martes, 23 de marzo de 2021

Cuarenta desahogos, todos breves o muy breves

Aunque el nombre de este blog hace innecesaria la aclaración, aclaro que estos textos muy cortos que no me atrevo a llamar aforismos sino a duras penas pensamientos, me han surgido siempre, o casi, cuando estoy leyendo algo (una columna de opinión, un poema, una crónica, un cuento, un reportaje, una novela, una entrevista, un ensayo...) necesariamente inteligente. Se los participo, en la esperanza de que alguno les resulte interesante.

 

1.    En la infancia, cuando no es una infancia desdichada y trágica, hasta los miedos, cuando no son miedos fundados y terribles, saben y huelen a felicidad.

2.    Así como al hombre no se lo puede despojar de las ambiciones que le son inherentes a fin de que la insensatez socialcomunista sea viable, tampoco se lo puede obligar a que renuncie a sus secretos y sus reservas, a sus intimidades y sus ocultamientos, en aras de una transparencia que yo sólo querría para quienes administran los Estados y sus recursos y sólo para ellos.

3.    A los seres humanos nos cuesta entender primero y aceptar después, para por último resignarnos, que aquello a lo que deseamos apostarle nuestro prestigio no se nos da bien; que otros, a veces sin proponérselo siquiera, descuellan en nuestra obsesión y nos afrentan con su éxito.

4.    En tanto que los animales carentes sufren por lo inmediato, los seres humanos -pobres diablos- sufrimos por lo inmediato, lo pasado y lo mediato. ¿Quién es más desdichado?

5.    Si, parafraseando a García Márquez, el sexo es el sucedáneo del amor, entonces la paja lo es del coito.

6.    Sólo hay dos (o tres) actitudes comprensibles frente a la vida: la del que se resigna a su suerte y no se queja, y la del que no se resigna y lucha o, en su defecto, se mata.

7.    Un gobierno, un Estado que no soporta la verdad es cuando menos un gobierno, un Estado autoritario.

8.    Abreviemos diciendo que la discriminación es más que un derecho en tanto en cuanto se la ejerza mediante el poder civilizatorio de los buenos modales y la cortesía.

9.    ¡Muerte a Mikolka! Pero antes muélanlo a palos.

10.  ¡Para mí el parnaso o si no el fracaso!

11.  La vida me ha enseñado que es más fácil dar con un grupo de estudiantes todos excelentes que con un buen interlocutor.

12.  Cuando la inminencia de morir es considerable -la sospecha de una enfermedad grave-, alta -una pandemia- o muy alta -un bombardeo-, ahí sí que cabe la bobería esa de “vivir cada día como si fuera el último”.

13.  El problema de estar sumamente politizado y ser columnista -William Ospina, Mario Vargas Llosa- es que se pierden las dosis mínimas necesarias de ecuanimidad que son indispensables para que la opinión sea respetable y no se preste para caricaturas.

14.  Jamás me sumo a una protesta en la calle sin antes analizar el porqué debería o no sumarme, el para qué se está protestando y el con quién es que voy a protestar si decido hacerlo.

15.  La mejor innovación es la que no se hace cuando no se necesita.

16.  Aceptémoslo: el anacrónico y muy nocivo precepto “crescite et multiplicamini” es lo que tiene jodido al mundo.

17.  El poder del que sabe argumentar obra los efectos esperados sólo en quien sabe escuchar, leer, porque él es el único capaz de admitir que o estaba equivocado sin ser del todo consciente de estarlo, o lo estaba por su incapacidad de reflexionar por sí mismo en lo que el argumentador sí consigue que pensemos.

18.  ¿Pero cuándo fue que se desalojó de la universidad (y de la escuela toda) la certeza de que la ciencia sin nociones sólidas de letras está tan huérfana como éstas sin nociones científicas sólidas? ¿Acaso por la misma época en que se dejó de valorar al que enseñaba con arte para transmutarlo en remedo de científico y en muchos casos pésimo y desganado transmisor de conocimientos?

19.  Y viene la pregunta del millón: ¿quién, entre el científico y el político que se complotan para diseñar un arma letal que mate a cuantos más mejor, es más canalla y avieso?

20.  Lo suyo no es literatura; lo suyo es un largo y continuo flatus calami.

21.  Guardadas las proporciones, conmigo y mi madre se repite -seguramente por millonésima vez-, con cambio de escenarios y circunstancias e idiomas, la historia que en su día protagonizaron Arthur Schopenhauer y la suya, tan jovial como Orfi.

22.  Si Lear es la prueba fehaciente de que la vejez no siempre trae aparejada la sensatez, su hija Cordelia lo es de que la sinceridad y la franqueza casi siempre pierden al que las cultiva.

23.  Qué ganas de rezar... ¿Pero y a quién?

24.  Sí, que vivan el espíritu y el escepticismo científicos, pero no a expensas de lo real maravilloso o lo supersticioso poético, pues pueden convivir y cada cual a lo suyo.

25.  Todo desinformado es masa.

26.  La prueba de verdad incontrovertible de que yo nací vacunado contra los efectos más deletéreos del pensamiento mágico y el fanatismo religioso es que, fascinándome como me fascinan las nínfulas, no haya abrazado la fe que promete huríes después de esta vida.

27.  Pero es que cualquier cosa que le diga el sensato al insensato, el conciliador al fanático, cualquiera, va a caer, siempre, en suelo infértil.

28.  Ya sé qué es la eternidad: el tiempo que transcurra, lentísimo, entre hoy y el minuto en que por fin me extinga.

29.  Para que el pensamiento científico prevalezca sobre el pensamiento mágico, se debe estar vacunado -y bien vacunado- contra el pensamiento desiderativo.

30.  Sólo el día que el Estado empiece a legislar sobre los nacimientos, que legisle sobre la muerte. Antes no.

31.  No: la objetividad no es para el que sufre la guerra en carne propia sino para los que hasta ahora hemos estado, si se quiere, al margen de sus rigores; lo cual no quiere decir que no se pueda tomar partido: se puede e incluso se debe hacer, pero no a expensas de la verdad.

