En un mundo en el que la luz ofusca el entendimiento de los más, "El omnímodo poder de la secta de los ciegos" habrá de desempeñar un papel fundamental en la explicación de algunos hechos literarios y pedagógicos que requieren hondura para entenderse.
jueves, 12 de abril de 2012
Speculum mundi y otros relatos
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lunes, 24 de octubre de 2011
El lado claro del corazón de Millennium
Concebí la idea de este ejercicio de hermenéutica textual cuando leí en
El País de España un exabrupto contra Millennium,
sin que quepan dudas una empresa imaginativa formidable, incluso gracias a su
imperfección. “Larsson es patológicamente malo”, declaraba a ese periódico
Donna Leon (11/08/2009), esa autora tal vez demasiado prolífica del mismo
género en que incursionó, para quedarse, el escritor sueco ya fallecido. Un
disparate grosero a todas luces, pues osa confesar la autora de la saga del
capitán Guido Brunetti que ni siquiera terminó la primera de las tres partes
dizque por la “repugnancia” que le producía la historia, carente a su juicio de
“calidez humana”. Pero esa impresión, discutible de todo punto, sería por lo
menos seria si Leon se hubiera tomado la molestia de estudiar las tres novelas
en su conjunto, como corresponde nada menos que a una escritora. ¿Aceptaría
ella de buen grado una crítica cargada de acrimonia de alguien que afirma no
conocer su obra? Claro que no. Porque para descalificar es necesario, a no ser
que se quiera caer en eso que Julio Cortázar denominó -y que nos cae como
anillo al dedo- “lector-hembra”, conocer. Es decir, leer no de cualquier
manera, sino leer con hondura.
Como no es cierto a rajatabla, según discurre fuera de razón la autora-“crítico”,
que el autor o su trilogía sean “patológicamente”
malos, ni que su actitud sea “un agravio al amor humano, a las relaciones
humanas”, ni que “todos los contactos sexuales” sean “violentos o fuera de
límites”, ni que no haya “pasión” en su obra más que la que hay por la
“violencia” o la “venganza”, me propongo intentar demostrar que en las tres
novelas de Larsson, si bien hay mucho de lo que ella dice, también hay igual o
más cantidad de lo otro; esto es, de aquello que sus prejuicios de lector-hembra
no le permitieron ver: bondad y altruismo desinteresados, así como una altísima
dosis de pasión por la justicia humana.
Los hombres que no amaban a las mujeres
Luego de superar los escollos que comportan el prólogo y los primeros
capítulos de la novela, los cuales hay que leer y releer, el lector medio por
fin se siente cómodo con la historia que se le presenta. Establece los primeros
contactos con los dos protagonistas -Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander-, al
igual que con algunos de los personajes que aparecerán, con mayor o menor
asiduidad, en las tres partes de la trilogía. Y, como ocurre en la vida real, a
medida que los sucesos vayan desarrollándose, la cercanía con sus
caracterizaciones se irá afianzando hasta cobrarles devoción o inquina, o tal
vez otro sentimiento que participe de ambas.
Se está todavía lejos de llegar siquiera a imaginar el poder innominable
de la violencia en la novela y en la trilogía, cuando dos momentos (que a Donna
Leon se le pasaron por alto: en el supuesto de que haya rebasado el prólogo) sintomáticos
de la calidez humana -antinomia de esa violencia-, que también las caracteriza,
emergen para empezar a derruir los prejuicios en torno a la obra de Larson. En
el primero, es Lisbeth Salander, para quien tan difícil es comunicar afecto, la
que resuelve hacerle una caricia a Dragan Armanskij, su jefe de Milton Security:
un gesto que sella una amistad poco convencional pero que jamás sufre traspiés.
En el segundo, Erika Verger, solidaria con su colega y amante Mikael Blomkvist que
acaba de ser derrotado en una contienda judicial, a él se llega para cobijarlo
con ese afecto y esa comprensión con que él la retribuye en instancias
semejantes. Porque, muy al contrario de como especula -el que a medias lee no
opina- Leon, el vínculo venéreo y de amistad que une a Verger y Blomkvist dista
de ser un agravio a las relaciones y el amor humanos, siendo, más bien, su
celebración:
“Salander lo meditó durante un buen rato. Luego, a modo de respuesta, se
levantó, bordeó la mesa y le dio un abrazo. Se quedó totalmente perplejo.
Cuando ella lo soltó, cogió su mano y preguntó:
-¿Podemos ser amigos?
Ella asintió con un solo movimiento de cabeza.
Fue la única vez que le mostró algo de ternura, y la única vez que lo
tocó. Un momento que Armanskij recordaba con mucho cariño” (Primera parte,
capítulo 2).
“Durante las semanas anteriores al juicio, Mikael Blomkvist dio la
impresión de estar metido en una nube gris, pero nunca lo había visto tan
cabizbajo y resignado como ahora, en el momento de la derrota. Ella rodeó la
mesa de trabajo, se sentó a horcajadas sobre él y le puso los brazos alrededor
del cuello.
-Mikael, escucha. Los dos sabemos muy bien qué es lo que ha pasado. Yo
soy tan responsable como tú. Tenemos que capear el temporal.
-No hay temporal que capear. La sentencia es un tiro mediático en la
nuca. No puedo quedarme como editor jefe de Millennium. Se trata de la
credibilidad de la revista, de paliar daños. Lo sabes tan bien como yo.
-Si piensas que voy a permitir que asumas la culpa tú solito, es que
durante todos estos años no has aprendido una mierda sobre mí.
-Sé exactamente cómo funcionas, Ricky. Tienes una lealtad muy ingenua
para con tus colaboradores […]
Erika puso la cabeza de Mikael contra su pecho y le abrazó con fuerza.
Permanecieron callados durante varios minutos.
-¿Quieres compañía esta noche? -preguntó ella.
Mikael Blomkvist asintió.
-Bien. Ya he llamado a Greger y le he dicho que pasaré la noche contigo”
(Primera parte, capítulo 3).
Con ese amplexo, como lo puede constatar el lector de la trilogía
completa, Lisbeth se capta el cariño y la devoción de quien fue alguna vez su
jefe pero siempre su amigo incondicional y quien será capaz en su momento de
jugarse la piel y parte de su hacienda por esa muchacha que tanto le recuerda a
su propia hija, a la que sin embargo poco se parece. Los mimos que Erika le
hace a Mikael son, por su parte, apenas el preludio de una amistad erótica que
se reconstruye y fortifica con cada nuevo encuentro de las almas o de los
cuerpos, y en muchas ocasiones de las almas y de los cuerpos al unísono.
La relación holística de Verger y Blomkvist, que abarca desde el amor
filial que ella siente por él en instantes de desamparo, pasando por el afecto
y la admiración profesional que experimentan estos dos periodistas de la ética
informativa e investigativa por el otro, hasta el amor de pareja que años de
inmersiones en el cuerpo ajeno lo han convertido en casi propio, se inscribe en
la civilidad más trabajada que es la consecuencia de una conciencia tripartita
capaz de reconocer los límites de lo binario. A ello se debe el que Greger
Beckman, esposo de la parte femenina de la tríada, a cambio de la felicidad de
su compañera contemporice con su necesidad afectiva por otro hombre, el cual a
su turno se aviene sin protestas a su destino de amante, respetuoso de ese
vínculo matrimonial que nunca pone en peligro.
Son muchos los acicates con que la diégesis de esta primera novela
seduce al lector. Un prólogo que preludia un misterio y un enigma fascinantes a
cuya resolución está invitado; el conocimiento paulatino de unos personajes que
se harán tanto más entrañables cuanto más se avance en las peripecias narrativas
hasta volverse indelebles al final de la trilogía; el magistral relato de
Henrik Vanger sobre la disolución de Harriet, su sobrina nieta, desaparecida
hace treinta y seis largos años y sobre el infaltable regalo de cada cumpleaños
consistente en una flor distinta que él guarda celosamente a sabiendas de que
piensa que proceden de su asesino, que de él se burla; los descubrimientos con
cuentagotas pero cada vez más espeluznantes que Mikael realiza precisamente a instancias
del venerable anciano; las intrigantes movidas de Lisbeth Salander que actúa en
paralelo al que será muy pronto camarada de aventura detectivesca y amante de
ocasión; los peligros que acechan, ora a Lisbeth, ora a Mikael, cuando no a
ambos y que proceden de sospechosos que con el tiempo y la astucia de los
detectives terminan convertidos en victimarios o inocentes. Pero sobre todo el
desafío que conlleva el cabal entendimiento de la función de la voz narrativa,
que, una vez comprendida, le permite al que lee dedicar toda su atención y asombro
a las vicisitudes del relato.
Es en ese punto decisivo en el que el lector, habituado ya al
paralelismo y a la simultaneidad de la narración omnipresente, se va a dar de
bruces con un par de escenas que habrían dejado a Donna Leon de piedra, si su
impaciencia moral y sus juicios de valor no la hubieran forzado a abandonar una
de las más avasallantes empresas lectoras a que se pueda enfrentar cualquier
buen buscador de azares ficcionales. En la primera, que nuevamente encarna la
antítesis de la errónea convicción de la escritora, para quien “todos los
contactos sexuales” son “violentos o fuera de límites”, este hombre que ya
conocemos y una mujer recién introducida en la diégesis protagonizan un
acercamiento físico que en modo alguno responde al presuroso dictamen de Leon:
“Ella se quitó las zapatillas y le puso un pie en la rodilla.
Automáticamente, Mikael puso su mano sobre el pie, acariciando su piel. Dudó un
instante; tenía la sensación de estar navegando en aguas completamente
inesperadas y desconocidas. Pero le empezó a masajear cuidadosamente la planta
del pie con el dedo pulgar.
-Yo también estoy casada -dijo Cecilia Vanger.
-Ya lo sé. Los miembros del clan Vanger no se divorcian.
-Llevo casi veinte años sin ver a mi marido.
-¿Qué pasó?
-Eso no es asunto tuyo. No he mantenido relaciones sexuales en… humm, ya
hará unos tres años.
-Me sorprende.
-¿Por qué? Es una cuestión de oferta y demanda. No quiero en absoluto ni
un novio, ni un marido, ni una pareja estable. Estoy bastante a gusto conmigo
misma. ¿Con quién haría yo el amor? ¿Con algún profesor del instituto? No creo
[…] Ella se inclinó hacia delante y le besó el cuello.
-¿Te escandalizo?
-No. Pero no sé si esto es una buena idea. Trabajo para tu tío.
-Y yo seré, sin duda, la última en chivarme. Pero, sinceramente, no creo
que a Henrik le importe.
Se sentó a horcajadas sobre él y lo besó en la boca. Su pelo seguía
mojado y olía a champú. Mikael se lió torpemente con los botones de su camisa y
la deslizó por sus hombros. Ella no se había molestado en ponerse un sujetador.
Se apretó contra él cuando le besó los pechos” (Segunda parte, capítulo 11).
En la segunda escena, al tiempo que Mikael Blomkvist y Cecilia Vanger
hacen el amor no de amor sino de deseo mutuamente sentido y consentido, Lisbeth
Salander es víctima de una primera violación a manos de Nils Bjurman, su
administrador, que encarna, junto con muchos otros canallas que desfilan por
las páginas de Millennium, ese
“agravio al amor humano, a las relaciones humanas” a que se refiere con parcial
acierto la escritora Donna Leon y que constituye el lado oscuro del corazón de
la trilogía. Pero les recuerdo que el propósito de la presente reflexión es
conseguir que aquellos que, como ella, encuentran en la obra de Larsson
exclusivamente abyección y crueldad visualicen la dualidad vital que subyace en
las tres novelas, llámese extrema violencia o altruismo desinteresado, acceso
carnal forzoso o fiesta de los cuerpos, corrupción rampante o ética humana.
Fui testigo en una tertulia de una opinión que en un comienzo me llamó
poderosamente la atención y que me mantuvo pensativo por espacio de unas
cuantas horas. El contertulio afirmaba que Stieg Larsson, de modo insidioso,
leía el mundo y lograba que algunos de sus lectores lo leyeran desde una
perspectiva maniquea: a un lado los malos, los “auténticamente malos -y los
enumeraba-, y al otro los buenos, los “auténticamente buenos” -y los
enumeraba-. Confieso que me vi presto a conceder, pero el recuerdo de Lisbeth
Salander violando y tatuando a Nils Erik Bjurman, un acto en modo alguno
reprensible sino todo lo contrario, me ayudo a que cayera en la cuenta de que
aquella lectura, como el juicio de valor de Donna Leon, andaba desencaminada
aunque no por iguales motivos. Además, el que Salander imparta justicia motu proprio y que resuelva quedarse con
el dinero a su vez mal habido de Hans-Erik Wennerstrom, constituye otros dos
eventos que alejan felizmente al escritor sueco de esas pretensiones
abolicionistas de cualquier matiz que aquella noche se le achacaban. Porque
inscribir a Millennium en el
macartismo resulta tan temerario como aducir que la trilogía solo alberga
vileza y venalidad, negando de paso lo evidente: que la trama, en iguales
proporciones que la vida, les da cabida al mal y al bien pero matizados, ya que
nadie es ni completamente malo ni completamente bueno; ya que el mal, como el
bien, poseen graduaciones como las peores o las mejores bebidas espirituosas. Y
es gracias a esa hondura con que Larsson lee y re-crea el mundo en sus novelas
que podemos asegurar sin que nos tiemble la voz que Millennium y los hombres, que pueblan la trilogía, tienen un
corazón con claroscuros. Pero permítaseme proseguir con mi empeño: hacer
visible el lado claro de ese claroscuro literario.
