domingo, 12 de junio de 2011

Un Jorge Robledo destemplado, impreciso, olvidadizo y contradictorio

También sabemos que muchos individuos desean enterarse sólo de lo que previamente les gusta o aprueban, pretenden ser reafirmados en sus ideas o en su visión de la realidad nada más, y se irritan si su periódico o su canal favorito se las ponen en cuestión. Sólo aspiran a ser halagados, a cerciorarse de lo que creen saber, a que nadie les siembre dudas ni los obligue a pensar lo que ya tienen pensado (es un decir). Nuestra capacidad para tragarnos mentiras o verdades sesgadas es casi infinita, si nos complacen o dan la razón. El autoengaño carece de límites.
Javier Marías
En el momento en que empiezas a justificar los errores y abusos de los tuyos porque son de los tuyos (o porque parecen o dicen que lo son), empiezas a corromperte; es decir, empiezas a perder la razón. […] un error o un abuso son un abuso o un error lo cometa quien lo cometa, y casi estamos más obligados a denunciar los de los nuestros que los de los demás. Para no corrompernos. Para no perder la razón. Pero sobre todo para no perder la decencia.
Javier Cercas
Nota Aclaratoria: para una cabal comprensión de esta reflexión, se sugiere al lector que se remita al audio completo de la entrevista a que se hace referencia en el siguiente vínculo: http://www.wradio.com.co/oir.aspx?id=1462922
El pasado 29 de abril, un poco antes de mediodía, oía yo la radio en mi infaltable transistor de pilas cuando, rodando el dial como de costumbre, me topé con una entrevista que de inmediato absorbió toda mi atención: los periodistas Camila Zuluaga y Yamit Palacio, de La W, anunciaban al senador Jorge Enrique Robledo quien, también según costumbre, agradeció la llamada y envió un saludo a los oyentes. Pero las buenas maneras que para mí como ciudadano seguidor asiduo de los avatares políticos de la nación caracterizan al senador, comenzaron a cederle su sitio al tono de exaltación y destemplanza a que nos tiene habituados, verbigracia, el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, mas no el congresista del Polo Democrático Alternativo, que llegó incluso a amenazar con la cancelación de la conversación e incurrió en una imprecisión que no se compadece con la realidad: llamar a la periodista “dueña” de una emisora de la que es empleada. Y todo con un propósito que, a partir de ese punto de la entrevista, repite el senador a modo de cantilena exculpatoria: hacer creer que los medios de comunicación son cualquier cosa menos afectos a su partido: “Ahora, pero acépteme una cosa: uno puede ser perseguido en los medios de comunicación; esa posibilidad también existe. Esa posibilidad también existe. Ahora… (intento frustrado de interpelación de la periodista) Hay medios de comunicación que actúan contra el Polo; pero que además hay una cosa que es obvia… hagamos este debate con franqueza. No hay un solo director de medio importante de comunicación de Colombia que sea miembro del Polo. No hay un solo anunciante fundamental de los que pagan los avisos en los medios de comunicación que sea amigo o partidario del Polo. En estos días el doctor Juan Manuel López Caballero, hermano del dueño de la revista Semana, hijo del presidente, del expresidente López Michelsen, decía que a juicio de él los medios de comunicación más que informar manipulaban la información porque tenían intereses en juego. Puede ser exagerado o no, pero mire usted el, el problema del debate que tenemos aquí. Entonces yo sí estoy seguro, primero, absolutamente seguro que el uribo-santismo y el santo-uribismo y el petrismo están haciendo todo el esfuerzo por destruir al Polo. Eso no me lo puede poner en duda nadie. Y segundo, que hay medios de comunicación que de manera consciente o inconsciente maltratan las cosas y le cargan… (intento frustrado de interpelación del periodista) …nos turnamos pa’ hablar, le repito, nos turnamos pa’ hablar. Ustedes hablan todo el día diez horas. A mí es la primera vez que me llaman en no sé cuántos meses… -Senador, lo llamamos cada semana; usted tiene aquí una vitrina permanente. -Graaacias, gracias, le agradezco mucho, le agradezco mucho si me llaman seguido. El, el, pero lo que le quiero decir es esto: esto que acabo de decir, de que puede, de, de estos hechos que son ciertos, no quita que alguien del Polo no… no pueda haber cometido un delito. Y si lo ha cometido, debe caer sobre él todo el peso de la ley y debe ser sancionado… si eso es un asunto distinto. Pero no revolvamos unas cosas con las otras. Es decir, no me diga que porque ya hubo acusación entonces ya está condenado. Y no me digan que los medios de comunicación en Colombia, todos absolutamente todos sin excepción, son arcángeles, que son absolutamente neutros y no tienen opiniones políticas sobre las cosas, y sobre todo no me digan que el santo-uribismo o el uribo-santismo, en acuerdo con el petrismo, no están haciendo todo lo posible por destruir o debilitar o aplastar al Polo Democrático Alternativo”.

Acto seguido y como era de esperarse, el periodista le refresca la memoria -su muy mala memoria durante la entrevista- no solo en relación con la frecuencia con que ese medio de comunicación lo convoca a él más que a ningún otro miembro de su partido para que se pronuncie sobre diversos asuntos, sino también en referencia a la defensa por parte de los hermanos Moreno desde la comisión sexta del Congreso de la República de los intereses del duopolio televisivo que representan los dos canales privados, dos de esos medios de comunicación que, a decir del senador, perpetran una persecución sin tregua contra su partido político. Una intervención periodística que origina el siguiente reconocimiento, demasiado titubeante y retórico para mi gusto: “Eee, mi estimado Yamid, no, no, no, no interprete o si me expliqué mal… corrijo y no tengo problema. De un hecho cierto no se puede sacar una conclusión falsa. Sí, es decir, son las doce luego estoy en Nueva York… Pueden ser las doce pero no estoy en Nueva York. Entonces, puede ser cierto, y, y, y le voy a hacer un reconocimiento expreso: probablemente de las grandes emisoras de donde a mí más me han llamado eee, desde que estoy en el congreso ees, es La W, eso, eso es un hecho cierto. No lo voy a discutir, y probablemente usted tenga razón en las garantías que le ha ofrecido a otros sectores, pero eso no quita dos cosas, o tres cosas que son ciertas…”. Y así hasta la náusea: la misma cantinela victimista y manida de siempre. Las mismas excusas -argumentos lábiles- de que se sirven muchos de mis estudiantes para no querer enterarse más que de la versión amañada de algunos profesores, que los libra de la responsabilidad (la de informarse sin intermediarios y sacar conclusiones) que tiene todo ciudadano y más aún uno que educa: los medios de comunicación desinforman y manipulan; los opinantes de la política son de bolsillo y de las entrañas de los oligopolios económicos y políticos del país que son, a su vez, súbditos del imperio… etcétera, etcétera.

Olvida el congresista que ha sido en esos medios de comunicación amañados y tendenciosos que tan pocas garantías parecen ofrecerle donde sus luchas valerosas de opositor han tenido eco y cobrado fuerza. Durante los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez, y ahora en lo que llevamos del gobierno de Juan Manuel Santos, las páginas de El Tiempo, de El Espectador, de la revista Semana, para solo mencionar la prensa escrita de mayor circulación, y los micrófonos de las grandes cadenas radiales y las cámaras de los canales privados de televisión han registrado los debates y vehementes intervenciones del senador en defensa de sus principios personales y partidistas, así como de la moral pública, que tanto respeto infunden. Son numerosas las entrevistas con Jorge Enrique Robledo que una búsqueda minuciosa en Google arroja a propósito de, entre otros temas, los más sonados casos de corrupción ocurridos entre 2002 y 2010, contra los que, junto con Gustavo Petro, fue aguerrido combatiente. Pero resulta que justo cuando los mismos medios de comunicación lo convocan para que se pronuncie sobre la corrupción perpetrada desde una alcaldía -no cualquier alcaldía- que regenta su partido, aduce que todo puede llegar a tratarse de manipulaciones y deseos soterrados de que la oposición ejercida por el Polo Democrático Alternativo desaparezca o al menos se someta. ¿No debió, entonces como ahora, expresar su descontento y su malestar respecto de la tendenciosidad y el amaño que les endilga? ¿No debió, por el bien de la coherencia que se atribuye y que muchos le atribuyen, hacer explícitos sus recelos sobre las intenciones -desconocidas para él como entrevistado- que pudiera haber en contra de quienes resultaban implicados en cada escándalo y sobre los que le pedían que se pronunciara? ¿No debió, en fin, denunciar el uribo-polismo que se concertó en el Concejo de Bogotá para defraudar así las finanzas de la ciudad como a muchos electores del suspendido alcalde que no pueden por menos de sentirse engañados?