32.  Es eso exactamente: aquellos que “nada” han tenido que ver con esta o aquella guerra, pero que sienten afinidad con los que la libraron o la padecieron, hablan como si en ella hubieran combatido o como si debido a ella hubieran perdido cosas muy queridas, y lloran y reniegan y se embriagan de un orgullo prestado. A mí, que por fortuna no he sido todavía víctima directa de policías o militares corruptos, de narcoguerrilleros o narcoparamilitares bandidos y terroristas, me corresponde intentar comprender el dolor de quienes sí lo han sido de unos o de otros o de unos y de otros, a fin de mantenerme, en la medida de lo posible, equidistante con respecto a todo.

33.  ¿Que no tengo derecho -alegan los alharaquientos e hipócritas ‘provida’- a dejar de ser, motu proprio, microbioma y biomasa? Cuando me suicide hablamos.

34.  En el paulatino desdibujamiento de tantas lenguas -tal vez de todas- plagadas de anglicismos mal pronunciados, cuyas sintaxis y gramáticas sufren a diario importante deterioro (y no por culpa del inglés a secas sino de sus respectivos hablantes nativos que ni se enteran del estropicio), se patentizan, más que en cualquier otra realidad, los verdaderos alcances de la globalización.

35.  Un historiador, más que cualquier otro profesional, del campo que sea, debe ser un cosmopolita e incluso un apátrida.

36.  Muchos hablan de los pobres vergonzantes, tan dignos ellos. Pero y ¿quién de los lectores vergonzantes, que también tanto sufrimos?

37.  Hasta hace unos años llegué a pensar que aquello de la ‘cultura traqueta’ era un cáncer que al parecer “sólo” corroía a los italianos, los colombianos y los mexicanos. Pero ahora, después de ver a Trump y a Bolsonaro -para mencionar no más que a los peores entre los matones de salón de clases- izarse al poder y recibir vítores y aclamaciones por parte de sus votantes y lenidad y alcahuetería por parte de los que dizque se les oponen, concluyo que ni de esa ni de ninguna otra miseria humana ninguna sociedad puede declararse a salvo. Y el mérito de tal despropósito debe otorgárseles a sus propiciadores, o sea a los pseudoeducadores que llevan décadas promoviendo la abolición de los tan necesarios distingos entre estudiantes excelentes, buenos, mediocres, malos y pésimos y a las sociedades que los secundan en semejante aberración.

38.  Una prueba de que el mundo de hoy -el mundo de las redes- es más imbécil que nunca es que los imbéciles deciden la agenda y prácticamente todos los demás, sensatos e instituciones respetables inclusive, se pliegan a ella sin rechistar: que sí al lenguaje inclusivo y la duplicación del género pero respetando la sagrada economía del lenguaje los lunes, que sí feminismo pero no feminismo supremacista blanco los martes, que sí comunidad LGBTI pero no transgenerismo femenino los miércoles, que el centro del espectro político no existe pero sí las democracias iliberales los jueves, que sí libertad de enseñanza pero reglada por los padres de familia y los pastores de iglesia los viernes, que un no rotundo a las clases de educación sexual en las escuelas pero un sí estruendoso a la pornografía del reguetón y las pantallas los sábados, que por qué putas no acabamos de una vez por todas con las malditas fronteras que dividen al mundo pero que por favor no me dejen entrar un cochino inmigrante más a este país los domingos... ¿Y si no les prestamos más oreja y los dejamos gritando solos, hasta el desgañite imposible?

39.  Cuando oigo a muchos de mis estudiantes -que es como oír a sus profesores- decir que “todas y todos somos igual de inteligentes” por aquello de las inteligencias múltiples, e incluso asegurar que “en todas y todos reside un genio”, me provoca asestarles esta verdad de ‘El joven Arquímedes’: “Pensaba en las enormes diferencias entre seres humanos. Clasificamos los hombres por el color de sus ojos y de su pelo, por la forma de sus cráneos. ¿No sería mejor dividirlos en especies intelectuales? Habrá siempre un más ancho abismo entre los extremos tipos mentales que entre un bosquimano o un escandinavo. Este niño, pensaba, cuando crezca, será, comparado conmigo, lo que un hombre es comparado con un perro. Y hay otros hombres y mujeres que son casi perros comparados conmigo. Tal vez los hombres de genio son los hombres verdaderos. En toda la historia de la raza humana sólo ha habido algunos miles de verdaderos hombres. Y el resto de nosotros ¿qué somos? Animales capaces de aprender. Sin la ayuda de los verdaderos hombres, no habríamos descubierto casi nada. Casi todas las ideas que nos son familiares nunca se les habrían ocurrido a espíritus como los nuestros. Si se siembra en ellos, la semilla germina, pero nuestro espíritu habría sido incapaz de engendrarlas...” Menos mal que siempre desisto a tiempo.

40.  Sí, maestros Savater, Marías y Vargas Llosa: el engorro ese del amor a los animales y el subsiguiente sonsonete de los animalistas es cosa nueva. Al menos tanto como ‘La gatomaquia’ de Lope, el aserto de Poe según el cual “Al cielo se va como favor. Si se fuera por mérito, tú te quedarías aquí e iría tu perro” o el poema de Whitman: “Creo que podría vivir con los animales, son tan plácidos e independientes, me detengo y los observo largo rato. Ellos no se trastornan ni gimen por lo que les toca vivir, no se desvelan llorando por sus pecados. No me abruman con discusiones sobre el deber para con Dios. Ninguno está insatisfecho, ninguno enloquece con la manía de poseer cosas, ninguno se arrodilla ante otro ni ante sus antepasados que vivieron hace miles de años, ninguno es desdichado o respetable en toda la faz de la tierra.” Ya saben: caprichos de contemporáneos sin más misión en la vida que fastidiar y dar la lata.