Resulta que una mañana, casi un mediodía, mientras Mikael y Cecilia
duermen plácidamente luego de retozar en privado (a Larsson no le interesa
hacer de los encuentros amatorios un espectáculo para lectores mirones o
curiosos), la intempestiva irrupción de Erika Verger en el apartamento y en la
habitación en que yace la pareja, a todos, menos a Blomkvist, deja
estupefactos. Empezando por ella, que no sabe cómo actuar ni qué decir a los
amantes. De hacer que la incomodidad remita se encarga Mikael, quien con la
mayor naturalidad ubica las cosas en su sitio, pidiéndole a Erika que ponga la
cafetera y explicándole a Cecilia, una vez se quedan solos nuevamente, de qué
va su relación con Verger. La estupefacción del lector la origina, sobra
decirlo, lo inesperado de la escena que lo deja despabilado, y crece, hasta
casi rayar en una envidia admirativa, cuando a la sorpresa y la vergüenza de
las dos mujeres se superpone ese civismo de algunas relaciones humanas que no
escasean en Millenium y que tanto
contrastan con la miope mirada de Donna Leon:
“Cuando entraron en la cocina, poco después, Erika ya había preparado el
desayuno y puesto sobre la mesa café, zumo, mermelada de naranja, queso y pan
tostado. Olía muy bien. Cecilia se dirigió directamente a Erika y le tendió la
mano.
-Ha sido todo muy rápido ahí dentro. Hola.
-Cecilia, por favor, perdóname por entrar así, como un torbellino -dijo
Erika verdaderamente afligida.
-Olvídalo, por Dios. Venga, vamos a tomar café.
-Hola -dijo Mikael, abrazando a Erika antes de sentarse-. ¿Cómo has
llegado?
-Subí en coche esta mañana. ¿Cómo si no? Recibí tu mensaje a las dos de
la madrugada; te he llamado varias veces.
-Tenía el móvil apagado -dijo Mikael mientras le dedicaba una sonrisa a Cecilia
Vanger” (Tercera parte, capítulo 15).
Porque si Blomkvist, que oficia de tercer ángulo del triángulo amoroso
que protagonizan él, Erika y Beckman conoce sus limites y a ellos se
circunscribe, no otra cosa podría esperar de Erika, que se sabe la mayor
beneficiaria de ese ménage a trois, un
tributo que a ella rinden dos que bien la quieren.
Tras diecisiete capítulos -la primera y la segunda partes completas y
parte de la tercera-, ocurre por fin lo impostergable: el mutuo avistamiento de
las dos mitades que constituyen el alma y el nervio de la historia en tres
novelas contada. En el capítulo 18, de forma inopinada, Blomkvist se presenta
en el domicilio de Salander que, muda de asombro, observa cómo aquel individuo
tan atractivo como desconsiderado irrumpe en su vida y su resaca, sin que
siquiera se atreva a impedirlo de veras, algo que habría ocurrido con otro
cualquiera que hubiese osado. Aplacadas la euforia de él y la sorpresa de ella,
se los puede ver a una mesa sentados en la que departen al tiempo que desayunan
lo preparado por el visitante, en medio de una inmejorable armonía no exenta de
galanterías (“-Tienes unos ojos muy bonitos -dijo Mikael.
-Tú tienes unos ojos muy dulces -contestó Lisbeth”). Y el lector
-primero de la entrevista de Leon y ahora de la novela-, que no ha parado de
exultar con el libro que tiene entre las manos, se pregunta: ¿que Larsson o su
trilogía son “patológicamente” malos?, ¿que la actitud de Larsson, o la de su
trilogía, es “un agravio al amor humano, a las relaciones humanas”?, ¿que Milennium carece de “calidez humana”? Y
se sonríe, conmiserativo.
Nadie con más intensidad que Lisbeth Salander sufre los rigores de la
maldad que discurre por las páginas de la trilogía, ni tampoco nadie se
beneficia más que ella de la bondad de que son capaces muchos de sus
personajes. De esa magnanimidad de los hombres abunda en pruebas fehacientes la
tercera novela, que hace las veces de desenlace de la historia-núcleo. De la
crueldad que en la protagonista se ceba, en cambio, hay trazas por todos lados;
esto es, en cada una de las tres partes que componen este hito de la
imaginación creadora titulado Millennium.
Vestigio viviente de aquella violencia es ese cuerpo desnudo que
contempla Blomkvist con curiosidad, el cual ha sido vejado con sevicia en un par
de ocasiones al menos ante la impotente mirada del lector, que nada puede hacer
para impedirlo. Pero los ojos que sobre él se posan ahora lo rescatan de la
abyección y le restituyen la dignidad extraviada. Asomémonos también nosotros:
“A su lado, Lisbeth Salander dormía boca abajo con su brazo sobre él.
Mikael contempló el dragón que se extendía diagonalmente por su espalda, desde
el omoplato derecho hasta la nalga izquierda.
Le contó los tatuajes. Aparte del dragón y de una avispa en el cuello,
tenía tatuado un brazalete alrededor de uno de los tobillos, otro alrededor del
bíceps del brazo izquierdo, un signo chino en la cadera y una rosa en la
pantorrilla. Excepto el dragón, se trataba de tatuajes discretos y pequeños.
Mikael salió con cuidado de la cama y corrió las cortinas. Fue al baño y
luego volvió sigilosamente a la cama, intentando meterse bajo las sábanas sin
despertarla” (Tercera parte, capítulo 23).
A esa misma existencia inerme y en reposo que contemplamos los lectores,
el narrador y el protagonista, se la va a ver enzarzada en luchas frontales
contra enemigos que la superan en masa muscular (casi siempre criminales curtidos
en el cuerpo a cuerpo), desventaja que en ocasiones Ella logra reducir gracias
a sus conocimientos de boxeo y a su suma recursividad en el uso de adminículos
(bates de béisbol, pistolas eléctricas, gas lacrimógeno) que se procura para
contrarrestar su “debilidad”. Y es justamente con un bate de béisbol, que
esgrime con gran destreza, como Mikael Blomkvist, que está maniatado y a tiro
de morir ahorcado, observa a su nueva y temeraria amiga arremeter, para
salvarle la vida, contra Martin Vanger, un violador y asesino en serie; el
precursor de esa protervia in crescendo
que atraviesa las tres novelas de Larsson. Como las atraviesa, según paso a
paso se ha ido demostrando, su contraparte: la pasión de quienes, incluso
valiéndose de medios análogos por necesidad, batallan para resistirse a esa
sevicia que todo busca cooptar.
Culminado el mal trance -aquella escena que constituye el vórtice de la
violencia en Los hombres que no amaban a
las mujeres-, tenemos a Mikael y a Lisbeth hablando de algo que, al decir
de Donna Leon, resulta inhallable en la trilogía que no leyó pero que execra:
“Él la miró inquisitivamente.
-Lisbeth, ¿puedes definir la palabra amistad?
-Es cuando quieres a alguien.
-Vale, pero ¿qué es lo que te hace querer a alguien?
Ella se encogió de hombros.
-La amistad, o al menos mi definición de ella, se basa en dos cosas:
respeto y confianza -continuó él-. Y deben ser mutuas. Además, se tienen que
dar los dos factores; puedes respetar a alguien, pero si no hay confianza, la
amistad se desmorona.
Ella seguía callada.
-Ya sé que no quieres hablar de ti, aunque alguna vez habrás de decidir
si confiar en mí o no. Quiero que seamos amigos, pero esto es cosa de dos” (Cuarta
parte, capítulo 27).
Lo que sucede es que a diferencia de Blomkvist, Salander no puede pensar
con respecto a él meramente en términos de amistad por cuanto ella está
enamorada. Una broma que le gasta la vida, que se le va a convertir en un
embrollo que supera solo gracias a su amor propio.
Se trata, resuelve cuando comprende que su exaltación venérea no va a
encontrar respuesta en el corazón de Mikael (que a esta altura ya la quiere,
solo que como amiga), de poner distancia entre ambos, determinación a la que
finalmente llega cuando lo ve, sonriente y abrazado a Erika Verger, por esas
calles de Estocolmo que ella recorría en dirección a su domicilio, dispuesta a revelarle
su enamoramiento y a entregarle un regalo de Navidad, que tira a la basura segundos
después de aquel desencuentro.
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
Si el prólogo de la primera novela constituye un energizante intelectual
para el lector, el prólogo de la segunda entraña una de las imágenes más
violentas de toda la trilogía, tan liberal en ese tipo de escenas. Pero es
gracias a esa representación de Lisbeth Salander -o de la víctima que se trate
de “los hombres que odian a las mujeres”- semidesnuda y reducida a la
humillación de los correajes de cuero de la cama en que está inmovilizada, que
el lector, que ha venido conociendo paulatinamente la tragedia vital de la
protagonista, se va a sumar sin reticencias a su causa, a la que todavía le
queda un largo trecho por recorrer antes de que se haga por fin justicia, ese
momento memorable para el que no tuvo paciencia Donna Leon, que optó por el
facilismo de la renuncia y el juicio de valor. Un pésimo ejemplo que por
fortuna el protagonista no sigue, no obstante no acertar a comprender el porqué
del radical viraje que Salander decidió imprimir a sus relaciones:
“El decreciente interés de Mikael por el caso Wennerstrom coincidió con
la desaparición de Lisbeth Salander de su vida. Seguía sin entender qué había
sucedido.
Se despidieron el día después de Navidad y no la vio durante los días
anteriores a la Nochevieja. Una noche antes la telefoneó, pero ella no
contestó.
En Nochevieja, Mikael acudió a su casa en dos ocasiones y llamó a la
puerta. La primera vez había luz en su piso, pero ella no abrió. La segunda, el
piso se encontraba a oscuras. El día de Año Nuevo volvió a llamarla, sin ningún
éxito. A partir de entonces lo único que escuchó fue que el abonado no estaba
disponible.
Durante los días sucesivos la vio dos veces. Como no había podido
contactar con ella por teléfono, una tarde, a principios de enero, fue a su
casa y se sentó a esperarla en la escalera, ante su misma puerta, con un libro
en la mano. Permaneció allí pacientemente durante cuatro horas, hasta que ella
apareció, poco antes de las once de la noche. Llevaba una caja de cartón y se
paró en seco al verlo.
-Hola, Lisbeth -saludó, y cerró el libro.
Ella lo contempló con rostro inexpresivo, sin el menor atisbo de dulzura
o amistad en la mirada. Luego pasó por delante de él e introdujo la llave en la
puerta.
-¿Me invitas a un café? -preguntó Mikael.
Ella se volvió y le dijo en voz baja:
-Vete. No quiero volver a verte.
Luego le dio con la puerta en las narices a un perplejo y desconcertado
Mikael Blomkvist. La oyó echar la llave por dentro.
La segunda vez que la vio fue sólo tres días más tarde. Iba en el metro
[…] La descubrió exactamente en el mismo momento en el que las puertas se
cerraban. Durante cinco segundos, ella lo atravesó con la mirada como si fuese
transparente. Acto seguido, se dio la vuelta, echó a andar y desapareció de su
campo de visión justo cuando el tren se puso en marcha.
El mensaje no daba lugar a malentendidos: Lisbeth Salander no quería
tener ninguna relación con Mikael Blomkvist. Lo había eliminado de su vida con
la misma eficacia con la que suprimía archivos de su ordenador, sin más
explicaciones. Había cambiado el número de su móvil y no contestaba al correo
electrónico.
Mikael suspiró, apagó el televisor, se acercó a la ventana y se puso a
contemplar el ayuntamiento” (Primera parte, capítulo 1).
Blomkvist ignora lo que el lector conoce: el motivo del intempestivo e
insalvable distanciamiento. Ignora, seguramente porque jamás se lo propuso
-como no se lo propone con ninguna de las restantes tres mujeres con que se ha
acostado: Erika Verger, Cecilia Vanger y Harriet Vanger-, que la reacción de
Salander obedece a un mecanismo de defensa contra el sufrimiento que ocasiona
un amor unilateral del que él no es, a fin de cuentas, responsable. ¿Por quién
tomar partido?, se pregunta el lector sabiendo de antemano la respuesta: pues
por ninguno. Dado que el sentimiento amoroso que padece ella no lo propició
Mikael ex profeso, y que la amistad a que él aspira no obliga a Lisbeth,
entiende que haría mal si se decanta por uno de los dos, y más bien opta por
congraciarse con ambos, consciente de que no es él el indicado para dirimir aquel
conflicto del lado claro de El corazón de Millennium.
(Como pienso que el tenaz escepticismo de algunos lectores puede llegar
al punto de encontrar en la “sumisión” de Blomkvist para con Salander no
amistad, sino algún fin taimado y poco claro, digo en su descargo que, habiendo
concluido el caso Wennerstrom exitosamente gracias a Lisbeth en gran medida, y
habiendo ella rehusado cobrar la parte de los honorarios que por su invaluable
trabajo le correspondía, nada sino aprecio y gratitud mueve a Mikael a
propiciar una reconciliación atípica, pues, que él sepa, nunca riñeron. Y van a
ser ese aprecio y esa gratitud los incentivos para mantenerse al tanto de lo
que suceda con su amiga y para entrar en acción y pagarle con la misma moneda
altruista y desinteresada cuando llegue el momento. Que ya no tarda).