Se me figura que, de tenerlo enfrente, Jorge Robledo me espetaría la misma respuesta que les espetó a los periodistas de La W que aquella mañana insistían en la necesidad de que el partido le pidiera la renuncia al alcalde luego de que, la víspera, la Corte Suprema de Justicia librara una orden de captura en contra de su hermano, Iván Moreno Rojas: “Yo repito: me parece muy grave que nos quieran obligar a pensar como piensan nuestros contradictores, y si no pensamos como nuestros contradictores, ya somos también dignos de ser llevados a, a la cárcel y al ostracismo político. Yo creo que ese no es un estilo democrático…”. Exactamente la misma respuesta que habrían podido dar el interpelado o su jefe inmediato, hablo de Andrés Felipe Arias y del expresidente Uribe Vélez, cuando, a propósito del escándalo Carimagua, intima Robledo: “Digamos por último esto ministro: usted debería renunciar a su cargo. Debería renunciar porque usted viola la Constitución y la ley, como lo dice el procurador en el caso de la hacienda Carimagua. Viola la Constitución y la ley, a mi juicio, en el tema de la lógica de la tierra, porque como lo demostró aquí usted lo que es, es partidario del modelo malayo, y la Constitución dice otra cosa. Y debe renunciar porque faltó a la verdad en materia gravísima, de demasiadas maneras. Con franqueza le digo que tiende a crecerle la parte más protuberante de su cabeza…”, conminación que puede oírse en Youtube. Exactamente la misma respuesta que habría podido dar el ex presidente Uribe cuando, a propósito de la captura del hermano (¡vaya una coincidencia!) de su ministro del interior y de la justicia, Fabio Valencia Cossio, declaró el senador Jorge Enrique Robledo a Semana.com el 9 de septiembre de 2008, en una nota periodística en la que se lee:

“El paso del ministro Valencia por la cartera de la justicia ha estado empañado por cuenta de las investigaciones por nexos con narcotraficantes contra su hermano Guillermo Valencia, quien fungió hasta hace unas semanas como director de fiscalías de Medellín. Citan al debate los senadores Jorge Robledo y Jaime Dussan del Polo Democrático. El argumento con el que pedirán su renuncia es como lo dijo Robledo a Semana.com “un asunto de responsabilidad ética y política”. Para Robledo, si bien nadie es culpable de tener un hermano enredado con la justicia, el ministro Valencia Cossio debe renunciar pues también es el jefe político de su hermano.

Pero el cuestionamiento que plantea el Polo, no sólo irá dirigido al ministro. Robledo adujo que era el presidente quien debía removerlo de su cargo.

“No se entiende por qué el presidente Uribe lo quiere atornillar en su puesto, sin ninguna razón de Estado. Sólo porque es su amigo. Un ministro tiene un compromiso social y por ser el ministro de justicia debe renunciar”, dijo Robledo.

El senador también argumentó que en un Estado “más serio” la renuncia del ministro Valencia habría sido automática…”.

¿Acaso la renuncia de Samuel Moreno no era, senador Robledo, “un asunto de responsabilidad ética y política” de la que debía dar cuenta no solo él, sino también el Polo Democrático Alternativo? ¿No será que con la reticencia y la tozudez mostradas por el partido a la hora de exigirle al alcalde su renuncia se abonó el terreno para que alguien más inquisitivo que los periodistas en cuestión le hubiese expresado a usted que no se entendía por qué al doctor Samuel Moreno se lo quería “atornillar en su puesto”, como no fuera por la amistad que lo une a cuadros muy poderosos del Polo? ¿Acaso el alcalde de una ciudad como Bogotá no tiene un compromiso social igual o si se quiere más grande que el de un ministro? ¿Debemos acaso contentarnos con pensar en que en un Estado “más serio” el desenlace del escándalo de corrupción de que fueron protagonistas miembros del partido, que, por mucho que usted lo diga, no puede sustraerse a la responsabilidad que le cabe, habría sido la renuncia motu proprio del alcalde o en su defecto la exigencia sin ambages del partido para que lo hiciera?

Pero prosigamos con la entrevista. Al menos dos cosas más llaman poderosamente la atención en relación con los argumentos esgrimidos por Jorge Enrique Robledo el pasado 29 de abril en La W.

Arguye con bastante razón el senador pero con bastante desmemoria también por su parte, que a nadie se lo debe condenar a priori; que deben ser los jueces quienes finalmente lo hagan: certísimo. Que no son los medios de comunicación la instancia indicada para que al implicado en una denuncia se le enjuicie antes de que la justicia lo haga: certísimo. Que toda persona tiene derecho al debido proceso: certísimo. Las palabras de la periodista y la consiguiente réplica del entrevistado resultan harto elocuentes: “Pero, senador Robledo, entendiendo lo que usted nos está diciendo, más allá de que las responsabilidades son personales, sí hay una responsabilidad de la colectividad, en donde personas que hacían parte del partido de ustedes, que estaban siendo cuestionadas, hoy, un senador de la república en la cárcel, hermano, hermano del alcalde de Bogotá, el Polo Democrático su partido, le haya brindado un apoyo irrestricto, cuando ustedes han sido los primeros críticos, y si no me equivoco usted, cuando estaba en problemas el hermano del ministro del interior, del ministro del interior Fabio Valencia Cossio, eran los primeros críticos y decían que no podía ser un ministro… del interior tener un hermano vinculado con la parapolítica. Igualmente también las críticas que se hacían cuando estaba la canciller Araújo con también su hermano vinculado con la parapolítica, esas mismas críticas llovían por parte de ustedes. ¿No creen que con esa mi, con esa misma regla deberían medir ustedes a su partido y al accionar de su partido y las personas que están inmersas en escándalos de corrupción, hoy un senador preso?”. “Bueno, permítame le contesto su pregunta-editorial en dos partes; los dos aspectos que toca. Primero aquí a nadie del Polo se le ha dado ningún respaldo irrestricto a ningún acto indebido. Eso, eso es una afirmación falaz. A ningún acto indebido se le ha dado respaldo por parte del Polo a nadie, absolutamente a nadie. Aquí lo que tenemos es un caso, si somos objetivos y, y respetamos el debido proceso que es una cosa elemental de la democracia, en que hay quienes en Colombia acusan a otras personas de haber cometido actos delictivos; esa es la situación en la que estamos. Los principales acusadores que hay en este caso son nada menos que la familia eee, eee, la familia Name, que es una familia que ha reconocido ya tener una especie de organización delictiva para defraudar el erario y hacer todo tipo de cosas. Esos son los acusadores. Que sean delincuentes los acusadores no los descalifica de plano, pero es un elemento para tener en cuenta. Ahora, los acusados han dicho que no es cierta la acusación. Han dicho que no es cierta la acusación. Entonces aquí tenemos un problema: unos dicen que cometieron unos delitos, y los acusados dicen que no los cometieron. ¿Cómo hacemos para saber cuál es la verdad del asunto? ¿Usted la sabe? ¿La sabe La W? ¿Quién sabe cuál es la verdad de ese asunto? Como no se sabe, la tendrán que establecer los jueces. Quién más va a establecer la verdad sobre el asunto, que es enredado y que ya, y que repito: tiene unos delincuentes como acusadores. Delincuentes que además está probado por documentos eee, explicados por ellos que su salvación consistía en, en hundir a los Moreno. Y que se han movido para acordar con altos miembros de la justicia colombiana una actitud de alianza en contra de los dirigentes del Polo. De modo que…”.

¿Podría deducirse entonces de las palabras del congresista que sus debates políticos han tenido lugar solo después de que la justicia falla en contra de los implicados en los escándalos de corrupción perpetrados por cuantiosos miembros de la coalición de partidos que gobernaron a nombre de lo que dio en llamarse el uribismo? ¿Qué sus denuncias y debates jamás se valieron de otras denuncias hechas por delincuentes confesos, o que solo las utilizó una vez los jueces constataron su veracidad? Si así hubiese sido, dada la lentitud con que en muchas ocasiones se falla en nuestro país, el congresista no habría podido adelantar muchos de los memorables debates que con éxito ha adelantado desde su curul senatorial. Ah, pero se me quedan dos preguntas entre el tintero: ¿a qué “altos miembros de la justicia” alude el entrevistado cuando habla de una componenda entre estos y enemigos del partido “en contra de los dirigentes del Polo”? ¿Pero es que la justicia colombiana no se salva de recibir señalamientos ni siquiera de políticos que, como el congresista Robledo, abogaban no mucho ha por el acatamiento y el respeto a los fallos judiciales?

Por si tanto exabrupto fuera poco, saca de no sé dónde el entrevistado una tesis que pretende, entre otras cosas, explicar la razón de que el Polo Democrático Alternativo rehusara pedirle su renuncia al alcalde, que de esto va: “Y lo segundo hay una diferencia que, que se olvida. El doctor Valencia Cossio era un, un, un ministro nombrado por el presidente de la república. Aquí estamos hablando de colombianos elegidos por los ciudadanos. Elegidos por votaciones importantes además, pero así no lo fueran… son voceros de ciudadanos, de colombianos que votaron por ellos, y eso marca una diferencia. Ahora, quien no entienda estas diferencias entre ser nombrado y elegido para asuntos de los análisis políticos, poco entiende a mi juicio de criterios de tipo democráticos. Estas son las razones entonces que nos llevan a nosotros a sostenernos en la idea de que vamos a esperar con tranquilidad cómo avanza el proceso y cómo se desarrolla, y dependiendo de las decisiones que tome la justicia el Polo Democrático Alternativo tomará las decisiones que le corresponden”. Pues es con esa misma lógica tan peregrina que mandatarios funestos del tipo Fujimori, Ortega, Uribe, Chávez, para solo mencionar unos pocos, se aferran al poder: parapetados tras votaciones altas o altísimas, se sienten voceros sempiternos de aquellos que los eligieron, olvidando o soslayando, como olvida o soslaya el entrevistado, que un cargo de elección popular, incluso más que cualquier nombramiento de cualquier servidor público, debe estar presto al escrutinio de todas las fuerzas vivas de la democracia, la prensa entre ellas.

