente distancia, teniendo en cuenta el oído que tienen y el instinto que les advierte cualquier peligro que aceche sus secretos.” (Informe, 294)

Y son ese oído y ese instinto los que precipitan el inaudito desenlace en que concluye el segundo acercamiento a un miembro de la Secta: creyendo perder al ciego de las ballenitas -que casi corre- de vista, Vidal se ve obligado a hacer otro tanto para seguirlo. No era necesario. Él lo aguardaba: “¡Me ha estado siguiendo!”, le espetó el ciego al aterrado cazador, que no podía entender “¿Cómo podía haberlo advertido?” o “¿En qué momento?” ni “¿De qué manera?” (Informe, 296, 297) Espantado, el cazador huye.

Ha de simular so pena de desatar sobre sí la venganza, prematura por demás, de la portentosa Organización. Pasarán tres años antes de que pueda horadarla. Tres años para tan sólo penetrar en sus reductos, que no en los dominios desde los que se gobierna la Secta y por ende el Mundo. Alcanza a penetrar en la periferia, no en la fortaleza. Con todo, desde esa humilde atalaya, que no se corresponde en su totalidad con su objetivo, por lo menos logra hacer cábalas sobre las martingalas de aquellos que regentan al universo todo.

Es Vidal, empero, uno de los pocos mortales que se han atrevido a escudriñar en la inviolable morada del mal, celosamente custodiada por los no videntes. Hombres lúcidos y ávidos que, como él, pagaron con sus vidas la determinación de inquirir. Se lo castiga, como bien lo reseña Wainerman (18), por haberse inmiscuido en temas sacros y por transgredir las interdicciones de los ciegos.

Algunos de los hallazgos que arrojó su investigación tienen que ver, además de lo que ya se ha mencionado aquí, con el uso de narcóticos que la Secta emplea para coaccionar voluntades, al igual que con la contratación de brujas, curanderos, manos santas, tiradores de cartas y espiritistas, farsantes unos y auténticos otros, que someten y dominan el mundo de los sueños y las pesadillas. “Si, como dicen, Dios tiene el poder sobre el cielo, la Secta tiene el dominio sobre la tierra y sobre la carne” (Informe, 299): tan inmenso es su poder.[4] El poder de la Secta es el poder del Príncipe de las Tinieblas, que nos domeña por intermedio de esta.

Hasta donde hemos recorrido, pareciera que la Secta de los ciegos está poblada por aquella suerte de deidades del mal, dotadas todas de los mismos prodigios. Sin embargo, Sábato hace acopio de un profuso conocimiento del símbolo de que se vale para radiografiar el mundo. Habla de las diferencias entre los ciegos de nacimiento y los que pierden la vista como consecuencia de un accidente o una enfermedad. Los primeros, que siempre han ostentado el privilegio del secreto, se resisten al ingreso de los segundos, los advenedizos, no obstante saber que nunca podrán volver a hacer parte del mundo de los videntes, luego el misterio no corre peligro de ser desvelado. El odio de que son víctimas los advenedizos es el mismo que se granjean los videntes que, gracias a una nueva fortuna, quieren procurarse un sitio privilegiado pero inasequible para los de su condición.

Los ciegos de Sábato, quien según Wainerman (26) “concibe al hombre a partir de una antropología de la ceguera”[5], no adolecen de anonimato. Si bien no los conocemos a todos por sus nombres, ni ellos importan en lo individual sino en lo colectivo, que no es lo mismo que la horda del escritor portugués, los hay que cobran capital importancia por su relación con Fernando Vidal. Es el caso de Celestino Iglesias, un cándido anarquista impenitente, quien por los acasos de la fortuna queda ciego en los albores de su senectud, y cuya ceguera se convierte en el peldaño que aúpa a Vidal y le ayuda a retomar la senda de la Secta. Senda que conduce acaso a la verdad e ineluctablemente a la muerte. La misma muerte con que se castigó, entre otros pocos, a Maupassant, Baudelaire y Rimbaud, saqueadores de lo sagrado y contraventores de la universal interdicción.

Una serie de felices consecuencias o infortunados azares (Vidal sabía que nada más enterarse del enceguecimiento del español la Secta vendría en su busca no por intermedio de un ciego sino a través de uno de sus informantes) demostraron la eficacia del cálculo del investigador: los trabajos se aliviarían con la ayuda de un advenedizo. Alguien que, como Iglesias, participara de los dos universos. Porque, para Vidal, no hay más que la dicotomía Videntes-No Videntes, que a fin de cuentas adquiere el cariz de una diada, por ser los segundos los que deciden sobre los primeros, sin que estos acierten a saberlo.