Y firme en su propósito de no tomar partido, al lector le corresponde
oscilar junto con la narración, que fluctúa entre la vida del protagonista
(solo en su apartamento, preguntándose la razón de la negativa de Salander a
verlo y hablarle) y la de la protagonista (casi siempre sola en Granada,
intentando olvidar y recobrar el dominio sobre sus emociones). Pero ya la
tenemos en casa, después de un periplo que duró un año, período que se resume
en una palabra: misterio. Y regresa, no ya con el furor del despecho que la
impelió a partir, sino con un principio de conciencia que invita a pensar en la
posibilidad de una amistad -posibilidad remota, hay que decirlo- en los
términos que la definiera Blomkvist:
“Otra de las razones por las que le costaba volver a Estocolmo se
llamaba Mikael Blomkvist. Allí sin duda correría el riesgo de cruzarse con ese
Calle Blomkvist de los cojones y en ese momento eso era lo último que deseaba. Él
la había herido. Aunque, para ser sinceros, ella admitía que no había sido su
intención. La había tratado bien. La culpa era suya por “enamorarse” de él. La
propia palabra parecía una contradicción cuando se hablaba de Lisbeth Tonta de
los Cojones Salander.
Mikael Blomkvist era un ligón de mucho cuidado. Ella había sido, en el
mejor de los casos, un caritativo pasatiempo: una chica de la que se había
compadecido justo cuando la necesitó y no tuvo nada mejor a mano, pero de la
que se alejó en seguida para continuar su camino y procurarse una compañía más
entretenida. Ella se maldecía a sí misma por haber bajado la guardia y abrirle
su corazón.
Cuando volvió a recuperar el pleno uso de sus facultades, cortó el
contacto con él. No fue del todo fácil, pero se armó de valor…” (Segunda parte,
capítulo 4).
En el mundo que intuye Donna Leon (aquel en que las relaciones carecen
de “calidez humana”, aquel en que la actitud del demiurgo constituye “un
agravio al amor humano, a las relaciones humanas”, aquel en que “todos los
contactos sexuales” son “violentos o fuera de límites”, aquel en que no hay
“pasión” más que por la “violencia” o la “venganza”), ni el enamoramiento de
Lisbeth ni la desazón de Mikael ante la incertidumbre del futuro de su amistad
con Salander tendrían cabida. En ese inframundo novelesco que traza Leon y que
como se ve no es el mundo ficcional de Larsson, ni el resentimiento consciente
de la enamorada ni el extrañamiento del amigo que sufre la ausencia de El Otro
serían posibles. Pero en el mundo bipolar aunque matizado del novelista sueco
fallecido prematuramente todo -lo bueno o lo muy bueno, lo malo o lo muy malo- es
susceptible de ocurrir. Como esto: un ejemplo más de “lo bueno o lo muy bueno”
presente en la trilogía:
“Se identificó y explicó que había pasado una temporada en el extranjero
y que deseaba consultar el saldo de su cuenta corriente. Oficialmente, disponía
de 82.670 coronas. La cuenta llevaba más de un año sin movimientos, a excepción
de un ingreso de 9.312 coronas realizado durante el otoño: la herencia de su
madre.
Lisbeth Salander sacó esa cantidad en metálico. Reflexionó un rato.
Quería emplear el dinero en algo que hubiera hecho feliz a su madre. Algo
apropiado. Se acercó hasta la oficina de correos de Rosenlundsgatan y,
anónimamente, ingresó el importe en la cuenta de uno de los centros de acogida
de mujeres maltratadas de Estocolmo. No supo muy bien por qué lo hizo” (Segunda
parte, capítulo 7).
La razón del gesto dadivoso de Lisbeth que ella no logra explicarse muy
seguramente responde a la gratitud que siente por esas instituciones en su
conjunto y por la que dio cobijo a su madre hasta su muerte en particular.
Sitios en que mujeres vejadas incluso hasta la discapacidad, precisamente como
Agneta Sofia Salander, hallan la calidez humana necesaria para que intenten recuperarse
de las graves secuelas que en ellas dejaron los maltratos de los vejadores tipo
Nils Bjurman y otros que están por empezar a figurar en la diégesis y de los
que pronto daremos cuenta, ya que también es propósito (secundario) de esta
reflexión reseñar los protagonistas de ese lado oscuro de Millennium: el único que se le manifestó a Donna Leon.
Lisbeth Salander, uno de los personajes femeninos con mayor presencia de
ánimo que de mis lecturas recuerdo (tal vez solo comparable a Alejandra Vidal o
a Tánger Soto o a Angélica de Alquézar), llora “apenas” en cuatro ocasiones. Y
en dos oportunidades lo hace movida por una mezcla de remordimiento y cariño
para con dos personas que quiere y a las que involuntariamente ha hecho daño: su
otrora tutor y administrador Holger Palmgren, la primera persona que sin
proponérselo le enseñó que no todos buscaban cebarse en ella, y Miriam Wu, su
amiga y pareja desde hace un tiempo. A Palgrem, al que abandona en el hospital
al que lo lleva por causa de una apoplejía que sufre, opta por dejarlo allí
segura de la inminencia de su deceso. A su amiga y amante, habiéndole fallado
los cálculos, la arroja en brazos de sus más enconados enemigos: su padre y su
hermano medio, cuya obsesión con respecto a la protagonista es deshacerse de
ella a cualquier precio. Y es esa manifestación líquida de los sentimientos la
prueba incontestable de que, tratándose nada menos que de Lisbeth Salander, sus
lágrimas no pueden significar otra cosa que un gran afecto por los que se
vierten, lo mismo que una nueva confirmación de que las tres novelas del
fabulador sueco contienen un corazón hecho de las mejores y peores pasiones de
los hombres.
A continuación, otro ejemplo de las primeras, tal vez la más conmovedora
escena de cuantas componen esta novela:
“Estaba bajando el tenedor para coger más comida cuando una mano
apareció por detrás y se lo quitó suavemente. Vio cómo la mano pinchaba un poco
de pastel de macarrones y lo levantaba. Inmediatamente reconoció aquella
delgada mano de muñeca, giró la cabeza y se encontró con los ojos de Lisbeth
Salander a menos de diez centímetros de su cara. Su mirada se mantenía a la
expectativa. Parecía angustiada.
Durante un largo rato, Palmgren permaneció inmóvil contemplando su
rostro. De repente el corazón le empezó a palpitar de una manera absurda. Luego
abrió la boca y aceptó la comida.
Le dio de comer bocado a bocado. Por lo general, Palmgren odiaba que lo
ayudaran en el comedor, pero entendió que Lisbeth Salander necesitaba hacerlo.
No es que él fuera un desvalido vegetal. Ella le daba de comer como un gesto de
humildad: un sentimiento sumamente raro, tratándose de ella. Le preparaba
porciones de un tamaño adecuado y esperaba a que terminara de masticar. Cuando
él le señaló un vaso de leche que tenía una pajita, ella se lo sostuvo para que
pudiera beber.
No intercambiaron palabra durante toda la comida. En cuanto él tragó el
último bocado, ella soltó el tenedor y lo interrogó con la mirada. Él negó con
la cabeza. “No, no quiero más.”
Holger Palmgren se reclinó en la silla de ruedas e inspiró hondo.
Lisbeth levantó la servilleta y le limpió la boca […] Permanecieron en
silencio. Holger Palmgren quería decir mil cosas pero no fue capaz de
pronunciar sílaba alguna. Sus miradas, en cambio, se cruzaron una y otra vez.
Lisbeth Salander tenía cara de sentirse terriblemente culpable. Al final rompió
su silencio.
-Creí que estabas muerto -dijo-. No sabía que vivías. Si lo hubiera
sabido, nunca habría… te habría visitado hace ya mucho tiempo.
Él asintió.
-Perdóname.
-Volvió a asentir. Sonrió. Fue una sonrisa torcida, una curvatura de
labios.
-Te encontrabas en coma y los médicos dijeron que te ibas a morir.
Pensaban que fallecerías en uno o dos días, así que yo me marché de allí. Lo siento.
Perdóname.
Él levantó su mano y la puso sobre la de ella, pequeña. Ella se la
apretó fuertemente y suspiró de alivio […] Por primera vez ella sonrió y Holger
Palmgren se relajó. Era la misma torcida sonrisa de siempre. La miró de arriba
abajo. Comparó la imagen que guardaba de ella en la memoria con la de la chica
que ahora se hallaba frente a él. Había cambiado. Estaba entera, limpia y bien
vestida. Se había quitado el piercing del labio y… mmm… el tatuaje de la avispa
del cuello tampoco estaba. Parecía adulta. Por primera vez en muchas semanas,
Palmgren se rió. Sonó como un ataque de tos.
Lisbeth mostró una sonrisa aún más torcida y de repente un cálido
sentimiento que llevaba mucho tiempo sin experimentar inundó su corazón […] -A
partir de ahora te voy a visitar muchas veces. Te lo contaré… pero no nos
estresemos. Ahora mismo quiero hacer otra cosa.
Se agachó, puso una bolsa sobre la mesa y sacó un tablero de ajedrez.
-Hace dos años que no te doy una paliza al ajedrez.
Él se resignó. Ella estaba tramando algo de lo que no deseaba hablar. Estaba
convencido de que iba a oponerse a lo que Lisbeth estuviera maquinando, pero
confiaba lo suficiente en ella como para saber que, fuera lo que fuese,
posiblemente se tratara de algo jurídicamente dudoso, pero de ningún delito
contra las leyes de Dios. Porque, a diferencia de casi todos los demás, a
Holger Palmgren no le cabía la menor duda de que Lisbeth Salander era una
persona con principios morales. El problema era que su moral no siempre coincidía
con lo estipulado por la ley.
Ella fue colocando las piezas de ajedrez y él se quedó atónito al darse
cuenta de que era su propio tablero. “Seguro que se lo llevó del piso cuando
caí enfermo. ¿Cómo un recuerdo?”. Ella le dejó las blancas. Y él se sintió de
pronto tan feliz como un niño…” (Segunda parte, capítulo 8).
Solo un ciego (que en literatura equivale al lector-hembra) puede no ver
lo patente: el cariño infinito que se percibe en esta escena en particular y que
impregna, si bien no con la misma fuerza, muchos pasajes de la historia-núcleo
y algunos de ciertas “intrahistorias” que recorren las tres novelas como si de
corrientes submarinas se tratara. Solo un ciego (lector-hembra tipo Donna Leon),
insisto, puede no ver que, al par que la naturaleza de la protagonista reacciona
presta para vengar el dolor que se le inflige, también su condición la hace
permeable a las reciprocidades afectivas con aquellos que contribuyen a su
bienestar: una dualidad actitudinal que compendia la unicidad de este personaje
que participa, como la historia de la cual es arte y parte, de la lobreguez y
la claridad del alma humana.
Pero va a ser a partir del momento en que asesinan a Dag Svensson y Mia
Bergman que el desenlace de la historia-núcleo, que equivale a decir el
desenlace del destino de Lisbeth Salander, se va a precipitar. Y con su
desarrollo, las fuerzas contrapuestas que pugnan, ya por destruirla, ya por
rescatarla y redimirla, se van a alinear en función de sus intereses.
A la “fuerza del mal” van a pertenecer, entre otros, Nils Bjurman,
Alexander Zalachenko y Ronald Niedermann -su padre y su hermanastro
respectivamente-, Peter Teleborian -su psiquiatra-, quien, en connivencia con
unos cuantos agentes criminales del Estado sueco -un fiscal, un ex policía,
toda una sección de la policía secreta-, consiguen que sea el propio Estado el
más desapacible enemigo de Salander, que los va a tener y no en cantidades
exiguas. A la “fuerza del bien” pertenecen, también entre otros, Mikael
Blomkvist, Erika Verger, Dragan Armanskij, Holger Palmgren, así como un puñado
de ciudadanos de Hacker Republic y otros agentes estatales -los inspectores de
policía Sonja Modig y Jan Bublanski, Torsten Edklinth y Monica Figuerola (quinta
pareja de Blomkvist en la trilogía)-, cuya participación coadyuva a que Suecia
por fin reconozca plenos derechos como ciudadana a Lisbeth Salander.
Pero mientras eso sucede, asistamos a un momento ya anunciado:
“Con Zalachenko en la caseta y Niedermann atado en la carretera de
Sollebrunn, Mikael atravesó el patio hasta la casa principal. Tal vez hubiera
una desconocida tercera persona que podría representar un peligro, pero la casa
le pareció desierta, casi deshabitada. Apuntó al suelo con el arma y, con mucho
cuidado, abrió la puerta exterior. Entró en un vestíbulo oscuro y vio un haz de
luz que procedía de la cocina. Lo único que pudo oír fue el tictac de un reloj
de pared. Al llegar a la puerta, descubrió de inmediato a Lisbeth Salander
tumbada encima de un banco.
Por un instante, se quedó como paralizado contemplando su cuerpo
maltrecho. Notó que en la mano -que colgaba flácida- llevaba una pistola. Se
acercó y se puso de rodillas. Pensó en cómo había encontrado a Dag y Mia y, por
un segundo, creyó que Lisbeth estaba muerta. Luego vio un pequeño movimiento en
su caja torácica y percibió una débil y bronca respiración.