(Continuará).

martes, 11 de agosto de 2020

Nueve preguntas con sus respuestas

Reproduzco en seguida la entrevista que me hizo mi amiga Juana Anzellini para un nuevo capítulo de su obra artística, la cual se funda mayormente en la ceguera física -esa que sufrimos millones de ciegos totales o parciales en todo el mundo-, y en la intelectual -esa que sufren, sin que los enfermos se den cuenta, más o menos siete millardos de terrícolas desprevenidos-.

 Harían muy bien los visitantes de este blog si se echaran una pasadita por la página de Juana: http://www.juana-anzellini.com/andere-koordinaten-otras-coordenadas/.

 También les recomiendo a los interesados la lectura de una entrada que reposa en este blog, la cual da cuenta de la fuerza patente del destino en la forma como ella y yo nos conocimos una noche de hace ya unos cuantos años: https://lasectadelosciegos.blogspot.com/2014/01/ni-dios-ni-el-diablo.html.

 

1. Usted es escritor, ¿puede describir su metodología de trabajo?

Antes que nada, aclaro que el sustantivo “escritor” es demasiado ambicioso y, por tanto, lo reservo para todos esos hombres y mujeres de letras que mucho admiro mientras que para mí el término “escribidor” está perfecto. Se lo debo a un personaje entrañable de Mario Vargas Llosa llamado Pedro Camacho, protagonista de una historia igual de entrañable: La tía Julia y el escribidor. Hecha la salvedad, pasemos a la respuesta.

 En mi caso, hablar de “metodología de trabajo” tal vez resulte desmesurado. Jamás me he embarcado en proyectos de largo aliento, como pueden serlo una novela voluminosa o un tomo de ensayos en torno a uno o varios temas. Y no lo he hecho porque me identifico hasta la médula con esa sentencia de Baltasar Gracián que, taxativa, decreta: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno” (una afirmación que con toda justicia refutarían, para solo citar un par de ejemplos, el Don Quijote de Cervantes o Los detectives salvajes de Roberto Bolaño). De modo que, en tratándose de escritura, me decanto preferiblemente por formatos si se quiere breves y poco apegados a las superfluas exigencias de la academia.

 Cada nuevo texto que por fin escribo y concluyo se gesta primero en mi cabeza a manera de inquietud (¿y si escribiera sobre el demonismo de las nínfulas?), la cual se concreta luego en un título (‘La impunidad de las corruptoras de mayores’) que habrá de hacer las veces de carta de navegación y guía del proceso de escritura propiamente dicho. A partir de allí, todo se reduce a escribir primero un párrafo, que se lee y relee, corrige y se vuelve a corregir cuantas veces sean necesarias para pasar al siguiente, que sufre similar rigor y así hasta que se pone el punto final, momento feliz que anuncia un logro mas no la satisfacción del autor. Digamos que lo publico en mi blog y, transcurrido un cierto tiempo, vuelvo a leerlo para hacerle los ajustes a que haya lugar. Y si mil veces lo leo en igual número de días, lo más probable es que siempre encuentre al menos una coma que añadir o suprimir, una frase que mejorar o desechar, una idea que concretar o elaborar.

 

2. ¿Puede describir cómo se genera una imagen en su mente? Por ejemplo: ¿desde afuera hacia adentro?, ¿a través de una caricia?, ¿como un tejido?

Si oigo, pongamos por caso, los sustantivos ‘basilisco’ o ‘sirena’, en mi mente no se genera ninguna representación -ninguna imagen- pues de esos vocablos lo único que conozco son sus definiciones. En cambio, si lo que oigo es, por decir algo, la palabra ‘naranja’, de inmediato en mi mente aparecen su forma, su textura, su color -porque lo vi gracias a un “residuo” muy mínimo que ya no tengo-, su olor y su sabor, todos imágenes sensoriales de un mismo objeto.

 Hubo muchas ocasiones en las que oí hablar de los hipopótamos y seguramente alguien generoso alguna vez intentó describírmelos, pero no fue hasta el día en que un empleado del zoológico Matecaña, en Pereira, me instó a que les metiera la mano en la boca -tal vez exagero- a dos a los que alimentaba con zanahorias cuando tuve una idea -una imagen táctil- de ese animal maravilloso al cual supongo que todos han visto pero tocado muy pocos.

 Intuyo que las imágenes se forman en la mente solo cuando uno o varios sentidos intervienen de facto en su conocimiento, pues no basta con poder ver, oír, sentir, oler o paladear para que la imagen exista. ¿A qué huele el pan recién horneado o la mierda de elefante? Lo primero lo sé porque tengo esa imagen instalada en la memoria olfativa pero lo segundo no, y pueda que nunca llegue a saberlo. ¿Qué diferencia habría entre un sordo profundo de nacimiento y cualquier oyente de toda una vida que se atruene los oídos con reguetón y bachata y solo con eso, a los que se les “nombre” la palabra ‘sinfonía’ o se les hable de una en particular? Creo que ninguna porque ambos carecen de esa imagen sonora y de la facultad para aprehenderla.

 

3. ¿Ha publicado?

Sí, si a publicar también se le llama hacerlo sin ninguna difusión y en sitios que otros con más ínfulas o pretensiones descartarían: un blog y una editorial cuyo nombre, Autores Editores, resume muy bien cómo es que es la cosa. En mi blog reposan en este momento entre treinta y cinco y cuarenta textos que discurren sobre temas que me interesan o me apasionan: la literatura que leo, la forma como concibo la pedagogía y los políticos y sus subterfugios. Todos con dosis generosas de autobiografía, pues mal haría en desechar mi vida y sus meandros cuando de lo que escribo es, en últimas, de mi visión del mundo. Y en esa editorial a la que -como a mi blog- tanto le agradezco (siempre me ha parecido indecente hacerle antesala a un editor, anodino o de pergaminos, para que se digne leer, como si de una indulgencia se tratara, un libro al que le he dedicado un tiempo valioso y del que por otra parte sé que nada en absoluto va a revolucionar) publiqué hace algunos años un volumen de trece cuentos que fui escribiendo de a poco y con intervalos prolongadísimos. Sigo escribiendo -claro está que mucho menos de lo que leo- y acumulando material que seguramente un día publique mas no divulgue.

