viernes, 29 de mayo de 2020

“Fragmentos de un evangelio apócrifo”: reflexiones brevísimas en torno a treinta y siete textos del Maestro

Me invitaba el otro día mi hermano -un cristiano ciclópeo, lector de un único libro (no podría ser de otro modo tratándose de un creyente acérrimo) aunque un buen muchacho a fin de cuentas- dizque a que pusiera la literatura al servicio de la obra de Dios en la Tierra. Les juro -perdón, Maestro, perdón- que me desdevané los sesos intentando hallar el cómo, y al cabo me tuve que dar por vencido. Pero llegó el momento.

3. “Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.”
¿Existirá en alguna parte otra frase más concreta y capaz de semejante doble efecto, a saber: el desnudamiento de una mentira antiquísima y el jaque mate a la esperanza por excelencia de los crédulos?


4. “Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.”
Hay quienes gimen y se lamentan por sí mismos y hay quienes lo hacen por otros. Aquellos son egoístas y estos generosos, pero ambos inútiles si todo se reduce a la queja.


5. “Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.”
Toda una estrategia: yo, viéndote jodido, me invento que si sobrellevas las penurias terrenales con resignación te verás recompensado allende esta vida, que yo sí gozo porque yo sí puedo.


6. “No basta ser el último para ser alguna vez el primero.”
De nuevo la astucia del que desactiva: tú quédate tranquilo si naciste, o te hiciste, desgraciado que para ti y para los como tú hay algo muy bueno en un lugar llamado inconcreción o incertidumbre.


7. “Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen.”
De lo cual se desprende que en el mundo, y más aún en el mundo de las redes, lo que reina es la desdicha.


8. “Feliz el que perdona a los otros y el que se perdona a sí mismo.”
Sí, el más feliz de todos.


9. “Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia.”
Lástima que sus votos, por lo común sensatos y por ende insuficientes, rara vez triunfen en las urnas.


10. “Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable.”
¡Soy fatum y solo fatum! Sin embargo, que lo sea no quiere decir que esté dispuesto a dejarme arrastrar por el conformismo que esta bienaventuranza tuya conlleva. ¿No dices acaso en los numerales 16 y 17 que...?


11. “Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha está en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio.”
Muy a menudo me da por pensar en todas esas iglesias y sinagogas y mezquitas a reventar de fieles que se sienten, en tanto oran o alaban, el pueblo elegido cada cual de su invento, al tiempo que, desperdigados por todo el mundo, anónimos seres humanos salvan vidas de desesperados en alta mar o alimentan bocas hambrientas en campos de refugiados o atienden desahuciados en improvisados hospitales en países pobres entre los más pobres o dan la vida por defender a un niño o a una mujer o a un animal al que golpea un(a) salvaje o reparten su hacienda entre otros más necesitados o..., y todos agradecidos de que su generosidad no coseche likes ni palmas ni nada.


12. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ven a Dios.”
Hay corazones que destacan por su turbiedad e inmundicia. Los hay mezquinos y egoístas. Otros -demasiados también- son indiferentes y fríos. Existen los que se conduelen e intentan aliviar sufrimientos ajenos y los que se entregan sin descanso a esa causa. Infortunadamente, incluso estos últimos, tan bondadosos ellos, exhiben alguna mácula que enturbia su limpieza. De modo que para ver a Dios ni con la lámpara del numeral 15 alcanza.


13. “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque les importa más la justicia que su destino humano.”
Desde luego que aquí no cabe ninguna Aung San Suu Kyi ni ningún Juan Manuel Santos ni ningún Barack Obama oportunistas; muchísimo menos cualquier mamerto de tantos, enfermos todos de victimismo e insoportables a más no poder; tampoco los millones que sufren injusticias penales en todo el mundo pero que nada hacen -seguramente porque no pueden- para cambiar su suerte y la de otros como ellos. En cambio sí, y con honores, Antígona, Castalión, Jesús, Gandhi, don Quijote, Luther King o Lope de Aguirre y semejantes: infinitamente pocos.


14. “Nadie es la sal de la tierra, nadie, en algún momento de su vida, no lo es.”
Y mucho menos la caterva de sepulcros blanqueados que pontifican desde los púlpitos y les sorben el seso a los que con ninguno nacieron.


15. “Que la luz de una lámpara se encienda, aunque ningún hombre la vea. Dios la verá.”
La precaria salud del planeta nos emplaza a no despilfarrar nada. De modo que no: que jamás se accione un interruptor en vano.


16. “No hay mandamiento que no pueda ser infringido, y también los que digo y los que los profetas dijeron.”
Los templos colmados hablan por sí solos.


17. “El que matare por la causa de la justicia, o por la causa que él cree justa, no tiene culpa.”
Descorazonador que bajo este paraguas quepan la maldición de alias Mono Jojoy y la bendición del operativo que lo dio de baja, el médico valiente que se cargó a tres de una sobre un puente peatonal en Bogotá y su terna de interfectos, el dedo salvífico que disparó contra Pablo Escobar y ese maldito con su prontuario.


18. “Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.”
¿Pero qué se esconde detrás de semejante aseveración? ¿Horror o indulgencia?


19. “No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz.”
Eso lo sabe Mandela. ¿Pero Hitler y Stalin, Castro y Videla, Petro y Uribe, Donald y Xi? No lo suscriben.


20. “Si te ofendiere tu mano derecha, perdónala; eres tu cuerpo y eres tu alma y es arduo, o imposible, fijar la frontera que los divide.”
No obstante, si esa mano tuya es la misma con la que el Chivo violó a Urania en medio de su impotencia masculina, cercénala y, ya entrado en gastos, dispone la soga.


24. “No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces.”
Tal vez no al cabo de un día. Mas sí, y sin que quepa la menor duda, al cabo de un mes, de un año, de toda su vida.


25. “No jures, porque todo juramento es un énfasis.”
Que juren y perjuren cuanto quieran, pero que no enfaticen cada memez que digan.


26. “Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiriere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.”
Respecto de lo primero, maravilloso consejo en tiempos de ubicua, sosa e hipócrita indignación colectiva. En cuanto a lo segundo, ¿una invitación al masoquismo?


27. “Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón.”
De esta hondura pueden dar fe, así el bellaco al que no le cobraron con sangre su vileza, como el pesaroso al que su arrepentimiento le granjeó la exoneración de su falta.


28. “Hacer el bien a tu enemigo puede ser obra de justicia y no es arduo; amarlo, tarea de ángeles y no de hombres.”
Discrepo: es arduo, si verdaderamente se trata de un enemigo. Coincido: es tarea de ángeles. Y palabrería de pastor vocinglero, de cura afectado y de rabino judío.


29. “Hacer el bien a tu enemigo es el mejor modo de complacer tu vanidad.”
Todo un infortunio que, incluso en la alegría de dar con auténtica misericordia, sea imposible no sentirse íntimamente vanidoso. Ahora imagínense a los que hacen de la generosidad un espectáculo.


30. “No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y este, de la tristeza y del tedio.”
No acumules oro en la tierra, porque el oro te hará más difícil la resignación a la muerte y no te dejará, mientras vivas, experimentar el ocio del que crea y piensa.


31. “Piensa que los otros son justos o lo serán, y si no es así, no es tuyo el error.”
Desconfiar en demasía es la condena de los que habitamos paraísos de corrupción en todos los niveles. Pero confiar, porque sí, en la buena fe de los que a las claras muestran que son granujas, es tontería.


32. “Dios es más generoso que los hombres y los medirá con otra medida.”
La conoceremos en el Juicio Final, que no tiene fecha señalada dentro de la eternidad y por tanto tendrá que aguardar a que ella concluya para ver qué empieza y cuáles son sus posibilidades en el nuevo orden.


33. “Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los cerdos; lo que importa es dar.”
¡Eso!: lo santo para los perros, las perlas para los cerdos y lo que sobre -ojalá nada- para los parásitos de la fe.


34. “Busca por el agrado de buscar, no por el de encontrar.”
Como lo plantea Magris: tras de la utopía se va, la utopía se busca sin desfallecer, sin que importe cada nuevo desencanto y aun a sabiendas de que cuanto más avanzamos en su dirección, el paraíso se aleja a igual velocidad y sin solución de continuidad. La fe y la esperanza justifican la quijotada.


39. “La puerta es la que elige, no el hombre.”
Y los pobres insensatos hablando de dioses y de contextos. Que puede que sí los haya, mas solo para lo accesorio; jamás para lo determinante o definitivo.


40. “No juzgues al árbol por sus frutos ni al hombre por sus obras; pueden ser mejores o peores.”
Del todo preferible esto a juzgarlos, y salvarlos, por una fe engañosa que en muchos casos solo se puede medir por los decibelios de sus plegarias. Por lo que se refiere a los árboles, ellos son, junto con la naturaleza de que forman parte, el único anticipo del edén improbable.


41. “Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena.”
Aseguraba García Márquez que “para escribir uno tiene que estar convencido de que es mejor que Cervantes; si no, uno acaba siendo peor de lo que en realidad es”. Y así con todo lo demás.


47. “Feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia.”
Se lo deben a Fortuna la veleidosa.


48. “Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas.”
Y pensar que hoy, para dar con un ecuánime de estos tipo Diego Alatriste y Tenorio, uno debe buscarlo, precisamente, en los libros.


49. “Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días.”
Nunca antes una humilde conjunción lo había decidido todo. Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio y de Cristo, porque aquéllas y éstas darán luz a sus días. Infelices los que, subyugados por un memorizador del discurso unigénito del mesías, caigan bajo su égida o se mantengan de ella alejados, por convicción o rebeldía.


50. “Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.”
¿Pero qué se le agrega a la completitud?


51. “Felices los felices.”
O sea, esos de que habla -también de los otros- el gran Yuval Noah Harari en ‘FELICIDAD QUÍMICA’.

martes, 29 de octubre de 2019

Definir lo indefinible


No sé cuántas veces, en mis años de conciencia, me habrán preguntado los pocos que se atreven a vencer la timidez para satisfacer su escasa o mucha curiosidad, cómo es la ceguera o qué se siente ser ciego. Tampoco recuerdo, lo juro, desde cuándo mi respuesta es la que siempre doy: “Mi ceguera -supongo que también la de los demás- no es ni negra y tenebrosa ni blanca y lechosa. Es la nada; es decir, la ausencia absoluta de luz y color”.
--¿La nada? -preguntan los más atentos e interesados-. ¿Quiere decir que los ciegos no viven a oscuras, como uno se los imagina?