Alargó la mano y, cuidadosamente, le empezó a quitar el arma. De pronto,
Lisbeth la agarró con más fuerza. Sus ojos se abrieron formando dos delgadas
líneas y miraron a Mikael durante unos largos segundos. Su mirada estaba
desenfocada. Después, él la oyó murmurar unas palabras en voz tan baja que apenas
pudo percibirlas.
-Calle Blomkvist de los cojones.
Cerró los ojos y soltó la pistola. Mikael puso el arma en el suelo, sacó
el móvil y marcó el número de emergencias” (Cuarta parte, capítulo 32).
De este modo (con Blomkvist pagándole a su amiga con un desinterés
análogo al que ella empleara cuando le salvó la vida en Hedestad y con las
fuerzas que se disputan la disolución o la redención de Salander en pugna) toca
a su fin esta segunda novela de la trilogía de Stieg Larsson que empata con la
tercera en un escenario que va a constituir uno de los epicentros narrativos de
esa última parte de Millennium: el
hospital en que la recluyen y en el que tan cerca se va a hallar de Alexander
Zalachenko, su archienemigo.
Pero digamos antes de proseguir que ese último gesto de Lisbeth cuando,
exánime casi, suelta la pistola, se erige prueba irrebatible de la confianza
que deposita en aquel que en su auxilio ha venido. Nadie que bien se precie de
conocerla podría aducir que es su debilidad física lo que la fuerza a ceder su
posesión sobre el arma, pues si de veras la conoce sabe que Lisbeth Salander
dejaría de pelear tal vez muerta. Y, por otro lado, procede señalar que la
protagonista jamás se confiaría a nadie que no respete, de lo que puede
extraerse una conclusión que es a un tiempo una afirmación: Lisbeth es amiga de
Mikael en los términos en que él concibe la amistad.
La reina en el palacio de las corrientes de aire
Si Los hombres que no amaban a las
mujeres ostenta un prólogo-enigma que se resuelve cabalmente y el
prólogo-enigma de La chica que soñaba con
una cerilla y un bidón de gasolina representa el único cabo suelto de la
trilogía, esta tercera novela prescinde de esa especie de introducción al
misterio: a la historia novelada. Que prosigue, como ya se dijo, con la
protagonista ingresada en el hospital de Sahlgrenska de Gotemburgo, en donde va
a conocer a un nuevo integrante de “la fuerza del bien” que va a antagonizar
con un integrante ya reseñado de “la fuerza del mal”, desde luego a favor de su
paciente:
“-Lisbeth Salander adolece de un grave trastorno psicológico. Como tú
bien sabes, la psiquiatría no es una ciencia exacta. Prefiero no comprometerme
ofreciendo un solo diagnóstico exacto. Pero sufre evidentes alucinaciones que
presentan claros rasgos paranoicos y esquizofrénicos. En su cuadro también se
incluyen períodos maníaco-depresivos y carece por completo de empatía.
Anders Jonasson observó al doctor Peter Teleborian durante diez segundos
para, acto seguido, realizar un gesto con las manos manifestando su poca
intención de discutir.
-No seré yo quien le discuta un diagnóstico al doctor Teleborian, pero
¿nunca has pensado en un diagnóstico más sencillo?
-¿Cuál?
-El síndrome de Asperger, por ejemplo. Es cierto que no le he hecho
ningún examen psiquiátrico, pero si tuviera que adivinar a botepronto lo que
padece, pensaría en algún tipo de autismo como lo más probable. Eso explicaría
su incapacidad para aceptar las convenciones sociales.
-Lo siento, pero los pacientes de Asperger no suelen quemar a sus
padres. Créeme: nunca he visto un caso de sociopatía más claro.
-Yo la veo más bien cerrada, pero no como una psicótica paranoica.
-Es manipuladora a más no poder -dijo Peter Teleborian-. Sólo muestra lo
que ella cree que tú quieres ver.
Anders Jonasson frunció imperceptiblemente el ceño. De repente, Peter
Teleborian contradecía por completo su propia evaluación sobre Lisbeth
Salander. Si había algo que Jonasson no creía de ella era que fuera
manipuladora. Todo lo contrario: se trataba de una persona que, impertérrita,
mantenía la distancia con su entorno y no mostraba ningún tipo de emoción. Intentaba
casar la imagen que Teleborian describía con la que él se había forjado sobre
Lisbeth Salander […] -Muy bien. Entonces puedo informarte de que ya he recibido
una petición del fiscal Richard Ekstrom de Estocolmo para que la someta a un
examen psiquiátrico forense. Algo que se realizará de cara a la celebración del
juicio.
-Estupendo. Entonces te permitirán visitarla sin que tengamos que
saltarnos el reglamento.
-Pero mientras hacemos todo ese papeleo corremos el riesgo de que su
estado empeore. Sólo me interesa su salud.
-A mí también -dijo Anders Jonasson-. Y, entre nosotros: no veo ningún
síntoma que me indique que es una enferma mental. Se encuentra maltrecha y
sometida a una situación de gran tensión. Pero no veo en absoluto que sea esquizofrénica
o que sufra de obsesiones paranoicas” (Segunda parte, capítulo 9).
La controversia teórica y profesional que sostienen los dos médicos sobre
el complicado caso Salander nos ayuda a definir el tono de esta tercera novela,
desenlace de la historia-núcleo. Por un lado, el cáustico tenor de aquellos
que, como Teleborian, pretenden a como dé lugar destruir a la protagonista en
razón de que conoce un secreto que pone en riesgo no solo a Suecia, sino a
muchos mandos medios que han actuado a espaldas del propio Estado sueco. Una
especie de conspiración a todo nivel contra la insumisión de una niña primero y
luego de una ciudadana -no reconocida por tal-, que se resiste a su suerte de
víctima de su destino y de los hombres: de los hombres que no aman -o que
odian- a las mujeres. Por otro lado, el talante de quienes, no por creerse buenos
simplemente sino porque sienten las no
escritas leyes de los dioses -que intentan cumplir como Jonasson-, se
resisten al ensañamiento que muy a menudo practican los más fuertes o la
turbamulta en pleno contra los más débiles o los más díscolos.
Recordarán los lectores de la trilogía de Stieg Larsson y del presente ejercicio
crítico el despecho que le provocó a la protagonista de Millennium el avistamiento de Erika Verger y Mikael Blomkvist
abrazados, justo cuando ella se disponía a franquearse con él y a darle un
regalo, y coincidirán conmigo los que la conocen bien en que su solidaridad de
género con Verger, que sufre el acoso de un inadaptado, representa una prueba
incontestable contra la falaz afirmación de la autora de la saga del capitán
Guido Brunetti en el sentido de que en Millennium
no hay “calidez humana”. ¿Procedería así -cabe preguntarse- un personaje movido
solo por el despecho y el rencor que la escritora y lectora a medias les
atribuye a todas las relaciones del fragmento de novela que leyó? ¿No hay acaso
generosidad en Lisbeth, que depone su frustración amorosa en relación con
Mikael -amante de Erika- para auxiliar a otra mujer víctima de los hombres que
las odian y que ella tanto ha padecido? ¿No casa con la actitud de Salander
aquel proverbio que invita a hacer el bien sin mirar a quién?
Con el mismo desprendimiento con que actúa Lisbeth para salvar a Erika
del acoso de su “stalker”, procede Annika Giannini -hermana de Mikael Blomkvist
y abogada de Lisbeth- para sacar airosa a su clienta en el juicio que se le
sigue. Desmiente, una tras otra, las pruebas fabricadas en contra de la
protagonista, desmontando, de paso, sólidas reputaciones injustamente forjadas
y consiguiendo que los urdidores de las infamias que pretendían hundir a
Salander definitivamente ocupen el sitio que para ella creían destinado. Proeza
harto destacable, si se tiene en cuenta la envergadura del poder que detentaban
sus enemigos.
Este desenlace más que auspicioso justifica con sobradas razones el
júbilo frente a Millennium de un gran
lector llamado Mario Vargas Llosa, quien, al revés de Donna Leon, sí leyó la
trilogía completa, lo que lo faculta para concluir en relación con ella que “pese
a la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por
triunfar” (El País de España, 06/09/2009). Un dictamen literario que coincide
plenamente con la finalidad de esta reflexión sin ínfulas académicas pero con
mayores alcances que las que se ufanan de serlo. Académicas, quiero decir.
Y como Lisbeth Salander debe vivir por los siglos de los siglos, qué
mejor que no lo haga sola. Es decir, sin la por antonomasia siamesa y
queridísima presencia del protagonista:
“Mikael Blomkvist permaneció callado unos segundos. Los dos se miraron
de reojo a través de la rendija de la puerta.
-¿Molesto?
Ella se encogió de hombros.
-Estaba en la bañera.
-Ya lo veo. ¿Quieres compañía?
Ella le lanzó una dura mirada.
-No me refería a acompañarte en la bañera. Traigo bagels -dijo,
levantando una bolsa-. Además he comprado café para preparar un espresso. Si
tienes una Jura Impressa x7 en la cocina, por lo menos debes aprender a usarla.
Ella arqueó una ceja. No sabía si debería estar decepcionada o aliviada.
-¿Sólo compañía? -preguntó.
-Sólo compañía -le confirmó él-. Soy un buen amigo que le hace una
visita a una buena amiga. Bueno, si es que soy bienvenido.
Ella dudó unos segundos. Llevaba dos años manteniéndose a la mayor
distancia posible de Mikael Blomkvist. Aun así, le dio la sensación de que
-bien a través de la red o bien en la vida real- él siempre acababa pegándose a
su vida igual que se pega un chicle a la suela de un zapato. En la red todo le
parecía bien. Allí él no era más que electrones y letras. En la vida real,
delante de su puerta, seguía siendo ese maldito hombre tan jodidamente
atractivo. Y que conocía sus secretos de la misma manera que ella conocía los
de él.
Lo contempló y constató que ya no albergaba ningún sentimiento hacia él.
O al menos no ese tipo de sentimientos.
Lo cierto era que durante el año que acababa de pasar él había sido un
amigo.
Confiaba en él. Quizá. Le irritaba que una de las pocas personas en las
que confiaba fuera un hombre al que evitaba ver constantemente.
Al final se decidió. Era ridículo hacer como si él no existiera. Ya no
le dolía verlo.
Abrió y lo dejó entrar de nuevo en su vida” (Epílogo).
Conclusión
¿Por qué hablar de “el lado claro del corazón de Millennium”, si los personajes que se ubican de ese lado del
espectro axiológico tienen en su caracterización y en su haber manifiestos
defectos humanos? Pues porque Lisbeth Salander, “no obstante” comportarse a
veces como una indócil y una inadaptada que comete avivatadas que las leyes de
los hombres castigarían, no se prestaría a transgredir las no escritas leyes de los dioses, que acata y honra; y porque Mikael
Blomkvist, “con todo y que” vive una vida promiscua a los ojos de muchos y
desatiende sus deberes de padre, se entrega a causas en favor de personas en
estado de indefensión y pone al servicio de la sociedad en que vive su saber
periodístico para que la justicia de los hombres impere y la libertad de
expresión no sea solo un embeleco; y porque Erika Verger, “a pesar de”
practicar la bigamia, secunda a Blomkvist en sus propósitos de Quijote moderno y
consigue que su concepción de la ética periodística cale en todos los que con
ella trabajan; y porque los ciudadanos de Hacker Republic, “pese a que” incurren
en contravenciones en la red amparados en el anonimato de su saber, se valen de
este en momentos en que las infamias contra los débiles o los oprimidos están
por perpetrarse para intentar conjurarlas; y porque ni Larsson ni Millennium buscan erigirse faros de la
moral sobre la que el grueso de los hombres -no solo los que odian a las
mujeres- pontifican y a partir de la cual juzgan sin reparos a sus semejantes.
Porque, dicho de forma tal vez demasiado taxativa, la trilogía del novelista
sueco inmortalizado por su invención no busca mejorar eso que llamamos mundo ni
intentar que parezca peor de lo que ya es o tratar de explicárselo a sus lectores,
sino fotografiarlo tal como posa a fin de que ningún detalle pase inadvertido y
los múltiples matices de su naturaleza dual queden apresados en sus páginas.
En cuanto a mí, digo ya para terminar que siempre supe que existen los
lectores diletantes aunque conscientes de sus limitaciones; los lectores-hembra
cuyos prejuicios morales y exiguo cacumen les impiden el goce estético; los
lectores perspicaces o archilectores que no abundan y a los cuales están
destinados los más bellos secretos literarios; los buenos críticos literarios
que, amén de formar parte de los lectores perspicaces o archilectores, tienen
como misión enseñarnos a reparar en las infinitas posibilidades de la buena
literatura; y, me perdonan si se me olvida alguno, los criticastros,
autoridades en el arte de descubrir el agua tibia y abundar en lo mil veces
estudiado. Pero, ¡inocente que soy!, hasta no hace mucho daba por descontado
que todo escritor famoso, con independencia de su calidad literaria, tenía que
ser, ante todo, un lector agudo. Donna Leon me hizo comprender que hasta en los
casos más impensados existen las excepciones.
sábado, 30 de julio de 2011
Algunas consideraciones sobre educación inspiradas en dos textos a propósito del tema
A diario se publican decenas de artículos en revistas especializadas y
libros escritos por expertos en pedagogía que poco dicen, pero solo
ocasionalmente ven la luz reflexiones inteligentes e inteligibles, alejadas por
fortuna de ese vicio de enrevesarlo todo con tecnolexias y neologismos que,
cuantas más sílabas tengan, tanto más preconiza esa nutrida parte de la
academia cultora de la vanilocuencia. Como se trata de construir un lenguaje
críptico en torno a la materia de estudio, los vanilocuentes descartan a priori
aquello que, sin ser simplista en modo alguno, está escrito para que todo aquel
que se interese por el tema se acerque y pruebe. Esto es, mientras los vanílocuos
escriben para los miembros de su secta intelectual, los autores de esas
reflexiones de que hablo lo hacen para las inteligencias independientes.
