viernes, 5 de agosto de 2016

Brevísimas notas sobre cegueras, ciegos y espejos

La realidad, quién lo creyera, abunda, a diferencia de la literatura, en nombres de ciegos ilustres que a través de la historia son y han sido. A los ya bastante conocidos de Luis Braille, Helen Keller, Jorge Luis Borges, José Feliciano, Andrea Bocelli o Stevie Wonder, es menester añadir los de Nicholas Saunderson, John Milton, Antonio de Cabezón, Francisco de Salinas, Alejandro Sawa Martínez, Joaquín Rodrígo, Taha Husein, Sabriye Tenberken, Joaquín Balaguer, David Blunkett o Ray Charles. Pero como a lo que esta jornada nos convoca no es a la realidad ni a esta lista caótica aunque veraz sino a la literatura -y no es que las divorcie, como muchos podrían estar pensando-, pues entremos en materia.


“Míralos, alma mía, ¡son en verdad horribles!
Parecen maniquíes; vagamente ridículos;
terribles, singulares, igual que los sonámbulos;
lanzando no sé a dónde sus globos tenebrosos…”
Baudelaire

El prodigio de la buena literatura (porque también las hay mala y muy mala, así las avale la academia) consiste, entre otras cosas, en erigirnos mundos que, en nuestras épocas de lectores bisoños y desprevenidos -épocas también felices, por qué no admitirlo-, cobran las catexias de mundos reales. Tal fue mi experiencia de lector desavisado con la secta de los ciegos de Ernesto Sábato, a la que -no exagero un ápice- hice hasta lo imposible por pertenecer. Soñaba con que algo semejante a esa poderosísima transnacional del mal de veras existiera, y me veía liderándola algún día. Pero como la fantasía de la inocencia lectora también tiene sus tiempos, llegó el momento de comprender que todo se trataba de una metáfora empleada por un gran escritor para intentar explicar el mundo: su mundo novelesco.

La comprensión de esa verdad y el descubrimiento de otra metáfora semejante pero con resultados bastante disímiles (me refiero al Ensayo sobre la ceguera de José Saramago) dieron origen a esta obsesión mía de rastrear cegueras, ciegos y espejos (espejos en relación con ellas y ellos) en la literatura de todos los tiempos, esfuerzo que dio comienzo con una monografía de la que al final de este texto se reproducen la introducción y la conclusión, necesarias para acercarnos al porqué de la distinción entre “cegueras” y “ciegos”.

Pero déjenme que intente concretar esa diferencia: el hecho de que en un poema, cuento o novela aparezcan uno o más ciegos no significa, necesariamente, que el autor aventure una metáfora del mundo a partir de la ceguera. Muchas páginas del escritor chileno Roberto Bolaño, verbigracia, están surcadas de alusiones a ciegos o a personajes que semejan ciegos, pero en ellas no hay, como sí ocurre con las novelas objeto de estudio en la monografía, un propósito diferente que el de forjar la caracterización de uno o más personajes cuya ceguera es otro más -acaso el más importante- de sus rasgos. Ni el José Claudio de ‘Los pocillos’, de Mario Benedetti; ni Juan de Dios, el protagonista de ‘El ciego’, de Mempo Giardinelli; ni Melanie de Salignac, la instigadora de las profundas aunque no siempre acertadas reflexiones de Diderot en su Carta sobre los ciegos para uso de los que ven; ni siquiera el Taha Husein escritor y protagonista de Los días -su autobiografía-, cuatro personajes dotados de gran singularidad, representan cegueras sino ciegos. No obstante, preciso es reconocerlo, hay personajes ciegos que trascienden su existencia de papel para inscribirse en uno de los tipos de ceguera hallados por Kenneth Jernigan (tómense por ejemplo Los ciegos de Maeterlinck: ateridos, medrosos e incapaces), y otros que incluso generan nuevas categorías de posibles cegueras.

Úrsula Iguarán, ciega durante sus últimos años de vida, hace que nazca otra forma -a más de las nueve que propone Jernigan- de leer la ausencia de luz (“La ceguera como posible reaprehensión del mundo”, la bauticé), que la siguiente cita de Cien años de soledad ayuda a elucidar:

“…pero nadie descubrió que estuviera ciega. Ella lo había notado desde antes del nacimiento de José Arcadio. Al principio creyó que se trataba de una debilidad transitoria, y tomaba a escondidas jarabe de tuétano y se echaba miel de abeja en los ojos, pero muy pronto se fue convenciendo de que se hundía sin remedio en las tinieblas, hasta el punto de que nunca tuvo una noción muy clara del invento de la luz eléctrica, porque cuando instalaron los primeros focos sólo alcanzó a percibir el resplandor. No se lo dijo a nadie, pues habría sido un reconocimiento público de su inutilidad. Se empeñó en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para seguir viendo con la memoria cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas. Más tarde había de descubrir el auxilio imprevisto de los olores, que se definieron en las tinieblas con una fuerza mucho más convincente que los volúmenes y el color, y la salvaron definitivamente de la vergüenza de una renuncia. En la oscuridad del cuarto podía ensartar la aguja y tejer un ojal, y sabía cuándo estaba la leche a punto de hervir. Conoció con tanta seguridad el lugar en que se encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega. En cierta ocasión, Fernanda alborotó la casa porque había perdido su anillo matrimonial, y Úrsula lo encontró en una repisa del dormitorio de los niños. Sencillamente, mientras los otros andaban descuidadamente por todos lados, ella los vigilaba con sus cuatro sentidos para que nunca la tomaran por sorpresa, y al cabo de algún tiempo descubrió que cada miembro de la familia repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi repetía las mismas palabras a la misma hora…”.

Otro caso -el segundo y último que traigo a cuento hoy, aunque por fortuna no el último que se podría citar ni mucho menos- de personajes ciegos que rebasan su destino individual o colectivo para forjar nuevos tipos de ceguera es el del relato ‘El ciego perfecto’ de Fernando Morales, cuyos protagonistas -dos “hermanitos” de más de treinta años- se divierten a expensas de los ciegos que, camino de su instituto, son víctimas de los macabros pero formidables experimentos del par de hermanos que a veces le ocasionan la muerte al ciego de turno. A diferencia de “La ceguera como acerba iniquidad”, cuarto de los hallazgos de Jernigan y epítome de los quehaceres de la secta de Sábato, “La ceguera como receptáculo de crueldad”, la nueva categoría que hallé y bauticé y que constituye el epítome del cuento de Morales, convierte en víctimas de la sevicia de los videntes a los no videntes, sevicia de la que también es presa el protagonista del relato de Guy de Maupassant titulado, previsiblemente, ‘El ciego’.


“A veces se ponía en broma delante de un espejo para acicalarse, e imitaba todos los gestos de una coqueta que prepara sus armas. Aquella monería era tan verosímil que nos hacía reír a carcajadas.”
Diderot

Son los ciegos, a qué dudarlo, los únicos entre los hombres que nacen emancipados de la esclavitud a que los espejos someten a todo aquel que en ellos se mira por primera vez. Y no me refiero a los ciegos advenedizos, cuyo más egregio ejemplo es Jorge Luis Borges, obsesionado por estos adminículos de los que no pudo prescindir jamás, sino a los ciegos de nacimiento: esos que en la vida nunca contemplarán aquel brillo que se graba en la memoria visual, la cual pervive tras unos párpados cerrados e incluso tras unos ojos enceguecidos de repente. ¿Qué significa gastar la vida al margen del milenario influjo de los espejos? Significa, como primera medida, hurtársele a la contemplación visual del paso del tiempo, ventaja que tiene una onerosa contraprestación, a saber: la carencia casi absoluta de una fisonomía, vital para cualquier ser humano. ¿Sólo eso? Claro que no. Significa, además, sobrevivir a una existencia antinómica anclada en las antípodas: la dicha suma de no tener que asomarnos a nuestra propia decadencia y disolución, aunque también el desespero rabioso de no poder hacerlo.