  

4. ¿Qué simbología tiene para usted la oscuridad?

Lo primero que quiero aclarar es que si esta pregunta se le formula a alguien que haya sido totalmente ciego desde su nacimiento, poco podría decir ya que la oscuridad, al igual que ocurre con el color o las formas de los objetos, es un concepto inaprensible para aquel que jamás la haya visto. Yo, que para los oftalmólogos he sido ciego desde siempre, nací con un residuo visual muy escaso pero que no obstante me permitió ver -es decir conocer- la luz del sol, la luz eléctrica y prácticamente todos los colores, lo cual no supone para la ciencia médica que yo haya visto. Y claro que eso que llamamos oscuridad, fenómeno que más asusta que fascina a los que ven, lo conozco gracias a esa posibilidad óptica de que aquí hablo.

 Recuerdo que cuando estaba niño y los teléfonos celulares con sus linternas no existían, experimentaba una felicidad indescriptible si la luz se iba de golpe y dejaba por completo a oscuras la casa y el barrio. Y mi dicha rozaba el paroxismo si mi madre, que se afanaba a tientas en busca de una, no daba con la vela salvadora que nos rescatara -que los rescatara a ellos porque a mí me encantaban- de las tinieblas y sus malos presagios.

 Hoy, cuando ya no puedo ver ni la luz eléctrica ni la del sol ni los colores ni la oscuridad, lo que con más nostalgia evoco es precisamente eso último, que por fortuna pervive en mi recuerdo de ciego no privado del todo del don de la vista.

 

5. ¿Dónde encuentra claridad?

Retomo el asunto de mi desaparecido residuo visual porque así como pude ver -es decir conocer- la oscuridad más tenebrosa, también vi -es decir conocí- el bellísimo momento en que la claridad del día que nace va desplazando el negro de la noche hasta que por fin ocupa su lugar y se enseñorea de todo. O sea que si hablamos de la imagen óptica, hoy la tengo que buscar en el recuerdo.

 Pero claro que no solo allí. También la hallo, y con toda intensidad, en un aforismo de Cioran, en un articuento de Millás, en una novela de Abad Faciolince, en un artículo de prensa de Eliane Brum, en un ensayo de George Steiner, en una explicación de Harari, en el relato de un partido de fútbol de Javier Fernández Franco, en un chiste de Don Jediondo o en la insinuación venérea de una mujer sin prejuicios. Ah, y en el libro imprescindible y sabio de Pablo Maurette sobre el sentido que a todos los contiene y por tanto supera: Su Majestad el tacto.

 

6. ¿Para usted qué es lo sagrado?

Claudio Magris, en otro libro sabio e imprescindible titulado Utopía y desencanto, habla de “las no escritas leyes de los dioses”: un concepto que a mí me desveló una verdad que latía en mi interior pero que no eclosionó hasta que leí su libro. Digamos que esa verdad se funda en la idea de que hay ocasiones en que los dictados de nuestra conciencia individual deben estar por encima de los de gobernantes arbitrarios y dioses mayoritarios cuyas leyes o preceptos amenacen con anularlos. ¿Que el quinto mandamiento del Dios de los cristianos ordena no matar a alguien a quien mi conciencia me ordena que mate para evitarles a muchos otros una desgracia colectiva o para vengar un daño muy grande que se me hizo?, pues a apretar el gatillo. ¿Que un artículo de nuestra Constitución me conmina a estar dispuesto a combatir y de ser necesario a dar la vida por la patria, entidad que para mí poco cuenta?, pues no porque mi conciencia me impide matar a quien no juzgue mi enemigo. ¿Que las leyes cavernarias de un país como Guatemala le impiden abortar a una mujer que fue violada y que comprensiblemente no se siente capaz de criar a un hijo en semejantes circunstancias?, pues yo se lo practico y, si se precisa, le ayudo a buscar asilo en uno menos troglodita.

 El prolegómeno, para decir que para mí es sagrado solo lo que mi conciencia me indica que lo es. El bienestar de los animales, el amor de los que bien me quieren y yo quiero, lo ajeno bien habido, los vicios de los otros, sus libertades y apegos sexuales, las convicciones religiosas del que las vive sin querer imponérmelas, la buena reputación de los que la tienen bien merecida, la propiedad intelectual, la solidaridad con los que sufren no por su culpa, el debate franco y leal, el derecho que tiene a decir “no” la mujer que quiero seducir y, entre muchas otras cosas que ahora se me escapan, mis certezas afectivas que, como es apenas natural, debaten con las de quien me relaciono amorosamente.

  

7. ¿Consume usted pornografía? Si sí, ¿desde qué plataforma?

¡Jamás! Aunque espere..., ¿sabe que sí? ¡Y mucha, por desgracia! Pero no en plataformas o sitios web de ningún tipo. Más bien, de forma por completo impremeditada y desde luego contra mi voluntad cada vez que en un taxi o en una buseta -todavía quedan unas pocas- el chofer oye uno de esos programas radiales de por la mañana en que se les pregunta a los pobres descerebrados que los legitiman cuántos polvos son capaces de echarse en sano juicio y cuántos cuando están prendidos o borrachos, o cuál es el nombre del man que tiene el pipí más chiquito y cual el del que lo tiene más grande entre aquellos con que se han acostado, o si alguna vez han emborrachado al novio o a la novia para comérsele al mejor o a la mejor amiga, o... También en el maldito reguetón que mis vecinos de Mariquita me obligan a padecer cada que amanecen rijosos y festivos, o sea a diario o casi.