Mientras los primeros forman parte del Mal
de escuela a que alude Daniel Pennac, los segundos honran El valor de educar de que trata Fernando
Savater.
La experiencia docente de estos dos escritores no es nada despreciable.
Pennac, profesor de bachillerato más de dos décadas, aborda el problema de la
enseñanza y el aprendizaje desde la perspectiva del mal estudiante, al que la
traducción al español de Manuel Serrat Crespo denomina “zoquete”, y que yo
sugiero llamar también “vago”, a fin de evitar posibles ambigüedades. Según la
definición de la RAE, un zoquete es una “persona tarda en comprender”, en tanto
que un vago es un “holgazán”, un “perezoso”, alguien “poco trabajador”. La
aclaración no sobra puesto que las dos situaciones coexisten en el salón de
clases, en la escuela y en la vida. Pero si el autor de éxitos editoriales tan incuestionables
como El señor Malaussene y Como una novela le dedicó a la educación
secundaria un total de veinticinco años, Fernando Savater, que aborda los
problemas de la educación desde múltiples realidades, se pasó otro tanto y más entre
aulas universitarias discurriendo sobre, entre otras, ética y filosofía. De
manera que estamos, no ante dos de esos teóricos de la pedagogía que proponen
fórmulas mágicas para el encantamiento del estudiante, a quien en muchas
ocasiones conocen solo de oídas o por experiencias ajenas, sino ante dos
educadores que saben lo que dicen porque lo han vivido y estudiado.
1
Leyendo Mal de escuela
(editorial Mondadori, 2008), el lector inadvertido puede incurrir en un error:
creer que todos los muchachos que no destacan como estudiantes en la educación primaria
o secundaria “fracasan” por esa suerte de incomprensión docente que sume muchas
veces en el olvido al alumno poco aventajado en tal o cual asignatura. Un
malentendido que quizá propicia el mismo autor al no establecer diferencias
entre el estudiante que, queriendo aprehender, no encuentra eco en su deseo y
ese que simplemente no quiere. Al primero, de haberse logrado el matiz, lo
podríamos llamar “zoquete”, como el ensayo de Pennac sugiere, mientras que al
segundo, a ese que acaso involuntariamente pasa por alto el ensayista, cabría
llamarlo “vago”. No es, que quede claro, del grupo de los “holgazanes,
perezosos, poco trabajadores” del que se proclama el escritor en sus años
escolares; es del de los “tardos en comprender”, que, más que hacer sufrir, sufren
esa especie de primer no destino de la vida:
“En todo caso, así es,
el miedo fue el gran tema de mi escolaridad: su cerrojo. Y la urgencia del
profesor en que me convertí fue curar el miedo de mis peores alumnos para hacer
saltar ese cerrojo, para que el saber tuviera una posibilidad de pasar” (primera parte, capítulo 5).
Habría que decir, ya que el escritor no lo hace, que el miedo, que hasta
comienzos de los años sesenta fuera de uso privativo de los profesores en
contra de sus alumnos, ha pasado a ser desde entonces si bien no con
exclusividad y por razones ya expuestas en este blog, un arma eficacísima,
utilizada por quienes gustan de ejercer el matonismo en la escuela para
atemorizar a compañeros y maestros por igual.
Dejemos ya de lado esta inadvertencia del escritor franco-marroquí y
atendamos a la siguiente reivindicación del contenido humano del que educa:
“Ignoraba yo entonces
que, a veces, también los profesores experimentan esa sensación de perpetuidad:
repetir indefinidamente las mismas clases ante aulas intercambiables,
derrumbarse bajo el fardo cotidiano de los deberes (¡No es posible imaginar a
un Sísifo feliz con un montón de deberes que corregir!). Yo ignoraba que la
monotonía es la primera razón que los profesores invocan cuando deciden
abandonar el oficio, no podía imaginar que algunos de ellos sufren teniendo que
permanecer allí, mientras ven pasar a los alumnos. Ignoraba que también los
profesores se preocupan por el futuro: ganar la oposición, terminar la tesis,
entrar en la facultad, emprender el vuelo hacia las cimas de las clases
preparatorias, optar por la investigación, largarse al extranjero, dedicarse a
la creación, cambiar de sector, abandonar de una vez a todos esos… Yo ignoraba
que cuando los profesores no piensan en su porvenir es porque piensan en el de
sus hijos, en los estudios superiores de su prole… Ignoraba que la cabeza de
los profesores está saturada de porvenir. Creía que estaban allí sólo para
impedir el mío” (segunda parte, capítulo 6).
La monotonía: esa que, muy a menudo, no obstante experimentar satisfacción
por mi quehacer profesional, me acompaña a clase y me abandona cuando menos me
lo espero, me desmoraliza y hace que me pregunte si lo que hago vale la pena, me
plantea numerosas dificultades a la hora de derrotar o al menos atenuar la
crónica desidia que traen consigo al aula muchísimos estudiantes. El porvenir: la
inquietud que se resiste a remitir sin que importe la edad que tengamos; que
todo nos lo pinta color de anquilosamiento; que nos echa en cara nuestra falta
de valor para seguirnos superando y se burla de nuestro conformismo. La misma
abulia y el mismo futuro incierto a que no se puede hurtar nadie, y mucho menos
un educador.
Pero volvamos al miedo, el abracadabra de este ensayo novelado o ensayo
autobiográfico de Pennac, que sigue padeciéndolo todavía hoy -hablo del
presente de la escritura-, incluso en esos momentos oníricos que se reservan
para el descanso:
“Tuve un sueño. No un
sueño de niño, un sueño de hoy, mientras escribo este libro. A decir verdad,
justo después del anterior capítulo. Estoy sentado, en pijama, al borde de mi
cama. Grandes cifras de plástico, como esas con las que juegan los niños
pequeños, están diseminadas por la alfombra, delante de mí. Debo “poner en
orden esas cifras”. Es el enunciado. La operación me parece fácil, estoy
contento. Me inclino y alargo los brazos hacia las cifras. Y advierto que mis
manos han desaparecido. No hay ya manos al extremo de mi pijama. Las mangas
están vacías. No es la desaparición de mis manos lo que me aterroriza, es no
poder alcanzar esas cifras para ponerlas en orden, algo que habría sabido
hacer” (primera parte, capítulo 6).
La hermenéutica de la pesadilla lo explica todo: ese Mal de escuela
llamado miedo a no aprehender tiene, como cualquier otro trauma, unos efectos
mutiladores que van más allá de la niñez, más allá de la consciencia del que
vela. Al no dar con sus manos, el fracaso de este niño está garantizado y con
él la angustia de no poder dar cumplida cuenta de la tarea: un incumplimiento
que le granjeará, seguramente, los reproches del maestro.
Pennac supo, como sabe el niño que sufre graves enfermedades o que
pierde a su madre a causa de una, o como el niño que sufre la ausencia de su
padre encarcelado injustamente y que para exorcizar la infelicidad de la
infancia prometen hacerse médico y abogado respectivamente, que solo ejerciendo
la enseñanza lograría domeñar en parte esos temores que le ocasionaron los
artífices del Mal de escuela -los profesores carentes de compromiso y de amor
por su quehacer- y rescatar de ese no destino a sus estudiantes. Y actúa en
consecuencia. Se propone ser uno de esos “tres o cuatro profesores” que lo
salvaron “de la escuela”. Porque el escritor aduce que son ellos, los
profesores, los que la hacen en primer lugar. Un punto de vista válido para los
fines que persigue su reflexión, aunque discutible si se tienen en cuenta otros
problemas de la educación que no forman parte de su libro.
Resulta que mi hermana, afectada como yo por deficiencias visuales salvo
que ¿menos graves?, padeció durante “buena” parte de su educación primaria y
secundaria el peor mal de escuela de que se tenga noticia: la indolencia y la
crueldad de muchos profesores que en lugar de alentarla para que surgiera, intentaban
hundirla, ayudados por su imprevisión de un futuro azaroso y por la mezquina
solidaridad de sus estudiantes que, no contentos con negarle una mano, se
burlaban de sus gafas gruesas y de su impotencia ante la obstinación de
aquellos “educadores”. Y como a mi hermana, a Nathalie, una ex estudiante de Pennac
a la que una tarde él halla inconsolable dizque por no poder entender “la proposición subordinada conjuntiva
adversativa y concesiva”, uno de esos victimarios de la enseñanza llega a
convencerla de que no aprende porque tiene la cabeza llena de agua sucia. Felonía
que el escritor, a la sazón maestro él sí, consigue desactivar con la paciencia
y el afecto que se esperan de quien educa. Pero como a Nathalie, a mi hermana,
que dados los traumas en su proceso de aprendizaje jamás quiso seguir una
carrera universitaria, también se esforzaron por salvarla auténticos educadores
tipo Pennac, cuyo recuerdo disminuye en parte el dolor de una época que, no por
ser pretérita, deja de hacer daño. ¿Nathalie y mi hermana víctimas del acoso
escolar? En efecto. Pues el tan cacareado matonismo, que reputados “científicos
de la educación” se dedican a estudiar hoy, tomándolo por un fenómeno reciente
que no es sino tan antiguo como la misma humanidad, no procede exclusivamente,
según lo prueban los dos ejemplos, de muchachos que hostigan a muchachos menos
fuertes o a profesores tímidos, sino, por desgracia, de docentes que quizá
jamás quisieron serlo y desfogan su frustración a expensas de niños o jóvenes
que nada tienen que ver con ella.
La ficción surge nuevamente en el ensayo novelado o ensayo
autobiográfico en que se centra la primera parte de este ejercicio crítico,
para hablarnos de un término que resume la labor del maestro genuino, que en el
caso de Pennac no puede separarse de su pasado de estudiante:
“He aquí que, al final
de esta segunda parte, me permito un ataque de duda. Duda en cuanto a la
necesidad de este libro, duda en cuanto a mi capacidad para escribirlo, duda
sobre mí mismo, sencillamente, duda que florecerá muy pronto en consideraciones
irónicas sobre el conjunto de mi trabajo, sobre mi vida entera… Proliferante
duda… Son frecuentes estos ataques. Por mucho que sean una herencia de mi
zoquetería, no me acostumbro a ellos. Se duda siempre la primera vez, y la duda
es malsana. Me empuja hacia mi tendencia natural. Me resisto pero, día tras
día, vuelvo a ser el mal alumno que intento describir. Los síntomas son
rigurosamente semejantes a los de mis trece años: ensoñación, pereza,
dispersión, hipocondría, nerviosismo, taciturno deleite, cambios de humor,
jeremiadas y, por último, pasmo ante la pantalla de mi ordenador, como antaño
ante los deberes que debía hacer, el examen que debía preparar… Aquí estoy, ríe
sarcástico el zoquete que fui […] Bueno, así son las cosas, deja ya de hacer
comedia, vuelve al trabajo. Y reanudas el trabajo. Línea tras línea sigues
deviniendo, con este libro que está haciéndose” (segunda
parte, capítulo 21).
Dudas que no son frustraciones, como sí lo son las de los vejadores de
mi hermana y Nathalie, responsables en gran medida de la tortura que la escuela
conlleva para muchos estudiantes excluidos. Dudas que compendian el
escepticismo del que se cuestiona y pone su existencia en conflicto, muy
diferentes de los desengaños del profesor fracasado e incapaz de dar marcha
atrás para subsanar un error de vida que se cobra intentando malograr
existencias que a la escuela concurren con expectativas por completo distintas.
Dudas que son, en el peor de los casos, los lastres del que procrastina, pero
no destruye.
¿Cómo reconocer al educador genuino del que no lo es, y más aún del que
deslustra, con sus vilezas, la enseñanza? Creo que el escritor tiene la
respuesta:
“La presencia del
profesor que habita plenamente su clase es perceptible de inmediato. Los
alumnos la sienten desde el primer minuto del año, todos lo hemos
experimentado: el profesor acaba de entrar, está absolutamente allí, se
advierte por su modo de mirar, de saludar a sus alumnos, de sentarse, de tomar
posesión de la mesa. No se ha dispersado por temor a sus reacciones, no se ha
encogido sobre sí mismo, no, él va a lo suyo, de buenas a primeras, distingue
cada rostro, para él la clase existe de inmediato”
(tercera parte, capítulo 7).