Déjenme, señor Robledo y señores del Polo Democrático Alternativo, terminar con una reflexión de ciudadano no militante de ninguna facción política pero observador de todas y votante potencial de cualquiera que logre persuadirlo con la fuerza de sus argumentos. Lo complicado de pontificar sobre la moral pública y las buenas costumbres políticas sobreviene cuando se ostenta el poder, pues es solo entonces cuando el discurso moralizador de partidos políticos como el suyo  se pone a prueba. Y lo menos que puede pedirse, ante una crisis como la que por estos días enfrenta el único sector político actualmente en la oposición, es que actúe conforme a sus principios; que no invoque para sí garantías democráticas que no ha concedido a otros; que no tire la basura bajo la alfombra del subterfugio y la marrullería, que tanto fustigan en los demás. Porque, de seguir actuando con la inconsecuencia y la obstinación con que lo vienen haciendo, les va a pasar lo que las palabras de Jorge Enrique Robledo le predijeron a Andrés Felipe Arias en su debate-Carimagua: les va a seguir creciendo la parte más protuberante de la cabeza. Y creo que los colombianos sensatos estamos hartos de políticos narizones.

domingo, 15 de mayo de 2011

Lo que separa al maestro de la psicóloga: dos formas de entender lo mismo, dos resultados en las antípodas

Hablando con mi abuela materna, con mi madre y con mi padre -así como con otros adultos con los que a menudo se tocaba el tema- sobre el tipo de educación que recibieron cuando fueron niños y fueron a la escuela, pude sacar en limpio algo que todavía hoy creo y defiendo: el buen servicio que una disciplina bien entendida le presta al proceso formativo de aquel a quien se busca criar y educar debidamente. Pero el problema surge, sin que siquiera se debata, con la mera mención de la palabra “disciplina”, tan condenada y bastardizada desde hace algunos años, por lo menos veinte según mis cuentas. (Mis estudiantes -entre quince y diez años menores que yo- se muestran sorprendidos si les cuento que, a principios de los noventa, cuando yo cursaba el bachillerato, todavía nos parábamos para saludar no bien algún profesor -tal vez solo fuera la profesora de biología- entraba en el salón, o que el rector de un colegio optó por expulsarme debido a mi suma indisciplina sin que mediaran otras instancias, o que un maestro de álgebra, actuando según su conciencia y su ética plausibles, no se dejó conmover de mis ruegos para que me ayudara con la nota de final de curso, o que en el colegio en que hice la primaria existían y eran “legítimos” unos castigos físicos que me imagino semejantes a los de los reformatorios pero que, sin embargo, no me traumatizaron.)

De ese tiempo a esta época, que son los que yo conozco, la involución educativa promovida, entre otros, por psicólogos y psicopedagogos, ha rendido sus frutos: lograr que el estudiante no se pare para saludar, mas sí para insultar o para amenazar a sus profesores; que ya no sean los rectores los que expulsen estudiantes indisciplinados, sino aprendices de delincuentes o delincuentes consumados los que, por medios lícitos -la tutela- o ilícitos, determinen qué docente debe irse del plantel so pena de morir apuñalado por la espalda (exactamente así murió Jaime Rojas, el rector de un colegio distrital de la localidad de Ciudad Bolívar en Bogotá, en abril de 2007); que los profesores, aterrorizados por el en casos adiposo prontuario delictivo de algunos de sus estudiantes, ya no esperen los ruegos de un muchacho que se dedicó a la recocha y a la mamadera de gallo -eso ya no existe y, si existe, se llama promiscuidad o alcoholismo o drogadicción, cuando no pandillismo- sino que teman sus intimidaciones y su grosería; que los golpes con la férula y demás abusos contra los estudiantes, erradicados de la escuela en buena hora, ahora semejen obsolescencias de un poder -el del maestro- caído en desuso y en desgracia frente al madrazo, el escupitajo o el “puntazo” que propinan los que tan bien han aprendido las lecciones de los profesionales de la psiquis.

Decía que una disciplina bien entendida -la de la profesora de biología, la del rector, la de mi maestro de álgebra-, lejos de perjudicar al niño o al joven, como irreflexiva e irresponsablemente sostienen muchos psicólogos y psicopedagogos, los beneficia. Al saber -el que se forma- que en su padre y en su madre, amorosos pero exigentes, encuentra el afecto que lo hace sentirse seguro y querido y la disciplina que lo enseña a saber que en el mundo -en su mundo- existen los derechos pero también los deberes, ese niño que después será un joven no tendrá mayores problemas para aceptar y agradecer la disciplina de sus maestros, que sabrá interpretar como afecto, porque solo quien bien nos quiere nos corrige. Está muy bien que psicólogos y psicopedagogos hayan querido que los muchachos -e incluso los niños- conocieran y defendieran sus derechos, pero dejaron la tarea a medias haciéndoles creer a padres de familia y profesores incautos que la exigencia traumatiza, que la disciplina atenta contra la felicidad y que la imposición de responsabilidades riñe con el bienestar que se debe garantizar durante la niñez y la adolescencia. Pues esos niños y esos adolescentes, que de incautos no tienen un pelo, sí han sabido sacar provecho de semejante torpeza y tamaño exabrupto, manipulando, en la casa y en la escuela, cada situación para lo que ellos juzgan, ahí sí con bastante bisoñez, su conveniencia: el derecho a no hacer nada que los fastidie o a hacer eso que les fastidia -pero que sí les conviene- con mediocridad y desgana.

Quiero que sepan esos profesionales a los que tanto respeto pero a los que tanto tengo que reprochar que ni mi abuela materna -“víctima” de la disciplina en la casa y la escuela-, ni mi madre -“víctima” de la disciplina en la casa y la escuela-, ni mi padre -“víctima” de la disciplina en la casa y la escuela- sufren o sufrieron traumas como consecuencia de ese fenómeno que, bien entendido, repito, genera más beneficios que daños a largo plazo. Por lo menos ellos, que experimentaron los rigores de la ahora tan deshonrada “mano dura”, respetan o respetaron casi hasta la devoción a esos padres y a esos profesores que, por corregirlos, no merecieron los insultos y los golpes que hoy por hoy sí reciben paradójicamente muchos padres y profesores que, obsecuentes, decidieron renunciar a su deber de criar y de educar con afectuosa estrictez.

Para los que se pregunten el porqué de la introducción -con sabor más bien a epílogo-, aquí les espeto la razón: una entrevista publicada por el periódico El Tiempo el 17 de marzo pasado y una columna de opinión publicada por la revista Semana apenas unos días después: el martes 29. La entrevista con un maestro -así lo llamo en vista de que todo apunta a que en verdad lo es- y la columna de opinión de una psicóloga con un nombre de personaje de radionovela que, como el del entrevistado, he resuelto mantener en el anonimato inútil de la era revolucionaria de la Internet.

Mientras que para el maestro la educación de niños y adolescentes enfrenta el desinterés de los padres y el Estado como primeros responsables del proceso de aprendizaje de sus hijos y futuros ciudadanos -“las familias y los gobiernos le transfirieron a la escuela la formación de los jóvenes”-, para la psicóloga tal abandono no existe; es más, se trata del efecto contrario: “Los padres se preocupan y actúan con sus hijos desde el amor, con el propósito de contribuir a su formación, a que estén felices y tranquilos, a que tengan amigos y un buen rendimiento escolar…”. Si para el maestro “no hay duda de que el mayor problema de la escuela, por encima de la violencia interinstitucional, es la familia”, la psicóloga opina que estas luchan para que esos mismos muchachos -¿acaso unos de otra especie, de otro planeta?- “sean personas competentes, autónomas, independientes para enfrentar un mundo cada vez más competitivo…”. En tanto el maestro reconoce en la disciplina bien encauzada un principio innegociable para una buena educación -“lo primero en lo que hay que centrarse es en exigir con afecto”-, la psicóloga aboga por una comprensión sin límites de los padres para con sus hijos, a los que atribuye unas facultades que, de ser la regla y no la excepción, harían por completo innecesaria la exigencia: “Ellos (los hijos) son los expertos de su propia vida, pues son quienes mejor conocen el mundo al que se enfrentan diariamente…”.

Para procurar entender dos concepciones tan disímiles sobre un mismo tema -la educación-, se necesita una ponderación sesuda (que aquí solo se acomete en parte) de las diferencias que subyacen tras las experiencias profesionales de estos dos opinantes. Dos experiencias que también difieren en tamaño: la escuela -un espacio inabarcable- frente al consultorio: concreto y delimitado como un confesionario.

Desde la escuela, este maestro -artífice de una epopeya educativa sin precedentes hasta hoy en Colombia- intenta plantear de qué va la crisis de la educación en países como el nuestro, mientras que la psicóloga, abrigada por la seguridad de su reducto profesional, pontifica sobre una educación de la que excluye a la escuela: no existe en su reflexión ni una sola mención a la labor que el educador está llamado a cumplir en la formación de los niños y los jóvenes. El Estado es para el maestro, junto con la ausencia de la familia, uno de los artífices del precarísimo desempeño escolar que la psicóloga endilga a la intransigencia de padres estrictos -que ojalá fueran mayoría- e incomprensivos. Errar es para el maestro la materia prima del proceso formativo -“a eso va el joven al colegio: a aprender de sus errores”-, en tanto que para la psicóloga los yerros, exclusivos de los padres, son las rémoras que lastran el desarrollo educativo de los muchachos. Y la evaluación, que para el maestro cobra sentido e importancia capitales en su calidad de premio para el esfuerzo y sanción para la abulia, para la psicóloga, que abomina de la exigencia, simplemente no existe porque a los muchachos, “expertos de su propia vida”, está de más evaluarlos.