Pues no: los ciegos, señores videntes, no vivimos sumidos en las tinieblas, que son negras como boca de lobo y por ende se ven y se temen. ¿Que cómo lo sé? Ya les cuento.

Resulta que cuando nací, hace cuarenta y cinco años, los médicos que me examinaron les dijeron a Orfi y a Abe, mis papás, que su hijo había nacido ciego. Y bien saben ustedes que ese término no deja lugar para las dudas: Si nuestro hijo es ciego -debieron de haber pensado ellos- es porque no ve. Nada en absoluto. Sin embargo, la cosa no era tan así.

Refiere mi madre, claro que sin lograr precisar edades ni fechas, que yo caminé un poco después de lo que suele hacerlo el niño medio y no porque tuviera dificultades para desplazarme, sino porque ella, sobreprotectora, me impedía abandonar la cuna en que me imagino preso. Y cuenta que por esa época llegó de visita a la casa su mamá, o sea mi abuela, bendita donde las haya.
--¿Y vos es que nunca, por miedo, vas a dejar caminar a este muchachito? -la reprendió, poniéndome en el suelo-. Pues si se pega que se pegue, pero que aprenda.

Para abreviar la anécdota, digamos que parece que se olvidaron de mí y que cuando se acordaron (“¡Ay bruta! ¿Qué se hizo el niño?”), yo estaba entretenido jugando en el último cuarto de la casa, adonde había llegado sin golpearme.

La explicación de cómo se había obrado ese pequeño milagro, que a todos desconcertaba, salió de labios del doctor Francisco Barraquer, quien me había operado no hacía mucho: “El niño es ciego -sentenció-, pero tiene cierto residuo visual en el ojo izquierdo”.
--¿O sea que el niño ve por el ojito izquierdo? -saltó de su asiento mi pobre madre. “No, mi señora. Nadie ha dicho que el niño vea. Solo que percibe la luz y ya se verá si algunos colores y formas. Pero es ciego, y su ceguera es, al menos en el presente, incurable”.

Como lo oyen: padezco (no se vayan a tomar, por favor, demasiado a pecho este verbo) una ceguera incurable y congénita que, a diferencia por ejemplo de la de mi amigo Toño o la de mi amigo Germán Mauricio, me permitió ver la luz del sol, la luz de la luna una noche inolvidable en la finca de la abuela, las luces del alumbrado público y de los carros y de los bombillos que cuando oscurece se prenden en las casas y en otros recintos, y -maravilla de maravillas- ¡los colores!: prácticamente todos, ¡todos! Del negro al blanco, pasando por los grises; el rojo y el morado y el rosado; los verdes y los amarillos y los azules; el café, el tabaco y el habano.

Ni Toño ni Germán Mauricio ni nadie que haya nacido total e inapelablemente ciego puede evocar, como yo u otros como yo o todos los que hayan perdido la vista, el verde del pasto fresco, el rojo escandaloso de la sangre que brota de una raspadura en las rodillas, el amarillo intenso de un pobre canario enjaulado en casa, el tabaco de un Cocker Spaniel que nos amaba, el anaranjado de un incendio o de la llama de esa vela que atenuaba el negrísimo de las tinieblas cuando se iba la luz en el barrio.

Pero quedémonos con esta última imagen para que pueda yo revelarles el motivo de que me hubiera animado a escribir estas líneas aclaratorias, que ojalá otros ciegos complementen, rebatan o reafirmen con sus vivencias.

Entre los muchos momentos felices de mi niñez destacan en el recuerdo esas noches en que, estando todos -también yo, claro- frente al televisor en el cuarto de mis padres, se iba la luz de repente y una exclamación colectiva de decepción se dejaba oír antes de que la voz de Abe o la de Orfi dijeran: “Traete mija una vela” o “Voy a ver si quedaron velas”, de lo que dependía el desenlace de ese que para mí era todo un acontecimiento.

Cuando dábamos con una, mi madre la encendía, la colocaba con precaución en lugar equidistante para que todos nos sintiéramos amparados y comenzaba una charla que se prolongaba hasta que la luz volvía y el televisor se encendía nuevamente o hasta que la vela o lo que de ella quedara se consumía y la certidumbre de que la luz no volvería nos obligaba a irnos a la cama, ellos a tientas y yo “en mi elemento”. Y cuando velas no había, no les quedaba a mis hermanos y a mis papás otro remedio que estarse por ahí, sentaditos y medrosos, oyendo cómo el niño ciego iba y venía, de aquí para allá y de allá para acá, jugando y sintiéndose por fin en ventaja en su mundo de desventajas. Pero que quede claro que eso no es lo verdaderamente memorable de aquellas noches.

Y entonces, ¿qué es lo memorable? El prodigio de que, mientras mi ojo izquierdo pasaba de la luz a la oscuridad total, de la oscuridad total a la atenuada por la llama de la vela o de la oscuridad total al ofuscamiento producido por el brusco retorno de la luz, mi ojo derecho se quedaba al margen de semejante experiencia. ¿La luz y la ceguera reunidas en una misma persona, en una misma existencia?: en efecto.

Lo cual quiere decir que gracias a mi ojo izquierdo, que tuvo la dicha de poder ver las tinieblas de muchas noches a oscuras, yo sé que la ceguera no es tenebrosa, como explicablemente se la figuran todos ustedes. Y también sé, gracias a mi sempiternamente apagado ojo derecho, que la ceguera no son esas temibles tinieblas porque él jamás las ha visto: recuerden que lo suyo es “la nada; es decir, la ausencia absoluta de luz y color”.

Han pasado los años y la visión exigüísima que tuvo mi ojo izquierdo ya no existe, como tampoco el ojo, pues un accidente de tránsito en que me vi inmerso en el año 2000 se los cobró sin remordimientos. Atrás quedaron la luz del sol, la de la luna, las luces artificiales y los colores, que por fortuna mi memoria ocular grabó, espero que para siempre.

Quiero creer que este intento de definir lo indefinible (en mi caso la ceguera, esfuerzo desmesurado que bien se puede equiparar al del sordo profundo o al del autista o al del cuadripléjico que se aventuraran a relatar sus discapacidades) no está saliendo del todo mal. Pero por si las dudas, déjenme compartir con ustedes, con la esperanza de que lo que aún resulta confuso se aclare siquiera un poco, esto que me sucedió hace unos años en un colegio para ciegos de Bogotá, ciudad en la que he vivido prácticamente toda la vida.

Con la idea de enseñarles a los niños cierto vocabulario del inglés, y de hacerlo de modo tal que el aprendizaje se les tornara relevante y agradable, se me ocurrió un día llevarles frutas para que, tocándolas y oliéndolas, concluyeran qué fruta se les había entregado. Todo marchaba según lo previsto (se sabe que los ciegos de nacimiento, salvo muy contadas excepciones, desarrollamos tactos y olfatos muy superiores a los del vidente medio, que se vería en grandes aprietos para dar buena cuenta de esta prueba si la presentara con los ojos vendados), hasta que a los nombres de las frutas decidí sumarles los de sus colores.
--Sofía. Qué fruta tienes en la mano.
--Una naranja, profe.
--Y de qué color es esa naranja.
--¿Negra?
--A ver, niños: ¿de qué color son las naranjas? ¿Nadie sabe?
--Las naranjas son amarillas -respondió con desgana Dylan desde el fondo del salón.
--¿Y tú por qué sabes que las naranjas son amarillas?
--Pues porque mis papás me dijeron.

Así de sencilla y de compleja era la respuesta de Dylan, no en vano el niño más aventajado de la clase. No se trataba de que él -y me sirvo aquí de la expresión técnica y por ende fea que utilizó el doctor Barraquer- tuviera residuo visual alguno; simplemente, había oído de su papá o de su mamá que las naranjas eran amarillas e interiorizó el vocablo, sin que por ello su cerebro asociara el amarillo con nada “tangible”.

El ejercicio continuó de esa guisa; con manzanas no verdes o rojas sino negras, con bananos no amarillos sino blancos o rojos o lo que fuera.

¿Conclusión?: es tan imposible para el ciego total de toda una vida saber qué o cómo son el azul de un cielo despejado o el negro tenebroso de una noche en una ciudad carente por completo de luz eléctrica o de carros que la iluminen con sus farolas, como para un sordo profundo desde su nacimiento saber qué se siente cuando se oye el cuarto movimiento de la ‘Pequeña Rusia’ de Chaikovski o la voz de una madre o una amante que nos consuelan. Tanto o más que si el que nació sin manos, apenas con los muñones o ni siquiera, pretendiera saber qué experimentan los dedos de ese amante o de ese hijo que acarician, según se trate, el sexo o la frente de esas dos mujeres.


Epílogo

Recuerdo justo en este momento que muchos de mis estudiantes universitarios a menudo me preguntaban por qué me declaraba en contra del dichoso “lenguaje inclusivo”, a lo que yo respondía con una serie de argumentos que no sé si los tranquilizaban o, por el contrario, conseguían más bien exasperarlos. Y me pregunto por qué, a fin de que les quedara del todo claro, nunca les propuse un ejercicio como este que me apresto a proponer a los lectores:

Reemplacen en el texto, respectivamente por “persona en situación de discapacidad visual” o por “discapacidad visual” -desde luego que con sus plurales cuando corresponda- todos los ciego(s) o ceguera(s) que encuentren. Cuando concluyan, los que lo logren, lean ambos documentos y comparen.

Los resultados y la subsiguiente discusión harán parte de una próxima reflexión.

sábado, 1 de junio de 2019

Naturalidad, espontaneidad, verosimilitud


“Y es que la vida, que muestra con desfachatez todos los absurdos, pequeños y grandes, de que felizmente está llena, tiene el inestimable privilegio de poder prescindir de esa estúpida verosimilitud que el arte se cree obligado a respetar. Los absurdos de la vida no necesitan parecer verosímiles porque son verdaderos; al revés que los del arte, que para parecer verdaderos, necesitan ser verosímiles. Con lo que, siendo verosímiles, dejan de ser absurdos. Un acontecimiento de la vida puede ser absurdo; una obra de arte, si es tal, no. De lo que se deduce que es una idiotez tachar de absurda e inverosímil, en nombre de la vida, una obra de arte. En nombre del arte, sí; en nombre de la vida, no.”
Luigi Pirandello

“Hay retratos exactos; retratos de ciudades igual que de personas. Quien no conoce el original admira la verosimilitud y siente en la imaginación el estremecimiento de una presencia cierta. Quien conoce bien el modelo y está en condiciones de comparar se asombra de la precisión del parecido, confirmado por detalles mínimos y sutiles que no pudieron ser inventados porque constituyen la médula misma de lo real. La paradoja del retrato es que, ateniéndose a la superficie de lo que ven los ojos, alumbra lo profundo y deja intuir lo secreto. La cara es el espejo del alma. Uno mira la cara en el retrato, o la ciudad en una narración, en una película, en una serie de fotografías, y puede decir, como señalando con el dedo: ‘Es así’.”
Antonio Muñoz Molina

“La realidad suele precisar de la invención para tornarse verdadera. Es decir verosímil. Para ganarse la convicción, la emoción del lector.”
Jorge Semprún

“Porque en literatura se trata no de la verdad, sino de lo veraz, algo que atañe por igual a lo real y a la ficción...”
Andrés Trapiello


El otro día estaba con mi madre; era de noche y mirábamos televisión. Tocaba escoger las noticias de CM& o La gloria de Lucho, una telenovela que recién se había estrenado y que estaba cosechando entre mis allegados elogios y admiración. Como sabía que lo que ella quería ver no era precisamente el noticiero, le dije que listo, que pusiéramos ese programa. Tampoco es que importara mucho: noticias oigo todos los días y un poco -un poco más, quiero decir- de superficialidad no estaba nada mal. 