Tampoco expresa preferencias en perjuicio de ciertos estudiantes, ni
mira o trata con inquina a ninguno de sus alumnos aun si hubiera razones para
hacerlo, ni ignora sus esfuerzos o errores, que valora y corrige con afecto. El
maestro por vocación, a distinción del profesor caído en la enseñanza por azar
o por falta de oportunidades, conoce sus responsabilidades; sabe que frente a
él hay presentes que mañana serán futuros que en su recuerdo agradecerán su
labor y su entrega, o condenarán su desinterés y su falta de ética con un
olvido sin resquicios o con ese desprecio de alumno maltratado o menospreciado
que ni siquiera el tiempo debilita.
“Reproduciendo” las palabras de una profesora que lo invita a una de sus
clases en que se discute uno de sus libros, el escritor franco-marroquí define
lo que debería ser una clase ideal: esa en que, lo mismo que en una orquesta
sinfónica o filarmónica, cada estudiante, como cada músico, vele por la
perfección de la armonía y sepa que, sin que importe el instrumento que
interprete, de su buena ejecución depende el éxito de los resultados del
esfuerzo común. Bellísima alegoría, si bien demasiado difícil por ambiciosa. Y
remata la maestra:
“-El problema es que
queremos hacerles creer en un mundo donde sólo cuentan los primeros violines
[…] Y que algunos colegas se creen unos Karajan que no soportan dirigir el
orfeón municipal. Todos sueñan con la Filarmónica de Berlín, lo que es
comprensible…” (tercera parte, capítulo 7).
¿A qué equivale en educación que los que la imparten sueñen con dirigir
la “Filarmónica de Berlín”?, ¿a qué equivale en educación que los que la
imparten no soporten dirigir el “orfeón municipal”? Pues a que, cuanto más
“alto” el nivel educativo en que se enseñe o se simule hacerlo, más o menos
prestigio se deriva de una ocupación que no debería caer en estratificaciones
que, curiosamente, la rigen me atrevería a decir que en todo el universo mundo:
¿se podría argumentar que ejercer la docencia en la escuelita rural más pobre
del Tercer Mundo garantiza igual prestigio que hacerlo en una clase doctoral de
una de las mejores universidades de ese que está en las antípodas? Claro que
no, infortunadamente. ¿Se podría argumentar que el mejor profesor de colegio o
el mejor catedrático de pregrado valen tanto como el más reputado de los
investigadores que, no obstante, a la hora de impartir sus enseñanzas no da pie
con bola? Claro que no, infortunadamente. Porque lo que cuenta en nuestro
sistema de apariencias, del que la educación no es otra cosa que su baremo más
visible, son los pergaminos, por encima de las realidades. ¿De qué sirve que
usted, un maestro querido y reconocido por sus estudiantes gracias a la
claridad de sus conocimientos y a la honradez con que los comparte, se sienta
satisfecho con su quehacer si sus “pares académicos” (dado que jamás ha
publicado artículos o libros que nadie o casi nadie lee pero que son requisito
sine qua non para pertenecer a las más altas esferas de la investigación
universitaria) no se lo reconocen? Pues de nada o de muy poco porque, mal que
nos pese a aquella maestra, a Pennac y a mí, en el mundo de los pergaminos, que
no en el de las realidades, si no se es un primer violín o un Karajan genuino,
hay que aparentar serlo al menos.
Celebro que el autor confirme una creencia de la que nunca he dudado:
nada, por lo que se refiere a pedagogía, caduca: son las malas prácticas
pedagógicas las que lo hacen caduco:
“¿Reaccionario, el
dictado? Inoperante, en cualquier caso, si lo practica un espíritu perezoso que
se limita a descontar puntos con el único objetivo de decretar un nivel.
¿Envilecedoras, las notas? Ciertamente cuando se parecen a esa ceremonia, vista
hace poco tiempo por televisión, de un profesor devolviendo sus exámenes a los
alumnos, soltando cada papel ante cada criminal como un veredicto anunciado,
con el rostro del profesor irradiando furor y unos comentarios que condenaban a
todos aquellos inútiles a la ignorancia definitiva y al paro perpetuo…” (tercera parte, capítulo 10).
Y agrega el gran maestro que adivinamos en lo que escribe:
“Siempre he concebido
el dictado como una cita al completo con la lengua. La lengua tal como suena,
tal como cuenta, tal como razona, la lengua tal como se escribe y se construye,
el sentido tal como se precisa en el meticuloso ejercicio de la corrección.
Pues no hay más objetivo para la corrección de un dictado que el acceso al
sentido exacto del texto, al espíritu de la gramática, a la magnitud de las
palabras. Si la nota debe medir algo, ese algo es la distancia recorrida por el
interesado en el camino de esta comprensión…”
(tercera parte, capítulo 11).
Como las babosadas dichas en tono ex cátedra cobran siempre inusitado
vigor entre los que no están habituados a pensar por pereza o incapacidad -una
inmensísima mayoría-, imprecisiones del tamaño de “la educación no debe ser
memorística”, “las notas generan inquinas entre los estudiantes”, “hay que
erradicar el dictado de la escuela”, entre muchas otras, se aceptan hoy como
verdades axiomáticas. ¿De dónde sacan los babosos -esos espíritus perezosos de
que habla el escritor, incapaces de resemantizar lo que les parece inútil para
que vuelva a servir- que la memoria, las notas, el dictado y esas tantas otras
prácticas pedagógicas deban desaparecer? Pues de su irreflexión. Porque si
pensaran un momento al menos en la tragedia que ha significado la erradicación
de la memoria del aprendizaje, las notas de la evaluación y el dictado del
proceso lectoescritor, seguramente darían marcha atrás y pedirían perdón por el
daño irreparable que se le ha ocasionado a la educación con ideas
seudorrevolucionarias que únicamente han conseguido depauperar cada día más la
calidad de la enseñanza, y por consiguiente la del aprendizaje. Con el falaz
argumento de que la memoria atenta contra el análisis, y sin entender siquiera
que este no existe sin aquella, se decidió hace ya algunos lustros darle un
entierro de tercera a esa habilidad que les permitió a nuestros abuelos y a
algunos de nuestros padres aprender bellas parrafadas que sus profesores
exigían que memorizaran, ciertamente sin deglutirlas previamente. Pero es que
hoy, ni se memoriza ni, está de más decirlo, se analiza: ¿acaso qué pueden
analizar estas mentes jóvenes pero escleróticas, vaciadas de contenidos y
atiborradas de imágenes por lo común insustanciales? Con similar estupidez, se
hizo creer a todos o casi, que las calificaciones debían desterrarse de la
escuela dizque para propiciar la armonía entre los compañeros de clase y
desincentivar el espíritu de competencia malsana. Pero lo único que se logró
fue lo previsible: inocular en el estudiante la idea esa sí nociva de que el
mero hecho de asistir le otorga la aprobación de la asignatura,
desincentivando, de carambola, la ley del menor esfuerzo inclusive. Porque de
la mediocridad de tiempos menos desfavorables, como aquellos que les tocaron en
suerte a nuestros abuelos y a algunos de nuestros padres, nos hemos anclado en
la desidia y la procrastinación más descaradas, que no son otra cosa que los
resultados de un proceso sedicioso con ínfulas educativas que empezó con el
ostracismo del dictado y de las notas y de la memoria una campaña de
destrucción que todavía hoy dura y durará mucho tiempo más.
Las “intenciones igualitarias” con que aquellos con poder decisorio
sobre la escuela la han venido conduciendo hacia la anarquía que es hoy
dependían y dependen, a la postre, de una cosa: de declarar extinta la
evaluación para que así, gracias a su disolución, el número de repitentes por
aula en el sector público se redujera drásticamente, algo que incidiría
“favorablemente” en el estado de salud del erario. Un proyecto que, al menos en
cuanto hace a Colombia, no solo superó el bautizo -lo llamaron “promoción
automática”-, sino que creció exento de contratiempos y se convirtió, pasados
los años, en un fenómeno adulto difícil de revertir. Sus efectos, tan vigorosos
como la peligrosa idea de que se derivan, han calado en todas las instancias
que con la escuela tienen algo que ver, hasta el punto de que los propios
maestros rehúsan ser evaluados, aduciendo oscuras intenciones del gobierno de
turno; excusas que no prueban sino que, al igual que sus estudiantes, ellos le
temen a una evaluación que desnude su falta de preparación y la mediocridad de
sus prácticas profesionales. Si los maestros, indignados por los taimados
propósitos gubernamentales disfrazados de “bienestar para todos” se resistieran
y les hicieran comprender a sus estudiantes “que el día y la hora de entrega de
un ejercicio no son negociables”, “que unos deberes hechos de cualquier modo
deben repetirse para el día siguiente”, como recomienda Pennac, y que las notas
bien asignadas forman parte integral del proceso educativo del aprendiz, del
mismo modo que una evaluación docente seria y en lo posible objetiva constituye
un indicador de la pertinencia de la labor del que enseña, las intenciones de
cualquier gobierno por socavar la educación pública se verían frustradas. Pero
si en cambio, como tristemente sucede, el educador renuncia a cumplir con su
misión y fomenta entre sus alumnos la ley del atajo y el fenómeno del
“hagámonos pasito”, ese gobierno de turno va a encontrar arado el terreno y sus
intenciones van a germinar y a infestar, de paso, el sector privado más débil.
También en referencia a la evaluación, el más álgido de los temas
atinentes a la educación, el autor pone el dedo en la llaga incluso de
profesores que, como yo, reivindican su importancia y trabajan con entusiasmo y
disciplina para mejorarla y diversificarla día tras día:
“Sea cual sea la
materia que enseñe, un profesor descubre muy pronto que a cada pregunta que
hace, el alumno interrogado dispone de tres respuestas posibles: la acertada,
la errónea y la absurda. Yo mismo abusé bastante del absurdo durante mi
escolaridad […] Uno de los malentendidos de mi escolaridad se debe sin duda al
hecho de que mis profesores evaluaban como erróneas mis respuestas absurdas. Yo
podía responder cualquier cosa, sólo tenía algo garantizado: ¡me pondrían una
nota! Por lo general, un cero. Era algo que yo había comprendido muy pronto. Y
ese cero era el mejor modo de que te dejaran en paz. Provisionalmente, al
menos. Ahora bien, la condición sine qua non para liberar al zoquete del
pensamiento mágico es negarse categóricamente a evaluar su respuesta si es
absurda”.
Mis palabras sobran:
“La respuesta absurda
se distingue de la errónea en que no procede de ningún intento de razonamiento.
Suele ser automática, se limita a un acto reflejo. El alumno no comete un
error, responde cualquier cosa a partir de un indicio cualquiera… No responde a
la pregunta que se le hace, sino al hecho de que se la hagan. ¿Esperan de él
una respuesta? Pues la da. Acertada, errónea, absurda, no importa”.
Y siguen sobrando:
“La respuesta absurda
constituye la diplomática confesión de una ignorancia que, a pesar de todo, intenta
mantener un vínculo. […] En todos los casos posibles, evaluar esta respuesta
-corrigiendo un examen escrito, por ejemplo- es acceder a evaluar cualquier
cosa y por consiguiente cometer uno mismo un acto pedagógicamente absurdo.
Aquí, alumno y profesor manifiestan más o menos conscientemente el mismo deseo:
la eliminación simbólica del otro. Al responder cualquier cosa a la pregunta
que mi profesor me hace, dejo de considerarle como un profesor, se convierte en
un adulto al que cortejo o al que elimino por medio del absurdo. Al aceptar
tomar por erróneas las respuestas absurdas de mi alumno, dejo de considerarle
un alumno, se convierte en un sujeto fuera de contexto al que relego al limbo
del cero perpetuo. Pero al hacerlo, me anulo a mí mismo como profesor…” (tercera parte, capítulo 18).
¡Pero es que ya ni el cero existe! ¡Ojalá no lo hubieran desaparecido!
De aquel lado, del más extremo del espectro educativo, tenemos a los
deseducadores de Nathalie y mi hermana, capaces de arruinar los sueños y las
esperanzas de niños y adolescentes y de convertirlos en pesadillas y desesperanzas;
de ese otro, al docente y al alumno que, mediante el absurdo, intentan anularse
mutuamente; de este lado, del menos extremo del espectro educativo, tenemos a
los profesores que -por exceso de esa “palabrota” que para el pretérito zoquete
álter ego con que conversa el autor reúne la clave del éxito pedagógico-
malogran por inadvertencia la oportunidad de infundir en sus estudiantes los
valores del rigor y la autonomía; y justo en el centro, a duras penas visibles,
a los pocos Quijotes de la enseñanza que persisten en educar a sus estudiantes
con un rigor matizado con los bálsamos de la susodicha “palabrota”, cuyos
alcances ellos son los únicos que entienden cabalmente:
“-Vamos, tú que lo
sabes todo sin haber aprendido nada, ¿cuál es el modo de enseñar sin estar
preparado para ello? ¿Hay algún método?
-No son métodos lo que
falta, sólo habláis de los métodos. Os pasáis todo el tiempo refugiándoos en
los métodos cuando, en el fondo de vosotros mismos, sabéis muy bien que el
método no basta. Le falta algo.
-¿Qué le falta?
-No puedo decirlo.
-¿Por qué?
-Porque es una
palabrota.
-¿Peor que “empatía”?
-Sin comparación
posible. Una palabra que no puedes ni siquiera pronunciar en una escuela, un
instituto, una facultad o cualquier lugar semejante.
-¿A saber?
-No, de verdad, no
puedo…
-¡Vamos, dilo!
-Te digo que no puedo.