Lo que separa, dicho todo lo anterior, al maestro de la psicóloga es un abismo inconmensurable que, tristemente y sin embargo, no es siempre -no es casi nunca- la misma distancia que media entre maestros y psicólogos. Todo lo contrario: aquellos, imbuidos del discurso inculpatorio de estos, ex profeso o de forma inconsciente, los secundan en sus propósitos de indulgencia y facilismo a todo trance. Porque el profesor que no cumpla con estas dos “cualidades” -los defectos de ser indulgente y facilista-, se hace también acreedor a esta escueta acusación con que la psicóloga -ella sí miembro de un gremio compacto y “coherente”- carga a quienes cabe parte -solo parte- de la responsabilidad de la debacle educativa: “los problemas de los niños siempre son los papás”. Una acusación temeraria y apresurada que contrasta con la mesura y la sensatez de las siguientes palabras del maestro que, por acertadas, adopto como conclusión de este pergeño de ejercicio reflexivo: “…Claro, y sin importar que la exigencia formativa se torne por momentos algo ácida. Con seguridad, el joven o la joven agradecerá mañana esa sanción que un acto errado ameritó. Nosotros en el Liceo tenemos una especie de pirámide para la sanción: debe ser oportuna, constructiva y afectiva. Que sancionar a un niño también nos duela, así haya que hacerlo. Si no, mañana podemos arrepentirnos. A muchos no les gusta la palabra disciplina, no les parece ‘pedagógica’. Pues busquemos un sinónimo, puede ser orden o marco de convivencia. Pero sobreproteger a los hijos no significa amarlos. Alcahuetearles a los alumnos no es educarlos. […] Ahora, una escuela de calidad no es aquella donde todos pasan el año con buenas calificaciones, sino donde los alumnos se forman de manera integral”.

sábado, 9 de abril de 2011

Diálogo-entrevista por momentos divergente con un escritor que admiro

Primero fueron las carcajadas que me arrancaban los informes de Pantaleón Pantoja a sus superiores; luego, el pasmo ante la ductilidad del relato -cómo se cuenta la historia que se cuenta- en La ciudad y los perros; después vinieron la sensualidad de doña Lucrecia y don Rigoberto y el demonismo de Fonchito; luego, el asqueamiento hacia Rafael Leónidas Trujillo Molina y lo que él representa, así como una solidaridad impotente para con la tragedia de Urania; después vino la disolución de Pedro Camacho como escribidor: uno de los más bellos fracasos humanos que la literatura haya inmortalizado; luego, las historias de Flora Tristán y Paul Gauguin escritas en clave de contrapunto; y recientemente fue la inscripción de la huachafería más peruana en los asuntos aptos para la ficción, huachafería que encarnan la polisémica niña mala y su relación con Ricardo Somocurcio. Ocho novelas que me convirtieron, a medida que las leía y releía algunas, en un convencido de que si a Mario Vargas Llosa no le concedían el premio Nobel no era, faltaría más, por escasez de méritos literarios, sino por razones muy diferentes que podían tener su explicación en la pasión con que el escritor vive la política o en sus “fijaciones” políticas, que terminan siendo una misma cosa. De manera que cuando me enteré de la noticia, que de tan postergada había adquirido una pátina de imposibilidad, no supe si alegrarme por la tardía pero justicia a fin de cuentas, o aceptarla como algo inevitable a largo plazo. Y para celebrar, decidí emprender la lectura de sus memorias -las cuales seguramente habrán de completarse pronto- que, dicho de forma harto superficial, giran en torno a dos ejes temáticos: la experiencia vital del ser humano y el escritor en ciernes y la experiencia política del candidato a la presidencia del Perú.

 Propongo entonces, le propongo a usted, maestro Vargas Llosa, un diálogo-entrevista en el que su voz la integren algunas de las ideas que, de diversos géneros, extracté de mi lectura de El pez en el agua, mientras que la mía, mi voz, quiero decir, serán las preguntas y consideraciones sobre sus ideas. ¿Le parece? Muy bien. Entonces, comencemos.


¿Qué repercusiones ha tenido el mestizaje en el Perú en particular, como origen y consecuencia a un mismo tiempo de la cultura que conformamos los latinos en general?

“En la variopinta sociedad peruana, y acaso en las que tienen muchas razas y astronómicas desigualdades, blanco y cholo son términos que quieren decir más cosas que raza o etnia: ellos sitúan a la persona social y económicamente, y estos factores son muchas veces los determinantes de la clasificación. Esta es flexible y cambiante, supeditada a las circunstancias y a los vaivenes de los destinos particulares. Siempre se es blanco o cholo de alguien, porque siempre se está mejor o peor situado que otros, o se es más o menos pobre o importante, o de rasgos más o menos occidentales o mestizos o indios o africanos o asiáticos que otros, y toda esta selvática nomenclatura que decide buena parte de los destinos individuales se mantiene gracias a una efervescente construcción de prejuicios y sentimientos -desdén, desprecio, envidia, rencor, admiración, emulación- que es, muchas veces, por debajo de las ideologías, valores y desvalores, la explicación profunda de los conflictos y frustraciones de la vida peruana. Es un grave error, cuando se habla de prejuicio racial y de prejuicio social, creer que estos se ejercen sólo desde arriba hacia abajo. Paralelo al desprecio que manifiesta el blanco al cholo, al indio y al negro, existe el rencor del cholo al blanco y al indio y al negro, y de cada uno de estos tres últimos a todos los otros, sentimientos, pulsiones o pasiones, que se emboscan detrás de las rivalidades políticas, ideológicas, profesionales, culturales y personales, según un proceso al que ni siquiera se puede llamar hipócrita, ya que rara vez es lúcido y desembozado. La mayoría de las veces es inconsciente, nace de un yo recóndito y ciego a la razón, se mama con la leche materna y empieza a formalizarse desde los primeros vagidos y balbuceos del peruano”.

Y del colombiano, el ecuatoriano, el boliviano, agregaría yo, que también he sido testigo de ese encono y esa ojeriza que engendra en el ánimo del “blanco” la piel del negro, y en el de este una piel más clara. Pero pienso que esa “caldera de odios”, como en algún momento de sus memorias usted define lo que para mí son los incomprensibles efectos del mestizaje en el Perú -término que se puede extrapolar a la realidad de casi toda nuestra América Latina-, también bulle, salvo que con diferencias de muchas índoles, en tantas otras latitudes donde ese odio interracial se denomina xenofobia o, de forma más general, discriminación. Creo que la fobia y el recelo exacerbado por el que no se me parece no es, ni con mucho, un lastre de nuestro subdesarrollo aún sin resolver, sino, más bien, una tara genética de los hombres que ni siquiera el “progreso” de la inteligencia humana ha podido combatir, tal vez por no tratarse de nada diferente que de un instinto que se resiste a la persuasión de los buenos argumentos.

 

Dando por sentado que los dos coincidimos en el hecho de que el desprecio interracial fluye en todas direcciones, ¿podría, no obstante, hablarse de una suerte de origen o “culpa” de esa mutua discriminación?

“Cuando se habla de prejuicio racial, se piensa de inmediato en el que alienta aquel que tiene una posición de privilegio hacia el que se halla discriminado y explotado, es decir, en el caso del Perú, el del blanco hacia el indio, el negro y las distintas variantes del mestizo (el cholo, el mulato, el zambo, el chinocholo, etcétera), pues, simplicando -y, en lo que concierne a las últimas décadas, simplicando mucho-, es verdad que el poder económico suele concentrarse en la pequeña minoría de ancestros europeos y la pobreza y miseria -esto sin excepción- en los peruanos indígenas y de origen africano. Esa minúscula minoría blanca o emblanquecida por el dinero y el ascenso social no ha ocultado jamás su desprecio hacia los peruanos de otro color y otra cultura, al extremo de que expresiones como “indio”, “cholo”, “negro”, “zambo”, “chino” tienen en su boca una connotación peyorativa. Aunque no escrita, ni amparada por alguna legislación, siempre ha habido en esa pequeña cúpula blanca una tácita actitud discriminatoria hacia los otros peruanos”.

Yo no sabría decir ni mucho menos explicar de qué otro modo podría reaccionar el que siempre o casi siempre ha estado bajo el yugo del que domina: ¿con gratitud?, ¿con resignación?, ¿con lealtad?, por supuesto que no. La enseñanza impracticable de que, como respuesta a una bofetada en una mejilla, hay que poner la otra, raya, pienso, en el sinsentido y la indignidad. Quizá sea por eso por lo que no logro percibir la “discriminación” del negro hacia el blanco como tal, sino, a lo sumo, como una respuesta que las circunstancias tan desfavorables y el sentimiento de la propia valía imponen a aquellos que han sido tantos siglos sus víctimas.

 

Tengo entendido que el distanciamiento que siempre separó a su padre de la familia de su esposa -es decir de su madre- se originó en esos odios endémicos entre peruanos, que en esta ocasión no tuvieron que ver nada con el color de la piel, sino con la clase social, y que, entre otras razones, la lejanía que él le imponía a usted con respecto a esos parientes que tanto quería constituyó una gran parte del sufrimiento que experimentó cuando apenas era un niño. ¿Puede referirnos un par de esas escenas que tan crudamente revelan el carácter irascible de su padre y el consiguiente padecimiento de usted y su madre?