 Y es que el tema de la pornografía fue para mí tan serio, tan sagrado, que lamento que la globalización lo haya anglicado y que la sobreexplotación en los medios y en las redes lo haya convertido en una caricatura de lo que fue: el deleite clandestino del adolescente que se escondía en su cuarto con la revista que acababa de comprar a la salida del colegio para masturbarse mientras alucinaba con una foto, o la tarde de chistes verdes y buenos contados por amigos y amigas que en la gracia con que los echaban nos dejaban entrever sus gustos y “aberraciones”.

 Por fortuna, crecí en un entorno más que desinhibido en el que mi cabeza ciento por ciento pornográfica se refinó y pervirtió lo inimaginable. Hoy, asqueada del ruido y del pésimo gusto de los que consumen y se enriquecen con la decadencia de esa institución del otrora Homo lubricus, me pide sosiego y silencio.

  

8. ¿Para usted qué es la seducción y cómo se manifiesta?

La seducción es antes que nada un arte: el arte de los que se proponen o logran, sin proponérselo, poner en marcha las pulsiones de un tercero. Y tanto los que se lo proponen como los que no (para el primer caso, piénsese en un hombre bastante atractivo y de trato muy agradable y, para el segundo, en un profesor irónico, inteligente y ojalá también buen mozo) lo consiguen gracias a que cuentan con eso que el otro anda buscando: belleza física, aderezada con finos modales, o un discurso agudo y una conversación amena y variada.

 Sé que lo que acabo de escribir suena anacrónico y en cierto modo impropio de los tiempos que corren, y tiene razón el que eso pensó mientras leía. Porque una época en la que se busca pareja o polvo o novia o esposa en Tinder o en Facebook Dating no es precisamente una época propicia para la seducción más clásica, de la que la literatura da buena cuenta.

En El cielo es azul, la tierra blanca, Hiromi Kawakami le permite al lector que nunca ha seducido y al que jamás han seducido -a ambos- adentrarse en una relación bella y triste que se va desarrollando con una lentitud y una flema casi exasperantes para una sociedad en la que una mirada elocuente o lasciva, un par de tragos o a lo sumo un par de salidas son suficientes para irse a la cama.

 Sin embargo, me corresponde aclarar que por fortuna también hay “seducción exprés”, para la cual se requieren las mejores dotes de la Eva bíblica o del donjuán empedernido, cada uno con sus argucias. Los interesados lo pueden comprobar en Oceanía, cuento de Guillermo Cabrera Infante y en Carta de una desconocida, novela de Stefan Zweig.

 

9. ¿Cómo maneja la pérdida de control?

Me considero irascible, pero no a la manera en que lo puede ser un loco de atar o un político energúmeno. Lo soy y me hago cargo. Y en medio de mi irascibilidad, que muchas veces logro sofocar debidamente, puteo a Dios, a mi madre o al que crea el causante del estallido, la mayoría de las veces con la contención necesaria para que el implicado no se entere (tampoco Él, pues a fin de cuentas no existe).

 Muy a menudo le doy gracias a la vida por mi ceguera, que quizás me salvó de un destino por qué no de pistolero, no a sueldo sino expresamente bajo mis órdenes. Si eso fuera y no el profesor y el lector que soy, me dedicaría a matar a todo el que, movido por su mala leche, incendie bosques o maltrate animales o estafe a desvalidos o desangre erarios o torture a inermes o acose al diferente o se lucre en medio de una catástrofe. En casos así no me importaría perder el dichoso control, que tanto cuesta no perder.  

viernes, 29 de mayo de 2020

“Fragmentos de un evangelio apócrifo”: reflexiones brevísimas en torno a treinta y siete textos del Maestro

Me invitaba el otro día mi hermano -un cristiano ciclópeo, lector de un único libro (no podría ser de otro modo tratándose de un creyente acérrimo) aunque un buen muchacho a fin de cuentas- dizque a que pusiera la literatura al servicio de la obra de Dios en la Tierra. Les juro -perdón, Maestro, perdón- que me desdevané los sesos intentando hallar el cómo, y al cabo me tuve que dar por vencido. Pero llegó el momento.

3. “Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.”
¿Existirá en alguna parte otra frase más concreta y capaz de semejante doble efecto, a saber: el desnudamiento de una mentira antiquísima y el jaque mate a la esperanza por excelencia de los crédulos?


4. “Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.”
Hay quienes gimen y se lamentan por sí mismos y hay quienes lo hacen por otros. Aquellos son egoístas y estos generosos, pero ambos inútiles si todo se reduce a la queja.


5. “Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.”
Toda una estrategia: yo, viéndote jodido, me invento que si sobrellevas las penurias terrenales con resignación te verás recompensado allende esta vida, que yo sí gozo porque yo sí puedo.


6. “No basta ser el último para ser alguna vez el primero.”
De nuevo la astucia del que desactiva: tú quédate tranquilo si naciste, o te hiciste, desgraciado que para ti y para los como tú hay algo muy bueno en un lugar llamado inconcreción o incertidumbre.


7. “Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen.”
De lo cual se desprende que en el mundo, y más aún en el mundo de las redes, lo que reina es la desdicha.


8. “Feliz el que perdona a los otros y el que se perdona a sí mismo.”
Sí, el más feliz de todos.


9. “Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia.”
Lástima que sus votos, por lo común sensatos y por ende insuficientes, rara vez triunfen en las urnas.


10. “Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable.”
¡Soy fatum y solo fatum! Sin embargo, que lo sea no quiere decir que esté dispuesto a dejarme arrastrar por el conformismo que esta bienaventuranza tuya conlleva. ¿No dices acaso en los numerales 16 y 17 que...?