El término de las primeras hipótesis y tanteos expira, para darle paso al de el análisis y la comprobación. Es momento de que el espía empiece su labor: observar y esperar. A estos dos términos se reduce la conciencia de Vidal. Sabe que la permanencia cerca de Celestino Iglesias tarde o temprano lo conducirá a su objetivo. Pero debe vigilar y tener paciencia.

Entretanto, asiste a la metamorfosis[6] de su incómodo protegido. Lo acompaña desembarazado de compasión pero pleno de curiosidad y expectativa. Y, mientras le lee un libro o guarda un silencio que abruma al ciego o lo rompe para estudiar su reacción, presencia su transformación, que poco tiene que ver con lo físico.

El nuevo ciego se torna cada vez más receloso. Aunque con mucha torpeza en un principio, se inicia en el perfeccionamiento del oído y el tacto, fundamentales si se trata de salvar ese período de transición. De forma simultánea a la teratológica mudanza del anarquista, su entorno -aquella alcoba de pensión donde vive- sufre el cambio de la caverna o la cueva: no precisa de luz porque allí reside un murciélago.

Según Iglesias se adentra en su nuevo mundo de tinieblas e incesante cavilar (los ciegos no tienen tiempo de distraerse con imágenes circundantes, como no sean las olfativas o las auditivas que los sumen en otras reflexiones -audaces o no- que se concatenan), el asco de Vidal se exacerba. Lo asustan su reticencia y la disipación del mundo al que Iglesias ya no pertenece. Asco y susto semejantes a los que lo invadieron en aquel desencuentro con el segundo ciego: el ciego de las ballenitas. La infausta precipitación con que actuó en aquella ocasión le enseñó, tal como si fuera uno más (y lo será), a moverse por ocultos vericuetos, a hacerse invisible. De ello depende en gran medida que la Secta no se ocupe de él, hasta tanto la investigación haya avanzado lo suficiente.

Como si se tratara del paroxismo de la Guerra Fría, Vidal sabe que su labor de espionaje comporta una de contraespionaje, que lo puede perder antes de tiempo, si no se conduce como Ellos: con astucia y prudencia. Y es gracias a esas dos cualidades aprendidas que va a lograr penetrar en la Secta no sólo como observador, sino también como ciego. Pero su ceguera será objeto de posteriores reflexiones.

Fernando es, en función de sus propias palabras, un “investigador del mal”. Reivindica su condición de canalla, como canallas son los ciegos, y le explica al lector que, para serlo, el vidente ha de profundizar en su propia conciencia. “¿y quién que ahonde en los pliegues de su conciencia puede respetarse?”, reflexiona. Incursionar en el Mal requiere de la experimentación, de la acción más que de la simple teoría: “¿y cómo podría investigarse el Mal sin hundirse hasta el cuello en la basura?” (Informe, 343)

Vidal comparece ante el lector despojado de cualquier cortapisa moral. En él no hay dogma ni credo ni atadura política que traicionar. No se debe al amor de ninguna mujer o a afectos de ninguna clase. Es, como bien atina a describirse, un canalla y un oscurantista. Y como el ciego que por nunca haberse mirado en un espejo no sabe mentir, su cinismo y su canallería están adobados de muchísima honestidad.

La espera se prolonga y su paciencia amenaza con agotarse, pero se obstina. Husmea con avidez de sabueso todo cuanto tiene que ver con Iglesias. Sabe que cuando la Casta haga su aparición él no debe hallarse presente. Se pasa el día frente al número 57 de la calle Paso, sin descuidar la pensión un solo momento. Presiente que el contacto no se surtirá a través de un ciego. Y acierta.

Al igual que cualquier organización transnacional, salvo que con un poder infinitamente superior, la Secta de los Ciegos cuenta con funcionarios de toda índole, desde aquellos cuya sensiblería los liga moralmente, hasta los que se vinculan por temor a las represalias que se les pueden venir encima. El caso es que un empleado de la Cade debió rastrear la existencia de Iglesias, para que la Logia pusiera en marcha su plan: ofrecerle un trabajo a ese advenedizo homérico.

¿Qué clase de trabajo? La Secta y Sábato saben que, entre los ciegos, advenedizos o no, los hay de poco caletre o muy agudos; sutiles y obtusos. “Hay ciegos que sólo sirven para trabajo de choque; hay entre ellos el equivalente de los estibadores o de los gendarmes; y hay los Kierkegaards y los Prousts.” (Informe, 361)

Si bien los ciegos de nacimiento les llevan una gran ventaja a los que sufrieron accidentes o enfermedades, no se descarta que un advenedizo logre formar parte de la cúpula de la Organización. No en vano, uno de los cuatro jerarcas que la gobiernan en todo el mundo fue un simple jockey que corría en el hipódromo de Milán en su “vida anterior”. De modo que, en relación con Iglesias, era válido el soplo de optimismo de Vidal. Sabía que el español tonto no era.