“Era de noche y veníamos de alguna parte… Mi mamá contaba algo y de pronto mencionó a una señora de Arequipa llamada Elsa. “¿Elsa?”, preguntó él. “¿Elsa tal cual?” Yo me eché a temblar. “Sí, ella”, balbuceó mi madre y trató de hablar de otra cosa. “La grandísima puta en persona”, silabeó él. Estuvo callado un buen rato y de repente sentí dar a mi madre un alarido. La había pellizcado en la pierna con tal furia que se le formó luego un gran hematoma morado. Me lo mostró después, diciendo que no podía más”. “Con el consentimiento de mi mamá, me fui a la iglesia. Al salir, en medio de la gente, vi el Ford azul, al pie de las gradas. Y a él, plantado en la calle, esperándome. Viéndole la cara, supe lo que iba a pasar. O, quizá, no, pues era muy al comienzo y aún no lo conocía. Imaginé que, como habían hecho alguna vez mis tíos, cuando ya no soportaban mis travesuras, me daría un coscorrón o un jalón de orejas y cinco minutos después todo habría pasado. Sin decir palabra, me pegó una cachetada que me derribó al suelo, me volvió a pegar y luego me metió al auto a empellones, donde empezó a decir esas terribles palabrotas que me hacían sufrir tanto como sus golpes. Y, en la casa, mientras me hacía pedirle perdón, me siguió pegando, a la vez que me advertía que me iba a enderezar, a hacer de mí un hombrecito, pues él no permitiría que su hijo fuera el maricueca que habían criado los Llosa. Entonces, junto con el terror, me inspiró odio”.

 

Aparte de aquella relación disfuncional entre su padre y los Llosa que usted endilga a aquel odio de clases sociales en el que un mestizaje mal entendido tiene, en gran medida, la culpa, ¿hay en su familia otra situación que nos sirva de ejemplo de lo nefasto que resulta el desprecio por el otro en razón de su color de piel o su procedencia?

“He contado que mis abuelos trajeron de Cochabamba al Perú a un muchacho de Saipina, Joaquín, y a un niño recién nacido que una cocinera abandonó en casa. Ambos habían continuado en la familia, en Piura, luego en el apartamento de Dos de Mayo, en Lima, y, finalmente, en uno más amplio, que tomaron los abuelos en una quinta de la calle Porta, en Miraflores. Mis tíos le encontraron un trabajo a Joaquín, que se fue a vivir solo. Orlando, que había vivido siempre entre los sirvientes de la casa y que en esa época debía de andar por los diez años, a medida que iba creciendo se parecía más al tercero de mis tíos; más, incluso, que los hijos legítimos de este. Aunque en la familia no se tocaba nunca el tema, estaba siempre ahí y nadie se atrevía a mencionarlo ni, lo que es peor, a hacer algo para enmendar de algún modo lo ocurrido, o atenuar sus consecuencias. No se hizo nada, o, más bien, se hizo algo que empeoró las cosas. Orlando pasó a ocupar un estamento intermedio, una especie de limbo, que ya no era el de la servidumbre pero todavía no el de la familia. La Mamaé, que había regresado a vivir con los abuelos en la calle Porta, le armaba un colchón en su cuarto, para que durmiera allí. Y comía en una mesita aparte, en el mismo comedor, pero sin sentarse con los abuelos, los tíos y nosotros. A mi abuelita la trataba de tú y la llamaba, como hacíamos yo y mis primas, “abuela”, y lo mismo a la “Mamaé”. Pero al abuelo lo trataba de usted y le decía “don Pedro”, y lo mismo a mi mamá y a mis tíos, incluido su padre, al que llamaba “señor Jorge”. Sólo a mí y a mis primas y primos nos tutearía. Lo que debió de ser esa niñez, vivida en la confusión, de sirviente o poco menos para tres cuartas partes de la familia, y de pariente para el resto, y lo que de amargura, humillación, resentimiento y dolor debió de empozarse en él en esos años, es difícil de imaginar. Vaya paradoja que gentes tan generosas y nobles como los abuelos contribuyeran, cegados por prejuicios o tabúes que eran los de su medio y habían pasado a formar parte de su naturaleza, a agravar con ese ambiguo status en que lo hicieron vivir, el drama de su nacimiento. Años después, yo fui uno de los primeros de la familia en tratar a Orlando como pariente, presentarlo como primo, y tener con él una relación amistosa. Pero él nunca se sintió cómodo conmigo ni con ninguno de la familia, salvo con la abuelita Carmen, de la que estuvo siempre cerca hasta el final”.

La suya es una declaración valiente, a excepción del final, que afecta un tono de indulgencia que a ese “pariente” suyo no debió haberle pasado desapercibido. Y eso, además de lo extemporáneo del reconocimiento, me imagino que le resultó tan intolerable como la existencia ambigua a que lo forzaron de niño. Pero basta ya de discriminaciones sociales y étnicas, como se dice ahora. Lo invito a que hablemos de esa izquierda de la que usted en un día ya lejano fuera ¿miembro?, ¿militante?

 

¿Cómo define Mario Vargas Llosa, el escritor y el político, lo respetable en esa materia -en política, quiero decir-?

“Hay muchas maneras de definir lo respetable. En lo que a mí se refiere, me merece respeto el intelectual o el político que dice lo que cree, hace lo que dice y no utiliza las ideas y las palabras como una coartada para el arribismo”.

 

¿Yerro si concluyo entonces, a partir de su definición, que eso que usted denomina “intelectual barato” no es otra cosa que un militante de una ideología política cuyas acciones y discurso no guardan coherencia? ¿Quiere hablarnos un poco del momento en que surge la nominalización de aquella subespecie humana y del individuo que la inspiró?

“Antes, me devanaba los sesos tratando de adivinar por qué entre nuestros intelectuales, y sobre todo los progresistas -la inmensa mayoría-, abundaban el bribonzuelo, el sinvergüenza, el impostor, el pícaro. Por qué podían, con tanta desfachatez, vivir en la esquizofrenia ética, desmintiendo a menudo con sus acciones privadas lo que promovían con tanta convicción en sus escritos y actuaciones públicas. Matasietes antiimperialistas en sus manifiestos, artículos, ensayos, clases, conferencias, leyéndolos cualquiera hubiera creído que habían hecho del odio a Estados Unidos un apostolado. Pero casi todos ellos habían solicitado, recibido y muchos literalmente vivido de becas, ayudas, bolsas de viaje, comisiones y encargos especiales de fundaciones estadounidenses, y pasado semestres y años académicos en las “entrañas del monstruo” (según la expresión de José Martí) alimentados por la Guggenheim Foundation, la Tinker Foundation, la Mellon Foundation, la Rockefeller Foundation, etcétera, etcétera. Y todos gestionaban frenéticamente y muchos conseguían, por cierto, ir a injertarse como profesores a esas universidades del país al que habían enseñado a sus alumnos, discípulos y lectores a execrar como responsable de todas las calamidades peruanas. ¿Cómo explicar ese masoquismo de la especie intelectual? ¿Por qué esa desalada carrera de tantos hacia el país cuyas vesanias vivían denunciando, denuncias gracias a las cuales habían construido, en buena parte, sus carreras académicas y su pequeño prestigio de sociólogos, críticos literarios, politólogos, etnólogos, antropólogos, economistas, arqueólogos o poetas, periodistas y novelistas?”.

Permítame, maestro, que agrande un poco el estropicio con una anécdota que algunos de los lectores de este diálogo-entrevista de pronto encuentren valiosa. Resulta que, hace ya algunos años, conocí por azar al que a la sazón presidía el Partido Comunista Colombiano, personaje al que los terroristas paramilitares hicieron exiliar en Cuba, donde ingenuamente creí que estaría feliz de recalar: ¿acaso no es el sueño de todo adicto al castrismo vivir donde se fragua, hace ya tanto, “la revolución”? Pues ocurrió todo lo contrario. A poco de marchar muy contra su voluntad -ahora lo entendía-, comenzó el trasiego epistolar esta vez con alguien muy cercano a mí. Desespero, tedio, rabia e impotencia era lo que revelaban sus cartas, en las que aceptaba sin sonrojo que le hacían falta el whisky y las opíparas comidas que, en torno a la defensa de la izquierda y sus ideas, se celebraban con tanta frecuencia en nuestro país. Todo un comunista para sus correligionarios colombianos, incapaz de resistir, con todo y que disfrutaba del favor del comandante, los rigores del sistema-régimen tantos años defendido. No bien vio la oportunidad de regresar, no dudó en hacerlo, para reintegrarse a la “socialbacanería”, un término acuñado por alguien del que tendremos ocasión de hablar en extenso más adelante, y que describe -con mucho acierto, me parece- a esa izquierda que saca réditos personales de la lucha por los desfavorecidos, en clubes y entre whisky y whisky. Un estilo de vida cínico, de hombres duplicados que vociferan lo que sus actos desmienten, lo que no sé si me causa más risa que indignación o más indignación que risa.

 

Me asalta esta duda, o más bien estas dos preguntas: ¿le acarreó a usted su disenso con los personajes de marras consecuencias de algún tipo? ¿A qué se debe que aquella práctica que sus palabras y mi ejemplo señalan haya cobrado tanta fuerza entre muchos académicos y políticos de izquierdas?