11. “Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha está en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio.”
Muy a menudo me da por pensar en todas esas iglesias y sinagogas y mezquitas a reventar de fieles que se sienten, en tanto oran o alaban, el pueblo elegido cada cual de su invento, al tiempo que, desperdigados por todo el mundo, anónimos seres humanos salvan vidas de desesperados en alta mar o alimentan bocas hambrientas en campos de refugiados o atienden desahuciados en improvisados hospitales en países pobres entre los más pobres o dan la vida por defender a un niño o a una mujer o a un animal al que golpea un(a) salvaje o reparten su hacienda entre otros más necesitados o..., y todos agradecidos de que su generosidad no coseche likes ni palmas ni nada.


12. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ven a Dios.”
Hay corazones que destacan por su turbiedad e inmundicia. Los hay mezquinos y egoístas. Otros -demasiados también- son indiferentes y fríos. Existen los que se conduelen e intentan aliviar sufrimientos ajenos y los que se entregan sin descanso a esa causa. Infortunadamente, incluso estos últimos, tan bondadosos ellos, exhiben alguna mácula que enturbia su limpieza. De modo que para ver a Dios ni con la lámpara del numeral 15 alcanza.


13. “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque les importa más la justicia que su destino humano.”
Desde luego que aquí no cabe ninguna Aung San Suu Kyi ni ningún Juan Manuel Santos ni ningún Barack Obama oportunistas; muchísimo menos cualquier mamerto de tantos, enfermos todos de victimismo e insoportables a más no poder; tampoco los millones que sufren injusticias penales en todo el mundo pero que nada hacen -seguramente porque no pueden- para cambiar su suerte y la de otros como ellos. En cambio sí, y con honores, Antígona, Castalión, Jesús, Gandhi, don Quijote, Luther King o Lope de Aguirre y semejantes: infinitamente pocos.


14. “Nadie es la sal de la tierra, nadie, en algún momento de su vida, no lo es.”
Y mucho menos la caterva de sepulcros blanqueados que pontifican desde los púlpitos y les sorben el seso a los que con ninguno nacieron.


15. “Que la luz de una lámpara se encienda, aunque ningún hombre la vea. Dios la verá.”
La precaria salud del planeta nos emplaza a no despilfarrar nada. De modo que no: que jamás se accione un interruptor en vano.


16. “No hay mandamiento que no pueda ser infringido, y también los que digo y los que los profetas dijeron.”
Los templos colmados hablan por sí solos.


17. “El que matare por la causa de la justicia, o por la causa que él cree justa, no tiene culpa.”
Descorazonador que bajo este paraguas quepan la maldición de alias Mono Jojoy y la bendición del operativo que lo dio de baja, el médico valiente que se cargó a tres de una sobre un puente peatonal en Bogotá y su terna de interfectos, el dedo salvífico que disparó contra Pablo Escobar y ese maldito con su prontuario.


18. “Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.”
¿Pero qué se esconde detrás de semejante aseveración? ¿Horror o indulgencia?


19. “No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz.”
Eso lo sabe Mandela. ¿Pero Hitler y Stalin, Castro y Videla, Petro y Uribe, Donald y Xi? No lo suscriben.


20. “Si te ofendiere tu mano derecha, perdónala; eres tu cuerpo y eres tu alma y es arduo, o imposible, fijar la frontera que los divide.”
No obstante, si esa mano tuya es la misma con la que el Chivo violó a Urania en medio de su impotencia masculina, cercénala y, ya entrado en gastos, dispone la soga.


24. “No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces.”
Tal vez no al cabo de un día. Mas sí, y sin que quepa la menor duda, al cabo de un mes, de un año, de toda su vida.


25. “No jures, porque todo juramento es un énfasis.”
Que juren y perjuren cuanto quieran, pero que no enfaticen cada memez que digan.


26. “Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiriere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.”
Respecto de lo primero, maravilloso consejo en tiempos de ubicua, sosa e hipócrita indignación colectiva. En cuanto a lo segundo, ¿una invitación al masoquismo?


27. “Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón.”
De esta hondura pueden dar fe, así el bellaco al que no le cobraron con sangre su vileza, como el pesaroso al que su arrepentimiento le granjeó la exoneración de su falta.


28. “Hacer el bien a tu enemigo puede ser obra de justicia y no es arduo; amarlo, tarea de ángeles y no de hombres.”
Discrepo: es arduo, si verdaderamente se trata de un enemigo. Coincido: es tarea de ángeles. Y palabrería de pastor vocinglero, de cura afectado y de rabino judío.


29. “Hacer el bien a tu enemigo es el mejor modo de complacer tu vanidad.”
Todo un infortunio que, incluso en la alegría de dar con auténtica misericordia, sea imposible no sentirse íntimamente vanidoso. Ahora imagínense a los que hacen de la generosidad un espectáculo.


30. “No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y este, de la tristeza y del tedio.”
No acumules oro en la tierra, porque el oro te hará más difícil la resignación a la muerte y no te dejará, mientras vivas, experimentar el ocio del que crea y piensa.


31. “Piensa que los otros son justos o lo serán, y si no es así, no es tuyo el error.”
Desconfiar en demasía es la condena de los que habitamos paraísos de corrupción en todos los niveles. Pero confiar, porque sí, en la buena fe de los que a las claras muestran que son granujas, es tontería.


32. “Dios es más generoso que los hombres y los medirá con otra medida.”
La conoceremos en el Juicio Final, que no tiene fecha señalada dentro de la eternidad y por tanto tendrá que aguardar a que ella concluya para ver qué empieza y cuáles son sus posibilidades en el nuevo orden.


33. “Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los cerdos; lo que importa es dar.”
¡Eso!: lo santo para los perros, las perlas para los cerdos y lo que sobre -ojalá nada- para los parásitos de la fe.


34. “Busca por el agrado de buscar, no por el de encontrar.”
Como lo plantea Magris: tras de la utopía se va, la utopía se busca sin desfallecer, sin que importe cada nuevo desencanto y aun a sabiendas de que cuanto más avanzamos en su dirección, el paraíso se aleja a igual velocidad y sin solución de continuidad. La fe y la esperanza justifican la quijotada.