A medida que los personajes iban apareciendo en la pantalla, conversando, conversando, Orfi me señalaba los vínculos que los unían y dos o tres cualidades de cada uno, con lo que me fui formando una idea de la historia. Pero llegó el momento en que ya no le prestaba atención, absorto como estaba en lo que dentro del televisor decían y en el modo de decirlo.

--Déjame oír y me sigues contando durante las propagandas -le supliqué de pronto, y me metí de lleno en la trama. Tanto, que la noche siguiente no fue necesario descartar nada: ahora ella y yo estábamos sintonizados. De eso hace tal vez tres meses y, desde entonces, los lunes, los martes, los miércoles, los jueves y los viernes son o se tornan muy alegres cuando mi reloj parlante me advierte que son las nueve, porque un nuevo capítulo de esa telenovela maravillosa va a comenzar.

Sí, maravillosa. No sé si tanto o más que El cerco de Londres de Henry James, o que La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza, o que De animales a dioses de Yuval Noah Harari: los tres libros que por estos días ando leyendo, pero maravillosa a fin de cuentas.

Todos sus personajes, sin excepción (desde los principales hasta los más comparsas, pasando por los secundarios), parecen imbuidos de una naturalidad y una espontaneidad difíciles de encontrar incluso en la vida real, en la que hay (“habemos” corregiría, con toda la razón de su parte, el fresco de Lucho) tanto amanerado, afectado, forzado, rebuscado, ampuloso, engolado, artificioso, hinchado, altisonante, rimbombante, prosopopéyico, entonado, postizo, melifluo, aparatoso, pesado, sentencioso, repulido, relamido, satinado, retórico, soplado, recompuesto, sofisticado, edulcorado, esotérico y, como decía un gran amigo ya muerto, circunstanfláutico.

Ya querría esa profesora de Historia que tuve en el bachillerato, con su acentico paisa cansón y “sonsonetudo”, que solía inventarse conversaciones dizque oídas en los buses para ejemplificar cosas de tía solterona sin oficio, tener la mitad del carisma del Lucho Díaz fictivo y su desparpajo para nada artificial. Ya querría ese otro profesor de Literatura Británica de la Pedagógica, tan afectado él aunque tan querido y viudo para más señas, tener por esposa a la Gloria de Lucho, que habla y llora y mama gallo con una naturalidad que en pocos recuerdo tan exuberante. Ya querría cualquiera de mis estudiantes jóvenes, o mis primas que ya no lo son tanto, actuar con el desembarazo y la picardía de “la Lady” o con la tristeza jamás impostada de “la Marcela”. Ya querría yo, que daría la vida por nunca sonar acartonado, que las palabras que acá escribo fluyeran con la espontaneidad de todo lo que dicen Rubén, Wilson, Brian, Nena, Gonzalo, Graciela o cualquiera de todos los que intervienen en la recreación de la vida del lustrabotas y concejal destituido en 2004.

Miento si digo que sé cuándo fue que gran parte de mi vigilia, y hasta mis sueños, se empezaron a regir por las exigencias de naturalidad y espontaneidad que me impone el sentido del oído, cada vez con mayor apremio. Sé, eso sí, que fue hace algunos años cuando comencé a oírme hablar, intervenir, opinar o dialogar y a oír a los otros haciéndolo y a clasificar allí mismo esos discursos, intervenciones, opiniones y diálogos o simples charlas bajo muchas categorías y con muchos calificativos: por completo afectado, muy afectado, afectado, natural, muy natural o por completo natural; forzado, innecesariamente enfático, deshilvanado, insincero, inverosímil, verosímil, sincero, elocuente, escueto, convincente.

Si dicto clase o charlo con alguien, evalúo lo que digo y lo que me dicen según los implacables criterios de ese sentido, que me advierte que lo que estoy yo expresando o lo que a mí me comunica un alumno o mi interlocutor fluye o se estanca, atascado en tonos de voz apócrifos, volúmenes demasiado altos o bajos, cadencias exageradas o ausencia de ellas, palabras que no vienen al caso o que desvirtúan lo que se pretende comunicar, risas o sonrisas demasiado estentóreas o fingidas, silencios que deben coparse o frases que deben suprimirse, gesticulaciones y muecas que sobran o que se hacen imperiosas, para no hablar de los errores propios del desconocimiento de la lengua, que para el caso que nos ocupa pueden incidir o no contar en absoluto.

Escribiendo esto, descubro que las personas a las que más he querido (no hablo de aquellas que por imposiciones del destino casi que estamos obligados a querer -los padres, los hermanos, otros familiares- sino de esas que se nos cuelan en los afectos por las razones que sean), que los políticos que mejor tolero (Angela Merkel, Barack Obama, Emmanuel Macron, Jacinda Ardern, Antanas Mockus) y que los profesores cuyas clases -no hablo aquí de maestros porque si lo hiciera estaría hablando de lecciones de vida y de eso ya hablé alguna vez- más recuerdo (las de Lyndy Arriaga, las de Luz Mary Giraldo, las de Gloria Rincón, las de Cristo Rafael Figueroa) tienen en común al menos esa cualidad que muy seguramente obró a su favor en mi inconsciente para que así fuera: una naturalidad y una espontaneidad constantes aunque falibles pero capaces de rehacerse tras irrupciones comprensibles de sus opuestos.

Descubro igualmente que los periodistas de los que en la actualidad soy más asiduo -María Elvira Arango y sus Informantes; muchos de Radio Francia Internacional, la Deutsche Welle, Televisión Española y CNN- y los columnistas que leo cada domingo sin falta -Antonio Caballero y María Jimena Duzán; Juan Esteban Constaín, Moisés Wasserman, don Juan Gossaín, Thierry Ways y Eduardo Escobar; Héctor Abad Faciolince, Piedad Bonnett, William Ospina, Santiago Gamboa, Julio César Londoño, Mauricio García Villegas, Andrés Hoyos, J. D. Torres Duarte, Cecilia Orozco Tascón y Tola y Maruja; John Carlin, Arturo Pérez-Reverte y Juan Villoro; Javier Marías, Javier Cercas, Manuel Rivas, Rosa Montero, Elvira Lindo, Leila Guerriero, Moisés Naím, Mario Vargas Llosa, Álex Grijelmo, Juan José Millás, Manuel Vicent, Fernando Savater, Martín Caparrós, Antonio Muñoz Molina, Manuel Vilas, Enrique Vila-Matas, José Ovejero, Eduardo Lago, Enrique Krauze, Juan Villoro, Gustavo Martín Garzo, Carolin Emcke, Eliane Brum, Adela Cortina... (lástima que a esta lista ya no pertenezcan Jorge Orlando Melo, Juan Gabriel Vásquez ni Roberto Merino)- me llegan al cerebro tras pasar por el oído con más o menos naturalidad, espontaneidad y verosimilitud según de quién se trate.

Si por decir algo comparo los artículos de Millás con los de Gamboa, o los de Vicent con los de Lindo; los de Guerriero con los de Cortina, o los de Gossaín con los de Hoyos, justo es reconocer que los de los primeros (Millás, Vicent, Guerriero y Gossaín) a mí me parecen más espontáneos y naturales que los de los segundos (Gamboa, Lindo, Cortina y Hoyos) sin que acierte a concretar el porqué de esa sensación con aspecto, más bien, de convicción. ¿Un mayor talento para la escritura?, ¿cuestión simplemente de estilo?: vaya usted a saber.

Y las cosas se complican cuando se habla de verosimilitud en relación no ya con la vida real, sus circunstancias y sus personajes de carne y hueso, sino en relación con las ficciones literarias: novelas, “nouvelles”, relatos y microrrelatos. Porque mientras que la naturalidad y la espontaneidad pueden bastarse por sí solas en muchos momentos de la cotidianidad más cruda, a la literatura se le exige, consciente o inconscientemente, que sea verosímil. Es decir, “creíble”, natural y espontánea a un mismo tiempo.

¿Que el cuento que me está echando equis narrador sobre el o la protagonista parece rebuscado y en modo alguno su narración resulta espontánea?, de malas porque no es verosímil. ¿Que los diálogos de tal novela o de tal relato atentan contra la naturalidad?, de malas porque no son verosímiles. ¿Que las caracterizaciones de este y aquel personajes se antojan contrahechas e incoherentes?, de malas porque no son verosímiles. ¿Que la voz narrativa excede o defrauda las expectativas que ella misma alimentó a comienzos de la obra?, de malas porque no es verosímil.