“Desde mi ruptura con Cuba, a fines de los sesenta, había pasado a ser objeto de los ataques de muchos de ellos, pero, aun así, tenía la sensación de que actuaban como lo hacían -defendiendo lo que defendían- guiados por una fe y por unas ideas. Después de haber visto esa abdicación moral generacional de los intelectuales peruanos, en los años de la dictadura velasquista, descubrí lo que aún hoy creo: que aquellas convicciones no son para la gran mayoría sino una estrategia que les permite sobrevivir, hacer carrera, progresar […] Entonces entendí una de las expresiones más dramáticas del subdesarrollo. Prácticamente no había manera de que un intelectual de un país como el Perú pudiera trabajar, ganarse la vida, publicar, en cierta forma vivir como intelectual, sin adoptar los gestos revolucionarios, rendir pleitesía a la ideología socialista y demostrar, en sus acciones públicas -sus escritos y su actuación cívica-, que formaba parte de la izquierda. Para llegar a dirigir una publicación, progresar en el escalafón universitario, obtener las becas, las bolsas de viajes, las invitaciones pagadas, le era preciso demostrar que estaba identificado con los mitos y símbolos del establecimiento revolucionario y socialista. Quien no seguía la invisible consigna se condenaba al páramo: la marginación y frustración profesional. Esa era la explicación. De ahí la inautenticidad, esa -según fórmula de Jean-Francois Revel- “hemiplejia moral” en que vivían, repitiendo por un lado, en público, toda una logomaquia defensiva -especie de contraseña para asegurar su puesto dentro del establishment-, que no respondía a ninguna convicción íntima, mera táctica de lo que el anglicismo llama “posicionamiento”. Pero, cuando se vive de este modo, la perversión del pensamiento y el lenguaje resulta inevitable”.

Como inevitable ha sido el alejamiento de las generaciones posteriores a los años sesenta de la política. Y no sé cuánto hayan incidido en ese fenómeno cada vez más palpable las contradicciones del progresismo, tan capaz de seducir entonces la rebeldía y el inconformismo de los jóvenes.

 

Muchos de sus contradictores lo acusan de usar un doble rasero para juzgar lo atinente a algunas medidas políticas y económicas que se han tomado en ciertos países de América Latina, las cuales, sostienen, no son diferentes de las que se han tomado en países del Primer Mundo como Francia y su nacionalización de los bancos en tiempos de Francois Mitterrand.

“Quienes razonan así no entienden que una de las características del subdesarrollo es la identidad total del gobierno y el Estado. En Francia, Suecia o Inglaterra una empresa pública conserva cierta autonomía del poder político; pertenece al Estado y su administración, su personal y su funcionamiento están más o menos a salvo de abusos gubernamentales. Pero en un país subdesarrollado, ni más ni menos que en un país totalitario, el gobierno es el Estado y quienes gobiernan administran este como su propiedad particular, o, más bien, su botín. La empresa pública sirve para colocar a los validos, alimentar a las clientelas políticas y para los negociados. Esas empresas se convierten en enjambres burocráticos paralizados por la corrupción y la ineficiencia que introduce en ellas la política. No hay riesgo de que quiebren; son, casi siempre, monopolios protegidos contra la competencia y tienen la vida garantizada gracias a los subsidios, es decir, el dinero de los contribuyentes”.

Nosotros los colombianos sensatos, por desgracia tan escasos en los tiempos que corren y acaso en todos los tiempos, reconocemos en los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez la convicción convertida en práctica de que, como usted lo compendia, “el gobierno es el Estado “, que administró, junto con sus adláteres, como “su propiedad particular, o, más bien, su botín”. Y no es que Colombia no supiera de corrupción antes de que Uribe Vélez llegara a la Casa de Nariño en 2002 (pues nuestro país, como el suyo, sufre sus efectos desde tiempos inmemoriales), sino que asistió a un fenómeno prácticamente -y digo prácticamente por el odioso precedente de Samper- desconocido hasta aquella fecha: la instauración de la trampa, el chanchullo y la ilegalidad a todos los niveles, que en adelante se perpetrarían sin pudor e, incluso, como quien de antemano sabe que su obra es legítima y necesaria. Si alguien quiere ejemplos de argucias discursivas tendentes a encubrir prácticas de corrupción nefandas, no tiene más que estudiar las réplicas del expresidente Uribe Vélez cada que un nuevo escándalo estallaba y estalla en los medios de comunicación. O las de sus paladines, tan dispuestos a desviar la mirada y a hacer pasar por transparente lo que, a los ojos de cualquier ciego como yo inclusive, desborda lo tenebroso.

 

¿Qué representa -no me atrevo a utilizar el pretérito de indicativo- Fujimori o el fujimorismo para el Perú?

“La desaparición de la legalidad y el retorno de la era de los ‘hombres fuertes’, de gobiernos cuya legitimidad reside en la fuerza militar y las encuestas de opinión”.

Se me antoja que no en vano a Uribe y el uribismo se los compara con Fujimori y el fujimorismo, de los que su amigo Plinio Apuleyo Mendoza y otros adictos al expresidente buscan siempre, sin embargo, diferenciarlos. Pero tiene usted razón, pues las encuestas de opinión, que hasta hoy le han sido favorables a quien gobernó a Colombia entre 2002 y 2010, le dan el aval para que, incluso ahora que se encuentra apeado del poder, siga opinando y torpedeando algunos proyectos de ley que muy mal le caen a su talante de “hombre fuerte” que usted, discúlpeme la franqueza, jamás censuró ni de lejos con la misma vehemencia con que ha censurado el de Chávez, pongamos por caso. Y claro que sé que, sometidas a comparación, las prácticas corruptas y politiqueras del venezolano, de tan desproporcionadas y torpes, hacen que las del colombiano les parezcan a algunos temas de escasa valía, actitud que puede denotar ignorancia o artería, como sucede con su amigo escritor y columnista, que de ignorante no tiene un pelo pero una cabellera de artero.

 

¿Qué les preguntaría usted a esos peruanos, colombianos y venezolanos que añoran y defienden a capa y espada a sus caudillos y los desmanes de estos, que se escudan tras el argumento de que no representan los intereses ni las ideas partidarias de viejo cuño?

“¿De qué sirve la saludable reacción de la ciudadanía contra el apolillamiento de los partidos tradicionales, si ella conlleva la entronización de esa agresiva forma de incultura que es la ‘cultura chicha’, es decir, el desprecio de las ideas y de la moral y su reemplazo por la chabacanería, la ramplonería, la picardía, el cinismo y la jerga y la jerigonza?”.

Un caudillo ora de derechas -Uribe-, ora de izquierdas -Chávez- no se distingue del otro en lo esencial: los dos -Uribe y Chávez- desprecian toda idea que difiera de su monolítica visión del mundo; para ninguno de los dos -ni para Uribe ni para Chávez- existe más moral que la de su código personal; los dos -tanto Uribe como Chávez- son chabacanes, ramplones, pícaros y cínicos redomados que apelan en sus arengas panfletarias e incendiarias a la jerga y la jerigonza para captarse el favor de los que en ellos ponen sus esperanzas.

 

Yo no podría concluir este diálogo-entrevista con nuestro Nobel peruano sin hacerle una pregunta -la penúltima- cuya respuesta deseo más que nada en este momento conocer. ¿Cómo influyeron los años que le dedicó a la militancia política en su perspectiva sobre la ficción, si es que lo hicieron?

“Desde muy joven he vivido fascinado con la ficción, porque mi vocación me ha hecho muy sensible a ese fenómeno. Y hace tiempo que he ido advirtiendo cómo el reino de la ficción desborda largamente la literatura, el cine y las artes, géneros en que se la cree confinada. Tal vez porque es una necesidad irresistible que la especie humana trata de aplacar de cualquier modo y aun por conductos inimaginables, la ficción aparece por doquier, despunta en la religión y en la ciencia y en las actividades más aparentemente vacunadas contra ella. La política, sobre todo en países donde la ignorancia y las pasiones juegan un papel tan importante en ella como el Perú, es uno de esos campos abonados para que lo ficticio, lo imaginario, echen raíces”.

 

He de confesar a usted y a los lectores cuánto me sorprendió el enterarme, leyendo sus memorias, de que Mario Vargas Llosa es prácticamente un abstemio, pues se tiene la sensación -al menos yo la tengo, o ¿la tenía?- de que en cada escritor y en cada artista reside un “dipsómano”. (Apelo a este término ante el desprestigio en que ha caído la palabra bohemio y la bohemia misma.) Pero eso no es todo. También se piensa que en cada escritor y en cada artista reside un Casanova con sus 132 conquistas, una idea que sobre usted acrecienta la exuberancia erótica que despliega en esas dos novelas en las que la sensualidad de doña Lucrecia y don Rigoberto -y la incipiente pero incisiva de Fonchito- es, por encima de ellos, protagonista de primerísimo orden. ¿Participa usted de esa reputación donjuanesca que tan bien parece conocer?

“Nunca he sido bueno en el deporte común de meter cuernos, que he visto practicar a mi alrededor, a la mayor parte de mis amigos, con desenvoltura y naturalidad; yo me enamoraba y mis infidelidades me acarreaban, siempre, traumas éticos y sentimentales”.

Quiero agradecer al maestro Mario Vargas Llosa, en nombre de la Sagrada Secta de los Ciegos en América Latina y de su blog, los cuales me honro de presidir, por este diálogo-entrevista que nos concedió a través del oráculo de su voz presente en sus memorias, y por sus respuestas siempre inteligentes y respetuosas del también sagrado derecho a la discrepancia.

sábado, 26 de marzo de 2011

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (I)

INTRODUCCIÓN


Soy ciego de nacimiento y me horroriza pensar -como le ocurre a Fernando Vidal- que nada está echado a la suerte; que tal vez las coincidencias no existen, como él reiteradamente afirma. Lo digo porque, cursando el primer semestre de esta maestría, la profesora que me dictó una cátedra sobre Ernesto Sábato intentó persuadirme de escribir mi ensayo de final de curso acerca del Informe sobre ciegos, un tema manido en opinión del que entonces estudiaba, que optó por uno en modo alguno relacionado con ciegos o cegueras. Me olvidé del asunto, aunque sería mejor decir que lo dejé caer en los fosos de la memoria.