Pero como ya el tiempo de esta intervención se agota, permítaseme concluir con un cuento breve que logra fundir, no obstante su cortedad, las tres entidades: cegueras, ciegos y espejos:

‘El fondo de la dicha’

Ahora, frente al espejo, recordaba mientras se sonreía, todo se había vuelto rutinario: llegar del trabajo, cansada; desvestirse con la morosidad con que siempre lo hizo, incluso antes de casarse; oír detrás de sí los programas radiales que él -única diversión suya (claro, sin contar la ritual que se aproximaba)- conocía de memoria y que ella -más acostumbrada a la televisión- se empeñaba en identificar sin éxito; sentir que era fabuloso que él no perturbara con miradas entrometidas el placer de ir desperdigando aquí y allá la incómoda ropa de oficina; contemplar las turgencias de sus pezones, que se vigorizaban conforme la respiración de su cuñado se dejaba oír cada vez con mayor impaciencia; ir retrocediendo sin mirar hasta que esas dos manos ásperas pese a la falta de cualquier tipo de trabajo la tomaban con la seguridad que otorga el hábito del goce de dos; dejarse ir -siempre de espaldas- al fondo de esa dicha certera que infaltablemente culminaba con los espasmódicos estertores del amor furtivo; retirarse, agradecida, para buscar la piyama y disponerse a preparar la comida para atender a su marido, que estaba por llegar. “Y pensar -se dijo mientras se contemplaba otra vez ante el espejo- que estuve a tiro de no casarme por temor a tener que convivir (esa había sido la única condición del novio) con la presencia de ese hombre que reinaba más allá de aquel reflejo”.


Nota aclaratoria: esta reflexión, rescatada por azar mientras buscaba entre mis papeles algo diferente, se leyó no recuerdo cuándo en un conversatorio cualquiera de una universidad en que trabajo. Y como este blog anda ayuno de publicaciones desde hace ya tanto, pues me dije que no sería mala idea compartirla con los que también por azar lleguen a él. Ah, en cuanto a la introducción y la conclusión que de mi tesina de maestría prometo en el texto, les informo a los que no lo sepan y les recuerdo a los que quizá lo hayan olvidado que la monografía completa reposa, publicada por capítulos, en este blog.

Ciegos fictivos y reales en la obra y en la vida de Gabo

Desde el momento en que me apliqué a rastrear Ciegos y Cegueras en los libros que leo, felizmente no he cesado de encontrar nuevas epifanías de esos seres proteicos, cuya existencia en literatura -en la literatura que conozco- se remonta a las bien conocidas entidades de Homero, Tiresias y Edipo. Tres entidades literarias -“tres ciegos”- que, a su turno y cada una por separado, encarnan distintas formas de mirar la ceguera -“tres cegueras”-, sólo en ocasiones monolítica y casi siempre cambiante, como se podrá observar en esta serie de reflexiones que no ambicionan ningún reconocimiento académico por el simple hecho de que no se alimentan del rigor que debe caracterizar a todo documento que busque una publicación. Pero entremos en materia.

No escasean en la obra de nuestro Nobel, Gabriel García Márquez, las alusiones -simples alusiones- a ciegos que, por tratarse meramente de eso, de alusiones, no constituyen personajes siquiera. Tal es el caso de la referencia a Leandro Díaz en sus memorias, donde lo describe como “un carpintero que no sólo era un compositor genial y un maestro del acordeón, sino el único que supo repararlos mientras duró la guerra, a pesar de ser ciego de nacimiento…”, o la mención a las mellizas de San Jerónimo, “las niñas ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces…”, de su relato titulado Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. No se piense, empero, que a tan magro papel se reducen las posibilidades de la sagrada secta en la obra del escritor Caribe.

Si Edipo, con ánimo expiatorio e impelido por las irrefrenables fuerzas de su sino opta por vaciarse la mirada, perpetrando así su enceguecimiento, en La noche de los alcaravanes el enceguecimiento de los tres amigos sobreviene “a manos de” esas aladas criaturas que un buen día hubieron de tornar la realidad en ficción, como lo prueban las memorias del autor: “No todo fueron malas noches. La del 27 de julio de 1950, en la casa de fiestas de la Negra Eufemia, tuvo un cierto valor histórico en mi vida de escritor. No sé por qué buena causa la dueña había ordenado un sancocho épico de cuatro carnes, y los alcaravanes alborotados por los olores montaraces extremaron los chillidos alrededor del fogón. Un cliente frenético agarró un alcaraván por el cuello y lo echó vivo en la olla hirviendo. El animal alcanzó apenas a lanzar un alarido de dolor con un aletazo final y se hundió en los profundos infiernos. El asesino bárbaro trató de alcanzar otro, pero la Negra Eufemia estaba ya levantada del trono con todo su poder.
-¡Quietos, carajo -gritó-, que los alcaravanes les van a sacar los ojos!
Sólo a mí me importó, porque fui el único que no tuvo alma para probar el sancocho sacrílego. En vez de irme a dormir me precipité a la oficina de Crónica y escribí de un solo trazo el cuento de tres clientes de un burdel a quienes los alcaravanes les sacaron los ojos y nadie lo creyó…”.

En efecto, nadie lo cree, pese a la prueba irrebatible que constituyen estos tres advenedizos, como daría en llamarlos Fernando Vidal. Todos se niegan a creerles cuando declaran en tres ocasiones que los alcaravanes les sacaron los ojos, porque atribuyen la especie a una urdimbre de los periódicos para vender más. Pero lo cierto es que ahí están estos tres nuevos ciegos, tan vulnerables como los de Maeterlinck -de los que hablaremos en su momento-, a no ser por el afecto que media entre ellos y que es el mismo que Márquez profesa por los amigos con que departe aquella noche de putas en lo de la Negra Eufemia, afecto que no logra, sin embargo, librar a sus versiones de ficción del caos: “Las voces desaparecieron. Y seguimos sentados así, hombro contra hombro, esperando a que en aquel pasar de voces, en aquel de imágenes pasara un olor o una voz conocidos. El sol siguió calentando sobre nuestras cabezas. Entonces alguien dijo:
-Vamos otra vez hacia la pared.
Y los otros, inmóviles, con la cabeza levantada hacia la claridad invisible:
-Todavía no. Esperemos siquiera a que el sol empiece a ardernos en la cara”. Quizá entonces, cuando el sol empiece a arderles en la cara, alguien se compadezca de su indefensión y los conduzca a casa, pero el lector jamás se enterará de su suerte ulterior, que bien puede ser la misma suerte que corren los ciegos de Maeterlinck, o sea, su disolución en ese mundo en que la ceguera está reducida a la imposibilidad.

En Vivir para contarla, además de la alusión al maestro Leandro Díaz de que ya dimos cuenta, hay dos -cómo llamarlos- personajes ciegos: la abuela materna del Nobel, Tranquilina Iguarán, no sólo ciega sino “medio venática”, y una tía abuela cuya caracterización se aproxima bastante, junto con la de la “tardía” Úrsula de Cien años de soledad, a la de la abuela ciega de Rosas artificiales.

Si la tía Petra desarrolla “una destreza mágica para manejarse en sus tinieblas sin ayuda de nadie”, Úrsula Iguarán, no bien descubrió su falta de luz, “se empeñó en un callado aprendizaje de las distancias de las cosas, y de las voces de la gente, para seguir viendo con la memoria cuando ya no se lo permitieran las sombras de las cataratas”; si el autor recuerda a la tía Petra “caminando sin bastón como con sus dos ojos, lenta pero sin dudas, y guiándose sólo por los distintos olores”, a Úrsula la recrea incluso más independiente: “En la oscuridad del cuarto podía ensartar la aguja y tejer un ojal, y sabía cuándo estaba la leche a punto de hervir. Conoció con tanta seguridad el lugar en que se encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega. En cierta ocasión, Fernanda alborotó la casa porque había perdido su anillo matrimonial, y Úrsula lo encontró en una repisa del dormitorio de los niños. Sencillamente, mientras los otros andaban descuidadamente por todos lados, ella los vigilaba con sus cuatro sentidos para que nunca la tomaran por sorpresa, y al cabo de algún tiempo descubrió que cada miembro de la familia repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi repetía las mismas palabras a la misma hora…”.