            La verdad es que poco más se puede decir sobre una cuestión tan sumamente espinosa como es esta de la verosimilitud o la inverosimilitud en literatura pues, ni siquiera entre lectores avisados e inteligentes, hay siempre acuerdos respecto de la valía de obras que gozan de algún o mucho predicamento en el mundo de los libros. Yo he podido conversar, por ejemplo, con lectores que califican como soberbias e incluso como perfectas La carretera de Cormac McCarthy, o Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, o La razón del mal de Rafael Argullol cuando para mí no constituyen otra cosa que esperpentos fictivos. He debatido con adoradores de García Márquez y Nabokov -a quienes no adoro pero sí admiro profundamente- el hecho de que para mí el capítulo XVIII de Cien años de soledad le sobre a la novela y Memoria de mis putas tristes no le aporte nada -o en todo caso muy poco- a la obra invaluable del escritor caribe, o que la segunda parte de Lolita, quien perdió todo su encanto de nínfula por culpa de la impericia del autor real y de su profanador el protagonista, jamás debió escribirse. También he defendido, a veces con ardentía, obras que otros juzgan con acritud pero que yo adoro, verbigracia La paloma de Patrick Süskind, Marianela de Pérez Galdós o Basura de Abad Faciolince. Y todo en vano porque, en asuntos de filias y fobias literarias, las disputas suelen ser igual de insolubles y en ocasiones tan enconadas como las que libran creyentes y no creyentes de lo que sea: religión y política antes que nada.

martes, 10 de abril de 2018

Simplemente, me mamé

Me mamé de oír que los niños y los adolescentes de hoy son más despiertos e inteligentes que todos los que los precedieron simplemente porque juegan con sus ‘smartphones’ y pantallas desde que dejan de gatear y comienzan a caminar. Sería como decir que los de la mía lo éramos porque sabíamos desenredarle la cinta a un casete que se nos trabó dentro de la grabadora o el equipo de sonido, o porque jugábamos marcianitos o maquinitas como tahúres de casino. Francamente, qué concepto tan pobre el que se tiene de la inteligencia.

Me mamé de tantos clichés que se repiten sin la menor reflexión en todas partes, como ese de que “no hay como el amor de la madre”. ¿De cuál madre, me pregunto? Porque si es de la mía de la que se habla, tienen razón. Pero otra cosa muy distinta dirían los niños maltratados por sus madres o los adultos que lo fueron por las suyas tal vez a diario, y de las peores formas: indiferencia, parcialidad, insultos; humillaciones delante de familiares o amigos o de quien sea; golpes propinados con la mano, con el cable de la plancha o con cualquier objeto contundente que se atraviese, simplemente porque así son los desarreglos hormonales o porque el marido no llegó a dormir anoche a la casa. Pero como las mujeres siempre son víctimas y jamás victimarias, esto tan grave o no se tiene en cuenta en absoluto, o se desdeña como algo menor. Bueno sería abrir los micrófonos y encender las cámaras y permitir que todos los que tengan algo que denunciar en este sentido lo puedan hacer, desde luego que también en los foros de opinión de los periódicos. Ah, y en los parvularios, las escuelas, los colegios, las universidades, las iglesias, las oficinas, los buses, la calle…, para ver si el asunto importantísimo de la violencia en los hogares cobra por fin siquiera un poco de objetividad y equidistancia.

Me mamé de oír repetir a los universitarios, que no leen periódicos ni se informan a través de la radio o la televisión, ocupados como están en la rumba y los videojuegos y las redes sociales, lo que oyen de sus profesores en clase -cuando los oyen-, una perogrullada: que los medios de comunicación tienen intereses políticos y económicos y por tanto no son dignos de total confianza. Como quien dice, yo no leo prensa ni oigo las noticias en la radio o veo los noticieros no por pereza y desinterés (las verdaderas razones por que no lo hacen) sino para evitar que me manipulen. Como si quedarse con lo que equis o ye profesor o mi mamá o mi papá o mi tío opinan, también con sesgo, fuera la solución para la tontería esa de las ‘fake news’, que tienen hoy por hoy al mundo entero en vilo y escandalizado. Un mundo que simplemente no entiende que ni eso ni nada -avieso, mediocre o loable- que provenga del caletre humano es nuevo. Nada.

Simplemente, me mamé de los leedores pretenciosos que creen que lo que ellos han leído o están leyendo es lo que hay que leer porque, de lo contrario, el receptor de su cháchara es un pobre ignorante. Ignorantes ellos que no alcanzan a mensurar las dimensiones oceánicas de la buena literatura, que ni en las siete supuestas vidas del gato conseguiría abarcar el más capaz y disciplinado de los bibliófilos.

Simplemente, me mamé de los “cortarse el cabello” o “lavarse el cabello” o “peinarse el cabello”, de los “iniciar”, de los “finalizar”, de los “enfocarse en”, de los “presunto”, de los “escuchar llover” o “escuchar ruidos” o “escuchar voces”, de los “al interior de”, de los “adicionalmente”, de los “hacer pedagogía”, de los “problemática”, de los “poner en contexto”, de los “ente acusador”, de los “lesionado”, de los “queísmos”, de los “dequeísmos”, de los “señores de las FARC”, de los “señores paramilitares”, de los “con los buenos días” o “con las buenas tardes” o “con las buenas noches”, de los “las miles de víctimas”, de los “las millones de denuncias”, de los “es mi opinión”, de los “respeto opiniones en contrario”, de los “a todos y a todas”, de los “personas en situación de calle”, de los “personas en situación de discapacidad”, de los “afrocolombiano” o “afroamericano” o “’afrowhatever’”, de los “doctor Iván”, de los “señora Clara”, de los “decirles que…” o “expresar que…” o “darles la bienvenida a…”, de los “el preciado líquido”, de los “seguir trabajando con humildad”, de los “está siendo”, de los “en orden a”, de los “al final del día”, de los “políticamente correcto”, de los “colocarse”, de los “accequible”, de los “una falta sobre”, de los “una llegada sobre el arco de…”, de los “de acuerdo a”, de los “en base a”, de los “el mismo” o “la misma” o “los mismos” o “las mismas”, de los “’impichment’”, de los “sensibilizar”, de los “acompañamiento”, de los “socializar”, de los “tener sexo”, de los “en el treceavo piso” o “en el veinteavo festival” o en el “cincuentaavo cumpleaños”, de los “adulto mayor”, de los “comunidad LGBTI” o “comunidad discapacitada” o “comunidad académica”, de los “compra colombiano”, de los “sí se pudo”, de los “todos somos ‘Charlie Hebdo’” o “’Me Too’” o “’dreamers’”, de los “inteligencia vial”, de los “el tema de”, de los “nosotros como gobierno” o “banco” o “iglesia pensamos que…”, de los “referirse sobre”, de los “¿cómo vas?” y demás sandeces y melifluidades de académicos, políticos, periodistas, abogados y ciudadanos de toda índole aunque por fortuna no todavía -que yo sepa al menos- de abuelos y campesinos. O eso quiero creer.

Me mamé de oír que dizque los ciegos vemos con los ojos del alma: ¡pero por Dios! Si todavía desconocemos qué es el alma o si tal embeleco existe, ¿con cuáles ojos de cuál alma vamos a ver los que no vemos? Una cosa sí les aseguro: los ciegos de la secta sabatiana, que me honro de presidir no ya en América Latina simplemente sino en el universo mundo, miran hondo muy hondo pero no gracias al alma; gracias a Su Majestad la inteligencia.

Me mamé de que cristianos y testigos de Jehová se atrevan, los muy cabrones, incluso a despertarme en el TransMilenio para preguntarme siempre lo mismo y con las mismas palabras babosas: “¿Usted sí sabe que Dios le puede devolver la vista?”. Y yo, entre las brumas del sueño: “¿Quién?, ¿qué?”. Y ellos, subiendo el volumen, pues además de ciego me imaginan sordo: “Que Dios le puede devolver la luz de las vistas”. Y yo, cada vez más puto: “Primero, no se dice vistas sino ojos. Y segundo, a mí no me tienen que devolver nada porque siempre he sido ciego”. Y ellos, porfiando: “¿O sea que usted nunca ha mirado?”. Y yo, casi al borde de un ataque de nervios: “¿Mirado qué?”. Y ellos, untuosos: “Las cosas, las personas. ¿Usted nunca a mirado a su mamita?”. Y yo, ahora sí completamente despierto y…: “No tengo mamita ni creo en Dios ni quiero ver. ¿Le queda claro?”. Y ellos, por fin sinceros: “Por eso es que está ciego”. Y yo, cagado simplemente de la risa: “Bueno señor. Hasta mañana”. Y vuelvo a clavar cacho porque todavía me faltan varias estaciones para bajarme.

Me mamé de que para los que atormentan a los animales no haya prácticamente ningún castigo. ¿Qué tal si para disuadirlos reinstauramos simplemente la sapientísima ley del Talión? sííííí: esa del ojo por ojo y diente por diente que jamás debió abolirse. Si algo así de bello ocurriera, sus defensores -los de los animales- podríamos apagarles a los malditos sobre la piel los cigarrillos con que se divierten quemando a perros y gatos, o les tiraríamos encima a las viejas amargadas la misma agua hirviendo con que escaldan a los callejeros que se les cagan en el frente de sus cochinas casas, o mataríamos de hambre y de extenuación a los que explotan y maltratan caballos y demás animales de labor, o les daríamos las mismas patadas y golpes a las escorias humanas que a diario los hacen gemir de dolor a todos ellos: los únicos de entre los seres animados merecedores de felicidad en el planeta.

Me mamé, simplemente, del complejo de inferioridad idiomático de cientos de millones de usuarios de lo poco que va quedando de la lengua de Cervantes, y de su incapacidad para darse cuenta de lo ridículos que se oyen nombrando cada cosa con un término ajeno que no comprenden pero que creen que les confiere estatura social. Un fenómeno del que participan por igual los desclasados, que bautizan a sus hijos dizque Darwin, Michael, Shirley o Whitney pero los llaman el Dargüin, el Máicol, la Chirli y la Güidni; los emergentes, que matriculan a sus hijos en el Colombo Americano o en cualquier chuzo donde se enseñe inglés porque “el que no hable inglés hoy en día está condenado al fracaso”, pamplina que repiten bobaliconamente y sin caer en que solo el dos por ciento por ejemplo de los colombianos lo habla entre muy bien y con cierto decoro pero no por eso se pueda decir que solo ese dos por ciento sea el que sale adelante; y los privilegiados, cuyas empresas bautizan y acompañan de eslóganes plagados de anglicismos para “sonar” internacionales porque qué tal llamarnos Helados La Delicia o Bar La Gresca o Restaurante de la Montaña. Imposible: para descrestar calentanos y cobrarles duro, nos tenemos que llamar ‘Exquisite Ice Cream’ o ‘The Fight Bar’ o ‘The Mountain Restaurant’. Paradójicamente, cuanto más grande es la frustración del que en vano se sueña hablando inglés, más grande es su idolatría por esa lengua que se le resiste y, resentido, ya que no logra lo que anhela, envenena lo que sí le pertenece pero desprecia.