Urgido por la premura del tiempo -ya llevaba cinco años de estudios y asuetos-, comencé a discurrir por entre posibles temas para mi trabajo de grado, que cedían el paso a otros que se antojaban menos manoseados. La producción novelística de Héctor Abad Faciolince -inexplicablemente desatendida por la crítica- le hizo sitio a una escaramuza de literatura comparada, que buscaba relacionar dos novelas “mesiánicas”: la del escritor venezolano Miguel Otero Silva (La piedra que era Cristo) y la del portugués José Saramago (El evangelio según Jesucristo), que me descartaron por mis muy rudimentarios conocimientos de Las Escrituras.

Mientras recaudaba artículos y fotocopiaba libros en relación con ese escurridizo Jesús en la biblioteca Luis Ángel Arango, seguro del ineluctable fracaso, apareció ella, la experta en Sábato que años atrás me insinuara el camino de la Secta, que yo me resistí a transitar porque, lo entendí justo allí, sentado con mi lectora ante una mesa de la biblioteca, no valía la pena seguir abundando en la metáfora sabatiana, a menos que se la estudiara con una clara intención, y matizada con otra obra que nos procurara el contraste de lo análogo. Fue así como, ya en casa y con la amargura de una nueva deserción pero inquieto por la nueva promesa temática, di en recordar que esa novela, Ensayo sobre la ceguera, leída recientemente y denostada por el recuerdo podía contener (como lo probó su relectura) los elementos que me permitirían poner a dialogar las dos obras.

La intención estaba clara: mi tesina dejaría de soslayar la ceguera y la miraría a los ojos, no sólo como símbolo, sino como hecho literario y realidad novelesca. Asimismo, se ocuparía de ellos, de los ciegos, cuya simbiosis con su ceguera no los despoja del derecho que tienen a que se los estudie como personajes, pues eso y no otra cosa son. Para tal fin (me vienen como de molde), echo mano de las inteligentes reflexiones ensayísticas de Kenneth Jernigan, un ciego de mirar hondo, como miran los ciegos de Sábato, que no los de Saramago.

Jernigan, en su ensayo Blindness: Is Literature Against Us?, concluye que son nueve las proteicas formas que de la ceguera ha ido incubando la literatura en toda su historia, y que enumero enseguida en mi traducción al español: la ceguera como resarcimiento y poder milagroso (en compensación por su malhadado sino, los ciegos reciben dones que sólo a ellos -recuérdese a Tiresias- les son dados); la ceguera como caos irredimible (los ciegos, por hallarse huérfanos de la luz, están condenados a un perenne cataclismo); la ceguera como estulticia e indefensión (no ver supone la incapacidad de siquiera poder lucubrar, lo que reduce a los ciegos a unas ínfimas posibilidades de sobrevivir a su tragedia); la ceguera como acerba iniquidad (los ciegos, movidos por su resentimiento, prodigan crueldad con saña); la ceguera como virtud incuestionable (por no poder ver el mundo, los ciegos no participan de sus miserias y se yerguen como efigies de lo acendrado, que no es humano); la ceguera como consecuencia del pecado (privar de la luz al que transgrede no tiene parangón entre los castigos terrenales); la ceguera como desfiguración de la condición humana (su fisonomía, por serles esquiva como esquivos les son los espejos, a los ciegos no les importa y menos aun a quienes viendo parecen no darse por enterados de su presencia); la ceguera como depuración (a diferencia de la ceguera como consecuencia del pecado, la purificación consiste en querer expiar una culpa por mano propia -Edipo es el mejor ejemplo-); la ceguera como símbolo o parábola (esta es la forma de la metáfora de que indefectiblemente parte cualquier escritor que se sirva de Ella para proponer una visión de mundo). Resulta tan eficaz esta tipología, que nueve de las nueve “cegueras” se dejan fotografiar en este trabajo de grado.          

En virtud del reconocimiento de que gozan los dos novelistas, abunda la crítica literaria que se ha inspirado en la obra de José Saramago y de Ernesto Sábato. Y no es escasa la que se ha escrito acerca del Ensayo sobre la ceguera y el Informe sobre ciegos, sin desmedro de la novela del portugués pese a los 37 años que la separan de la publicación de Sobre héroes y tumbas, novela de la que procede el Informe. Reseñemos brevemente a continuación algunas de esas reflexiones, no sin antes advertir que en la bibliografía reposa todo el corpus consultado.

Andrés Barragán, en 2003, presentó su monografía meritoria en literatura -Palabras grabadas en la ceguera: Ensayo sobre la ceguera de José Saramago- que, contra lo esperado, alude a una ceguera que, si bien se nominaliza, no logra conceptualizarse, desvaída en razón del abrumador tumulto de bagatelas de todo tipo que infestan la novela del premio nobel. Por su parte, Tomás Granados no escatima palabras para granjearle a Saramago nuevos lectores (previniéndolos eso sí “contra” el mirífico riesgo de aceptar el lance narrativo) en su artículo El peligro de leer a Saramago, publicado en 1996 en la revista Quimera. Pero es Juan José de Narváez quien emerge de entre sus desazones en relación no sólo con el Ensayo sino con gran parte de la obra saramaguiana, para dialogar y discrepar de las apreciaciones de Barragán y Granados, así como para apuntalar muchas de las “subversivas” hipótesis de este trabajo.

A un lector aplicado le llevaría días o acaso meses leer la caterva de artículos y monografías que, desde el observatorio del psicoanálisis, se han escrito a propósito de la obra del argentino nonagenario. El “Informe sobre ciegos”: un viaje simbólico hacia las sombras de María Ema Llorente y El informe sobre ciegos en la novela de Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas de Silvia Martínez son apenas dos ejemplos de una mirada recurrente a la vez que miope sobre la ceguera: un símbolo que reclama mucho más que postulados teóricos. Felizmente, nuevos y más ambiciosos acercamientos han visto la luz, catapultando por fin a Sábato y a su obra al reino de las múltiples miradas, de las que, sin que quepan dudas, la más aguda e incisiva es la de Luis Wainerman, quien en su esclarecedor libro Sábato y el misterio de los ciegos acierta en gran medida con lo que, a mi juicio y de acuerdo con mi lectura, el novelista concibió a partir de su metáfora. Huelga decir que es a Wainerman a quien mis ojos buscarán con mayor insistencia cuando del Informe se trate para, “a cuatro manos”, desbrozar y allanar el tortuoso camino que conduce a la Secta de los ciegos sabatianos.

Esta propuesta comparativista (entendido el comparativismo como el quehacer que establece relaciones que entrañan otra forma de crítica, que junta cosas y separa otras, es decir, una nueva forma de conocimiento distinta de la mirada sobre textos en sí mismos que no privilegiaría, como sí sucede aquí, lo diverso en los autores que en nuestro caso se ocupan de la ceguera) tiene cinco momentos que son el fruto de mi percepción como lector: un hallazgo que le da coherencia al análisis de las dos obras. Cada uno de esos cinco momentos -explorados en igual número de capítulos- se ha nominalizado teniendo en cuenta su naturaleza: la epifanía convoca al lector a la súbita presencia de la ceguera que, no de idéntica manera, irrumpe y cobra vida en cada obra; la entronización allana el camino que habrá de recorrer la ceguera en su tránsito hacia el plural contagio; la endemia, la culminación de esa correría, trasciende la instancia de la triunfal marcha de la ceguera y espolea al lector que no ha de llegar tarde al enceguecimiento colectivo; la disipación “rescata” al lector y lo devuelve a los terrenos de la “certidumbre” ocular; los testigos de excepción son el o los personajes que tuvieron el privilegio o la desgracia de contar con ojos en un “mundo de ciegos”.

Metodológicamente, este ejercicio lector se funda en una hermenéutica textual (seguimiento de la trama, episodios clave, motivos recurrentes, focalizaciones, etc), guiada y enriquecida con categorías provenientes de la ceguera (las nueve de que habla Jernigan) como condición y como visión.

Las dos novelas paren fábulas inverosímiles pero con resultados harto disímiles. Ensayo sobre la ceguera narra el derrumbamiento a que se ve abocada toda una ciudad que, por carecer de quien la regente -pues todos se han quedado ciegos-, se convierte en un pandemónium: solo la capital del infierno puede competir con ella en caos. Lo que en un principio parecía ser un simple contratiempo de hora pico (un hombre al volante que no atina a poner en marcha el motor de su auto),  resulta ser el avistamiento de la desgracia y el horror (un hombre que se ha quedado ciego de repente). Sin embargo, ese horror no asperjará su agua maldita sobre la fauna humana hasta tanto el Ministerio de Salud se pronuncie sobre los alcances de la infección óptica. Cuando eso ocurra, la razón -si alguna vez existió- habrá desaparecido; ningún tipo de institución se mantendrá vigente; la vida se verá despeñada por la sima del primitivismo del miedo cerval.

Informe sobre ciegos, tercera de las cuatro partes que componen la novela de Sábato Sobre héroes y tumbas, narra las peripecias de Fernando Vidal -un “investigador del mal”- quien, después de padecer los rigores de su obsesión por los ciegos, decide hurgar en su misterio. Su indagación, valerosa y temeraria, lo lleva por tremedales que amenazan con devorarlo, como a la postre ocurre. Pero su audacia e inteligencia le confieren lo que para los más está vedado: el derecho de otear en lo sagrado y de campear por su secreto.