Y es con esos mismos cuatro sentidos que Úrsula vigila a los que con ella viven con los que la abuela de Mina, la muchacha que fabrica rosas artificiales en el cuento con idéntico título la vigila a ella, sin que se le escape ni el más mínimo detalle. La pobre Mina, que hace hasta lo imposible por esconder las manifestaciones emocionales y las pruebas materiales -cartas, supone el lector- de un amor furtivo, observa cómo la clarividencia de su abuela ciega tritura su propósito, convirtiéndolo en un secreto de dos, que ya no es secreto: “-¿Por qué no fuiste a misa?
-Tú lo sabes mejor que nadie.
-Si hubiera sido por las mangas no te hubieras tomado el trabajo de salir de la casa -dijo la ciega-. En el camino te esperaba alguien que te ocasionó una contrariedad…”. No yerra la ciega, pues a su nieta la espera, en efecto, alguien que le ocasiona una contrariedad: la de la partida de su clandestino amante, del que no conocemos nada.

Lo que el lector atento sí descubre, como lo descubre la sagacísima ciega que, al igual que Úrsula Iguarán conoce detalles que para los que ven están vedados, es que su nieta ha intentado zafarse de las cartas recibidas tirándolas al fondo del escusado, hasta donde penetra la agudísima mirada de la abuela, que sabe que esa mañana su nieta ha ido al baño, no una vez como todos los días, sino dos: la última a tirar los recuerdos escritos del que marcha.

Abrumada por tanta perspicacia clarividente o por tanta clarividencia perspicaz -para el caso lo mismo da-, la muchacha ensaya un como conjuro y saca la única conclusión posible acerca de ese inexpugnable miembro de la secta de los ciegos que, al contrario que los del Informe sobre ciegos de Sábato, no depone su derecho a su calidad de individuo en favor de los intereses de la transnacional del mal de que forma parte: “Mina pasó las manos frente a los ojos de la abuela, como limpiando un cristal invisible.
-Eres adivina”.


Resulta manifiesto, como lo prueba esta primera reflexión, que ciegos y cegueras, presentes en la vida y la familia del escritor colombiano, no podían estar ausentes de su obra, signada en gran medida por los avatares de un “mundo real” que se transfunde y se transforma en su “mundo de ficción”: dos universos que, si bien palpitan con vida propia, colapsarían si se los tratara de separar. La abuela Tranquilina Iguarán y la tía abuela Petra (prefiguraciones reales de los personajes de ficción), que pueblan las memorias del autor, explican y justifican la existencia de la Úrsula ciega o la ciega abuela de Mina (personajes de ficción que se entienden a partir de sus prefiguraciones reales), quienes a su turno pueblan algunas de las mejores páginas de nuestro más laureado escritor de eso que Harold Bloom -no sé si otros- denomina literatura imaginativa.

miércoles, 27 de enero de 2016

Una lectora nada común

A Alan Bennett, por este préstamo inconsulto.

Que loro viejo no aprende a hablar, reza uno de los pocos dichos que, extrapolados al ámbito de lo humano, yerran de principio a fin. Y este yerra porque, hablando de estudiantes y de aprendizajes, la edad poco incide cuando se busca instruirse en algo para lo que se tienen aptitudes y disciplina.

Fui profesor del Centro Colombo Americano de Bogotá entre 1998 y 2006, y durante esos ocho prolíficos años tuve estudiantes prácticamente de todas las edades: niños púberes o recién salidos de la pubertad, muchachos que tramitaban su cédula de ciudadanía o que acababan de recibirla, universitarios en la plenitud de sus veinte o profesionales que no los rebasaban, treintañeros ya casados o descreídos de la convivencia en pareja, cuarentones instalados firmemente en la madurez o deseosos de tornar a una adolescencia sin granos, cincuentones que soñaban con la pensión o con la posibilidad de establecerse por su cuenta, sexagenarios que volvían a estudiar después de treinta o cuarenta años de no sentarse en un aula y, lo juro, septuagenarios que pasaban sus días entre sus clases de inglés y la compañía de sus nietos o bisnietos. Y de esos cientos y cientos de alumnos de diversísimos orígenes y condiciones socioeconómicas y cosmovisiones y modos de ser recuerdo, con especial cariño, a aquellos que, superando el miedo de sentirse viejos en salones donde predominaba la juventud, iban a clase no para pasar desapercibidos, sino para descollar.

No digo que todos mis estudiantes entrados en años fueran buenos o excelentes alumnos, pero sí que muchos de ellos sobresalían y provocaban en sus compañeros, principalmente entre los más jóvenes, admiración y respeto por la facilidad con que entendían las explicaciones y por la dedicación con que asumían el estudio de esa lengua extranjera. Luis Alberto, por ejemplo, no dejaba pasar por alto ni el más mínimo detalle, lo que me forzaba a preparar mis clases con más rigor que el habitual y a idear explicaciones elaboradas que satisficieran su suma curiosidad e inteligencia. Mauricio, cincuentón como Luis Alberto, comprendía cada lección como si se tratara del asunto más sencillo de la vida, al tiempo que alternaba con los muchachos con una naturalidad y un desenfado pasmosos. Michelangelo, sexagenario y emotivo como el que más, conseguía mezclar no sé cómo la musicalidad de su bellísimo italiano con la expresividad del inglés americano, haciendo que mi oído exultara cada vez que él hablaba. Y Hernando, un abuelo adorable y aplicadísimo de más de setenta años, me enternecía cuando le pedía a Diana, una jovencita que lo adoptó por tal en clase, que le escribiera la tarea no en su libro, que debía mantenerse inmaculado, sino en su cuaderno, que llevaba con un orden casi maniático.

Estos cuatro casos de estudiantes “viejos”, al igual que muchos otros que podría citar aquí, son la prueba de que el cuento ese de que cuando se es joven todo se puede aprender mientras que cuando la juventud nos ha abandonado nada o muy poco se aprende, no pasa de ser un mito más de los muchos que, a propósito de la educación, los irreflexivos repiten sin ton ni son y perpetúan sin remedio. Ya quisieran casi todos esos muchachos de que fui o soy profesor tener la mitad del rigor de Luis Alberto, la rapidez mental de Mauricio, la eufonía de Michelangelo o la estrictez de Hernando; ya querría yo tener ante mí cada semestre y en todo curso que doy al menos dos alumnos tan pasionales como ellos y ojalá de sus edades, para ver si así logro, mediante sus ejemplos vitales, sacudirles a tantos y tantos jóvenes esa desidia invencible que sienten por el estudio.

Pero paso a lo que me convoca: la lectura y los lectores (en particular una).

Desde el segundo semestre de 2013 dicto, en la Universidad Pedagógica Nacional -Facultad de Educación, Departamento de Psicopedagogía-, un par de materias (me figuro a muchos frunciendo el entrecejo porque no hablo de espacios académicos) a muchachos de primero y segundo semestre, las cuales por fortuna no exhiben la ampulosidad de tantos nombres de asignaturas universitarias: Comprensión y producción de textos I y Comprensión y producción de textos II. Esos dos cursos, que deberían ser al menos cinco y que tendrían que dictarse en todas las carreras y en toda universidad que se precie de privilegiar la calidad académica, desbarran en su propósito, que de todas formas resulta loable: hacer de los estudiantes lectores y “escritores” competentes, mediante la asignación de lecturas exigentes y ejercicios de escritura orientados por el profesor. Y digo que desbarran en su propósito porque lo que hay que hacer durante ese “año” es, como primera medida, llevarlos a comprender que el hecho de que hayan sido alfabetizados en la escuela primaria no los gradúa de lectores, porque leer va muchísimo más allá del simple reconocimiento de caracteres, que es prácticamente lo máximo que se puede esperar del muchacho medio que recién comienza su universidad (y, no nos engañemos, también del que la termina y no en pocos casos del “profesional” que comienza o termina su maestría y hasta su doctorado). Una vez eso está claro, se puede proceder con lo que corresponde: la elección y asignación de lecturas menos, o más, rigurosas según se trate de unos -primíparos- u otros -muchachos que acaban de dejar de serlo-.