39. “La puerta es la que elige, no el hombre.”
Y los pobres insensatos hablando de dioses y de contextos. Que puede que sí los haya, mas solo para lo accesorio; jamás para lo determinante o definitivo.


40. “No juzgues al árbol por sus frutos ni al hombre por sus obras; pueden ser mejores o peores.”
Del todo preferible esto a juzgarlos, y salvarlos, por una fe engañosa que en muchos casos solo se puede medir por los decibelios de sus plegarias. Por lo que se refiere a los árboles, ellos son, junto con la naturaleza de que forman parte, el único anticipo del edén improbable.


41. “Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena.”
Aseguraba García Márquez que “para escribir uno tiene que estar convencido de que es mejor que Cervantes; si no, uno acaba siendo peor de lo que en realidad es”. Y así con todo lo demás.


47. “Feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia.”
Se lo deben a Fortuna la veleidosa.


48. “Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas.”
Y pensar que hoy, para dar con un ecuánime de estos tipo Diego Alatriste y Tenorio, uno debe buscarlo, precisamente, en los libros.


49. “Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días.”
Nunca antes una humilde conjunción lo había decidido todo. Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio y de Cristo, porque aquéllas y éstas darán luz a sus días. Infelices los que, subyugados por un memorizador del discurso unigénito del mesías, caigan bajo su égida o se mantengan de ella alejados, por convicción o rebeldía.


50. “Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.”
¿Pero qué se le agrega a la completitud?


51. “Felices los felices.”
O sea, esos de que habla -también de los otros- el gran Yuval Noah Harari en ‘FELICIDAD QUÍMICA’.

martes, 29 de octubre de 2019

Definir lo indefinible


No sé cuántas veces, en mis años de conciencia, me habrán preguntado los pocos que se atreven a vencer la timidez para satisfacer su escasa o mucha curiosidad, cómo es la ceguera o qué se siente ser ciego. Tampoco recuerdo, lo juro, desde cuándo mi respuesta es la que siempre doy: “Mi ceguera -supongo que también la de los demás- no es ni negra y tenebrosa ni blanca y lechosa. Es la nada; es decir, la ausencia absoluta de luz y color”.
--¿La nada? -preguntan los más atentos e interesados-. ¿Quiere decir que los ciegos no viven a oscuras, como uno se los imagina?

Pues no: los ciegos, señores videntes, no vivimos sumidos en las tinieblas, que son negras como boca de lobo y por ende se ven y se temen. ¿Que cómo lo sé? Ya les cuento.

Resulta que cuando nací, hace cuarenta y cinco años, los médicos que me examinaron les dijeron a Orfi y a Abe, mis papás, que su hijo había nacido ciego. Y bien saben ustedes que ese término no deja lugar para las dudas: Si nuestro hijo es ciego -debieron de haber pensado ellos- es porque no ve. Nada en absoluto. Sin embargo, la cosa no era tan así.

Refiere mi madre, claro que sin lograr precisar edades ni fechas, que yo caminé un poco después de lo que suele hacerlo el niño medio y no porque tuviera dificultades para desplazarme, sino porque ella, sobreprotectora, me impedía abandonar la cuna en que me imagino preso. Y cuenta que por esa época llegó de visita a la casa su mamá, o sea mi abuela, bendita donde las haya.
--¿Y vos es que nunca, por miedo, vas a dejar caminar a este muchachito? -la reprendió, poniéndome en el suelo-. Pues si se pega que se pegue, pero que aprenda.

Para abreviar la anécdota, digamos que parece que se olvidaron de mí y que cuando se acordaron (“¡Ay bruta! ¿Qué se hizo el niño?”), yo estaba entretenido jugando en el último cuarto de la casa, adonde había llegado sin golpearme.

La explicación de cómo se había obrado ese pequeño milagro, que a todos desconcertaba, salió de labios del doctor Francisco Barraquer, quien me había operado no hacía mucho: “El niño es ciego -sentenció-, pero tiene cierto residuo visual en el ojo izquierdo”.
--¿O sea que el niño ve por el ojito izquierdo? -saltó de su asiento mi pobre madre. “No, mi señora. Nadie ha dicho que el niño vea. Solo que percibe la luz y ya se verá si algunos colores y formas. Pero es ciego, y su ceguera es, al menos en el presente, incurable”.

Como lo oyen: padezco (no se vayan a tomar, por favor, demasiado a pecho este verbo) una ceguera incurable y congénita que, a diferencia por ejemplo de la de mi amigo Toño o la de mi amigo Germán Mauricio, me permitió ver la luz del sol, la luz de la luna una noche inolvidable en la finca de la abuela, las luces del alumbrado público y de los carros y de los bombillos que cuando oscurece se prenden en las casas y en otros recintos, y -maravilla de maravillas- ¡los colores!: prácticamente todos, ¡todos! Del negro al blanco, pasando por los grises; el rojo y el morado y el rosado; los verdes y los amarillos y los azules; el café, el tabaco y el habano.

Ni Toño ni Germán Mauricio ni nadie que haya nacido total e inapelablemente ciego puede evocar, como yo u otros como yo o todos los que hayan perdido la vista, el verde del pasto fresco, el rojo escandaloso de la sangre que brota de una raspadura en las rodillas, el amarillo intenso de un pobre canario enjaulado en casa, el tabaco de un Cocker Spaniel que nos amaba, el anaranjado de un incendio o de la llama de esa vela que atenuaba el negrísimo de las tinieblas cuando se iba la luz en el barrio.

Pero quedémonos con esta última imagen para que pueda yo revelarles el motivo de que me hubiera animado a escribir estas líneas aclaratorias, que ojalá otros ciegos complementen, rebatan o reafirmen con sus vivencias.

Entre los muchos momentos felices de mi niñez destacan en el recuerdo esas noches en que, estando todos -también yo, claro- frente al televisor en el cuarto de mis padres, se iba la luz de repente y una exclamación colectiva de decepción se dejaba oír antes de que la voz de Abe o la de Orfi dijeran: “Traete mija una vela” o “Voy a ver si quedaron velas”, de lo que dependía el desenlace de ese que para mí era todo un acontecimiento.