Me mamé de oír, cada que hay pedreas y terrorismo en los alrededores de las universidades públicas de Bogotá y supongo que de todo el país, a los rectores o a quien tenga a cargo la declaración después de los destrozos decir que “los actos vandálicos fueron perpetrados por personas ajenas a la institución” a sabiendas de que mienten descaradamente. Y mienten simplemente porque, en esos desmanes propios de bandidos aunque disfrazados de protesta y de inconformismo juvenil, quienes actúan de hecho son terroristas matriculados en la universidad -la Pedagógica por ejemplo- o venidos de las vecinas -la Nacional y la Distrital-, cuando no profesores o profesionales egresados de una o de las otras y vinculados al terrorismo universitario desde antiguo. Propongo que en adelante, amén de militarizar el campus en que se cometan los desmanes, cada que una declaración así de insensata e irresponsable se produzca, se empapele, en calidad de cohonestador, también al declarante.

Me mamé de la legión de ciudadanos y periodistas a todas luces afectos a la izquierda que, soslayando intencionadamente los abusos de poder y los casos de corrupción durante su alcaldía, gradúan de completamente honrado a Gustavo Petro, cuya reputación de gobernante que no roba se mantiene en pie gracias simplemente a ese respaldo irrestricto y cómplice. Porque es que si al menos un veinte por ciento del tiempo y la energía que dichos ciudadanos y periodistas emplean en denigrar la ya de por sí funesta historia de los delitos de Uribe y el uribismo en el país se hubiera empleado en objetividad e investigaciones a la precarísima gestión de Petro y el petrismo al frente de Bogotá, otro gallo muy distinto habría cantado y otra muy distinta sería la imagen de este otro aspirante -ojalá para siempre postergado- a tirano criollo.

Me mamé de que los fanáticos de la fidelidad a todo trance y la exclusividad sexual -sinceros unos, hipócritas otros- me impongan su versión manida y machacona del amor venéreo. Y es que al igual que frente a los creyentes, ante quienes ateos y escépticos resolvemos callar en vista de su número e intransigencia, los que pensamos y sentimos diferente en relación con este asunto que a todos nos atañe o nos tapamos la boca y nos reservamos nuestras propias convicciones, o adoptamos las ajenas a sabiendas de que vamos simplemente a perecer en el intento.

Me mamé, simplemente, de que las universidades y sus carreras presuman de la mentirosa “alta calidad” a que cada cierto tiempo unas y otras deben optar so pena de quedar por fuera de un selecto grupo de alma máter que no obstante comparten con las de escasa o ninguna calidad el estudiante medio de hoy -y de ayer, y de antier, y tal vez de siempre-: ese que no lee porque no le gusta y si lee no comprende; ese que no escribe porque no le gusta y si escribe lo hace horrorosamente; ese que no opina porque no sabe y si opina es para especular (entiéndase “divagar”); ese que tantos y tantos colegas gradúan pese a no ser más que un analfabeto funcional, por supuesto bastante inculto. ¿Tan analfabeto y tan inculto como los que lo “educaron”? Infortunadamente sí, en demasiados casos.

Simplemente, me mamé de que las Vivianes Morales, los Alejandros Ordóñez y demás hipócritas moralistas se amangualen en contra del derecho que los niños abandonados tienen a que seres necesitados de hijos o generosos por naturaleza les ofrezcan el hogar que estos fariseos les niegan pero no les brindan. Y a los muy tartufos se les llena la boca diciendo que son “provida” o “pro vida” (no sé bien cómo es que escriben los de marras ese esperpento), cuando está claro que lo único que hacen es vociferar sus taras y dogmas religiosos e impedir con su mezquindad que la esperanza y la felicidad se materialicen en forma de familias nuevas y heterogéneas, tolerantes y ojalá ejemplares. Los sensatos tendríamos que exigir a esta legión de oscurantistas que, ya que se oponen a que quienes sí pueden y quieren lo hagan, adopten ellos y cada uno de sus correligionarios al menos a un niño expósito. Les garantizo que con ello concluiría su hasta hoy férrea oposición.

Me mamé de la palabrería de feministas y demás grupos minoritarios que pretenden, mediante la censura y la imposición, acabar definitivamente con las injusticias de que siempre hemos sido objeto las mujeres y los negros, los no heterosexuales, los discapacitados y en términos generales los diferentes. Maravilloso sería que los voceros de esas “comunidades” comprendieran que los cambios que se necesitan poco tienen que ver con el lenguaje y mucho con las realidades de exclusión y falta de oportunidades, que muy seguramente van a seguir siendo el pan de cada día mientras todos los esfuerzos se sigan concentrando en que hoy (ya se verá qué se le impone mañana) la sociedad nos llame personas en situación de discapacidad a los que simplemente somos ciegos o sordos, personas de condición sexual diversa a los homosexuales o transexuales y deje de llamar sexo débil a las mujeres. Tarde o temprano, se van a arrepentir del tiempo malgastado.

Me mamé de que quienes estamos de acuerdo con la eutanasia y el aborto le imploremos al Estado permiso para dejar de sufrir o lograr que un ser querido lo haga, o para interrumpir un embarazo indeseado o temido. ¿No existen acaso las pistolas y los barbitúricos para un caso, y la mifepristona y el misoprostol para el otro? Simplemente, en tanto sea la caverna lo que impere, manos a la obra.

(Continuará.)

domingo, 4 de febrero de 2018

¿Que todo tiempo pasado fue mejor?: apuntes sobre un hito de la narrativa de todos los tiempos


“Ya sabemos que el palo del mundo, su cansada madera, no está para hacer cucharas; pero igual nunca lo estuvo, esto fue así desde que empezó, y puede empeorar. De ahí que en todas las épocas haya habido siempre una sola añoranza que se repite con ilusión y terquedad, la del pasado feliz y perfecto que nunca existió, la de un mundo ideal que se supone que alguna vez fue. La nostalgia de algo que en verdad jamás vimos, gran consuelo.”
Juan Esteban Constaín
“El horror ha sido siempre endémico, consustancial a las circunstancias históricas, a las realidades políticas y sociales. No sabemos de ninguna época que haya estado exenta de matanzas.”
George Steiner
“… Deduje que los viejos de todos los países del mundo dicen lo mismo, que el hombre que va adquiriendo edad parece siempre inclinado a creer que, bajo todos los aspectos, el ayer era preferible al hoy. Los viejos de hace cien años añoraban los tiempos de hace dos siglos, y los viejos de hace doscientos años suspiraban por los de hace tres siglos: nada nos autoriza a creer que algún viejo haya manifestado estar contento con el estado de cosas de su época.”
Junichiro Tanizaki
“¡Oh, si fuera posible que los bienes, las jerarquías, los empleos, no se alcanzaran por medio de la corrupción! ¡Si fuera posible que los honores se adquirieran siempre por el mérito del que los obtiene! ¡Cuántos hombres andarían vestidos que ahora van desnudos! ¡Cuántos son mandados que mandarían!...”
William Shakespeare

Desde que me recuerdo, es decir desde que tengo eso que llaman uso de razón, he oído hablar a los hombres y a las mujeres de mi familia, a hombres y a mujeres en la calle, en los buses, en las fiestas, en los velorios, en la radio y en la televisión y en todos los sitios donde he estado por la razón que sea, de lo diferente que eran la vida y la gente cuando ellos estaban jóvenes o pequeños; de que “en esa época” la gente sí respetaba a los mayores y honraba la palabra empeñada; de que claro que había maldad, pero no toda la que hay “ahora” ni semejante falta de valores; de que los políticos sí tenían “entonces” ideologías claras por las que se regían y ciertos principios que los hacían diferentes a los politiqueros de “este tiempo”; de que la codicia y el materialismo de la gente de “mi época” no eran ni sombra de lo que son “ahora”, y así hasta la saciedad. Yo mismo, para qué negarlo, he incurrido mil veces en esa sensación que es a la vez una convicción, me atrevería a decir que de todos los seres humanos sin excepción: sentir, y creer, que el mundo en que nos correspondió vivir la niñez y la primera juventud sí valía la pena, por todo lo ya mencionado.

Pero si echamos de menos esos tiempos ridículamente remotos, ¿qué no decir de las vidas de nuestros padres y abuelos, cuando aún estaban lejos de serlo? Uno se los imagina, sencillamente, en un mundo menos tecnificado aunque más transparente y probo que el nuestro, y añora lo que ellos sí tuvieron, a la par que los compadece por no haber tenido lo que para uno es “hoy” imprescindible: en mi caso, la televisión por cable y el Internet, los computadores portátiles y la posibilidad bendita de acostarse con la novia o el sexo sin mayores ataduras.

Sin embargo, con frecuencia sucede que cuando se está leyendo a un escritor cuya juventud coincide en el tiempo con las de ellos, con las de nuestros padres o nuestros abuelos, sus quejas y denuncias revelan prácticamente el mismo descontento que se desparrama “en este tiempo” en periódicos virtuales y de papel: venalidades generalizadas, inoperancias, desvergüenzas, faltas contra la ética, amiguismos, traiciones, delaciones, deslealtades, villanías, felonías, insolidaridades; violaciones, descuartizamientos, torturas, desapariciones, secuestros, robos, asaltos a mano armada, magnicidios, crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad, crímenes de Estado; chaqueteros, manzanillos, delfines, cabilderos, testaferros, suplantadores, acaparadores, especuladores, avivatos, defraudadores, politicastros... Y se pregunta el lector reflexivo, cada vez con un libro distinto entre las manos, si de veras cabe afirmar eso que “en este preciso momento” miles de personas en todas las lenguas estarán repitiendo, desperdigadas por el planeta entero: todo tiempo pasado fue mejor.

Hay un instante, empero, uno no más, en la vida de ciertos lectores en el que por fin esa duda se desvanece del todo. Con cada página que lee, el escogido de turno sospecha primero y sabe después que ese mantra de todas las generaciones que en el mundo han sido no es más que una entelequia necesaria e indestructible en la que los desencantados hombres de “hoy” les atribuyen a los de “ayer” lo que estos no sabían suyo sino que creían ajeno y perteneciente a los de “anteayer”, que tampoco eran conscientes de esas cualidades que se les atribuyen y que ellos atribuían a su vez a otros que los precedieron. Y tras la lectura de la última, tras cerrar Los viajes de Gulliver de seguro no para siempre, la certeza de que todo se trata de un engaño imperecedero se aposenta en la conciencia del que todavía acaricia entre sus manos ese libro-revelación.