A mis alumnos de Comprensión y producción de textos I, muchos de los cuales llegan a la universidad pública colmados de expectativas políticas y de confusión, los desafío con artículos de prensa que versan sobre un mismo tema y que escriben por lo común columnistas de opinión que se encuentran en latitudes distintas del espectro político. ¿Que cuál es el objetivo? Que comprendan, de una vez por todas y para siempre, que la excusa facilista de que “Yo no leo prensa porque los medios de comunicación y en particular los periódicos no informan sino que manipulan” es una verdad a medias, o sea una mentira completa. Porque es que el hecho incontrovertible de que los medios de comunicación, a los que pertenece la prensa escrita, tengan intereses económicos y políticos, no los descalifica de plano a los ojos del lector inteligente y crítico, que es quien debe reconocer en dónde hay manipulación y en dónde información, que habrán de desechar o analizar según sea el caso.

Ahora bien, antes de que mis estudiantes realicen con más o menos eficacia dicho ejercicio de lectura, que requiere un cierto grado de comprensión, yo les pido que analicen citas textuales ambiciosas, poemas y cuentos que también se contraponen, a fin de que la experiencia les resulte familiar y significativa cuando empiezan a enfrentarse a ella. Se trata de que, una vez en Comprensión y producción de textos II, estén en capacidad de leer y ojalá de entender, no ya citas o poemas o cuentos o artículos, sino ensayos y novelas, textos para los cuales se precisan más disposición y disciplina.

Las lecturas para segundo semestre las escojo en función del tema sobre que vaya a versar el curso (‘literatura y amor erótico’, ‘literatura y discapacidad’, ‘literatura y animales’…), cuidando de que los textos materia de estudio sean, a más de pertinentes, accesibles para los muchachos, pues de eso depende el éxito del aprendizaje y la enseñanza durante el semestre. Como quien dice: si, por apenas poner un ejemplo, estamos en un curso cuyo asunto es ‘literatura y vejez’ y la primera novela que escojo es El obsceno pájaro de la noche, el fracaso está garantizado.

¿Pueden asimilar, muchachos que por lo común jamás han leído completa y mucho menos con rigor una obra literaria, esa novela de José Donoso? Seguro estoy de que no pocos colegas, más inocentes que sus propios alumnos, dirían que sí e, incluso, irían más allá: me acusarían de sobrado y de despreciador de las capacidades de mis estudiantes, a quienes tan bien creo conocer. Y porque los conozco y conozco el contexto en que se han educado es por lo que selecciono, o seleccionaría en el caso que nos ocupa, algo menos denso y “especializado”; algo que desde la primera página consiga atraer la atención y el interés de muchachos demasiado jóvenes todavía y por ende demasiado proclives a la distracción (contra la cual nadie -desde luego tampoco ella- está del todo protegido).

A la lectora de que vine a hablarles no la conocí ni en el Colombo, ni en la Sergio Arboleda, ni en la Pedagógica, ni en La Salle ni en la Javeriana. Tiene sesenta y seis años y nació en Aranzazu, un pueblo del norte del departamento de Caldas. Allá comenzó y terminó la primaria; comenzó mas no terminó el bachillerato porque, enamorada como estaba de mi padre (un machista recalcitrante de los de su época), abandonó el colegio para casarse. Y como era apenas natural en el mundo de entonces y más aún en la Colombia de entonces, mi madre hubo de dedicarse, desde ese momento, de tiempo completo y en cuerpo y alma a un esposo y a unos hijos que copaban toda su atención y cuidados, dejando para siempre postergada la posibilidad de reanudar sus estudios algún día.

Pero no es que ese día no haya llegado nunca. Solo que cuando llegó y ella se matriculó en un centro de validación diurno para cursar en un año los dos grados de la secundaria que le quedaron haciendo falta, mi padre ejerció sobre ella toda la presión que pudo para que desistiera, y lo consiguió. Lo que sí no pudo conseguir, pese a haberlo intentado con todo el empeño de que era capaz, fue impedir que esa mujer, sin cédula de ciudadanía a la edad de treinta años y sin un diploma de bachiller, triunfara en el ámbito laboral gracias, en primer lugar, a la dificilísima situación económica en que llegó a verse nuestro hogar allá por los ochenta, así como a una fuerza interior desconocida que brotó de pronto de su ser y que hasta hoy la acompaña.

En este punto del relato resulta imperioso dar un salto de lustros para situarnos en una época reciente y en una circunstancia particular. Mi madre ya había coronado sus sesenta años y su madre, es decir mi abuela materna, discurría por unos ochenta muy precarios en cuanto hace a sus facultades mentales, que empezaron a menoscabarse notablemente. Creo que nunca antes a mi vieja la había angustiado lo más mínimo la posibilidad de hacerse anciana. Pero ver así a la abuela, sin la lucidez y la cordura que siempre le fueron habituales, no solo la cuestionó sino que la hizo temer algo que ella considera insufrible: envejecer, y morir, al margen de siquiera la realidad más inmediata y de un mínimo de conciencia.

Yo, por mi parte, aproveché la coyuntura para hablarle de los beneficios maravillosos que garantiza una lectura constante y seria. Le mostré casos de viejos que, no obstante ser octogenarios o nonagenarios, estaban más lúcidos que cualquier niño o adolescente. Le referí el presente de Mario Vargas Llosa, quien siendo muchísimo mayor que ella se mantenía más vigente que nunca y tan prolífico como siempre. La invité a conferencias y conversatorios, a conciertos y recitales. Le hablé de algunos de los libros que más me habían trastocado la existencia y finalmente le sugerí que en adelante leyera, con esfuerzo y sin pausa. La convencí.

Empecé a pensar en obras literarias que no le fueran a suponer un fracaso prematuro y cuyas historias se relacionaran con la vida que a ella le había tocado vivir, pues no hay prodigio mayor que el de vernos reflejados, de uno o de muchos modos, en el libro que leemos. Y así fue como vinieron Marianela (¿no tenía ella, acaso, dos hijos ciegos y una querencia muy fuerte por el enamoramiento auténtico, como para que la cosa no funcionara?), de don Benito Pérez Galdós; Matías (¿no le había dicho una psicóloga malintencionada, cuando yo estaba aún muy niño, que los ciegos éramos malos y resentidos incurables?), de Fernando Ponce de León; El túnel (¿no la había amado su marido, muy intensamente, pero con una desconfianza y unos celos rayanos en el desvarío?), de Ernesto Sábato; Las cenizas de Ángela (¿no había sido nuestra vida, al lado de un padre y esposo amoroso pero irresponsable, un venero de vergüenza producida por las escaseces y penurias económicas, que marcaron la infancia de sus hijos y la juventud de ella?), de Frank McCourt; Lo que no tiene nombre (¿no constituía, acaso, el tener un hermano esquizofrénico y un hijo que rumia desde tan joven la idea del suicidio, una motivación fortísima para enfrentarse a semejante testimonio literario?), de Piedad Bonnet; Papá Goriot (¿no sufría ella, mucho pero mucho mucho, con el desamor de que era objeto la abuela por parte de dos de sus hermanos, es decir de un tío y una tía maternos míos?), de Honoré de Balzac… A un libro lo sucedía otro -a El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez vinieron a reemplazarlo los cuentos de Wilde, a los que siguió Memoria por correspondencia de Emma Reyes y a este, Crimen y castigo de ustedes ya saben quién-, y a una historia otra nueva, que la conmovía tanto o más que la anterior.

Digamos, pues, que el vicio más bello del mundo, el de las lecturas que valen la pena, es decir el de las lecturas imaginativas y exigentes “no obstante” su sencillez, ya había arraigado en mi madre, quien nunca antes había leído. Nada. Ni citas textuales ambiciosas, ni poemas o cuentos, ni artículos de prensa ni mucho menos ensayos o novelas. Digamos, pues, que el milagro más grande que me ha sido permitido contemplar durante mi quehacer docente ocurrió, no en uno de los salones de clase en que me he desempeñado como educador, sino en mi propia casa; y no con uno de los miles de muchachos que hasta hoy he conocido, sino con alguien que vivió su juventud hace ya mucho pero que, a ojos vistas, está más vital que cualquiera de ellos gracias, entre otras cosas, a su nuevo, y único, vicio.