Cuando dábamos con una, mi madre la encendía, la colocaba con precaución en lugar equidistante para que todos nos sintiéramos amparados y comenzaba una charla que se prolongaba hasta que la luz volvía y el televisor se encendía nuevamente o hasta que la vela o lo que de ella quedara se consumía y la certidumbre de que la luz no volvería nos obligaba a irnos a la cama, ellos a tientas y yo “en mi elemento”. Y cuando velas no había, no les quedaba a mis hermanos y a mis papás otro remedio que estarse por ahí, sentaditos y medrosos, oyendo cómo el niño ciego iba y venía, de aquí para allá y de allá para acá, jugando y sintiéndose por fin en ventaja en su mundo de desventajas. Pero que quede claro que eso no es lo verdaderamente memorable de aquellas noches.

Y entonces, ¿qué es lo memorable? El prodigio de que, mientras mi ojo izquierdo pasaba de la luz a la oscuridad total, de la oscuridad total a la atenuada por la llama de la vela o de la oscuridad total al ofuscamiento producido por el brusco retorno de la luz, mi ojo derecho se quedaba al margen de semejante experiencia. ¿La luz y la ceguera reunidas en una misma persona, en una misma existencia?: en efecto.

Lo cual quiere decir que gracias a mi ojo izquierdo, que tuvo la dicha de poder ver las tinieblas de muchas noches a oscuras, yo sé que la ceguera no es tenebrosa, como explicablemente se la figuran todos ustedes. Y también sé, gracias a mi sempiternamente apagado ojo derecho, que la ceguera no son esas temibles tinieblas porque él jamás las ha visto: recuerden que lo suyo es “la nada; es decir, la ausencia absoluta de luz y color”.

Han pasado los años y la visión exigüísima que tuvo mi ojo izquierdo ya no existe, como tampoco el ojo, pues un accidente de tránsito en que me vi inmerso en el año 2000 se los cobró sin remordimientos. Atrás quedaron la luz del sol, la de la luna, las luces artificiales y los colores, que por fortuna mi memoria ocular grabó, espero que para siempre.

Quiero creer que este intento de definir lo indefinible (en mi caso la ceguera, esfuerzo desmesurado que bien se puede equiparar al del sordo profundo o al del autista o al del cuadripléjico que se aventuraran a relatar sus discapacidades) no está saliendo del todo mal. Pero por si las dudas, déjenme compartir con ustedes, con la esperanza de que lo que aún resulta confuso se aclare siquiera un poco, esto que me sucedió hace unos años en un colegio para ciegos de Bogotá, ciudad en la que he vivido prácticamente toda la vida.

Con la idea de enseñarles a los niños cierto vocabulario del inglés, y de hacerlo de modo tal que el aprendizaje se les tornara relevante y agradable, se me ocurrió un día llevarles frutas para que, tocándolas y oliéndolas, concluyeran qué fruta se les había entregado. Todo marchaba según lo previsto (se sabe que los ciegos de nacimiento, salvo muy contadas excepciones, desarrollamos tactos y olfatos muy superiores a los del vidente medio, que se vería en grandes aprietos para dar buena cuenta de esta prueba si la presentara con los ojos vendados), hasta que a los nombres de las frutas decidí sumarles los de sus colores.
--Sofía. Qué fruta tienes en la mano.
--Una naranja, profe.
--Y de qué color es esa naranja.
--¿Negra?
--A ver, niños: ¿de qué color son las naranjas? ¿Nadie sabe?
--Las naranjas son amarillas -respondió con desgana Dylan desde el fondo del salón.
--¿Y tú por qué sabes que las naranjas son amarillas?
--Pues porque mis papás me dijeron.

Así de sencilla y de compleja era la respuesta de Dylan, no en vano el niño más aventajado de la clase. No se trataba de que él -y me sirvo aquí de la expresión técnica y por ende fea que utilizó el doctor Barraquer- tuviera residuo visual alguno; simplemente, había oído de su papá o de su mamá que las naranjas eran amarillas e interiorizó el vocablo, sin que por ello su cerebro asociara el amarillo con nada “tangible”.

El ejercicio continuó de esa guisa; con manzanas no verdes o rojas sino negras, con bananos no amarillos sino blancos o rojos o lo que fuera.

¿Conclusión?: es tan imposible para el ciego total de toda una vida saber qué o cómo son el azul de un cielo despejado o el negro tenebroso de una noche en una ciudad carente por completo de luz eléctrica o de carros que la iluminen con sus farolas, como para un sordo profundo desde su nacimiento saber qué se siente cuando se oye el cuarto movimiento de la ‘Pequeña Rusia’ de Chaikovski o la voz de una madre o una amante que nos consuelan. Tanto o más que si el que nació sin manos, apenas con los muñones o ni siquiera, pretendiera saber qué experimentan los dedos de ese amante o de ese hijo que acarician, según se trate, el sexo o la frente de esas dos mujeres.


Epílogo

Recuerdo justo en este momento que muchos de mis estudiantes universitarios a menudo me preguntaban por qué me declaraba en contra del dichoso “lenguaje inclusivo”, a lo que yo respondía con una serie de argumentos que no sé si los tranquilizaban o, por el contrario, conseguían más bien exasperarlos. Y me pregunto por qué, a fin de que les quedara del todo claro, nunca les propuse un ejercicio como este que me apresto a proponer a los lectores:

Reemplacen en el texto, respectivamente por “persona en situación de discapacidad visual” o por “discapacidad visual” -desde luego que con sus plurales cuando corresponda- todos los ciego(s) o ceguera(s) que encuentren. Cuando concluyan, los que lo logren, lean ambos documentos y comparen.

Los resultados y la subsiguiente discusión harán parte de una próxima reflexión.