De lo general a lo particular

Ya estuve con Gulliver en Liliput y en Blefuscu, donde nuestro tamaño corporal -solo ese- superaba con creces al de los liliputienses y los blefuscuanos. Ahora estamos en Brobdingnag, ínfimos frente a su monarca desmesurado, quien tras oír cada vez con menos mofa y mayor interés las respuestas del huésped a sus múltiples preguntas, nos asesta a él y a mí y a usted y a todos los que, vergonzantes, indiferentes o ufanos integramos el género humano, esta verdad irrebatible -háblese de la época que se hable- que así ambienta y presenta Gulliver: “Se asombró grandemente cuando le hice la reseña histórica de nuestros asuntos durante el último siglo, e hizo protestas de que todo aquello era sólo un montón de conjuras, rebeliones, asesinatos, matanzas, revoluciones y destierros, justamente los efectos peores que pueden producir la avaricia, la parcialidad, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la ira, la locura, el odio, la envidia, la concupiscencia, la malicia y la ambición.
En otra audiencia recapituló Su Majestad con gran trabajo todo lo que yo le había referido; comparó las preguntas que me hiciera con las respuestas que yo le había dado, y luego, tomándome en sus manos y acariciándome con suavidad, dio curso a las siguientes palabras, que no olvidaré nunca, como tampoco el modo en que las pronunció: ‘Mi pequeño amigo Grildrig: habéis hecho de vuestro país el más admirable panegírico. Habéis probado claramente que la ignorancia, la pereza y el odio son los ingredientes apropiados para formar un legislador; que quienes mejor explican, interpretan y aplican las leyes son aquellos cuyos intereses y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas. Descubro entre vosotros algunos contornos de una institución que en su origen pudo haber sido tolerable; pero están casi borrados, y el resto, por completo manchado y tachado por corrupciones. De nada de lo que habéis dicho resulta que entre vosotros sea precisa perfección ninguna para aspirar a posición ninguna; ni mucho menos que los hombres sean ennoblecidos en atención a sus virtudes, ni que los sacerdotes asciendan por su piedad y sus estudios, ni los soldados por su comportamiento y su valor, ni los jueces por su integridad, ni los senadores por el amor a su patria, ni los consejeros por su sabiduría. En cuanto a vos -continuó el rey-, que habéis dedicado la mayor parte de vuestra vida a viajar, quiero creer que hasta el presente os hayáis librado de muchos de los vicios de vuestro país.
Pero por lo que he podido colegir de vuestro relato y de las respuestas que con gran esfuerzo os he arrancado y sacado, no puedo por menos de deducir que el conjunto de vuestros semejantes es la raza de bichillos más perniciosa que la Naturaleza haya nunca permitido que se arrastre por la superficie de la tierra.’”

Y hablando de bichos bípedos, esta otra reflexión extractada por Gulliver de una de las obras literarias -un texto de tamaño descomunal- que se producen en Brobdingnag, cuyo colofón sí merece una réplica: “El libro trata de la debilidad de la condición humana, y no goza de gran estima, salvo entre las mujeres y el vulgo. Era, sin embargo, curioso para mí ver lo que un autor de aquel país podía decir sobre tal materia. El escritor recorría todos los asuntos corrientes en los moralistas europeos mostrando cuán diminuto, despreciable e indefenso animal es el hombre por su propia naturaleza; cuán incapaz de defenderse por sí mismo de las inclemencias del aire y de los ataques de las bestias feroces; cómo un ser le aventaja en fuerza, otro en ligereza, un tercero en previsión, un cuarto en industria. Añadía que la Naturaleza había degenerado en estas decadentes edades últimas del mundo y hoy sólo producía pequeñas criaturas abortivas en comparación con las nacidas en los tiempos antiguos. Decía que era lógico pensar no sólo que las especies de hombres eran en su origen mucho mayores, sino también que en lejanas épocas debió de haber gigantes, así como la tradición y la historia lo atestiguan y ha sido confirmado por los enormes huesos desenterrados por casualidad en diversas partes del reino, y que pasan en mucho los de la mermada raza del hombre de nuestros días.
Argumentaba que las mismas leyes de la Naturaleza exigían, sin dejar lugar a duda, que en un principio hubiésemos sido creados de más alto y robusto talle, no tan sujetos a ser destruidos por cualquier pequeño accidente, como el desprendimiento de una teja desde una casa, o el lanzamiento de una piedra por la mano de un niño, o la caída en cualquier arroyuelo donde perecer ahogado. De esta índole de razones sacaba el autor varias normas morales útiles para conducirse en la vida, pero que no es necesario copiar aquí. Por mi parte, no pude dejar de reflexionar en lo universalmente extendido que está el talento de hacer discursos de moral, o más bien de descontento y condolencia por las contiendas que con la Naturaleza nos empeñamos en imaginar. Y creo que con una seria averiguación quedaría evidenciado que esas contiendas son tan infundadas por lo que toca a nosotros como por lo que toca a aquel pueblo.”

¿Infundadas dice usted, mi querido Gulliver, en serio o por disimular y para transigir con los agraviados de su país y los de su continente y los del mundo entero -mi pregunta, les aclaro, es retórica porque de antemano sé la respuesta-? ¡Nada de infundadas! A ver qué le pasaría a cualquier Trump de esos a la intemperie en medio de un huracán que no respete ni fortunas ni presidencias ni nada; a ver qué le pasaría al ex monarca don Juan Carlos frente a los osos que mataba A mansalva pero ahora sin su séquito y sin el arma que se le alcanzaba; a ver si cualquier toro y de ahí para arriba no excede incluso al más fuerte y grande de nuestra Liliput planetaria; a ver si mi gaTita, cuando está de veras alerta y en su plenitud cazadora, no deja pasmado al más rápido de los atletas olímpicos; a ver si una hormiga, tan ínfima como cualquiera de nosotros que ose compararse con el más pequeño de los habitantes de Brobdingnag, no nos excede en previsión y en sacrificio; a ver si incluso el hombre más ilustre no puede encajar la caída de esa teja o de un aparador de libros bajo cuyo peso podría quedar aplastada su brillante testuz; a ver si un muchachito cualquiera no puede dejar tendido, producto de una simple pedrada, al más vigoroso y baladrón de los soldados; a ver cuántos bípedos pedantes se están ahogando en este momento justo y no precisamente en el río Amazonas sino “en el cuncho”, como decimos por estos andurriales: ¡a ver si todo eso no es más que paja!


Contra la sobreabundancia en que incurrieron muchos de sus colegas

Confieso, en mi calidad de lector que admira la mejor literatura elíptica contemporánea, que por el tedio de tener que soportar las descripciones interminables a que eran tan afectos muchos escritores decimonónicos y anteriores, a veces les saco el cuerpo a novelas clásicas de las que muy bien se habla, precisamente para ahorrarme los bostezos que me arrancan, haciéndome por momentos detestar una muy buena historia, todas esas páginas dedicadas a la belleza de un paisaje, de un simple jardín, de los adentros de una casa, de un héroe o una heroína; a las costumbres de una sociedad o a sus vicios y virtudes; al carácter de un personaje-comparsa o al del protagonista; al aspecto de una fachada, de un monumento, de una plaza, de un parque o de una calle. ¿A qué se debía, me he preguntado siempre, semejante ansia de prolijidad? ¿Por qué no se pensaba entonces en el lector que no tolera lo “superfluo”?

Y resolví leer la novela inmortal de Swift, no del todo al margen de las reticencias aquí enunciadas. Pero para mi sorpresa, trabé conocimiento con un escritor alérgico como yo y como tantos a lo excesivo; con un creador que propugna esa máxima de Baltasar Gracián que, tanto si la conoció como si no, poco importa porque la honró hasta sus últimas consecuencias: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Una sentencia que, magnificada, nos permite comprender el horror de lo contrario: lo malo, si extenso, dos veces malo.

Digamos, pues, que el autor de esta novela imperecedera es consciente de que esos excesos, que él llama “ornamentales descripciones”, de seguro atentarían contra la precisión de su relato, y resuelve huir de ellos -como huye el quemado de las llamas- en más de una decena de ocasiones en que Gulliver pone de manifiesto, como para que no queden dudas, sus intenciones: “No sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los detalles de nuestras aventuras en aquellas aguas. Baste decirle que…”. “Pero no quiero anticipar al lector más descripciones de esta naturaleza porque las reservo para un trabajo más serio que ya está casi para entrar en prensa y que contiene una descripción general de este imperio desde su fundación…”. “Pero no quiero molestar al lector con estos detalles. Cuando hube entretenido algún tiempo a Sus Excelencias…”. “No he de molestar al lector con la relación detallada de mi recibimiento en esta corte, que fue como convenía a la generosidad de tan gran príncipe…”. “No he de molestar al lector relatando las dificultades en que me hallé para, con ayuda de ciertos canaletes, cuya hechura me llevó diez días, conducir mi bote al puerto real de…”. “Las ceremonias que se celebraron a mi partida fueron demasiadas para que moleste ahora al lector con su relato.” “No he de molestar al lector con la relación detallada de este viaje, que fue en su mayor parte muy próspero. Llegamos a las Dunas el 13 de…”. “La travesía fue muy próspera, y no molestaré al lector con un diario de ella. El capitán hizo escala en uno o dos puertos y mandó la lancha en busca de…”. “Pero, a fin de no molestar al lector con una relación detallada de mis desventuras, diré sólo que al quinto día llegué a la última isla que se me ofrecía a la vista, y que estaba…”. “Visité muchas habitaciones más; pero no he de molestar al lector con todas las rarezas que vi, en gracia a la brevedad.” “Sería fatigosa para el lector la referencia del gran número de gentes esclarecidas que fueron llamadas para satisfacer el deseo insaciable de ver ante mí el mundo en las diversas edades de la antigüedad.” “Pero no he de molestar al lector con la descripción detallada de mi obra. Bástele saber que…”.

¿Podrán creerme ustedes que la consideración de Swift para con nosotros, los destinatarios de su novela de peripecias, no termina allí?: “Espero que el paciente lector sabrá excusar que me detenga en detalles que, por insignificantes que se antojen a espíritus vulgares de a ras de tierra, pueden ciertamente ayudar a un filósofo a dilatar sus pensamientos y su imaginación y a dedicarlos al beneficio público lo mismo que a la vida privada. Tal es mi intención al ofrecer estas y otras relaciones de mis viajes por el mundo, en las cuales me he preocupado principalmente de la verdad, dejando aparte adornos de erudición y estilo.” (Como quien dice: no solo le ahorra al lector páginas y páginas por completo prescindibles, sino que con él se excusa cuando su juicio creativo le dicta que debe incurrir en “minucias vitales” para la comprensión cabal de algún aspecto de la novela.)

Querría creer que los grandes escritores del siglo XX son conscientes (¿lo serán?) de que le deben a Jonathan Swift el arte de contar con economía, una virtud que los del interregno inexplicablemente no desarrollaron, al menos en la medida en que habrían podido hacerlo para bien de sus lectores y, si cabe, para una mayor gloria de su literatura.