Con decirles que allá está, engomada, con una novela que le acabo de comprar para que sintiera la magia de leer a una buena escritora japonesa, y dizque ansiosa por terminar esa para adentrarse en La Oculta de Abad Faciolince, que también le acabo de comprar. Ah, y para aquellos que estén interesados en esa historia que por estos días tiene en vilo a mi madre, su título es El cielo es azul, la tierra blanca. ¿No les parece bellísimo ese nombre?

domingo, 19 de julio de 2015

Ese asunto también de viejos que es el amor

Un hombre que cultiva un jardín, como quería Voltaire. El que en la tierra agradece que haya música. El que descubre con placer una etimología. Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez. El ceramista que premedita un color y una forma. Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada. Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto. El que acaricia a un animal dormido. El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho. El que agradece que en la tierra haya Stevenson. El que prefiere que los otros tengan razón. Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.
Jorge Luis Borges

En estas torres donde vivo, que no son Europa ni el primer mundo; que no tienen por estrato social el 6 de la pirámide colombiana sino un modesto 3 del que los chupasangres apoltronados en el poder no se conduelen hay, quién lo creyera, un buen número de ancianos que viven solos, íngrimos. Abandonados a su suerte, que desconozco pero que me figuro. Seguramente víctimas del síndrome de Diógenes muchos de ellos, o de su egoísmo y su avaricia otros tantos, o de todo eso junto algunos. Quién sabe cuántos más de desmemoria e incontinencia, de EPOC y artritis. De tristeza y olvido, de abulia y pesimismo. De falta de resolución para pegarse un tiro o para saltar al vacío desde el décimo o el vigésimo piso.

A todos ellos quisiera imaginármelos hoy en el lugar privilegiado de estos personajes (que “están salvando el mundo”) de cuento o de novela, todavía deseosos de existir gracias al amor o a sus sucedáneos; a todos ellos dedico estas reseñas brevísimas de seis obras que claro que vale la pena leer, al menos para fantasear unas horas con vejeces más llevaderas y promisorias.


El amor de las sombras

Puede tener razón Dandy, la mascota del protagonista cuando concluye, muy para sus adentros que “Digan lo que digan, la vejez es una ruina”. Pero si lo es, lo es menos para su amo desde esta mañana en que la vio, tras cuarenta años de distancia oceánica y silencio epistolar, en medio de ese barrio en que nacieron y se criaron, estudiaron y bailaron, se dijeron te quiero y se enamoraron. En medio de un barrio que existe en sus recuerdos, porque aquel en que están parados hoy está tan transformado como ellos dos, que a duras penas intercambian un par de formalidades antes de despedirse no por tiempo indefinido, sino por unas cuantas horas.

De ella sabemos que se llama Lorena, y que el protagonista la llama Lore con manifiestos cariño y esperanza. Que, siendo aún muy joven, se cansó de escribir cartas que cruzaron el océano y que jamás tornaron en forma de respuesta. Pero desconocemos todo lo demás: si se casó, si tuvo hijos, si enviudó; qué enfermedades han lastrado su cuerpo y cuáles su alma; a qué se dedicó en la vida o cuáles han sido sus pasiones y sus fobias; si alguna vez pensó en el suicidio para librarse de la existencia o si se aferra a ella y le reza a un dios determinado para que se la prolongue; si el encuentro imprevisto que hoy le deparó la vida le hizo o no ilusión.

De él, asimismo, desconocemos bastante: si quiso a una o a muchas mujeres, si vivió del otro lado del mundo por necesidad o por gusto, si se llama Manuel o Gregorio; cómo se encontró con Dandy, cómo se ganó la vida, cómo gastó o malgastó su juventud; qué religión asperjó de miedos su infancia, qué imprecaciones pronunciaron sus labios, qué arrepentimientos lo forzaron a pedir o a conceder la absolución. Sabemos, en cambio, que el encuentro de esta mañana le cimbroneó la vida; que ahora se debate, delante del televisor inoficiosamente encendido de su apartamento, entre si ceder o no al deseo de levantarse de ese sofá e ir a la cocina a preparar la cena de Nochebuena que se muere por compartir con ella. Que, tras mucho dubitar, se resuelve y que ahí lo tenemos, camino de ese destino que se propone indagar:

“Cuando llega a la casa donde vive Lorena, arrecia ya la lluvia. Es el primer piso. Explora con la mirada. En la ventana que da al balcón, parpadean las luces de un árbol de Navidad, pero en el mate del techo rebotan los destellos harapientos del televisor.
La idea era cantar. Cantarle como antaño. Si regresara el amor, aquel amor verdadero. Desenfunda la guitarra. Tiene las manos entumecidas. El rabo de Dandy se mueve en interrogante. Estamos empapados, compañero. Qué estampa. Mejor será llamar. Sin más. Traigo un milhojas de bacalao, Lorena. Pero el timbre tiene el aspecto inconfundible de los timbres mudos hace tiempo. Y en la puerta no hay aldaba.
Lorena. Más fuerte: ¡Lorena!
Se abre la ventana del balcón de enfrente…”.

No se imaginan ustedes cuánto me habría gustado saber que pasó después del ennegrecimiento transitorio y juguetón de esa medianoche ya negra. Saber si, iluminada la ciudad nuevamente tras esos dos minutos tenebrosos pero felices, a este grupo de cuatro que celebran de cuenta del azar se le une esa persona que hace falta allí para que la vida de un hombre viejo y enamorado restalle en acordes de guitarra y canciones de otro tiempo. Saber, en fin, cuánto duró ese amor extemporáneo que el autor, acertadamente, no se resolvió a sacar de entre las sombras.


Cartas de un sexagenario voluptuoso

Eugenio Sanz Vecilla no tiene Dandy ni nada que se le parezca; vive a solas su vida modesta de pensionado en el pueblo en que nació. A sus sesenta y cinco años de soltería sin hijos, la promesa siempre acechante de Eros se le manifiesta mientras espera en un consultorio médico y ojea una revista, que desgarra para llevarse a casa el mensaje publicado allí por una solitaria como él, con quien desata un intercambio epistolar sin tregua.

Cada carta que el protagonista escribe (en un español que en los departamentos universitarios de lenguas y en las redacciones de los periódicos se desconoce), cada respuesta que el protagonista envía, es dueña de una prosa pulcra y desenfadada que hace desternillarse de risa al lector de gusto por lo eufónico, que se maravilla de oír tanto despropósito bien contado y tanta barbaridad bien dicha, y que se figura a la destinataria de esos textos hilarantes teniéndose el estómago para que las carcajadas no le quiten del todo el aliento:

“Esta mañana me encuentro indispuesto. He dudado si hablarte de estos temas prosaicos, pero al fin me he decidido pues no me parece noble iniciar nuestro trato con ocultaciones y reservas mentales. Padezco de estreñimiento, un estreñimiento pertinaz, inconmovible, ciclópeo, que me martiriza desde niño. Con los años mi padecimiento se ha acentuado, hasta el extremo de que si me abandono a mi aire, pueden transcurrir semanas sin experimentar esta necesidad. […] A estas alturas, si no ingiero laxantes no deyecto y si los ingiero a diario irrito el colon. […] Pero ocurre que hay días que con ocho gotas me disparo y otros que ni con cincuenta se conmueve mi intestino. En estos casos he de recurrir al supositorio como complemento. […] Ante oclusión tan pertinaz no me queda otro remedio que ir aumentando progresivamente la dosis, hasta que un buen día, sin avisar, sobreviene el apretón y me voy de vareta, me descompongo. Mas, hasta que esto ocurre, experimento molestias constantes: cólicos de aires, carreras, gemidos intestinales (atiplados a veces, sordos, graves y prolongados como una tronada lejana, otras) que me avergüenzan y humillan. Tan grosera función ha llegado a obsesionarme, pero cuanto mayor es mi obsesión más se agrava el estreñimiento, más me cierro. […] Disculpa, querida, estas confidencias, desagradables sin duda, pero peor sería caer en la aberración de…”.