Si sueltas esta palabra hablando de instrucción, te linchan, seguro.
-…
-…
-El amor” (sexta parte, capítulo 12).
2
Voy a intentar organizar en un par de temas mis consideraciones sobre el
ensayo de don Fernando Savater, quien en él trata muy variados problemas de la
educación: algunos con gran vigencia hoy y otros vigentes desde hace bastante
tiempo. El autor, que echa mano de opiniones y de análisis anteriores a los suyos
para fundar y fundamentar sus observaciones, nos obsequia con una nutrida
bibliografía que me permito reproducir al final de estas reflexiones “a tres
voces” para beneficio del que, careciendo del texto del filósofo español y por
tanto de la bibliografía, se sienta impelido a ahondar en el debate.
Acerca
del que enseña
¡Pocas palabras como “maestro”! Ella, sin que se sepa por qué caprichos
del uso, ha llegado a entrañar, en materia educativa, el sumo prestigio o el
sumo desprestigio de una actividad -la enseñanza- que siempre debería ser, a
pesar de sus múltiples flaquezas, prestigiosa. Maestro es llamado el profesor
universitario que, dados sus conocimientos y experiencia docente, infunde gran
respeto entre sus estudiantes y colegas. Pero sin que intervengan términos
medios, maestro es llamado, ya no con reverencia en la mirada y con voz
admirativa sino con esa mueca de mofa cuando no de desprecio o de ambos, el
profesor de enseñanza básica primaria: la instancia que más consideración
debería recibir de sociedades que incomprensiblemente desprecian los soportes
de la pirámide educativa de los que todos, sin embargo, procedemos; un tratamiento
a todas luces injusto:
“La opinión popular
(paradójicamente sostenida por las mismas personas convencidas de que sin una
buena escuela no puede haber más que una malísima sociedad) da por supuesto que
a maestro no se dedica sino quien es incapaz de mayores designios, gente inepta
para realizar una carrera universitaria completa y cuya posición socioeconómica
ha de ser -¡así son las cosas, qué le vamos a hacer!- necesariamente ínfima.
Incluso existe en España ese dicharacho aterrador de “pasar más hambre que un
maestro de escuela”… En los talking-shows televisivos o en las tertulias
radiofónicas rara vez se invita a un maestro: ¡Para qué, pobrecillos! Y cuando
se debaten presupuestos ministeriales, aunque de vez en cuando se habla
retóricamente de dignificar el magisterio (un poco con cierto tonillo entre
paternal y caritativo), las mayores inversiones se da por hecho que deben ser
para la enseñanza superior. Claro, la enseñanza superior debe contar con más
recursos que la enseñanza… ¿inferior? Todo esto es un auténtico disparate.
Quienes asumen que los maestros son algo así como “fracasados” deberían concluir
entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso. Porque
todos los demás que intentamos formar a los ciudadanos e ilustrarlos, cuantos
apelamos al desarrollo de la investigación científica, la creación artística o
el debate racional de las cuestiones públicas dependemos necesariamente del trabajo
previo de los maestros…” (Prólogo).
Maestro llamaron a Jesús sus discípulos, y Éste, sentado a su vez entre
maestros, les pregunta y debate con ellos para aprender. Maestro llamamos al
buen escritor, al buen pintor o escultor, al compositor destacado y al hombre
de letras. Y a todos ellos los llamamos “maestros” con el respeto y el
comedimiento que les confiere su estatura intelectual. ¿Será por eso, por la
falta de estatura intelectual, por lo que al maestro de escuela, si bien lo
llamamos como a los otros, no le dispensamos el mismo trato? Y de ser así, ¿de
quién es la culpa de su enanismo cultural? ¿De gobiernos mezquinos que les pagan
un sueldo equiparable al aprecio que por ellos y su labor sienten esas sociedades
“democráticas” que menciona Savater? ¿O exclusivamente suya? En cualquier caso,
de una conjugación de múltiples razones. Al sentirse mal remunerado e
infravalorado por la sociedad a que sirve, al saber de antemano que lo que el
gobierno espera de su labor dista mucho de lo que el discurso oficial expresa,
al conocer las condiciones tan precarias en que debe impartir la enseñanza, al
no encontrar respaldo para la educación de los muchachos en sus familias ni en
la comunidad ni mucho menos en gobiernos que asumen la escuela como un gasto y
no como una inversión en el presente y el futuro de la nación, no creo que le
queden a ese servidor público -no hablo solo de los profesores del sector-
suficientes arrestos para derrotar la desesperanza, como opina el autor que
tiene que hacerse:
“Como individuos y como
ciudadanos tenemos perfecto derecho a verlo todo del color característico de la
mayor parte de las hormigas y de gran número de teléfonos antiguos, es decir,
muy negro. Pero en cuanto educadores no nos queda más remedio que ser
optimistas, ¡ay! Y es que la enseñanza presupone el optimismo tal como la
natación exige un medio líquido para ejercitarse. Quien no quiera mojarse, debe
abandonar la natación; quien sienta repugnancia ante el optimismo, que deje la
enseñanza y que no pretenda pensar en qué consiste la educación. Porque educar
es creer en la perfectibilidad humana, en la capacidad innata de aprender y en
el deseo de saber qué la anima, en que hay cosas (símbolos, técnicas, valores, memorias,
hechos…) que pueden ser sabidos y que merecen serlo, en que los hombres podemos
mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento. De todas estas creencias
optimistas puede uno muy bien descreer en privado, pero en cuanto intenta
educar o entender en qué consiste la educación no queda más remedio que
aceptarlas. Con verdadero pesimismo puede escribirse contra la educación, pero
el optimismo es imprescindible para estudiarla… y para ejercerla. Los
pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros” (Prólogo).
Si, como defiende el autor, el optimismo se hace imprescindible para
impartir enseñanzas, para entender su cita es imprescindible diseccionarla. Y
pienso hacerlo en dirección contraria a como indicaría el sentido común: de
atrás hacia delante, o del final de la cita a su principio. ¿Que “los
pesimistas pueden ser buenos domadores pero no buenos maestros”? ¿que el
maestro no puede educar bien como no lo haga apoyándose en el optimismo? ¿Que
se puede descreer del optimismo en privado pero creer en él o hacer como que se
cree de cara a los estudiantes? ¿Que “la enseñanza presupone el optimismo tal
como la natación exige un medio líquido para ejercitarse? Vamos a ver. Estoy de
acuerdo en que un educador vocacional lo es gracias a que cree en la
“perfectibilidad humana” -no confundir con la perfectibilidad de la humanidad
como colectivo- y en la “capacidad innata de aprender”, así como en que “los
hombres podemos mejorarnos unos a otros por medio del conocimiento” -sin que
ello suponga la insensatez de creer que se puede transformar el mundo mediante
la educación-; pero desarraigar de la escuela los miríficos efectos de un
pesimismo fundado y bien entendido, explicado y bien transmitido, sería
perjudicial por no decir absurdo. Como en la vida, en la escuela el optimismo y
el pesimismo deben tener cabida. ¿Que mi profesor, pese a tantos problemas que
afrontan mi país y el mundo entero, no depone la esperanza en un futuro
promisorio?: válido. ¿Que mi profesor, en razón de tantos problemas que
afrontan mi país y el mundo entero, no parece esperanzado en el futuro?:
válido. El optimismo del primero y el pesimismo del segundo son admisibles e
incluso deseables si, tanto el uno como el otro, proceden de la personalidad de
cada maestro y de su actitud frente a la vida, de sus reflexiones y de su
estudio. Pero si el optimismo del primero y el pesimismo del segundo no tienen
asidero en la realidad, y por el contrario son el resultado de simples impulsos
vitales, la escuela en modo alguno se beneficiará de ellos. Tengo para mí que,
puesto a escoger entre un buen profesor digamos de Historia, para más señas
optimista, y un buen profesor digamos de Historia, para más señas pesimista,
optaría por el segundo pues convencido estoy, como ejerciente de esa suerte de
desesperanza llamada pesimismo, de que el antónimo del optimismo resulta más
pedagógico y cuestionador que ese líquido vital llamado también esperanza, sin
la cual, según Savater, no hay educación posible. ¿Una escuela poblada
exclusivamente por optimistas insensatos, expertos en escamotear la dolorosa
realidad?: por supuesto que no. ¿Una escuela poblada exclusivamente por
pesimistas insensatos, expertos en deformar a capricho la ya de por sí dolorosa
realidad?: por supuesto que no. ¿Una escuela poblada por optimistas sensatos y
sensatos pesimistas capaces de educar a partir del matiz de una esperanza y una
desesperanza bien entendidas?: por supuesto que sí.
Ahora bien, es el propio Savater quien con la siguiente cita me ayuda a
“desvirtuar” su aseveración categórica de que “los pesimistas pueden ser buenos
domadores pero no buenos maestros”, afirmación que parece desconocer de manera
olímpica esta reflexión del propio autor sobre la responsabilidad que afronta
en principio el educador de enseñanza elemental una vez recibe, procedentes de
la “socialización primaria” impartida o no en sus casas, a los niños que se
inician en los que deberían ser los rigores de la escuela:
“Kant indica que uno de
los primeros y nada desdeñables logros de la escuela es enseñar a los niños a
permanecer sentados, cosa que en efecto casi nunca hacen mucho tiempo por
decisión propia, salvo cuando se les narra un bonito cuento (claro está que en
tiempos de Kant aún no había televisión…). En una palabra, no se puede educar
al niño sin contrariarle en mayor o menor medida. Para poder ilustrar su
espíritu hay que formar antes su voluntad y eso siempre duele bastante” (capítulo 4).
Eufemismos aparte, el hecho de que yo, en mi calidad de maestro no solo
de escuela, sino de secundaria o incluso de pregrado, tenga que contrariar los
caprichos del niño o el adolescente voluntariosos para intentar “ilustrar su
espíritu” a sabiendas de que mis contrariedades les ocasionan disgusto y dolor,
sin duda me gradúa, sin perjuicio de qué tan optimista o pesimista sea, de
domador. Porque la buena educación de un individuo, para no hablar de la buena
educación de una sociedad, empieza indefectiblemente con la doma de su
carácter, tanto más cuanto que se trate de caracteres díscolos, como suelen ser
los de nuestros estudiantes.
Planteada la anterior discrepancia, me veo forzado a manifestar que con las
observaciones del autor de El valor de
educar se puede comulgar o estar en desacuerdo; lo que no se puede es, como
hace el “investigador” venezolano Orlando Albornoz, que tacha el libro del
filósofo de “travesura intelectual”, desvirtuarlo sin atenuantes “argumentando”
que no soporta “el más mínimo análisis técnico ni lógico-histórico”, ni mucho
menos calificar el libro todo de “light y banal”. Porque ni las reflexiones de
Savater son light y banales, ni el ensayo -que en ningún momento afecta
pretensiones de diagnóstico científico- se reduce a una travesura intelectual.
Lo que sucede es que al “investigador” Albornoz, como a una gran cantidad de
pedagogos cantinflescos y envarados, le martiriza que el discurso del libro, a
más de eufónico -y para apreciar lo eufónico se debe contar con un oído capaz
de entender la belleza del lenguaje bien escrito-, resulte accesible, no para
cualquier aficionado a “best sellers” (entre los que lo incluye), sino para las
inteligencias independientes que muestren inquietud por la educación: un tema
que a todos atañe y del que todos, con más o menos acierto, podemos opinar. ¿No
les parece a ustedes que pretender adjudicarse la exclusividad del debate
educativo, como si de la especialidad más abstrusa de la medicina se tratara,
raya en la más presuntuosa arrogancia del prototípico académico narcisista? Tampoco
es acertado defender la idea de que solo aquel que estudió pedagogía deba
ejercer la enseñanza, pues, como plantea Savater, el arte de transmitir
conocimientos acompaña al hombre desde siempre:
“De aquí que todos los
hombres seamos capaces de enseñar algo a nuestros semejantes e incluso que sea
inevitable que antes o después, aunque de mínimo rango, todos hayamos sido
maestros en alguna ocasión. La función de la enseñanza está tan esencialmente
enraizada en la condición humana que resulta obligado admitir que cualquiera
puede enseñar, lo cual por cierto suele sulfurar a los pedantes de la pedagogía
que se consideran al oírlo destituidos en la especialidad docente que creen
monopolizar. Los niños, por ejemplo, son los mejores maestros de otros niños en
cosas nada triviales, como el aprendizaje de diversos juegos […] Se enseñan los
niños entre sí, los jóvenes adiestran en la actualidad a sus padres en el uso
de sofisticados aparatos, los ancianos inician a sus menores en el secreto de
artesanías que la prisa moderna va olvidando pero también aprenden a su vez de
sus nietos hábitos y destrezas insospechadas que pueden hacer más cómodas sus
vidas. En el terreno erótico, el experimentado magisterio de la mujer madura ha
sido decisivo en nuestra cultura -sobre todo en los siglos XVIII y XIX- para la
formación amatoria de los jóvenes varones; a este respecto, las mujeres casi
siempre fueron generosamente pedagógicas en su disposición a corregir la
torpeza técnica e inmadurez sentimental de los neófitos… Aún hay mucho más:
podemos hablar de la educación indirecta que nos llega a todos permanentemente,
jóvenes y mayores, a través de las obras y los ejemplos con que influyen en
nuestra cotidianidad urbanistas, arquitectos, artistas, economistas, políticos,
periodistas y creadores audiovisuales, etc. La condición humana nos da a todos la
posibilidad de ser al menos en alguna ocasión maestros de algo para alguien” (capítulo 2).