La viga en el propio ojo

Llegado a Laputa, utopía en forma de isla volante que prueba a las claras lo antiguo que resulta en literatura lo real maravilloso, el lector se va a cruzar por el camino con algunas excentricidades humanas que, precisamente como el realismo mágico, existen desde tiempos inmemoriales porque esto que llamamos mundo jamás ha sido sustancialmente distinto o mejor que como lo percibimos hoy.

-¿Dice usted mijito que los laputianos -es decir los esposos de las laputianas- son unos cabrones? ¡Pero si los hombres de esos tiempos debían de ser todos unos machos! ¡Cabrones serán esos maricones de hoy, que se ponen aretes y se maquillan y se dejan el pelo largo!
-Pues cómo le parece abuelita que tal y como se lo digo es. Oiga esto si no me cree: “Las mujeres de la isla están dotadas de gran vivacidad; desprecian a sus maridos y son extremadamente aficionadas a los extranjeros. […] Entre éstos buscan las damas sus galanes; pero la molestia es justamente que proceden con demasiada holgura y seguridad, porque el marido está siempre tan enfrascado en sus especulaciones, que la señora y el amante pueden entregarse a las mayores familiaridades en su misma cara…”.
-Qué decepción, mijito, qué decepción.

Y sí, decepcioné a mi abuelita. Pero ahora era momento de decepcionar también a mis pobres estudiantes de pedagogía que, embaucados por los discursos seudorrevolucionarios de sus profesores más tradicionales entre los tradicionales, se llegaron a creer el cuento de que ellos serían los encargados del milagro de la innovación en la escuela de mañana mismo. Con tal propósito, les dije que leyeran los capítulos cuarto y quinto del tercer viaje de Gulliver, lectura que me los trajo a clase alicaídos luego de “comprender” que por su suma juventud y falta de experiencia los habían engañado, tal vez sin mala intención. Yo aproveché la desazón colectiva y ese estado medio reflexivo en que parecían estar para lanzar al aire, como quien no quiere la cosa, una serie de preguntas que no buscaban respuestas audibles sino íntimas:

¿No vienen a imponer los teóricos de la copia pedagógica -comencé por decir- aquello que los deslumbró en sus clases doctorales y en los textos que en ellas leyeron, sin comprender nada apenas? ¿No pretenden siempre -proseguí- los mismos de siempre (los insensatos y faltos del más elemental sentido común) fundar sobre sus fantasías lo que ya existía y sin siquiera discernir entre lo que servía y lo que no? ¿No están organizados los de marras, también aquí y ahora -añadí-, en academias de arbitristas que lo único que ocasionan con sus caprichos monomaníacos es retraso y más retraso? ¿No nos siguen vendiendo esos mismos profesores -arrecié- fantasías irrealizables que lejos de abolirse o siquiera replantearse se vigorizan a diario? ¿No se señala y persigue hoy y siempre -indagué- a los que nos aferramos a lo válido de lo tradicional, que intentamos mejorar a base, precisamente, de sensatez y sentido común y a los que nos declaramos contradictores de la ridiculísima innovación a cualquier precio? ¿No nos obligan muchas veces las élites insensatas de la docencia y la insensata turbamulta que a ciegas las sigue -concluí al cabo- a abandonar lo que bien funciona para optar por lo que a todas luces no, a saber: la innovación de los carentes de genio y la obcecación por que se rigen?

No alcancé a pronunciar la última pregunta cuando, del fondo del salón y sin que me lo esperara, se oyó la voz de Leidy Michel que decía:
-Profe: esas últimas dos preguntas que usted acaba de hacer me hacen pensar en algo así como un bullying entre colegas; un bullying entre profesores. ¿Sí?
Me quedé paralizado por lo acertado de su lectura.
-¿Sabes que sí? ¿Saben que sí? Y ahora que tú lo dices… Y ahora que su compañera lo dice… Tomen por favor el texto y lean esto conmigo: “Por lo que a él hacía referencia, no siendo hombre de ánimo emprendedor, se había dado por contento con seguir los antiguos usos, vivir en las casas que sus antecesores habían edificado y proceder como siempre procedió en todos los actos de su vida, sin innovación ninguna. Algunas otras personas de calidad y principales habían hecho lo mismo; pero se las miraba con ojos de desprecio y malevolencia, como enemigos del arte, ignorantes y perjudiciales a la república, que ponen su comodidad y pereza por encima del progreso general de su país.”
-Como quien dice…
-Como quien dice -completó esa misma estudiante- que tampoco el bullying, ni siquiera el bullying, es un fenómeno reciente porque según lo que aquí plantea Swift, o quienquiera que esto dice, al que se mantenía al margen de lo imperante en el momento lo matoneaban sus propios colegas.
-Mejor concluido y dicho, imposible.

Sí señores: tal como lo lee Leidy es. Y lo es porque bajo el sol, la luna y las estrellas, nada que concierna a la naturaleza humana es nuevo. Solo lo son los nombres con que rebautizamos cada tanto ciertos comportamientos y fenómenos sociales. Eso es todo.

¿Nada que rescatar entonces -proseguí al cabo- de los enseñantes de la época? Claro que sí, y ojo: no se vayan a dejar confundir por el tono satírico con que el escritor elogia aquí lo que parece -solo parece- que censura: “En la escuela de arbitristas políticos pasé mal rato. Los profesores parecían, a mi juicio, haber perdido el suyo; era una escena que me pone triste siempre que la recuerdo. Aquellas pobres gentes presentaban planes para persuadir a los monarcas de que escogieran los favoritos en razón de su sabiduría, capacidad y virtud; enseñaran a los ministros a consultar el bien común; recompensaran el mérito, las grandes aptitudes y los servicios eminentes; instruyeran a los príncipes en el conocimiento de que su verdadero interés es aquel que se asienta sobre los mismos cimientos que el de su pueblo; escogieran para los empleos a las personas capacitadas para desempeñarlos; con otras extrañas imposibles quimeras que nunca pasaron por cabeza humana, y confirmaron mi vieja observación de que no hay cosa tan irracional y extravagante que no haya sido sostenida como verdad alguna vez por un filósofo.”

Y pensar que a prácticamente trescientos años de proferida la ironía con que concluye la cita, anhelar lo mismo, pedírselo o exigírselo a los poderosos del momento sigue siendo tan “insensato” como cuando lo proponían los miembros de la escuela de arbitristas políticos, y lo seguirá siendo así siempre porque así siempre ha sido.


Que ningún tiempo pasado fue mejor, y menos en materia política

Centrémonos, a modo de comienzo y para no divagar, en el presente político de Colombia, que por estos días celebra -la que celebra- unos acuerdos de paz con los cabecillas de la narcoguerrilla más antigua y sanguinaria de cuantas guerrillas eclosionaron durante el siglo pasado en este continente y tal vez en el mundo. Y hagamos, siquiera durante una semana, el ejercicio tedioso pero necesario de prestarles atención a las noticias que, sobre corrupción -un altisísimo porcentaje-, transmiten la televisión, la radio y los periódicos (no me quería meter con internet para evitarme la perogrullada esa de las ‘fake news’ que a tantos pasmarotes tiene consternados y pensando que asisten a algo por completo inédito en el mundo).

Quien estas dos cosas haga, concluirá al término de esos siete días que en este país hoy se tiene la sensación de que las raterías de políticos y contratistas, magistrados y todo tipo de servidores públicos, militares y policías andan disparadas desde que la guerra con las FARC dejó de ser la vianda predilecta de medios de comunicación adictos a la primicia pero enemigos del seguimiento noticioso y corros de falsos indignados ciudadanos que repudian, más que la corrupción ajena, la maldita mala suerte de no ser uno de los convidados a la repartija.

Vayamos ahora en busca del abuelo o de la abuela y preguntémosles quién, entre la gente de su generación y los muchachos de ahora, creen que es o era el más fuerte y por ende goza o gozaba de mejor salud. Indefectiblemente van a oír de sus labios una respuesta categórica más o menos en los siguientes términos:
-Pero mijo sí pregunta ociosidades. ¡Pues claro que nosotros! ¿No ve que ustedes ahora son todos paliduchos y enclenques? ¿No se mantienen cansados todo el día y dizque deprimidos? En esa época, para que usted se entere, uno no se enfermaba ni se deprimía porque comía sano y respiraba aire puro. Es que no hay punto de comparación.

A unos y a otros -si leyeran lo sabrían- Swift les aclara lo siguiente: “Había un ingeniosísimo doctor que parecía perfectamente versado en la naturaleza y el arte del gobierno. Este ilustre personaje había dedicado sus estudios con gran provecho a descubrir remedios eficaces para todas las enfermedades y corrupciones a que están sujetas las varias índoles de la administración pública por los vicios y flaquezas de quienes gobiernan, así como por las licencias de quienes deben obedecer. Por ejemplo: puesto que todos los escritores y pensadores han convenido en que hay una estrecha y universal semejanza entre el cuerpo natural y el político, nada puede haber más evidente que la necesidad de preservar la salud de ambos y curar sus enfermedades con las mismas recetas. Es sabido que los senados y los grandes consejos se ven con frecuencia molestados por humores redundantes, hirvientes y viciados; por numerosas enfermedades de la cabeza y más del corazón; por fuertes convulsiones y por graves contracciones de los nervios y tendones de ambas manos, pero especialmente de la derecha; por hipocondrías, flatos, vértigos y delirios; por tumores escrofulosos llenos de fétida materia purulenta; por inmundos eructos espumosos, por hambre canina, por indigestiones y por muchas otras dolencias que no hay para qué nombrar…”.

Ahora yo les pregunto, a los unos y a los otros: ¿qué ciudadano decente -pero de veras decente- resistiría los humores hirvientes y viciados que circulan, envenenándolo todo menos a los que deberían envenenar, en nuestro Congreso y concejos municipales, alcaldías y gobernaciones?; ¿no está enfermo, de la cabeza y del corazón, el que se enriquece con el latrocinio de los recursos destinados a paliar el hambre y las enfermedades de los más pobres?; ¿no padece nuestra administración pública una epilepsia más que refractaria (cada nuevo escándalo de corrupción es la convulsión del día) para la que no ha habido ni habrá tratamiento?; ¿cuántos de nuestros presidentes -vivos y muertos-, ministros, consejeros de Estado, gobernadores, alcaldes, senadores, representantes, concejales, diputados -no se crean que la lista termina ahí- no son en sí mismos otra cosa que “tumores escrofulosos llenos de fétida materia purulenta”?; ¿no es canina el hambre del que desangra el erario y roba cuanto puede y donde puede y sin nunca llegar a indigestarse?; ¿de dónde saca Swift su lista de dolencias si “en esa época, para que usted se entere, uno no se enfermaba ni se deprimía porque comía sano y respiraba aire puro”?