¿Acaso las mujeres no piden, qué digo, no exigen, “transparencia”? ¿No se asegura en todo momento que el humor es fundamental cuando de seducir a una mujer se trata? ¿Pero es que se puede conquistar con tanto desparpajo al que se pretende, si ni siquiera se le ha visto en persona? ¿Cómo tolerar semejantes confesiones en instancias en que lo que cuenta es la habilidad para hacer que pasen desapercibidas las propias miserias? ¿Cómo entender que de una relación tan impersonal, aunque al mismo tiempo tan íntima, no queden sino los reproches mutuos y, nuevamente, el aislamiento del que se encuentra preso en su separatidad? ¿No constituyen los intentos fallidos, al igual que las esperanzas trocadas en desencuentros, formas abortadas del amor?

El caso es que esta relación, alimentada de papel y de palabras únicamente, no consigue trascender una primera y única entrevista, que en cambio sí logra acentuar el cinismo y el humor involuntarios del protagonista, quien falla a la hora de conquistar a la desconocida mas no al lector. Y pese a la soledad en que lo imaginamos cuando acaba la novela, y al despecho que le produjo el enterarse de que el conquistador fue Baldomero Cerviño (aquel “fiel amigo” suyo, aquel “tan cabal amigo” suyo, ese su “único amigo”, ese de la “noble testa patricia, de sedoso cabello blanco”, aquel que “no se arredra ante nada”, aquel que “puede con todo”, ese de la “bondad innata” y la “generosidad sin medida”, ese “hombre discreto y de buen sentido”, un ser “exultante, arrebatador, festivo”), los lectores de sus cartas no sentimos desconsuelo o lástima de su presente, pues algo nos dice que sobre la comicidad de su prosa -el escudo del personaje- no hay tristeza que triunfe.


El animal moribundo

David Kepesh sí es, a diferencia de Sanz Vecilla -que tiene de sensual lo que el hidalgo de Faciolince tiene de disoluto-, un sexagenario voluptuoso (“El arte francés del coqueteo no me interesa, al contrario que el impulso salvaje”). Y a que lo sea contribuyen, no obstante su edad o, por qué no, gracias a ella, su vasta cultura de literato y su posición de profesor universitario que, al tiempo que dicta su clase, dirime con la mirada y a partir del aspecto físico de sus alumnas cuál de ellas es la que solivianta sus pulsiones. De ahí en más no le queda sino proceder y aparejarlo todo (¿y qué mejor que una fiesta de final de semestre en su apartamento de hombre soltero que alguna vez estuvo casado?) para ver si Fortuna le proporciona lo que su libido le reclama.

Pero la vida, que no se hastía de depararnos sorpresas (aunque a veces parezca que vivimos sin sobresaltos durante larguísimos periodos), le tiene una reservada al protagonista, que ya no se la esperaba:

“Todavía no puedo decir que nada de lo que yo hacía excitara jamás a Consuelo. Y ese es en gran parte el motivo de que, desde la noche en que nos acostamos por primera vez, hace ocho años, jamás tuviera un momento de paz, el motivo de que, tanto si ella se daba cuenta como si no, a partir de entonces me embargó la debilidad y la preocupación, el motivo de que jamás pudiera determinar si la respuesta consistía en verla más o menos o no verla en absoluto, en prescindir de ella, en hacer lo impensable y, a los sesenta y dos años, renunciar voluntariamente a una espléndida muchacha de veinticuatro que me decía centenares de veces ‘te adoro’, pero que nunca, ni siquiera siendo insincera, era capaz de susurrarme: ‘Te deseo, te quiero tanto… no puedo vivir sin tu polla’.
No estaba en la naturaleza de Consuelo decirme tal cosa. Sin embargo, ese era el motivo de que el temor de perderla a manos de otro hombre nunca me abandonara, el motivo de que la tuviera siempre en mi mente, de que, a su lado o alejado de ella, nunca estuviera seguro de Consuelo. Nuestra relación tenía un lado obsesivo que era terrible. Cuando estás ilusionado, es de gran ayuda no pensar demasiado y abandonarte al goce de la ilusión. Pero yo no experimentaba semejante placer, lo único que hacía era pensar: pensar, preocuparme y, sí, sufrir. Me decía que debía concentrarme en mi placer”.

Y se lo decía en vano este don Juan enamorado y para colmo viejo. En vano porque cuando la jodienda deja de ser solo eso y se convierte en sentimiento, la certidumbre del instinto más puro le ha cedido su sitio, irremediablemente, a la angustia de la incertidumbre más poderosa: la del amor inopinado, del que es víctima el protagonista y narrador de esta novela-soliloquio.

Kepesh no experimenta, según cabría esperar, el sufrimiento del sexagenario que padece la soledad de un matrimonio ya gastado soportada en compañía, ni el del anciano inminente y solo que se sabe por fuera del mercado sexual, sino el de un hombre muy mayor y enamorado de una mujer cuarenta años más joven, dueña de un cuerpo fresco y expectante que el suyo, en las antípodas, no puede colmar. Como quien dice: a él, que es un afortunado donde los haya, lo atormenta la desmesura de su suerte. Que ni siquiera los ocho años transcurridos desde que conoció íntimamente a esa ex alumna han podido torcer, pues -¡quién lo creyera!- vive para contemplar, no su propia transformación(al menos no durante la diégesis) en El animal moribundo a que están destinados los que, como él, alcanzan la edad provecta, sino la de ella, a quien un cáncer de seno menoscaba y muy seguramente mata. 


La casa de las bellas durmientes

Pero si al literato su dicha de viejo enamorado lo avasalla, a Eguchi, el protagonista de esta novela que solo un escritor japonés pudo forjar, la suya lo tortura. Y no es para menos: ¿cómo soportar tanta dicha y tanta vergüenza juntas?, ¿cómo entender que se es tan feliz y a la vez tan desdichado?, ¿cómo hacer para que congenien la poesía de la juventud y el horror de la vejez?, ¿cómo no felicitarse por estar allí y censurarse por haber concurrido?, ¿cómo respetar la indefensión cuando lo único que se quiere es quebrantarla?

En La casa de las bellas durmientes, el mejor edén fictivo que conozco, residen los opuestos. Por un lado, la decadencia física y erótica de sus clientes, sus frustraciones y pesadumbres, la cercanía de la enfermedad y la muerte; por otro, la suma juventud y belleza de las Tranquilinas que allí trabajan, tal vez sus sueños e ilusiones, la salud y la lozanía que insinúan sus cuerpos yacientes y dormidos. Por una parte, el abandono inducido y seguramente voluntario de las muchachas y, por otra, la conciencia mortificante de los que pagan por esa compañía ausente:

“Pero, ¿podía haber algo más desagradable que un viejo acostado durante toda la noche junto a una muchacha narcotizada, inconsciente? ¿No habría venido a esta casa buscando lo sumo en la fealdad de la vejez? […]. La fealdad de la vejez le estaba acosando. También para él, pensó, estaban próximas las tristes circunstancias de los otros huéspedes. El hecho de que estuviera aquí ya lo indicaba. […]. Cerró la puerta con llave, dejó caer la cortina y miró a la muchacha. Ésta no fingía. Su respiración era la de un sueño profundo. Eguchi contuvo el aliento; era más hermosa de lo que había esperado. Y su belleza no constituía la única sorpresa. También era joven. Estaba acostada sobre el lado izquierdo, con el rostro vuelto hacia él. No podía ver su cuerpo, pero no debía tener ni veinte años. Era como si otro corazón batiese sus alas en el pecho del anciano Eguchi”.

Contemplando esta escena, mi yo lector, veintisiete años más joven que el protagonista, no aspira a otra cosa que a ocupar su sitio en esa casa, en esa alcoba y en esa cama tibia; a tumbarse al lado y encima y debajo de ese cuerpo generoso e inapelable; a aspirar y sorber, sin dejar un solo centímetro por recorrer, los aromas y los efluvios de esa piel dormida; a transgredir, de todas las formas posibles, “las desagradables y tristes restricciones impuestas a los viejos”; a esperar a que retorne de su estado narcótico la dueña del cuerpo profanado para expresarle mi amor y volverlo a profanar si es preciso.

De golpe, me doy cuenta de que son esos veintisiete años los que me separan del único paraíso que hasta hoy he ambicionado, y maldigo estos restos de juventud que me lo niegan.