Pero que no cunda el pánico: el hecho de que don Fernando Savater
reivindique la inclinación docente de casi todos los seres humanos, una
realidad innegable, no desconoce en absoluto la importancia del educador
profesional y consagrado a su quehacer: el indicado para impartir saberes
especializados, para cuya enseñanza nadie mejor que él está preparado.
Acerca
de la más grande dificultad que afronta la educación y del futuro de la escuela
Abandono estatal, desafecto social, pérdida de protagonismo en la
formación de los ciudadanos son, entre muchos otros, algunos de los quebrantos
de salud que aquejan a la escuela. Pocos son los países que, en los revueltos
tiempos que corren, siguen otorgando a la educación la primacía que reclama. No
en vano, si se miran con detenimiento los listados de potencias educativas en
función de los resultados de las pruebas internacionales, en los primeros
puestos del escalafón siempre aparecerán, año tras año, los nombres de esos
países que saben que su futuro depende directamente de la calidad de la
educación que impartan, mientras que en los últimos, indefectiblemente, los
países que, no por nada, ocupan los primeros sitiales, pero en cifras de
corrupción. Hay, no obstante, una dificultad que, en mayor o menor medida,
afecta a la escuela ya no solo de los países líderes en tasas de venalidad. Un
problema tan global como la globalización:
“En cualquier caso,
este protagonismo para bien y para mal en la socialización primaria de los
individuos atraviesa un indudable eclipse en la mayoría de los países, lo que
constituye un serio problema para la escuela y los maestros. Así se refiere a
los efectos de esta mutación Juan Carlos Tedesco: ‘Los docentes perciben este
fenómeno cotidianamente, y una de sus quejas más recurrentes es que los niños
acceden a la escuela con un núcleo básico de socialización insuficiente para
encarar con éxito la tarea del aprendizaje. Para decirlo muy esquemáticamente,
cuando la familia socializaba, la escuela podía ocuparse de enseñar. Ahora que
la familia no cubre plenamente su papel socializador, la escuela no sólo no
puede efectuar su tarea específica con la tarea del pasado, sino que comienza a
ser objeto de nuevas demandas para las cuales no está preparada.’ El grito
provocador de André Gide –‘¡familias, os odio!’- que tanto eco tuvo en aquellos
años sesenta propensos a las comunas y el vagabundeo, parece haber sido
sustituido hoy por un suspiro discretamente murmurado: ‘Familias, os echamos de
menos…’. Cada vez con mayor frecuencia, los padres y otros familiares a cargo
de los niños sienten desánimo o desconcierto ante la tarea de formar las pautas
mínimas de su conciencia social y las abandonan a los maestros, mostrando luego
tanta mayor irritación ante los fallos de estos cuanto que no dejan de sentirse
oscuramente culpables por la obligación que rehúyen” (capítulo 3).
Vayamos por partes. Recuerdo muy bien que mis cuatro -casi cinco-
primeros años de vida discurrieron en casa y a la sombra de mi madre, que con
su escasa escolarización y abundante sensatez se las ingeniaba para responder a
mis preguntas e inquietudes lo mejor que podía. Al tiempo que se esforzaba por
satisfacer mi curiosidad, me iba preparando para afrontar la escuela y un mundo
incipiente, pero mundo a fin de cuentas. Como corregía con amor mis
desaguisados de niño precoz de formas distintas pero siempre con la explicación
pertinente de por qué había de hacerse esto y no aquello, crecí entendiendo que
en la vida, amén del juego y la libertad, existen las responsabilidades y los
deberes. Supe, gracias a que me lo inculcaron tal vez a diario, que a los mayores
se los respeta, que a los padres y a los profesores se les obedece, que las
diferencias se resuelven dialogando, etc. Y como mis hermanos ya iban a la
escuela cuando todas estas cosas aprendía, impaciente pedí a mis padres que por
favor me dejaran también a mí ir al colegio, para el que ya estaba preparado
gracias a la “socialización primaria” recibida en el hogar. De modo que mis
profesores no tuvieron que desatender sus responsabilidades -la enseñanza de la
lectoescritura, de los primeros rudimentos de las matemáticas, del lenguaje, de
la geografía, de la Historia- para dedicarse a desbravarme (pues nada distinto
se hace con los niños según van creciendo) y a civilizarme. Con los Ramírez -un
par de gemelos de ingratísima recordación-, en cambio, los profesores hubieron
de invertir tiempo y gastar paciencia, tratando de suavizar su grosería y pulir
sus rústicos modales: todo en vano. En nuestra escuela, empero, el caso de estos
dos hermanos era tal vez único. Es decir -recogiendo las palabras de Juan
Carlos Tedesco- que, como nuestras familias “socializaron”, ella pudo ocuparse
de enseñar. Infortunadamente, de ese tiempo -comienzos de los ochenta- a esta
parte, las cosas han cambiado dramáticamente.
¿A qué se debe que, cada día menos, la familia cumpla con la tarea
educativa y “socializadora” a que está llamada?, ¿a qué se debe que, cada día más,
los padres se desliguen de manera tan folclórica de su responsabilidad formativa?
Aun cuando la presente reflexión no tiene por finalidad dar exhaustiva
respuesta a estos interrogantes del ámbito de la sociología, la siguiente
hipótesis de Savater, que suscribo palabra por palabra, constituye una -tan
solo una de otras tantas posibles- certera explicación del fenómeno en cuestión:
“Quiero referirme al
fanatismo por lo juvenil en los modelos contemporáneos de comportamiento. Lo
joven, la moda joven, la despreocupación juvenil, el cuerpo ágil y hermoso
eternamente joven a costa de cualesquiera sacrificios, dietas y remiendos, la
espontaneidad un poquito caprichosa, el deporte, la capacidad incansablemente
festiva, la alegre camaradería de la juventud… son los ideales de nuestra
época. De todas, quizá, pero es que en nuestra época no hay otros que les
sirvan de alternativa más o menos resignada […] El espíritu del tiempo asegura
hoy que quien no es joven ya está muerto […] La obsesión terapéutica de nuestros
Estados (dictada en gran parte por una sanidad pública siempre deseosa de
ahorro) propone los síntomas de pérdida de juventud como la primera de las
enfermedades, la más grave, la más culpable de todas. No hay ya -o no hay
apenas- ideales sénior en nuestras sociedades… Ser viejo y parecerlo, ser un
viejo que asume el tiempo pasado, es algo casi obsceno que condena al pánico de
la soledad y del abandono. A los viejos nadie les desea ya -ni erótica ni
laboralmente- y la primera norma de la supervivencia social es mantenerse
deseable. Para que la vida siga gustando es preciso vivir de gustar y, aunque
sobre gustos se dice que no hay nada escrito, no parece aventurado escribir que
a nadie le gustan demasiado los viejos. Pero viejo se es enseguida: cada vez antes,
¡ay! Aunque las arterias aún resistan la esclerosis, se conserve la piel lozana
y el paso razonablemente elástico, otros síntomas peligrosos denuncian la
ancianidad. La madurez, por ejemplo, esa aleación de experiencia, paciente
escepticismo, moderación y sentido de la responsabilidad […] Sin embargo, para
que una familia funcione educativamente es imprescindible que alguien en ella
se resigne a ser adulto. Y me temo que este papel no puede decidirse por sorteo
ni por una decisión asamblearia. El padre que no quiere figurar sino como “el
mejor amigo de sus hijos”, algo parecido a un arrugado compañero de juegos,
sirve para poco; y la madre, cuya única vanidad profesional es que la tomen por
hermana ligeramente mayor de su hija, tampoco vale mucho más. Sin duda son
actitudes psicológicamente comprensibles y la familia se hace con ellas más
informal, menos directamente frustrante, más simpática y falible: pero en
cambio la formación de la conciencia moral y social de los hijos no sale
demasiado bien parada. Y desde luego las instituciones públicas de la comunidad
sufren una peligrosa sobrecarga. Cuanto menos padres quieren ser los padres,
más paternalista se exige que sea el Estado”
(capítulo 3).
Ya sea por las razones que esgrime el filósofo, ya porque las familias
se establecen con la misma informalidad con que se desbaratan, o bien porque,
en la sociedad de la saciedad, nadie parece tener tiempo más que para sí mismo,
el caso es que la familia, desintegrada o excesivamente permisiva, representa
hoy para el óptimo funcionamiento de la escuela un obstáculo más o menos
insalvable. Se busca que los maestros, haciendo milagros, además de cumplir con
sus deberes docentes, desatrasen el cuaderno de la “socialización primaria” que
al hogar corresponde escribir. Una responsabilidad desmesurada si se tiene en
cuenta por lo menos otro factor que agrava la situación. Como el padre de
familia medio, cuando lo hay, rehúye, por inmadurez, el sentido de la
responsabilidad para con sus hijos de que habla el autor, no le queda otra
alternativa que volverse su cómplice. Resulta entonces que ante el evento de un
llamado de atención, o una citación al colegio por problemas de indisciplina,
ese padre o madre, conocedores de la deuda que tienen con el proceso formativo
del muchacho, optan, a sabiendas de que incurren en un error, por ponerse de su
lado y en contra del maestro. Un acto que, como quiera que se repite con más
frecuencia de la debida, convierte a la escuela a los ojos del estudiante en
una especie de panóptico conculcador y al maestro en un enemigo a vencer. Tanta
es la oposición que la familia, consciente o inconscientemente, practica hoy
contra la escuela, que los maestros se ven a gatas para hacer entender a sus
alumnos siquiera que “la mayoría de las
cosas que la escuela debe enseñar no pueden aprenderse jugando” y que “a la escuela vamos para aprender aquello
que no enseñan en los demás sitios” (capítulo 4). Dos lecciones elementales
a las que los estudiantes de hoy se resisten con tenacidad, alentados por el
prevaricato de los padres y el desentendimiento de la sociedad.
Se me ocurre que quien esto lea a manera de diagnóstico apostaría por la
futura disolución de la escuela como la institución instructiva por excelencia.
En la era de las TIC (tecnologías para la información y la comunicación), no
pocos son los entusiastas que aseguran que no mucho tiempo habrá de pasar para
que, desde su casa, cada niño interiorice de forma completamente autónoma los
contenidos académicos que todavía hoy transmite la escuela. Sin embargo, los
resultados (indicativos de que, a medida que el número de ayudas tecnológicas
aumenta, el aprendiz medio se aleja de ese ideal del conocimiento) de algunas
investigaciones en relación con la autonomía del estudiante del presente,
parecen no avalar tal entusiasmo. ¿Cuál es la razón para creer entonces en que
las máquinas, más temprano que tarde, habrán de “librarnos” del “yugo” de la
escuela? Sin que quepan dudas, el desconocimiento de las necesidades humanas
que exudan tales optimistas sin causa, cuya insensatez ignora la siguiente
máxima:
“Nadie es sujeto en la
soledad y el aislamiento, sino que siempre se es sujeto entre sujetos: el
sentido de la vida humana no es un monólogo sino que proviene del intercambio
de sentidos, de la polifonía coral. Antes que nada, la educación es la
revelación de los demás, de la condición humana como un concierto de
complicidades irremediables” (capítulo 1).
¿Dónde, si no, se empieza realmente a ser sujeto entre sujetos? ¿Dónde,
si no, ocurren esos primeros intercambios de sentido y esa polifonía coral que
constituyen la esencia de la educación? ¿Dónde, si no, comprobamos que esa
educación es la revelación de los demás; de la condición humana como el
concierto de complicidades irremediables de que habla la filosofía del autor?
Pues en el único sitio que tiene su existencia garantizada en tanto exista el
hombre, que en ella se forja y llega a ser eso gracias a ella: en la escuela.
A
manera de conclusión
Honrando el propósito de este blog (el cual puede resumirse en ocho
palabras: construcción de textos a partir de textos leídos), las voces de dos
escritores y la lectura crítica de un lector que siente que merece la pena
trasladar al terreno de la escritura sus reflexiones, alternaron para tocar
algunos cabos sobre un tema siempre vigente y jamás caduco llamado educación.
Coincidiendo en ciertos aspectos y discrepando de otros, estas tres voces, con
la autoridad que les confieren su generosa experiencia docente y su claridad
argumental, expusieron sus puntos de vista y debatieron, moderadas por la del
lector, las implicaciones de sus opiniones. Abordaron, por ejemplo, el tema del
fracaso escolar, que analizaron desde diversos puntos de vista. Asimismo,
abundaron sobre la cada vez más frustrante tarea de enseñar, asunto en torno al
cual estuvieron prácticamente de acuerdo sin fisuras. Su dictamen, que con
tantísimo acierto concretaron las últimas palabras del zoquete álter ego de
Daniel Pennac, es que la mayor dificultad a que se enfrenta la escuela de
comienzos del siglo XXI en muchos países puede definirse como “desamor”. Ni las
clases dirigentes, ni las sociedades, ni un gran número de directivos y
docentes desidiosos o demasiado laxos, ni las familias, ni los niños y los adolescentes
que a ella concurren parecen sentir amor por la escuela. Y una escuela enferma
de desamor es una escuela inviable, como lo prueban los argumentos de esta
discusión polifónica que aquí termina.
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