Es decir, mis muy estimados amigos, que las podredumbres que expelen los políticos y demás corruptos que nos tocaron no en suerte sino en desgracia no son los síntomas de una enfermedad moral reciente, pues ninguna enfermedad moral es reciente: todas llegaron, como los vicios, con el bípedo arrogante y con él van a desaparecer, si es que algún día algo así de bello ocurre.

Entretanto, miren a ver en dónde encuentran a Betancur, a Gaviria, a Samper, a Pastrana, a Uribe y a Santos y sonsáquenles de qué estrategias se servían y se sirven para “lograr la unanimidad, acortar los debates, abrir unas pocas bocas que hoy están cerradas, cerrar muchas más que hoy están abiertas, moderar la petulancia de la juventud, corregir la terquedad de los viejos, despabilar a los tontos y sosegar a los descocados”. Pregúntenles para que vean que en los prácticamente trescientos años que tiene de publicada la obra de Swift la respuesta es la misma, y sería la misma si la pregunta se le trasladara a un gobernante de un tiempo aún más remoto: sobornos, contratos, puestos, licencias, gabelas, favores… Mejor dicho, y para hablar en términos actuales y vernáculos: MER-ME-LA-DA.

No puedo dar por concluido este apartado sin dedicar unos cuantos renglones y otra cita elocuentísima a tantos eximios gobernantes de la época, quienes, como sus predecesores e inspiradores, honraron las enseñanzas de Maquiavelo y el ejemplo de Goebbels para echar a andar, consolidar y perpetuar -los que lo lograron- sus en unos casos regímenes y en otros satrapías de izquierda o de derecha: poco importa pues los métodos han sido en esencia los mismos. Pienso entonces -excúsenme que no vaya más allá- en los Castro por un lado y en los Videla, los Stroessner, los Bordaberry y los Pinochet por otro; en los Fujimori, los Chávez y los Uribe Vélez así revuelticos; en los Maduro, los Trump y los Kim, a cuál más risible y peligroso; en los Putin y los Erdogan, los chinos y los árabes radicales con desazón y angustia. Estados de ánimo que sin embargo no impiden que una como risa sardónica se dibuje en mis labios, que acto seguido contraigo con desprecio.

Swift, que en materia política todo lo tiene claro, no se pone con distingos de ningún tipo ni con miramientos y a todos los mide con el mismo y único rasero posible: el de la mezquindad de sus prácticas abusivas: “… en el reino de Tribnia, llamado por los naturales Langden, donde pasé algún tiempo durante mis viajes, la inmensa mayoría del pueblo está constituida en cierto modo por husmeadores, testigos, espías, delatores, acusadores, cómplices que denuncian los delitos y juradores, con sus varios instrumentos subordinados; y todos ellos, atenidos a la bandera, la conducta y la paga de ministros y diputados suyos. En aquel reino son las conjuras, por regla general, obra de aquellas personas que se proponen dar realce a sus facultades de profundos políticos, prestar nuevo vigor a una administración decrépita, extinguir o distraer el general descontento, llenarse los bolsillos con secuestros y confiscaciones y elevar o hundir el concepto del crédito público, según cumpla mejor a sus intereses particulares. Se conviene y determina primero entre ellos qué persona sospechosa deberá ser acusada de conjura y en seguida se tiene cuidado especial en apoderarse de sus cartas y papeles y encadenar a los criminales. Estos papeles se entregan a una cuadrilla de artistas muy diestros en descubrir significados misteriosos en los vocablos, las sílabas y las cartas. Por ejemplo: pueden descubrir que una bandada de gansos significa un senado; un perro cojo, un invasor; la plaga, un cuerpo de ejército; un milano, un primer ministro; la gota, una alta dignidad eclesiástica; una horca, un secretario de Estado; una criba, una dama de corte; una escoba, una revolución; una ratonera, un empleo; un pozo sin fondo, un tesoro; una sentina, una corte; un gorro y unos cascabeles, un favorito; una caña rota, un tribunal de justicia; un tonel vacío, un general; una llaga supurando, la administración.”

Y por favor: no me vayan a salir ahora con que lo de la sentina = corte, la caña rota = tribunal de justicia y la llaga supurando = administración no les parece audaz. Audacia que podría mejorarse si se reacomodaran algunas de las parejas. ¿Qué tal perro cojo = primer ministro, criba = revolución, pozo sin fondo = tesoro público y ratonera = senado? ¿Cierto que sí?


Humanistas con…

Aprendí de Juan Esteban Constaín, quien a su vez parece que la aprendió de Rafael Chaparro Madiedo, la frase feísima aunque perlocutiva “gente con pecueca en el alma”. Y de la experiencia -de mi experiencia de persona ciega de nacimiento y de lector más o menos disciplinado- he aprendido que hay casos en los que ni aun la fe que se profesa y se pregona, o los libros que se leen y se escriben, libran a ciertos sujetos de apestar con esa enfermedad -la peor de todas- mezquina que aqueja a los hombres y que también podríamos llamar vileza o bellaquería. Pero vayamos por partes.

En mi calidad primero de estudiante de pregrado en una facultad de Humanidades y luego como solicitante de empleo o propiamente como profesor en distintas partes con la misma o muy parecida razón social, he podido compartir proximidad con individuos nefastos aunque dueños de un discurso en el que la justicia social y los derechos humanos se invocan a grito pelado. Intelectuales o intelectualoides capaces de cuajar o de plagiar artículos incendiados de soflamas igualitarias, pero incapaces de hacer nada por el desfavorecido de al lado, que para ellos no cuenta puesto que lo suyo es el bulto, la duplicación de géneros y lo políticamente correcto: el pueblo, los trabajadores y las trabajadoras, los desplazados y las desplazadas, las personas en situación de calle, las personas en situación de discapacidad… Humanistas todos de relumbrón cuyas palabras, altisonantes y en absoluto eufónicas, marchan por un sendero muy distinto de aquel por el que discurren sus acciones, en tantos casos más execrables que las del más lumpen de los hombres.

Por si lo anterior fuera de poca monta, hace algunos años me enteré, gracias a un artículo de Eduardo Lago en El País de España y a averiguaciones que adelanté en el mismo sentido, de que debido a desavenencias políticas con el Nobel mexicano, Helena Paz Garro, hija única del superpoderoso poeta y ensayista Octavio Paz, conoció el hambre y las penurias económicas cuando vivió con su madre en España y Francia; de que Pablo Neruda, sí: el autor -qué paradoja- de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, repudió y abandonó a Malva Marina, la única hija que tuvo (el muy cafre la describía como un ser “perfectamente ridículo”), a causa de la hidrocefalia que padeció la niña hasta su muerte a la edad de ocho años; de que cuando su hijo con síndrome de Down contaba apenas cuatro años, el dramaturgo estadounidense Arthur Miller lo abandonó para siempre en un centro para discapacitados mentales; de que al decir de Margaret, hija del portento que escribió El guardián entre el centeno, el egoísmo y la crueldad del gran Salinger alcanzaban niveles demenciales. Y en otro artículo que ahora no ubico, me enteré de que el inmortal Marcel Proust mantuvo en condiciones prácticamente de esclavitud a su empleada doméstica, que no obstante lo exoneró de cualquier responsabilidad dada la admiración que por el escritor profesaba.

Pero ¿y qué tiene todo esto que ver con la novela de Swift? Pues a juzgar por la cita que me apresto a transcribir… Conclúyanlo ustedes mismos: “Quedé disgustado muy particularmente de la historia moderna; pues habiendo examinado con detenimiento a las personas de mayor nombre en las cortes de los príncipes durante los últimos cien años, descubrí cómo escritores prostituidos han extraviado al mundo hasta hacerle atribuir las mayores hazañas de la guerra a los cobardes, los más sabios consejos a los necios, sinceridad a los aduladores, virtud romana a los traidores a su país, piedad a los ateos, veracidad a los espías; cuántas personas inocentes y meritísimas han sido condenadas a muerte o destierro por secretas influencias de grandes ministros sobre corrompidos jueces y por la maldad de los bandos; cuántos villanos se han visto exaltados a los más altos puestos de confianza, poder, dignidad y provecho; cuán grande es la parte que en los actos y acontecimientos de cortes, consejos y senados puede imputarse a parásitos y bufones. ¡Qué bajo concepto me formé de la sabiduría y la integridad humana cuando estuve realmente enterado de cuáles son los resortes y motivos de las grandes empresas y revoluciones del mundo, y cuáles los despreciables accidentes a que deben su victoria! Allí descubrí la malicia y la ignorancia de quienes se hacen pasar por escritores de anécdotas o historia secreta y envían a docenas de reyes a la tumba con una copa de veneno, repiten conversaciones celebradas por un príncipe y un ministro principal sin presencia de testigo ninguno, abren los escritorios y los pensamientos de embajadores y secretarios de Estado y tienen la desgracia continua de equivocarse. Allí descubrí las verdaderas causas de muchos grandes sucesos que han sorprendido al mundo.”

Me figuro que algunos se estarán diciendo, y con acierto, que se trata de pecados de un género diferente, más parecidos a los desaguisados militantes y fanáticos de un Céline o un Heidegger, o a las miradas complacientes de un William Ospina y de un Alfredo Molano en relación con los desmanes de las izquierdas extremas que gobiernan o guerrean por acá y por allá. Pero en todo caso coincidirán conmigo en que ora lo uno (el abandono de hijos enfermos o…), ora lo otro (el alquiler de la conciencia a causas desquiciadas), despide vaharadas inocultables de “pecueca en el alma”.


Epílogo


Doscientos ocho años hubieron de transcurrir (¡más de dos siglos para que la lucidez suprema rebrotara!) entre la publicación de Los viajes de Gulliver y la composición de un tango que, grosso modo, contiene la esencia de esta novela cuyo pesimismo Jonathan Swift supo camuflar entre altas y finas dosis de imaginación y realismo mágico. Cambalache lo tituló don Enrique Santos Discépolo, y tengo para mí que estamos hablando de la mejor composición de la música popular de todos los tiempos: ninguna como ella ha sido capaz de apresar la historia humana en tan solo unos cientos de palabras sabias e inmejorables que declaran la verdad irrebatible de que “el mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 506, y en el 2000 también”. ¿Algo que objetar?