La amaba

Es solo gracias a la literatura y a su omnipotencia que logro en este momento sacudirme la inquina de no ser Eguchi y de no despertar donde él quizá sigue soñando, para trasladarme y trasladarlos a ustedes a presencia de Pierre y Chloé, que acaban de instalarse en la casa de veraneo de la familia aunque en pleno invierno. Sí, él es el protagonista y es viejo; sí, ella es la protagonista y es joven; no, ellos no son amantes. Son, difícil imaginárselo, suegro y nuera. ¿Que qué hacen juntos por allá tan lejos y a solas? No están solos: los acompañan las hijas de ella y las nietas de él. Es decir, las hijas del hijo de él y marido de ella. ¿Que por qué él no viajó con su padre, su mujer y sus hijas? Pues porque decidió abandonar a Chloé y, de paso, a las niñas. ¿Que entonces por qué están por allá, tan retirados de París? Porque ese es quizá el espacio propicio para que dos despechados protagonicen esta novela, que es un diálogo de principio a fin.

No creo que mienta si afirmo que antes de leer este relato de desamor compartido, siempre dije y pensé que los novelistas decimonónicos fueron tal vez los únicos especialistas en construir bellas historias carentes, por lo general, de artificios narrativos. ¿Y bien?, ¿con qué me encontré cuando lo leí?: con una historia leve y bella, exenta de intríngulis o complejidades estilísticas, que oficia de núcleo de al menos dos historias más, todas de encuentros y desencuentros amorosos.

Pierre, suegro, según tengo dicho, de Chloé y padre del hombre que acaba de abandonar a su interlocutora, en el espacio de un par de noches se confía a ella y al lector para referirles su malograda historia de amor con Matilde, una traductora simultánea a quien tuvo la dicha y la desdicha de conocer en razón de su trabajo. De ella se enamora para descubrir que, a diferencia de los más de los mortales, a él el amor le llegó a destiempo y que no llegó para quedarse indefinidamente dada su falta de resolución para remover, en aras de la felicidad venérea, los cimientos de su vida de hombre casado y cobarde, de empresario estable y próspero, que es lo que sigue siendo muy a su pesar:

“La invité a tomar un café bajo las arcadas. No tuvo fuerzas para decir que no… Seguía igual de bella. Yo me esforzaba. Era un poco torpe, un poco bobo, un poco jocoso. Era una situación difícil.
¿Dónde vivía? ¿Por qué estaba aquí? Que me hablara de ella. ‘¿Dime qué tal te va? ¿Vives aquí? ¿Vives en París?’ Contestaba de mala gana. Se sentía incómoda y mordisqueaba el mango de la cucharita. De todas maneras yo no la escuchaba, ya no. Miraba a aquel niño rubito que había reunido todos los mendrugos de pan de las mesas de alrededor y les tiraba migas a los pájaros. Había hecho dos montoncitos, uno para los gorriones, otro para las palomas, y dirigía todo el asunto con pasión. Las palomas no tenían que venir a comerse las migas de los más pequeños. ‘Go away you!’ gritaba, dándoles patadas, ‘Go away you stupid bird!’ Cuando me volví hacia su madre, abriendo la boca, me interrumpió:
-No te esfuerces, Pierre, no te esfuerces. No tiene cinco años… No tiene cinco años, ¿comprendes?
Yo cerré la boca.
-¿Cómo se llama?
-Tom.
-¿Habla inglés?
-Inglés y francés.
-¿Tienes más hijos?
-No.
-¿Estás… estás… Quiero decir… ¿Vives con alguien?
Rebañó el azúcar del fondo de la taza y me sonrió.
-Tengo que irme. Nos están esperando.
-¿Ya?
Se levantó.
-Os puedo acercar a algún sitio, yo…
Cogió su bolso.
-Pierre, por favor…
Y en ese momento, me derrumbé. No me lo esperaba en absoluto. Me eché a llorar como una magdalena…”.

Las lágrimas que vierte este hombre ya en el ocaso de su vida útil como amante, que muy seguramente reprimió desde la tarde en que Matilde le contó que estaba embarazada y sus labios formularon esa pregunta que jamás se debe formular cuando se quiere de veras -“¿De quién?”-, están perfectamente justificadas, pues fueron ellas dos las que lo condenaron. ¿Que a qué? A envejecer al lado de una esposa de la que nunca estuvo enamorado y de unos hijos “legítimos” de los que siempre se mantuvo alejado no obstante haber vivido con ellos. A padecer la ausencia de la que pudo ser su verdadera familia y su primera y única experiencia venérea y filial a un mismo tiempo. A flagelarse hasta el día de su muerte por haber fracasado dos veces, no solo como padre sino también como amante. Y a decirse que desperdició esta vida -probablemente la única que hay- esquivando la verdad de su aridez afectiva y dejando pasar de largo la última oportunidad de resarcirse a sí mismo por los sacrificios de una existencia incompleta y apócrifa.


Epílogo

En El cielo es azul, la tierra blanca, la última y más bella obra de las seis aquí reseñadas, la esperanza es patrimonio. También lo son, desde luego que sí, el vacío y la soledad, salvo que en menor medida. Pero dejemos que sea la voz de Tsukiko, la protagonista, la memoria de esta historia de amor con comentarios. 

¡Quién dijo que hay edad para incursionar en este tipo de temeridades!: “-…Prueba la seta, Tsukiko -me ordenó el maestro, como si estuviera dando clase. Todavía recelosa, saqué la punta de la lengua y lamí la seta que tenía en la mano, pero sólo sabía a polvo. Toru y Satoru seguían riendo. El maestro sonreía con la mirada perdida. Desesperada, me metí la seta entera en la boca y la mastiqué varias veces. Seguimos bebiendo durante poco más de una hora, pero no pasó nada digno de ser mencionado. Recogimos las mochilas y emprendimos el camino de vuelta. Mientras descendíamos, no sabía si reír o llorar. Tal vez fuera culpa del alcohol, que también me había hecho perder la noción del espacio y caminar sin tener la más remota idea de dónde estaba. Satoru y Toru encabezaban la marcha. Su silueta era idéntica, y tenían la misma forma de caminar. El maestro y yo andábamos de lado, riendo.
-¿Sigue enamorado de su esposa, maestro? -le pregunté en voz baja, y él rió con más ganas.
-Mi mujer sigue siendo un misterio para mí -me respondió, un poco más serio.
Entonces se echó a reír de nuevo. Los insectos zumbaban a nuestro alrededor, y yo seguía sin entender qué estaba haciendo allí.” ‘¿Sin entender qué estaba haciendo allí?’, pues construyendo su versión del amor erótico al lado de un hombre que le dobla la edad y la supera en ansias de vivir y de aprender.

¡El arte de saber progresar pero de a poco, con la paciencia que requiere el amor erótico auténtico!: “Pronto abandonamos la cerveza y pedimos sake. Cogí la botella y llené el vaso del maestro. El sake caliente me hizo entrar en calor, y los ojos se me inundaron de lágrimas otra vez. Pero aguanté. Beber sake era mucho más agradable que llorar.
-Le deseo un feliz año nuevo lleno de salud y felicidad, maestro -dije de un tirón.
Él se echó a reír.
-Bien dicho, Tsukiko. Veo que eres fiel a las buenas costumbres -observó, y alargó la mano para acariciarme la cabeza. Mientras el maestro me pasaba la mano por el pelo, yo bebía a pequeños sorbos.” ¿Cuánto tiempo hubo de transcurrir para que este hombre, sabio por sensato y por sabio, diera este primer paso hacia la conquista del último vestigio de juventud que la vida le pone delante? No acierto a concretarlo.

¡Razones que explican con suficiencia el fenómeno atípico de que sea en esta novela la juventud la que ambicione la experiencia y no al revés!: “Intenté recordar cuándo el maestro y yo empezamos a hacernos amigos. Al principio era sólo un conocido, un anciano que había sido mi profesor en el instituto. Aparte de las escasas palabras que intercambiábamos, apenas me fijaba en él. Era una vaga presencia que bebía en silencio en la barra, sentado a mi lado. Lo único que me llamó la atención desde el primer momento fue su voz. No era muy grave, pero tenía un matiz profundo y vibrante. Al oír aquella voz, me fijé en el hombre del que procedía. En algún momento, más adelante, al sentarme a su lado empecé a notar la calidez que desprendía. Su presencia dulce y afectuosa se filtraba a través de la tela de su camisa almidonada. Era caballeroso y tierno a la vez. Nunca he sido capaz de describir la presencia que irradiaba el maestro. Cuando intentaba capturarla, se esfumaba para aparecer de nuevo en otra ocasión. Me preguntaba si aquella presencia se convertiría en algo palpable en el caso de que el maestro y yo nos acostáramos juntos. Pero su misteriosa presencia siempre se me acababa escurriendo de las manos.” ¿Proceso de aprendizaje? Sí, pero vital.