La ceguera como visión de mundo en Ensayo sobre la ceguera de José Saramago e Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato: Lo uno y lo diverso (II)

1. LA EPIFANÍA DE LA CEGUERA

“...los hombres somos como ciegos que salen de cacería,
andamos a tientas para aprehender lo que está echado delante,
y sólo retenemos los hechos que somos capaces de explicar;
los otros, los que no se avienen al numen de nuestra vivencia
fundamental, los desechamos; somos incapaces de captarlos.”
(Wainerman, 34)


La palabra epifanía alude a una aparición o a una manifestación de alguien -una deidad-  o de algo revelador que causa gran júbilo u honda consternación, y el ungüento que resulta de su mezcla es el asombro que suscita la irrupción inusitada: la irrupción de la ceguera.

Ya no pudo ver el disco amarillo. Ni la señal roja. Ni la silueta del hombre verde en el indicador del paso de peatones. Acaso todo ello fuera ya parte de su recuerdo. Estaba ciego: “Estoy ciego, estoy ciego.” (Ensayo, 11) Y la desesperación con que es proferida aquella sentencia, “pierde eficacia, envuelta en dispendiosas minucias” (Narváez, 83), así como en la repetición incesante del malhadado vocablo, que termina por tornarse odioso.

El ciego (que más adelante será apenas un ciego) que llora, que implora, que rehúsa ir a un hospital, que sólo quiere que se lo acompañe hasta la puerta de su casa, que murmura y vuelve a llorar, que dice verlo todo blanco, que agradece, que reflexiona, que percibe la inercia del motor de su carro, que agita las manos ante la cara, que arrastra los pies y tropieza, que cree poder arreglárselas para llegar desde el portal de su casa hasta el tercer piso donde queda su apartamento, que vuelve a agradecer, que tantea las llaves por ver si encuentra la correcta, que recela y declina la ayuda que se le ofrece, es apenas una pobre alegoría de la impotencia. Pero de una impotencia propuesta y a la vez descuidada por el autor.

Aquel primer ciego, no obstante el estado de postración e indefensión en que se lo quiso mostrar en la primigénesis de su afección y al que será arrojado definitivamente en adelante, puede no sólo percibir sino discernir el “ruido” de un ascensor que baja, detras de la puerta cerrada de su apartamento: inverosímil y absurda pamema. No bien el lector consigue volver de su estupor, una pamplina semejante le salta a los ojos: tras tumbar un florero en su comienzo en aquel mundo níveo y acometer el reconocimiento del estropicio al tacto, logra, haciendo pinza con dos dedos de una mano, extraer un pedazo de cristal que se le había clavado en la otra. Dos “hazañas” que no escapan a las posibilidades de un ciego (no cualquiera) habituado a su ceguera, pero sí a las del mal blanco, que se amanceba con la incapacidad, de la que se olvida el autor impunemente en ocasiones como esta.

No bien pasados 30 minutos de su desgracia, el primer ciego, ese mismo, cual si llevara sumido meses en su océano de leche, da en reflexionar que “... la oscuridad en que los ciegos vivían, no era, en definitiva, más que la simple ausencia de luz, que lo que llamamos ceguera es algo que se limita a cubrir la apariencia de los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un velo negro.” (Ensayo, 16), que contrasta con las líneas precedentes en que, rememorando un juego de adolescencia, llega a la conclusión de que la ceguera es “sin duda una terrible desgracia” (Ensayo, 15)

Estas fisuras en el discurso de la novela sin duda se parecen a las del discurso de su autor, que es capaz de opiniones tan contradictorias como las siguientes:

“In my opinion, each word in itself is a story. The words we utter between the moment we get out of bed in the morning and the moment we go back there at night, as well as the words of dreams or those that try to describe dreams, all constitute a story that is concurrently rational and crazy, coherent or fragmentary, and as such can at any moment be structured and articulated into a story, whether written or not.”[1] (Saramago, 2006)

“...las palabras no son más que las palabras y, a propósito, a veces digo que ninguna palabra es poética en sí misma y que lo que la hace poética es la palabra que está al lado, interactuando, es como si una palabra regala y da algo a la que la sigue o la precede.” (Jitrik, 2006)

El texto, por alimentarse de palabras, como sus conceptos -los del autor-, vacila, trastabilla. Cualquier incauto “leedor”, ofuscado por la Apocalipsis de la trama, podría espetarle a quien tantea entre estas líneas que lo que aquí se revela como fisuras no son sino contrasentidos puestos allí a capricho por el escritor. Siento discrepar: según se avanza, de entre los pliegues del discurso afloran boquetes por entre los que se cuelan infinitas flaquezas literarias.

Demasiado rápido agotará Saramago su muy escaso saber sobre los ciegos (“ignorance is truly the greatest of all tragedies”[2]; Jernigan, 2006), luego se verá obligado a someter “...a los personajes a unas experiencias y condiciones de vida tan brutales, que éstos deben dejar de lado las consideraciones filosóficas, políticas e, incluso, religiosas, para dedicarse a sobrevivir.” (Barragán, 4)

Es cierto que las experiencias son brutales: a los personajes se los intenta desantropomorfizar, y por tal razón (me veo forzado a disentir nuevamente), no es que dejen de lado las reflexiones. Se trata simplemente de que, vaciados de casi toda condición humana, son incapaces siquiera de lucubrar. Y así, dando dubitativos pasos de ciego “advenedizo”, se presenta el mal blanco ante el sobrecogido “adventure lover” y el desconcertado lector.

No dubitemos nosotros en pasar adelante y ver de qué va la epifanía en el Informe:

Fernando Vidal, instalado en aquel presente de 1947, frente a Plaza Mayo, la vio: “Delante de mí, enigmática y dura, observándome con toda su cara, vi a la ciega que allí vende baratijas.” (Informe, 289) Ella es quien intuye su cercanía y lo sabe presente; lo desabstrae y lo convoca a su presencia; lo fuerza a detenerse y a mirarla: su pétreo rostro y su inefable expresión. Fascinante y sobrecogedora se le antoja a Vidal la ciega que le observa “con toda su cara” (Informe, 290)

Cierta de que allí está, pues lo ve, hace que el tiempo no transcurra ni destranscurra, sino que se paralice, sí, como Vidal, porque aquí, en la novela de Sábato, ellos no sólo ven o parecen hacerlo, sino que vigilan, ubicuos, a los hombres. Disipada la fascinación, no le queda otro recurso que huir, aterrado, hacia la muerte.

Indagar en la ceguera es indagar en lo desconocido, en lo pavoroso. Y para hacerlo, Vidal debe vigilarlos. No ignora su jerarquía; los reconoce como Organización, como Logia. Sabe que debe andarse con tiento: no desconoce que sus enemigos espían, e incluso que pueden decidir sobre su destino, sobre su vida, como a la postre lo hacen. No ignora que la Secta de los ciegos levita, invisible, tras defensas exteriores que, por razones de incauta compasión o de soterrado poder, la protegen, la escoltan.

Para acceder al “mundo de los ciegos” es preciso violar el Gran Secreto, pero debe hacerse si de veras se pretende llegar hasta “... esos tenebrosos suburbios donde los lugares comunes empiezan a ralear más y más, y en los que empieza a sospecharse la verdad.” (Informe, 290, 291)

¿De qué verdad se nos habla aquí? ¿Será acaso la de que “al decir de los místicos, el que nombra la Divinidad y la utiliza en su provecho lo paga con la condena eterna o la locura” (Wainerman, 13), que él bien conoce? De cualquier modo, hacerse con la verdad trae consigo la muerte. Sabedor de aquel destino, marcha en pos de ella: se interna, como Dante, en “las regiones prohibidas” donde empieza a reinar la oscuridad metafísica, y donde se agita una multitud de seres abominables, de los cuales “... los ciegos comunes son apenas su manifestación menos impresionante.” (Informe, 292)

El lector de Sábato sabe que, junto con Vidal, corre el riesgo de perecer, pero poco le interesa. Cegado por tanta luz, avanza, temerario, hacia el abismo.

Acabamos de concurrir a la epifanía de dos “cegueras” diferentes, que son la manifestación de dos disímiles formas de concebir la metáfora. Saramago construye un personaje (el primer ciego) que al pronto metamorfosea sin apenas percatarse, lo cual acusa improvisación y ligereza: el tacto que le permite reconocer llaves y orientarse -sin aprendizaje previo- en el desconcierto y la fatalidad de lo desconocido -la incipiente ceguera-, lo mismo que el poderoso oído de ciego de nacimiento que como por ensalmo escucha ascensores que descienden a la distancia y tras puertas cerradas, le son retirados de golpe y porrazo, para dejarlo caer (junto con los demás ciegos que hasta este punto nos han hurtado su monolítico rostro) en la desesperanza de su postración. Sábato, a su turno, se apuntala en una caracterización que desde el primer encuentro a bocajarro de Vidal con la ciega en Plaza Mayo tendrá la misma catadura: ciegos que paralizan con su mera presencia; ciegos dotados de los mismos poderes que rozan lo supraterrenal, pero individualizados por jerarquías, a las que se hará referencia en su debido momento.


[1] (A mi juicio, cada palabra es una historia: Así las que proferimos cuando comienza el día o éste termina, como las de los sueños o las que intentan describirlos. Todas y cada una de ellas constituyen una historia que es a un mismo tiempo racional o trastornada; coherente o inconexa, cuyas posibilidades van de lo escrito a lo oral.) Todas las traducciones del inglés al español son mías.
[2] (La ignorancia es sin lugar a dudas el peor de todos los infortunios)