Consciente de la importancia que supone la empresa de seguir al tipógrafo, y de que cualquier error -por mínimo que sea- no sólo le costará la vida (que ya la tiene empeñada), sino la imposibilidad de Conocer, da el primer paso hacia la ceguera: “Con mi linterna de bolsillo, mi chocolate y un bastón blanco que a último momento se me ocurrió que podía serme útil (como el uniforme del enemigo para una patrulla), esperé...” (Informe, 362)

Para el escritor-investigador no es un secreto que su personaje, además de ofrendar su vida, debe renunciar a la luz. Y a eso se debe que, antes de enrutarlo (como lo está ahora) por los caminos de la Secta, lo haya convertido, a semejanza suya, en el ávido estudioso del símbolo que atormentó sus vidas y que precipitó este Informe. Confiesan a dos voces pero en primera persona el rigor (ausente en el Ensayo) de sus pesquisas:

“...dediqué casi todo el tiempo de mi vida a la observación sistemática y minuciosa de la actividad visible de cuanto ciego encontraba en las calles de Buenos Aires; en ese lapso de tres años compré centenares de revistas inútiles; compré y arrojé ballenitas por docenas de docenas; adquirí miles de lápices y libretitas de todo tamaño; asistí a conciertos de ciegos; aprendí el sistema Braille y permanecí días interminables en la biblioteca.” (Informe, 363)

Terminado este segundo capítulo y llegados a este punto, podemos apreciar las patentes diferencias de las dos cegueras entronizadas y modeladas por los dos autores. Una, la del Ensayo, que redunda y redundará en el eco ensordecedor de su oquedad: ciegos que pugnan por sobrevivir en medio del mar de leche, que es un océano de vaciedades y rescoldos literarios. Hay, sin embargo, algo muy positivo en el haber de Saramago: el enceguecimiento del lector que, incapaz de ver nada distinto de la promesa de la fama, clama por la urgente disipación del mal blanco, que apenas comienza a reinar.

La ceguera a que alude el Informe es plural: aquella que existe como verdad universal (la llana falta de la luz física); la que padecen algunos seres desde su nacimiento; la que les toca a otros en suerte por alguna enfermedad o accidente (Celestino Iglesias queda ciego a causa de uno); la que sufren los ciegos de roma inteligencia (caso unívoco en el Ensayo), que no es igual a la ceguera de los altos jerarcas de la Secta, que son los Kierkegaards y los Prousts de la Organización. En suma, amén de entronizar la ceguera “o las cegueras” en la existencia de Vidal Olmos, Sábato entroniza el rigor de que se debe partir para crear.


[1] Hay un propósito evidente en conducir los primeros ciegos al manicomio: fundir ceguera y locura en una indisoluble amalgama. Gracias al Diccionario de símbolos de Chevalier (654), entendemos el fenómeno: “Una leyenda peúl dice que hay tres clases de locos: el que tenía todo y pierde todo bruscamente; el que no tenía nada y adquiere todo sin transición; el loco, enfermo mental.” Los ciegos de Saramago acaso lo tuvieron todo y lo han perdido de repente.
[2] “Blindness as abnormality and dehumanization” (la ceguera como desfiguración de la condición humana) es la séptima forma del símbolo que estudia Jernigan, que consiste en despojar al ser humano de algunos o todos sus atributos.
[3] A este respecto, Juan José de Narváez anota: “Con una estrechez condicionada por los rasgos moralistas de su propuesta, Saramago nos asesta una versión escatológica (en sus dos acepciones) de la ceguera.” (88)
[4] Según Jernigan (la ceguera como resarcimiento y poder milagroso), algunos escritores le otorgan al símbolo características sobrenaturales, como claramente se evidencia en el Informe.
[5] De lo cual se puede concluir que la ceguera para Sábato no representa exclusivamente la parábola o el símbolo de su creación literaria (“blindness as a symbol or parable”), sino también una realidad de personajes que nada tienen que ver con lo ficcional.
[6] La conversión de Celestino Iglesias que Fernando Vidal sigue con atención lo ha de llevar a encarnarse en uno de esos seres que habitan en las grutas y cavernas. Es decir que Iglesias transita hacia la séptima tipología de Jernigan: “blindness as abnormality and dehumanization” (la ceguera como desfiguración de la condición humana)