¡Que no es un capricho: No-lo-es!: “Notaba el calor que desprendía el cuerpo del maestro, sentado a mi lado. Mis sentimientos afloraron de nuevo. Aquel sofá duro e incómodo me parecía el lugar más agradable del mundo. Me sentía feliz a su lado. Eso era todo.
-¿Va todo bien, Tsukiko? -me preguntó el maestro, mirándome. Yo caminaba junto a él y me iba repitiendo para mis adentros: ‘No te hagas ilusiones, no te hagas ilusiones’.” ¿Es algo así posible? Sí lo es, aunque solo donde coincidan una Tsukiko y un Harutsuna Matsumoto; es decir…

¡Otro avance, otro avance!: “Creo que era la primera vez que el maestro y yo caminábamos tan cerca el uno del otro. Normalmente él caminaba delante de mí y yo lo seguía a paso ligero, un poco rezagada.
Cuando venía alguien de frente, nos apartábamos a derecha e izquierda y dejábamos el espacio justo para que pudiera pasar entre nosotros. Cuando el transeúnte había pasado, volvíamos a juntarnos.
-No hace falta que nos separemos, Tsukiko. Podemos apartarnos hacia el mismo lado -sugirió el maestro al ver que otra persona venía en dirección contraria y teníamos que dejarla pasar. Sin embargo, me separé del maestro y me hice a un lado. Me sentía incapaz de acercarme a él.
-Deja de moverte como si fueras un péndulo -me ordenó de repente, y me sujetó el brazo cuando yo estaba a punto de apartarme otra vez. Tiró de mí enérgicamente. No me agarró con fuerza, pero como yo intentaba ir en dirección contraria noté un fuerte tirón.
-Quiero que te quedes a mi lado -me dijo sin soltarme el brazo.
-Vale -repuse, cabizbaja. Estaba mil veces más nerviosa que el primer día que salí con un chico. El maestro me sujetaba por el codo…” ¿Machismo recalcitrante y sumisión femenina? ¡Qué va! Simplemente, una forma bastante personal –y cultural- de seducir y ser seducido.

¡Dos generaciones, dos destinos, dos esencias!: “-¿Cuánto tiempo crees que me queda de vida, Tsukiko? -me preguntó el maestro bruscamente. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos parecían tranquilos.
-¡Mucho, mucho tiempo! -grité sin pensar. […].
-Estaba pensando muy seriamente en lo que acaba de decirme.
-Perdón -se disculpó. Entonces me pasó el brazo por encima del hombro y me atrajo hacia sí. Cuando me abrazó, el tiempo parecía haberse detenido.
-Maestro -musité-.
-Tsukiko -susurró él.
-Aunque usted muriera ahora mismo yo estaría bien, maestro. Lo superaré -le prometí mientras hundía la cara en su pecho.
-No pensaba morir ahora mismo -replicó, abrazándome. Su voz era apenas un murmullo dulce y suave, como cuando hablamos por teléfono.
-Sólo era un decir.
-Exacto, un decir. Muy bien dicho.
-Gracias.
Estábamos abrazados, pero nuestra conversación seguía siendo completamente formal.
Las palomas alzaban el vuelo en busca de refugio entre los árboles. Una bandada de cuervos revoloteaba en el cielo. Sus graznidos resonaban en el parque. La oscuridad iba ganando terreno […].
-Tsukiko -dijo el maestro, irguiendo la espalda.
-¿Sí? -respondí mientras me incorporaba yo también.
-Me preguntaba si…
-¿Sí?
El maestro hizo una breve pausa. La luz era tan escasa que no le veía la cara. Nuestro banco era el más alejado de la farola. El maestro carraspeó varias veces.
-Verás…
-¿Sí?
-¿Querrías iniciar conmigo una relación basada en el amor mutuo?
-¿Cómo? -exclamé, perpleja-. ¿A qué se refiere con eso? Sabe que llevo mucho tiempo enamorada de usted -le espeté, olvidando guardar las distancias-. Sabe perfectamente que me siento atraída por usted desde hace mucho tiempo. ¿A qué viene esa tontería del ‘amor mutuo’?
Un cuervo graznó desde una rama cercana. Sobresaltada, di un bote en el banco. El cuervo graznó otra vez. El maestro sonrió y envolvió mi mano entre la suya. Me arrimé a él. Pasé el brazo por detrás de su cintura y presioné mi cuerpo contra el suyo. Aspiré el olor de su chaqueta […].
-No te arrimes así, Tsukiko. Me da vergüenza.
-Pero si usted me ha abrazado primero.
-No te imaginas lo que me ha costado. 
-Pues ha quedado muy natural.
-Es que he estado casado muchos años.
-Precisamente por eso no debería sentirse avergonzado.
-Pero estamos en un lugar público.
-Es de noche, no nos ve nadie.
-Sí que nos ven.
-No lo creo.
Con la cabeza apoyada en su pecho, rompí a llorar. Para que no notara mis sollozos, hundí la cara en su chaqueta y empecé a parlotear mientras él me acariciaba el pelo tiernamente.
-Acepto la proposición -dije-. Estoy de acuerdo en iniciar con usted una relación basada en el amor mutuo -añadí…” ¿Demasiados prolegómenos para llegar a la almendra del asunto? ¡No! Apenas los que la situación, tan literaria y por eso mismo tan real, amerita.

¡No se les ocurra siquiera pensar que de ese parque, en que los acabamos de dejar, aterrizaron aquí!: “Entramos en la habitación cogidos de la mano. El maestro extendió el futón, y yo lo cubrí con una sábana. Preparamos la cama perfectamente sincronizados. Sin mediar palabra, nos dejamos caer en el futón. Hicimos el amor por primera vez, apasionadamente.” ¿Pasión a los setenta años? No solo eso, sino también poesía.

¡Bello, muy bello! ¡Pero también muy triste!: “Todo aquello me parece muy lejano. Los días que pasé junto al maestro fueron tranquilos e intensos. Habían pasado dos años desde nuestro reencuentro. Nuestra ‘relación oficial’, tal y como solía decir él, duró tres años. No tuvimos más tiempo para compartir.
No ha pasado mucho tiempo desde entonces. [...].
He recorrido un largo camino,
El frío penetra mi ropa gastada.
Esta tarde el cielo está despejado,
¡cómo me duele el corazón!
Es un poema de Seihaku Irako que el maestro me enseñó un día. Sola en mi habitación, leo poemas que recitaba el maestro y también otros que no llegó a enseñarme. ‘Desde que usted murió he estado estudiando’, susurro. Suelo llamarlo en voz baja: ‘¡Maestro!’. De vez en cuando, oigo su voz que me responde desde algún lugar del cielo: ‘¡Tsukiko!’. Preparo el tofu hervido como él, con bacalao y crisantemo. ‘Algún día volveremos a vernos’, le digo, y el maestro me responde desde el cielo: ‘No tengo la menor duda’.
En noches como ésta, abro el maletín del maestro. En su interior no hay nada, sólo un vacío que se extiende. Un enorme espacio vacío que crece sin parar.” ¿Pero es que el cielo existe? Tal vez no ese de la utopía religiosa, mas sí este de la utopía amorosa.

Aquí me tienen, pues, delante de mi computador y sin que haya puesto el punto final preguntándome -ya que no tengo nadie a quién preguntarle- si la vida me va a alcanzar para releer, ya viejo y más desesperanzado, estos devaneos de crítica literaria contra todo precepto. ¿Que para qué me lo pregunto? Por el mero capricho de querer saber si entonces las mismas lágrimas que ahora se me agolpan a los ojos y que yo pugno por no dejar brotar me vencen y se desmadran. Solo para eso.